lunes, 16 de abril de 2012

La “función borgoñona”

Hoy empezaremos echando un nuevo vistazo a un viejo mapa que les mostré hace ya algunos meses en el artículo “Las fronteras intangibles”[1]. Se trata del que nos muestra al Imperio Romano en su momento álgido, sobre el 200 de nuestra era.

En su día les dije que observaran las fronteras más occidentales de los germanos con el Imperio y otra vez vuelvo sobre lo mismo. Observen la línea que separaba a éste de los bárbaros, a la altura de la Francia actual:




El “Limes” romano continental europeo discurría (salvo en su tramo final, a la altura de la actual Rumanía, la “Dacia” romana) siguiendo los cursos de los ríos Rhin y Danubio. En la orilla occidental del primero y en la meridional del segundo se atrincheraron los romanos para contener, durante 400 años, las embestidas procedentes del universo germánico. Aunque el paisaje natural, en las dos orillas del Rhin, es prácticamente el mismo sabemos que, antes de que los romanos llegaran allí, este río ya actuaba como la línea divisoria entre dos de los grandes pueblos de la protohistoria europea: los celtas –al oeste- y los germanos –al este-.

El Rhin, por tanto, viene actuando desde hace 2.300 años como la frontera entre dos pueblos, dos culturas, dos universos mentales, dos ecosistemas sociales en definitiva: al oeste los galos, posteriormente romanizados, sometidos por los francos a partir del siglo V, a los que hoy llamamos franceses. Al este los germanos, nunca romanizados, que construyeron en la Edad Media aquella laxa confederación de señores feudales que recibió el rimbombante nombre de “Sacro Imperio Romano-Germánico” y que hoy se llama Alemania.

Si viene siguiendo la serie de artículos sobre Dinámica Histórica que vengo publicando desde el mes de enero recordará lo que dije de los juegos de oposiciones en el artículo que cité más arriba y, también, lo que hablé sobre los bordes fronterizos entre dos ecosistemas[2].

Pues bien, el Rhin lleva 2.300 años convertido en la línea fronteriza entre dos ecosistemas, y como tal desempeñando la función que de ella se espera. Los romanos se atrincheraron allí y organizaron el territorio -en consecuencia con esa función- como un espacio fronterizo sometido a la continua presión militar germánica y que debía dar apoyo logístico a los puestos militares que se habían diseminado por todo el territorio. En esa zona hubo generosos repartos de tierras a los soldados veteranos una vez licenciados, para crear una trama social de pequeños campesinos capaces también de organizar la defensa del territorio en el supuesto de que saltaran los cerrojos militares que cubrían la primera línea.

Fueron pasando los siglos y los romanos cada vez tenían más problemas para movilizar soldados con los que cubrir las vacantes que se iban produciendo en el Limes. Poco a poco empiezan a reclutar hombres al otro lado del Rhin, fuera de los límites imperiales. Las legiones del Limes se fueron paulatinamente germanizando, de tal manera que llegó un momento en el que los que supuestamente tenían que proteger a Roma de los ataques de los bárbaros eran tan germanos como los propios atacantes. Por eso un día (el 25 de diciembre del 406) una parte de las tropas romanas que debían proteger ese “Limes” simplemente cambiaron de bando, uniéndose a los invasores durante uno de los días de fiesta más importante del calendario romano, y comenzaron así las que conocemos como “invasiones bárbaras”.

Pero durante los 200 años anteriores a esa fecha, el número de veteranos licenciados de origen germano que recibían tierra en la zona del Limes fue en aumento continuo, desplazando de manera paulatina a los primitivos habitantes de la misma, que eran de etnia celta.

Por tanto, durante el Bajo Imperio Romano, en la franja de tierras que había al oeste del Rhin, fue surgiendo una sociedad militarizada y muy romanizada, donde los celtas se fueron mezclando con los germanos, vinculada con el poder imperial mucho más directamente que el resto de habitantes que componían la Galia. Así cristalizó esa sociedad y así se proyectó hacia el futuro.

