viernes, 9 de marzo de 2018

El presente subjetivo



El presente es, en rigor, la línea de contacto entre el pasado y el futuro. Pero cuando los humanos nos referimos a él, de lo que estamos hablando es de nuestro presente subjetivo que, en realidad, no es presente sino la percepción que tenemos del pasado reciente.

La idea que tenemos del presente está compuesta por un conjunto de experiencias vividas y de reflexiones que hemos hecho a partir de ellas cuya materia prima nos ha llegado, a través de los sentidos, antes de este preciso momento. Por tanto podemos afirmar con rotundidad que nuestra mente está ubicada en nuestro pasado y que los proyectos que tenemos para el futuro son una consecuencia de ese pasado, que nosotros integramos en un presente continuo que combina percepciones pasadas con expectativas futuras.

Hemos sido educados en valores y en concepciones del mundo que son una consecuencia de las experiencias vividas por otros congéneres de nuestra especie, algunas de ellas, incluso, en un pasado bastante remoto. Por tanto, aunque no guardemos en nuestra mente el recuerdo de esas experiencias, hemos interiorizado -sin embargo- sus consecuencias y, en ese sentido, podemos afirmar que una parte importante del pasado de nuestra sociedad sigue vivo en nosotros y se manifiesta a través de las categorías mentales con las que interpretamos nuestra realidad, a través de nuestra lengua, de nuestra tecnología...

Pero aunque todos estemos ubicados mentalmente en nuestro pasado, como he dicho más arriba, no es, sin embargo, el mismo pasado. Las experiencias que cada individuo posee son únicas, y su proceso particular de asimilación de los conceptos culturales de la sociedad de la que forma parte, también. Hay toda una casuística que convierte a cada persona en algo único e irrepetible. A lo largo de los artículos de este blog hemos afirmado de forma reiterada que las sociedades son ecosistemas sociales, por tanto, la experiencia que cada individuo tiene también guarda relación con el nicho que cubre dentro de ese ecosistema, es decir, con el rol que desempeña dentro de la sociedad.

Y en ese sentido, cada grupo social o profesional, cada género, cada minoría, encarna una sensibilidad distinta, una manera diferente de percibir la realidad y, en consecuencia, de interactuar con ella.

Como formamos parte de una compleja estructura social, la variedad de interpretaciones que un mismo suceso puede provocar entre los diversos individuos que lo han vivido puede ser muy amplia y, por tanto, también sus reacciones ante él.

En nuestra anterior artículo empezamos a esbozar una metodología para interpretar la realidad de la que formamos parte aunque ésta se nos oculte por parte de los que establecen las verdades oficiales, que se nos transmiten a través de las instituciones educativas y de los medios de comunicación, de distracción y de adoctrinamiento de masas. En ese artículo enunciamos el primer principio de interpretación de la realidad que nos envuelve, el “Principio de Congruencia”, que definimos de la siguiente manera:

Principio de Congruencia: Todo sistema consolidado aplica la misma filosofía de funcionamiento en cada una de sus partes y ésta es congruente con la idea motriz que lo mueve, aunque las partes tengan cierta autonomía para articularse con él de manera flexible e, incluso, competir entre ellas dentro de determinados límites, con objeto de adaptarse al medio en el que actúan o de integrar los cambios que se están produciendo fuera del espacio que controla. Si no es así, debemos concluir que el sistema no está consolidado y que se haya, por tanto, en fase de integración o, por el contrario, de desintegración.

En consecuencia, en un sistema consolidado podemos llegar a entender el todo desde de la parte, si somos capaces de separar de manera adecuada sus elementos esenciales de aquellos otros que le sirven sólo para adaptarse al medio o a las circunstancias. 

En un sistema no consolidado debemos averiguar primero si está en proceso de integración o de desintegración, para intentar detectar después los elementos que se están integrando o segregando y hacia dónde le conduce su propia trayectoria”[1]

Hoy definiremos uno nuevo: el “Principio de Asincronía”, que abordaremos a continuación:

Nuestra mente está ubicada en nuestro pasado individual, e interpreta los nuevos datos que nuestros sentidos nos transmiten (en tiempo presente) en función de las categorías mentales que, subjetivamente, hemos ido construyendo a lo largo del tiempo. Esa subjetividad introduce, lógicamente, una casuística infinita, consecuencia de las experiencias que cada individuo va adquiriendo, individualmente, a lo largo de su vida.

