martes, 26 de diciembre de 2017

Una nueva sinfonía



En el artículo anterior describimos el proceso de descomposición política del “Imperio norteamericano” que se ha venido produciendo durante el último medio siglo como consecuencia de la llegada al poder de la facción que el presidente Eisenhower denominó “Complejo Militar-Industrial”. Este proceso es una deriva hacia el autoritarismo político y social de carácter involutivo que se ha sustentado sobre tres paradigmas teóricos: En demografía el neomalthusianismo, en economía el neoliberalismo y en términos geoestratégicos el diseño del modelo de los “estados fallidos” (al que nosotros llamamos “neofeudalismo”) en los países de la periferia del Sistema (Afganistán, Irak, Líbano, Siria, Yemen, Somalia, Libia, Yugoslavia), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra”. Con este modelo también conectan las maras centroamericanas, las narcoguerrillas, fuerzas paramilitares, escuadrones de la muerte, etc. Este patrón de descomposición social de los países de la periferia se complementa con la degradación de las condiciones de vida de las clases populares en los países que forman el núcleo duro del Sistema y que viene acompañado por una criminalización de la vida cotidiana que ha llevado, por ejemplo, a Estados Unidos a batir todos sus récords históricos de personas encarceladas (750 presos por cada 100.000 habitantes, cifras que multiplican por 5 las españolas o por 12 a las de Japón), el crecimiento exponencial de los sistemas electrónicos de vigilancia y de control sobre la población y de la inteligencia artificial, que es la única manera que les puede permitir a las élites resistir el incremento de la complejidad social y tecnológica mientras disminuye la solidaridad social. Cuando no puedes contar con la lealtad de las personas,  sólo te queda apoyarte en la inteligencia artificial, ya que las máquinas carecen de restricciones éticas que puedan impedir la optimización del beneficio económico a cualquier precio.
El crecimiento exponencial del tráfico de drogas a niveles mundiales desde los años 60, que exige el desarrollo de una logística muy compleja e interconectada con el resto de comercios ilegales que se dan en nuestro mundo (armas, personas, órganos, blanqueo de capitales, paraísos fiscales...) es imposible que haya tenido lugar sin una cierta complicidad de las élites dirigentes mundiales. Y en este sentido podemos afirmar con rotundidad que estas violaciones a gran escala de la legalidad vigente... ¡¡forman parte intrínseca del Sistema!!
¿Cómo puede lidiar un sistema social (sea el que sea) con una violación sistemática de sus propias normas explícitas sin desintegrarse? ¿Cómo es posible asegurarse la imprescindible lealtad de funcionarios, jueces, militares, policías... si desde la cúspide están llegando continuamente señales del desprecio a las leyes que éstos deben hacer cumplir? Muy sencillo: Segmentándose. Dividir el sistema en varios sub-sistemas y ocultarle a la población los elementos que los conectan entre sí. “Divide y vencerás”, como dijo Julio César, que yo reformulo como “segrega y vencerás”.
Al frente del segmento político del Sistema se coloca a simples gestores, incapaces de reflexionar acerca de la posible congruencia del mismo; personas que no se hagan demasiadas preguntas. Los individuos que forman parte del engranaje deben ignorar la estrategia global del mismo, por pura higiene mental. Sólo deben conocer la parte que a ellos les toca desempeñar. Se trata de crear una sociedad de especialistas que sólo entienden del área que ellos deben gestionar, personas que saben cada vez más de una porción cada vez menor del conjunto y que son incapaces de prever las repercusiones que tienen sus actos fuera del alcance del campo de visión que se les muestra.
El problema que tiene este modelo, y que sus diseñadores no han previsto adecuadamente, es que acaba convirtiéndose en un engendro que adquiere vida propia, en la que el proceso desencadenado se vuelve tan complejo que las dinámicas internas generadas por él se vuelven inabarcables incluso para aquellos que lo diseñaron. “Toda realidad que se ignora prepara su venganza”, dijo Ortega y Gasset. A toda acción le responde, más tarde o más temprano, una reacción por parte de aquellos que la sufrieron, y no todas ellas han podido ser previstas. El proceso rara vez se desarrolla tal y como el que lo puso en marcha preveía, ya que éste no es omnisciente, porque si lo fuera no tendría que desplegar los sofisticados sistemas de control o de espionaje que utiliza de manera creciente y que no son otra cosa que una manifestación exterior de la resistencia de los sectores de la población que están siendo agredidos (Un elevado nivel de anticuerpos “nos está avisando de que la infección es muy seria”[1], dijimos hace tiempo).
A niveles mundiales observamos la existencia de poderosos grupos que vienen diseñando estrategias de tipo involutivo desde, al menos, el siglo XIX y que son conscientes desde entonces de que para poder frenar los procesos revolucionarios lo primero que hay que hacer es cortar el crecimiento demográfico. Son los eugenistas, en su variopinta diversidad, que hacen descansar sus propuestas sobre las bases establecidas por Malthus y por los darwinistas sociales (Spencer, Galton, etc.). Esta sería su vertiente teórica, pero sus bases materiales más sólidas descansarían sobre las estructuras organizativas de diversas sociedades secretas que recogen tradiciones filosóficas o esotéricas muy anteriores, procedentes de grupos aristocráticos del Antiguo Régimen europeo y de sus derivados surgidos en las “nuevas europas”. La variable demográfica ha estado presente desde entonces en los diversos diseños de los grupos de poder, aunque administrada de manera selectiva. Lo más normal ha sido potenciar el crecimiento de la etnia dominante e intentar destruir a las que compiten con ella. No creo que deba poner ningún ejemplo, seguro que al lector le vienen casos concretos a la memoria que se han dado en su propio ámbito cultural.
