jueves, 16 de marzo de 2017

El motor de arranque del mundo moderno



En el anterior artículo describimos el proceso histórico de acumulación de fuerzas que durante más de cinco mil años se fue produciendo en el Viejo Mundo y que a partir del descubrimiento de América en 1492, por parte de los castellanos, y de la llegada de los portugueses a la India en 1498 entra en una nueva fase histórica que podemos llamar de “resolución” de las tensiones que se venían generando durante los cinco milenios precedentes.

Hoy a ese proceso le llamamos “globalización”, y representa un salto cualitativo en el desarrollo histórico de la especie humana que, intuímos, no es más que una fase de entrenamiento para el futuro salto hacia las estrellas. En nuestro desarrollo argumental vimos como el proceso que nos lleva desde los sumerios hasta la salida de Colón del Puerto de Palos había consistido en la creación de un poderoso acumulador de energía cultural que, en América y en el Extremo Oriente, encontró los motores que estaban esperándolo para empezar a girar, en un proceso de aceleración creciente parecido a la forma en la que aparecen los huracanes en los mares tropicales durante la estación que les resulta propicia.

El proceso, aunque esté lleno de millones de actos de voluntad y de decisiones tomadas por personas concretas, viene condicionado, en realidad, por el entorno geográfico y biológico en el que se despliega. Los hombres, en épocas de prosperidad, siguen el camino del agua. En los períodos involutivos el contrario, se repliegan hacia lugares más defendibles y menos disputados. Cuando se hicieron a la mar -en barcos de vela- siguieron el camino del viento. Por tanto, los fluidos que hacen posible la vida humana resultan determinantes a la hora de juzgar los procesos históricos, por eso vemos como los humanos van abriéndose paso a través de los obstáculos que la naturaleza les va poniendo por delante, apoyándose para ello en los elementos que esa misma naturaleza les brinda. Las sociedades humanas se van desplegando en interacción con el medio en el que se desenvuelven. Las montañas, los mares, los desiertos, las cuencas fluviales, el viento y los diversos ecosistemas biológicos actúan como factores canalizadores de las decisiones que los hombres toman cuando buscan el alimento que necesitan para poder sobrevivir.

Vistos los procesos históricos de esta manera, puede intuirse tras ellos una estructura subyacente, una especie de programa que los va determinando y que marca las tendencias, los tiempos, los ritmos de desarrollo de cada uno de los elementos que los componen. De pronto, los minerales que nos rodean dejan de ser meros objetos que encontramos en nuestro camino para convertirse en los vectores canalizadores de la vida y, a su través, de la Historia de los hombres. Nuestro planeta pasa a convertirse en un organismo vivo que va desplegando su proceso vital de manera paulatina a través de los elementos que hemos descrito. Un hombre es para La Tierra lo que un leucocito es para el humano en el que vive. Son planos distintos de una misma realidad. Si Contemplamos el devenir de la Historia como meros espectadores que están viendo una película en la que un fotograma es reemplazado por el siguiente, sin preguntarnos qué es lo que hay detrás, nos convertimos en simples piezas de una máquina que actúa siguiendo las directrices de un programa cuya existencia ignoramos.

Si contempláramos el mapa físico de una región desértica en el que estuvieran reflejadas con detalle las correspondientes curvas de nivel, podríamos imaginarnos el proceso de desarrollo de una civilización en el área citada si cambiaran las variables atmosféricas y comenzara a llover de manera sistemática. Podemos construir modelos de desarrollo de las dinámicas históricas observando de manera inteligente el entorno en el que se despliegan y, a partir de ellos, iniciar un proceso de reflexión acerca del sentido que tiene nuestra evolución histórica, hacia dónde nos lleva y, después, juzgar si estamos de acuerdo con ella. Si fuéramos capaces de hacer ese ejercicio de análisis podríamos dejar de ser sujetos pacientes que sufren las consecuencias de los procesos históricos, para convertirnos en los agentes que los diseñan y construyen.

Volviendo al hilo argumental que desarrollamos en nuestro artículo anterior, recordamos como después de hacer una evaluación de los procesos históricos que han tenido lugar en el Planeta Tierra durante los últimos cinco mil años detectamos dos grandes áreas activas que cumplen, cada una de ellas, una función diferente.

