martes, 1 de junio de 2021

Memoria del exilio

 

Se calcula que unos 465.000 españoles cruzaron la frontera francesa como exiliados a lo largo de la Guerra Civil española o los primeros meses de la Postguerra. A los que hay que sumar los 13.000 que se dirigieron a las colonias francesas del norte de África y muchos miles más que se fueron por mar hacia países americanos o hacia la Unión Soviética.

Mientras tanto otros centenares de miles fueron hechos prisioneros y, tras sufrir juicios sumarísimos, serán fusilados o internados en campos de concentración por todo el país. Carlos Hernández de Miguel ha hecho un inventario de los mismos, y enumera en su libro Los campos de concentración de Franco[1] a 296, detallando su ubicación concreta, el número aproximado de internados y el período durante el que permanecieron abiertos. En dicha obra llega a la conclusión de que por ellos pasaron entre 700.000 y un millón de personas. En un país de 25 millones de habitantes.

La Guerra Civil mató, al menos, a medio millón de españoles, la mayoría de ellos civiles, exilió a otros tantos e hizo pasar por campos de concentración a casi un millón de personas. Esas son las terribles y frías cifras de este conflicto fratricida. Por eso sigue siendo aún un tema tabú en nuestro país.

Hoy hablaremos de los exiliados, de los que tuvieron que abandonarnos, contra su voluntad, como consecuencia de ella.


Severo Ochoa, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano y Rosa Chacel

 

La fuga de cerebros

Esta es una breve relación de algunos de los más destacados intelectuales que abandonaron España en el Exilio Republicano. Una verdadera fuga de cerebros que hizo retroceder en el tiempo a nuestro país de manera brutal hacia el Antiguo Régimen, hacia “La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía” como diría Machado y que ha lastrado nuestra historia desde entonces:

 

Biólogos:

·         Severo Ochoa (Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959)

·         Enrique Rioja Lo Bianco

Físicos:

·         Blas Cabrera

·         Arturo Duperier Vallesa

Químicos:

·         Francisco Giral González

·         Enrique Moles

Matemáticos:

·         Lorenzo Alcaraz

·         Enrique Jiménez González

·         Ricardo Vinós Santos

Ingenieros:

·         Francisco Rived Revilla

·         Emilio Herrera Linares

Astrónomos:

·         Pedro Carrasco Garrorena

·         Marcelo Santaló

Oceanógrafos:

·         Odón de Buen

Oftalmólogos:

·         Manuel Márquez Rodríguez

Economistas:

·         Antonio Sacristán

Escritores:

·         Rafael Alberti

·         Manuel Altolaguirre

·         Manuel Andújar

·         Max Aub

·         Manuel Azaña

·         Arturo Barea

·         José Bergamín

·         Clara Campoamor

·         Luis Cernuda

·         Rosa Chacel

·         Ernestina de Champourcín

·         Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura en 1956)

·         María Teresa León

·         Antonio Machado

·         Paulino Massip

·         Margarita Nelken

·         Emilio Prados

·         Mercè Rodoreda

·         Pedro Salinas

·         Ramón J. Sender

Cineastas:

·         Luis Buñuel

Pintores:

·         Óscar Domínguez

·         José Gausachs

·         Maruja Mallo

·         Pablo Ruiz Picasso

Historiadores:

·         Claudio Sánchez Albornoz

·         Juan Antonio Ortega y Medina

·         Wenceslao Roces

Filólogos:

·         Américo Castro

·         Tomás Navarro Tomás

Pedagogos:

·         José Castillejo

·         Lorenzo Luzuriaga

Filósofos:

·         Juan David García Bacca

·         Eduardo Nicol

·         Adolfo Sánchez Vázquez

·         María Zambrano

Ensayistas:

·         Anselmo Carretero

Músicos:

·         Pau Casals

·         Manuel de Falla

Profesores:

·         Fernando de los Ríos

 

Buena parte de las personas que componen esta lista son desconocidas para los españoles, pero cuentan con un prestigio indudable en los países en los que fueron acogidos. Varios centenares de miles de ellos más -soldados, sindicalistas, militantes sociales y políticos, personas comprometidas con su pueblo- los acompañaron, y transmitieron después sus conocimientos y sus vivencias a los países que los acogieron. Los exiliados republicanos fueron levadura en México, Argentina, Chile, Venezuela, República Dominicana… o en los propios Estados Unidos. Y pasaron a formar parte del núcleo duro de la resistencia francesa contra el fascismo. Serán también la punta de lanza, la fuerza de choque, del ejército de la Francia Libre del General de Gaulle.

  

El exilio francés

A lo largo de la Guerra Civil se fue produciendo un goteo ininterrumpido de exiliados que fueron llegando a Francia de manera paulatina.

“Bartolomé Bennassar señala que cerca de 10.000 ciudadanos del País Vasco[2] huyeron por carretera hacia Francia. De Cataluña salieron muchos refugiados por vía marítima hacia Marsella y Génova así como a pie por los Pirineos, evitando la vigilancia de milicianos y carabineros. En conjunto, se calcula que entre 30.000 y 35.000 refugiados de Cataluña llegaron a Francia o Italia entre julio de 1936 y finales de 1938[3].

Las operaciones militares en el llamado frente del Norte, que vieron progresar a las unidades franquistas desde Vizcaya hacia Santander en la primavera de 1937 provocaron una nueva oleada de miles de exiliados, con una parte significativa de niños, hacia Burdeos, La Rochelle y Lorient. En 1938, tras la batalla de la bolsa de Bielsa y la retirada de la 43ª División del Ejército Popular, tuvo lugar un nuevo desplazamiento de personas en Aragón que se refugiaron directamente al otro lado de la frontera[4]. Al finales de 1938 se estima que en suelo francés permanecían 40.000 emigrados, aunque se consideraba que mantenían una situación de desplazamiento provisional.”[5]

Hasta finales de 1938 los exiliados se tuvieron que enfrentar a la multitud de problemas que se pueden esperar en un éxodo de esa magnitud, pero las autoridades y la población francesa no manifestaron hostilidad frente a ellos y, en general, ayudaron en la medida de lo posible.

La situación cambió a partir del inicio de la ofensiva de Franco sobre Cataluña, que comenzó a finales de diciembre de ese año. Entonces se produjo una verdadera avalancha de refugiados en los departamentos fronterizos con esa zona y la actitud de las autoridades francesas cambió.

“Las autoridades francesas, desbordadas, reagruparon a los refugiados en centros de "control" o de "clasificación" en la frontera, más tarde en campos de concentración (término oficial de la época) o de "internamiento" situados en principio en el departamento de Pirineos Orientales, como en el caso del campo de Saint-Cyprien, el campo de concentración de Argelès-sur-Mer o el campo de Le Barcarès en la playas. Estos campos de internamiento especializados que reagrupaban especialmente a vascos, antiguos Brigadas internacionales (campo de Gurs), catalanes (Agda, campo de Rivesaltes), ancianos (Bram), y a la división Durruti (Campo de Le Vernet), son creados tierra adentro en febrero de 1939 en los departamentos vecinos del Rosellón, para paliar el crecimiento de las estructuras del litoral y las condiciones sanitarias deterioradas.”[6]

El 27 de febrero de 1939 las autoridades francesas reconocieron al régimen de Franco y, como consecuencia directa de ello, su actitud ante los refugiados republicanos se endureció aún más.

“El exilio constituyó para el gobierno francés un problema económico y político, mostrándose rápidamente interesado en fomentar su repatriación a España o la re-emigración a terceros países tales como México, Chile y República Dominicana, las tres únicas repúblicas americanas que aceptaron oficialmente a los republicanos españoles. Esta última opción estaba supeditada a una serie de criterios de selección para admitirlos y a la condición de que los organismos oficiales de ayuda les costearan el viaje y contribuyeran económicamente a su instalación al país receptor. De este modo, el coste fue sufragado por el SERE (Servicio de Emigración –o Evacuación- de los Republicanos Españoles) y la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), organismos creados por el gobierno republicano en el exilio y cuyos fondos financieros y económicos principales fueron hechos por miembros del Gobierno de la República en Francia en los años de la guerra. Ambos organismos contaron con la ayuda desinteresada de centenares de comités internacionales quienes colaboraron a que se llevara a cabo las evacuaciones. Por citar un ejemplo, uno de los países que más ayuda prestó a la causa republicana fue Argentina cuya sociedad, en posición antagónica a la conducta del propio gobierno filo-conservador y reacio a aceptar a los refugiados republicanos, se movilizó en clave antifascista volcando todo su apoyo a la causa republicana, primero, y al exiliado después[7].

Asimismo, las repatriaciones a España se fomentaron especialmente entre abril y diciembre de 1939. Tal y como nos indica el historiador J. B. Vilar, fueron unos 268.000 los que retornaron divididos entre ex-combatientes y población civil no implicados en causas políticas. Así, el 31 de diciembre del mismo año el número de exiliados que todavía permanecía en territorio francés rondaba los 182.000.[8][9]

 

La avalancha de refugiados

Cuando el frente catalán se derrumbó, en enero de 1939, se produjo una avalancha de refugiados sobre territorio francés que desbordará todas las previsiones y que dará lugar a una verdadera tragedia humanitaria.

 “«Todas las carreteras secundarias, todos los campos y todas las colinas, eran un hormiguero de miles y miles de desventurados caminando hacia la frontera», escribiría en su periódico el corresponsal de The New York Times, Herbert L. Matthews, el 5 de febrero de 1939.”[10]

“En los puertos fronterizos, los largos cortejos de heridos, ancianos, mujeres, niños y soldados fueron acogidos por gendarmes y soldados coloniales senegaleses «armados hasta los dientes», según Luis Royo. En pocos días entraron en el país galo más de 500.000 republicanos españoles. El gobierno Daladier, a pesar de numerosas advertencias, entre ellas la de su propio consulado en España, sólo había previsto algunos barracones para acoger a unos seis mil refugiados. La realidad desbordó de forma dramática todas las soluciones inmediatas.

