domingo, 29 de enero de 2012

El occidente de Asia




Imagínese, por un momento, a un astrónomo del planeta Marte orientando su telescopio hacia La Tierra y dedicándose a hacer un mapa de nuestro planeta. Una vez terminado su trabajo cartográfico, con la intención de divulgar nuestra geografía entre sus conciudadanos, se dedicará a poner nombres marcianos a todos los accidentes de la geografía terrestre.

Después se presentará ante su expectante auditorio y entrará en una descripción de nuestro mundo tal y como se puede observar desde allí. Les hablará de la gran cantidad de océanos que lo cubren -así como de su extensión- y después se detendrá en sus continentes, que son seis: Asia, África, Oceanía, La Antártida, América del Norte y América del Sur, por supuesto rebautizados cada uno con el nombre de algún dios de la mitología marciana, de algún gobernante destacado o bien de algún científico eminente de allí.

Si uno de nosotros se colara de contrabando entre su auditorio tal vez le preguntaría (a través del correspondiente traductor) ¿Y Europa?, y él contestaría preguntando, a su vez: ¿Euro qué?

Inténtese poner, por un momento, en el lugar de nuestro eminente astrónomo marciano. Usted no sabe nada de la historia de La Tierra. Es más, no sabe siquiera si existen los terrícolas. Y alguien le muestra un mapamundi físico de ella. ¿Por qué debemos suponer que Europa es un continente? ¿Qué es un continente? Algo así como una isla gigantesca ¿no? Una masa territorial perfectamente definida, desde el punto de vista geográfico, y con entidad suficiente como para que no la podamos considerar una simple isla.

Pues bien, Europa, desde esa perspectiva, no es un continente. Es, simplemente, la región más occidental de Asia. La supuesta línea divisoria que nos separa de nuestros vecinos del Este –los montes Urales- no son nada comparados con el Himalaya, y a nadie se le ocurre decir que La India está en un continente distinto de China, a pesar de que sí lo es desde un punto de vista geológico, lo que no sucede en el caso europeo.

¿Por qué diablos nuestros geógrafos se dedican entonces a decir que Europa es una entidad que merece, nada menos, que el rango de continente? Pues porque los europeos (y algunos descendientes suyos) somos los seres más egocéntricos que existen en el planeta Tierra. Sólo por eso. Porque razones objetivas no hay para afirmar tal cosa. Ahora bien, ¿usted se imagina a un aristócrata inglés o prusiano reconociendo que comparte continente con las razas inferiores de Asia? Eso es algo superior a lo que su ego puede permitirse. Ya les cuesta trabajo admitirnos a los “latinos” en él, no digamos a los árabes, los hindúes, los malayos…

La única razón que hay para establecer una separación entre Europa y Asia es cultural. Europa, hasta finales de la Edad Media, era el territorio de los cristianos. Después los europeos se extendieron por América y Oceanía y, aunque el cristianismo se expandió por muchas más zonas que los descendientes de los europeos, esos nuevos cristianos conversos no son blancos, y conviene que no se crean demasiado el mensaje evangélico que dice que todos los hombres son iguales, porque algunos, desde luego, son más iguales que otros.

Si, por nuestra parte, hiciéramos extensivo a todo el planeta el criterio cultural para establecer los “continentes” entonces, indudablemente, tendríamos que subdividir Asia en tres o cuatro más –además del europeo-, porque es evidente que –siguiendo ese criterio- China, La India o el mundo árabe se diferencian entre sí de manera tan nítida como Europa con respecto a cualquiera de esas zonas.

Y sin embargo ese no es suficiente motivo como para que, en estos casos, hagamos prevalecer el criterio cultural sobre el geográfico, tal y como hacemos en el caso europeo.

¿Cuál cree usted que es la razón que nos hace aplicar este doble rasero en el análisis de la realidad que nos circunda? Pues una muy obvia: Que los europeos nos sentimos el “ombligo del mundo”.

Dirija ahora su mirada hacia América. Para los marcianos de nuestra historia está claro que son dos continentes, pero los blancos de mentalidad eurocéntrica sólo ven uno. ¿Por qué? Pues porque -también desde el punto de vista cultural- los dos mantienen una relación con Europa que es parecida. Si los norteamericanos fueran cristianos y los sudamericanos musulmanes –o viceversa- no habríamos dudado en visualizar su doble continentalidad, como nuestros amigos los marcianos. He aquí que cuando nos parece aplicamos el criterio cultural y cuando no, el geográfico.

Esa visión eurocéntrica del mundo no es en absoluto inocente. Tras ella subyace una visión racista de las relaciones entre los hombres, como salta a la vista. Y está claro que, tras el aséptico discurso académico que intenta presentar el mundo de una manera más o menos “científica” se esconde, como en la “ciencia económica”, como en la “sociología”, etc. un planteamiento claramente ideológico, cuasi metafísico.

Los sesudos profesores de nuestras eminentes universidades argumentarán que la palabra “Europa” es de origen griego y de ahí derivarán el concepto de europeidad. Es obvio que si nosotros sólo conociéramos la parte de La Tierra que conocían los griegos, concluiríamos que Europa y Asia son dos lugares claramente diferenciados por razones geográficas y haríamos bien en establecer esa clasificación de las zonas del mundo conocido (Si fuéramos hormigas y nos encontráramos con un humano que estuviera durmiendo pensaríamos que es una montaña). En su caso, y en el de los romanos, no había motivos de tipo cultural para afirmarlo, puesto que el área peri-mediterránea era un espacio continuo en el que no había bruscas diferencias culturales, más allá de las que hay normalmente entre un país y el vecino. La gran ruptura ideológica que se impuso en la Edad Media entre los habitantes de la margen septentrional del antiguo “Mare Nostrum” y los de la meridional y oriental aún no se había producido.