Pero más allá de estas experiencias individuales hay unos patrones de interpretación que podemos llamar “estructurales”, que se derivan de la posición que cada uno de nosotros ocupa en la estructura social de la que forma parte y que tiene mucho que ver con los roles que desempeña en ella. En ese sentido podemos establecer tres niveles de interpretación, derivados de esa posición estructural a la que nos hemos referido:

A) Nivel productivo/extractivo: Es el nivel en el que se desenvuelven todos aquellos que viven directamente del trabajo productivo o bien de aquellos bienes que reciben en forma de rentas que la sociedad ha establecido, también los que viven o sobreviven a partir de los bienes que extraen de yacimientos (naturales o artificiales), capturan o reciben en forma de donaciones de terceros. Este conjunto de individuos forman parte de lo que podemos llamar “la economía real”, son el reflejo genuino del nivel tecnológico en el que su sociedad se desenvuelve. Son los más expuestos a los cambios sociales o medioambientales y los más dependientes de las circunstancias que vienen determinadas por la coyuntura. En consecuencia, cuando hablan del presente se están refiriendo al día de hoy, la presente semana, a la temporada o al ejercicio en curso. Lo que sucedió hace veinte años para ellos es, claramente, tiempo pasado y lo que ocurrió hace un siglo el pasado remoto. Lo que pasó en los tiempos de los romanos ya está fuera de rango y cuando ven una película de esa época no se sienten anímicamente vinculados a ese mundo. Sentirán, obviamente, solidaridad con los esclavos que ven en la pantalla, pero esa sería una solidaridad “de clase”, que tiene la misma naturaleza que la que sentirían por los de una cultura alienígena que vive en una galaxia lejana.

B) Nivel estructural/organizativo: Es el nivel en el que se desenvuelven todos aquellos que integran alguna estructura de poder, aunque sea elemental o subordinada. Pueden formar parte de la estructura de mando de una empresa, de las administraciones públicas, el ejército, el poder judicial, los cuerpos de seguridad del estado o formar parte del ámbito político; también las estructuras docentes o los medios de comunicación, siempre y cuando, actúen en dichos ámbitos como meros transmisores de las verdades oficiales, sin cuestionarlas.

En este segundo nivel las tareas asociadas a la planificación a largo plazo son más necesarias y, en consecuencia, el tiempo subjetivo se vuelve mucho más grueso, el presente puede llegar a abarcar a la última generación, el pasado es lo que ocurrió hace varias generaciones, el pasado remoto abarca siglos. El mundo clásico (Grecia y Roma), aunque lejano, se siente aún como algo propio, reconociéndose en él de alguna manera. Para situarse fuera de rango hay que retroceder, al menos, hasta la Protohistoria.

C) Nivel ideológico: El tercer nivel es el de los ideólogos. Los que construyen la narración en base a la cual su sociedad interpreta la realidad. La ideología, en una sociedad compleja, se elabora en muchos ámbitos: el religioso, el filosófico, los ensayistas, científicos, investigadores diversos... pensadores de todo tipo.

Como la materia prima de su trabajo es la reflexión global en torno a la realidad, concebida en su sentido más amplio, el devenir del tiempo es una parte esencial de él y el pasado se extiende casi hasta el infinito. Su presente puede ser el último siglo. Los romanos o los griegos son parte del pasado, a secas, y para situarse fuera del rango de las interpretaciones hay que retroceder, en el ámbito científico, hasta el big bang o, en el religioso, hasta el momento de la creación, que son dos maneras de referirse a lo mismo: al punto de arranque de nuestro sistema de explicaciones.

Estos tres niveles de interpretación de la realidad coexisten siempre en cualquier sociedad y están relacionados entre sí. A un nivel tecnológico determinado le corresponde una manera concreta de actuación en el ámbito de la economía real, una forma de organizarla y un sistema de explicaciones que sea congruente con ellas. Hay, por tanto, congruencia entre los diferentes niveles.

Lo que no hay es sincronía. Me explicaré: en la exposición que he hecho anteriormente he dejado claro que los plazos temporales subjetivos que se manejan en los tres niveles son diferentes. El motor de todos los cambios está situado en el presente objetivo, no en el subjetivo; pero éste no dura ni siquiera un instante, aunque no para de transformar nuestras vidas, obligando a los humanos a responder a esos cambios, empezando, por supuesto, por los sectores sociales más expuestos a ellos, que son los que describimos en el apartado “A”.

Como los niveles de exposición a los cambios que se producen en el  mundo real, es decir, en el presente objetivo, son diferentes y, también, su peso relativo en el presente subjetivo, diferente es, igualmente, la respuesta a tales cambios y esa diferente respuesta es el motor de todas las transformaciones que se producen en la sociedad, de todas las revoluciones, de los cambios tecnológicos, de todos los procesos evolutivos... Ese es el Viejo Topo de la Historia del que hablaba Carlos Marx, el que derriba todos los imperios y construye otros nuevos sobre sus ruinas, el que está haciendo a los hombres replantearse continuamente su relación con el medio. La definición de este principio, por tanto, podría ser:

Principio de Asincronía: En un sistema social determinado, la respuesta diferencial que los diferentes agentes sociales dan a los cambios que se producen en el presente objetivo provoca disfunciones en el modelo global que son el origen de todos los cambios endógenos de la estructura del mismo, creando continuamente nuevas versiones de él y marcando el ritmo de los procesos históricos.