En territorio francés, los recién llegados fueron separados de familias y amigos, y encerrados al aire libre en numerosos campos cercados por barreras de alambres de espino. Hambre, sed, frío, desesperación, humillación, brutalidad, fueron las primeras experiencias francesas vividas por una gran mayoría de refugiados.

En palabras de Federica Montseny: «¿Quién puede olvidar esas horas, ese espectáculo de las montañas llenas de gente que acampaba bajo los árboles, temblando de frío y de terror?»[11]

El catalán Fermín Pujol, futuro soldado de La Nueve, lo contaba así:

Al entrar nos desarmaban, nos quitaban todo, anillos, chaquetas, carteras, todo, y nos enviaron a una playa al aire libre, sin ninguna protección, rodeada de alambradas y vigilada por militares armados. La sarna y los piojos fueron enseguida nuestros compañeros. Si alguien se escapaba, la tropa colonial senegalesa tiraba a matar.”

“«Nos dejaron en las playas sin ninguna protección contra la lluvia y el frío, como si fuéramos animales», me confesaron el valenciano Germán Arrúe y el andaluz Rafael Gómez”.

“Más de 15.000 refugiados murieron en las primeras semanas de encierro, a causa del frío, las heridas, la tristeza o la enfermedad. Muchos más no volverían a ver España.

Los centenares de miles de refugiados fueron concentrados en más de una veintena de campos, por todo el suroeste francés, de los Pirineos orientales a los Pirineos atlánticos: Argelès, Gurs, Agde, Brams, Septfonds… Nombres de campos desgranados como letanía de miserias. Algunos los llamaron púdicamente campos «de acogida» o campos «de retención», pero el ministro del Interior de la época, Albert Sarraut, no dudó en calificarlos como campos «de concentración». Sin ser asimilados a los campos de exterminio ni de trabajos forzados que luego se han conocido en territorio nazi o soviético, en muchos de aquellos campos franceses se darían las primicias de la brutalidad perversa e implacable que caracterizan la mayoría de los campos de concentración y sus guardianes.” [12]

 

La muerte de Machado

“Estos días azules y éste sol de la infancia…”

Este es el comienzo del último poema que escribió Antonio Machado, poco antes de morir en Colliure, un pequeño pueblo francés, el 22 de febrero de 1939, poniendo fin así a un exilio de 26 días. Hasta allí había llegado…

“…andando bajo la lluvia y el frío hasta la frontera francesa, después de haber escapado al bombardeo de la carretera y al vuelo rasante de las ametralladoras franquistas. Llegaba enfermo, caminando junto a su madre, enferma también, llevada en brazos por su hermano José y varios amigos. Cerca de la frontera, después de muchas horas de marcha, encorvado por el dolor y la tristeza, Antonio Machado había pedido que continuaran el camino con su madre pero que lo dejaran a él allí. Su hermano y sus amigos lo ayudaron a seguir andando, dejando en la cuneta el peso una pequeña maleta donde Machado llevaba, entre otras cosas, sus últimos manuscritos. El poeta salía de España convencido de que no volvería a verla.

La noticia de su muerte corrió como el viento. Decenas de refugiados fugados de los campos llegaron para rendir un último homenaje al gran poeta republicano. Su cuerpo fue envuelto con una sábana blanca, como él había deseado, el féretro cubierto con la bandera republicana y el puñado de tierra española que Machado guardaba, depositada junto a su cuerpo, como él mismo había pedido.

Seis oficiales del ejército español, refugiados y recluidos en el castillo-prisión de Colliure, todos con uniforme, lo llevaron a hombros hasta el cementerio, seguidos por una gran masa silenciosa, entre la que se encontraba el ex ministro socialista de gobernación, Julián Zugazagoitia, que sería fusilado por Franco un año después. El diario L´Independent, de Perpiñán, poco favorable a los republicanos españoles, publicó al día siguiente, en una línea: «En Colliure ha muerto Antonio Machado, poeta y miliciano español.» En los campos de concentración cercanos, miles de españoles lloraron al poeta.

Unos días después del entierro, un vecino del pueblo que cruzaba temprano cerca del cementerio, escuchó «una música triste» que llegaba del interior. Al acercarse, a través de la puerta de rejas negras, vio al violonchelista Pau Casals frente a la tumba de Machado, interpretando en solitario y como homenaje al poeta desaparecido, una de las más bellas composiciones de su repertorio, El canto de los pájaros, anónimo catalán.”[13]

 

El sentido político de la derrota

“Decid que vimos morir a España…”

Edna Saint Vincent Millay (poetisa norteamericana).

“La Guerra Civil constituyó la primera etapa de una campaña minuciosamente organizada contra la democracia europea y el principio de una Segunda Guerra Mundial, deliberadamente preparada”.

Claude G. Bowers

(Embajador de los EEUU en España entre 1933 y 1939)[14]

 

“Nos dejaron luchar durante treinta y tres meses. En este tiempo, pudo ensayar en nuestros propios pueblos y en nuestra propia carne […] los armamentos que preparaba para su futura agresión. La liquidación de la Guerra Civil no era sino el comienzo de la guerra europea” […] “Las primeras armas de la guerra totalitaria estuvieron empapadas de sangre española”.

Albert Camus[15]

 

“Los demócratas españoles fuimos vencidos, en lucha desigual, Por el fascismo internacional”.

Rodolfo Llopis[16]

 

Estos son algunos testimonios de personas que vivieron la Guerra Civil o la contemplaron de cerca y cuya recopilación agradecemos a Evelyn Mesquida[17]. Es obvio que en la Era del Fascismo la Segunda República Española desentonaba demasiado con las ideologías dominantes en todo el mundo, y no sólo con las del bando de las fuerzas del Eje. Los “defensores” oficiales de la Democracia, a nivel mundial, ¡dejaron morir a la República sin mover un solo dedo!, como reconoce el propio embajador de los Estados Unidos en la España de ese momento histórico. La “República democrática de trabajadores de toda clase”, como se definía nuestro país en la Constitución de 1931, era demasiado peligrosa no sólo para Hitler, sino también para los gobiernos aliados. Al dejarla caer se estaba mandando un mensaje a los trabajadores del resto del mundo. Estaban marcando los límites de su particular concepto de “Democracia”. Pero, también, convirtieron a la República Española en un símbolo, que atravesaría el tiempo y el espacio y que perdurará siempre.

La memoria de la República es una espina clavada en la narrativa de unos vencedores que necesitan silenciar desesperadamente a los vencidos… ¡todavía! Unos vencedores que, por lo que se ve, aún no han conseguido derrotar del todo a su adversario. Y es que si tienes abundante armamento y mercenarios puedes llegar a derrotar ejércitos, pero no es suficiente para doblegar las conciencias. Es más, puede que sea contraproducente. Las “victorias”, a veces, sirven para demostrarle al mundo cuál es tu catadura moral.

 

Los niños del exilio

Un caso especial del exilio republicano fue el de los niños. Entre la masa de los refugiados iban, lógicamente, decenas de miles de niños acompañando a sus respectivas familias, que sufrirían junto a ellas todas las penalidades por las que éstas pasaron. Pero también hubo miles de niños que tuvieron que marchar solos al exilio.

“Había que alejar a los menores del conflicto bélico para evitar las secuelas físicas y psicológicas. Para ello el gobierno de la II República llevó a cabo expediciones de evacuación de menores, que contaron con la participaron de varios países y de organizaciones internacionales de ayuda humanitaria.

En Europa, Francia fue el país que más niños españoles acogió con cerca de 20.000 menores; en torno a 5.000 niños llegaron a Bélgica; alrededor de 4.000 a Inglaterra; cerca de 3.000 a la Unión Soviética; Suiza acogió unos 800 niños. Fuera de Europa, México recibió 455 menores, los conocidos como Niños de Morelia.”[18]

“En total unos 37.500 niños fueron enviados por la República al extranjero en operaciones de salvamento. Unos 17.200 no volvieron e hicieron sus vidas sin sus familias y solos en tierra extraña.”[19]

 

Los niños de Rusia

A la Unión Soviética fueron enviados 2.895 niños, hijos de pilotos o de militares del País Vasco, Asturias y Cantabria, es decir de la bolsa republicana que había quedado aislada en el norte de España en 1937. Fueron evacuados por mar, en buques mercantes, primero hacia la retaguardia republicana y, después, hacia la URSS.

Y van acompañados por educadores y personal de apoyo, españoles, que diseñaron un programa educativo pensado para reintegrarlos de nuevo en su país cuando acabara la guerra. Serán distribuidos en 16 “casas de niños” por toda la Unión.

“Entre los niños y sus familiares también existía el convencimiento de que su paso por Rusia sería corto, y en sus testimonios confirman que se sentían felices ante la aventura del viaje a un país extranjero[20].[21]

La vida en general en las Casas de Niños es recordada por los mismos como un paréntesis alegre entre las dos guerras cuyas consecuencias sufrirían[22]. Los supervivientes siguen teniendo conciencia de haber sido privilegiados por la educación recibida durante estos años, hasta la llegada de la guerra[23].”[24]

Su verdadero drama comenzó cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética. Buena parte de las casas de niños españoles se vieron comprometidas por el avance alemán, en especial las de las zonas de Leningrado y de Ucrania. Los 300 niños de Leningrado quedaron atrapados los primeros dos meses del bloqueo alemán de esa ciudad, durante el invierno de 1941-42. Después serán evacuados hacia los Urales y Asia Central. Allí las condiciones de vida empeoraron y muchos niños murieron. 130 de los más mayores se alistaron en el Ejército Rojo y fueron destinados a los frentes de Leningrado y de Stalingrado. 46 de ellos murieron en combate y 14 serán hechos prisioneros por los nazis y posteriormente entregados a las autoridades franquistas, a finales de 1942.