Si queremos diseñar un proceso involutivo, lo primero que hay que hacer es frenar en seco el crecimiento demográfico. Para hacer esto posible hay multitud de medios disponibles: provocar guerras o crisis económicas, restringir la circulación del dinero o la distribución de productos de primera necesidad, elevar el nivel de desempleo o el precio de la vivienda, impedir el libre acceso de la población a las fuentes energéticas y, sobre todo, a las del conocimiento. Para que estas acciones sean aceptadas o, al menos, toleradas por la población tienen que venir complementadas, claro está, con la construcción de un discurso en el que el nuevo modelo de relaciones sociales que se está imponiendo de facto se integre de manera natural. Para eso hay que adueñarse, primero, de los medios de comunicación y de difusión de las ideas, segundo, del relato de los hechos históricos y, tercero, de las universidades, las iglesias, las ideologías políticas... cualquier ámbito desde el que se pueda inducir la modificación de la escala de valores de las personas y, en consecuencia, de los comportamientos humanos.
El diseño de un proceso semejante queda fuera, como podrán imaginar, de las posibilidades de intervención del ámbito político, al menos en los países donde exista una democracia formal que funcione mínimamente. El poder político sólo podrá embarcarse en este tipo de estrategias en aquellos lugares en los que la cúpula dirigente posea una gran estabilidad y se reproduzca por cooptación. Dónde sea inmune ante la crítica o la disidencia interna.
En los lugares dónde los políticos dependen del voto popular y el nivel de corrupción es muy alto, es posible que estos sean controlados desde determinados cárteles o sindicatos empresariales de carácter oligárquico. En aquellos otros dónde las leyes suelen ser respetadas y los funcionarios no son sobornables, el sistema se vuelve mucho más complejo y acaba siendo dirigido desde sociedades secretas o, al menos, discretas, que vayan mucho más allá de lo que es un mero grupo de presión. Deben ser grupos que posean una cosmovisión propia y un verdadero proyecto de civilización.
El núcleo dirigente tiene que estar compuesto por una estructura de poder muy poderosa, estable, formada e informada, que posea una estrategia a largo plazo y una gran experiencia. Estas características no pueden improvisarse. Por tanto, lo más lógico es que sus miembros procedan, en su mayor parte, de los grupos tradicionales de poder, aunque en cada generación reciba el refuerzo de algunos tecnócratas que hayan demostrado una gran eficiencia en la defensa del modelo. El Sistema, además, tiene una formidable capacidad de fagocitar a los grupos disidentes que han sabido conquistar su propio nicho dentro de este complejo ecosistema.
Hemos hablado de la existencia de un sistema social segmentado, de ámbito planetario, en el que los agentes que trabajan dentro de sus diversos sub-sistemas ignoran la conexión que hay entre los mismos, ya que esta coordinación global tiene lugar fuera de su campo de visión y es obra de estas sociedades secretas o discretas que citamos más arriba.
En nuestro artículo anterior dijimos que las diferentes “ecúmenes” (áreas culturales) que hay en nuestro planeta “llevan embebidas, sean o no conscientes de ellos sus protagonistas, sus correspondientes proyectos de civilización”[2]. Dichos proyectos, en realidad, no han sido diseñados por los humanos (ya he dicho que es posible, incluso, que estos no lleguen a ser conscientes de su existencia).
Al Imperio Romano nosotros venimos llamándolo, desde el principio, como “El Imperio Mediterráneo”, y no es obra exclusiva de los romanos. Su construcción fue comenzada por fenicios y griegos, continuada por los cartagineses y culminada por un grupo que dirigía su universo cultural desde la Ciudad Eterna. Fue la función la que creó el proyecto. Fue la adaptación del hombre a su medio, en un estadio histórico preciso, el que lo concretó. Con frecuencia los humanos tienden a pensar que han creado aquello a lo que las circunstancias le han empujado a hacer. A posteriori reescriben la Historia para convencer a la posteridad de que ellos controlaban algo que, en realidad, les venía impuesto por la propia lógica de los acontecimientos históricos.
¿Cómo podemos entender lo que está pasando a nuestro alrededor cuándo la información que nos llega es sesgada y fragmentaria? ¿Cuándo todo ha sido manipulado para hacernos creer que somos la cumbre de la Historia de la Humanidad y que vivimos en el mejor de los mundos posibles? ¿Que las disfuncionalidades que detectamos en nuestro entorno son tan inevitables como la sucesión de las estaciones, como la lluvia o el viento? Por supuesto hay que desarrollar una gran capacidad autocrítica. Tenemos que aprender a leer entre líneas, a formularnos las preguntas adecuadas, a testear la integridad del modelo. La primera regla que tenemos siempre que aplicar es la que llamo “Principio de Congruencia”, que ha sido enunciado en el pasado de diversas formas (ejemplo: Principio de Correspondencia del Hermetismo: "Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba"), pero que nosotros definimos de la siguiente manera:
Principio de Congruencia: Todo sistema consolidado aplica la misma filosofía de funcionamiento en cada una de sus partes y ésta es congruente con la idea motriz que lo mueve, aunque las partes tengan cierta autonomía para articularse con él de manera flexible e, incluso, competir entre ellas dentro de determinados límites, con objeto de adaptarse al medio en el que actúan o de integrar los cambios que se están produciendo fuera del espacio que controla. Si no es así, debemos concluir que el sistema no está consolidado y que se haya, por tanto, en fase de integración o, por el contrario, de desintegración.
En consecuencia, en un sistema consolidado podemos llegar a entender el todo desde de la parte, si somos capaces de separar de manera adecuada sus elementos esenciales de aquellos otros que le sirven sólo para adaptarse al medio o a las circunstancias.
En un sistema no consolidado debemos averiguar primero si está en proceso de integración o de desintegración, para intentar detectar después los elementos que se están integrando o segregando y hacia dónde le conduce su propia trayectoria.
Durante los últimos años hemos venido analizando a través de este blog la Dinámica Histórica de varios imperios y las ideas motrices que los movían. A cada uno de ellos le pusimos un nombre que definía su función. Así llamamos Imperio Mediterráneo al romano, Imperio Transversal al español, imperios litorales al portugués y el holandés, y también hemos hablado del Sistema de Capas británico, que crea una segregación de castas, desde el punto de vista social y de áreas geográficas desde el geopolítico en casi todos los escenarios en los que se ha desenvuelto. Hemos hablado del “Eje Atlántico” u “Occidental”, para referirnos al proceso histórico que se desencadena en la mitad occidental del Planeta Tierra como consecuencia de los descubrimientos geográficos llevados a cabo por los pueblos ibéricos durante los siglos XV y XVI.
