lunes, 18 de septiembre de 2017

El Complejo Militar-Industrial



En mi penúltimo artículo les presenté las líneas maestras del gran duelo social y cultural que se está librando en el continente americano al que, como recordarán, llamamos Continente Transversal, expresión que pretende reflejar la función histórica que llevaba programada en su propio relieve. 

Y en el último dijimos:

Toda historia se despliega en un medio natural, que la va canalizando. Las historias de los diferentes pueblos son las concreciones del encuentro entre los factores biológicos, que vienen determinados por el ADN de los individuos que los componen, y los medioambientales, que vienen dados por el relieve, la posición geográfica y por la dinámica atmosférica. Dado que el ADN de los humanos no presenta excesivas diferencias entre unos pueblos y otros, los elementos que marcan la diferencia entre la evolución histórica de los distintos países habrá que buscarlos en las variables medioambientales.

Desde hace varios años nos venimos fijando en ellas y, por ese camino, hemos aprendido lo suficiente como para empezar a intuir la existencia de determinadas “programaciones” culturales que podemos “leer” en el relieve de los diferentes territorios y en el movimiento de los fluidos vitales (el aire y el agua) desplazándose por ellos. En ese sentido descubrimos hace tiempo el papel que factores como la posición de las líneas de cumbres de las diferentes cordilleras, la direccionalidad de las cuencas hidrográficas, así como la distribución de los mares y de los desiertos por nuestro planeta, desempeñan en el despliegue de los diferentes pueblos por su medio físico. De la “lectura” de dichos factores puede encargarse una nueva rama de las Ciencias Sociales a la que hemos dado en llamar “Dinámica Histórica”.”[1]

Las masas continentales del Viejo Mundo (Europa, Asia y África) han creado en el pasado un gigantesco acumulador de fuerzas cultural que necesitaba encontrar un lugar donde poder descargarlas, donde poder cerrar el circuito. Ese lugar estaba situado en el Nuevo Mundo. La transversalidad del mismo fue el factor que lo cerró y que puso en marcha un motor gigantesco, tal y como describí en el artículo “Una máquina gigantesca”[2]. Después expliqué como fue la Península Ibérica la que arrancó ese motor en “El motor de arranque del mundo moderno”[3]. El proceso ha seguido su curso, ha ido ganando potencia e incrementando su complejidad, y en su despliegue por el Continente Transversal ha abierto un nuevo capítulo que es un duelo cultural entre dos proyectos de civilización alternativos: el anglosajón y el hispano. De eso tratamos en el artículo “Un proyecto de civilización”[4].

Si miramos a nuestro alrededor veremos cómo, a día de hoy, el planeta Tierra nos presenta una serie de áreas culturales diferenciadas, a las que nosotros llamamos “ecúmenes”, que llevan embebidas, sean o no conscientes de ello sus protagonistas, sus correspondientes proyectos de civilización. Algunas de ellas (China, India), tienen unidad de mando y funcionan desde el punto de vista político de una manera bastante compacta. Otras, como la anglosajona, son una coalición de países que comparten proyecto estratégico y se coordinan entre sí. Y en otras, como Iberoamérica o el Mundo Árabe, la vinculación política y/o la económica es más precaria y los elementos objetivos que los unen no van mucho más allá de los lazos culturales. Cada una de estas áreas respectivas se encuentran en un estadio evolutivo diferente y la direccionalidad de su proceso puede apuntar hacia adelante o hacia atrás (evolución o involución). Si nos fijamos en determinados países podemos ver cómo, en su caso, puede darse un solape de dos o más áreas culturales distintas compitiendo entre sí, porque se encuentran situados en zonas de transición entre ellas o, también, que dos identidades distintas pero no excluyentes lo hagan. Puede ser el caso inglés, dónde su identidad anglosajona, con sus correspondientes alianzas transoceánicas, compite con su naturaleza europea. Ese desgarro interior se ha visualizado recientemente con claridad en la convocatoria del referéndum por el “Brexit”. Algo parecido, aunque aquí la correlación de fuerzas es distinta, lo encontramos en España o en Portugal, dónde sus vinculaciones respectivas con los países hermanos de ultramar también puede llegar a tensionar, cuando el momento sea propicio, su identidad europea.

Entre la variedad de áreas culturales que existen en nuestro planeta parece que se van estructurando dos ejes que, paulatinamente, van articulándolas. El más antiguo de ellos, surgido en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) es el que podemos llamar “Eje Atlántico” u “Occidental”, que fue liderado al principio por los pueblos ibéricos y hoy lo está por la coalición anglosajona.

A partir del siglo XVI empezó a formarse un “Eje de la Resistencia” en Asia Oriental frente al primero, que en los últimos siglos ha ido ganando potencia y en estos momentos está pasando a la ofensiva. Dentro de cada uno de estos dos ejes hay diversas ecúmenes que rivalizan por el liderazgo dentro del mismo. Pero en lontananza se perfila un enfrentamiento estratégico entre ambos núcleos de poder que tiene por delante un horizonte de despliegue bastante largo, independientemente de quienes los lideren en cada coyuntura histórica concreta. Esperemos que la sensatez se imponga y ese choque se mantenga dentro de límites que no pongan en peligro la supervivencia de nuestra especie o, incluso, de la vida en nuestro planeta.

Entre esos ejes rivales se dibuja ya una línea del frente que pasa por Europa Oriental, Próximo Oriente y África. Y se puede estar formando una segunda en el Océano Pacífico. Pero la posible resolución a largo plazo de ese duelo estratégico se producirá (y aún tardará bastante), con toda probabilidad, fuera de La Tierra.

Este breve análisis que acabo de hacer es posible que haya sorprendido a algunos lectores, pero estoy seguro de que ya lo han hecho los grandes dirigentes mundiales hace varias generaciones. No creo que aporte nada nuevo a las valoraciones estratégicas de norteamericanos, rusos o chinos.

Hemos hablado de resolver ese duelo estratégico fuera de La Tierra, y de que ese planteamiento no representa ninguna novedad para los grandes dirigentes mundiales. Sin embargo, la carrera espacial entre las grandes potencias, que sería el camino más directo para resolver ese enfrentamiento, no parece haber estado entre las prioridades políticas de esos dirigentes durante los últimos cuarenta años ¿no es así? Y, en cambio, no han tenido inconveniente en batirse militarmente a lo largo de la primera línea del frente que citamos: Afganistán, Irán, Irak, Siria, Líbano, Ucrania, Yugoslavia, Yemen, Somalia...

Sobre la carrera espacial de las grandes potencias mundiales durante los últimos 60 años estuvimos hablando en el artículo anterior. Hoy nos centraremos en las repercusiones que la misma estaba teniendo en La Tierra.

Mientras norteamericanos y soviéticos competían en el espacio, llegaban a La Luna y mandaban naves de exploración al resto de planetas del Sistema Solar ¿qué estaba pasando en La Tierra? Pues se había desencadenado una crisis económica brutal (la de 1973). Los tanques soviéticos habían puesto fin (en 1968) a la “Primavera de Praga”. En Francia se había producido un conato de revolución (el “Mayo Francés”). Un presidente norteamericano (John F. Kennedy) y un candidato a presidente (su hermano Robert F. Kennedy), así como diversos activistas por los derechos civiles (Martin Luther King, Malcolm X...) habían sido asesinados. En la mayoría de los países de Iberoamérica se van produciendo golpes de estado que dan origen a dictaduras de extrema derecha (Brasil -1964-, Bolivia -1971-, Chile, Uruguay -1973-, Argentina -1976-...). Los norteamericanos habían sido derrotados en Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), después de haber utilizado en esas guerras la mayor cantidad de armas químicas de la historia...