Por una parte está la zona de acumulación de energía que, históricamente, se ha desplegado en el grupo de continentes que hemos dado en llamar “Viejo Mundo” y, por la otra, el “Nuevo Mundo”, que es el continente donde se inició la gran descarga energética que dio origen a la modernidad y desencadenó el proceso de evolución tecnológica que llamamos “Revolución Industrial”. También insinué que esta fase histórica, en medio de la cual nos encontramos, era una etapa de entrenamiento para lo que está por venir: El salto hacia las estrellas.

A lo largo de la Edad Antigua la civilización se fue extendiendo por el Viejo Mundo, a través de los valles fluviales, siguiendo las líneas de los paralelos, es decir, en sentido este-oeste. Pero el eje de esa expansión estuvo situado entre los 30 y los 40 grados de latitud norte, que es donde se desplegaron los imperios hitita, asirio, babilónico, persa, alejandrino, cartaginés, romano...

En la Edad Media esa franja gana anchura, llegando por el norte hasta el Círculo Polar Ártico y por el sur hasta el Sahel (punto de arranque del Imperio Almorávide) y el Océano Índico; con una distancia angular de casi 50 grados. Esa zona se fragmenta en dos áreas: La septentrional o europea, que genera, como respuesta cultural, el “Occidente Cristiano Medieval” y la meridional, a la que hace tiempo llamé “Aridalandia”, que va desde el río Indo (por el este) hasta la costa atlántica marroquí (por el oeste) y que dio origen al Mundo Islámico. Ambas respuestas culturales se desarrollan en simbiosis con sus respectivos ecosistemas.

Durante mil años esas dos zonas se van consolidando, dibujándose entre ambas una línea de frente que va desde el Estrecho de Gibraltar hasta la línea de cumbres de la Cordillera del Cáucaso, a través de los mares Mediterráneo y Negro. A ambos lados de esa línea se va produciendo un endurecimiento ideológico que crea una fuerte polarización mental y unas poderosas vanguardias militares que generan sus propias inercias históricas que trascienden cualquier diseño estratégico de sus clases dominantes. Los políticos y los teólogos se ven arrastrados por las dinámicas históricas en las que se hallan envueltos y que los conducen.

Pero en el extremo más occidental de esa línea del frente, donde chocan las dos respuestas culturales citadas, la Península Ibérica presenta unas características muy especiales que la convierten en un elemento único dentro del conjunto que hemos descrito. Es un laboratorio de experimentación que la naturaleza creó hace millones de años. Cuando dos mundos chocan en ella el conflicto se eterniza y en su seno empiezan a aparecer individuos mutantes que exportan nuevas soluciones evolutivas hacia los ecosistemas circundantes.


Volvamos a nuestro Mapa Mundi. Observen como el extremo suroccidental de Europa parece estar huyendo de ella y, al hacerlo, la estira y la arrastra hacia el Océano Atlántico y el noroeste africano. Parece un remolcador tirando de un trasatlántico. Quizá fuera esa imagen la que inspirara a José Saramago a escribir su obra “La balsa de piedra”.

Esa percepción, que puede parecer una peregrina interpretación de una imagen geográfica comparable al juego de niños que consiste en encontrarle parecidos a las nubes también es, sin embargo, el resumen de su historia. Y no es por casualidad. Es evidente que la Península es la atalaya más privilegiada que hay en la ecúmene europea para dar el salto hacia los mundos remotos.


Y como vemos en esta imagen espacial del entorno mediterráneo no sólo estamos en la punta del continente del norte del Viejo Mundo; además somos la zona de transición ecológica de este extremo del mismo, el lugar donde se encuentran las floras y las faunas de los ecosistemas húmedo del norte y árido del sur. Este dato nos singulariza porque hay que desplazarse varios miles de kilómetros hacia el este para encontrar otra zona que desempeñe una función parecida (La Península de Anatolia), aunque en este caso con una mayor cantidad de rutas alternativas para rodearla de manera lateral, lo que disminuye la tensión que se produce, por unidad de superficie, en su zona de tránsito.

En la Península Ibérica se encuentran cada año aves que proceden del Círculo Polar Ártico con otras que vienen desde el corazón de África. Vientos portadores de semillas que traen consigo la información genética que recoge millones de años de evolución de la vida en las áreas circundantes, y el polvo sahariano que viene cargado de larvas de invertebrados de su patria originaria y que acaban depositándose como sedimento en los valles de nuestros ríos.