El proceso histórico de integración planetaria al que hoy llamamos “globalización”, que ha ido conectando, durante los últimos 600 años, de manera cada vez más firme, a las diversas ecúmenes terrestres creó el esqueleto básico sobre el que se sustenta entre los siglos XV y XVIII, como consecuencia del desarrollo de los imperios ibéricos. Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX se produce el primer relevo en la cúspide de su estructura y éstos son reemplazados por los imperios ultramarinos de la segunda generación (ingleses, franceses y holandeses). Desde finales del XIX van apareciendo nuevas potencias en la misma (Estados Unidos, Alemania, Unión Soviética, Japón, China, India...). Desde los años 60 del pasado siglo XX el núcleo dirigente planetario se va volviendo más plural de forma paulatina, apuntando ya con claridad un nuevo comité de dirección al que hemos dado en llamar “Sistema del Equilibrio Mundial”, por la analogía que hemos encontrado entre él y el que se dió en Europa entre la Paz de Westfalia (1648) y la Revolución Francesa (1789) y al que la historiografía llama “Sistema del Equilibrio Europeo”.
El “Sistema del Equilibrio Mundial” es la fase histórica que ha reemplazado al modelo de la “Guerra Fría” (1945-1991) y se encuentra ahora en pleno proceso de despliegue. Los elementos que en su día caracterizaron al mundo bipolar de la Guerra Fría se hayan en abierto proceso de descomposición, pero están siendo rápidamente reemplazados por otros que están integrando el nuevo modelo. Estados Unidos, Unión Europea, China, India, Rusia, Japón, son hoy los actores del primer nivel. Indonesia, Irán, Corea del Sur, Brasil, México, Sudáfrica... ocupan el siguiente. El modelo cada vez es más fluido. Todos estos actores se vigilan entre sí para intentar impedir la aparición de un nuevo proyecto hegemonista. Los Estados Unidos evolucionan desde la excepcional situación vivida desde mediados de los 80 hasta el cambio de siglo en el que el hundimiento del bloque soviético los dejó como potencia hegemónica a nivel planetario, coyuntura que aprovecharon para desplegar el modelo de los “estados fallidos” por toda la periferia del Sistema. La extraordinaria agresividad exterior que empleó durante la última década del siglo XX y la primera del XXI agudizarían los enfrentamientos entre las facciones dirigentes del Bloque Occidental que ha conducido a la escisión del “Complejo Militar-industrial” en dos “sindicatos” a los que aún no hemos caracterizado pero que en el artículo anterior denominamos provisionalmente como “A” y “B”, el primero (A) ha estado representado en Estados Unidos durante los últimos años por el tándem Barack Obama-Hillary Clinton y el segundo (B) por Donald Trump, pero en Europa también se está librando el pulso entre estas mismas facciones y el caso más paradigmático de dicho enfrentamiento al que podemos referirnos en este momento es el proceso que conocemos como “Brexit”.
Como vemos, ahora la situación se presenta muy abierta y potencialmente puede evolucionar de diferentes maneras, pero parece ser que las nuevas autoridades anglosajonas están posicionándose para actuar en un mundo mucho más plural que el que hemos conocido hasta hoy y en el que ellos tendrán un menor poder de decisión. Están preparándose para administrar su propia decadencia, como en su día supo hacer el Imperio Bizantino, que fue capaz de estirar su propio declive durante un período de -nada menos que- mil años. Aunque no creemos que ésta dure tanto, dado el intenso proceso de aceleración histórica que estamos viviendo. Una cosa son las estrategias de los grupos dirigentes y otra, muy diferente, el ritmo de los procesos sociales.
Actualmente hay dos ejes de poder planetarios: El Occidental, al que hemos llamado “Eje Atlántico” y el Oriental, al que bautizamos en su día como “Eje de la Resistencia”[3]. En este último China se ha convertido en la potencia emergente de la primera mitad del siglo XXI, y va tejiendo de manera paulatina una alianza político-militar con rusos e iraníes para actuar en las líneas del frente del Próximo Oriente y de Europa Oriental. Pero en lontananza se despliega una nueva potencia que se postula como candidata para el siguiente relevo: La India, que se prepara para disputarle la hegemonía en su propio bloque, en un entorno extraordinariamente competitivo dónde hay fuerzas regionales muy poderosas dispuestas a hacer de árbitros en esa disputa: Pakistán, Indonesia, Japón, Corea del Sur...
En Occidente el declive norteamericano y la agudización de las contradicciones del proyecto europeo abren la puerta para el resurgir del universo cultural iberoamericano y para el diseño de un modelo de integración política en el mismo con un horizonte de despliegue estratégico que puede cubrir este siglo XXI y, tal vez, el XXII. La Historia nos abre una ventana de oportunidades que podemos y debemos aprovechar. “Todos los vacíos se cubren, en política especialmente”, dijimos hace tiempo. Y el que nos presenta la nueva coyuntura histórica es excepcional.
Durante los últimos cinco años hemos venido desarrollando, a través de este blog, la idea de que los pueblos ibéricos fueron los artífices del mundo moderno, los que crearon la infraestructura sobre la que se ha construido lo que ha venido después. Dijimos que los españoles fueron los romanos de América y los portugueses los fenicios del Atlántico y del Índico. Los fenicios y los romanos fueron, junto con griegos y cartagineses, en la antigüedad, los forjadores del Imperio Mediterráneo, que fue a su vez el precursor remoto de los imperios transversales que surgirían en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) y que tuvieron como modelo al Imperio Español, el más genuinamente transversal de todos ellos, como he venido explicando a través de mis artículos.
Ya caractericé la dinámica de funcionamiento del mundo hispánico y sus patrones atávicos de respuesta cultural ante las agresiones externas, con sus cinco fases correspondientes:

·         Fase 1: Repliegue general hacia las líneas de resistencia posibles, para contener el avance de los agresores.
·         Fase 2: Encastillamiento. Consolidación de las líneas de defensa.
·         Fase 3: Hostigamiento paulatino a los puestos avanzados de sus enemigos y a los grupos que se han quedado momentáneamente desconectados, para ir tomando el pulso a la consistencia real del adversario.
·         Fase 4: Recuperación de los espacios que su adversario no es capaz de defender de manera eficaz. Presión en todos los frentes que obliga a éste a sostener un costoso dispositivo militar cuyo mantenimiento se vuelve cada vez menos sostenible.
·         Fase 5: Ofensiva general. Cuando se rompen las líneas del oponente. Fusión de los diferentes estados en unidades políticas mayores.[4]

Dentro de este esquema nos encontramos, según las áreas geográficas a las que hagamos referencia, entre las fases 3 y 4. Debemos tomar conciencia del momento histórico que nos ha tocado vivir y desarrollar nuestra capacidad de análisis para no cometer errores graves en el diseño de una estrategia consecuente de futuro.
Los neoeuropeos[5] de origen ibérico se han diferenciado históricamente del resto de neoeuropeos por su extraordinaria capacidad de adaptación a los medios más diversos y de mestizaje con las etnias autóctonas. En su día explicamos las razones... atávicas... que se encuentran detrás de esas capacidades, y que forman parte del subconsciente colectivo de un pueblo estructuralmente fronterizo y ecológicamente compartimentado, que ha creado unos patrones de despliegue cultural a los que llamamos “respuesta multimodal española”. Entonces llamamos “injerto” al modelo de inserción de los elementos ibéricos en el seno del sustrato indígena[6] en los países de ultramar que formaron parte del Imperio Español. Esa forma de articular la relación entre sus componentes previos posee una naturaleza intrínseca que contrasta de manera radical con el sistema de capas anglosajón, mucho más cortoplacista en su diseño original, que les permitió a sus promotores extenderse con rapidez pero a costa de trasladar hacia el futuro la resolución de sus contradicciones internas. Estas, como ya dijimos[7], han ido aflorando a lo largo de los siglos XIX y XX y se manifiestan hoy con toda su crudeza, lo que representa un verdadero lastre para el desarrollo de sus estrategias políticas y son las razones últimas que se esconden detrás del patrón de descomposición social que describimos al principio. La huída hacia adelante de carácter tecnológico, que intenta suplir el debilitamiento de las solidaridades sociales, va reduciendo de manera paulatina la capacidad de maniobra de las élites anglosajonas y les conduce hacia un callejón sin salida en el que la creciente contestación social terminará provocando un colapso de su modelo.
En paralelo a este proceso, al sur del “Limes Hispano”[8] se despliega una dinámica cultural alternativa, mucho más lenta y mucho menos condicionada por la coyuntura política, con un patrón de desarrollo endógeno orgánico, de replicación biológica, que es un proceso de acumulación de fuerzas, de carácter convectivo, que se origina en el fondo de la sociedad y que está fuertemente vinculado con su propio territorio y con los grupos étnicos que se encontraron y se entrelazaron hace quinientos años en ese inmenso escenario geográfico que va desde las praderas de Norteamérica hasta la Tierra del Fuego. Ese patrón atávico de despliegue posee unas resonancias históricas muy poderosas, unas frecuencias de vibración múltiples que se refuerzan mutuamente y que diluyen y subvierten el modelo anglosajón, que se asentó sobre los cimientos que los ibéricos pusieron. Indigenismo e iberismo, tocando juntos, cada uno con sus propios instrumentos, una misma sinfonía en el inmenso escenario del Continente Transversal darán, por fin, rostro humano a una civilización tecnológica que ha basado su hegemonía en la segmentación étnica, del conocimiento y de la tecnología, así como en la administración desde arriba de la división internacional del trabajo.
Un mundo ibérico tocando una única sinfonía y actuando de manera coordinada, reforzando los elementos que lo unen, resolviendo sus contradicciones internas y aprovechando su propia diversidad para sacar el máximo provecho a las ventajas comparativas que esta propicia es lo último que la superestructura de poder que hoy segmenta nuestro mundo quisiera ver desarrollarse ante sí. Es un proceso subversivo y revolucionario, que presenta un horizonte de despliegue de varios siglos ante sí y que modificará toda la correlación de fuerzas del planeta Tierra y de más allá; que abrirá un nuevo tiempo político, mucho más humano e inclusivo que el que nos ha tocado vivir.



[5] Neoeuropeo: Descendiente de europeos, actuando en otros espacios geográficos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Complejo Militar-Industrial



En mi penúltimo artículo les presenté las líneas maestras del gran duelo social y cultural que se está librando en el continente americano al que, como recordarán, llamamos Continente Transversal, expresión que pretende reflejar la función histórica que llevaba programada en su propio relieve. 

Y en el último dijimos:

Toda historia se despliega en un medio natural, que la va canalizando. Las historias de los diferentes pueblos son las concreciones del encuentro entre los factores biológicos, que vienen determinados por el ADN de los individuos que los componen, y los medioambientales, que vienen dados por el relieve, la posición geográfica y por la dinámica atmosférica. Dado que el ADN de los humanos no presenta excesivas diferencias entre unos pueblos y otros, los elementos que marcan la diferencia entre la evolución histórica de los distintos países habrá que buscarlos en las variables medioambientales.

Desde hace varios años nos venimos fijando en ellas y, por ese camino, hemos aprendido lo suficiente como para empezar a intuir la existencia de determinadas “programaciones” culturales que podemos “leer” en el relieve de los diferentes territorios y en el movimiento de los fluidos vitales (el aire y el agua) desplazándose por ellos. En ese sentido descubrimos hace tiempo el papel que factores como la posición de las líneas de cumbres de las diferentes cordilleras, la direccionalidad de las cuencas hidrográficas, así como la distribución de los mares y de los desiertos por nuestro planeta, desempeñan en el despliegue de los diferentes pueblos por su medio físico. De la “lectura” de dichos factores puede encargarse una nueva rama de las Ciencias Sociales a la que hemos dado en llamar “Dinámica Histórica”.”[1]

Las masas continentales del Viejo Mundo (Europa, Asia y África) han creado en el pasado un gigantesco acumulador de fuerzas cultural que necesitaba encontrar un lugar donde poder descargarlas, donde poder cerrar el circuito. Ese lugar estaba situado en el Nuevo Mundo. La transversalidad del mismo fue el factor que lo cerró y que puso en marcha un motor gigantesco, tal y como describí en el artículo “Una máquina gigantesca”[2]. Después expliqué como fue la Península Ibérica la que arrancó ese motor en “El motor de arranque del mundo moderno”[3]. El proceso ha seguido su curso, ha ido ganando potencia e incrementando su complejidad, y en su despliegue por el Continente Transversal ha abierto un nuevo capítulo que es un duelo cultural entre dos proyectos de civilización alternativos: el anglosajón y el hispano. De eso tratamos en el artículo “Un proyecto de civilización”[4].

Si miramos a nuestro alrededor veremos cómo, a día de hoy, el planeta Tierra nos presenta una serie de áreas culturales diferenciadas, a las que nosotros llamamos “ecúmenes”, que llevan embebidas, sean o no conscientes de ello sus protagonistas, sus correspondientes proyectos de civilización. Algunas de ellas (China, India), tienen unidad de mando y funcionan desde el punto de vista político de una manera bastante compacta. Otras, como la anglosajona, son una coalición de países que comparten proyecto estratégico y se coordinan entre sí. Y en otras, como Iberoamérica o el Mundo Árabe, la vinculación política y/o la económica es más precaria y los elementos objetivos que los unen no van mucho más allá de los lazos culturales. Cada una de estas áreas respectivas se encuentran en un estadio evolutivo diferente y la direccionalidad de su proceso puede apuntar hacia adelante o hacia atrás (evolución o involución). Si nos fijamos en determinados países podemos ver cómo, en su caso, puede darse un solape de dos o más áreas culturales distintas compitiendo entre sí, porque se encuentran situados en zonas de transición entre ellas o, también, que dos identidades distintas pero no excluyentes lo hagan. Puede ser el caso inglés, dónde su identidad anglosajona, con sus correspondientes alianzas transoceánicas, compite con su naturaleza europea. Ese desgarro interior se ha visualizado recientemente con claridad en la convocatoria del referéndum por el “Brexit”. Algo parecido, aunque aquí la correlación de fuerzas es distinta, lo encontramos en España o en Portugal, dónde sus vinculaciones respectivas con los países hermanos de ultramar también puede llegar a tensionar, cuando el momento sea propicio, su identidad europea.

Entre la variedad de áreas culturales que existen en nuestro planeta parece que se van estructurando dos ejes que, paulatinamente, van articulándolas. El más antiguo de ellos, surgido en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) es el que podemos llamar “Eje Atlántico” u “Occidental”, que fue liderado al principio por los pueblos ibéricos y hoy lo está por la coalición anglosajona.