En nuestro anterior artículo hablábamos del Principio de Congruencia, que representa el factor de estabilidad más poderoso que encontramos en cualquier sociedad. Y hoy hablamos del Principio de Asincronía, que es el motor de todos los cambios. La tensión entre esos dos principios, la lucha continua entre ambos, se llama Historia Universal.

Para poder entender, por tanto, la HISTORIA, con mayúsculas, tenemos que ser conscientes de cuál es su naturaleza profunda, de cuáles son los principios que la rigen. La Historia no es un conjunto de anécdotas encadenadas a través de algún hilo conductor. La Historia tiene una estructura interna que le da sentido y direccionalidad, que traza los rumbos de los procesos evolutivos subyacentes y arrastra a los humanos tras de sí.

No hay nada más conservador que las mentalidades humanas y nada más revolucionario que la realidad. La subjetividad del hombre busca eternizar un modelo de sociedad que no es más que una consecuencia de los procesos de cambio profundos que están teniendo lugar continuamente a nuestro alrededor, muchos de los cuales suceden fuera de nuestro campo de visión. Busca fijar un fotograma concreto de la película de la vida, poner el tiempo a su servicio... ¡Pero no puede parar el curso de la Historia!

Hay congruencia, dijimos, entre todas las partes que componen un sistema, aunque cada una de ellas se ocupe de aspectos diferentes de la realidad. Lo que no hay es sincronía. Veamos esto con un poco más de detalle:

Primero hablamos de los tres niveles de interpretación de la realidad, que no son sino la respuesta de los humanos ante sus respectivas posiciones estructurales dentro del sistema del que forman parte y que, de manera esquemática, podemos representar así:

Después hicimos referencia a la respuesta diferencial de estos tres niveles ante los cambios que se producen en el mundo real, es decir, en el presente objetivo. Y dijimos que los que reaccionan con más intensidad ante ellos son, obviamente, aquellos que están más expuestos, es decir, el conjunto de personas que viven de su trabajo diario o que dependen, para sobrevivir, de lo que la naturaleza o la sociedad les brindan o, al menos, pone a su alcance. Serán estos sectores los que desencadenen todos los procesos de cambio profundos, aunque los medios de comunicación o los altavoces ideológicos del sistema los oculten.

Estamos acostumbrados a que en los libros, en los documentales o en los telediarios, nuestros historiadores, nuestros sesudos pensadores o nuestros periodistas nos hablen del papel fundamental desempeñado por el político de turno, el empresario de éxito o el gran inventor, que con su gran aportación, que ha consistido en cambiar determinadas leyes, descubrir un nuevo nicho en el mercado o solucionar un problema técnico, han solucionado algún sentido problema social. En cada uno de tales supuestos, aunque hayan acertado en la narración del agente del cambio correspondiente y no estén ocultando importantes aportaciones de otros agentes colaterales ocultos (que suele ser lo habitual) estamos ante individuos que han actuado en el plano de la “oferta” y que estaban sometidos a la presión de la “demanda” social correspondiente. Es decir, nos estamos fijando en las fuerzas reactivas y en sus respectivos movimientos defensivos para adecuar la estructura social a las nuevas realidades que están surgiendo. Y al hacerlo lo que se pretende es que apartemos la vista de los verdaderos agentes del cambio, los agentes primarios que actúan en el plano de la “demanda” y que con sus actos ponen en peligro el ordenado esquema mental de los ideólogos y de los defensores de las estructuras que sostienen el orden social.

Y es que el que tiene que buscarse un sustento diario que no está garantizado tampoco puede pararse a considerar si lo que está pidiendo, exigiendo o, incluso, tomando, puede estar poniendo en peligro el “bien mayor”, es decir, el modelo de sociedad. No le digáis a quien no tiene para comer que sus demandas ponen en peligro el bonito modelo del que los políticos o los ideólogos se sienten tan orgullosos. Por muy grandioso y respetable que sea, si no es capaz de integrar a los más débiles, a los más vulnerables, es el momento adecuado para pararse a considerar seriamente la necesidad de cambiarlo.