Tras las invasiones bárbaras sus habitantes pasarán a formar parte del reino Franco, como el resto de la Galia romana. Y esa franja de tierra será el eje central del Imperio de Carlomagno (siglos VIII y IX), la primera formación política que fue capaz de integrar (durante tres generaciones) a los antiguos celtas y a los germanos. El Imperio Carolingio fue una experiencia efímera. Todos los intentos de integrar a franceses y alemanes dentro de la misma estructura política han corrido siempre la misma suerte.

El acta de defunción del Imperio Carolingio fue el Tratado de Verdún (843):

“Se conoce como tratado de Verdún al acuerdo celebrado entre Lotario I del Sacro Imperio Romano Germánico, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, hijos de Ludovico Pío y nietos de Carlomagno. Por este tratado, los tres hermanos pusieron fin a años de hostilidades en que se enzarzaron debido a su ambición de controlar la totalidad del Imperio carolingio, lo que fue permitido por la debilidad de su padre.

Por el tratado de Verdún (843), los tres nietos de Carlomagno desintegraron el Imperio. Carlos se llevó las regiones occidentales. Luis tomó para sí las orientales. Lotario, por su parte, por su ambición, obtuvo las capitales imperiales: Roma y Aquisgrán, enclavadas en una estrecha franja de terreno [la franja de las que les vengo hablando] entre los dominios de sus dos hermanos, que iba desde Italia hasta el Mar del Norte.

El tratado tuvo consecuencias políticas incalculables. Aparte de sepultar para siempre el sueño de una resurrección del Imperio romano en Europa Occidental (que sería infructuosamente buscado por el Sacro Imperio Romano Germánico), creó la semilla de lo que después serían las naciones de Francia al oeste (el territorio de Carlos, que por primera vez recibe esa denominación en vez del tradicional nombre de Galia) y Alemania al este (los dominios de Luis). El territorio de Lotario será conocido en la Edad Media como la Lotaringia, denominación geográfica que abarca Flandes (las actuales Bélgica y Holanda), las regiones francesas de Alsacia y Lorena, y la Italia septentrional. Esta colección de tierras era demasiado inestable para seguir unida en un mismo cetro, y se desintegró bastante rápido, en un nuevo tratado celebrado el año 870, el tratado de Mersen, dejando de desempeñar un papel unitario en la historia universal.”[3]

Conforme fue avanzando la Edad Media -en la zona más meridional del viejo limes romano- la Lotaringia se fue transformando en el Ducado de Borgoña, un estado-barrera entre Alemania y Francia que supo aprovecharse de la rivalidad entre ambos países y de las debilidades estructurales del modelo de relaciones sociales del universo feudal para abrirse paso como un “ecosistema de frontera”. Pronto recuperan la vieja relación privilegiada que las fuerzas vivas del “Limes” tenían en la antigüedad con las autoridades imperiales romanas, cuyos herederos funcionales -en la Plena Edad Media- eran los papas romanos. De esa relación privilegiada obtenían las dos partes una gran rentabilidad. Los borgoñones recibían una legitimación moral del papado que en esa época valía su peso en oro. La amenaza implícita de excomunión contra un rey era entonces más valiosa que un ejército de 10.000 hombres. Así los borgoñones suplían su debilidad militar relativa con prestigio, influencia moral y poder diplomático.

La Santa Sede, por su parte, al partir en dos la cristiandad medieval con un estado-barrera debilitaba a los poderes temporales, reforzando la autoridad “espiritual” del Papa. En la mente tenían la creación de un estado teocrático supra-europeo[4] en el que los señores feudales respondieran ante el Papa también en términos políticos.

