sábado, 1 de julio de 2017

Un proyecto de civilización



En el artículo anterior describimos primero los elementos naturales que han desencadenado el proceso histórico que hoy llamamos “globalización”, después las líneas maestras que han regido éste, para poder explicar después como la Península Ibérica terminó convirtiéndose, en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI), en el “motor de arranque del mundo moderno”.

Hace tiempo que bauticé al imperio que los españoles construyeron en América con la expresión “Imperio Transversal”, cuando puse de relieve que las líneas de cumbres de las cordilleras americanas se despliegan siguiendo las líneas de los meridianos, en abierto contraste con las del Viejo Mundo, que lo hacen en la de los paralelos. Este dato, como expliqué en su día[1], condiciona fuertemente los procesos históricos y les da una orientación diacrónica diferente que actúa como especie de guión que va presentándonos, de manera sucesiva, los distintos actos de las últimas fases de una obra gigantesca que llamamos “Historia Universal”.

La Península Ibérica fue, como hemos dicho, en los siglos XV y XVI “el motor de arranque del mundo moderno” y en los XVII y XVIII la bisagra intercontinental que articuló y vinculó orgánicamente al Occidente Europeo con el Nuevo Mundo y con los imperios del Extremo Oriente asiático. Otros países vinieron después para tomar el relevo y seguir escribiendo así las nuevas páginas de esta obra dramática.

Pero cuando los imperios ultramarinos de la segunda generación (ingleses, franceses y holandeses) relevaron a los ibéricos no ocuparon su misma posición estructural sino una nueva que sepultaba a la anterior como las capas geológicas más modernas se superponen sobre las más antiguas. En realidad los viejos imperios español y portugués siguen estando ahí, ocultos bajo las capas sedimentarias más modernas que los taparon en su día. Y el proceso después ha continuado. Nuevos niveles, aparecidos en momentos históricos aún más recientes, han vuelto a superponerse sobre los anteriores. Mientras la Humanidad siga construyendo, siga evolucionando, seguirá también avanzando el proceso de ocultación, de sellado, de las fases históricas precedentes.

El mundo ibérico sigue existiendo. Está vivo pero oculto bajo la superestructura política que los anglosajones han ido construyendo por encima. Británicos y norteamericanos sustituyeron a los españoles y los portugueses en sus funciones más superestructurales, en la coordinación de los flujos comerciales mundiales y en el liderazgo político planetario. Pero los imperios ibéricos conectaron con los pueblos extraeuropeos que se integraron en sus formaciones respectivas a unos niveles más profundos de lo que otros europeos eran capaces de hacerlo. Ya he descrito en muchos de mis artículos la complejidad estructural que posee la Península Ibérica, el sistema de escalonamiento de sus valles interiores y la traducción cultural que esos rasgos morfológicos del relieve -y los paisajes asociados a ellos- transmiten a sus habitantes: La respuesta multimodal española.

Por otra parte, la peculiar Edad Media peninsular nos colocó en la línea del frente de las dos franjas culturales del occidente del Viejo Mundo que chocaron durante casi mil años y nos mantuvo durante los quinientos siguientes en la línea fronteriza de las mismas. Esto tendrá consecuencias irreversibles en el proceso de cristalización cultural de nuestro pueblo. El “choque de trenes” que se produjo en el suelo ibérico en la época que denomino “Era de las invasiones africanas” (1086-1344) elevó la temperatura político-militar en la Península por encima del punto de fusión y fue capaz de soldar sus elementos constitutivos de una manera que no se ha dado en ningún otro lugar de la Tierra. La “eclosión del mundo ibérico” (1366-1517) fue protagonizada por los supervivientes de esa época terrible, que había producido una selección natural y cultural al más puro estilo darwiniano y forjado una nueva civilización que veremos en acción  por todo el mundo en la Era de los Descubrimientos Geográficos.

Los países que crearon los imperios ultramarinos de la Segunda Generación (Inglaterra, Francia y Holanda) tienen un paisaje mucho más homogéneo, mucho más simple desde el punto de vista estructural y su historia es muy diferente de la nuestra. Hemos de reconocer que, tanto en el caso francés como en el holandés, los españoles ayudamos bastante a elevar su “temperatura de fusión” y replicar en ellos una parte de nuestras características culturales a través de los asedios a que los sometimos desde la “camisa de fuerza francesa”, pero estamos hablando de un proceso de doscientos años en el caso francés (a los que habría que sumarles el “asedio inglés” de la Guerra de los Cien Años) y de un siglo escaso en el holandés.