En 1972 se publica el libro “Los límites del crecimiento”, que establece las líneas maestras de un nuevo paradigma social que parte de la convicción de que los recursos son limitados y de que hay que frenar el crecimiento demográfico y económico en nuestro planeta. En realidad este libro viene a establecer las bases teóricas de una involución política y social de ámbito planetario que marca un punto de inflexión con respecto a las dinámicas expansivas de la postguerra.

Y hemos podido ver cómo, en economía, el paradigma keynesiano (claramente expansivo) ha sido sustituido por el neoliberal (involutivo), como el grifo de la energía se cerró en 1973 (provocando la crisis del petróleo), como cuando algunos gobiernos europeos reaccionan potenciando la construcción de centrales nucleares (el caso alemán) aparecen poderosos movimientos contra esto que, sorprendentemente, encuentran un importante eco en la prensa del Sistema (eco que no tuvieron antes de esas fechas ni después, cuando las tecnologías verdes ya estaban maduras), cuando la energía nuclear era la única alternativa viable que podía incrementar masivamente la producción de energía eléctrica a cuatro o cinco años vista, rompiendo así la dependencia con respecto a los combustibles fósiles.

El 17 de enero de 1961, el presidente saliente norteamericano Dwight Eisenhower, que iba a transferir el mando, tres días después, al entrante John F. Kennedy, se dirigió por televisión a la nación americana en su discurso de despedida. En él dijo algunas cosas interesantes:

“En los consejos de gobierno, debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial de un desastroso incremento de poder fuera de lugar existe y persistirá. No debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía alerta y bien informada puede compeler la combinación adecuada de la gigantesca maquinaria de defensa industrial y militar con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo tal que seguridad y libertad puedan prosperar juntas.”


Es curioso que estas palabras salieran de la boca de un ex-general, el héroe de guerra que había dirigido nada menos que el Desembarco de Normandía. El 22 de noviembre de 1963 (dos años y medio después) su sucesor (el citado John F. Kennedy) sería asesinado. El 6 de junio de 1968 veremos correr esa misma suerte al hermano de éste (Robert F. Kennedy), el candidato a la presidencia de los Estados Unidos mejor situado en las encuestas en ese momento y que pretendía continuar el trabajo que el primer Kennedy había empezado. En esos mismos años veríamos caer bajo las balas asesinas a varios defensores de los derechos civiles (Martin Luther King en 1968, Malcolm X en 1965...).

Vimos también desaparecer de la escena política de manera violenta a Salvador Allende (1973), Gamal Abdel Nasser (1970), y proliferar golpes de estado y guerras civiles por todo el mundo. En 1973 los representantes de los países de la OPEP se reúnen y deciden subir el precio del barril de petróleo: la gasolina súper se vendía entonces en las gasolineras españolas a 11 pesetas el litro. En septiembre de 1979, justo seis años después, a 94, imagínese el impacto tan brutal que estas subidas tuvieron en la economía. Lo curioso es que Estados Unidos, que se suponía que –como país- quedaba en el bando de los consumidores de combustibles fósiles, es decir, en el de los perjudicados por todas estas medidas, no movió un solo dedo para impedir que un comité formado por un puñado de individuos, la mayor parte de ellos “amigos”, como los jefes de estado de Arabia Saudí, Kuwait o el Irán del Sha, desencadenaran la crisis económica más brutal que el mundo había conocido desde 1929. También es curioso que los precios del petróleo empezaran a bajar coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido y un poco antes de que Ronald Reagan hiciera lo propio en Estados Unidos. Es decir, coincidiendo con la llegada al poder en diversos países occidentales de gobiernos que llevaban en sus respectivos programas la implantación de las recetas económicas neoliberales.

Hay una persona que, durante esa coyuntura crucial en la Historia de la Humanidad, estaba moviéndose muy cerca de todos los comités en los que se estuvieron tomando la mayor parte de las decisiones que hemos citado en los últimos párrafos, interactuando con todos los que tuvieron alguna responsabilidad en la implementación de tales medidas: Se trata, nada menos, que del famoso Henry Kissinger, el Metternich de la segunda mitad del siglo XX[5], Secretario de Estado norteamericano entre 1973 y 1977, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon entre 1969 y 1975, “del que Robert Greene explica en su libro las 48 Leyes del Poder, esta estrategia que Kissinger empleó para prevalecer de la siguiente manera:[6]

"Henry Kissinger se las ingenió para sobrevivir a las muchas sangrías ocurridas en la Casa Blanca durante la administración de Nixon, no porque haya sido el mejor diplomático que éste pudo encontrar -había otros negociadores excelentes- no porque ambos se llevaran bien -eso no era así. Tampoco porque compartieran convicciones o ideas políticas. Kissinger sobrevivió porque se afianzó en tantas áreas de la estructura política que eliminarlo habría llevado al caos.".[7]

Cuando Kissinger se incorporó al gobierno de Richard Nixon (enero de 1969), ya acumulaba un gran bagaje tanto administrativo como político: perteneció a los servicios de inteligencia del ejército americano en Europa desde 1943, fue profesor en la Escuela de Inteligencia del Comando Europeo desde 1946, afiliado al Partido Republicano:

“En 1955, se convierte en Asesor del Consejo Nacional de Seguridad y de la Junta de Coordinación de Operaciones de Seguridad. En 1955 y 1956, fue también Director de Estudio en las Armas Nucleares y la política exterior en el Consejo de Relaciones Exteriores. Publicó su libro de las armas nucleares y la política exterior al año siguiente. De 1956 a 1958 trabajó como director de su Proyecto de Estudios Especiales avalado por la Rockefeller Brothers Fundation. Fue Director del programa de estudios de defensa de Harvard entre 1958 y 1971. También fue Director del seminario internacional de Harvard entre 1951 y 1971. Fuera de la academia, se desempeñó como consultor de varios organismos del Gobierno, incluyendo la Oficina de Investigación de Operaciones, el Control de armas y desarme y el Departamento de Estado y la Corporación RAND, una compañía de desarrollo industrial, tecnológico y armamentístico.

Deseoso de tener una mayor influencia en la política estadounidense, Kissinger fue partidario y asesor de Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York, que buscó la nominación del Partido Republicano para Presidente en 1960, 1964 y 1968; sin embargo, Kissinger obtendría su tan anhelado ascenso político, con «el candidato más improbable» de ese partido.”[8]

Podría seguir presentando a un personaje cuya biografía da para escribir una enciclopedia, pero entonces desbordaría el objetivo de este artículo. Para quien esté interesado en la misma le invito a leer la entrada “Henry Kissinger”, en Wikipedia, como primera introducción.