El motor de todos los cambios está en el presente objetivo y sus agentes primarios son aquellos más expuestos ante ellos que, con sus acciones, terminan haciendo reaccionar a los agentes reactivos o secundarios, que son los que, finalmente, se llevarán el mérito de tales cambios (si no se lo lleva algún agente terciario que actúe de jefe del secundario o que se apropie de su trabajo de alguna otra manera -adueñándose de la patente, por ejemplo-). Los cambios sociales, por tanto, proceden del empuje convectivo que viene del fondo de la sociedad. El esquema podría ser este:

Este esquema nos traslada la idea de cómo se producen los cambios en un sistema social determinado. Pero lo hace de forma atemporal, la direccionalidad de las flechas nos muestra también hacia donde corre el tiempo (no sólo los cambios). En realidad, cada uno de los niveles (y cada milímetro del continuum vertical) se halla situado en un momento histórico distinto. El dibujo nos sirve para entender un sistema aislado, pero no lo conecta con el sistema que le precedió ni con el que lo sucedió. Para intentar mostrar esa vinculación presentamos este otro:


En el sistema de coordenadas cartesianas que mostramos, el eje de abscisas representaría la línea del tiempo, el de ordenadas los distintos niveles de la estructura social. En él vemos como se produce un sesgo temporal que tuerce la misma, debido al principio de asincronía, y que genera desfases que son la fuente de multitud de anacronismos históricos, de tensiones estructurales, de conflictos endógenos, que vienen del fondo de la sociedad.

Si nos fijamos en las dos líneas verticales que he situado dentro del esquema, y que representarían sendos instantes del proceso histórico correspondiente, es decir, sendos fotogramas de la película de la vida, podemos comprobar como en cualquier momento de la Historia en el que nos paremos a observar encontraremos a diferentes personas que, pese a ser cronológicamente contemporáneas, se encuentran mentalmente situadas en épocas diferentes. En diferentes presentes subjetivos.

