jueves, 23 de junio de 2016

Un cambio de paradigma



A lo largo de los últimos artículos hemos ido situando políticamente a la dinastía de los borbones en medio del desarrollo de los procesos históricos que tuvieron lugar durante el siglo XVIII y la primera década del XIX. Vimos como el comportamiento de tándem Carlos IV-Godoy parece absolutamente disparatado si consideramos que esta pareja constituye, durante los años que preceden a la Guerra de la Independencia, la cúpula dirigente del Imperio Español. Su trayectoria sólo puede considerarse racional si los tomamos como agentes al servicio de Napoleón Bonaparte, ya sea por propia convicción (algún pacto secreto, pertenencia a alguna logia...) o porque de una u otra manera hubieran sido abducidos/deslumbrados por el poder político francés.

Pero más allá del contexto histórico concreto previo al estallido de la Guerra de la Independencia vimos que la trayectoria de la rama española de los borbones es sumamente extraña desde la coronación del primero de ellos (Felipe de Anjou, en 1701), porque más que reyes de la gran potencia mundial que eran se comportan como si fueran gobernadores de un protectorado francés, sin que la correlación de fuerzas internacional lo justificara. Por eso dije que el hundimiento del Imperio Español, tal y como se materializó finalmente, no puede explicarse en términos políticos, militares o económicos, sino que sus razones entran más bien en el plano de lo psicológico.

Felipe V siempre quiso ser rey de Francia, más que de España, que fue el rol que le tocó ejercer (durante nada menos que 45 años). Estoy convencido de que España podía haber seguido desempeñando durante todo el siglo XVIII el papel de primera potencia mundial que había ejercido hasta 1640 porque la pérdida de la “Camisa de fuerza francesa” en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713) representaba, en realidad, la eliminación del mayor lastre que tuvo en la época de los austrias y con una reasignación inteligente de los propios recursos nuestro país podría haberse convertido en una potencia marítima superior a la propia Inglaterra, lo único que hacía falta para hacer esto posible era que nuestros dirigentes tuvieran un proyecto político que fuera congruente con ese escenario.

Pero no fue así. Los borbones nunca fueron capaces de calibrar adecuadamente las potencialidades de nuestro país porque el modelo, no sólo político sino incluso cultural y de civilización, que tenían en la cabeza era antagónico a lo que España había representado históricamente.

Cuando los borbones se ponen al frente del Imperio español, a partir de 1701, toma el poder una dinastía francesa que se había ido fortaleciendo a lo largo del siglo XVII... ¡luchando contra España! Y la estrategia que habían diseñado para enfrentarse con sus adversarios españoles era reforzar el centralismo político en el país galo.”[1]
España había ido surgiendo despacio, durante la profunda Edad Media, haciendo frente a los invasores norteafricanos y la construcción de su estructura política se había hecho desde abajo hacia arriba. Es la fusión, en un plano de igualdad, de dos poderosos reinos bajomedievales: El de Castilla y León con el de Aragón. Cada uno de ellos, a su vez, había surgido de la misma manera: El reino de Castilla y León, como su nombre indica, adquirió su forma definitiva cuando Fernando III unió en 1230 su herencia materna (el reino de Castilla) con la paterna (el de León). Y el de Aragón cuando Alfonso II de Aragón unió en 1164 su herencia materna (el reino de Aragón) con la paterna (el condado de Barcelona que, a su vez, llevaba varios siglos absorbiendo a la mayoría del resto de los condados catalanes). La dinámica histórica que hizo poderoso a nuestro país (desde abajo hacia arriba) es antagónica a la que hizo grande al país galo (desde arriba hacia abajo) y, en consecuencia, pretender trasladar mecánicamente el modelo francés a España terminó provocando el tipo de reacciones sociales que cabía esperar.

Más de una vez he dicho que los primeros que reaccionaron frente a la estrategia radial diseñada por los borbones y su corte de oligarcas fueron algunos de entre los que ya estaban fuera de la ley: los bandoleros. Estudiando el desarrollo del bandolerismo andaluz descubro, con cierta sorpresa porque desmonta el discurso oficial, que el gran salto hacia adelante, tanto cuantitativo como cualitativo, que estos dan en la década de los sesenta del siglo XVIII es paralelo a la construcción de la Carretera de Andalucía (la actual A-4), al desvío de la misma hacia zonas que hasta ese momento estaban deshabitadas y al despliegue de los poblados mandados construir por Pablo de Olavide con colonos centroeuropeos.

En su día dije que tras el despliegue de los seis ejes radiales se esconde un diseño militar que busca someter a un país ocupado[2]. No tiene ningún sentido obligar a los andaluces a entrar en la Meseta por un solo lugar (cuando antes lo hacían por cuatro o cinco diferentes), destruir toda ruta alternativa y hacer pasar la única carretera que dejan por el desfiladero más abrupto que había en la sierra (Despeñaperros), salvo que se esté dando por sentado que se van a sublevar en masa, en cuyo caso la pregunta que surge inmediatamente es ¿Y por qué iban a sublevarse los andaluces contra el poder central a finales del siglo XVIII? Parece ser que la monarquía borbónica había decidido tomar la iniciativa y poner el parche antes de que saliera el grano.

