martes, 5 de junio de 2012

La Camisa de Fuerza francesa



Desde la coronación de Carlos I como rey de España (1517) los monarcas de la Casa de Austria española acumulan la doble responsabilidad de dirigir los territorios que históricamente habían administrado los Trastámara españoles y -además- los que a lo largo de la Edad Media habían dirigido los Duques de Borgoña. A estos últimos ya les dediqué un artículo hace algún tiempo1.

La función estructural que España ha representado históricamente en Europa es muy diferente que la desempeñada por Flandes-Borgoña. Sin embargo hace ya casi cinco meses que vengo subrayando en buena parte de mis artículos la fuerte vinculación histórica que ha unido a ambos países desde principios del siglo XI. Pese a todo esto, nunca habían estado unidos orgánicamente hasta la llegada de los Habsburgo al trono en ambos espacios geográficos.

Los intereses que se espera que defienda un rey de España son muy diferentes a los que tendría que defender un monarca borgoñón. El diseño de la política exterior de cada uno de estos países debe ser, obviamente, radicalmente distinto. Sin embargo siempre hubo un punto de coincidencia entre ambos que es el que, en última instancia, se encuentra detrás del matrimonio de estado que celebraron Juana de Castilla y Felipe el Hermoso que es el desencadenante de la unión entre ambos países: El enfrentamiento con Francia.

El Reino de Aragón, desde el siglo XII, venía librando un duro pulso con Francia en varios escenarios del Mediterráneo Occidental. Esa rivalidad la hereda España cuando Aragón se une con Castilla. Ya comenté otro día que el refuerzo castellano se notó en el Mediterráneo inmediatamente después de que se produjera la fusión política ibérica y que la consecuencia más inmediata fue la expulsión de los ejércitos franceses de la Península Italiana.

Pero la rivalidad medieval entre Francia y Borgoña había sido más enconada aún que la franco-aragonesa. Los borgoñones se habían aliado históricamente con cualquier posible adversario de Francia y se habían encargado de mantener siempre vivo su frente oriental.

La unión entre España y el conglomerado flamenco-borgoñón en realidad era una unión contra Francia, algo que bajo ningún concepto podía dejar de causar alarma en nuestro país vecino. Lógicamente, desde el primer momento, el engendro político de los Habsburgo, que no había sido diseñado en positivo (en pro de algún gran proyecto colectivo) sino en negativo (en contra de uno llamado “Francia”) se reveló como una fuente perpetua de conflictos. La vieja rivalidad franco-borgoñona sólo podía acabar con la eliminación de alguno de los dos adversarios y conforme fue avanzando la Edad Media resultaba cada vez más patente que ese papel le estaba reservado a los borgoñones. Por eso se dedicaron a fortalecer sus alianzas políticas fuera de los escenarios franceses, para apuntalar así su cada vez más insostenible situación.

La unión de una Borgoña en declive con una España emergente convertía a ese rosario de señoríos dispersos en un pozo sin fondo capaz de absorber enormes ejércitos y presupuestos fabulosos. Los kilómetros de frente que abría con Francia triplicaba a los que separaban a nuestro país del vecino por la frontera de los Pirineos, dada la gran cantidad de recovecos que ésta presentaba, con el problema añadido de que la pirenaica es infinitamente más fácil de defender por coincidir con la línea de cumbres de esta cordillera, mientras que la franco-borgoñona discurre, en su mayor parte, por una extensa llanura.

Hubo un momento, a mediados del siglo XVI, en el que Francia estaba prácticamente rodeada por los españoles o por sus aliados, cuando Felipe II contrajo matrimonio con la reina de Inglaterra María Tudor.

España había tejido alrededor de Francia una red que podemos considerar una verdadera camisa de fuerza, una barrera exterior que convertía a este país en una prisión de medio millón de kilómetros cuadrados. Es obvio que, para los monarcas galos, romper esa red que habían tejido a su alrededor era una obsesión, una razón de estado. Por eso estaban siempre detrás de todos los conflictos europeos en los que España se vio envuelta a lo largo de los siglos XVI y XVII, es decir, de casi todas las guerras libradas en Europa durante ese tiempo. A España y a Francia les pasaba entonces lo que a la Unión Soviética y a los EEUU durante la Guerra Fría, que no había una sola guerra en la que los dos no estuvieran detrás de alguno de los dos bandos enfrentados. Hasta el punto de que bastaba que un dirigente local le plantara cara a una de las dos grandes potencias para que la otra acudiera en su auxilio, por muy impresentable que fuera el personaje.