Las placas tectónicas europea y africana colisionan en el Estrecho de Gibraltar y en el Mar de Alborán, colocando ambos continentes casi a tiro de piedra. De hecho estuvieron unidos hace unos pocos millones de años (apenas nada en términos evolutivos) y esa breve coyuntura geológica sería aprovechada por las especies de animales terrestres y las plantas de ambos lados para cruzar el puente y probar fortuna en los ecosistemas que se habían puesto a su alcance.

El empuje de ambas placas ha elevado y deformado la superficie de la Península, creando en ella varias cordilleras alpinas, es decir, cordilleras jóvenes, muy erosionables, que se extienden siguiendo las líneas de los paralelos (Cantábrica, Pirenáica, Sistema Central, Montes de Toledo, Sierra Morena y Penibética). Esas cadenas montañosas, sumadas al efecto que una Meseta Central escalonada, con una superficie del tamaño de Inglaterra y una altitud media de 600 metros, convierten a nuestro país en un subcontinente-fortaleza, dividido en áreas naturales casi estancas que presentan un paisaje típico diferente en cada una, extendidas como franjas climáticas paralelas que provocan unas transiciones ecológicas muy nítidas entre ellas y nos convierten prácticamente en un laboratorio donde la naturaleza no para de experimentar y de inventar nuevas soluciones que luego son exportadas. Para cualquier especie foránea, ya venga desde el norte o desde el sur, le resulta casi imposible atravesar sin transformarse por el camino las barreras acumuladas de tantas cordilleras y valles escalonados en altitud que se encuentra por delante. Pero las nuevas variantes surgidas aquí tienen mucho más fácil extenderse desde España hacia el exterior (porque los niveles de variabilidad de nuestros vecinos son mucho menores que los nuestros) que hacia el interior, dónde abrirse paso unos centenares de kilómetros hacia el norte o hacia el sur tiene un coste evolutivo importante.

Por todo lo dicho, parece evidente que nuestro país responde a un diseño estructural que viene a ser una especie de volcán biológico que acelera los procesos evolutivos de los seres vivos y los exporta hacia los ecosistemas vecinos.

Hace ya tiempo que dijimos que las sociedades humanas son ecosistemas sociales, a las que pueden aplicarse las mismas reglas que a los biológicos. Ergo, lo que hemos dicho para estos también podemos hacerlo extensivo para aquellos. Y siguiendo en esa línea argumental recordarán que, igualmente, venimos afirmando hace años que la “Reconquista” española, es decir, los ochocientos años de lucha en suelo ibérico entre cristianos y musulmanes sirvió como un ensayo para la ulterior conquista del continente americano por parte española.

Cualquier tiempo anterior sirve, desde luego, como base para afrontar todo lo que viene después. Esa es una regla universal aplicable a cualquier momento y a cualquier lugar. Pero hay procesos que nos prepararan para sacar el máximo provecho a los acontecimientos del futuro y otros que provocan el efecto contrario. La Edad Media peninsular es, probablemente, uno de los procesos históricos que mayores potencialidades haya transmitido a los sujetos que la sufrieron para afrontar las circunstancias concretas que el destino les había reservado. A continuación repetiremos, una vez más, los argumentos que hemos utilizado ya en otros artículos de nuestro blog:

“dije que España es el país con mayor diversidad regional del mundo en un espacio geográfico de dimensiones medias. Y les mostré las dos imágenes que ven más abajo:

 Península Ibérica             Corte transversal en el sentido de los meridianos

También afirmé que es un concentrado de los paisajes que se dan en todo el ámbito peri-mediterráneo. Ahora veamos esto dinámicamente. Primero tracemos las líneas de cumbres que se dan en las cordilleras peninsulares:

Líneas de cumbres de las cordilleras ibéricas



Dichas líneas delimitan una serie de regiones naturales que vemos aquí:”[1]


Regiones naturales de la Península Ibérica

Esta diversidad de las regiones naturales peninsulares, actuando dinámicamente durante ochocientos años de conflictos armados, fueron preparando a la Civilización Hispánica para dar el salto hacia el Nuevo Mundo, que bauticé hace tiempo como “El Continente Transversal”, debido a que las líneas de cumbres de sus cordilleras trazan líneas que se extienden, como los meridianos, en sentido norte-sur, en abierto contraste con lo que sucede en el Viejo Mundo, donde estas líneas se desarrollan en sentido este-oeste, como los paralelos.