Cuando recordamos el “trauma” que a los ingleses les produjo la Armada Invencible y vemos la cantidad de libros y de documentales que ha producido, con toda una mitología asociada, no podemos dejar de esbozar una sonrisa. ¿Se imaginan en Inglaterra una invasión de la envergadura de la de los almorávides o de los almohades? ¿Se imaginan el juego que la fábrica de propaganda anglosajona le hubiera sacado a la batalla de Sagrajas o Las Navas de Tolosa? En el país del rey Arturo o de Robin Hood ¿Qué podrían haber hecho con un Alfonso VI, Alfonso I el Batallador, Fernando II de Aragón, Alvar Fáñez, Gerardo Sempavor, Ib Mardanis, Al Motamid, Abderramán I, Bernardo del Carpio, Sisnando Davídiz, Rodrigo Díaz, Ambrosio Bocanegra...?

Creo que podemos poner a los ingleses como ejemplo de “fusión en frío” frente a la “fusión en caliente” ibérica. Bueno, llamémosle mejor “fusión templada”, porque si no nos quedaremos sin adjetivos para describir la norteamericana, que tendríamos que denominar “gélida” o con algún otro término equivalente.

Hay un contraste brutal entre los procesos de cristalización cultural que se produjeron en Inglaterra y en la Península Ibérica. También en las características del relieve de ambos países, en la climatología y en el paisaje. Ambos espacios geográficos estaban llamados, por su propia posición periférica dentro del contexto europeo, sus relativas insularidades y su fuerte proyección atlántica, a liderar la expansión “eurífuga” del Extremo Occidente del Viejo Mundo sobre los espacios trasatlánticos y, a su través, sobre el resto de mundos remotos. Este proceso debía producirse cuando se alcanzase el nivel tecnológico correspondiente y la situación política estuviera madura.

La Península Ibérica, además, estaba condenada a ser la pionera porque se hallaba situada en una zona de transición ecológica (lo que no ocurre en el caso inglés), fenómeno que -como vengo diciendo desde hace tiempo- acelera la evolución de los procesos históricos y genera brutales tensiones políticas, militares y culturales. Este hecho, sumado a la compleja orografía de nuestro país que funciona como un verdadero amplificador cultural, dotándole de una formidable profundidad estratégica y, por si lo dicho no fuera suficiente, la rotación de los vientos atlánticos, que facilita la navegación a vela desde nuestras costas suroccidentales en dirección suroeste, que nos empuja directamente hacia las dos puertas de la “Autopista de los Alisios” (Canarias y Madeira) y nos convierte en el disparadero del cañón mediterráneo.

La Islas Británicas, más llanas que nuestro país, con un paisaje uniforme, más insulares todavía y mucho más septentrionales (es decir, situadas mucho más lejos del meollo de los frentes de combate del Viejo Mundo), situadas en el extremo noreste del “8” que forman los vientos atlánticos, estaban llamadas a hacer de antena receptora de los rebotes de los flujos navales creados por los ibéricos en el Nuevo Mundo. El símil, para los que estudiamos -hace ya tiempo- la electrónica de las válvulas de vacío, sería que la Península Ibérica hacía la función de “cátodo” (electrodo emisor) y las Islas Británicas el de “ánodo” (electrodo receptor) de una corriente que atraviesa el Atlántico en un viaje de ida y vuelta. En resumen: los ingleses se aprovechan del “rebote” de los flujos creados por los ibéricos y recogen los frutos del trabajo ajeno. De ahí a considerar que la divinidad los ha elegido para dirigir el mundo sólo hay un paso conceptual. Aunque, claro, Dios no los hubiera elegido si los españoles -antes- no hubieran hecho su parte del trabajo.

El mecanismo descrito convierte a los británicos, como hemos visto, en los beneficiarios indirectos del trabajo de los pueblos ibéricos, catapultándolos hacia la cúspide de los flujos comerciales planetarios y convirtiéndoles en los administradores supremos de los mismos, lo que sentará las bases históricas para la construcción del Imperio Británico.

El proceso histórico seguirá su curso y las clases dominantes españolas, que se habían puesto al servicio en la profunda Edad Media de los dos poderes universales (Papado e Imperio), canalizando el impulso expansivo-convectivo que estaba surgiendo desde el fondo de la sociedades ibéricas y que estalló en los siglos XV y XVI, proyectándose sobre el telón de fondo del Continente Transversal, se autoasignarán la función de mantener el vínculo entre los mundos ultramarinos y la Torre de Marfil europea, asumiendo la función de capataces del Imperio europeo, cabalgando sobre la sociedad más compleja (desde el punto de vista estructural, por las razones que expusimos al comienzo) de la Ecúmene Europea, llegó un momento en el que se sintieron incapaces de seguir liderando el proceso, por falta de ambición y de proyecto político, y la complejidad del mismo los apartará del camino, poniendo al frente de éste a un núcleo dirigente que había ido alimentándose, aprendiendo y creciendo a la sombra del poder español.