A partir del siglo XVI empezó a formarse un “Eje de la Resistencia” en Asia Oriental frente al primero, que en los últimos siglos ha ido ganando potencia y en estos momentos está pasando a la ofensiva. Dentro de cada uno de estos dos ejes hay diversas ecúmenes que rivalizan por el liderazgo dentro del mismo. Pero en lontananza se perfila un enfrentamiento estratégico entre ambos núcleos de poder que tiene por delante un horizonte de despliegue bastante largo, independientemente de quienes los lideren en cada coyuntura histórica concreta. Esperemos que la sensatez se imponga y ese choque se mantenga dentro de límites que no pongan en peligro la supervivencia de nuestra especie o, incluso, de la vida en nuestro planeta.

Entre esos ejes rivales se dibuja ya una línea del frente que pasa por Europa Oriental, Próximo Oriente y África. Y se puede estar formando una segunda en el Océano Pacífico. Pero la posible resolución a largo plazo de ese duelo estratégico se producirá (y aún tardará bastante), con toda probabilidad, fuera de La Tierra.

Este breve análisis que acabo de hacer es posible que haya sorprendido a algunos lectores, pero estoy seguro de que ya lo han hecho los grandes dirigentes mundiales hace varias generaciones. No creo que aporte nada nuevo a las valoraciones estratégicas de norteamericanos, rusos o chinos.

Hemos hablado de resolver ese duelo estratégico fuera de La Tierra, y de que ese planteamiento no representa ninguna novedad para los grandes dirigentes mundiales. Sin embargo, la carrera espacial entre las grandes potencias, que sería el camino más directo para resolver ese enfrentamiento, no parece haber estado entre las prioridades políticas de esos dirigentes durante los últimos cuarenta años ¿no es así? Y, en cambio, no han tenido inconveniente en batirse militarmente a lo largo de la primera línea del frente que citamos: Afganistán, Irán, Irak, Siria, Líbano, Ucrania, Yugoslavia, Yemen, Somalia...

Sobre la carrera espacial de las grandes potencias mundiales durante los últimos 60 años estuvimos hablando en el artículo anterior. Hoy nos centraremos en las repercusiones que la misma estaba teniendo en La Tierra.

Mientras norteamericanos y soviéticos competían en el espacio, llegaban a La Luna y mandaban naves de exploración al resto de planetas del Sistema Solar ¿qué estaba pasando en La Tierra? Pues se había desencadenado una crisis económica brutal (la de 1973). Los tanques soviéticos habían puesto fin (en 1968) a la “Primavera de Praga”. En Francia se había producido un conato de revolución (el “Mayo Francés”). Un presidente norteamericano (John F. Kennedy) y un candidato a presidente (su hermano Robert F. Kennedy), así como diversos activistas por los derechos civiles (Martin Luther King, Malcolm X...) habían sido asesinados. En la mayoría de los países de Iberoamérica se van produciendo golpes de estado que dan origen a dictaduras de extrema derecha (Brasil -1964-, Bolivia -1971-, Chile, Uruguay -1973-, Argentina -1976-...). Los norteamericanos habían sido derrotados en Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), después de haber utilizado en esas guerras la mayor cantidad de armas químicas de la historia...

En 1972 se publica el libro “Los límites del crecimiento”, que establece las líneas maestras de un nuevo paradigma social que parte de la convicción de que los recursos son limitados y de que hay que frenar el crecimiento demográfico y económico en nuestro planeta. En realidad este libro viene a establecer las bases teóricas de una involución política y social de ámbito planetario que marca un punto de inflexión con respecto a las dinámicas expansivas de la postguerra.

Y hemos podido ver cómo, en economía, el paradigma keynesiano (claramente expansivo) ha sido sustituido por el neoliberal (involutivo), como el grifo de la energía se cerró en 1973 (provocando la crisis del petróleo), como cuando algunos gobiernos europeos reaccionan potenciando la construcción de centrales nucleares (el caso alemán) aparecen poderosos movimientos contra esto que, sorprendentemente, encuentran un importante eco en la prensa del Sistema (eco que no tuvieron antes de esas fechas ni después, cuando las tecnologías verdes ya estaban maduras), cuando la energía nuclear era la única alternativa viable que podía incrementar masivamente la producción de energía eléctrica a cuatro o cinco años vista, rompiendo así la dependencia con respecto a los combustibles fósiles.

El 17 de enero de 1961, el presidente saliente norteamericano Dwight Eisenhower, que iba a transferir el mando, tres días después, al entrante John F. Kennedy, se dirigió por televisión a la nación americana en su discurso de despedida. En él dijo algunas cosas interesantes:

“En los consejos de gobierno, debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial de un desastroso incremento de poder fuera de lugar existe y persistirá. No debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía alerta y bien informada puede compeler la combinación adecuada de la gigantesca maquinaria de defensa industrial y militar con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo tal que seguridad y libertad puedan prosperar juntas.”


Es curioso que estas palabras salieran de la boca de un ex-general, el héroe de guerra que había dirigido nada menos que el Desembarco de Normandía. El 22 de noviembre de 1963 (dos años y medio después) su sucesor (el citado John F. Kennedy) sería asesinado. El 6 de junio de 1968 veremos correr esa misma suerte al hermano de éste (Robert F. Kennedy), el candidato a la presidencia de los Estados Unidos mejor situado en las encuestas en ese momento y que pretendía continuar el trabajo que el primer Kennedy había empezado. En esos mismos años veríamos caer bajo las balas asesinas a varios defensores de los derechos civiles (Martin Luther King en 1968, Malcolm X en 1965...).

Vimos también desaparecer de la escena política de manera violenta a Salvador Allende (1973), Gamal Abdel Nasser (1970), y proliferar golpes de estado y guerras civiles por todo el mundo. En 1973 los representantes de los países de la OPEP se reúnen y deciden subir el precio del barril de petróleo: la gasolina súper se vendía entonces en las gasolineras españolas a 11 pesetas el litro. En septiembre de 1979, justo seis años después, a 94, imagínese el impacto tan brutal que estas subidas tuvieron en la economía. Lo curioso es que Estados Unidos, que se suponía que –como país- quedaba en el bando de los consumidores de combustibles fósiles, es decir, en el de los perjudicados por todas estas medidas, no movió un solo dedo para impedir que un comité formado por un puñado de individuos, la mayor parte de ellos “amigos”, como los jefes de estado de Arabia Saudí, Kuwait o el Irán del Sha, desencadenaran la crisis económica más brutal que el mundo había conocido desde 1929. También es curioso que los precios del petróleo empezaran a bajar coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido y un poco antes de que Ronald Reagan hiciera lo propio en Estados Unidos. Es decir, coincidiendo con la llegada al poder en diversos países occidentales de gobiernos que llevaban en sus respectivos programas la implantación de las recetas económicas neoliberales.