La sublevación no se produjo, probablemente, porque el aislamiento al que el territorio andaluz fue sometido a partir de entonces desde el gobierno dio mucho más poder del que ya tenían a los terratenientes andaluces, que se encontraron con un regalo inesperado. Sólo ellos pudieron percatarse de manera consciente del sentido estratégico que tenían las decisiones políticas que se estaban tomando en Madrid.

Pero ese diseño radial creó una tensión muy fuerte, aunque su desarrollo fuera gradual, entre centro y periferia que está en la base de la mayor parte de los conflictos tanto políticos como militares que han tenido lugar desde entonces en nuestro país. Simplificando un poco, el modelo es: concentrar la población en el centro y en los extremos de las seis carreteras radiales y despoblar el resto, lo que a primera vista parece beneficiar al poder central pero, a largo plazo, a quien fortalece de verdad es a las oligarquías locales de la periferia.

Se trataba, obviamente, de desvertebrar nuestro país, algo de lo que se percata Ortega y Gasset 150 años después, aunque no fuera capaz de detectar más que de manera tangencial al padre de la criatura.

¿Y por qué había que desvertebrar a nuestro país? Pues porque para los borbones y para los ilustrados a la francesa en general, España era el pasado, un mundo obsoleto y superado, el antimodelo que había que destruir.

España, en medio de una Europa extraordinariamente dotada para el análisis y la deconstrucción, casi siempre se valora globalmente. Nunca he visto a nadie analizar en serio sus elementos constitutivos. Los borbones reemplazaron a los austrias, ¡¡una dinastía enemiga!!,  pero a la hora de evaluar su realidad histórica fueron incapaces de separar –dentro de la herencia que recibieron- lo que era específicamente español de lo que formaba parte del universo político de los Habsburgo. Al mezclarlo todo estaban cometiendo un tremendo error histórico, porque nuestro país ya era la primera potencia mundial cuando el primer Habsburgo fue coronado en 1517:

La Casa de Austria (1517-1700) pone los imperios americano y mediterráneo (consecuencia de la acción política de los Trastámara castellanos y aragoneses, respectivamente) al servicio del Imperio europeo (al que llamé la “Camisa de fuerza francesa”), buscando frenar el avance de los procesos históricos que estaban teniendo lugar en la Europa moderna para defender a las fuerzas que históricamente habían sostenido el orden social medieval, que descansaba sobre dos pilares: el Papado y el Imperio. En esa estrategia política Francia es el adversario principal. Los casi doscientos años que esta dinastía lideró el mundo occidental -desde España- vienen a ser un período que guarda grandes paralelismos con la Guerra Fría (1945-1989), en el que España y Francia juegan, respectivamente, los roles políticos que en la segunda mitad del siglo XX desempeñaron los Estados Unidos y la Unión Soviética.”[3]
El Imperio español era, en realidad, tres imperios distintos: el castellano (América), el aragonés (el Mediterráneo) y el borgoñón (La “camisa de fuerza francesa”). El duelo militar que españoles y franceses estuvieron librando entre 1517 y 1700 por los campos de batalla de toda la ecúmene europea es el regalo envenenado que acompañó a la herencia borgoñona que recibieron los Habsburgo; herencia que pasaría a manos austríacas en 1713, desvinculándose ya para siempre de la corona española. Una vez abandonada la camisa de fuerza francesa había desaparecido, por tanto, el gran litigio histórico que había enfrentado a España y Francia durante casi doscientos años, pero las inercias mentales y los prejuicios siguieron pesando como losas a la hora de juzgar el comportamiento de los otros. Los borbones, como en 1517 los austrias y en 1126 los borgoñones, llegarán a España con un programa político que había sido diseñado para gobernar en sus respectivos países de procedencia. Las tres dinastías citadas se comportaron como si hubieran tomado posesión de un país ocupado, aunque no hubiera tenido lugar ninguna invasión previa que justificara dicho comportamiento (por eso contrasta de manera tan acusada con ellas el comportamiento de la Casa de Trastámara, la única dinastía nativa que ha reinado en España durante los últimos mil años).