martes, 26 de diciembre de 2017

Una nueva sinfonía



En el artículo anterior describimos el proceso de descomposición política del “Imperio norteamericano” que se ha venido produciendo durante el último medio siglo como consecuencia de la llegada al poder de la facción que el presidente Eisenhower denominó “Complejo Militar-Industrial”. Este proceso es una deriva hacia el autoritarismo político y social de carácter involutivo que se ha sustentado sobre tres paradigmas teóricos: En demografía el neomalthusianismo, en economía el neoliberalismo y en términos geoestratégicos el diseño del modelo de los “estados fallidos” (al que nosotros llamamos “neofeudalismo”) en los países de la periferia del Sistema (Afganistán, Irak, Líbano, Siria, Yemen, Somalia, Libia, Yugoslavia), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra”. Con este modelo también conectan las maras centroamericanas, las narcoguerrillas, fuerzas paramilitares, escuadrones de la muerte, etc. Este patrón de descomposición social de los países de la periferia se complementa con la degradación de las condiciones de vida de las clases populares en los países que forman el núcleo duro del Sistema y que viene acompañado por una criminalización de la vida cotidiana que ha llevado, por ejemplo, a Estados Unidos a batir todos sus récords históricos de personas encarceladas (750 presos por cada 100.000 habitantes, cifras que multiplican por 5 las españolas o por 12 a las de Japón), el crecimiento exponencial de los sistemas electrónicos de vigilancia y de control sobre la población y de la inteligencia artificial, que es la única manera que les puede permitir a las élites resistir el incremento de la complejidad social y tecnológica mientras disminuye la solidaridad social. Cuando no puedes contar con la lealtad de las personas,  sólo te queda apoyarte en la inteligencia artificial, ya que las máquinas carecen de restricciones éticas que puedan impedir la optimización del beneficio económico a cualquier precio.
El crecimiento exponencial del tráfico de drogas a niveles mundiales desde los años 60, que exige el desarrollo de una logística muy compleja e interconectada con el resto de comercios ilegales que se dan en nuestro mundo (armas, personas, órganos, blanqueo de capitales, paraísos fiscales...) es imposible que haya tenido lugar sin una cierta complicidad de las élites dirigentes mundiales. Y en este sentido podemos afirmar con rotundidad que estas violaciones a gran escala de la legalidad vigente... ¡¡forman parte intrínseca del Sistema!!
¿Cómo puede lidiar un sistema social (sea el que sea) con una violación sistemática de sus propias normas explícitas sin desintegrarse? ¿Cómo es posible asegurarse la imprescindible lealtad de funcionarios, jueces, militares, policías... si desde la cúspide están llegando continuamente señales del desprecio a las leyes que éstos deben hacer cumplir? Muy sencillo: Segmentándose. Dividir el sistema en varios sub-sistemas y ocultarle a la población los elementos que los conectan entre sí. “Divide y vencerás”, como dijo Julio César, que yo reformulo como “segrega y vencerás”.
Al frente del segmento político del Sistema se coloca a simples gestores, incapaces de reflexionar acerca de la posible congruencia del mismo; personas que no se hagan demasiadas preguntas. Los individuos que forman parte del engranaje deben ignorar la estrategia global del mismo, por pura higiene mental. Sólo deben conocer la parte que a ellos les toca desempeñar. Se trata de crear una sociedad de especialistas que sólo entienden del área que ellos deben gestionar, personas que saben cada vez más de una porción cada vez menor del conjunto y que son incapaces de prever las repercusiones que tienen sus actos fuera del alcance del campo de visión que se les muestra.
El problema que tiene este modelo, y que sus diseñadores no han previsto adecuadamente, es que acaba convirtiéndose en un engendro que adquiere vida propia, en la que el proceso desencadenado se vuelve tan complejo que las dinámicas internas generadas por él se vuelven inabarcables incluso para aquellos que lo diseñaron. “Toda realidad que se ignora prepara su venganza”, dijo Ortega y Gasset. A toda acción le responde, más tarde o más temprano, una reacción por parte de aquellos que la sufrieron, y no todas ellas han podido ser previstas. El proceso rara vez se desarrolla tal y como el que lo puso en marcha preveía, ya que éste no es omnisciente, porque si lo fuera no tendría que desplegar los sofisticados sistemas de control o de espionaje que utiliza de manera creciente y que no son otra cosa que una manifestación exterior de la resistencia de los sectores de la población que están siendo agredidos (Un elevado nivel de anticuerpos “nos está avisando de que la infección es muy seria”[1], dijimos hace tiempo).
A niveles mundiales observamos la existencia de poderosos grupos que vienen diseñando estrategias de tipo involutivo desde, al menos, el siglo XIX y que son conscientes desde entonces de que para poder frenar los procesos revolucionarios lo primero que hay que hacer es cortar el crecimiento demográfico. Son los eugenistas, en su variopinta diversidad, que hacen descansar sus propuestas sobre las bases establecidas por Malthus y por los darwinistas sociales (Spencer, Galton, etc.). Esta sería su vertiente teórica, pero sus bases materiales más sólidas descansarían sobre las estructuras organizativas de diversas sociedades secretas que recogen tradiciones filosóficas o esotéricas muy anteriores, procedentes de grupos aristocráticos del Antiguo Régimen europeo y de sus derivados surgidos en las “nuevas europas”. La variable demográfica ha estado presente desde entonces en los diversos diseños de los grupos de poder, aunque administrada de manera selectiva. Lo más normal ha sido potenciar el crecimiento de la etnia dominante e intentar destruir a las que compiten con ella. No creo que deba poner ningún ejemplo, seguro que al lector le vienen casos concretos a la memoria que se han dado en su propio ámbito cultural.