Hay una persona que, durante esa coyuntura crucial en la Historia de la Humanidad, estaba moviéndose muy cerca de todos los comités en los que se estuvieron tomando la mayor parte de las decisiones que hemos citado en los últimos párrafos, interactuando con todos los que tuvieron alguna responsabilidad en la implementación de tales medidas: Se trata, nada menos, que del famoso Henry Kissinger, el Metternich de la segunda mitad del siglo XX[5], Secretario de Estado norteamericano entre 1973 y 1977, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon entre 1969 y 1975, “del que Robert Greene explica en su libro las 48 Leyes del Poder, esta estrategia que Kissinger empleó para prevalecer de la siguiente manera:[6]

"Henry Kissinger se las ingenió para sobrevivir a las muchas sangrías ocurridas en la Casa Blanca durante la administración de Nixon, no porque haya sido el mejor diplomático que éste pudo encontrar -había otros negociadores excelentes- no porque ambos se llevaran bien -eso no era así. Tampoco porque compartieran convicciones o ideas políticas. Kissinger sobrevivió porque se afianzó en tantas áreas de la estructura política que eliminarlo habría llevado al caos.".[7]

Cuando Kissinger se incorporó al gobierno de Richard Nixon (enero de 1969), ya acumulaba un gran bagaje tanto administrativo como político: perteneció a los servicios de inteligencia del ejército americano en Europa desde 1943, fue profesor en la Escuela de Inteligencia del Comando Europeo desde 1946, afiliado al Partido Republicano:

“En 1955, se convierte en Asesor del Consejo Nacional de Seguridad y de la Junta de Coordinación de Operaciones de Seguridad. En 1955 y 1956, fue también Director de Estudio en las Armas Nucleares y la política exterior en el Consejo de Relaciones Exteriores. Publicó su libro de las armas nucleares y la política exterior al año siguiente. De 1956 a 1958 trabajó como director de su Proyecto de Estudios Especiales avalado por la Rockefeller Brothers Fundation. Fue Director del programa de estudios de defensa de Harvard entre 1958 y 1971. También fue Director del seminario internacional de Harvard entre 1951 y 1971. Fuera de la academia, se desempeñó como consultor de varios organismos del Gobierno, incluyendo la Oficina de Investigación de Operaciones, el Control de armas y desarme y el Departamento de Estado y la Corporación RAND, una compañía de desarrollo industrial, tecnológico y armamentístico.

Deseoso de tener una mayor influencia en la política estadounidense, Kissinger fue partidario y asesor de Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York, que buscó la nominación del Partido Republicano para Presidente en 1960, 1964 y 1968; sin embargo, Kissinger obtendría su tan anhelado ascenso político, con «el candidato más improbable» de ese partido.”[8]

Podría seguir presentando a un personaje cuya biografía da para escribir una enciclopedia, pero entonces desbordaría el objetivo de este artículo. Para quien esté interesado en la misma le invito a leer la entrada “Henry Kissinger”, en Wikipedia, como primera introducción.

Es conocida la fuerte vinculación biográfica entre Kissinger y David Rockefeller, personaje fáctico que siempre estuvo detrás de la “brillante” carrera del primero. Como su propio apellido indica, procede de la familia que llegó a monopolizar a finales del siglo XIX y principios del XX la distribución de petróleo por EEUU y los países sometidos a su más directa influencia, a través de la empresa Standard Oil, a la que la Corte Suprema de los Estados Unidos aplicó, en 1911, la Ley Sherman Antitrust (1890), obligándola a desmembrarse en 34 empresas diferentes, entre ellas Jersey Standard, que finalmente se convirtió en la Exxon, la Standard de California (después llamada Chevron) y la Socony, que años después se transformaría en la empresa Mobil, estas eran tres de las “siete hermanas”, nombre que acuñó Enrico Mattei, “padre de la industria petrolera moderna italiana y presidente de ENI, para referirse a un grupo de siete compañías que dominaban el negocio petrolero a principio de la década de 1960. Mattei empleó el término de manera irónica, para acusar a dichas empresas de cartelizarse, protegiéndose mutuamente en lugar de fomentar la libre competencia industrial, perjudicando de esta manera a otras empresas emergentes en el negocio.”[9].
 Henry Kissinger y David Rockefeller en un acto organizado por la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg para Asia.

David Rockefeller, además, fue presidente del Chase Manhattan Bank; fundador, presidente y -después- presidente honorífico de la Comisión Trilateral; presidente y presidente honorífico del Council on Foreign Relations; miembro estadounidense fundador, patrocinador, miembro vitalicio y miembro del comité de dirección del Club Bilderberg; director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York; presidente del Comité Asesor de la Reforma del Sistema Monetario Internacional; y un larguíiisimo etcétera cuya primera enumeración pueden ver en la entrada de Wikipedia “David Rockefeller”. Además, fue un conocido “filántropo” que financió multitud de fundaciones, universidades, institutos de investigación, entre los que debemos destacar la Universidad de Chicago (cuna, y no por casualidad, de los “Chicago boys”) o el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y será uno de los fundadores del Club de Roma (1968)

Chicago Boys (en español: Chicos de Chicago) es una denominación aparecida en la década de 1970 que hace referencia a los economistas neoliberales educados en la Universidad de Chicago, bajo la dirección de los estadounidenses Milton Friedman y Arnold Harberger.

Los Chicago Boys tuvieron influencia decisiva en el período del Régimen Militar de Augusto Pinochet en Chile, siendo los artíficies de reformas económicas y sociales que llevaron a la creación de una política económica referenciada en la economía de mercado de orientación neoclásica y monetarista, y a la descentralización del control de la economía. Milton Friedman acuñó el término el «milagro de Chile» (The miracle of Chile), para referirse a la obra de sus discípulos en ese país.”[10]


“El Club de Roma (en inglés Club of Rome) es una organización no gubernamental fundada en Roma, en el año 1968, por un pequeño grupo de personas entre las que había científicos y políticos. Sus miembros están preocupados por mejorar el futuro del mundo a largo plazo de manera interdisciplinar y holística.

El Club de Roma encargó el conocido informe Los límites al crecimiento (en inglés The Limits to Growth) encargado al MIT y publicado en 1972, poco antes de la primera crisis del petróleo y que ha tenido varias actualizaciones. La autora principal de dicho informe, en el que colaboraron 17 profesionales, fue Donella Meadows, biofísica y científica ambiental, especializada en dinámica de sistemas.