Esa transversalidad se convirtió en el telón de fondo que permitió a la “respuesta multimodal española”, surgida en el entorno multiecológico peninsular durante los ochocientos años que duró la “Reconquista” proyectarse sobre él, actuando como un prisma que filtra la luz y la descompone en franjas paralelas en forma de arco iris.

Descomposición de la luz en un prisma de cristal

En el Nuevo Mundo los españoles encontraron todos los ecosistemas posibles que se dan en el Planeta Tierra (húmedos, secos, fríos, cálidos) y se repartieron por ellos buscando allí los paisajes que se parecían más a su región natural de procedencia. Este es el secreto que hizo posible la construcción del primer gran Imperio Transversal de la Historia de la Humanidad. Un imperio que, en 1800, se extendía casi desde el Círculo Polar Ártico hasta el Antártico.

Como expliqué hace tiempo, la transversalidad del Imperio español es el desencadenante histórico de la modernidad europea y de su consecuencia: La Revolución Industrial[2].

Ahora echemos un nuevo vistazo a los dos últimos mapas que hemos presentado, tanto el de las líneas de cumbres ibéricas como el de sus regiones naturales. El primero de ellos, de manera esquemática, vendría a ser algo así:


¿No les recuerda este esquema el de un corazón?


La Península Ibérica ha funcionado durante la Edad Moderna como el corazón que, con sus latidos, ha estado bombeando hombres y recursos entre los distintos continentes que hay en el Planeta Tierra. El corazón, en el cuerpo de cualquier ser vivo, funciona como el motor que organiza los flujos que distribuyen la sangre por él. El “corazón español”, como cualquier otro, tiene dos lados: el derecho u oriental, orientado hacia el Mediterráneo, que coincide con los límites geográficos del antiguo Reino de Aragón y que posee una aurícula y un ventrículo (Valle del Ebro y zonas costero-insulares-levantinas), que responden a los estímulos que reciben desde el ámbito mediterráneo y los replican, y el izquierdo u occidental, orientado hacia el Atlántico y a su través hacia América, un mundo mucho más variado aún desde el punto de vista paisajístico que el mediterráneo y que, para replicarlo en su interior necesita más “compartimentos” que el otro. El escalonamiento de los valles occidentales de la Península Ibérica responde adecuadamente a esa necesidad, generando el efecto “prisma de cristal” que mostré más arriba y que en su día llamé “respuesta multimodal española”.

El “corazón español”, conectado con la “camisa de fuerza francesa” (conjunto de territorios que estuvieron vinculados políticamente con la corona española en el oriente francés entre 1517 y 1700), la Italia española (Nápoles, Sicilia y Cerdeña) y el Imperio Transversal americano, al que habría que sumar el efecto suplementario que la actuación del Imperio portugués estaba llevando a cabo en Brasil, África y Asia en paralelo al desarrollo de las tres áreas del Imperio español moderno, convirtió a la Península Ibérica en la organizadora de los flujos humanos que se despliegan desde los albores de de la Era de los Descubrimientos Geográficos y que fue asignando roles a todos aquellos espacios que fueron siendo arrastrados hacia su órbita política. Es en ese contexto en el que surgen las ocho burbujas estancas europeas que describí en el artículo “La estructura del Sistema Europeo”[3], los dos subimperios americanos de los que hablé en “Los imperios mestizos”[4] y que no son otros que los virreinatos americanos de Nueva España y del Perú -continuadores respectivos de los imperios azteca e inca- y la red de colonias -tanto portuguesas como españolas- que se despliegan en África y Asia y que incorporan a las civilizaciones del Extremo Oriente asiático a los flujos comerciales marítimos intercontinentales, sentando así las bases materiales para el salto tecnológico que dará origen a la Revolución Industrial.