Si queremos diseñar un proceso involutivo, lo primero que hay que hacer es frenar en seco el crecimiento demográfico. Para hacer esto posible hay multitud de medios disponibles: provocar guerras o crisis económicas, restringir la circulación del dinero o la distribución de productos de primera necesidad, elevar el nivel de desempleo o el precio de la vivienda, impedir el libre acceso de la población a las fuentes energéticas y, sobre todo, a las del conocimiento. Para que estas acciones sean aceptadas o, al menos, toleradas por la población tienen que venir complementadas, claro está, con la construcción de un discurso en el que el nuevo modelo de relaciones sociales que se está imponiendo de facto se integre de manera natural. Para eso hay que adueñarse, primero, de los medios de comunicación y de difusión de las ideas, segundo, del relato de los hechos históricos y, tercero, de las universidades, las iglesias, las ideologías políticas... cualquier ámbito desde el que se pueda inducir la modificación de la escala de valores de las personas y, en consecuencia, de los comportamientos humanos.
El diseño de un proceso semejante queda fuera, como podrán imaginar, de las posibilidades de intervención del ámbito político, al menos en los países donde exista una democracia formal que funcione mínimamente. El poder político sólo podrá embarcarse en este tipo de estrategias en aquellos lugares en los que la cúpula dirigente posea una gran estabilidad y se reproduzca por cooptación. Dónde sea inmune ante la crítica o la disidencia interna.
En los lugares dónde los políticos dependen del voto popular y el nivel de corrupción es muy alto, es posible que estos sean controlados desde determinados cárteles o sindicatos empresariales de carácter oligárquico. En aquellos otros dónde las leyes suelen ser respetadas y los funcionarios no son sobornables, el sistema se vuelve mucho más complejo y acaba siendo dirigido desde sociedades secretas o, al menos, discretas, que vayan mucho más allá de lo que es un mero grupo de presión. Deben ser grupos que posean una cosmovisión propia y un verdadero proyecto de civilización.
El núcleo dirigente tiene que estar compuesto por una estructura de poder muy poderosa, estable, formada e informada, que posea una estrategia a largo plazo y una gran experiencia. Estas características no pueden improvisarse. Por tanto, lo más lógico es que sus miembros procedan, en su mayor parte, de los grupos tradicionales de poder, aunque en cada generación reciba el refuerzo de algunos tecnócratas que hayan demostrado una gran eficiencia en la defensa del modelo. El Sistema, además, tiene una formidable capacidad de fagocitar a los grupos disidentes que han sabido conquistar su propio nicho dentro de este complejo ecosistema.
Hemos hablado de la existencia de un sistema social segmentado, de ámbito planetario, en el que los agentes que trabajan dentro de sus diversos sub-sistemas ignoran la conexión que hay entre los mismos, ya que esta coordinación global tiene lugar fuera de su campo de visión y es obra de estas sociedades secretas o discretas que citamos más arriba.
En nuestro artículo anterior dijimos que las diferentes “ecúmenes” (áreas culturales) que hay en nuestro planeta “llevan embebidas, sean o no conscientes de ellos sus protagonistas, sus correspondientes proyectos de civilización”[2]. Dichos proyectos, en realidad, no han sido diseñados por los humanos (ya he dicho que es posible, incluso, que estos no lleguen a ser conscientes de su existencia).
Al Imperio Romano nosotros venimos llamándolo, desde el principio, como “El Imperio Mediterráneo”, y no es obra exclusiva de los romanos. Su construcción fue comenzada por fenicios y griegos, continuada por los cartagineses y culminada por un grupo que dirigía su universo cultural desde la Ciudad Eterna. Fue la función la que creó el proyecto. Fue la adaptación del hombre a su medio, en un estadio histórico preciso, el que lo concretó. Con frecuencia los humanos tienden a pensar que han creado aquello a lo que las circunstancias le han empujado a hacer. A posteriori reescriben la Historia para convencer a la posteridad de que ellos controlaban algo que, en realidad, les venía impuesto por la propia lógica de los acontecimientos históricos.
¿Cómo podemos entender lo que está pasando a nuestro alrededor cuándo la información que nos llega es sesgada y fragmentaria? ¿Cuándo todo ha sido manipulado para hacernos creer que somos la cumbre de la Historia de la Humanidad y que vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿Que las disfuncionalidades que detectamos en nuestro entorno son tan inevitables como la sucesión de las estaciones, como la lluvia o el viento? Por supuesto hay que desarrollar una gran capacidad autocrítica. Tenemos que aprender a leer entre líneas, a formularnos las preguntas adecuadas, a testear la integridad del modelo. La primera regla que tenemos siempre que aplicar es la que llamo “Principio de Congruencia”, que ha sido enunciado en el pasado de diversas formas (ejemplo: Principio de Correspondencia del Hermetismo: "Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba"), pero que nosotros definimos de la siguiente manera:
Principio de Congruencia: Todo sistema consolidado aplica la misma filosofía de funcionamiento en cada una de sus partes y ésta es congruente con la idea motriz que lo mueve, aunque las partes tengan cierta autonomía para articularse con él de manera flexible e, incluso, competir entre ellas dentro de determinados límites, con objeto de adaptarse al medio en el que actúan o de integrar los cambios que se están produciendo fuera del espacio que controla. Si no es así, debemos concluir que el sistema no está consolidado y que se haya, por tanto, en fase de integración o, por el contrario, de desintegración.
En consecuencia, en un sistema consolidado podemos llegar a entender el todo desde de la parte, si somos capaces de separar de manera adecuada sus elementos esenciales de aquellos otros que le sirven sólo para adaptarse al medio o a las circunstancias.
En un sistema no consolidado debemos averiguar primero si está en proceso de integración o de desintegración, para intentar detectar después los elementos que se están integrando o segregando y hacia dónde le conduce su propia trayectoria.
Durante los últimos años hemos venido analizando a través de este blog la Dinámica Histórica de varios imperios y las ideas motrices que los movían. A cada uno de ellos le pusimos un nombre que definía su función. Así llamamos Imperio Mediterráneo al romano, Imperio Transversal al español, imperios litorales al portugués y el holandés, y también hemos hablado del Sistema de Capas británico, que crea una segregación de castas, desde el punto de vista social y de áreas geográficas desde el geopolítico en casi todos los escenarios en los que se ha desenvuelto. Hemos hablado del “Eje Atlántico” u “Occidental”, para referirnos al proceso histórico que se desencadena en la mitad occidental del Planeta Tierra como consecuencia de los descubrimientos geográficos llevados a cabo por los pueblos ibéricos durante los siglos XV y XVI.