Pero la palabra “Europa” en la Edad Media se carga de un contenido bíblico que no tenía en la antigüedad. La visión totalizadora del mundo que poseen los monoteístas les lleva a establecer, entre los hombres, divisiones maniqueas que no existían en las mentes de los politeístas antiguos. Esa oposición entre buenos y malos, entre portadores de la verdad e infieles que no cejan en su empecinamiento en el error, se ha enmascarado, durante los últimos doscientos años, detrás de un discurso cientifista que no es más que la continuación de la metafísica bíblica por otros medios. De todas formas el enmascaramiento es tan burdo que basta darse un paseo por el mundo para descubrirlo.

Detrás del complejo de superioridad que el hombre blanco siente sobre el resto de la humanidad se oculta, agazapado, el concepto de “pueblo elegido” del Antiguo Testamento. El europeo se siente protegido por la nueva divinidad, que es el Dios padre de la Biblia que ha ganado en abstracción, perdiendo –primero- toda posible corporeidad y –después- la mayor parte de sus atributos humanos, para acabar convertido en el Dios de los relojeros de Newton, que con su implacable defensa de las reglas inflexibles que rigen el Universo nos garantiza que la máquina infinita que definimos con ese nombre va a seguir funcionando eternamente.

Pero mira por donde ese Dios implacable ha hecho una excepción con nosotros y, si tenemos la piel clara, descendemos de algún cristiano y tenemos cierto nivel cultural nos va a tratar de manera diferente y va a ser mucho más comprensivo.

La nueva divinidad sí que es capaz de percibir nuestras necesidades, ha establecido un pacto con nosotros, que es una prórroga del que acordó con Abraham, y ha elevado, gracias a Lutero -recordemos su frase más paradigmática: “sólo la fe nos salva”-, nuestra subjetividad a la categoría de divina (la subjetividad de los otros es una mierda: ellos no descienden de Abraham, ni física ni, mucho menos, simbólicamente). En realidad, como tenemos un teléfono directo para comunicarnos con él (algo así como el teléfono rojo de la “Guerra Fría” entre Washington y Moscú), basta que le maticemos por qué, por ejemplo, hay que salvar a los banqueros y condenar a los trabajadores griegos, ya estos son unos manirrotos, que no piensan más que en gastar, mientras que aquellos juegan –perdón, quise decir invierten ¿en qué estaría yo pensando?- en una bolsa que no es un casino como creen los malpensados, sino una pieza fundamental para la creación de riqueza y de prosperidad. Basta, repito, que le expliquemos a ese Dios tan razonable nuestros sensatos argumentos, para que él se ponga en contacto con el resto de las inteligencias que han recibido el don del espíritu santo para difundirlos de manera telepática.

Pero últimamente están sucediendo en el mundo cosas muy extrañas. Parece como si el Dios de los blancos, ese que –en su día- hizo un pacto con Abraham y después lo prorrogó con nosotros –en su versión 3.0 o “científica”, recordemos que la 2.0, o “evangélica”, la firmó con Lutero y con Calvino en el siglo XVI- nos está dando de lado. Sorprendentemente se ha puesto a ayudar a los chinos y a los hindúes -que ni siquiera son cristianos, aunque están haciendo cursillos intensivos para aprender la versión “científica” (la 3.0) del cristianismo- ni blancos y también a los brasileños que, aunque nominalmente cristianos (no llegaron ni siquiera a la 2.0), son “latinos”, es decir manirrotos, derrochadores … y… ¡mestizos!

Y no se ha quedado ahí. Además, está permitiendo que personas de razas inferiores y/o de religiones extrañas estén emigrando masivamente al sacrosanto continente europeo y lo estén contaminando con su presencia. Por arte de magia podemos contemplar anonadados la aparición de mezquitas en los Alpes o en el país de la Reina Victoria o la celebración de carnavales latinos en Notting Hill. Algún agente demoníaco debe estar actuando por el mundo.

El siglo XXI se está convirtiendo en el de la venganza de las razas inferiores. Por primera vez en la historia estalla una crisis económica en los países ricos que no se propaga a los pobres. ¿Habrase visto mayor dislate? Mientras Europa conoce la recesión y ve como el desempleo se multiplica, China continúa creciendo con tasas cercanas al 10% y en Iberoamérica la prosperidad avanza y, con ella, la democracia y una mayor justicia social. ¡Si Nixon levantara la cabeza! Le daría un patatús.

Parece que la Historia, esta vez, está empezando a poner las cosas en su sitio y empezando a equilibrar un poco la balanza. El péndulo de su reloj, después de haber alcanzado el punto extremo de concentración del poder planetario, empieza a moverse en la dirección contraria, que es la de la democracia y la igualdad. Algún día de estos –quizá cuantos los asiáticos alcancen la mayoría de la población en Inglaterra, que no crean ustedes que está muy lejano-, algún profesor de Oxford -de origen pakistaní claro- descubrirá que, como ya saben los marcianos, Europa tan sólo es la región más occidental de Asia.

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