Sobre esa estructura se montaron los imperios ultramarinos de la Segunda Generación (Inglaterra, Francia y Holanda), los de la tercera (Alemania, Italia, Bélgica, Rusia) y los que vinieron después (EEUU, Japón, China...), todos ellos continuadores del impulso primigenio que los pueblos ibéricos dieron a lo largo del siglo XV, en los albores de la Era de los Descubrimientos Geográficos, convirtiendo a la Península en el motor de arranque que puso en marcha el Mundo Moderno.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Una máquina gigantesca



En el anterior artículo estuvimos viendo las consecuencias históricas que tuvo la Guerra de la Independencia española (1808-1814) a escala mundial derivadas del hecho de que el Imperio Español, en 1808, era la estructura política más poderosa que había existido hasta ese momento sobre La Tierra.

La Edad Contemporánea es hija de esa coyuntura concreta. Los historiadores suelen remarcar la relación directa que hay entre la Revolución Francesa y, en menor medida, la Americana con el advenimiento de la contemporaneidad. Al hacerlo se están fijando en los “sujetos agentes”, obviando que buena parte de su fuerza expansiva deriva de la existencia de unos “sujetos pacientes” (los imperios español y portugués) cuya absorción relativa potenció extraordinariamente el perfil transformador de dichas revoluciones y de la aparición del poderoso Imperio Británico decimonónico.

En nuestro artículo “Las otras transversalidades” dijimos:

El Imperio persa (incluyendo en él su fase final “alejandrina”) es la culminación de un proceso histórico que empezó mucho antes y que tuvo por protagonistas previos a babilonios, asirios, hititas... Todos estos pueblos actuaron, cada uno en su propio tiempo político, como facciones que pelearon por el liderazgo de una ecúmene suroccidental asiática que, finalmente, se fragmentaría.

A la siguiente fase histórica le podríamos llamar “El Imperio Mediterráneo”, por el que estuvieron luchando, durante un milenio, fenicios, griegos, cartagineses y romanos, culminando históricamente con estos últimos. Con Roma la iniciativa política se desplaza desde el suroeste de Asia hacia el centro del Mar Mediterráneo. Cuando este proceso alcanza su punto álgido tiene -necesariamente- que romper al anterior porque hay una importante área de solape entre ambos: todas las tierras situadas al oeste de Mesopotamia. La estructura política persa sobrevivió porque estaba muy alejada de ese eje mediterráneo, pero a la defensiva.”

Y en “Homo Ibérico”:

En las orillas del Mediterráneo se estuvo gestando desde los tiempos de las civilizaciones cretense y egipcia un nuevo proyecto cultural que fenicios y griegos difunden por las mismas y que los cartagineses primero y los romanos después van transformando en la estructura política más poderosa que se había conocido nunca en el Viejo Mundo -al menos, al oeste de China-.

Cubierto su ciclo histórico primigenio, dicho proyecto se desintegra durante el primer milenio de nuestra era y cede ante la presión de sus adversarios que no paran de hostigarlos desde los continentes que circundan el Mare Nostrum y que articulan dos respuestas culturales alternativas al impulso mediterráneo: la germánica y la musulmana.

Pero en los campos de batalla donde ambos proyectos se encuentran, que representan a su vez los límites ecológicos de los mismos, se irá incubando durante un milenio el segundo ciclo mediterráneo, que protagonizaron españoles y turcos desde los comienzos del siglo XVI.”

Este segundo ciclo mediterráneo no se detuvo en los confines de este mar, sino que de la mano de españoles y portugueses se abrió paso a través de tres océanos (Atlántico, Pacífico e Índico), produciendo un nuevo salto cualitativo (comparable al que griegos y romanos protagonizaron en la antigüedad) en la Historia de la Humanidad que desencadenarían los procesos históricos de largo alcance que han dado lugar al mundo moderno y contemporáneo. Todos los cambios tecnológicos, científicos, sociales y culturales que se han venido haciendo durante el último medio milenio son la consecuencia de los descubrimientos geográficos que se han ido produciendo desde el siglo XV, y el elemento desencadenante más poderoso para que esto fuera así lo constituye la creación de lo que llamé “El Imperio Transversal”.

Observen este mapa mundi físico:

Ahora dibujaremos sobre él las líneas de cumbres de sus cordilleras más importantes:

Las cordilleras, los mares y los desiertos constituyen las más poderosas barreras que la naturaleza pone al avance de las sociedades humanas, al menos hasta que estas alcanzan un determinado umbral tecnológico.