El proceso histórico de integración planetaria al que hoy llamamos “globalización”, que ha ido conectando, durante los últimos 600 años, de manera cada vez más firme, a las diversas ecúmenes terrestres creó el esqueleto básico sobre el que se sustenta entre los siglos XV y XVIII, como consecuencia del desarrollo de los imperios ibéricos. Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX se produce el primer relevo en la cúspide de su estructura y éstos son reemplazados por los imperios ultramarinos de la segunda generación (ingleses, franceses y holandeses). Desde finales del XIX van apareciendo nuevas potencias en la misma (Estados Unidos, Alemania, Unión Soviética, Japón, China, India...). Desde los años 60 del pasado siglo XX el núcleo dirigente planetario se va volviendo más plural de forma paulatina, apuntando ya con claridad un nuevo comité de dirección al que hemos dado en llamar “Sistema del Equilibrio Mundial”, por la analogía que hemos encontrado entre él y el que se dió en Europa entre la Paz de Westfalia (1648) y la Revolución Francesa (1789) y al que la historiografía llama “Sistema del Equilibrio Europeo”.
El “Sistema del Equilibrio Mundial” es la fase histórica que ha reemplazado al modelo de la “Guerra Fría” (1945-1991) y se encuentra ahora en pleno proceso de despliegue. Los elementos que en su día caracterizaron al mundo bipolar de la Guerra Fría se hayan en abierto proceso de descomposición, pero están siendo rápidamente reemplazados por otros que están integrando el nuevo modelo. Estados Unidos, Unión Europea, China, India, Rusia, Japón, son hoy los actores del primer nivel. Indonesia, Irán, Corea del Sur, Brasil, México, Sudáfrica... ocupan el siguiente. El modelo cada vez es más fluido. Todos estos actores se vigilan entre sí para intentar impedir la aparición de un nuevo proyecto hegemonista. Los Estados Unidos evolucionan desde la excepcional situación vivida desde mediados de los 80 hasta el cambio de siglo en el que el hundimiento del bloque soviético los dejó como potencia hegemónica a nivel planetario, coyuntura que aprovecharon para desplegar el modelo de los “estados fallidos” por toda la periferia del Sistema. La extraordinaria agresividad exterior que empleó durante la última década del siglo XX y la primera del XXI agudizarían los enfrentamientos entre las facciones dirigentes del Bloque Occidental que ha conducido a la escisión del “Complejo Militar-industrial” en dos “sindicatos” a los que aún no hemos caracterizado pero que en el artículo anterior denominamos provisionalmente como “A” y “B”, el primero (A) ha estado representado en Estados Unidos durante los últimos años por el tándem Barack Obama-Hillary Clinton y el segundo (B) por Donald Trump, pero en Europa también se está librando el pulso entre estas mismas facciones y el caso más paradigmático de dicho enfrentamiento al que podemos referirnos en este momento es el proceso que conocemos como “Brexit”.
Como vemos, ahora la situación se presenta muy abierta y potencialmente puede evolucionar de diferentes maneras, pero parece ser que las nuevas autoridades anglosajonas están posicionándose para actuar en un mundo mucho más plural que el que hemos conocido hasta hoy y en el que ellos tendrán un menor poder de decisión. Están preparándose para administrar su propia decadencia, como en su día supo hacer el Imperio Bizantino, que fue capaz de estirar su propio declive durante un período de -nada menos que- mil años. Aunque no creemos que ésta dure tanto, dado el intenso proceso de aceleración histórica que estamos viviendo. Una cosa son las estrategias de los grupos dirigentes y otra, muy diferente, el ritmo de los procesos sociales.
Actualmente hay dos ejes de poder planetarios: El Occidental, al que hemos llamado “Eje Atlántico” y el Oriental, al que bautizamos en su día como “Eje de la Resistencia”[3]. En este último China se ha convertido en la potencia emergente de la primera mitad del siglo XXI, y va tejiendo de manera paulatina una alianza político-militar con rusos e iraníes para actuar en las líneas del frente del Próximo Oriente y de Europa Oriental. Pero en lontananza se despliega una nueva potencia que se postula como candidata para el siguiente relevo: La India, que se prepara para disputarle la hegemonía en su propio bloque, en un entorno extraordinariamente competitivo dónde hay fuerzas regionales muy poderosas dispuestas a hacer de árbitros en esa disputa: Pakistán, Indonesia, Japón, Corea del Sur...
En Occidente el declive norteamericano y la agudización de las contradicciones del proyecto europeo abren la puerta para el resurgir del universo cultural iberoamericano y para el diseño de un modelo de integración política en el mismo con un horizonte de despliegue estratégico que puede cubrir este siglo XXI y, tal vez, el XXII. La Historia nos abre una ventana de oportunidades que podemos y debemos aprovechar. “Todos los vacíos se cubren, en política especialmente”, dijimos hace tiempo. Y el que nos presenta la nueva coyuntura histórica es excepcional.
Durante los últimos cinco años hemos venido desarrollando, a través de este blog, la idea de que los pueblos ibéricos fueron los artífices del mundo moderno, los que crearon la infraestructura sobre la que se ha construido lo que ha venido después. Dijimos que los españoles fueron los romanos de América y los portugueses los fenicios del Atlántico y del Índico. Los fenicios y los romanos fueron, junto con griegos y cartagineses, en la antigüedad, los forjadores del Imperio Mediterráneo, que fue a su vez el precursor remoto de los imperios transversales que surgirían en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) y que tuvieron como modelo al Imperio Español, el más genuinamente transversal de todos ellos, como he venido explicando a través de mis artículos.
Ya caractericé la dinámica de funcionamiento del mundo hispánico y sus patrones atávicos de respuesta cultural ante las agresiones externas, con sus cinco fases correspondientes:

·         Fase 1: Repliegue general hacia las líneas de resistencia posibles, para contener el avance de los agresores.
·         Fase 2: Encastillamiento. Consolidación de las líneas de defensa.
·         Fase 3: Hostigamiento paulatino a los puestos avanzados de sus enemigos y a los grupos que se han quedado momentáneamente desconectados, para ir tomando el pulso a la consistencia real del adversario.
·         Fase 4: Recuperación de los espacios que su adversario no es capaz de defender de manera eficaz. Presión en todos los frentes que obliga a éste a sostener un costoso dispositivo militar cuyo mantenimiento se vuelve cada vez menos sostenible.
·         Fase 5: Ofensiva general. Cuando se rompen las líneas del oponente. Fusión de los diferentes estados en unidades políticas mayores.[4]

Dentro de este esquema nos encontramos, según las áreas geográficas a las que hagamos referencia, entre las fases 3 y 4. Debemos tomar conciencia del momento histórico que nos ha tocado vivir y desarrollar nuestra capacidad de análisis para no cometer errores graves en el diseño de una estrategia consecuente de futuro.
Los neoeuropeos[5] de origen ibérico se han diferenciado históricamente del resto de neoeuropeos por su extraordinaria capacidad de adaptación a los medios más diversos y de mestizaje con las etnias autóctonas. En su día explicamos las razones... atávicas... que se encuentran detrás de esas capacidades, y que forman parte del subconsciente colectivo de un pueblo estructuralmente fronterizo y ecológicamente compartimentado, que ha creado unos patrones de despliegue cultural a los que llamamos “respuesta multimodal española”. Entonces llamamos “injerto” al modelo de inserción de los elementos ibéricos en el seno del sustrato indígena[6] en los países de ultramar que formaron parte del Imperio Español. Esa forma de articular la relación entre sus componentes previos posee una naturaleza intrínseca que contrasta de manera radical con el sistema de capas anglosajón, mucho más cortoplacista en su diseño original, que les permitió a sus promotores extenderse con rapidez pero a costa de trasladar hacia el futuro la resolución de sus contradicciones internas. Estas, como ya dijimos[7], han ido aflorando a lo largo de los siglos XIX y XX y se manifiestan hoy con toda su crudeza, lo que representa un verdadero lastre para el desarrollo de sus estrategias políticas y son las razones últimas que se esconden detrás del patrón de descomposición social que describimos al principio. La huída hacia adelante de carácter tecnológico, que intenta suplir el debilitamiento de las solidaridades sociales, va reduciendo de manera paulatina la capacidad de maniobra de las élites anglosajonas y les conduce hacia un callejón sin salida en el que la creciente contestación social terminará provocando un colapso de su modelo.
En paralelo a este proceso, al sur del “Limes Hispano”[8] se despliega una dinámica cultural alternativa, mucho más lenta y mucho menos condicionada por la coyuntura política, con un patrón de desarrollo endógeno orgánico, de replicación biológica, que es un proceso de acumulación de fuerzas, de carácter convectivo, que se origina en el fondo de la sociedad y que está fuertemente vinculado con su propio territorio y con los grupos étnicos que se encontraron y se entrelazaron hace quinientos años en ese inmenso escenario geográfico que va desde las praderas de Norteamérica hasta la Tierra del Fuego. Ese patrón atávico de despliegue posee unas resonancias históricas muy poderosas, unas frecuencias de vibración múltiples que se refuerzan mutuamente y que diluyen y subvierten el modelo anglosajón, que se asentó sobre los cimientos que los ibéricos pusieron. Indigenismo e iberismo, tocando juntos, cada uno con sus propios instrumentos, una misma sinfonía en el inmenso escenario del Continente Transversal darán, por fin, rostro humano a una civilización tecnológica que ha basado su hegemonía en la segmentación étnica, del conocimiento y de la tecnología, así como en la administración desde arriba de la división internacional del trabajo.
Un mundo ibérico tocando una única sinfonía y actuando de manera coordinada, reforzando los elementos que lo unen, resolviendo sus contradicciones internas y aprovechando su propia diversidad para sacar el máximo provecho a las ventajas comparativas que esta propicia es lo último que la superestructura de poder que hoy segmenta nuestro mundo quisiera ver desarrollarse ante sí. Es un proceso subversivo y revolucionario, que presenta un horizonte de despliegue de varios siglos ante sí y que modificará toda la correlación de fuerzas del planeta Tierra y de más allá; que abrirá un nuevo tiempo político, mucho más humano e inclusivo que el que nos ha tocado vivir.



[5] Neoeuropeo: Descendiente de europeos, actuando en otros espacios geográficos.