Pero en el caso de los borbones hay un factor que agudizó aún más ese comportamiento: su subordinación política a la rama francesa de su línea dinástica, que trasladó al territorio español el conflicto de carácter estructural que durante los dos siglos anteriores se había estado librando en suelo francés. Era una especie de revancha histórica de carácter político-ideológico, darle la vuelta al modelo que había construido las bases del orden europeo. ¿Recuerdan el esquema de la estructura europea que dibujamos hace cuatro años?:

“A lo largo de la Edad Moderna, en Europa, hubo una serie de pueblos que fueron asumiendo una cierta función de élite que maneja los hilos de la política en la ecúmene europea desde arriba. Hubo otros, más masivos y centrales, empeñados en crear un proyecto nacional desde el cual poder forjar un imperio “europeo” cuya centralidad aspiraban a tener. Hubo países cuya función consistió en mantener aislados a estos últimos para que no pudieran culminar su proyecto, Y otros que se encargaron de proteger al conjunto de las agresiones exteriores. Había, igualmente, una serie de pueblos atacando la fortaleza exterior del Sistema Europeo para intentar resquebrajarlo al menos. El esquema sería más o menos éste:”

Ahora veamos un mapa de la Europa de 1648, surgida tras la Paz de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años:

Asignemos ahora un color a cada una de las funciones descritas en el esquema anterior:
Y traslademos esos colores al mapa anterior para hacernos una cabal idea de la estructura de poder europea, allá por el siglo XVII:[4]

Aunque la camisa de fuerza francesa, como vemos en esta explicación, desempeñó una función diferente (Cordón Interior) a la del resto de territorios europeos que formaron parte del Imperio Español (Cordón Sanitario Exterior), la vinculación política mantenida durante doscientos años entre ambos espacios fijó en las mentes de los miembros de las clases dominantes francesas la idea de que todo el conjunto jugaba el mismo rol y que debían ser neutralizados de la misma manera, y a eso se dedicarían los borbones españoles hasta la invasión francesa de 1808. Durante ese tiempo pretendieron darle la vuelta a la función estructural que la España peninsular había venido desempeñando desde principios del siglo XVI, convirtiendo a las clases dominantes españolas en meras transmisoras del modelo estructural francés. Hasta la invasión napoleónica se respetarían, al menos, ciertas formalidades y España siguió apareciendo ante el resto del mundo y ante sus propias clases populares como un país soberano. Pero esa ficción saltó por los aires el 2 de mayo de 1808.

La invasión francesa abrió la Caja de Pandora, liberando todos los demonios localistas que formaban parte constitutiva de la España profunda desde los tiempos prehistóricos. Lo que los racionalistas a la francesa fueron -y siguen siendo- incapaces de entender es que lo que hace fuerte a nuestro país es la profunda vinculación entre población y territorio en un medio ecológico singular, fragmentado y radicalmente diferente del ultra-pirenaico y, también, que las clases dominantes españolas habían conseguido -a duras penas- ponerse al frente de una estructura que no acababan de entender y que había ido formándose desde abajo hacia arriba, en un conflicto casi eterno que se había estado librando en nuestro país durante mil años y que tiene su propia lógica interna, que no es humana sino que viene a ser algo así como un mecanismo de relojería. En realidad funciona como una clepsidra (un reloj de agua) en la que los fluidos (el viento y el agua) desplazándose por un relieve que tiene la estructura de un corazón, geopolíticamente situada en el centro del Hemisferio Occidental, había estado organizando los flujos humanos por todo el planeta Tierra durante los trescientos años largos que van desde 1492 hasta 1808. Recordemos lo que dijimos en otro de nuestros artículos:

“Observen [...] el mapa físico de la Península Ibérica:


Si cruzáramos España de sur a norte por el meridiano que pasa por Valladolid o por el de Toledo, atravesaríamos un país que nos muestra este corte transversal:


Ese escalonamiento de la altitud de los valles interiores amplifica el efecto que la latitud ya produce de por sí. Y convierte a nuestro país en un pequeño continente, produciendo una concentración de ecosistemas en un espacio mucho menor de lo que podemos encontrar en ningún otro lugar de La Tierra. Repito: ¡Ningún otro lugar de La Tierra!”[5]

“Ahora veamos esto dinámicamente. Primero tracemos las líneas de cumbres que se dan en las cordilleras peninsulares:

Dichas líneas delimitan una serie de regiones naturales que vemos aquí:”[6]

Regiones naturales de la Península Ibérica

Situemos ahora a la Península Ibérica en el contexto mundial, utilizando un mapa de distribución de los vientos (Los tres siglos del Imperio español son los de la Edad Moderna, es decir, los de la Edad de oro de la Navegación a Vela):

Desde el punto de vista geopolítico nuestro país era el corazón del mundo. Estaba situado en el centro de todos los flujos de distribución (incluso los naturales) de ese preciso momento histórico (Vean ahora el mapa de las corrientes marinas):

La Península Ibérica está en el corazón de todos los flujos planetarios y tiene una estructura orográfica que nos recuerda también a un corazón, como vimos más arriba (La Cordillera Ibérica separa a su aurícula y su ventrículo derechos -el antiguo reino de Aragón- de sus homólogos -múltiples- izquierdos -el reino de Castilla-, los primeros vinculados con los flujos de distribución mediterráneos y los segundos con los atlánticos que se proyectan, amplificados, sobre el continente americano). Un corazón que, además, es un amplificador de ecosistemas. Los humanos que se encontraban al frente del desarrollo del Imperio Transversal en los dos siglos que gobernaron los Habsburgo tenían una idea remota de cuál era la función histórica que estaban desempeñando (al menos tuvieron la inteligencia de no oponerse a las tendencias de fondo que empujaban a su sociedad, de dejarse llevar por unos procesos históricos que los catapultaba hacia el liderazgo planetario, como si de una potente fuerza convectiva se tratase. Pero los borbones no tenían ni idea de lo que estaba pasando en el mundo que había fuera de los salones parisinos, de los debates eruditos de la intelectualidad francesa y de sus respectivas áreas de influencia, decidiendo apostar por romper el modelo político que había dado origen al mundo moderno y que siguió organizándolo hasta 1808.