Pero los anglosajones, en su doble vertiente tanto británica como norteamericana, desempeñan un rol diferente al de los españoles y no pueden sustituirlos más que de manera parcial. Son unos especialistas que se han adueñado del puente de mando y después se han puesto a subcontratar las funciones auxiliares. El secreto de su éxito se basa en la segmentación y externalización de las tareas. Puro capitalismo. Como los darwinistas sociales del siglo XIX, conciben el conjunto como una serie de partes que compiten entre sí y se van desplazando unas a otras en una lucha por la supervivencia del más apto, en una jungla tecnológica en la que lo determinante, en última instancia, es el beneficio económico en su vertiente más monetarista.

Su estrategia, vista desde el lado español, es oportunista, cortoplacista, economicista, mecanicista..., tiene un tempo de desarrollo mucho más acelerado que el de la civilización ibérica y, además, fecha de caducidad muy corta. Los anglosajones han derrotado a los ibéricos... que jugaban en su misma frecuencia (es decir, a sus clases dominantes), porque son los mayores especialistas de su juego capitalista. No tienen competencia jugando al “monopoly”. Pero el mundo ibérico, como dije hace años, es multimodal y tiene una resiliencia formidable, posee una extraordinaria profundidad estratégica y un tempo de desarrollo mucho más lento. Es un enemigo correoso, que teje una malla defensiva compleja que va enredando a su adversario despacio y lo va frenando hasta que consigue darle la vuelta a la situación.

Las nuevas inglaterras (Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, hasta no hace tanto las propias Sudáfrica y Rhodesia del Sur) tienen fechas de caducidad (Inglaterra es diferente porque juega en su ecosistema natural, con su población originaria y, en consecuencia, tiene una vinculación ecológica con su propio territorio de la que carecen sus descendientes culturales extraeuropeos). Pero la superestructura de poder mundial anglosajón es mucho más frágil que cualquiera de sus partes por separado y su hundimiento se está produciendo ya. Lo estamos contemplando en vivo y en directo.

El mundo anglosajón tiene una naturaleza mucho más efímera que el ibérico, por varias razones:

La primera de ellas es porque es muy dependiente de su superestructura política y económica. Serán fuertes mientras su cúpula dirigente lo sea. Llevan más de doscientos años viviendo a la sombra de sus dos imperios: el viejo (el británico) y el nuevo (el norteamericano). Su debilitamiento tendrá profundas repercusiones sociales, algunas de las cuales estamos viendo ya.

La segunda es que su identidad se ha soldado en frío, en plena expansión política y militar, con el viento a favor. Los pueblos que han ido apareciendo en las áreas geográficas extraeuropeas del Imperio Británico surgieron para administrar o explotar las riquezas de esas zonas. No se mezclaron con los nativos ni con los deportados que trasplantaron allí durante el proceso. Los anglosajones extraeuropeos apenas sufrieron en esa expansión político-militar y, además, tuvieron mucho cuidado en no contaminarse con la sangre de los que sí lo habían hecho como consecuencia de sus actos. Su red de solidaridades sociales está montada para sacar el máximo provecho posible a las oportunidades que se presenten. No está pensada para encarar la adversidad. Se romperá como consecuencia de las derrotas que sufran por el camino y, como buenos oportunistas, buscarán entonces nuevas alianzas en función de la correlación de fuerzas que se dé en cada momento.

La tercera razón es que los anglosajones extraeuropeos más que verdaderos pueblos son coaliciones de diferentes grupos humanos en diverso grado de integración. Estamos hartos de ver como llaman “irlandeses” o “italianos” a individuos cuyos antepasados llevan viviendo cuatro o cinco generaciones en territorio norteamericano y que, incluso, han emparentado por el camino con familias netamente anglosajonas; individuos que, además, han combatido en varias guerras defendiendo la bandera de las barras y las estrellas. Como dije hace tiempo:

“En realidad lo que han hecho [los norteamericanos] ha sido redistribuir los excedentes demográficos europeos por toda la geografía de su país. Por el camino se han ido transmutando, han ido reduciendo su identidad colectiva al mínimo común denominador compartido de todos los pueblos que han alimentado sus flujos migratorios. Han mantenido la lengua como uno de esos elementos que los unen porque las de los inmigrantes eran muy diversas y porque cada uno de esos grupos étnicos se ha diluido por todo el territorio norteamericano. El inglés era la lingua franca que todos tenían que aprender para entenderse con los otros y como al final buena parte de esos inmigrantes se casaban con personas de una procedencia étnica distinta de la suya, dejaban de hablar su lengua materna en su familia de destino. Esa es la manera de construir un pueblo compuesto por personas que van distanciándose rápidamente de sus raíces culturales, rodeados por otras personas que han tenido que hacer lo mismo y que han perdido referentes, refranes, gestos, cuentos, leyendas, sabores, sagas familiares… todo lo que amaron en su infancia, lo que les hacía sentirse seguros, sentirse ellos mismos. Han simplificado su universo cultural, que cede así protagonismo ante los elementos más superficiales y más materiales de su existencia.”[2]

Los propios norteamericanos usan la expresión “melting pot” para referirse a esa peculiar manera de relacionarse que mantienen entre sí, en función de sus orígenes geográficos respectivos. Se ve que no basta compartir nacionalidad, lengua e, incluso, raza, para que consideren que formas parte del grupo. La identidad de procedencia de cada cual es muy importante y es capaz de “atravesar el tiempo” y sobrevivir durante varias generaciones.

La estructura de capas creada por los británicos para gestionar la diversidad -tanto racial como cultural- de su imperio les permitió en su día expandirse rápidamente por el mundo sin mezclar sus elementos constitutivos. La repugnancia anglosajona ante los procesos de mestizaje creó una sociedad de castas, el estilo del Antiguo Régimen europeo, trasladando hacia el futuro la resolución de los conflictos que una sociedad tan clasista y tan multirracial creaba de manera natural. Ese futuro se ha convertido en presente y ha ido aflorando a lo largo de los siglos XIX y XX.

Antes hice una referencia a Sudáfrica y a Rhodesia del Sur, metiéndolos en la lista de las “nuevas inglaterras”. Es evidente que esa denominación, para estos dos países, hoy ya carece de vigencia, pero sus respectivos procesos históricos nos pueden ilustrar bastante acerca de la problemática que arrastran estas sociedades y de las dificultades que encuentran a la hora de gestionar su propia diversidad. En el futuro veremos reproducirse otros casos semejantes, cada cual desde luego con sus propios matices diferenciales, en el resto de países que agrupé bajo ese epígrafe.

Durante buena parte del siglo XX la sociedad norteamericana ha sido (todavía lo es) la vanguardia tecnológica del mundo globalizado. Y ha liderado también el proceso de interiorización cultural de todos los avances técnicos que se han venido produciendo. Hemos visto a su sociedad transformarse de manera acelerada y exportar después ese modelo hacia el resto del mundo. Una sociedad puede evolucionar de muchas maneras, y una de ellas es centrarse en los elementos más materiales de la existencia como hemos visto. Todo se compra y se vende. Evolucionar significa, para ellos, inventar máquinas cada vez más sofisticadas y sumergir el alma humana en su jungla tecnológica. Significa vigilar cada rincón del espacio en el que se desenvuelven, como el “Gran Hermano” de “1984” y convertir a cada persona en un especialista de la tarea que se le ha encomendado, haciéndole olvidar todo lo demás. Han convertido a los hombres en objetos que están siendo controlados y dirigidos por unas máquinas cada vez más inteligentes que los abducen, haciéndoles olvidar que la función del pensamiento es la más específicamente humana de todas las que poseemos.

Mientras evolucionan en sentido tecnológico, involucionan en sus funciones cognitivas, simplifican y degradan su sistema de relaciones, criminalizan la vida cotidiana, multiplican el número de presos, de cárceles y de carceleros. Fabrican inmensas bases de datos en las que queda registrado todo lo que ocurre, cada foto, cada grabación de las cámaras que nos vigilan por las calles, cada desliz que pudimos cometer en el pasado, para recordárnoslo el día en el que mostremos algún signo de rebeldía. Y mientras ocurre todo esto los humanos se expresan en términos cada vez más primarios, más instintivos. La gente cada vez grita más y lo hace más alto. El nivel de agresividad y de miedo no deja de aumentar. Mientras los sistemas de control no dejan de perfeccionarse, la red de lealtades sobre la que descansa toda sociedad digna de tal nombre se debilita por momentos. El miedo mata las solidaridades humanas y convierte en enemigos a nuestros vecinos.