Es conocida la fuerte vinculación biográfica entre Kissinger y David Rockefeller, personaje fáctico que siempre estuvo detrás de la “brillante” carrera del primero. Como su propio apellido indica, procede de la familia que llegó a monopolizar a finales del siglo XIX y principios del XX la distribución de petróleo por EEUU y los países sometidos a su más directa influencia, a través de la empresa Standard Oil, a la que la Corte Suprema de los Estados Unidos aplicó, en 1911, la Ley Sherman Antitrust (1890), obligándola a desmembrarse en 34 empresas diferentes, entre ellas Jersey Standard, que finalmente se convirtió en la Exxon, la Standard de California (después llamada Chevron) y la Socony, que años después se transformaría en la empresa Mobil, estas eran tres de las “siete hermanas”, nombre que acuñó Enrico Mattei, “padre de la industria petrolera moderna italiana y presidente de ENI, para referirse a un grupo de siete compañías que dominaban el negocio petrolero a principio de la década de 1960. Mattei empleó el término de manera irónica, para acusar a dichas empresas de cartelizarse, protegiéndose mutuamente en lugar de fomentar la libre competencia industrial, perjudicando de esta manera a otras empresas emergentes en el negocio.”[9].
 Henry Kissinger y David Rockefeller en un acto organizado por la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg para Asia.

David Rockefeller, además, fue presidente del Chase Manhattan Bank; fundador, presidente y -después- presidente honorífico de la Comisión Trilateral; presidente y presidente honorífico del Council on Foreign Relations; miembro estadounidense fundador, patrocinador, miembro vitalicio y miembro del comité de dirección del Club Bilderberg; director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York; presidente del Comité Asesor de la Reforma del Sistema Monetario Internacional; y un larguíiisimo etcétera cuya primera enumeración pueden ver en la entrada de Wikipedia “David Rockefeller”. Además, fue un conocido “filántropo” que financió multitud de fundaciones, universidades, institutos de investigación, entre los que debemos destacar la Universidad de Chicago (cuna, y no por casualidad, de los “Chicago boys”) o el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y será uno de los fundadores del Club de Roma (1968)

Chicago Boys (en español: Chicos de Chicago) es una denominación aparecida en la década de 1970 que hace referencia a los economistas neoliberales educados en la Universidad de Chicago, bajo la dirección de los estadounidenses Milton Friedman y Arnold Harberger.

Los Chicago Boys tuvieron influencia decisiva en el período del Régimen Militar de Augusto Pinochet en Chile, siendo los artíficies de reformas económicas y sociales que llevaron a la creación de una política económica referenciada en la economía de mercado de orientación neoclásica y monetarista, y a la descentralización del control de la economía. Milton Friedman acuñó el término el «milagro de Chile» (The miracle of Chile), para referirse a la obra de sus discípulos en ese país.”[10]


“El Club de Roma (en inglés Club of Rome) es una organización no gubernamental fundada en Roma, en el año 1968, por un pequeño grupo de personas entre las que había científicos y políticos. Sus miembros están preocupados por mejorar el futuro del mundo a largo plazo de manera interdisciplinar y holística.

El Club de Roma encargó el conocido informe Los límites al crecimiento (en inglés The Limits to Growth) encargado al MIT y publicado en 1972, poco antes de la primera crisis del petróleo y que ha tenido varias actualizaciones. La autora principal de dicho informe, en el que colaboraron 17 profesionales, fue Donella Meadows, biofísica y científica ambiental, especializada en dinámica de sistemas.

Se considera al Club de Roma como una de las instituciones paradigmáticas del neomaltusianismo ya que desde la segunda guerra mundial -tanto en la época de la explosión demográfica como durante la guerra fría y el desarrollo de políticas poblacionales geoestratégicas por Estados Unidos-, se consideraba un problema grave el crecimiento de la población mundial de los países comunistas -URSS y China-, de sus satélites y por tanto se establecía la necesidad de frenarlo.”[11]

No es casual que Henry Kissinger, el fichaje más brillante de David Rockefeller, estuviera, durante esta crucial coyuntura política, en el vórtice de todos los huracanes y que fuera el pegamento que conectara la Crisis del Petróleo con los golpes de estado en Suramérica, el desarrollo del paradigma neoliberal, de las organizaciones eugenistas de los setenta y el frenazo de la carrera espacial, porque todos estos procesos están vinculados entre sí.
Encuentro entre Mao Tse Tung y Richard Nixon-Febrero de 1972

En febrero de 1972 el presidente norteamericano Richard Nixon viajó a China (viaje que había sido precedido por una visita secreta de Kissinger a Pekín en julio de 1971) y dio un giro brusco a las relaciones políticas entre el Imperio y el Gigante Asiático. La colaboración entre estas dos potencias podemos decir que inició una nueva era en el sistema de relaciones diplomáticas a escala mundial, que comienza a evolucionar rumbo hacia un modelo parecido al que recibió el nombre de “Sistema del Equilibrio Europeo” en el siglo XVII y al que, en consecuencia, podríamos llamar “Sistema del Equilibrio Mundial”, en el que no hemos dejado de profundizar desde entonces. También desde entonces nuevos países se están incorporando a la carrera espacial (como la propia China, la Agencia Espacial Europea -ESA-, India, Japón...) a pesar del frenazo al que hicimos referencia en la primera parte de este artículo. En principio podrían parecer dos movimientos contradictorios ¿no?

Los magnicidios políticos de los años 60 y 70, los golpes de estado, algunas de las guerras de la época, las crisis económicas, la aparición de nuevos paradigmas en la economía, la demografía y la moral, hemos de considerarlos como medidas represivas tomadas por las élites dirigentes contra los grupos políticos y sociales que se resistían a cambiar sus dinámicas previas y son congruentes con el frenazo inducido como consecuencia de esta toma de conciencia, por tanto, hemos de presumir cierta connivencia entre las élites de nuestro mundo y sus interlocutores exteriores. 

Con el primer gobierno de Richard Nixon llega a la Casa Blanca, en 1969, una facción de las clases dominantes norteamericanas a la que Eisenhower denominó “Complejo militar-industrial”, que se había ido adueñando lentamente, desde los tiempos de Harry Truman (1945-1953), de las estructuras del aparato del estado, apoyándose en los servicios secretos, un sector del ejército y los contratistas de Defensa; facción que, sin embargo, tuvo bastantes problemas para ganar las elecciones a lo largo de los 40, los 50 y los 60. En 1948 los norteamericanos, cuando votaron a Truman, un títere de esta facción, creían -falsamente- que estaban haciéndolo por alguien que había gozado de la confianza de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945), el artífice del “New Deal”. Cuando empezaron a sospechar que no era así, cambiaron de partido y apoyaron a unos republicanos que llevaban como candidato al héroe de guerra que los llevó a la victoria en el frente europeo (1952 y 1956). En 1960 castigaron al candidato de la facción (Richard Nixon) y volvieron a cambiar de partido, para apoyar a John F. Kennedy, y en 1964 se mantendrán fieles a su sucesor y heredero Lyndon B. Johnson. En 1968 ya vimos como fue asesinado el segundo de la saga de los Kennedy. No le resultó fácil al Complejo militar-industrial conquistar en las urnas lo que había ido ganando poco a poco en los despachos.