Como vemos en el mapa de los vientos dominantes, una vez destruido el poder político español, el país mejor situado geográficamente para reemplazarlo es Inglaterra. Pero las características de las islas británicas son muy diferentes a las de la Península Ibérica y su función histórica también, por tanto, aunque estaban llamados a cubrir el vacío dejado por los españoles eran incapaces de desempeñar nuestro rol, lo que dará un brusco giro al desarrollo de los procesos históricos.

El colapso de los imperios español y portugués provocado por la invasión napoleónica de la Península Ibérica rompe la vinculación política de ésta con los territorios de ultramar y desestructura aquellos, dando una ventaja temporal a los anglosajones, que se apresuran a reemplazar a los ibéricos (auxiliados por holandeses y franceses) en el control de los flujos de distribución planetarios. Pero su paradigma es diferente al español. En su latitud replican el modelo social de la metrópoli, como sucedió con el modelo persa (siglo V a.C.). Fuera de ella son incapaces de liderar el proceso de mestizaje que los ibéricos habían desplegado por las latitudes intertropicales y lo sustituyen por el sistema de capas anglosajón que, explicamos en nuestro artículo “Las otras transversalidades”. Esta estructura social tiene fecha de caducidad y lleva metido en su ADN constitutivo el desencadenamiento a medio plazo de conflictos étnicos o raciales.

En su día dije que el “tempo” de despliegue del modelo español es mucho más lento que el anglosajón y ahora añado que es mucho menos dependiente de las variables tecnológicas y está mucho más vinculado con el territorio y con los diversos ecosistemas que lo componen.

La desintegración del Imperio español llevó al poder en las repúblicas americanas a las oligarquías locales, que actuaron de manera coordinada con el Foreign Office, aprovechando el vacío de la coyuntura creada. El modelo español se desestructuró y entró en una fase involutiva acelerada, pero liberó a sus fuerzas constitutivas. Esto dio ventaja a la superestructura de poder anglosajona a niveles globales. Desde entonces pasará a controlar los flujos de distribución económicos mundiales, pero en los peldaños más bajos de los territorios que habían formado parte del imperio español el modelo transversal y mestizo hispánico no sólo siguió vivo sino que se vinculó de manera más estrecha con su propio territorio e inició un proceso de crecimiento de carácter puramente vegetativo que reforzaría su identidad. Lejos de los focos de las grandes disputas por el poder global, el mundo hispano entra en una fase de reorganización profunda y de crecimiento endógeno desde abajo hacia arriba, recuperando así dinámicas ancestrales de los elementos constitutivos que habían protagonizado el surgimiento de su modelo multirracial.

En realidad los hispanos, de manera no consciente, estaban replicando los viejos patrones de respuesta de los cristianos ibéricos frente a las invasiones militares norteafricanas que tuvieron lugar durante la Plena y la Baja Edad Media:

·          Fase 1: Repliegue general hacia las líneas de resistencia posibles, para contener el avance de los invasores.

·          Fase 2: Encastillamiento. Consolidación de las líneas de defensa.

·          Fase 3: Hostigamiento paulatino a los puestos avanzados de sus enemigos y a los grupos que se han quedado momentáneamente desconectados, para ir tomando el pulso a la consistencia real del adversario.

·          Fase 4: Recuperación de los espacios que su adversario no es capaz de defender de manera eficaz. Presión en todos los frentes que obliga a éste a sostener un costoso dispositivo militar cuyo mantenimiento se vuelve cada vez menos sostenible.

·          Fase 5: Ofensiva general. Cuando se rompen las líneas del oponente. Fusión de los diferentes estados en unidades políticas mayores.

A principios del siglo XIX, en medio de la ofensiva general de los imperios de la segunda generación, liderados por los británicos y rotas las líneas de defensa que los imperios ibéricos habían sido capaces de mantener durante trescientos años, cualquier evaluación que se hiciera de la situación política tendría que ser pesimista. Después el modelo anglosajón se constituyó como dominante y aunque en el siglo XX los norteamericanos reemplazaron a los primeros como potencia hegemónica, esto sólo significó un cambio de fase dentro del mismo proceso. 

Hoy seguimos juzgando la evolución del continente transversal con los ojos de la potencia dominante. Pero los procesos históricos apuntan ya en otra dirección y la lógica interna de los mismos nos resulta cada vez más familiar.