Volviendo al hilo de nuestra historia recordamos que estábamos comparando dos procesos culturales enfrentados: el anglosajón frente al ibérico. De la enumeración que hemos hecho de las características de uno podemos, en cierta forma, inferir de manera implícita la del que compite con él.

Primero hablamos de la fusión en caliente ibérica frente a la templada británica y la fría norteamericana. Hace tiempo que venimos sosteniendo que la Civilización Hispana cristalizó, en términos culturales, durante la época de las “invasiones africanas” (1086-1344). Desde entonces ha llovido bastante. Durante esos 258 años nuestro pueblo contuvo, en términos militares y, también, políticos y culturales, tres poderosas invasiones (almorávides, almohades y benimerines). Las dos primeras debieran figurar en la lista de las más potentes que hayan tenido lugar en Europa a lo largo de su historia. Si no ha sido así es porque fueron frenados en seco en nuestro país y, en consecuencia, el resto de pueblos europeos, situados a retaguardia, no llegaron a ser conscientes del peligro que tenían ante sí. Para situarnos en ambiente les mostraré algunos mapas históricos que estoy seguro que sorprenderán a algunos:

Imperio Almorávide


Imperio Almohade


Imperio Meriní (benimerines)

Como dije hace tiempo, la gente suele creer que los musulmanes invadieron España una sola vez (la del 711). Pero esa primera invasión, comparada con las que acabo de mostrarles, fue un juego de niños. El número de combatientes que entraron en España en 1086 multiplicó por varios dígitos al del 711 y los almohades, a principios del siglo XIII llegaron a situar en nuestro país el ejército de ocupación (en términos relativos, dada la población que había en nuestro país), con diferencia, más masivo de toda nuestra historia. Repito ¡¡de toda nuestra historia!!

¿Por qué aguantaron tales embestidas nuestros antepasados? Pues sencillamente porque llovía sobre mojado, porque esta vez no les pilló por sorpresa y se habían estado preparando para ellas durante varios siglos. En realidad la historia de la Península Ibérica desde el 711 hasta el 1344 nos recuerda a la famosa película del “Día de la Marmota”. La misma historia se repite de manera cíclica, con un siglo de distancia temporal, más o menos, entre una y otra, consiguiendo hacer que lo que al principio sorprendía, se terminara grabando en el subconsciente colectivo y acabara provocando respuestas automáticas en toda la estructura social. La gente ya sabía lo que tenía que hacer cuando volvía a suceder.

La Historia de España entre 711 y 1344 es una sucesión de ofensivas musulmanas y contraofensivas cristianas, siguiendo un modelo cíclico que, visto desde el lado cristiano, describí hace tiempo:

·         Fase 1: Repliegue general hacia las líneas de resistencia posibles, para contener el avance de los invasores.
·         Fase 2: Encastillamiento. Consolidación de las líneas de defensa.
·         Fase 3: Hostigamiento paulatino a los puestos avanzados de sus enemigos y a los grupos que se han quedado momentáneamente desconectados, para ir tomando el pulso a la consistencia real del adversario.
·         Fase 4: Recuperación de los espacios que su adversario no es capaz de defender de manera eficaz. Presión en todos los frentes que obliga a éste a sostener un costoso dispositivo militar cuyo mantenimiento se vuelve cada vez menos sostenible.
·         Fase 5: Ofensiva general. Cuando se rompen las líneas del oponente. Fusión de los diferentes estados en unidades políticas mayores.[3]

El volumen de combatientes que participaba en cada nuevo ataque y/o contraataque no dejó de incrementarse en cada nuevo ciclo. El punto de inflexión lo marcará la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), la más masiva de toda la Historia de España, y una de las más masivas de la historia europea.

Después de 1212 los musulmanes, sencillamente, ya no podían movilizar a más combatientes sin cambiar, de manera profunda, su modelo social. Era una sociedad muy jerarquizada y clasista, bajo ningún concepto estaban dispuestos a armar y adiestrar a su propio campesinado, que era lo único que podían hacer para contener el aluvión que se les venía encima desde el norte.

Las invasiones norteafricanas en la Península Ibérica empezaron a producirse cuando los cristianos del norte peninsular quebraron el poder militar andalusí, a lo largo del siglo XI, a partir de la Revolución Cordobesa de 1009. En ese momento cayó el Régimen Amirí (977-1009), que representa la fase más violenta y autoritaria del Califato de Córdoba (929-1031). El más sanguinario de los dirigentes de este régimen, Muhammad Abi Amir (al que los cristianos llamaron Almanzor), lanzó en un período de 25 años (977-1002) 56 campañas guerreras contra el norte peninsular, saqueando todas sus ciudades, esclavizando a decenas de miles de personas, incendiando campos, llevándose toda la riqueza que pudiera ser transportada y desestructurando socialmente a los territorios más expuestos desde el punto de vista militar.