Tras la muerte del primer Kennedy (1963), su vicepresidente Lyndon B. Johnson, más conservador y probablemente más consciente del tipo de “fauna” que le rodeaba, adopta un perfil político más bajo para poder sobrevivir, pero se mantiene leal a las líneas maestras del programa que habían llevado a aquél a la presidencia. Hay que reconocer el fuerte impulso que el cada vez más cuestionado Johnson dio a los derechos civiles en los cinco años que gobernó. También hay que resaltar que mantuvo los presupuestos asignados a los programas lunares para hacer posible el compromiso público adquirido por su antecesor. Sólo de esta manera se explica que éste se pudiera cumplir en julio de 1969, seis meses después de que el demócrata abandonara la Casa Blanca, por un gobierno que tenía otros planes diferentes pero que administraba todavía los presupuestos que había heredado de la administración anterior. Un gobierno que era consciente de las grandes expectativas que la población, tanto norteamericana como del resto del mundo, había depositado en esos proyectos.

La triada Eisenhower, Kennedy y Johnson (1953-1969) apostó fuertemente por el mantenimiento de presupuestos expansivos de tipo keynesiano y también por el reforzamiento de los programas espaciales, a pesar de desconfiar del “Complejo”, al que  le entregarían miles de millones de dólares a través de los contratos necesarios para poder llevar a cabo todos esos proyectos. Pensaban que, como presidentes que eran, tendrían siempre la última palabra. Sabemos también que eran conscientes de la posible existencia de civilizaciones extraterrestres y hay noticias de reuniones, de peticiones de informes a los correspondientes servicios de información (que cada vez eran más un estado dentro del estado, organizado por capas, como las cebollas, en el que las más externas no tenían ni la más remota idea de lo que sabían las más internas) y de intercambio de información sensible de este tipo con otros países, incluida la Unión Soviética de Nikita Jrushchov. También sabemos que Eisenhower se plegó ante determinadas exigencias del “Complejo”, aunque después de interminables discusiones. Llegó a la conclusión de que no tenía instrumentos suficientes a su alcance para controlarlo. Kennedy fue mucho más firme y es probable que el pulso mantenido con este grupo, tanto en este como en otros temas, como las relaciones internacionales, resultaran determinantes en el desenlace que tuvo su presidencia.

El “Complejo militar-industrial” ha controlado todos los gobiernos norteamericanos entre los mandatos de Nixon y de Obama (ambos inclusive). A Nixon, no obstante, hemos de considerarlo un presidente de transición al que hubo que apartar del gobierno (a través del “impeachment” de 1974) porque creía tener más capacidad de decisión de la que el resto del “sindicato” estaba dispuesto a concederle. Algo parecido pudo suceder con Jimmy Carter (1977-1981), aunque a éste se le apartó del poder de una manera más reglada, a través de las elecciones de 1980.

Las décadas de los 70 y de los 80 del siglo XX fueron las de la gran ofensiva de este grupo y la de implantación de sus diversos paradigmas: El control demográfico de la población (Neomalthusianismo), la Economía de la Escasez (Neoliberalismo), la creación de estados fallidos (Neofeudalismo), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra” locales, los contratistas de la Defensa y toda la fauna de fanáticos de cualquier corriente ideológica que sea sensible a la manipulación exterior; también la utilización intensiva de los medios de adoctrinamiento de masas, la involución social...

En los 90 empezamos ya a ver el perfil que presentaba una sociedad sometida a su influencia durante una generación en los propios Estados Unidos. A pesar de ser una década relativamente próspera y políticamente moderada (bajo la presidencia de Bill Clinton), las cárceles norteamericanas llegaron a tener entre rejas a la mayor proporción de ciudadanos de toda su historia hasta ese momento (700 presos por cada 10.000 habitantes) y de todo el mundo de su época, a pesar de tratarse del país hegemónico a escala mundial. La conclusión es evidente: Estaban construyendo un planeta-cárcel.

Si hay mucha gente en la cárcel debemos pensar que hay mucha gente cuestionando el modelo, aunque lo haga de manera no coordinada y dispersa. Es decir, de manera no consciente.

La gran mayoría de la población ignora ese dato, pero los dirigentes no, que se dan cuenta de que el modelo empieza a resquebrajarse. ¿Y cuál es su reacción? La huida hacia adelante. Y así llegamos a la presidencia de George W. Bush (2001). 

La secuencia de acontecimientos a partir de entonces se vuelve vertiginosa: El 20 de enero de 2001 toma posesión. El 9 de septiembre es asesinado el líder de la Alianza del Norte afgana (que llevaba el peso de la resistencia contra el Régimen Talibán) Ahmad Shah Masud. El 11 de septiembre sendas aeronaves se estrellan contra las dos Torres Gemelas del World Trade Center y contra el edificio del Pentágono, Bush inmediatamente encarga a Henry Kissinger la formación de un comité de crisis internacional que diseñe la respuesta. Dos días después se apunta a Bin Laden como el cerebro de la operación actuando desde bases afganas, y el 7 de octubre ¡¡26 días después de los atentados!! el ejército norteamericano comienza la invasión de Afganistán, coordinándose desde entonces con la citada Alianza del Norte cuyo líder, como dijimos más arriba, había sido asesinado 28 días antes.

Animados por lo bien que les había salido la campaña afgana decidieron apostar más fuerte y el 20 de marzo de 2003 (17 meses y medio después) invadían Irak, pero a partir de entonces el frente comienza a resquebrajarse. La invasión de Afganistán se hizo un mes después del 11S y la brutalidad de los atentados había inducido en la opinión pública mundial una especie de anestesia total que produjo un respaldo generalizado y acrítico a los movimientos de los halcones. Pero año y medio después se había recuperado una parte significativa de la capacidad de pensamiento que se le presume a la especie humana. Entre sus mismos aliados empiezan a levantarse importantes voces críticas, de entre las que cabe destacar la del presidente francés Jacques Chirac, su ministro de exteriores Dominique de Villepin y el canciller alemán Helmut Kohl, tres pesos demasiado pesados como para poder ignorarlos. Los aliados del Imperio ya no estaban dispuestos a validar cualquier barbaridad que se les ocurriera al grupo de aventureros que se habían instalado en la Casa Blanca. Y el eje Pekín-Moscú-Teherán empezaba a ganar consistencia como alternativa al modelo neofeudal que el “Sindicato” estaba patrocinando por toda la línea del frente que citamos al principio. La no aparición de las “armas-de-destrucción-masiva” iraquíes es muy significativa, pero no porque esto demostrara que Saddam Hussein no era tan malo como lo pintaban o porque los norteamericanos se hubieran pasado claramente de rosca en la campaña iraquí (como pensaba cada vez más gente) sino porque no encontraron cómplices de suficiente entidad como para validar su mentira, lo que revela que su modelo estaba siendo cada vez más cuestionado dentro de sus propias filas, aunque se les respaldara de manera formal, ya que había demasiados intereses compartidos que defender. Desde la II Guerra de Irak (2003) el “Complejo-Sindicato” está cada vez más tocado y comienzan a producirse movimientos entre los grupos dirigentes mundiales para preparar el día después del hundimiento de este grupo; para preparar el relevo.