Los orígenes de las civilizaciones primigenias se sitúan en las áreas que hemos marcado en rojo:

Y se expanden después siguiendo la dirección que marcan las flechas:

Como vemos, esos impulsos expansivos se abren paso a través de los obstáculos que la naturaleza puso millones de años atrás. Las líneas de cumbres de las grandes cordilleras y los desiertos (marcados en color marrón oscuro) ejercen la función de barreras que canalizan el impulso expansivo de los humanos hacia los valles fluviales, siguiendo el camino del agua.

Si nos fijamos en los procesos que tienen lugar en el grupo de continentes que hemos dado en llamar “Viejo Mundo” (Europa, Asia y África), el impulso expansivo dominante se despliega en sentido este-oeste, siguiendo las líneas de los paralelos.

Si miramos hacia América (El “Nuevo Mundo”), en cambio, dicho impulso tiene sentido norte-sur. En ambas zonas el despliegue sigue, como hemos dicho, el camino del agua (cuando se llega al mar los hombres siguen por la costa). Lo que marca la diferencia entre el Viejo y el Nuevo Mundo son el sentido de las líneas de cumbres de sus cordilleras, que en el Viejo siguen la línea de los paralelos y en el Nuevo la de los meridianos. Por eso llamé a América, hace tiempo, el “continente transversal”.

Como el Viejo Mundo es mucho más grande que el Nuevo tiene una masa crítica mayor de habitantes, lo que ha hecho que los procesos históricos que han tenido lugar en esa zona se hayan desplegado antes y hayan tenido una mayor complejidad.

Las estructuras imperiales desplegadas en él en la antigüedad y a lo largo de la Edad Media lo hicieron todas, como ya vimos hace tiempo, en ese sentido este-oeste y, en consecuencia, se expandieron por sus respectivas franjas climáticas:

“Cuando una estructura política se expande hacia el este o hacia el oeste lo está haciendo por su misma franja climática. Los conquistadores se van encontrando paisajes parecidos a los de su país de origen en los territorios conquistados. Climas parecidos, producciones parecidas por tanto. Su modelo de sociedad es fácil de trasplantar dentro de esa franja. Este tipo de desarrollo potencia las soluciones culturales más adaptativas a ese medio por el que están avanzando y crean un mundo sólido pero relativamente estático, en el que pesan mucho los detalles concretos que solucionan problemas concretos pero genéricos dentro de su hábitat. Surgen marcadores de etnicidad asociados a la alimentación y a la vestimenta (los rituales del té, por ejemplo, o el tabú asociado al consumo de la carne de cerdo), que son igual de válidos en países que están situados a miles de kilómetros de distancia. Esos esquemas de desarrollo cultural es muy fácil que se fosilicen -gracias a su buena adaptación al medio- y que después pesen como una losa en procesos históricos ulteriores.”
[...]
“Un imperio “horizontal” (desarrollado en sentido este-oeste) es una forma de organización de las sociedades humanas que se acopla a un ecosistema natural y establece una relación con él que busca la estabilidad y la identificación entre sociedad y paisaje (las sociedades islámicas de la franja árida del Viejo Mundo quizá representen uno de los casos más paradigmáticos y fáciles de visualizar), que pretende algo parecido a lo que busca la adaptación biológica de un animal a su medio.”[1]

Durante miles de años las estructuras imperiales del Viejo Mundo han ido expandiéndose por Asia, Europa y el norte de África, acumulando un poder cada vez mayor e integrando dentro de sus respectivas ecúmenes culturales (los cristianos medievales, el mundo islámico, el subcontinente indio, China y las zonas periféricas de cada una de ellas) a las diversas poblaciones que las habitaban, en un proceso de crecimiento paulatino que conoció varias fases de desarrollo tanto evolutivas como involutivas, como una especie de big bang planetario, como el latido de un corazón gigantesco en el que en cada milenio construía (para deconstruir después) un nuevo megaproyecto imperial, varios de los cuales hemos ido describiendo en nuestros diferentes artículos.