Como consecuencia, en esas áreas más expuestas (el Condado de Castilla y las tierras de la Extremadura altomedieval, que no debemos confundir con las que hoy reciben esa denominación) surgirá un nuevo modelo social que será el que, con el tiempo, termine barriendo el poder andalusí y, más adelante, todas las estructuras de poder musulmanas de la Península Ibérica, aunque estuvieran respaldadas por sus correligionarios del otro lado del Estrecho. Es entonces cuando apareció el mundo de la frontera, que ya describí hace tiempo[4] y que aporta una gran novedad histórica a la que sólo un puñado de historiadores han hecho referencia: La democracia municipal de la Extremadura medieval española

Como estamos hablando de la profunda Edad Media todo el mundo da por supuesto que aquella era una sociedad feudal. Pero si les dijera que en los municipios de la Extremadura (llamados “concejos”) se elegían en asambleas abiertas en la plaza del pueblo a los alcaldes, a los jueces, a los comandantes del ejército y se reclutaban, entre los campesinos del lugar, a las milicias ciudadanas que durante la Plena y la Baja Edad Media aportaron, según las épocas y las coyunturas, entre el 60% y el 80% del volumen total de combatientes que plantaron cara a todos estos invasores. Si les contara que en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) participaron el 10% de todos los varones adultos del reino de Castilla (45.000 hombres, de un país de 2 millones de habitantes), tal vez pudieran empezar a entender por qué una vez superada esta época oscura el mundo ibérico estallaría, abriría la época de los Descubrimientos Geográficos, cruzaría los mares y se repartiría por el resto del planeta, cambiando para siempre la Historia de la Humanidad.

El mundo ibérico se forjó en medio de la adversidad, plantándole cara a poderosos adversarios, y fue la sociedad, no el estado, la que se puso al frente de esa lucha, la que fue empujando hacia el sur las líneas del frente, la que atravesó los mares, se mezcló con los pueblos de ultramar y se fusionó con ellos, convirtiéndose en la levadura de una nueva sociedad cuyo impulso vital desencadenaría un proceso que terminaría cambiando todas las relaciones de poder del planeta Tierra.

Sobre el proceso histórico desarrollado por el Imperio Español en América se han publicado miles de libros que lo han presentado desde todos los puntos de vista posibles. Pero yo quisiera poner el énfasis en la evolución de las variables demográficas a lo largo del tiempo, porque más allá de las valoraciones morales o políticas, a las que tan aficionado es un sector importante de la bibliografía, si queremos entender lo que está pasando, lo idóneo es ponerse a estudiar los datos objetivos y mensurables:

“El número total de blancos, en el conjunto del Virreinato de la Nueva España, era de 63.000 en 1570, 600.000 en 1759 (240 años después de la llegada de Cortés a México) y de un millón en 1800. Se estima que la población indígena era de unos 10 millones de habitantes en el siglo XVI, 8 en el XVII, 7 en el XVIII y 3,5 en el XIX. Los mestizos, por su parte son 1,5 millones a principios del siglo XIX. Los negros nunca sobrepasaron la cifra de 20.000. En 1800 la población de la España peninsular era superior a la población total de este virreinato y no demasiado inferior a la suma de todos los habitantes de los virreinatos americanos del Imperio español.

Como comparación diremos que la población de las trece colonias inglesas que terminarían dando origen a los Estados Unidos de Norteamérica tenían 210.000 habitantes en 1690 y 2.121.376 habitantes en 1770 -de los cuales 1.664.279 eran de raza blanca (78,5 %) y 457.097 de raza negra (21,5 %) y esclavos en su inmensa mayoría. (http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/1637.htm 26/1/2009)-. Detrás de la poderosa expansión demográfica de este país no sólo se encuentran los disidentes religiosos ingleses de los siglos XVII y XVIII, sino buena parte de los excedentes de población de todo el continente europeo, así como gran cantidad de negros africanos obligados a cruzar el Atlántico y a trabajar para los aristócratas blancos instalados en los territorios más meridionales de aquellas colonias. Podemos decir que tenían a todo un continente detrás. Esta potencia expansiva imprimió un ritmo vertiginoso a los procesos históricos que tuvieron lugar en Norteamérica, creando una sociedad con un “tempo histórico” más acelerado.”[5]

[...]