Mucho después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, en 1957, se firmó un acuerdo entre los gobiernos español y soviético para permitir el retorno de los que quisieran hacerlo. Lo harán casi la mitad de los que se habían marchado.

“Los retornados encontraron a su vuelta un régimen hostil, la desconfianza de unas autoridades que sospechaban de su filocomunismo y, sobre todo, unas familias que dejaron ir a niños y que recibían tras casi veinte años a adultos, en ocasiones padres de familia a su vez, con otra educación y experiencias vitales opuestas. El reencuentro por tanto no fue fácil y un número no despreciable decidió finalmente regresar a la Unión Soviética.

Previamente, un pequeño grupo de unos 150 niños obtuvo permiso, en 1946, para marchar a México a reunirse con sus familiares[25]. A otro grupo de unos 200 "niños", el conocimiento de la lengua española los llevó a viajar, desde mediados de 1961 y hasta mediados de la década de los setenta, a la Cuba de Castro, como especialistas soviéticos enviados por el Partido Comunista de España, desempeñando allí trabajos de traductores, profesores, en la construcción o incluso como técnicos para la inteligencia cubana[26].[27] En Cuba recibieron el apelativo de "hispano-soviéticos".”[28]

Los que siguieron viviendo en Rusia acabaron, en su mayoría, residiendo en Moscú y manteniéndose en contacto mutuo a través de centros como el Club Chkálov o la Casa de España. Algunos de ellos volverían a nuestro país, de vacaciones o bien de manera permanente, a partir de los años 60. En 1990 obtuvieron el derecho de recuperar su nacionalidad perdida. En 1994 a recibir pensiones de jubilación, invalidez y supervivencia. Y en 2005 a una prestación económica específica creada para los menores exiliados que pasaron la mayor parte de su vida fuera de España, independientemente de su lugar de residencia, que incluía, además, cobertura sanitaria.

 

Los niños de Morelia

El 27 de mayo de 1937 partieron del puerto de Burdeos (Francia), en el vapor de bandera francesa Mexique, 456 niños, hijos de republicanos españoles, para unas “colonias vacacionales”, rumbo a México. El viaje había sido organizado por el Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, promovido por Amalia Solórzano Bravo, esposa del entonces presidente de México Lázaro Cárdenas. Arribaron al puerto de Morelia el día 7 de junio, por lo que desde entonces serán conocidos como “los niños de Morelia”.

La que debía ser una estancia provisional en México se convertiría en definitiva.

“La educación de los Niños de Morelia en México se llevaba a cabo en la Escuela industrial España-México […] la asistencia educativa tuvo el apoyo de la FOARE[29] (Federación de Organismos de Ayuda a los Republicanos Españoles) […] A partir de 1943, el "Patronato Pro Niños Españoles" obtuvo el apoyo del general Lázaro Cárdenas, entonces Secretario de Defensa de México, para desarrollar un proyecto de casas-hogar que habían de dar continuidad educativa a los niños de la Escuela España-México de Morelia”

La normativa de estas seis casas-hogar se regía por los principios de la educación activa y personalizada que había inspirado la pedagogía en la República española, para promover el estudio y la inserción laboral:

"Son creadas para los alumnos de la antigua Escuela España-México, a fin de encauzarlos y dirigirlos, dentro de un tipo de vida familiar, por medio del estudio o del trabajo, debiéndose caracterizar la conducta de los residentes en ellas, tanto dentro como fuera de la casa hogar, por la fidelidad a la España Republicana que los alejó de la guerra y por el respeto a México que los acogió fraternalmente"[30].[31]

El 3 de junio de 1987 los niños de Morelia volvieron a reunirse en un acto que conmemorará el 50 aniversario de su llegada a México en el que leyeron un comunicado en el que, entre otras cosas dijeron:

"Hoy somos personas de bien, hemos formado familias, a nuestros hijos les hemos dado lo mejor de nosotros mismos y oportunidades que pocos tuvimos, la mayoría son profesionístas y al igual que nosotros luchan por un México mejor"[32].[33]

 

El exilio americano

“México fue el único país que recibió los emigrados con los brazos abiertos, y con fondos del estado, gracias a los cuales se estableció la Casa de España en México (1938-1940), cuyo descendiente es el actual Colegio de México, y se establecieron la revista España Peregrina y la Editorial Séneca, dedicadas a autores y temas españoles.”[34]

Casi 20.000 exiliados españoles acabaron en México. Muchos de ellos intelectuales, científicos y artistas: “El exilio español fue una suerte para el país” dijo Juan Marichal. Probablemente la readaptación de los exiliados españoles más fácil y rápida de todas fue la que tuvo lugar en este país. Allí se establecieron el físico Blas Cabrera y los escritores Tomás Segovia, Emilio Prados, Max Aub o José Bergamín.

Cuando llegó la primera oleada de refugiados a este país, a bordo del buque Sinaioa, Ignacio García Téllez, en nombre del presidente Lázaro Cárdenas, los recibió con estas palabras:

“Los altos valores que representáis en las ciencias y en las letras contribuirán al brillo de la cultura nacional y recogeremos, a la vez, el ejemplo de superación de la intelectualidad española que puso su patrimonio espiritual al servicio de la república”[35].

Rápidamente, los exiliados se integrarán en los proyectos de modernización de México. Llegaron al sitio justo, en el momento justo:

“Estos exiliados se incorporaron al proyecto mexicano de educación universitaria; entre ellos, la UNAM destacó como profesores o investigadores eméritos a Carlos Bosch García, Óscar de Buen, Francisco Giral González, Eduardo Nicol, Juan Antonio Ortega y Medina, Wenceslao Roces y Adolfo Sánchez Vázquez.

Los refugiados ayudaron a crear la Casa de España en México, hoy llamada El Colegio de México, y también el Fondo de Cultura Económica, así como a reforzar el profesorado de la UNAM y el IPN. Entre otras muchas aportaciones de los científicos españoles refugiados, se creó la revista Ciencia, fundada por Ignacio Bolívar y Urrutia.

El exilio español enriqueció al continente americano con la llegada de filósofos como María Zambrano, los poetas León Felipe, Luis Cernuda y Juan Rejano, narradores como Francisco Ayala y Max Aub, quienes alejaron con buen humor la pena del destierro”[36].[37]


Miguel Alcubierre Moya, hijo del exiliado español Miguel Alcubierre Ortiz, ha sido durante mucho tiempo el Director del Instituto de Ciencias Nucleares de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es conocido por haber desarrollado un modelo matemático (conocido como métrica de Alcubierre) que permitiría viajar más rápido que la luz sin violar la relatividad general, conocido como el “Empuje por curvatura”, que hemos podido ver en películas y series de ciencia-ficción, como Star Trek.

 

A Chile llegaron 2.200 españoles el 3 de septiembre de 1939, a bordo del carguero Winnipeg, que había sido fletado en Francia por el cónsul delegado, Pablo Neruda, que fueron sacados de los campos de concentración del sur de este país.

Otros países de destino del exilio español en América fueron Argentina, República Dominicana, Venezuela, Uruguay, Colombia y Estados Unidos.

 

Los exiliados del Magreb

Mientras los exiliados republicanos de Cataluña cruzaban en masa la frontera francesa, en el sureste español Alicante se convirtió en el puerto de salida para el exilio que se dirigió por mar hacia el norte de África. La situación se iría agravando durante el invierno de 1939 y conforme fue avanzando el mes de marzo se fue volviendo angustiosa. La caída de Madrid en manos nacionales el 28 de marzo y de la propia ciudad de Alicante, en las italianas, el día 30, pondrá fin a las huidas.

“En el puerto de la ciudad levantina, hundidos en la tristeza y el silencio, quedaron sin auxilio miles de republicanos llegados de toda España, y flotando en el agua turbia y rojiza de la dársena -como contaría más tarde el dirigente y testigo francés Charles Tillón- los cuerpos de los que no pudieron soportar la desesperación del avance de las tropas franquistas. Varias decenas de personas se suicidaron.[38]

En el puerto, entre tanta gente desesperada, muchos luchamos porque no se perdiera la moral pero la verdad es que perdimos un poco el norte; sólo pensábamos en cómo solucionar lo que nos caía encima, en cómo teníamos que afrontarlo. De la llegada de los italianos recuerdo sobre todo el gran silencio que se hizo. Fue un silencio terrible, como cuando se muere una persona, como cuando ocurre una gran tragedia y se muere todo un pueblo… Eran miles y miles de personas en silencio. No se oía nada, ni tan siquiera el llanto de los niños. Cuando nos sacaron encañonadas, le pregunté a uno de los guardianes si había matado mujeres. Me dijo que sí, que había matado siete u ocho.”[39]

La mayoría de estos exiliados acabaron en las colonias francesas del Magreb (Argelia, Marruecos y Túnez) y casi todos serán internados allí en campos de trabajos por las autoridades coloniales francesas, buena parte de ellos se incorporarán, como esclavos del estado, a la construcción de la línea férrea transahariana, conocida como “Mediterráneo-Níger”, una obra que estaba parada desde 1918, tras la repatriación de los prisioneros alemanes de la Primera Guerra Mundial y que reanudaron cuando los republicanos españoles empezaron a llegar. Bastantes más vendrán después desde Francia, reenviados por el gobierno de Pétain. También había extranjeros que habían combatido en las Brigadas Internacionales. Muchos de ellos acabaron enrolándose en la legión extranjera francesa para salir de los campos.