Es en esa crítica coyuntura cuando se diseña la “Operación Gatopardo” (“Hay que cambiarlo todo para que no cambie nada”, como dijo Lampedusa a través de esta obra literaria), que descansa sobre el tándem Barack Obama-Hillary Clinton. La idea es la siguiente: Los halcones republicanos han fracasado, se impone volver a la moderación con los demócratas. Pero hay, además, que montar una operación de marketing poderosa que cree la sensación entre la población de que se está produciendo una verdadera ruptura con el pasado y se opta por romper con una serie de tabúes sacrosantos de la tradición política norteamericana. En la campaña por las primarias del Partido Demócrata de 2008 se van cayendo los candidatos menores y los dos finalistas resultan ser un afroamericano y una mujer. Cualquiera de los dos representaba una ruptura simbólica formal con la regla no escrita de que el Presidente tenía que ser varón, blanco, anglosajón y protestante. Había que salvar lo esencial del modelo, aunque para ello hubiera que sacrificar al alfil o a la torre.

Los años de Obama (2009-2017) son los del ocaso y ruptura de esta facción, cada vez más contestada en todas partes, y la del fortalecimiento de sus competidores estratégicos. El viejo “Complejo militar-industrial” se ha roto en dos “sindicatos”, a los que llamaremos “A” (el defendido en la campaña electoral de 2016 por Hillary Clinton) y “B” (el de Donald Trump). La victoria de éste en las elecciones del pasado noviembre y la visualización del encarnizado enfrentamiento entre ambas facciones nos hacen ver que, pese a que comparten bastantes elementos del bagaje común heredado, hay también importantes líneas de ruptura de carácter estratégico. Estamos ante dos razas de halcones diferentes, aunque igual de depredadoras.

Los primeros meses de la presidencia de Donald Trump son los del rodaje del “Sindicato B”, que intenta salvar, recurriendo a los patrones más atávicos de la cultura norteamericana, los elementos esenciales de la América WASP (acrónimo de Blanco –White-, Anglosajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-). Pero esa concepción de la sociedad que habita este inmenso país es una negación de su propia realidad. La sociedad norteamericana, empezando por sus propias élites, se está rompiendo. La huida hacia adelante que ha protagonizado desde los años 60 la ha conducido hasta un callejón sin salida, y los movimientos que se están produciendo en su seno apuntan, como dije hace tiempo[12], hacia una desintegración política.


[3] http://polobrazo.blogspot.com.es/2017/03/el-motor-de-arranque-del-mundo-moderno.html

[4] http://polobrazo.blogspot.com.es/2017/07/un-proyecto-de-civilizacion.html

[5] Es curioso como el propio Henry Kissinger tiene cierta consciencia de ese paralelismo, que podemos leer entre líneas en su obra “Diplomacia” (Ediciones B, S.A., Barcelona, 1998). También hace comparaciones implícitas con otros estadistas de la Europa moderna y contemporánea  como Richeliu o Bismarck.

[7] "Las 48 leyes del Poder", de Robert Greene.

[11]Actitudes Colectivas para una Economía Sostenible”: El Factor Demográfico, Apuntes de demografía, Julio Pérez Díaz y https://es.wikipedia.org/wiki/Club_de_Roma
 

sábado, 26 de agosto de 2017

La “excepcionalidad” de nuestro mundo



En los últimos artículos hemos visto el despliegue del proceso histórico desencadenado en nuestro mundo a partir de la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI), que han dado lugar a una explosión cultural que hoy llamamos “Globalización”.

Toda historia se despliega en un medio natural, que la va canalizando. Las historias de los diferentes pueblos son las concreciones del encuentro entre los factores biológicos, que vienen determinados por el ADN de los individuos que los componen, y los medioambientales, que vienen dados por el relieve, la posición geográfica y por la dinámica atmosférica. Dado que el ADN de los humanos no presenta excesivas diferencias entre unos pueblos y otros, los elementos que marcan la diferencia entre la evolución histórica de los distintos países habrá que buscarlos en las variables medioambientales.

Desde hace varios años nos venimos fijando en ellas y, por ese camino, hemos aprendido lo suficiente como para empezar a intuir la existencia de determinadas “programaciones” culturales que podemos “leer” en el relieve de los diferentes territorios y en el movimiento de los fluidos vitales (el aire y el agua) desplazándose por ellos. En ese sentido descubrimos hace tiempo el papel que factores como la posición de las líneas de cumbres de las diferentes cordilleras, la direccionalidad de las cuencas hidrográficas, así como la distribución de los mares y de los desiertos por nuestro planeta, desempeñan en el despliegue de los diferentes pueblos por su medio físico. De la “lectura” de dichos factores puede encargarse una nueva rama de las Ciencias Sociales a la que hemos dado en llamar “Dinámica Histórica”.

Hace tiempo dijimos que la llegada del hombre a La Luna no es más que el arranque de la segunda fase de la Era de los Descubrimientos Geográficos, el salto que toca hacer ahora como consecuencia del desarrollo tecnológico que los humanos han venido realizando durante los últimos quinientos años y que es una consecuencia de aquella primera oleada descubridora.

En consecuencia, creo que antes de seguir analizando los procesos que se están dando en La Tierra y de las perspectivas que se abren por delante habría que empezar a considerar el medio físico que rodea a ésta, con el que la Humanidad lleva ya 60 años interactuando y que, desde mi punto de vista, va a condicionar de manera profunda nuestro inmediato futuro.

Situémonos mentalmente en 1970: El hombre acaba de poner su pie en La Luna. La euforia del momento hace proliferar el género cinematográfico de la ciencia-ficción. Todo parece posible. El cine presenta un futuro relativamente cercano en el que los humanos tienen bases en La Luna y en diversos planetas del Sistema Solar e, incluso, de sistemas solares vecinos. Parece algo sensato y congruente con lo que los medios de comunicación nos venían contando acerca de los avances tecnológicos que venían produciéndose desde mediados de los cincuenta en el campo aeroespacial e intuyéndose desde principios del siglo XX o, incluso, finales del XIX (recordemos las obras de Julio Verne y de H. G. Wells). Se nos informa que entre 1969 y 1972 seis naves terrestres colocan humanos sobre la superficie lunar. El viaje entre La Tierra y La Luna se llegó hacer (ida, estancia y vuelta) en 8 días (Apolo 11). También se nos dice que la velocidad máxima alcanzada por las naves Apolo fue de 45.000 km/h. A esa velocidad Marte está de La Tierra a entre 84 y 400 días de navegación por el espacio, dependiendo de la posición relativa de los dos planetas dentro de sus respectivas órbitas. No obstante, la velocidad de la que estamos hablando podía ser perfectamente superada durante los años siguientes (los primeros viajes a La Luna tampoco hacían necesario alcanzar mayores velocidades[1]), poniendo a Marte a menos de un mes de navegación, es decir, a tiro de piedra prácticamente. Más cerca de lo que estaba América para los españoles en el siglo XVI.

Y entonces... ¡¡todo se paró!! (¿?) Los conductores de ese vehículo decidieron frenar en seco.