“El avance de los cristianos por la Península Ibérica fue un proceso de acumulación de fuerzas. El de los españoles en América la continuación de ese impulso medieval. Es un crecimiento vegetativo, endógeno, de replicación biológica. Tiene su propio ritmo que no viene marcado por sucesos ajenos. Los 63.000 blancos que había en la Nueva España en 1570 eran 600.000 en 1759 (casi 200 años después). Seguían siendo pocos, pero se habían multiplicado por diez. Eso sí, en 200 años, pero en fase de Antiguo Régimen demográfico. Durante ese tiempo habían estado recibiendo refuerzos peninsulares, pero eso era una lluvia fina que aportaba unas decenas de miles de habitantes en cada generación y no provocaba cambios significativos en el tejido social.

Una parte importante de los 600.000 de 1759 descendían de los 63.000 de 1570. ¿Cuántos de los 2,1 millones de norteamericanos de 1770 descendían de los 210.000 de 1690? ¿Cuántos de los 300 millones actuales descienden de esos 2,1 de 1770? Durante varios siglos los anglos se supone que han tenido un crecimiento demográfico espectacular, muy superior al de los hispanos. En realidad lo que han hecho ha sido redistribuir los excedentes demográficos europeos por toda la geografía de su país. [...] El mundo anglosajón se extendió por América de esa manera. [...] Poco a poco, conforme fue avanzando el siglo XX, el impulso migratorio europeo se fue secando y fue siendo reemplazado por el de pueblos de otras procedencias geográficas: asiáticos e iberoamericanos fundamentalmente. Los primeros vienen de países más lejanos tanto desde el punto de vista geográfico como desde el cultural, y entre ellos también hay grandes diferencias. Pero los iberoamericanos son sus vecinos del sur desde hace siglos [...] están más cerca de su casa y se expresan todos en el mismo idioma.”[6]

Un poco más arriba he dicho que en la Edad Media española fue la sociedad, no el estado, la que sostuvo la presión militar en las líneas del frente. Presión militar que era la traducción de la presión demográfica que había por detrás y, también, de una verdadera revolución social que estaba teniendo lugar en “el mundo de la frontera”. Ese proceso continuará al otro lado del mar después de 1492:

“El descubrimiento y conquista del continente americano [...] tuvo lugar de una manera muy diferente a las llevadas a cabo por el resto de pueblos colonizadores. Lo primero que hay que resaltar es que la iniciativa siempre la llevó la sociedad: Recordemos cómo se produjo éste: un individuo particular -que ni siquiera era súbdito de los reyes de España- se presenta en la corte con un proyecto que, supuestamente, abrirá a la conquista española un nuevo continente. Y pide a cambio financiación, exclusividad, respaldo político y señorío sobre las tierras que descubra y conquiste, para él y para sus descendientes. [...] Esta primera negociación colombina con los monarcas sirvió de patrón a las que vinieron después. En las siguientes, un particular propone a estos explorar y conquistar una región determinada del continente, en nombre del rey. En el compromiso quedan reflejados unos límites geográficos y también temporales para llevar a cabo la conquista. El individuo en cuestión se responsabiliza, además, de la financiación y el reclutamiento de los hombres necesarios para llevar a cabo el proyecto. La aportación económica suele correr a cargo de socios capitalistas, que asumen un riesgo elevado a cambio de una expectativa de negocio igual de elevada. A la corona le sale prácticamente gratis la conquista y libre, además, de quebraderos de cabeza. Y sin embargo obtendrá, por el hecho de haber autorizado la operación, el derecho a nombrar funcionarios que verifiquen el cumplimiento de lo pactado y cobren el “quinto real” de todos los beneficios. El negocio más redondo es, obviamente, el de los reyes.

En la aventura americana la corona siempre fue por detrás, recogiendo los frutos del esfuerzo de miles de hombres de acción que vieron en ese continente una Nueva Frontera, al estilo de la que habían conocido en la Península Ibérica pero mucho más blanda y dilatada. Acostumbrados a batirse con enemigos implacables, no les resultó difícil ponerse al frente de vastas coaliciones indígenas para derribar a los grandes imperios prehispánicos. Guerreros natos, maestros de la improvisación y de la adaptación a los medios más diversos y acostumbrados a vivir sobre el terreno, parecía que la “Reconquista” hubiera sido un ejercicio de entrenamiento diseñado expresamente para preparar el asalto al Nuevo Mundo.”[7]

Vemos, por tanto, como las iniciativas de carácter expansivo, en el mundo hispánico, siempre parten de abajo, vienen del fondo de la sociedad. Es, como dije hace tiempo, una fuerza convectiva y endógena. Por detrás viene el estado, intentando canalizar ese impulso vital. El mismo estado que, desde hace casi mil años, ha mantenido una alianza estratégica con la cúpula de la superestructura del Occidente Europeo: Los dos poderes universales en la Edad Media (Papado e Imperio), Francia durante el siglo XVIII, La Santa Alianza en la primera mitad del siglo XIX... etc. y la Unión Europea y la OTAN a día de hoy (a este lado del Atlántico). La OEA y otras instituciones paralelas en su orilla occidental.