Estos batallones fueron concentrados en Francia, en el campo de Barcarés, donde poco después se formarían los regimientos números 21, 22 y 23, los dos primeros con más de la mitad de españoles y el tercero totalmente integrado por ellos. Más tarde se formaría en el norte de África seis regimientos más con miles de residentes y refugiados españoles o de origen español y dos de ellos -el 11 y el 12- enviados también a Francia para ser incorporados a los ya formados en Barcarés. El regimiento número 11 fue destinado a la línea Maginot, en la región de Sierk (Lorena).

Muchos españoles enrolados en la Legión Extranjera acabaron formando parte de la 13ª semibrigada:

“La DBLE, una unidad especial que se convertiría la más famosa de todas las unidades de la Legión francesa de la Segunda Guerra Mundial. La única, en toda la historia del Ejército francés, que sin ser una unidad política, luchó esencialmente por motivos políticos, lejos del clima de disciplina descarnada de otras unidades legionarias. La única también que desde el primer momento y a pesar de la divisa “Honor y fidelidad”, a su regreso de la guerra nórdica elegiría la gran aventura de la Francia Libre junto al general De Gaulle.

Según diversos testimonios, el número de los españoles enrolados en la Legión Extranjera francesa osciló entre los doce y quince mil hombres. Al final de la guerra, en 1945, habían perecido el 65 por ciento de esos efectivos.”[40]

 

Exiliados en la Francia de Vichy y en la Francia ocupada

El deterioro de la situación de los exiliados españoles en Francia fue en aumento. Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939. El 14 de junio de 1940 los alemanes entraron en París. El 22 de junio se firmó el Armisticio de Compiègne, según el cual:

“Alemania ocupó toda la costa norte y oeste de Francia, así como el interior de las mismas. Italia se reservó una pequeña zona de ocupación en el sureste y el régimen de Vichy, por su parte, retuvo el territorio no ocupado en el sur, conocido como la zone libre. En noviembre de 1942, las tropas alemanas e italianas ocuparon la zone libre con la Operación Anton y esta permaneció en manos del Eje hasta el desembarco de los Aliados en 1944.”[41]

Manuel Azaña, enfermo, se había refugiado en la ciudad de Montauban, que había quedado en la Francia controlada por el gobierno de Vichy. Allí murió el 3 de noviembre de 1940:

“El mariscal Pétain prohibió que se le enterrara con honores de Jefe de Estado: solo accedió a que fuera cubierto su féretro con la bandera española, a condición de que esta fuera la bicolor rojigualda tradicional y de ninguna manera la bandera republicana tricolor. El embajador de México decidió entonces que fuera enterrado cubierto con la bandera mexicana. Según explica en sus memorias, Rodríguez le dijo al prefecto francés:

Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección.”[42]

Francisco Largo Caballero será detenido por el Régimen de Vichy, en la ciudad de Albi en junio de 1940. El gobierno mexicano estuvo haciendo gestiones, infructuosamente, para que se le permitiera refugiarse en su país. Vivió confinado hasta el 20 de febrero de 1943, en que pasó a manos de la Gestapo, tras la ocupación de la Francia meridional. Acabará internado en el campo de concentración nazi de Sachsenhausen, en la provincia de Oranienburg, al norte de Berlín. Allí permaneció hasta que una unidad polaca del Ejército Rojo lo liberó el 24 de abril de 1945. Después volvió a París, donde murió el 23 de marzo de 1946.

Victoria Kent vivió en la clandestinidad, con una identidad falsa, en la París ocupada por los nazis hasta la liberación de la ciudad en 1944. Después se terminará exiliando en México.

Federica Montseny adoptó el nombre francés de Fanny Germain y se instaló en Toulouse, donde vivió hasta 1977, en que volvió a España y recuperó su nombre español, volviéndose a reintegrar en la CNT.

 

Las Compañías de Trabajadores Extranjeros

“A principios de 1939 el gobierno francés estableció la obligación para los refugiados extranjeros de edades comprendidas entre los 20 y 48 años de proporcionar prestaciones equivalentes al tiempo que los ciudadanos franceses pasaban cumpliendo con el servicio militar y dio origen a las compañías de trabajadores extranjeros, unidades militarizadas integradas por unos 250 hombres y capitaneadas por oficiales franceses de la reserva.”[43]

Estas compañías, tras la ocupación alemana pasaron a denominarse, en la Francia de Vichy, Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE), repartidos por todo el país para hacer diversas obras públicas (pantanos, minas, vías férreas) y que en la Francia ocupada se llamó TODT, muchos sus componentes serán trasladados después a territorio alemán

“En la organización de mano de obra alemana TODT, 39.000 de sus 43.000 trabajadores serán españoles.”[44]

 

Mauthausen

Tenemos constancia documental de la presencia de, al menos, 9.161 españoles en los campos de concentración de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, casi todos exiliados republicanos capturados en Francia y, en su gran mayoría, o bien militares del ejército regular francés o bien milicianos de la Resistencia antifascista que combatió a los nazis durante la ocupación.

“De todos ellos, murieron 5.166 (por hambre, por enfermedades, ejecutados o gaseados) y hubo 3.539 supervivientes. El resto, son desaparecidos.”[45]

En 2019 el Boletín Oficial del Estado publicó una lista con los nombres de 4.427 de esos muertos. La lista de campos en los que hay constancia de la presencia de españoles es larga (Auschwitz, Bergen-Belsen, Buchenwald, Dachau, Flossenbürg, Gross-Rosen, Mauthausen, Mittelbau-Dora, Natzweiler, Neuengamme, Ravensbrück, Sachsenhausen, Stutthof y Treblinka), pero el que destaca sobre todos, con diferencia, es el complejo de campos conocido como Mauthausen-Gusen, compuesto a su vez por varios sub-campos, a unos 20 kilómetros de la ciudad austriaca de Linz. El Complejo de Mauthausen-Gusen llegó a albergar 85.000 prisioneros de forma simultánea, aunque hay autores que afirman que por él llegaron a pasar, mientras estuvo en funcionamiento, hasta 320.000 personas, todos ellos trabajadores esclavos del Estado que suministraron mano de obra gratuita a las minas y canteras de la zona, así como a las fábricas de armamento y de ensamblaje del avión Me 262.

“Los campos formaron uno de los primeros centros de concentración masivos en la Alemania nazi, y fueron los últimos en ser liberados por los Aliados Occidentales o la Unión Soviética. Los dos principales, Mauthausen y Gusen I, fueron los dos únicos de toda Europa etiquetados como de "Grado III", lo que significaba que eran los más duros para los "Enemigos Políticos Incorregibles del Reich"[46]. A diferencia de muchos otros, que eran para todo tipo de prisioneros, Mauthausen fue utilizado para tareas de exterminio de la intelligentsia, gente ilustrada y miembros de las clases sociales altas de países subyugados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.[47][48]

Por los campos de concentración de Mauthausen pasaron un total de 7.200 españoles, es decir, las tres cuartas partes del conjunto de internos españoles en los campos de la Alemania nazi de los que tenemos constancia. Tal vez, esta proporción sea debida a que, por su alta concentración relativa, ellos mismos guardaron el recuerdo y las pruebas de su presencia. De estos 7.200 murieron 5.000 durante su estancia allí. La primera tanda (392) llegó el 6 de agosto de 1940, procedente de la Francia ocupada.

“Requerido por las autoridades alemanas para determinar el destino de los prisioneros, la Dictadura de Francisco Franco replicó que no existían españoles allende las fronteras; de ahí que los republicanos de Mauthausen llevaran el triángulo azul de los apátridas, con una S —de Spanier— en el centro.”

“Mauthausen pronto comenzó a ser conocido entre los deportados como «El campo de los españoles». Aunque los primeros barracones se remontan a 1938, fueron albañiles españoles quienes construyeron Mauthausen. De ahí que un superviviente francés haya llegado a afirmar que «cada piedra de Mauthausen representa la vida de un español». La mayoría de los españoles llegó al campo a partir del Armisticio francés, entre la segunda mitad de 1940 y el año 1941. Muchos fallecieron entre 1941 y 1942; por ejemplo, en septiembre y octubre de 1941 una gran parte de los muertos de Gusen —un Kommando o campo auxiliar destinado al exterminio de los presos más débiles— fueron españoles. […] Cuando falleció el primer español, el 26 de agosto de 1940, sus compatriotas, ante la sorpresa de los verdugos, guardaron un minuto de silencio, situación que se repetiría en numerosas ocasiones. Con el paso del tiempo, algunos españoles pasaron a desempeñar trabajos especializados: albañiles, peluqueros, administrativos, sastres, intérpretes o fotógrafos, pues así tenían más posibilidades de sobrevivir que los trabajadores de la cantera. También podían acceder a más información y disponer de más autonomía para sostener la organización clandestina republicana que funcionaba desde mediados de 1941.

La labor de la organización española fue crucial, porque cuando en 1942 comenzaron a llegar deportados procedentes de la resistencia francesa y del frente ruso, los españoles eran los veteranos del campo, expertos estrategas en la lucha por la supervivencia, dispuestos a transmitir sus conocimientos a los recién llegados. Por otra parte, al desempeñar diversas actividades en la gestión de Mauthausen, podían ayudar a otros prisioneros. Los españoles que cuidaban la sala de duchas —por poner uno entre otros muchos ejemplos— salvaron la vida a más de un compañero cuando los nazis llevaron a cabo allí ejecuciones masivas mediante la inmersión de grupos de prisioneros durante horas y horas en naves repletas de agua helada hasta la altura de la cintura. La organización clandestina española, además, repartía medicinas robadas de la enfermería y redistribuía la escasa comida que llegaba a los presos, con el fin de asignar más alimentos a los débiles y enfermos.