Se considera al Club de Roma como una de las instituciones paradigmáticas del neomaltusianismo ya que desde la segunda guerra mundial -tanto en la época de la explosión demográfica como durante la guerra fría y el desarrollo de políticas poblacionales geoestratégicas por Estados Unidos-, se consideraba un problema grave el crecimiento de la población mundial de los países comunistas -URSS y China-, de sus satélites y por tanto se establecía la necesidad de frenarlo.”[11]

No es casual que Henry Kissinger, el fichaje más brillante de David Rockefeller, estuviera, durante esta crucial coyuntura política, en el vórtice de todos los huracanes y que fuera el pegamento que conectara la Crisis del Petróleo con los golpes de estado en Suramérica, el desarrollo del paradigma neoliberal, de las organizaciones eugenistas de los setenta y el frenazo de la carrera espacial, porque todos estos procesos están vinculados entre sí.
Encuentro entre Mao Tse Tung y Richard Nixon-Febrero de 1972

En febrero de 1972 el presidente norteamericano Richard Nixon viajó a China (viaje que había sido precedido por una visita secreta de Kissinger a Pekín en julio de 1971) y dio un giro brusco a las relaciones políticas entre el Imperio y el Gigante Asiático. La colaboración entre estas dos potencias podemos decir que inició una nueva era en el sistema de relaciones diplomáticas a escala mundial, que comienza a evolucionar rumbo hacia un modelo parecido al que recibió el nombre de “Sistema del Equilibrio Europeo” en el siglo XVII y al que, en consecuencia, podríamos llamar “Sistema del Equilibrio Mundial”, en el que no hemos dejado de profundizar desde entonces. También desde entonces nuevos países se están incorporando a la carrera espacial (como la propia China, la Agencia Espacial Europea -ESA-, India, Japón...) a pesar del frenazo al que hicimos referencia en la primera parte de este artículo. En principio podrían parecer dos movimientos contradictorios ¿no?

Los magnicidios políticos de los años 60 y 70, los golpes de estado, algunas de las guerras de la época, las crisis económicas, la aparición de nuevos paradigmas en la economía, la demografía y la moral, hemos de considerarlos como medidas represivas tomadas por las élites dirigentes contra los grupos políticos y sociales que se resistían a cambiar sus dinámicas previas y son congruentes con el frenazo inducido como consecuencia de esta toma de conciencia, por tanto, hemos de presumir cierta connivencia entre las élites de nuestro mundo y sus interlocutores exteriores. 

Con el primer gobierno de Richard Nixon llega a la Casa Blanca, en 1969, una facción de las clases dominantes norteamericanas a la que Eisenhower denominó “Complejo militar-industrial”, que se había ido adueñando lentamente, desde los tiempos de Harry Truman (1945-1953), de las estructuras del aparato del estado, apoyándose en los servicios secretos, un sector del ejército y los contratistas de Defensa; facción que, sin embargo, tuvo bastantes problemas para ganar las elecciones a lo largo de los 40, los 50 y los 60. En 1948 los norteamericanos, cuando votaron a Truman, un títere de esta facción, creían -falsamente- que estaban haciéndolo por alguien que había gozado de la confianza de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945), el artífice del “New Deal”. Cuando empezaron a sospechar que no era así, cambiaron de partido y apoyaron a unos republicanos que llevaban como candidato al héroe de guerra que los llevó a la victoria en el frente europeo (1952 y 1956). En 1960 castigaron al candidato de la facción (Richard Nixon) y volvieron a cambiar de partido, para apoyar a John F. Kennedy, y en 1964 se mantendrán fieles a su sucesor y heredero Lyndon B. Johnson. En 1968 ya vimos como fue asesinado el segundo de la saga de los Kennedy. No le resultó fácil al Complejo militar-industrial conquistar en las urnas lo que había ido ganando poco a poco en los despachos.

Tras la muerte del primer Kennedy (1963), su vicepresidente Lyndon B. Johnson, más conservador y probablemente más consciente del tipo de “fauna” que le rodeaba, adopta un perfil político más bajo para poder sobrevivir, pero se mantiene leal a las líneas maestras del programa que habían llevado a aquél a la presidencia. Hay que reconocer el fuerte impulso que el cada vez más cuestionado Johnson dio a los derechos civiles en los cinco años que gobernó. También hay que resaltar que mantuvo los presupuestos asignados a los programas lunares para hacer posible el compromiso público adquirido por su antecesor. Sólo de esta manera se explica que éste se pudiera cumplir en julio de 1969, seis meses después de que el demócrata abandonara la Casa Blanca, por un gobierno que tenía otros planes diferentes pero que administraba todavía los presupuestos que había heredado de la administración anterior. Un gobierno que era consciente de las grandes expectativas que la población, tanto norteamericana como del resto del mundo, había depositado en esos proyectos.

La triada Eisenhower, Kennedy y Johnson (1953-1969) apostó fuertemente por el mantenimiento de presupuestos expansivos de tipo keynesiano y también por el reforzamiento de los programas espaciales, a pesar de desconfiar del “Complejo”, al que  le entregarían miles de millones de dólares a través de los contratos necesarios para poder llevar a cabo todos esos proyectos. Pensaban que, como presidentes que eran, tendrían siempre la última palabra. Sabemos también que eran conscientes de la posible existencia de civilizaciones extraterrestres y hay noticias de reuniones, de peticiones de informes a los correspondientes servicios de información (que cada vez eran más un estado dentro del estado, organizado por capas, como las cebollas, en el que las más externas no tenían ni la más remota idea de lo que sabían las más internas) y de intercambio de información sensible de este tipo con otros países, incluida la Unión Soviética de Nikita Jrushchov. También sabemos que Eisenhower se plegó ante determinadas exigencias del “Complejo”, aunque después de interminables discusiones. Llegó a la conclusión de que no tenía instrumentos suficientes a su alcance para controlarlo. Kennedy fue mucho más firme y es probable que el pulso mantenido con este grupo, tanto en este como en otros temas, como las relaciones internacionales, resultaran determinantes en el desenlace que tuvo su presidencia.

El “Complejo militar-industrial” ha controlado todos los gobiernos norteamericanos entre los mandatos de Nixon y de Obama (ambos inclusive). A Nixon, no obstante, hemos de considerarlo un presidente de transición al que hubo que apartar del gobierno (a través del “impeachment” de 1974) porque creía tener más capacidad de decisión de la que el resto del “sindicato” estaba dispuesto a concederle. Algo parecido pudo suceder con Jimmy Carter (1977-1981), aunque a éste se le apartó del poder de una manera más reglada, a través de las elecciones de 1980.

Las décadas de los 70 y de los 80 del siglo XX fueron las de la gran ofensiva de este grupo y la de implantación de sus diversos paradigmas: El control demográfico de la población (Neomalthusianismo), la Economía de la Escasez (Neoliberalismo), la creación de estados fallidos (Neofeudalismo), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra” locales, los contratistas de la Defensa y toda la fauna de fanáticos de cualquier corriente ideológica que sea sensible a la manipulación exterior; también la utilización intensiva de los medios de adoctrinamiento de masas, la involución social...