El papel histórico de las clases dominantes en el mundo hispano ha sido el de “capataces del Imperio”, como las llamé hace tiempo[8]. Llevan desempeñando esa función desde hace casi mil años, en concreto desde que fue coronado en Castilla el primer borgoñón, Alfonso VII Raimúndez (1126), y en Portugal Alfonso I Enríquez (1139), primo suyo (recordemos que los borgoñones llegaron a España de la mano de los cluniacenses, monjes que traían un plan que había sido diseñado en Roma para romper la estrategia “santiaguista” de los reyes de León[9]. Américo Castro los llamó los “ingenieros sociales” de la Edad Media española). Esa política se reforzó bastante con la llegada al trono de los Habsburgo (1517) y todavía más con la de los borbones (1701) ¿Captan ahora por qué los españoles somos probablemente el pueblo europeo que peor conoce su propia historia?

Y, sin embargo, esa superestructura política nunca fue capaz de frenar el despliegue de la Civilización Hispana por el mundo. Esa poderosa fuerza convectiva que surge desde abajo y que ha cambiado la Historia de la Humanidad. Recordarán que también hablé, hace tiempo, de la “dualidad esencial de la sociedad española”[10], de esa tensión interna entre la España real y la oficial, de un proyecto de civilización grabado a fuego en el subconsciente colectivo, sepultado y contenido tras los discursos de una clase dominante que repite, como un papagayo, las modas, las apariencias y los lugares comunes que nos llegan desde el norte, de más allá de los Pirineos.

Ya vimos como a principios del siglo XIX esas clases se pusieron a las órdenes de los ejércitos napoleónicos[11] y fueron las nuevas milicias populares, llamadas ahora “guerrillas”, las que expulsaron a los invasores, como en la Edad Media, como en la Guerra de sucesión española (1701-1713). Pero esa traición de los dirigentes quebró la estructura de poder imperial, y se llevó por delante al Imperio Español (que los grandes poderes europeos ya daban por amortizado desde la Guerra de los Treinta Años), sustituido por un puñado de repúblicas independientes que abrirían una nueva etapa en el desarrollo de la Civilización Hispana. No era la primera vez que los dirigentes rompían la unidad política en plena ofensiva de los ejércitos enemigos. Ya pasó tras la muerte de Alfonso VI (1109), en plena ofensiva almorávide, y tras la de Alfonso VII (1157), en la de los almohades.

Durante los siglos XIX y XX hemos visto hemos visto a los anglosajones aprovechar el hundimiento de la estructura política del Imperio español para lanzar una ofensiva general contra el mundo hispano. Pero, también, como las fuerzas populares han empezado a reconstruir las líneas de defensa, siguiendo un patrón de respuesta cultural atávico, que he descrito en algunos de mis artículos[12]. No todo está perdido, ni muchísimo menos. El mundo ibérico tiene, como ya dije, una extraordinaria profundidad estratégica y una formidable resiliencia. Y está articulando, de facto, una respuesta continental convectiva, que viene desde el fondo de la sociedad y que, si tenemos en cuenta los antecedentes históricos que hemos esbozado brevemente, tiene un gran recorrido –todavía- por delante.



Una respuesta convectiva y multimodal, de ámbito continental, surgida en el corazón del “Continente Transversal”. Tres elementos que, juntos, vienen a ser algo así como la fórmula de la Nitroglicerina. Es una mezcla explosiva (como la ibérica del siglo XV) diseñada para vertebrar el resurgimiento de un nuevo estallido cultural y político. La culminación de un proyecto de civilización universal, es decir, supraplanetario.


[4] Los hombres de la frontera” ( http://polobrazo.blogspot.com/2012/03/los-hombres-de-la-frontera.html ) y “Un siglo trascendental” ( http://polobrazo.blogspot.com.es/2015/01/un-siglo-trascendental.html )

[5]“El despliegue continental”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/12/el-despliegue-continental.html