Sin embargo, el recuerdo más vivo en la memoria de los supervivientes de otros países, sobre todo de los franceses, al hablar del Campo de Mauthausen, es la fe española en la derrota del nazismo, incluso en los peores momentos de la guerra. Quizá porque los republicanos españoles llevaban luchando contra la Alemania nazi y sus socios desde el inicio de la guerra civil española, en 1936. «Una victoria más», explicó en una ocasión un superviviente francés, era la frase que pronunciaban los presos españoles cada vez que llegaban al último de los 186 peldaños de la escalera de la cantera. Convencidos de la victoria aliada, los republicanos decidieron conservar pruebas de la barbarie, para el posterior juicio a los verdugos. Así, por ejemplo, Francisco Boix, fotógrafo del campo, hizo copia de todas las fotos que pasaron por sus manos y logró esconderlas hasta el final de la guerra. Gracias a ellas, Boix pudo probar durante los juicios de Núremberg la presencia de los jerarcas Albert Speer y Ernst Kaltenbrunner en Mauthausen y demoler así su alegato de que desconocían los campos de exterminio.

Cuando el Ejército norteamericano entró en Mauthausen, el 5 de mayo de 1945, banderas republicanas habían sustituido a las banderas nazis y la puerta del campo estaba cubierta por una gran pancarta en la que se podía leer: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras».[49]


Prisioneros de Mauthausen saludan a la 11ª División Acorazada de los EEUU por su liberación bajo una pancarta escrita en español sobre sábanas castrenses (fuente: Wikipedia)

 

La Red Ponzán

Francisco Ponzán Vidal, alias François Vidal, aunque aragonés, nació en Oviedo en 1911 (era hijo de ferroviario), su familia se trasladó a Huesca cuando él aún era un niño. Huérfano de padre desde los 6 años trabajó en una librería, en la que su jefe le animó a estudiar magisterio. Poco después entró en la CNT y en el “Ateneo Cultural Libertario”. Con 18 años ya era maestro nacional, ejerciendo en varios pueblos de Aragón y de Galicia. Fue detenido en 1930 por apoyar la sublevación de Jaca, y después en 1932 y 33 por participar en piquetes de huelga. El 18 de julio le pilló en zona nacional. Junto con otros compañeros cruzó las líneas del frente y se incorporó a las filas republicanas, siendo nombrado poco después Consejero de Transportes y Comunicaciones en el Consejo de Defensa de Aragón. Después formó un grupo guerrillero, llamado “Los libertadores”, que se infiltró en territorio enemigo y empezó a hacer operaciones de sabotaje en la zona nacional. En 1937 se puso al frente del Servicio de Inteligencia Especial Periférico, creado por los libertarios del frente de Aragón.

Cuando acabó la guerra, los miembros del grupo Libertador, que tenían su base de operaciones en ese momento en la Seo de Urgel (Lérida) escondieron varios depósitos de armas por la zona y, tras dejar establecida una red de enlace clandestina en la España de Franco pasaron a Francia, confundidos entre los miles de refugiados.


Francisco Ponzán Vidal, alias François Vidal

La “tribu”, como ellos llamaban coloquialmente a su grupo, se reorganiza allí, estableciendo su cuartel general en Toulouse y, tras la ocupación alemana, se dedicaron a hacer operaciones de infiltración, espionaje y sabotaje. Pronto contactaron con el Servicio de Inteligencia Británico y empezaron a coordinarse con él. Poco después organizaron una red de evasión, en las dos direcciones: los que huían de la Alemania nazi eran recogidos en territorio ocupado y trasladados, a través de España, hasta Portugal o Gibraltar, donde eran entregados a las autoridades británicas, y los represaliados en España o fugados de las cárceles franquistas eran llevados hasta la Francia de Vichy, donde se les integraba en los grupos de exiliados españoles.

“Pilar Ponzán, al lado de su hermano, sería una de las personas clave de esta organización metódica y precisa que había comenzado a funcionar como grupo reducido y que se convirtió en una de las redes de evasión, información y correo más importantes de la Segunda Guerra Mundial.

una veintena de redes de evasión funcionaron con éxito entre Francia y España, casi todas integradas por numerosos españoles, entre ellas las conocidas como Gallia, Sabot, Reseau Maurice, Talion, Buckmaster o Comète. Entre todas habrían logrado pasar más de siete mil personas. Ponzán mantuvo contacto con casi todas ellas pero la Pat O’Leary sería la más famosa y la que también sería conocida como «Red Ponzán».”[50][Los ingleses llamaron a esta red la “Pat O’Leary”, dado que fue ese agente británico el que estableció el contacto con Ponzán]

Paco Ponzán fue detenido el 28 de abril de 1943 y encarcelado en la prisión de Saint-Michel por fuerzas policiales colaboracionistas francesas dependientes de la Gestapo. Tras el Desembarco de Normandía lo trasladaron hasta la cárcel de Toulouse. El 17 de agosto de 1944 una caravana de vehículos conducida por individuos con uniformes de la Wehrmacht y de la Gestapo se llevó a 54 presos de esa cárcel, entre los que se encontraba Ponzán, que llevaron hasta las afueras de Buzet-sur-Tarn, un pueblo que está a 25 kilómetros de Toulouse, donde fueron fusilados, rociados con gasolina y quemados.

El Crimen del Bosque de Buzet es uno de los grandes enigmas de la Historia de Francia. Ha sido bastante investigado por los historiadores de este país y a estas alturas hay práctica unanimidad entre ellos en que los verdaderos autores fueron colaboracionistas franceses, disfrazados de alemanes, que querían eliminar testigos incómodos que pudieran impedirles reintegrarse en el aparato del estado de la Francia liberada. Ponzán, y los otros 53 fusilados “sabían demasiado”.

Francisco Ponzán recibió a título póstumo, en 1947, la Cruz de Guerra con Palma de la República Francesa, y en 1948 el grado de capitán “citándolo como un resistente de remarcable coraje”[51]. El gobierno británico le concedió la Hoja de Plata de su Majestad. Y el norteamericano la Medalla de la Libertad. Su hermana, Pilar Ponzán, recibió también la Legión de Honor de la República Francesa por su “destacada participación en la Resistencia”[52].

 

Españoles en la Resistencia Francesa

Estaban.

Aunque no aparezcan en la Historia, su combate usurpado.

Están.

Como surcos. Como cicatrices.

Rastro imborrable tras el oscuro silencio.

Evelyn Mesquida

Cuando los alemanes ocuparon la mayor parte de Francia, los únicos que tenían verdadera experiencia de combate era los viejos soldados que pelearon en la Primera Guerra Mundial (hacía ya una generación), una guerra de posiciones, de trincheras y de grandes ejércitos, y los españoles, que acababan de salir de una guerra en la que se había luchado casa por casa por todo su país, lo que los convirtió en los combatientes más experimentados, más movilizados y decididos de toda Europa. Las Compañías de Trabajadores Extranjeros, compuestas mayoritariamente por españoles, fueron la principal cantera de la Resistencia francesa, en su fase formativa, contra el fascismo:

“Veníamos de muchas discusiones y discusiones con gente como nosotros y aquellos hombres nos impresionaron porque eran mayores, llevaba barba, iban mal vestidos, no nos inspiraban seguridad… Pero tras la primera impresión y los primeros intercambios nos distribuyeron armas y aquello fue una recompensa extraordinaria. Tenían ametralladoras, granadas, pistolas… Y enseguida nos enseñaron a utilizarlas. Nos dieron una pistola para cada uno, una Llama, de marca española, una pistola automática que parecía del 45… En seguida nos sentimos otros, estábamos armados, podíamos combatir…

No nos dejaron respirar. El mismo día de la llegada nos dijeron que los siguiéramos. Sin saber quién dirigía el grupo, hicimos unos 20 kilómetros en bicicleta detrás de ellos hasta un pueblo, y allí, ayudados por ametralladoras, nos apropiamos de un camión y, conducidos por un español, atravesamos varios pueblos hasta llegar a una cabaña, una pequeña casa de piedra plana, con una pequeña entrada. Los españoles entraron y salieron con unos containers repletos de armas y material diverso que pertenecía a un grupo de la AS. Era un envío reciente que habían ocultado allí y los de la MOI, que lo sabían, venían a apropiárselo. Nos lo llevamos.”[53]

Ralph Finkler (miembro del maquis francés de Dordoña)

“Entre las primeras unidades de combate de la Resistencia organizadas por el Partido Comunista francés a partir de junio de 1941, la Mano de Obra Inmigrada (MOI), integrada al principio casi totalmente por republicanos españoles, tuvo un destacado papel en la lucha contra los ocupantes alemanes. […] Dos españoles, inolvidables y muy olvidados, estuvieron desde el principio al mando de la nueva organización, Eliseo Martínez-López, «León», y José Fernández, «Pernales»”.[54]

“Los españoles aparecieron en las montañas y en los bosques, antes de que estuvieran formados los maquis. Yo estaba en Grenoble y desde 1940 me preparaba para realizar acciones clandestinas. […] Con nosotros había muchos españoles. […] Eran gente ruda pero sabían disparar, sabían hacer la guerra… […] En los maquis españoles había también franceses. La mayoría de ellos estaban organizados a partir de un mando en Toulouse, el coronel Tovar, con el que tuve relaciones de amistad. Su dirección me fue facilitada por André Malraux.”

“No, no se les ha reconocido. La gente no sabe la importante participación que tuvieron. Nos enseñaron muchas cosas. La mayoría de nosotros no tenía formación militar, no teníamos entrenamiento. Participaron en todos los combates y luego se les dejó de lado, olvidados. Antes de terminar la guerra se fueron al Sur de Francia para ir a combatir a España. Muchos se iban cantando. No participaron de los honores. Es una injusticia pero fue así. No tenían a nadie para reivindicarlos”.[55]

Maurice Nussembaum (dirigente francés del maquis Soleil)

Estos testimonios nos pueden dar una idea de lo que significó la presencia española en las filas de la Resistencia francesa contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Unos “extranjeros” que dieron su sangre para liberar a Francia sin pedir nada a cambio. Sin que nadie los llamara… Lo hicieron por propia convicción y, después, se volvieron a sus casas en silencio, mientras otros celebraban la victoria… Y siguieron peleando, los que aún vivían… Siguieron trabajando por una patria de la que formaba parte la humanidad entera.