[4] “La estructura del Sistema Europeo”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-estructura-del-sistema-europeo.html

[5] “Una historia singular”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2015/06/una-historia-singular.html

[6] http://polobrazo.blogspot.com.es/2015/07/el-capitalismo-como-consecuencia-logica.html

martes, 29 de marzo de 2016

El sentido de un cambio dinástico



¿Fue el testamento de Carlos II (el último Habsburgo español) la verdadera expresión de la última voluntad del monarca? O, por el contrario, ¿Pudo ser éste -el monarca o el testamento- manipulado o sustituido por algún grupo de poder que actuaba en la corte?

Desde principios de 2012 vengo exponiendo, a través de este blog, mi particular visión de los procesos históricos, que he etiquetado como “Dinámica Histórica”. No le llamo “Historia” -a secas- porque hay una serie de criterios a los que los historiadores le dan normalmente un gran valor y que, para mí, son secundarios. No estoy en posición de poder entrar en un debate acerca de la autenticidad del documento que cité más arriba. Vengo reflexionando, desde hace años, acerca de la lógica interna de los procesos históricos, no sobre la legitimidad de las pruebas o de las razones que los historiadores aducen para sostener sus versiones de cómo sucedió este o cualquier otro acontecimiento.

Si observamos los procesos históricos desde una cierta distancia intelectual constatamos que, cuando se produce un cambio dinástico, el replanteamiento de las estrategias políticas siempre es mucho más patente que cuando un hijo reemplaza en el trono a su padre. Es tan evidente que si hiciéramos una valoración global de la actuación política de las cinco dinastías que se han ido sucediendo en el reino castellanoleonés y en España desde el año mil, comprobamos que cada una de ellas ha tenido una impronta particular que la ha distinguido de manera nítida -desde el principio hasta el final de su propio reinado- de las demás.

 Hasta 1126 reinó en Castilla la dinastía Navarra, que protagonizó el desplazamiento del eje de poder desde el reino leonés hacia el castellano, que internacionalizó el Camino de Santiago, introdujo en la Península Ibérica a los monjes cluniacenses, estableció una alianza internacional con los borgoñones, erosionó de manera brutal el poder de los califas de Al Ándalus hasta disolver el califato en aquella estructura política que recibió el nombre de “reinos de taifas” y contuvo después, con gran entereza, la embestida de la primera de las grandes invasiones africanas: la de los almorávides. Como vemos mantuvieron siempre un programa político bastante coherente. La lista de sus monarcas es una relación de guerreros o de consorte de guerreros, desde el principio hasta el final.

La dinastía borgoñona (1126-1369) romanizó nuestro país, mantuvo un programa que buscó -en todo momento- reforzar el papel de la aristocracia dentro del reino y la importación de los valores morales y los conceptos sociológicos asociados al feudalismo europeo y frenó, en cierta medida, el impulso expansivo que habían heredado de la dinastía anterior.

La Casa de Trastámara (1367-1516) lleva a cabo una reorientación completa de la política exterior castellano-leonesa buscando la unidad política con sus vecinos, tanto aragoneses como portugueses, refuerza la marina, tanto la de guerra como la mercante, convirtiendo a Castilla en una potencia marítima, y establecen la norma -no escrita- de buscar consorte dentro de la Península Ibérica.

La Casa de Austria (1517-1700) pone los imperios americano y mediterráneo (consecuencia de la acción política de los Trastámara castellanos y aragoneses, respectivamente) al servicio del Imperio europeo (al que llamé la “Camisa de fuerza francesa”), buscando frenar el avance de los procesos históricos que estaban teniendo lugar en la Europa moderna para defender a las fuerzas que históricamente habían sostenido el orden social medieval, que descansaba sobre dos pilares: el Papado y el Imperio. En esa estrategia política Francia es el adversario principal. Los casi doscientos años que esta dinastía lideró el mundo occidental -desde España- vienen a ser un período que guarda grandes paralelismos con la Guerra Fría (1945-1989), en el que España y Francia juegan, respectivamente, los roles políticos que en la segunda mitad del siglo XX desempeñaron los Estados Unidos y la Unión Soviética.

La Casa de Borbón (Desde 1701) es, probablemente, la dinastía que más veces haya sido depuesta en ningún país (tres veces: 1808, 1868 y 1931) y, posteriormente, restaurada (otras tres: 1814, 1875 y 1975). Por tanto habría que subdividir su reinado en cuatro épocas claramente diferenciadas: 1701-1808, 1814-1868, 1875-1931 y 1975 hasta la actualidad. El denominador común de las cuatro es su extraordinaria capacidad de maniobra para asegurarse la supervivencia y su apuesta por un modelo político centralista y radial que encuentra, desde el principio, una potente contestación social. También la interiorización de que el papel que España debe desempeñar en el ámbito geopolítico es el de fuerza auxiliar de la potencia que en cada momento ejerza el liderazgo político en Europa Occidental.