Primero fueron las culturas fluviales del Nilo, de Mesopotamia, del Indo y de la China antigua. Después vino la fase del Imperio suroccidental asiático (asirios, babilonios, hititas, persas y el Imperio de Alejandro Magno). La siguiente fase fue el primer ciclo mediterráneo (fenicios, griegos, cartagineses, romanos), que cederá ante el empuje de las ofensivas continentales medievales (germanos y árabes). La quinta fue el segundo ciclo mediterráneo (españoles y turcos) que rompería los límites del Viejo Mundo, alcanzando al continente de reserva que se había mantenido oculto, en el oeste, durante miles de años, dando lugar al primer gran imperio transversal de la Historia de la Humanidad: El Imperio Español, y a los que lo acompañaron (el Imperio Portugués) o siguieron (ingleses, franceses, holandeses).

“Cuando un imperio se extiende hacia el norte o hacia el sur está atravesando -en ese proceso- ecosistemas diferentes, paisajes diferentes, climas diferentes. Lugares donde prosperan faunas y floras distintas, que obligan a los hombres a alimentarse y a vestirse de distinta manera, forzando a los conquistadores a reprimir su impulso de imponer a los conquistados soluciones estándares, ya sean propias o ajenas, y a desarrollar una mayor receptividad hacia las soluciones culturales locales que son válidas solamente a ese nivel. Empujan a las estructuras imperiales a dar márgenes amplios de autonomía a los gobernantes que están sobre el terreno para adaptar las directrices genéricas a los casos concretos. Obligan a los hombres a distinguir lo esencial de lo circunstancial (por eso el idioma castellano distingue nítidamente el “ser” del “estar”, lo que no está tan claro en otras lenguas europeas), lo fundamental de lo accesorio.
[...]
“Un imperio “vertical” (desarrollado en sentido norte-sur), en cambio, es una forma de organización de las sociedades humanas que se abstrae del paisaje concreto y busca articular una relación dinámica entre el hombre y su medio que preserve los elementos esenciales de la ética que deben regir las relaciones entre los hombres, liberándolos de las formalidades que sólo sirven para adaptarse a una franja climática concreta y que constituyen una rémora fuera de ella. Aquí la adaptación que vale no es la biológica –que convertirían al hombre que se desplaza por esa franja vertical en un blanco fácil fuera de su hábitat- sino la cultural. Es decir: la característica que, en el proceso de evolución biológica, distingue de manera más nítida a los humanos del resto de las especies vivas de nuestro planeta. El imperio “vertical” o, mejor, “transversal” (entiendo que esta última denominación refleja mejor la idea de una estructura que atraviesa capas diversas y las conecta entre sí, lo que no se desprende de manera tan evidente del concepto de “verticalidad” geográfica) es un imperio más evolucionado desde el punto de vista estructural y, si me lo permiten, más “humano”, en el sentido de más identificado con las características que distinguen a los humanos del resto de las especies que pueblan nuestro planeta.”[2]

Durante miles de años en el Viejo Mundo se había estado desarrollando un poderoso proceso de acumulación de fuerzas que había integrado dentro de sus diferentes áreas culturales a cientos de millones de personas. En su mitad occidental habían prosperado dos ecúmenes diferentes: cristianos al norte (en simbiosis con la franja húmeda europea) y musulmanes al sur (en simbiosis con la franja árida suroccidental asiática y del norte de África). Estas dos civilizaciones llevaban en 1492 casi un milenio atrincheradas en sus respectivos ecosistemas.

En los campos de batalla donde estos dos mundos llevaban batiéndose un milenio, habían ido surgiendo dos imperios, que eran las fuerzas de vanguardia de cada uno de ellos: El Imperio Turco, en el este, cuyo centro de gravedad se situó en la Península de Anatolia, en el Mediterráneo Oriental, una zona de transición ecológica entre las áridas tierras de Mesopotamia y las húmedas de los Balcanes y del Cáucaso. Y el Imperio Español, al oeste, cuyo centro de gravedad estaba en la Península Ibérica, en el Mediterráneo Occidental, en la zona de transición ecológica entre las áridas tierras de Magreb y las húmedas del occidente europeo. A principios del siglos XVI comenzará un duelo singular entre estas dos poderosas estructuras políticas, que durará trescientos años y que ya describí en mi artículo “El duelo mediterráneo”[3].