Los españoles fueron decisivos en los primeros momentos de la resistencia contra el fascismo, ya que su gran experiencia y sus fuertes convicciones republicanas los convirtieron en los maestros que enseñaron a los patriotas franceses todo lo que había que saber para enfrentarse con éxito a las fuerzas invasoras. Después se integraron en las estructuras políticas y militares de una Resistencia francesa que no paró de crecer hasta la liberación. Pero muchos de ellos mantuvieron su propia autonomía organizativa hasta el final de la guerra.

 

La Resistencia en la Alta Saboya: La Meseta de Glières

“Desde hace algún tiempo, en las montañas de Glières, en la zona de Thorens, se ofrece un circuito turístico de cuatro horas con un desnivel de 530 m y una altitud de 1.425 m. La ruta se llama “Sendero de los españoles”. Es uno más de los que existen en diversos lugares de Francia y que ahora se visitan rindiendo homenaje a aquellos hombres.

En la Alta Saboya son decenas y decenas de senderos los que podrían llevar ese nombre… La presencia y la resistencia de los españoles dejó una huella profunda en la memoria de los habitantes de la región.”[56]

En la Alta Saboya tenían su base los batallones de cazadores alpinos del ejército francés, un cuerpo especializado en las condiciones extremas de la alta montaña. Durante la república de Vichy se formó en su seno una organización clandestina llamada la Armée Secrète (AS), en español el Ejército Secreto, que entró pronto en contacto con otra organización clandestina, Combat, que a su vez estaba conectada con los grupos de maquis españoles de los MOI (Mano de Obra Inmigrada) y que junto a otros grupos habían formado una coordinadora llamada Movimientos Unidos de la Resistencia que estaba en contacto con el Ejército de la Francia Libre, que dirigía desde Inglaterra Charles De Gaulle y que avanzaba combatiendo, de sur a norte, en las colonias francesas de África Occidental.

A principios de marzo de 1944 el Comandante Valett d´Ossia, del Ejército Secreto, recibió la orden de conquistar y defender la Meseta de Glières, una zona relativamente llana de 16 km² en las montañas de la Alta Saboya, a la que sólo se podía acceder a través de desfiladeros estrechos muy fáciles de defender. El Batallón de Glières, creado para llevar a cabo una misión que tenía mucho de suicida, ya que estaban rodeados de alemanes por todas partes, estaba formado en un principio por 98 hombres, 56 de ellos españoles. Una vez tomada la posición se le unirían voluntarios de la zona, llegando a alcanzar los 456 combatientes, que se organizaron en secciones, a las que llamaron: Liberté Chérie, Leclerc, Verdun, Ebro… La sección Ebro, mandada por Antonio Vilches, era exclusivamente española, pero en el resto también había un alto componente hispano.

Poco después la BBC, desde Londres, empezó a emitir por radio:

“Tres países resisten en Europa, Grecia, Yugoslavia y Alta Saboya”[57].

Era obvio que para De Gaulle y su Estado Mayor esta era una operación claramente propagandística, ya que 450 hombres, rodeados de tropas alemanas en lo alto de la montaña no podían aspirar más que a resistir, como mucho, unas pocas semanas.

El 12 de marzo comenzaron las operaciones militares germanas, a las que llamaron “Operación Korporal”. 8.500 hombres, 6.000 de ellos alemanes y 2.500 franceses se lanzaron contra la Meseta, que resistió hasta el día 26, cuando se dio la orden de retirada. La mayor parte de los defensores de Glières, un alto porcentaje de ellos españoles, murieron allí. Pero más de un centenar pudieron abrirse paso a tiros y reagruparse después en otras montañas cercanas, para seguir combatiendo. Meses más tarde ese grupo liberará la ciudad de Annecy y los pueblos de su comarca.

A 20 kilómetros de Annecy, en el cementerio de Morette, están enterrados 120 de los maquis de Glières. Entre ellos Félix Belloso, Patricio Roda, Pablo Hernández, Victoriano Ursúa Salcedo… inmortalizados por José Ángel Valente en su poema “Cementerio de Morette-Glières” (1944):

“No reivindicaron

más privilegio que el de morir

para que el aire fuese

más libre en las alturas

y los hombres más libres.

Ahora yacen,

con su nombre o anónimos,

al pie de Glières ante la roca pura

que presenció su sacrificio.

Hombres

de España entre los muertos

de la Alta Saboya:

ellos lucharon por su luz visible,

su solar con sus hijos, más vosotros

sólo por la esperanza.”[58]

 

La batalla de La Madeleine

En la aldea de La Madeleine, en el departamento del Gard, a 45 km al noroeste de Nimes, cerca de un castillo en ruinas que se ve desde el pueblo, se libró entre el 23 y el 25 de agosto de 1944 una de las más importantes batallas libradas por la Resistencia Francesa.

“Desde principios de julio de 1944, las fuerzas alemanas acantonadas en el sur de Francia habían recibido órdenes de evacuar sus tropas y dirigirse hacia el norte para combatir a los ejércitos aliados desembarcados en Normandía.”[59]

En la zona de Nimes actuaba la Tercera División de guerrilleros españoles, que estaba integrada en la Unión Nacional Española (UNE), grupo armado creado por el PCE, que formaba parte a su vez de las Fuerzas Francesas del Interior (FFI). Este grupo guerrillero estaba mandado por Cristino García, que había combatido en la Guerra Civil Española a las órdenes de Líster.

“Nos habían advertido que una columna de soldados alemanes que se dirigía hacia el valle del Ródano, pasaría probablemente por la carretera cercana a La Madeleine.

Nosotros sabíamos por experiencia que las tropas alemanas eran capaces de las peores represalias contra la población civil, sobre todo en los momentos de derrota… La columna anunciada agrupaba más de mil soldados alemanes.

Dos días antes del ataque nos habíamos reunido los miembros del Estado Mayor para preparar la emboscada. Después, descendimos de las montañas de Cévennes para acercarnos al lugar por donde debían pasar, con el fin de tomar posiciones.”[60]

Cristino García había sido herido pocos días antes en otra operación guerrillera y no podía combatir. Así que encomendó la dirección de la misión a Gabriel Pérez y a Miguel Arcas, alias “Víctor”. El grupo estaba compuesto por 40 personas, 38 hombres (36 españoles y 2 franceses) y 2 mujeres (ambas francesas).

“…fueron distribuidos entre los muros del castillo, en el cruce de La Madeleine, cerca del río y de un puente que dominaba la carretera, dispuestos de forma estratégica en un arco con una longitud de 700 m y fuertemente armados.[61]

El convoy alemán estaba compuesto por 60 camiones, 4 tanquetas y numerosos cañones antitanque y antiaéreos, junto a más de mil soldados. Los guerrilleros hicieron saltar con dinamita dos tramos de la carretera, entre los que embolsaron a la columna, y destruyeron los camiones de la cabeza y de la cola, para inmovilizarlos. Les disparaban desde todas las posiciones posibles, moviéndose con rapidez para dar la impresión de que eran muchos más de lo de los que eran en realidad.

Tras varias horas de lucha los españoles pudieron contactar con los aliados y consiguieron que estos mandaran dos aviones ingleses, que ametrallaron desde el aire a los alemanes. Poco después se les unía otro grupo guerrillero, con otros 40 milicianos que reforzaron la posición. Los alemanes pidieron parlamentar y tras los primeros contactos se negaron a seguir hablando con los españoles, pidiendo hacerlo con algún oficial de un ejército regular. Así que hubo que esperar a que llegaran dos oficiales, uno del ejército francés y otro del inglés, para que los alemanes aceptaran la rendición. Después de haberlo hecho se les informó que el grupo que los había derrotado sólo tenía 40 efectivos, todos milicianos. Los alemanes no podían dar crédito a lo que oían. De hecho, el general Konrad A. Nietzsche, al mando de la columna, se suicidó cuando lo supo

Sólo tres guerrilleros fueron heridos en esa operación. Todos fueron condecorados por ella con la Cruz de Guerra con Estrella de Plata.

“…los republicanos españoles contribuyeron ampliamente a liberar en aquella zona las ciudades de la Grand-Combe, Alès, Nimes, Villefort, Mende, Langogne, Le Bleymard y Privas, entre otras. En pocos días, más de 40 pueblos y ciudades fueron liberados mayoritariamente por los españoles, en toda Francia.”[62]

 

El Ejército de la Francia Libre

El general Charles De Gaulle fue nombrado Subsecretario de Estado en el Ministerio de la Guerra, el 7 de junio de 1940, en plena desbandada del ejército francés ante las fuerzas alemanas. El día 8 voló a Londres para hablar con Winston Churchill, al que le pidió más ayuda para intentar contener al enemigo, llegando a un acuerdo con él, por escrito, el día 10… Demasiado tarde. El 14 los alemanes entraron en París y el 17 Pétain pidió un armisticio a los alemanes, que se firmó el día 22. El 18 de junio de 1940 De Gaulle, apoyado por el Primer Ministro británico, se dirigió por radio desde la emisora de la BBC de Londres a todos los franceses, para pedirles que continuaran la lucha contra los invasores:

“¿Se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡NO! […] nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! […] Ocurra lo que ocurra, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará.”[63]

Acababa de nacer el Ejército de la Francia Libre. A partir de ese momento miles de voluntarios se irán poniendo a sus órdenes con el objetivo declarado de volver a echar a los alemanes de Francia.