El cambio dinástico que tuvo lugar en España a la muerte de Carlos II representa, de manera inmediata, una reorientación total de su política exterior, algo que se sabía que iba a pasar si éste se llevaba a cabo; era algo así como “la crónica de una muerte anunciada”. Un par de párrafos más arriba, cuando caractericé la estrategia de gobierno de los austrias, dije que, para ellos, “Francia es el adversario principal”, por tanto no parece tener mucho sentido designar como heredero precisamente a un Borbón a la extinción de aquella dinastía. Todo apunta a la intervención en la corte de un pequeño grupo situado alrededor del monarca durante los últimos momentos de su reinado que tenía línea directa con la corte de París y que trabajó activamente para que este giro político pudiera darse.

Una dinastía no es sólo una lista de monarcas que gobiernan en un país, emparentados entre sí, durante un período de tiempo determinado. Los reyes de la casa gobernante representan, tan sólo, el hilo conductor de la misma. A su alrededor hay multitud de cortesanos en una interacción continua con el soberano, una estructura política, un discurso legitimador, una visión del mundo determinada y un modelo de relaciones sociales que se desenvuelve en torno suya, que posee un nivel tecnológico determinado y una vinculación concreta con el medio físico y ecológico en el que se desenvuelve. El príncipe heredero es socializado en ese ambiente y asume, desde su más tierna infancia, dicho modelo. Conforme va creciendo va interiorizando que el poder que ejerce es la contrapartida por su compromiso con la causa. Un rey absoluto se supone que es omnipotente y que tiene derecho de vida o muerte sobre sus súbditos; pero siempre hay personas a su alrededor que le ponen la comida por delante varias veces cada día, centinelas que protegen su palacio, su despacho y su alcoba, cortesanos que ejecutan sus órdenes, que le informan de lo que está pasando en el mundo y que están filtrando -de hecho- su relación con el exterior para “protegerlo” de los peligros que le rodean y del exceso de información, que deberá ser canalizada, seleccionada y estructurada convenientemente para que pueda ser digerida.

Todas esas personas que se desenvuelven en el entorno del monarca tienen, de una o de otra manera, la vida o la opinión de éste en sus manos. Y el conjunto es muy difícil de cambiar desde dentro. Sólo puede tener lugar un cambio político brusco si otro grupo de poder sustituyera en bloque al anterior, algo que suele suceder durante los cambios dinásticos.

El paso de la dinastía navarra a la borgoñona fue violento. Una guerra civil en la que el reino castellano-leonés se dividió en cuatro trozos: el primero, Galicia, se subleva -en 1111- “obedeciendo” a un monarca que era un niño de 7 años (El futuro Alfonso VII Raimúndez), que estaba siendo tutelado por el obispo de Santiago -Diego Gelmírez- y por un sector de la nobleza gallega.

En el segundo, Portugal, también otro niño -Alfonso I Henriques- manipulado por otro obispo -el de Braga, Paio Mendes- y por el correspondiente sector de la nobleza portuguesa se levanta (con 11 años) contra su madre -Teresa de Portugal- e inicia un proceso que culminará con la independencia de este reino.

El tercero, los concejos de la frontera castellano-leoneses, fieles a Alfonso I el Batallador de Aragón, consorte de la reina Urraca, cuyo matrimonio había sido anulado por la Santa Sede a iniciativa del arzobispo de Toledo -Bernardo de Salvitat, también conocido como Bernardo de Sedirac o de Sahagún- y después se le había ordenado a la reina que debía separarse de su esposo -de hecho, puesto que ya lo estaba de derecho- y alejarlo del trono. Pero los mejores guerreros de Castilla se negaron a obedecer las órdenes de los obispos y prefirieron ser leales al rey guerrero.

El cuarto bando era el de la reina Urraca, teledirigido desde Roma a través del arzobispo de Toledo y de los monjes cluniacenses. Al final se impusieron los gallegos-borgoñones, leales a Alfonso Raimúndez, cuando su madre abdicó y el Batallador decidió abandonar territorio castellano. Portugal siguió siendo independiente.

Dos siglos y medio después, el cambio dinástico entre borgoñones y trastámaras se produce a través de la guerra civil castellana de 1366-1369 entre los seguidores de Pedro I el Cruel y los de Enrique II de Trastámara y sus “compañías blancas”, guerra que acabó con la muerte del primero en los “Campos de Montiel” (1369).

En el cambio dinástico de los Trastámara a los Habsburgo (1516-1517) los distintos grupos de conspiradores tuvieron que ver mucho más de lo que las versiones oficiales transmiten. Recordemos que Isabel la Católica murió en 1504 y que su heredera en Castilla era Juana la Loca o, lo que es lo mismo, su consorte flamenco Felipe I el Hermoso. Fernando el Católico se retiró a sus dominios de Aragón, después de haber conocido personalmente a su yerno, con el que no conectó en absoluto.