Tal y como expresamos en nuestro artículo “España: ¿Puente o frontera?”[5], los “ecosistemas de frontera” actúan como verdadero motor de cambio, exportando continuamente nuevas “especies” hacia los ecosistemas vecinos y el Ducado de Borgoña no es ninguna excepción a esa regla general. La mayor revolución espiritual de la Edad Media continental europea, la orden cluniacense, fue creciendo bajo la protección de los duques de Borgoña, formándose una gran alianza, en el corazón de Europa, entre el papado, los borgoñones y los cluniacenses que lideró, durante los tiempos medievales, una profunda renovación de las costumbres que tendrán a los monjes benedictinos como sus agentes principales y que buscaban construir el gran estado teocrático europeo, sometido a la autoridad del Papa, en el que lo “temporal” se confunde, de manera interesada[6] con lo “espiritual”, marcando el comienzo de la dura pugna por la hegemonía entre los poderes políticos (siempre divididos, gracias a la magistral utilización de la famosa “diplomacia vaticana”, combinada con las amenazas del “infierno” contra los que desobedecían la voluntad manifiesta de los papas) y los religiosos que, en el caso católico, siempre tuvieron unidad de mando y, por tanto, coordinación continental.

Ya hemos ido viendo el papel que, en la historia medieval española, desempeñó esta triple alianza. Pero es obvio que, para ellos, la Península Ibérica sólo era un escenario parcial dentro de una guerra global. La división política de los monarcas europeos era su objetivo principal, especialmente el aislamiento mutuo de los escenarios franceses –por un lado- y alemanes –por el otro-. Pero otro de sus grandes objetivos era convertir al papado en el gran transformador de las costumbres para poder conducir al “rebaño” cristiano en la dirección que la Iglesia marcaba. Las diversas órdenes monásticas se encargarán de esa tarea. Durante esos siglos habrá varias propuestas, que se irán complementando entre sí, cada una de las cuales cubrirá un flanco diferente dentro del "ecosistema" feudal. Pero es evidente que el papel desempeñado por los cluniacenses, durante los siglos XI y XII y los cistercienses, inmediatamente después, fue el más destacado dentro de la gran pluralidad de propuestas monásticas medievales.

También recordarán que, tanto en “La Génesis de nuestra identidad”[7] como en “El boomerang español”[8], hablé de la influencia de la experiencia borgoñona en los campos de batalla españoles frente a los almorávides y la creciente implicación del papado en la “Reconquista” española como uno de los elementos desencadenantes de las cruzadas. En su día comentamos que quien quisiera liderar un mundo de guerreros tenía que ser uno de ellos y que la experiencia española fue un elemento determinante en el proceso de reflexión que condujeron a ese ambicioso proyecto. En Tierra Santa la Iglesia católica creó y desarrolló otra potente herramienta de intervención en el universo feudal: las órdenes de caballería, esos hombres mitad monjes mitad soldados que hicieron llegar las directrices papales de manera directa hasta los campos de batalla, en un proceso de desarrollo de la lógica teocrática que planteé más arriba.

El destacado papel desempeñado durante los siglos XI y XII en la Península Ibérica, tanto por los cluniacenses como por los borgoñones, es consecuencia del desarrollo de la lógica fronteriza consustancial con el proyecto borgoñón y que encontró en España otro “limes” donde mutar para seguir creciendo. Entonces se tejió una alianza entre las clases dominantes de los dos países que “resucitó” quinientos años después, cuando se produjo la coronación de Carlos I.

El fracaso final de las cruzadas, la agudización de los conflictos entre Papado e Imperio, entre poderes temporales y espirituales, la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y el Cisma de Occidente (1378–1417), fueron debilitando la hegemonía del Papa en el continente durante la Baja Edad Media. Durante esos siglos finales del Medievo Inglaterra se va acercando, de manera paulatina, a la vieja alianza romano-borgoñona. Durante la Guerra de los Cien Años los reyes borgoñones actúan con frecuencia en coalición con las fuerzas inglesas en los campos de batalla franceses. Poco a poco van ganando peso, dentro de los dominios borgoñones sus regiones más septentrionales: el área flamenca, como consecuencia de esa nueva y cada vez más estrecha relación entre borgoñones e ingleses.