Que España hubiera entrado en el diseño defensivo trazado por los flamencos se reveló como un error de primera magnitud (desde el punto de vista de los intereses españoles). Hay un dato que puede servir para sintetizar todo el potencial conflictivo de esta estrategia: La demografía. La Península Ibérica contaba, a lo largo del siglo XVI, con una población aproximada de 8 millones de habitantes. En Francia, en cambio, vivían entre 22 y 24 millones de personas. Creo que con ese dato nos podemos hacer una idea bastante cabal de los términos en los que se presentaba la rivalidad franco-española. Lo que hay que explicar no es por qué los franceses terminaron reemplazando a los españoles en el liderazgo europeo sino por qué tardaron tanto en hacerlo, por qué permitieron que España, entre 1500 y 1640, fuera la primera potencia del mundo.

Lo primero que hay que decir es que -en la correlación de fuerzas internacional- la demografía es, ciertamente, un factor determinante, pero no el único. Estados Unidos ha sido considerado la primera potencia mundial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que, hasta 1991, era la cuarta desde el punto de vista demográfico (la tercera desde esa fecha).

Alemania, Francia e Italia han multiplicado históricamente –cada una de las tres por separado- la población española por una cifra que siempre estuvo situada, durante toda la Edad Moderna, entre 2 y 3 (los trescientos años que duró). Esto quiere decir que, por muy “decadentes” que llegaran a ser considerados los españoles –sobre todo al final de ese período- supieron jugar sus cartas bastante bien, a pesar de todo.

El imperio que la rama española de los Habsburgo dirigía en la ecúmene europea no sólo estaba compuesto por los españoles –más los portugueses entre 1580 y 1640-. De él también formaban parte los habitantes de Sicilia, Cerdeña, reino de Nápoles (todo el sur de la península italiana), Milán, Franco Condado, Bélgica… Probablemente la suma de todos ellos superaba con creces a la población específicamente ibérica. Los tercios españoles, además, reclutaban soldados tanto dentro como fuera de todos esos países, y el oro con el que se les pagaba era, en un porcentaje significativo, de origen americano. Por tanto estamos hablando de una compleja superestructura política que tenía una inercia poderosa que la hacía poco sensible a los problemas de tipo coyuntural que pudieran surgir.

Lo que quedó meridianamente claro, desde el primer momento, es que el engendro de los Habsburgo tenía su propia lógica interna que era absolutamente independiente de las necesidades, los intereses o los deseos de los habitantes de sus diferentes pueblos. Cuando un francés, un holandés o un inglés, en el siglo XVI o en el XVII, hablaban de España, en realidad no se estaban refiriendo a nuestro país sino a esa cosa que mandaban los Habsburgo, por eso cuando –algún tiempo después- empezaron a hablar de “decadencia española” se referían a la decadencia del engendro que estos dirigían y que resultaba cada vez más inmanejable, entre otras razones por el distanciamiento anímico –frente a ellos- de buena parte de sus súbditos.

El españolito de a pie se había vuelto transparente, prácticamente invisible, había desaparecido de la escena. Lo único que se veía era una corte hipertrofiada y la multitud de sus servidores –civiles, clérigos o militares- que ejecutaban sus órdenes. ¿A quién le importaban los demás? ¿Quién pensaba en la economía real? 

Aunque sumando todas las poblaciones de los distintos territorios que obedecían al “rey de España” -en Europa- hubiera más individuos que en Francia, los franceses seguían teniendo ventaja, por algunas razones muy obvias: El engendro de los Habsburgo era una realidad heterogénea, un aglomerado inconexo de identidades separadas, con dinámicas diferentes y contradictorias. Era una multitud de pueblos, que hablaban una multitud de lenguas, que se regían por una multitud de sistemas jurídicos diferentes, con diferentes historias, diferentes proyectos, diferentes formas de concebir el mundo y de organizar la vida.

Frente a ellos un país relativamente unificado (para lo que se estilaba en aquellos tiempos) y compacto, que hablaba –en su mayor parte- la misma lengua y compartía un mismo proyecto político. Estaba claro que el tiempo jugaba a favor de Francia y que la “camisa de fuerza” con la que “los españoles” la habían rodeado sólo estaba sirviendo para marcar, de manera cada vez más nítida, su propia identidad. Si antes del cerco “español” había bretones, provenzales, vascos, catalanes… dentro del hexágono, la sensación que éste generó no hizo sino reforzar la identidad francesa en torno a la etnia dominante. España, por tanto, ayudó a crear, en Francia, su propia conciencia de pueblo. Francia creció luchando contra España, estructurándose para derrotarla, transmutándose para poder reemplazarla.