En los 90 empezamos ya a ver el perfil que presentaba una sociedad sometida a su influencia durante una generación en los propios Estados Unidos. A pesar de ser una década relativamente próspera y políticamente moderada (bajo la presidencia de Bill Clinton), las cárceles norteamericanas llegaron a tener entre rejas a la mayor proporción de ciudadanos de toda su historia hasta ese momento (700 presos por cada 100.000 habitantes) y de todo el mundo de su época, a pesar de tratarse del país hegemónico a escala mundial. La conclusión es evidente: Estaban construyendo un planeta-cárcel.

Si hay mucha gente en la cárcel debemos pensar que hay mucha gente cuestionando el modelo, aunque lo haga de manera no coordinada y dispersa. Es decir, de manera no consciente.

La gran mayoría de la población ignora ese dato, pero los dirigentes no, que se dan cuenta de que el modelo empieza a resquebrajarse. ¿Y cuál es su reacción? La huida hacia adelante. Y así llegamos a la presidencia de George W. Bush (2001). 

La secuencia de acontecimientos a partir de entonces se vuelve vertiginosa: El 20 de enero de 2001 toma posesión. El 9 de septiembre es asesinado el líder de la Alianza del Norte afgana (que llevaba el peso de la resistencia contra el Régimen Talibán) Ahmad Shah Masud. El 11 de septiembre sendas aeronaves se estrellan contra las dos Torres Gemelas del World Trade Center y contra el edificio del Pentágono, Bush inmediatamente encarga a Henry Kissinger la formación de un comité de crisis internacional que diseñe la respuesta. Dos días después se apunta a Bin Laden como el cerebro de la operación actuando desde bases afganas, y el 7 de octubre ¡¡26 días después de los atentados!! el ejército norteamericano comienza la invasión de Afganistán, coordinándose desde entonces con la citada Alianza del Norte cuyo líder, como dijimos más arriba, había sido asesinado 28 días antes.

Animados por lo bien que les había salido la campaña afgana decidieron apostar más fuerte y el 20 de marzo de 2003 (17 meses y medio después) invadían Irak, pero a partir de entonces el frente comienza a resquebrajarse. La invasión de Afganistán se hizo un mes después del 11S y la brutalidad de los atentados había inducido en la opinión pública mundial una especie de anestesia total que produjo un respaldo generalizado y acrítico a los movimientos de los halcones. Pero año y medio después se había recuperado una parte significativa de la capacidad de pensamiento que se le presume a la especie humana. Entre sus mismos aliados empiezan a levantarse importantes voces críticas, de entre las que cabe destacar la del presidente francés Jacques Chirac, su ministro de exteriores Dominique de Villepin y el canciller alemán Helmut Kohl, tres pesos demasiado pesados como para poder ignorarlos. Los aliados del Imperio ya no estaban dispuestos a validar cualquier barbaridad que se les ocurriera al grupo de aventureros que se habían instalado en la Casa Blanca. Y el eje Pekín-Moscú-Teherán empezaba a ganar consistencia como alternativa al modelo neofeudal que el “Sindicato” estaba patrocinando por toda la línea del frente que citamos al principio. La no aparición de las “armas-de-destrucción-masiva” iraquíes es muy significativa, pero no porque esto demostrara que Saddam Hussein no era tan malo como lo pintaban o porque los norteamericanos se hubieran pasado claramente de rosca en la campaña iraquí (como pensaba cada vez más gente) sino porque no encontraron cómplices de suficiente entidad como para validar su mentira, lo que revela que su modelo estaba siendo cada vez más cuestionado dentro de sus propias filas, aunque se les respaldara de manera formal, ya que había demasiados intereses compartidos que defender. Desde la II Guerra de Irak (2003) el “Complejo-Sindicato” está cada vez más tocado y comienzan a producirse movimientos entre los grupos dirigentes mundiales para preparar el día después del hundimiento de este grupo; para preparar el relevo.

Es en esa crítica coyuntura cuando se diseña la “Operación Gatopardo” (“Hay que cambiarlo todo para que no cambie nada”, como dijo Lampedusa a través de esta obra literaria), que descansa sobre el tándem Barack Obama-Hillary Clinton. La idea es la siguiente: Los halcones republicanos han fracasado, se impone volver a la moderación con los demócratas. Pero hay, además, que montar una operación de marketing poderosa que cree la sensación entre la población de que se está produciendo una verdadera ruptura con el pasado y se opta por romper con una serie de tabúes sacrosantos de la tradición política norteamericana. En la campaña por las primarias del Partido Demócrata de 2008 se van cayendo los candidatos menores y los dos finalistas resultan ser un afroamericano y una mujer. Cualquiera de los dos representaba una ruptura simbólica formal con la regla no escrita de que el Presidente tenía que ser varón, blanco, anglosajón y protestante. Había que salvar lo esencial del modelo, aunque para ello hubiera que sacrificar al alfil o a la torre.

Los años de Obama (2009-2017) son los del ocaso y ruptura de esta facción, cada vez más contestada en todas partes, y la del fortalecimiento de sus competidores estratégicos. El viejo “Complejo militar-industrial” se ha roto en dos “sindicatos”, a los que llamaremos “A” (el defendido en la campaña electoral de 2016 por Hillary Clinton) y “B” (el de Donald Trump). La victoria de éste en las elecciones del pasado noviembre y la visualización del encarnizado enfrentamiento entre ambas facciones nos hacen ver que, pese a que comparten bastantes elementos del bagaje común heredado, hay también importantes líneas de ruptura de carácter estratégico. Estamos ante dos razas de halcones diferentes, aunque igual de depredadoras.

Los primeros meses de la presidencia de Donald Trump son los del rodaje del “Sindicato B”, que intenta salvar, recurriendo a los patrones más atávicos de la cultura norteamericana, los elementos esenciales de la América WASP (acrónimo de Blanco –White-, Anglosajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-). Pero esa concepción de la sociedad que habita este inmenso país es una negación de su propia realidad. La sociedad norteamericana, empezando por sus propias élites, se está rompiendo. La huida hacia adelante que ha protagonizado desde los años 60 la ha conducido hasta un callejón sin salida, y los movimientos que se están produciendo en su seno apuntan, como dije hace tiempo[12], hacia una desintegración política.


[3] http://polobrazo.blogspot.com.es/2017/03/el-motor-de-arranque-del-mundo-moderno.html

[4] http://polobrazo.blogspot.com.es/2017/07/un-proyecto-de-civilizacion.html

[5] Es curioso como el propio Henry Kissinger tiene cierta consciencia de ese paralelismo, que podemos leer entre líneas en su obra “Diplomacia” (Ediciones B, S.A., Barcelona, 1998). También hace comparaciones implícitas con otros estadistas de la Europa moderna y contemporánea  como Richeliu o Bismarck.

[7] "Las 48 leyes del Poder", de Robert Greene.

[11]Actitudes Colectivas para una Economía Sostenible”: El Factor Demográfico, Apuntes de demografía, Julio Pérez Díaz y https://es.wikipedia.org/wiki/Club_de_Roma