Cuando estalló la guerra, el capitán Philippe de Hauteclocque fue enviado a la primera línea del frente con la Cuarta División de infantería, y allí vivió en primera persona como el ejército alemán laminaba al francés en pocas horas, a mediados de mayo de 1940. La mayor parte de las tropas francesas serán hechas prisioneras. Hauteclocque destruyó sus documentos militares y se vistió de civil. Así consiguió llegar a la París ocupada el 25 de junio, donde unos amigos le informaron del llamamiento que había hecho el general De Gaulle. Inmediatamente decidió unirse al nuevo Ejército de la Francia Libre que se estaba formando en Inglaterra. Cruzó en bicicleta Francia y España y se presentó en la embajada británica en Lisboa, desde donde embarcó hacia Inglaterra, dónde consiguió entrevistarse con el mismísimo De Gaulle el 25 de julio.

El 6 de agosto se incorporó, como comandante, al nuevo ejército que se acababa de formar y recibió una nueva identidad con la que pasaría a la historia: François Leclerc. Éste era un nombre “de guerra”, que todos los resistentes recibían para impedir que el enemigo tomara represalias contra sus propios parientes y amigos en la Francia ocupada o en la de Vichy.

“Las órdenes que el General De Gaulle le entregó en Londres autorizaban al soldado Leclerc a representarlo en todas las negociaciones e iniciativas políticas y militares que pudiera tomar sobre el terreno, para conseguir que las colonias francesas de África occidental y ecuatorial rechazaran el armisticio de Pétain y se unieran a la Francia Libre para continuar la guerra contra los alemanes y los italianos. Para el General De Gaulle, la liberación de Francia debía pasar obligatoriamente por la recuperación y defensa de su imperio, para lo cual consideraba necesario, con la ayuda del gobierno inglés, reemplazar con rapidez a los gobernadores hostiles o indecisos.”[64]

Lo mandaban a África para hacer proselitismo… Con 25 hombres… A las 5 de la mañana del 27 de agosto de 1940 el grupo entró en la ciudad de Duala y ocupó, en plena noche, los principales centros administrativos de la ciudad (correos, telefónica, estaciones, comisarías y comandancia), sin el más mínimo problema.

A las 11 de la mañana se dirigió a la multitud desde la residencia del gobernador y anunció que, por orden del general De Gaulle, él sería el nuevo gobernador de Camerún y que la colonia había pasado a formar parte de la Francia Libre. Al día siguiente se le unen el Congo-Brazzaville y el Chad. En apenas tres días había hombres obedeciendo sus órdenes hasta las fronteras con la Libia italiana, donde actuaban los ejércitos de Rommel.

En Londres, De Gaulle anunció en la BBC que los territorios franceses del África Ecuatorial “habían entrado en guerra”. Poco después un cuerpo expedicionario con los 2.700 soldados con los que contaba en ese momento el Ejército de la Francia Libre, partía para África. Entre ellos varios centenares de españoles que ya se habían enfrentado a los alemanes en Narvik (Noruega) o en Dunkerque (En paralelo, los ingleses creaban también la Spanish Company, en el ejército inglés, formada también por republicanos españoles). Un destacamento de estos recién llegados son enviados inmediatamente, a las órdenes del comandante Koening (buena parte de cuyos miembros también eran españoles) hacia el Mar Rojo, a través del Sudán británico, rumbo a la colonia italiana de Eritrea, que conquistan en pocos días, capturando 4.000 soldados enemigos. Después se unen a las tropas inglesas en el-Alamein (Egipto) y Bir Hakeim (Libia), para combatir a los ejércitos de Rommel.

Leclerc, ascendido ya a coronel, se va abriendo paso poco a poco a través del desierto, llegando a Trípoli el 24 de enero de 1943. El 8 de mayo entrará en Túnez con el conjunto de las fuerzas aliadas al frente de los “cuerpos francos”, que era como se les llamaba en ese momento para diferenciarlos del resto de militares franceses, procedentes del antiguo ejército de Vichy de África del Norte, que se había cambiado de bando tras el desembarco aliado en Marruecos y en Argelia.

Tras la conquista de Túnez, casi todos los españoles que formaban parte del ejército de Vichy, junto con un 17 % de sus efectivos de origen francés, desertan en masa y piden ponerse a las órdenes de Leclerc, que ya era general de división. Los españoles llegaron a representar un elevado porcentaje de los efectivos de los cuerpos francos, que pasaron a llamarse la Segunda División Acorazada tras recibir el armamento blindado más moderno, de origen norteamericano, y el refuerzo de los voluntarios de África del Norte. La Segunda División Acorazada se convirtió en la fuerza de choque del nuevo ejército francés que había ido surgiendo durante la guerra, y también en la división más moderna y experimentada del mismo. Antes de que sus efectivos saltaran al continente europeo se hizo una reorganización completa y entonces apareció la novena compañía, casi exclusivamente española. La “Nueve”.

 

La Nueve

“«¡Ah, La Nueve!» «¡Sabían luchar!» «No retrocedían nunca. No cedían ni un palmo de terreno conquistado. Iban siempre delante».”[65]

“Guerreros valientes y experimentados.”

Raymond Dronne (Capitán de La Nueve)

La Nueve fue, simplemente, la compañía que liberó París. La que echó de la capital francesa a los alemanes. Nada más y nada menos. Tenía 160 soldados, 146 de los cuales eran españoles.

“La lengua hablada corrientemente era el castellano, la gran mayoría de sus oficiales eran españoles, las órdenes se daban en español e incluso el turuta tocaba con la corneta el despertar matinal «en español».

Aquellos hombres procedían de todas las regiones de España. La mayor parte había luchado en las filas del ejército republicano o en las milicias populares durante la guerra y todos tenían experiencia de combate.”[66]

Al frente de la compañía estaba el comandante Joseph Putz, un héroe condecorado de la Primera Guerra Mundial que se alistó en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española, donde llegó a desempeñar el grado de coronel, segundo al mando del general Walter. Combatió en las batalla del Jarama y de Guadalajara y también en la defensa de Bilbao. Después se reincorporó al ejército francés con el grado de capitán, y fue destinado a África del Norte, donde procuró rodearse de viejos republicanos españoles, que el resto de oficiales, mucho más conservadores que él, preferían evitar. Finalmente fue expulsado del ejército de Vichy, uniéndose después a los cuerpos francos de Leclerc, al que pidió que le permitiera formar una compañía de españoles.

El segundo al mando de La Nueve era el capitán Raymond Dronne, que se unió a las fuerzas de Leclerc en Duala, siguiéndolo en todas las campañas de África del Norte.

[Cuando] “…fue nombrado Capitán de La Nueve. Al entregarle el mando, Leclerc se lo anunció, explicándole que era una compañía de voluntarios españoles que daban miedo a todo el mundo: «Son buenos soldados, creo que usted podrá con ellos».”[67]

El tercero era el teniente Amado Granell, español. Fue el primer soldado aliado que entró en la alcaldía de París.

[Granell] “Encabezó la columna de vehículos de la 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada que, integrada por republicanos españoles, fue la primera unidad militar aliada que entró en París tras su ocupación por la Wehrmacht[68]. Como tal, apareció en la portada del diario Libération al día siguiente de la Liberación de París, reunido con el líder de la resistencia francesa Georges Bidault y el prefecto del Sena, aunque en el titular se decía que había sido el capitán Raymond Dronne «el primer francés que llegó al Ayuntamiento» de París[69].[70][71]


Portada del diario Libération del 25 de agosto de 1944. El militar de la derecha es el español Amado Granell, el primer soldado aliado que entró en el Ayuntamiento de París, al mando de una columna de la Nueve.

 

La Nueve era una compañía blindada, de tanquetas ligeras “half-tracks”. Le habían puesto nombre a todas ellas (Guadalajara, Brunete, Teruel, Madrid, Ebro, Santander, Belchite, Don “Quichotte”, Guernica, Buiza, Libération, Cap Serrat, Tunisie…) Dicho nombre estaba grabado en los laterales. En la parte frontal de las mismas estaban pintadas, además, dos banderas. La del Ejército de la Francia Libre y la tricolor republicana.

El 24 de agosto de 1944 La Nueve se abre paso entre las fuerzas alemanas que defendían París. Así lo cuenta un periodista americano que entró con ellos:

“…emprendimos la marcha hacia París y al llegar al pueblo de Antony fuimos detenidos por un escuadrón motorizado de republicanos españoles. La lucha en aquel sector se había recrudecido y aquellos aguerridos muchachos de la república española consideraron peligroso nuestro avance. […] Sus tanques y auto-blindados llevan pintados en la parte delantera y en sus lados nombres tan sugestivos como Ebro, Guadalajara, Belchite… Y enarbolan la bandera republicana. Proseguimos la marcha y antes del mediodía alcanzamos los arrabales de la capital, siempre precedidos por los republicanos españoles, que eran aclamados con un indescriptible delirio por la población civil.”[72]

Poco después:

“Victoria Kent observaba la calle desde la ventana, silenciosa, inmóvil. […] De repente quedó paralizada, con el auricular en la mano: en la radio, surgiendo de un enorme estruendo, una voz jadeante y mucho más clara, explicaba que los tanques de la División Leclerc acababan de llegar a la alcaldía de París, que había entrado en la capital, que había sido duro y emocionante llegar hasta allí… que durante todo el trayecto las tropas del general Leclerc habían despertado oleadas de entusiasmo. El locutor hablaba rápido, excitado: «Los vehículos de la División Leclerc llegan conducidos por españoles.»

Victoria se apoyó en la pared. ¡Conducidos por españoles! ¡Los vehículos de Leclerc habían llegado! ¡Iban conducidos por españoles! Se cubrió la cara con la mano: españoles… ¡Españoles en la División Leclerc! Había comprendido, lo había oído con claridad: los hombres de las primeras tropas liberadoras que habían entrado en París no eran los americanos que esperaban, eran los hombres de Leclerc, republicanos españoles.