Hay algo inusual en el viaje del Apolo 11 a La Luna. Lo relativamente extraño es que los soviéticos, que llevaban ventaja en la carrera espacial desde el principio (fueron los primeros en poner un satélite artificial en el espacio -1957-, los primeros en poner un animal -1957-, los primeros en poner un hombre -1961-, los primeros en poner una mujer -1963-, los primeros en alunizar -Luna 9, el 3 de febrero de 1966-, los primeros en orbitar la Luna -Luna 10, el 4 de abril de 1966-, los primeros en mandar sondas a Venus y Marte -1960-, los primeros en poner en órbita una estación espacial -Saliut 1, 19 de abril de 1971-), no sólo dejaron que los norteamericanos se les adelantaran en esto sino que, además, ni siquiera lo intentaron. A día de hoy no consta que algún astronauta ruso o soviético haya puesto su pie en La Luna, a pesar de que sus cosmonautas hayan batido todos los récords de permanencia en el espacio (437 días -14 meses largos-, tiempo sobrado para ir y volver al planeta Marte, permaneciendo en él, además, una temporada de varios meses) que debía servir para conocer como se adaptaba el cuerpo humano a las estancias prolongadas en el mismo.

Los que iban por delante dejaron que los que les seguían se llevaran la “gloria” de esta hazaña técnica y la explotaran desde el punto de vista propagandístico. Aunque, si hemos de creer la historia oficial, tal hazaña no tuviera después ninguna consecuencia real. Ir a La Luna para no volver después no parece tener demasiado sentido ¿será por eso que los soviéticos (mucho más prácticos) no se molestaron siquiera en intentarlo?

¿Qué diablos pasa en La Luna o en el planeta Marte que está impidiendo a los humanos llevar a cabo proyectos diseñados hace ya mucho tiempo y que serían la culminación de los espectaculares avances tecnológicos desarrollados a lo largo del siglo XX?

Desde 1970 hemos visto como tanto norteamericanos como ruso-soviéticos han mandado expediciones no tripuladas hacia el espacio profundo, más allá del Sistema Solar. Hemos visto como han puesto en órbita telescopios y sensores de todo tipo, explorado todos los planetas de nuestro Sistema. Han colaborado incluso (los viejos enemigos de la Guerra Fría) en la Estación Espacial Internacional, hemos visto como los astronautas norteamericanos han usado para transportarse hasta ella lanzaderas rusas que han despegado de la base de Baikonur, en Kazajistán...

Sorprendentemente los que se están enfrentando en La Tierra están colaborando en el espacio (¿?) y parece que se han puesto de acuerdo en no explicarnos al resto de terrícolas por qué sus naves de exploración pueden llegar sin problemas hasta Alfa-Centauro (a 4,5 años luz) pero no pueden establecerse en La Luna (a 1,2 segundos luz), un objeto muerto y rocoso según nos cuentan, pero que tiene algunos minerales interesantes. Es evidente que abrir una base militar en La Luna, mirando a La Tierra, daría al país que la pusiera una ventaja estratégica evidente y que, conociendo a los que no han tenido inconveniente en arrasar varios países de nuestra querida Tierra, no creo que se lo haya impedido ninguna razón ética ni estética.

Volviendo a la pregunta que hicimos: ¿Qué diablos pasa en La Luna que está impidiendo a los humanos más militaristas, es decir, a los halcones de nuestro mundo asaltarla, tal y cómo tenían previsto? ¿Qué pudo hacer posible que norteamericanos, rusos, europeos, japoneses, canadienses y brasileños se pusieran a colaborar en el proyecto de la Estación Espacial Internacional, un proyecto de perfil bajo y que descartaran sus planes más ambiciosos?

¿Recuerdan la Ley de Inercia de Newton?: “Todo cuerpo mantiene su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas externas a él”.

Pues bien, las inercias de las grandes potencias humanas en los años 50 y 60 eran expansivas, y nos conducían directamente hacia las estrellas, partiendo del supuesto implícito de que estamos solos en el Universo y que, en consecuencia, cualquier objeto situado fuera de La Tierra estaba esperándonos hasta que llegáramos a tomar posesión de él. Pero desde 1970 hemos visto aparecer “zonas prohibidas” en nuestro hinterland más cercano, empezando por La Luna; hemos visto como la construcción de ciudades espaciales en forma de rueda orbitando alrededor de La Tierra, tal y como nos presentó la película “2001: Una odisea del espacio” (1968), y después hemos visto en otros films más recientes como “Elysium” (2013), que habían sido teorizadas por los científicos en los años sesenta como una fórmula sencilla para replicar la gravedad terrestre aprovechando la fuerza centrífuga que se produce en el interior de una rueda que gira sobre sí misma y que permitiría controlar el hábitat mucho mejor que en una base espacial en La Luna o en Marte, dónde el astro respectivo establece su propia gravedad y el contacto con su superficie y su atmósfera puede provocar una mayor disipación de calor que en una ciudad espacial; todos estos proyectos han sido abortados y hemos visto como los que iban por delante se han parado a esperar nuevos refuerzos, de viejos enemigos pero congéneres, aunque ocultando los motivos que los han conducido hasta ahí al 99,99% del resto de la Humanidad.

 Imagen promocional de “2001: Una odisea espacial”. En primer término una ciudad espacial en forma de rueda, tal y como los científicos de la época pensaban que se produciría la primera expansión de los grupos humanos por el espacio, al menos hasta que llegara a controlarse mejor la fuerza de la gravedad.

Todo esto nos lleva a concluir que La Luna tiene dueño, y que no es terrestre; que ya estaba allí antes de 1969, que nos vigila de cerca, que las clases y grupos dirigentes de las grandes potencias de La Tierra son conscientes de ello desde, al menos, los años sesenta, que la involución política y social que han diseñado dichas élites desde entonces está íntimamente relacionada con este hecho, que hay algún tipo de acuerdo -expreso o tácito- entre estas élites y sus interlocutores “extraterrestres”, que el modelo social que tales interlocutores poseen es compatible con las estructuras oligárquicas de La Tierra y que están dispuestos a ejercer algún tipo de tutela (si no vienen haciéndolo ya) sobre la especie humana, al menos en la fase de transición de ésta hacia el espacio, para que pueda ir tomando conciencia gradual del modelo de relaciones que hay en él.

Las misiones a Marte cosecharon una gran cantidad de fracasos en sus comienzos. Las nueve primeras naves que intentaron llegar allí vieron malogrados sus respectivos intentos (7 rusas y 2 norteamericanas, entre 1960 y 1969), varias de ellas durante el despegue. La primera que consiguió mandar información a La Tierra fue el Mariner 6, en 1969. A partir de entonces el número de misiones que alcanzan sus objetivos comienza a aumentar pero, todavía, pese a la experiencia acumulada, siguen presentando un alto nivel de intentos frustrados (el último de ellos, el aterrizador de ExoMars, una misión conjunta entre Rusia y la Agencia Espacial Europea, se estrelló contra la superficie del planeta el 19 de octubre de 2016).

El primer artefacto humano que consigue aterrizar en Marte y mandar información después será la sonda soviética Mars 3, que haría su primera transmisión el 2 de diciembre de 1971, aunque poco después se perdió la conexión.