Poco después Fernando contraerá matrimonio con Germana de Foix, con la intención manifiesta de buscar un heredero varón al que poder transmitirle sus propios dominios y volver a separar así nuevamente a Aragón de Castilla, antes que permitir que los flamencos se adueñaran de todos los reinos peninsulares. El potencial heredero del Trastámara morirá al nacer mientras, en Castilla, Felipe el Hermoso fallece de una forma sumamente sospechosa. Tan sospechosa que los flamencos nunca más enviarán a Castilla a ningún miembro de su casa real sin que agentes suyos hubieran –previamente- inspeccionado el terreno y llenado de leales la corte.

Tras la muerte de Felipe I (1506) y la declaración de la enajenación mental de Juana la Loca tocaba coronar al primogénito de ambos, Carlos I, que entonces tenía 6 años. Lo lógico habría sido que se nombrara un regente en Castilla por parte de las instituciones competentes –lo que efectivamente tuvo lugar, en la persona de su abuelo, Fernando el Católico- y que el niño se desplazara a su nuevo reino para ir identificándose con él, dado que estaba llamado a gobernarlo en cuanto se le declarara mayor de edad. Pero los flamencos consideraron que Carlos estaba más seguro en su país natal que en Castilla, donde podría ser adoctrinado de una manera no congruente con su estrategia política o, por el contrario, enfermar “repentinamente”, como ocurrió con su padre.

Muerto Fernando el Católico (1516), asume la regencia el Cardenal Cisneros hasta que el nuevo monarca tuviera a bien desplazarse a su nuevo país para que pudiera ser coronado. Pero en vez de Carlos se presenta Adriano de Utrecht, para crear un entorno seguro que hiciera posible que su llegada tuviera lugar con el mínimo peligro.

El resto de la historia es bien conocida. El rey, cuando llega, aún no sabe español y sólo se relaciona con personas de origen flamenco, que filtran toda la comunicación entre él y sus nuevos súbditos. Poco después abandona de nuevo la Península para dirigirse a Alemania, donde se hará cargo del legado de su abuelo Maximiliano de Austria. Mientras tanto tiene lugar el levantamiento de los comuneros de Castilla contra los flamencos que administran nuestro país en nombre de un  rey que reside a miles de kilómetros de distancia y que nos ha convertido –de facto- en una colonia flamenca.

Si la corte castellana, en el tránsito dinástico de los Trastámara a los Habsburgo fue un hervidero de conspiradores al servicio de las familias que pugnaban por hacerse con el poder, imagínense lo que fue la corte madrileña durante el proceso de cambio de los austrias a los borbones, que estaban al mando, cada una de estas casas, de una de las dos potencias más poderosas del mundo de su tiempo. Franceses, ingleses, austriacos, holandeses, portugueses, el papado... además de las diferentes facciones nobiliarias españolas, actuando cada cual al servicio de sus propios intereses... 

En este tipo de coyunturas históricas nada de cuanto ocurre es casual. Ni siquiera los posibles problemas de salud física o mental. El “ruido de sables” se esconde detrás de cada frase pronunciada, de cada acto que tiene lugar. La esterilidad del rey, su debilidad de carácter, sus matrimonios, sus consejeros... Potencialmente todo puede ser instrumentalizado políticamente. Está en juego, nada menos, que el liderazgo político planetario.

Y ganaron los franceses... Recordemos el consejo que Luis XIV de Francia le dio a su nieto, nuestro Felipe V, antes de partir hacia España para ser coronado: acuérdate de que has nacido francés, y mantén la unión entre las dos naciones”. Era todo un programa político (La palabra “unión”, en este contexto, es un eufemismo que significa subordinación de nuestro país al suyo, claro), un mandato que Felipe cumplió y después todos sus descendientes, hasta el mismísimo 2 de mayo de 1808. Después se difuminará un poco la influencia francesa, para ser paulatinamente sustituida por un vago paneuropeísmo provinciano que es la continuación de la subordinación política ante Francia en un nuevo contexto político en el que los borbones españoles, desaparecidos sus primos franceses, se convierten en un residuo fósil de una época ya fenecida.

Los borbones, como los austrias dos siglos antes, usan a España como una herramienta para llevar a cabo su propio programa político, que había sido diseñado fuera de nuestro país para defender los intereses de unas facciones de poder extranjeras. Lo que diferencia a ambas dinastías es que para los Habsburgo España es el instrumento principal de dicha política, mientras que para los borbones es una fuerza auxiliar, al servicio de Francia, que asume el liderazgo del conjunto.

Todo lo que sucede en España entre 1701 y 1808 es congruente con esta explicación. La política exterior del Imperio español a partir del cambio dinástico adopta un perfil bajo, y nuestros gobernantes con frecuencia se limitan a decir amén a los acuerdos que la diplomacia francesa alcanza con sus adversarios, en los que se decide el reparto de posesiones que son nominalmente españolas en una mesa en la que no hay ningún representante español.