Pero España no sólo estaba situada en medio del campo de batalla occidental entre dos civilizaciones y en el área de transición ecológica entre dos ecosistemas. España era, además, el “Fin de la Tierra” medieval (el Finisterre), el lugar donde rolan los vientos del “8” atlántico, el electrodo suroccidental europeo que, una vez descubierta la brújula, el astrolabio, los archipiélagos de la Macaronesia (Azores, Madeira, Salvajes, Canarias y Cabo Verde) y los secretos de los vientos atlánticos, descargó su energía, es decir su vanguardia humana, hacia el oeste, hacia el continente de reserva que acababa de aparecer, como telón de fondo, al otro lado del Atlántico.

Y en América rigen otras leyes distintas a las del Viejo Mundo. Ya dije que es el “continente transversal”, allí los hombres se mueven en el sentido de los meridianos, no en el de los paralelos como ocurre por aquí. Y eso significa desplazarte por todos los ecosistemas posibles que existen en el planeta Tierra. Cuando los españoles salen de la “Autopista de los Alisios” (que va desde Canarias hasta el Mar Caribe) se encuentran en zona tropical (que en el Viejo Mundo se halla situada al sur del Desierto del Sáhara. Sólo los portugueses habían visto –en 1492- algo parecido (muy pocos años antes, por cierto). El tipo de selvas que encontraron en las Antillas eran toda una novedad para ellos. Después descubrirían las mesetas de Mesoamérica y de Colombia, los altiplanos andinos, los desiertos, los manglares... Cada ecosistema nuevo con el que se topaban los obligaba a redefinirse, a transmutarse interiormente. En cada uno de ellos prosperaban unos animales y unas plantas diferentes a las que ellos conocían, lo que les forzaba a cambiar su dieta. También tenían climas distintos, haciéndoles vestirse de diferente manera.

Esta variedad de productos que se encontraron en los diferentes ecosistemas americanos estimularon el comercio intercontinental, desarrollando después economías de escala e impulsando la investigación científica y el avance tecnológico.

La transversalidad americana produjo un cortocircuito planetario que terminó poniendo en contacto a los hombres que vivían en todas las áreas culturales de la Tierra, no sólo las americanas, porque los españoles y los portugueses, una vez que se hicieron a la mar, terminaron alcanzando los confines de los grandes océanos que bañan los continentes de nuestro mundo. Los musulmanes serán rodeados por el sur y se encontrarán con los portugueses en el Océano Índico. En la India e Indonesia aparecerán colonias portuguesas que conectarán Europa con el Extremo Oriente. Españoles y portugueses se encontrarán, todavía más hacia el este, en los mares que rodean China y Japón, los primeros llegaban hasta allí navegando por el Pacífico, en el famoso “Galeón de Manila”, los segundos por la ruta del Índico ya citada.

Recapitulemos: Durante miles de años en el Viejo Mundo se había venido desarrollando un poderoso proceso de acumulación de fuerzas que había desplegado, en su mitad occidental, dos grandes áreas culturales (cristianos y musulmanes) paralelas y enfrentadas por toda su línea de contacto, que iba desde el Estrecho de Gibraltar, en el oeste, hasta la cordillera del Cáucaso, en el este y que en 1492 presentaba ya una antigüedad de casi mil años. Un ingeniero diría que el sistema que entre cristianos y musulmanes habían montado era un inmenso acumulador de energía, es decir, una gigantesca batería. Y lo dibujaría de esta manera:

A finales del siglo XV españoles y portugueses se hacen a la mar. Los primeros descubren –primero- y se extienden –después- por el “continente transversal” y los segundos rodean al mundo islámico, apareciendo por su extremo suroriental. Los dos, cada uno en su zona, cierran el circuito eléctrico y convierten a sus nuevos territorios ultramarinos en el motor que desencadena la gran transformación cultural que nos ha traído hasta aquí. Un ingeniero lo dibujaría así:

¿Para qué queremos una batería? pues para suministrar energía a una máquina y que esta pueda hacer así su trabajo. El planeta Tierra es un inmenso circuito en el que los continentes y sus relieves respectivos constituyen la parte fija y los fluidos (el viento y el agua) y los seres vivos sus partes móviles, las que están destinadas a hacer el trabajo.

El salto tecnológico se desencadena en el momento en el que se cierra el circuito: 1492 (Colón alcanza las tierras americanas) y 1498 (Vasco de Gama llega a la India). En ese momento la máquina comenzó a girar y, como un huracán, en cada nueva vuelta que da arrastra a nuevos países en su proceso de transformación.