Habrá que esperar hasta el 20 de julio de 1976 para que un nuevo robot se posara y comenzara a transmitir información, se trata del módulo de aterrizaje de la Viking 1 norteamericana, fabricado para que hiciera análisis biológicos y moleculares del suelo, atmósfera y mandara imágenes e hiciera observaciones meteorológicas. Se mantendrá operativo hasta noviembre de 1982. Después llegarán el Viking 2 (septiembre de 1976, réplica del anterior), el Mars Fathfinder (julio de 1997), Spirit y Opportunity (enero de 2004, el segundo aún está operativo), Phoenix (mayo de 2008) y Mars Science Laboratory (agosto de 2012, sigue operativo). Mientras tanto se han ido situando sobre el planeta diversos orbitadores de varias nacionalidades (EEUU, Unión Soviética, Rusia, Agencia Espacial Europea e India).

Como vemos, pese a todos los contratiempos sufridos, los norteamericanos vienen recibiendo información biológica y molecular del planeta Marte desde julio de 1976 (más de 30 años ya). Creo yo que es tiempo más que suficiente para haber respondido a una sencilla pregunta: ¿Hay vida en Marte? Con sólo dos posibles respuestas: o No. Que siga sin haber una respuesta formal y oficial a esta pregunta es un insulto a la inteligencia que, desde mi punto de vista al menos, no tiene ninguna explicación de tipo científico, pero sí se me ocurren muchas desde el político. Por tanto, en este caso, igual que en el de La Luna, hemos de presumir que toda la información “científica” que llega a los medios de adoctrinamiento de masas tiene que atravesar previamente filtros políticos que pueden estar tratando de impedir las posibles repercusiones sociales que tendría la noticia. Y desde este particular ángulo de visión hemos de considerar que la no respuesta ya es una respuesta, que apunta hacia una dirección muy clara: La respuesta es .

¿Qué sabemos de Marte que pueda orientarnos un poco entre la maraña de ocultaciones entre las que nos desenvolvemos? Pues sabemos que hay agua, una débil atmósfera, una gravedad más baja que la de La Tierra, unas temperaturas que, en algunos lugares y al medio día, pueden superar los 20 grados centígrados, aunque después caigan por debajo de cero y que todo apunta a que pudo existir vida en el pasado. Por tanto, como dicen en mi tierra: “blanco y en botella”. Sólo hay que sumar dos más dos para llegar a la misma conclusión que alcanzamos en el párrafo anterior. Aquella fundada en razones políticas y ésta en argumentos científicos a nivel de bachillerato.

Por otra parte observamos que el esfuerzo investigador de casi todos los países con capacidad para salir al espacio (con la notable excepción, de momento, de China) se ha volcado mucho más (desde 1972) sobre este planeta que sobre La Luna. Lo que parece apuntar en la dirección de que hay más posibilidades de intervención en él que en nuestro satélite, a pesar de que La Luna está mucho más cerca. Este dato se confirma notablemente (ahora también en el caso chino) si vemos los proyectos que todos los países tienen para el inmediato futuro (a diez años vista) y que apuntan hacia un desembarco masivo sobre el planeta rojo al que piensan unirse, además de los países que ya hemos citado, Reino Unido, Japón, Corea del Sur e Irán. Parece que Marte está empezando a ponerse a tiro y que la carrera espacial, a un ritmo mucho más lento que en los años 60, se está reanudando.

A lo largo de los últimos treinta años se han venido desarrollando investigaciones de tipo biológico en nuestro planeta que están conectadas con las misiones a Marte. Se ha colocado en el punto de mira a los organismos conocidos como “extremófilos”, es decir, todos aquellos capaces de sobrevivir en los ambientes más extremos. Y en este sentido se han descubierto seres capaces de prosperar en hábitats en los que siempre se pensó que no era posible la vida: entornos ácidos, excesivamente alcalinos, sin agua, altas presiones –tanto líquidas como gaseosas-, suelos profundos, temperaturas extremas, altos niveles de radiación, etc. Hasta el punto de que hoy podemos afirmar con absoluta rotundidad que existe vida en prácticamente cualquier lugar de La Tierra. En el ambiente más hostil que podamos imaginar siempre hay un animalito o una planta capaz de vivir y de reproducirse.

Pero las estrellas de toda esta tribu son, sin duda, los tardígrados:

“Los tardígrados (Tardigrada), llamados comúnmente osos de agua debido a su aspecto y movimientos, constituyen un filo de Ecdysozoa dentro del reino animal, caracterizado por ser invertebrados, protóstomos, segmentados y microscópicos (de 500 µm de media)[2].
[...]
Son organismos resilientes en condiciones extremófilas, con características únicas en el reino animal como poder sobrevivir en el vacío del espacio, a presiones muy altas 6000 atm[3] (la presión atmosférica en la superficie de la Tierra es de 1 atm, por lo que pueden resistir presiones atmosféricas 6000 veces superiores), pueden sobrevivir a temperaturas de -200 °C y hasta los 150°[4], a la deshidratación prolongada (hasta 10 años pueden pasar sin obtener agua)[5] [6] o a la radiación ionizante[7].
[...]
La mayoría de los tardígrados son terrestres y habitan fundamentalmente en la película de agua que cubre los musgos, líquenes o helechos, aunque también pueden llegar a habitar aguas oceánicas o de agua dulce, no habiendo virtualmente rincón del mundo que no habiten. Los adultos más grandes pueden verse a simple vista porque llegan a alcanzar un largo de 0.5 mm de media[8]. Sin embargo, los más pequeños pueden medir 0.05 mm solamente.

Son de forma ovalada o alargada, pueden entrar en criptobiosis (metabolismo reducido) y se alimentan succionando líquidos vegetales o animales además de tener células eucariotas, poseen cutícula no quitinosa aunque pueden mudar. Se conocen más de 1000 especies de tardígrados[9]. Algunos autores todavía los consideran una clase de artrópodos.
[...]
En septiembre de 2007 se lanzó la sonda espacial Foton M3 de Rusia y la ESA, y en ella fue colocado un grupo de tardígrados. Se comprobó que no solo sobrevivieron a las condiciones del espacio exterior, sino que incluso mantuvieron su capacidad reproductiva, por lo que se les considera el ser vivo más resistente. Además, pueden soportar 100 veces más radiación que los seres vivos más resistentes y pueden pasar años en un estado de hibernación sin agua, y reactivarse en cuanto se les suministre[10] [11]”.[12]

Oso de Agua (Tardígrado)

Así que resulta que tenemos como vecinos a unos animalitos que son capaces de sobrevivir en el espacio y en situaciones muchísimo más hostiles que las que puedan llegar a darse en el planeta Marte. Pero lo más interesante de todo es que viven en La Tierra desde el período Cámbrico, es decir, ¡¡desde hace 500 millones de años!! 100 millones antes que los insectos con los que, por cierto, están emparentados.

Si tenemos en cuenta las leyes de la evolución natural deberemos considerar que la resistencia que estos seres han desarrollado a todas estas situaciones extremas será debido a que, en algún momento y en algún lugar, han tenido que sufrirlas ¿no? Así pues ¿dónde pudieron –hace quinientos millones de años- sufrir las condiciones propias del espacio exterior, temperaturas que se movían en un rango entre los -200º C y los +150º C y niveles de radiación muchísimo más elevados que los que se dan en La Tierra?