Y en el interior se procede a una revisión total de nuestra historia y de nuestra escala de valores para ponernos en la onda correspondiente. Es muy significativo el cambio de actitud que tiene lugar con respecto a los turcos, por ejemplo, los peores adversarios en el Mediterráneo de la España de los Habsburgo pero aliados estratégicos de Francia. Todo el historial de sus matanzas en las costas orientales y meridionales de nuestro país, así como en los dominios españoles de Italia y del Magreb, es rápidamente olvidado, como si no hubiera tenido lugar.[1]

En cuanto a la poderosa tradición militar española hay una anécdota que resume, mejor que cualquier explicación que podemos dar, hasta qué punto la revisión de todas las políticas que tuvieron lugar con la llegada de los borbones afectaron seriamente a la operatividad de sus tropas. Ésta tuvo lugar cuando el embajador español Juan Martín Álvarez de Sotomayor visitó al rey Federico II el Grande de Prusia:

Los éxitos fulgurantes del Ejército prusiano despertaron la atención de toda Europa. A Prusia llegaron representantes de la mayoría de reinos europeos, interesados por descubrir las claves que habían hecho de ese pequeño ejército una fuerza tan temible.

España envió a Juan Martín Álvarez de Sotomayor, con la misión de recoger todos esos datos para que pudieran ser luego aplicados al Ejército español. Cuando Álvarez se presentó ante Federico, el monarca prusiano evidenció su sorpresa porque fuera precisamente España quien se interesase por sus revolucionarios métodos militares.

El rey reconoció que buena parte de las innovaciones aplicadas en su ejército provenían de un tratado español llamado Reflexiones militares, [del marqués] de Santa Cruz de Marcenado. Los once tomos en que constaba la obra los tenía en un lugar bien visible de su despacho. El representante del monarca español, ruborizado, tuvo que admitir que no conocía la obra, ante la sorpresa de Federico.”[2]

Pero lo que menos le gustaba de España a la nueva dinastía era la gran variedad cultural que presentaba y la extraordinaria autonomía de los poderes locales, algo que era impensable en el país galo.

Durante el siglo XVII habían tenido un gran éxito dos obras literarias que se habían representado en los teatros de toda España y que resaltan la fuerza de las instituciones municipales castellanas en la estructura política del reino. Me estoy refiriendo, obviamente, a Fuenteovejuna, de Lope de Vega y El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, autores –especialmente el último de ellos- que están perfectamente alineados con el establishment político y social de nuestro país. Para la España de los austrias ese poder municipal era un pilar fundamental de su estructura política, que hunde sus raíces en nuestra profunda Edad Media.

Ninguna obra comparable ve la luz en la España del siglo XVIII. Recordemos la famosa frase que Pedro Crespo le dirige a Don Lope (general del ejército español): “Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”, a la que éste responde: “¡Juro a Cristo, que parece que vais teniendo razón!”. Este diálogo, que lleva siglos repitiéndose en los teatros de toda España y que retrata como ningún otro la fuerza del municipalismo español y la supremacía de la conciencia y del sentido del honor sobre el estatus social o las conveniencias políticas, es una muestra de esa “insolencia” española que tanto molestaba a los aristócratas ultrapirenaicos y que dejó de ser políticamente correcta con el advenimiento de la nueva dinastía.

A lo largo del siglo XVIII veremos a los borbones ir ahogando de diversas maneras a los poderes locales de la España que habían heredado, pero al hacerlo se estaban metiendo en un berenjenal mucho mayor. Los concejos (los ayuntamientos) formaban parte fundamental de la estructura de un estado que había ido surgiendo muy despacio, desde abajo, a lo largo de la profunda Edad Media peninsular. Ellos pusieron en pie las milicias ciudadanas, que resultaron determinantes en la eclosión del mundo ibérico y en el poderoso desbordamiento social que hizo posible el surgimiento de los tres imperios españoles (el europeo, el mediterráneo y el americano). Los ayuntamientos canalizaron buena parte de las energías de un pueblo guerrero y las pusieron al servicio de la monarquía católica.

La España radial y las intendencias borbónicas pretendían meter en cintura a un país inabarcable para unos gobernantes acostumbrados al lujo de los salones parisinos y al orden de los jardines franceses, diseñados por expertos paisajistas, acostumbrados a trazar diseños geométricos con escuadra, cartabón y compás, sobre un territorio llano y bien regado de manera natural en un país que vivía siempre pendiente del cielo, intentando combatir el desbordamiento de los ríos o la sequía estival y donde la naturaleza había ido esculpiendo, durante millones de años, regiones naturales estancas, con una variedad paisajística infinita. Un país demasiado salvaje para la mentalidad continental.

Intentaron meter en cintura a los poderes locales y se encontraron, primero, con los bandoleros, después con los guerrilleros, más tarde con los fueristas de derechas y los cantonalistas de izquierdas y, al final, con los nacionalistas periféricos... Y siguen sin aprender.

El agua siempre busca su camino. Si le cortas su salida natural terminará encontrando otra, pero cuando los cauces se desbordan lo que viene después es la catástrofe.


[2] JESÚS HERNÁNDEZ: ¡Es la guerra! Las mejores anécdotas de la Historia Militar