España se había estado forjando, durante la Era de las Invasiones Africanas (1086-1344), afirmando fieramente su identidad frente a almorávides, almohades y benimerines. Ahora era España la que atacaba a Francia y en ese país desempeñaba la función que varios siglos antes habían representado los norteafricanos en el nuestro. Ahora era Francia la que tenía que defender su identidad frente a nosotros y se reproducían los procesos históricos asociados a esa acción ofensiva. El resultado fue la aparición en Francia de la nación-estado moderna que ya España había prefigurado.

Pero en Francia el proceso centralizador avanzó mucho más que en España porque se estaba enfrentando a un adversario mucho más evolucionado que los que habían atacado nuestro país durante la Edad Media. Nuestros antepasados combatieron a unos enemigos muy poderosos pero inestables, que atacaban por oleadas y después dejaban flancos abiertos que permitían el contraataque. Los franceses lo hicieron contra una máquina de guerra inasequible al desaliento, una superestructura política con una inercia poderosa que absorbía los contragolpes con una entereza formidable. Para derrotar a España, Francia tuvo primero que transmutarse interiormente, elevar su temperatura interior para fundir, en su molde hexagonal, sus componentes previos. Sólo entonces tuvo alguna posibilidad de romper el cerco, aunque cuando ese momento llegó ya no estaba España en su frente oriental, sino los herederos de la función hispano-borgoñona.

Era obvio que el conglomerado flamenco-borgoñón sola habría sido incapaz de contener el avance francés durante el siglo XVI. Si la superestructura que los borgoñones habían tejido durante la Edad Media fue capaz de aguantar hasta la Revolución Francesa fue gracias al injerto de savia española recibido durante los siglos XVI y XVII. Al principio dije que la unión de Castilla con Aragón se notó inmediatamente por todo el Mediterráneo. Pues bien la unión de España con el conjunto flamenco-borgoñón se notó inmediatamente en toda Europa, porque desde el rosario de señoríos dispersos por la antigua Lotaringia España ejerció el papel de gendarme supremo de la Ecúmene Europea.

Desde esos dominios no sólo se contenía a Francia. También se impedía que Inglaterra actuara militarmente en el continente, se controlaba a Holanda, se le guardaban las espaldas a Austria, facilitando la ofensiva militar católica sobre el norte de Alemania, se protegía a las repúblicas del norte de Italia contra potenciales agresiones desde Francia, desde Austria o desde los territorios pontificios. En realidad la “Camisa de Fuerza francesa”, gracias al injerto español, se transformó en el esqueleto de la Europa Moderna, en los pilares de hormigón que sostenían la modernidad europea.

Si esa unión hispano-borgoñona no se hubiera producido, la Europa contemporánea no se habría parecido en nada a la que hemos conocido. Estaríamos en un futuro alternativo, mucho menos europeo, más asiático.

Si Francia no se hubiera encontrado con España en su frontera oriental, interceptando su expansión hacia el este, hubiera podido crear un imperio continental, contemporáneo de los imperios mediterráneos español y turco. Tres grandes imperios, a los que habría que añadir un cuarto en las estepas orientales europeas, que hubieran dibujado un escenario político mucho más clásico, más ajustado a los viejos patrones de desarrollo histórico del Viejo Mundo. Estaríamos hablando de grandes estructuras políticas europeas que hubieran sometido al poder espiritual y lo hubieran puesto a sus órdenes, de un mundo en el que la separación iglesia-estado no sería tan nítida, donde la evolución tecnológica y científica hubiera sido más lenta, donde Europa no habría sido la “Torre de Marfil” de la que hablamos la semana pasada.

Hubo un momento, alrededor de 1640, cuando portugueses y catalanes se sublevaron en España, el rey francés fue coronado en Barcelona y los ejércitos galos irrumpieron en Alemania, en plena Guerra de los Treinta Años, en el que el resto de dirigentes europeos, tanto católicos como protestantes, empezaron a intuir la posibilidad de la aparición de ese universo alternativo y sintieron verdaderos escalofríos. De pronto descubrieron que todos eran hijos de ese mundo que los españoles habían forjado. Ese ecosistema estanco y compartimentado, de pequeños estados con fronteras relativamente estables, y empezaron a maniobrar para impedir que la barrera que protegía el Rhin se derrumbara.

A partir de entonces la Camisa de Fuerza francesa pasó a convertirse, no ya en una razón de estado, sino “de ecúmene”. Era la estructura de poder europea la que estaba en juego. Desde ese instante ingleses, holandeses, austriacos,... empezaron a prepararse para el momento en el que España abandonara el dique de contención de Francia y empezaron a diseñar el día después de esa hipotética retirada, empezaron a apuntalar la estructura que los españoles habían sostenido en solitario durante más de un siglo.

El relevo se producirá tras la Guerra de Sucesión Española (1701-1713). Entonces Austria sustituyó a España y la barrera española continuó, pero ahora sin España.

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