Con toda esta información en nuestro poder resulta que hay científicos que siguen sosteniendo (dado que sigue sin confirmarse de manera formal por los organismos competentes) que no hay vida en Marte. Ergo hay personas eminentes que, de manera implícita, sostienen que las leyes naturales que rigen en los lugares del Universo dónde no hemos estado son justo las contrarias de las que lo hacen en los que sí hemos estado; lo que es una contradicción en sus términos, algo filosóficamente inaceptable.

El proverbial egocentrismo provinciano de la especie humana nos pone, de manera recurrente, en la tesitura de tener que optar entre el viejo paradigma de que estamos solos y que, en consecuencia, somos seres excepcionales o, por el contrario, que debemos asumir que no somos más que una gota en medio del Océano. En el siglo XVII la teoría Geocéntrica sería desbordada por la Heliocéntrica, que encajaba mucho mejor los datos procedentes de la observación empírica. En el siglo XXI, después de todo lo que ha llovido y con un bagaje acumulado de varios siglos de investigación científica a través de los cuales hemos ido viendo expandirse de manera exponencial los límites espaciales y temporales del Universo conocido, la ciencia oficial sigue aferrada en la práctica al viejo esquema mental de la excepcionalidad de la especie humana, que vive en el tercer planeta de un modesto sistema solar que se encuentra en los confines de una galaxia mediana dentro del Universo infinito.

Hemos de considerar que los astros capaces de albergar vida en el Sistema Solar, es decir, los que tienen agua y una temperatura adecuada en algún lugar de su superficie o bajo ella, así como los elementos que permitan desarrollarse la química orgánica, son varias decenas: La Tierra, Marte y diversos satélites de Júpiter, Saturno y Urano. Nos estamos refiriendo, claro está, a vida autóctona, no a bases científicas o militares de civilizaciones inteligentes, que pueden estar situadas en cualquier lugar, y no están sometidas a más restricciones que las que su tecnología no haya sido capaz aún de superar.

La Tierra desde el espacio

Si alguna civilización hubiera alcanzado el nivel tecnológico de la nuestra en un entorno de varias decenas de años-luz a lo largo de los últimos 500 millones de años es absolutamente lógico que nos haya estado observando desde ese momento, dado que nuestro mundo está mandando señales de la existencia de vida desde entonces. Y si aparentemente “no han intervenido” ha debido ser porque esa es su política, no porque no hayan podido. Es decir, que nosotros estamos aquí porque se nos ha dejado hacer.

La Tierra, de noche

Pero si había algún planeta habitado y con telescopios o radiotelescopios escudriñando el cielo en los quince o veinte sistemas solares más cercanos, que hubiera llegado al siglo XX ignorando nuestra existencia, es seguro que ya la han detectado, gracias a la feria de luz que montamos todas las noches y a la cantidad de emisiones radioeléctricas de todo tipo que estamos mandando al espacio. Seguramente habremos despertado incluso a los que estaban “hibernados”. Con tanto escándalo seguro que hemos hecho sonar todas las alarmas de nuestro cuadrante de la Galaxia. Y habrá bastado que los turistas curiosos del espacio se den una vueltecita por aquí para detectar los centenares de artefactos que hemos puesto a orbitar alrededor de nuestro planeta y de astros vecinos, lo que les habrá obligado a ponernos cámaras que nos observen, desde todos los ángulos posibles las 24 horas del día.

Ahora lo que toca es enterarse de cuáles son las normas que rigen en la Comunidad Interplanetaria de la que formamos parte para actuar en consecuencia. No creo que nos dejen posarnos en cualquier lugar sin que antes hayamos asumido qué es lo que se puede y lo que no se puede hacer.

Lo que sí es seguro es que no estamos solos; que nuestros dirigentes lo saben y que están administrando esa información para, de cara al resto de la población, reforzar su propio poder y, de cara al exterior, actuar como nuestros portavoces, sin que nadie los haya autorizado de manera explícita para hacerlo.


[1] Había que emplear combustible tanto en la aceleración como en el frenado, pero no para mantener la velocidad, que lo hacía por inercia. A 45.000 km/h La Luna está a 8 horas de distancia. Alcanzar mayores velocidades hubiera significado, tan sólo, acortar la misión en unas horas, pero a costa de incrementar los costes de la misma, dado que hubiera exigido agrandar el depósito de combustible e incrementar el peso de la nave, lo que hubiera exigido una lanzadera más potente y, en consecuencia, más cara. La velocidad que se adoptó supongo que sería la que presentaba una mejor relación coste/beneficio. En una misión a Marte la relación óptima hubiera sido otra, puesto que un incremento en los pesos del combustible se hubiera visto parcialmente compensado por una disminución del resto de suministros (alimentos fundamentalmente). Desde el punto de vista teórico el límite máximo de velocidad para una nave terrestre con la tecnología de entonces era la de la luz (300.000 km/segundo), siempre y cuando no hubiera límites para el depósito de combustible ni para el tiempo de aceleración. Podría mantenerse una aceleración constante de 10 metros/segundo2,, similar a la gravedad terrestre, hasta llegar al citado tope, esto hubiera exigido 348 días de aceleración y después otros tantos de frenado. Es obvio que para llegar a Marte no habría que haber llegado tan lejos. Para alcanzar una velocidad de 130.000 km/hora (el triple de la empleada para llegar a La Luna), que hubiera colocado a Marte a un mes de distancia, sólo habría sido necesaria una hora acelerando y después otra frenando. Al doble de velocidad (dos semanas de viaje) hubieran hecho falta dos horas.

[2] Miller, William R. (2011). «Tardigrades». American Scientist 99 (5): 384. Consultado el 30 de junio de 2014.

[3] Seki, Kunihiro; Toyoshima, Masato (29 de octubre de 1998). «Preserving tardigrades under pressure». Nature 395 (6705): 853-854. doi:10.1038/27576.

[4] Horikawa, Daiki D. (2012). Alexander V. Altenbach; Joan M. Bernhard; Joseph Seckbach, eds. Anoxia Evidence for Eukaryote Survival and Paleontological Strategies. (21st edición). Springer Netherlands. pp. 205-217. ISBN 978-94-007-1895-1. Consultado el 21 de enero de 2012.

[5] Guidetti, R. & Jönsson, K.I. (2002). «Long-term anhydrobiotic survival in semi-terrestrial micrometazoans». Journal of Zoology 257 (2): 181-187. doi:10.1017/S095283690200078X.

[6] Crowe, John H.; Carpenter, John F.; Crowe, Lois M. (octubre de 1998). «The role of vitrification in anhydrobiosis». Annual Review of Physiology 60. pp. 73-103. PMID 9558455. doi:10.1146/annurev.physiol.60.1.73.

[7] Radiation tolerance in the tardigrade Milnesium tardigradum

[8] Miller, William R. (2011). «Tardigrades». American Scientist 99 (5): 384. Consultado el 30 de junio de 2014.

[9] Chapman, A. D., 2009. Numbers of Living Species in Australia and the World, 2nd edition. Australian Biodiversity Information Services ISBN (online) 9780642568618

[10] “¡Menudos astronautas!”. Muy Interesante, 5 de septiembre de 2008. Fecha acceso 2008-09-12.

[11] K. Ingemar Jönsson, et al. (9 de septiembre de 2008). «Tardigrades survive exposure to space in low Earth orbit». Current Biology 18 (17): R729-31.