Una emoción intensa llenó sus ojos de lágrimas. Cuántas cosas pagadas en un momento. Eran las nueve y veintiséis minutos de la noche. Unos instantes después; un intenso clamor de campanas fue multiplicándose y multiplicándose, por todo País.[73]

Al llegar a la plaza, el primer vehículo de la sección mandada por Dronne, el half-track Guadalajara, atravesó la plaza y se instaló junto a una acera de la calle de Rivoli, cerca de las tiendas Les ciseaux d´arguent y Zapatos Mansfield. Zubieta, Abenza, Luis Ortiz, Daniel Hernández, Argüeso, Luis Cortés, alias el Gitano, Ramón Patricio, alias Bigote, junto al sargento jefe, De Possese, saltaron del blindado y se instalaron en posición de defensa, con las ametralladoras en la mano. «¡Son los franceses!», gritaba la gente que iba llegando, señalando a los españoles.

Amado Granell los estaba esperando en la puerta del Ayuntamiento. Cuando llegó el Capitán Dronne, entregó el mando de la columna a Granell y, escoltado por el armenio Pirlian, el capitán de La Nueve subió la gran escalera central del edificio, donde ya le esperaban Bidault y los jefes de la Resistencia del interior, felices de encontrar por fin a un soldado francés… Los vehículos militares de La Nueve habían sido instalados en forma de erizo, alrededor de la plaza. El Teruel se instaló enfrente, junto al Sena. Germán Arrúe se situó delante, metralleta en mano.”[74]

El 26 de agosto el ejército francés desfilaba por París y De Gaulle era aclamado por la multitud. Abría el desfile… Amado Granell

“De Gaulle quiso asegurarse el papel principal, dejando en un segundo plano a los miembros de la Resistencia en la ciudad. En primer lugar, acudió con los hombres de «La Nueve», que se convirtieron en su escolta en esos días en París, a rendir un homenaje en la tumba del soldado desconocido[75]. El desfile posterior estaba encabezado por La Nueve, con Amado Granell al frente[76]. Además, una bandera de la Segunda República Española atravesaba la avenida de los Campos Elíseos[77].”[78]

 

La guerra sigue

Tras la batalla de París las tropas de Leclerc se integran en el XIV Ejército americano, con la nueve de punta de lanza. Combatieron en Ardelot, Dompaire, Châtel, Vaxoncourt… El 23 de noviembre fueron las los primeros en entrar en Estrasburgo:

“Doce mil militares y veinte mil civiles alemanes se rindieron en pocas horas. Aquella gesta se convertiría en uno de los más brillantes episodios de la historia militar francesa… Los soldados de la 2ª DB, lanzados en cinco columnas -tantas como los caminos que conducían a la ciudad- llegaron velozmente y ocuparon la ciudad con un mínimo de víctimas. La Nueve entró en vanguardia, al lado del coronel Putz. Poco después, la bandera francesa ondeaba en la cúspide de la catedral.”[79]

Poco después la 12ª División Blindada americana perdió en combate una de sus unidades de tanques, imprescindible para continuar su avance por territorio alemán… La reemplazó La Nueve. Objetivo: Berschtesgaden, en los Alpes austriacos, una pequeña estación de montaña, a 50 kilómetros al sur de Salzburgo y a 3.000 metros de altitud, donde estaba la residencia del Führer conocida como “El Nido de Águilas”, defendido por las SS, que habían excavado en la roca diez pisos de túneles y de galerías secretas. La posición fue tomada… Allí les llegó la noticia de que la guerra había terminado. Poco después todos volverían a Francia y la gran mayoría de los españoles a la vida civil, esperando el día en que pudieran volver a España. Muchos pensaban, que, tras acabar con los nazis y los fascistas, los aliados les ayudarían a reconquistar su país, pero no fue así. Aunque de eso hablaremos otro día.



[1] Carlos Hernández de Miguel: Los Campos de concentración de Franco. Grupo Editorial Peguin Random House. Barcelona. 2019.

[2] Bartolomé Bennassar: La Guerre d’Espagne et ses lendemains. Ed. Perrin, Paris, 2004.

[3] Rubió Coromina, Jordi (2015). L'èxode català de 1936 a través dels Pirineus. Maçanet de la Selva: Gregal.

[4] Bartolomé Bennassar. Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] Para mayor información sobre la actuación de la sociedad argentina consúltese Bocanegra, Lidia; “La República Argentina: el debate sobre la Guerra Civil y la inmigración” en ¡Ay de los vencidos! El exilio y los países de acogida, Ed. Eneida, Madrid, pp. 189-233.

[8] Vilar, Juan B.; “El exilio español de 1939 en el Norte de África”, en ¡Ay de los vencidos! El exilio y los países de acogida, Ed. Eneida, Madrid, pp. 71-72

[10] Evelin Mesquida: La Nueve, los españoles que liberaron París. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2008.

[11] Federica Montseny: El éxodo. Pasión y muerte de españoles en el exilio. Galba. Barcelona. 1969.

[12] Evelin Mesquida (Ibíd).

[13] Ibíd.

[14] Claude G. Bowers: Ma mision en Espagne. Flammarion. París. 1956, p. 399. Citado por Evelin Mesquida en La Nueve, los españoles que liberaron París.

[15] Albert Camus: “Pourquoi l´Espagne”, Combat, diciembre de 1948.

[16] El Socialista, 22/9/1949.

[17] Evelyn Mesquida. Ibíd.

[20] «65 años como “niño de la guerra” en Rusia», reportaje en El País sobre la vida de Alberto Fernández, presidente del Centro Español de Moscú.

[21] «Identidad y memoria colectiva en “Los Niños de Rusia”», Colorado Review of Hispanic Studies, vol. 1, n.º 1, 2003; pág. 9.

[22] Castillo Rodríguez, Susana. Memoria, Educación e Historia: el caso de los niños españoles evacuados a la Unión Soviética durante la Guerra Civil Española. Tesis doctoral. Madrid, 1999. Página 5.

[23] Ibíd. P.10.

[25] Alted Vigil, Alicia (2005). «El “instante congelado” del exilio de los niños de la guerra civil española», revista Deportate, Esuli, Prófughe, n.º 3, págs. 263-281.

[26] Informe de la Dirección General de Inmigración de 11/05/06. Ministerio de Trabajo e Inmigración, Gobierno de España.

[27] «Desde Santurce a Leningrado», El Correo Digital Archivado el 1 de noviembre de 2008 en la Wayback Machine., 15 de junio de 2008.

[29] Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH), fondo Carlos Esplá, exp. 3.8/4446, Informe sobre los niños españoles en Morelia, México, 29 de diciembre de 1941.

[30] AMAE, fondo JARE, caja M-303, (1944) "Normas para el funcionamiento de las Casas-Hogar México-España", México, 17 de febrero de 1944.

[32] Periódico Excélsior. Miércoles 3 de junio de 1987 Sección B portada.

[35] Coordinación de Difusión Cultural UNAM, Cincuenta años del exilio español en la UNAM, México, 1991

[36] Aportaciones literarias de los escritores españoles exiliados en México (Página web ya desaparecida)

[38] Robert Laffont. On chantait rouge. París, 1977, p. 267. Citado por Evelyn Mesquida. Ibíd.

[39] Entrevista con Angelita Rodríguez. En Evelyn Mesquida. Ibíd.

[40] Evelyn Mesquida. Ibíd.

[42] Luis I. Rodríguez, Misión de Luis I. Rodríguez en Francia: la protección de los refugiados, El Colegio de México, México, ISBN 968-12-0874-9, pág. 277.

[46] Stanisław Dobosiewicz (2000). Mauthausen-Gusen; w obronie życia i ludzkiej godności. Varsovia: Bellona. pp. 191-202.

[47] Władysław Gębik (1972). Z diabłami na ty (Calling the Devils by their Names). Gdańsk: Wydawnictwo Morskie. p. 332.

[49] Ibíd.

[50] Evelyn Mesquida: Y ahora, volved a vuestras casas. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2020.

[51] Ibíd.

[52] Ibíd.

[53] Ibíd.

[54] Ibíd.

[55] Ibíd.

[56] Ibíd.

[57] Ibíd.

[58] Ibíd.

[59] Ibíd.

[60] Anne-Marie García: Adiós, guerrillero. Angeville. Association La Brouche. 2013.

[61] Evelyn Mesquida: Y ahora, volved a vuestras casas. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2020.

[62] Ibíd.

[64] Evelin Mesquida: La Nueve, los españoles que liberaron París. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2008.

[65] Ibíd.

[66] Ibíd.

[67] Ibíd.

[68] El Periodic: «El periodista Rafael Torres presenta el libro en el que narra la vida de nuestro paisano Amado Granell Archivado el 4 de julio de 2017 en la Wayback Machine.» Consultado el 31 de mayo de 2013.

[69] El Periodic: «Trilles: “Amado Granell fue un hombre libre y utópico que luchó por sus ideales hasta las últimas consecuencias”» Consultado el 31 de mayo de 2013.

[70] "El héroe valenciano que liberó París", El País, 10 de agosto de 2014.

[72] Evelin Mesquida: La Nueve, los españoles que liberaron París. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2008

[73] Basado en el texto del libro de Victoria Kent: Quatre ans à Paris. Le libre du jour. París. 1947.

[74] Evelín Mesquida: Ibíd.

[75] Serrano, Secundino: La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945) Ediciones El País, S.A. p. 784.

[76] Hernández Amorós, Francisco. «Españoles en la liberación de París». Consultado el 23 de enero de 2008.

[77] Serrano, Secundino: La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945) Ediciones El País, S.A. p. 784.

[79] Evelín Mesquida: Ibíd.

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