La emergente Inglaterra de los siglos XV y XVI termina completando, por el norte, al eje romano-borgoñón, heredando palatinamente algunas de las funciones –las diplomáticas por supuesto- que fueron monopolio papal durante la Edad Media. De una manera creciente la actuación diplomática de los británicos en los escenarios continentales prolonga en el tiempo las estrategias diseñadas en Roma muchos siglos antes. Y entre esas políticas heredadas figura, en primerísimo lugar, el sostenimiento de los estados-barrera de la franja del Rhin.

El heterogéneo conglomerado de señoríos del oriente francés cada vez es menos borgoñón y más flamenco y es en ese contexto histórico en el que se produce el matrimonio entre la castellana Juana la Loca con el flamenco-borgoñón Felipe el Hermoso. Como consecuencia, en 1517, es coronado su hijo –Carlos I- como rey de España. Esta nueva asociación política viene a reforzar con savia nueva a los ya viejas y desgastadas organizaciones políticas del viejo limes romano, metiendo a España, de cabeza, en el corazón de los conflictos estructurales del continente europeo. La presencia española en esa zona tiene como objetivo frenar, en lo posible, el avance de la Historia. Las mentes que dirigían el viejo orden feudal habían trazado un plan para enfrentar entre sí a las nuevas y emergentes naciones-estado que estaban surgiendo en Europa en los albores de la modernidad. Y la nueva España que acababa de eclosionar se convirtió en la guardiana del viejo orden feudal europeo a la que se asignó como tarea principal rodear y contener a Francia. En un próximo artículo describiré como se concretó esa tarea. Hoy seguiremos hablando de los flamenco-borgoñones.

Mientras Carlos I estaba siendo coronado como rey de España, Martín Lutero estaba clavando en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis que marcan el arranque de la Reforma Protestante. Durante el resto del siglo XVI y buena parte del XVII las guerras de religión asolarán Europa. Ya mostré en “Las fronteras intangibles”[9] como, cuando los cañones dejaron de tronar (en 1659), las fronteras religiosas entre católicos y protestantes reproducían, con bastante exactitud, la línea fronteriza del viejo Limes romano. Y como el reino flamenco-borgoñón llevaba siglos situado precisamente sobre ella vio reforzada, una vez más (es su destino), su función fronteriza. La mayor parte de estos territorios quedaron, como corresponde a su viejo rol de defensores del orden romano, del lado católico. Pero hubo un par de enclaves que optaron por la nueva fe reformada (Holanda, al norte, y algunos cantones suizos, al sur). Como corresponde a su carácter fronterizo no podían ser reformistas corrientes, tenían que llevar su compromiso con la nueva causa a un nivel mucho más militante que el resto de sus correligionarios, desarrollando una versión del protestantismo mucho más radical (el calvinismo). Si iban a quedar en la línea del frente necesitaban un mayor compromiso con la causa para resistir.

Una vez que Holanda quedó segregada del resto de los dominios flamencos y –además- en el bando protestante, pasó a depender, todavía más de su alianza con Inglaterra para afirmar su identidad frente a sus adversarios. Algún tiempo después, la llegada al poder español de la dinastía francesa de los borbones (1701) cambió por completo las reglas de juego del equilibrio europeo, puesto que el país que debía aislar a Francia del resto de Europa había basculado ahora hacia el lado francés. La Guerra de Sucesión española (1701-1713) consiguió paliar el efecto de la nueva alianza franco-española entregando a Austria lo que quedaba hasta entonces -en manos españolas- del viejo reino flamenco-borgoñón, convertido ahora en guardaespaldas de Alemania y de Holanda. Los restos más meridionales de ese conglomerado político irán cayendo de manera paulatina en manos francesas. Y el viejo Flandes español se convertirá –ya en el siglo XIX- en la nueva Bélgica, que todavía hoy separa a Francia de Holanda.

La aparición de la nueva Alemania unificada, en 1871, tras la Guerra Franco-Prusiana nos mete de lleno en los conflictos militares del siglo XX, en los que los estados-barrera han desparecido prácticamente de la escena porque, como en los tiempos de Roma, los ejércitos del este y los del oeste se atrincheraron en las dos orillas del Rhin. Dos guerras mundiales después, las dos partes enfrentadas decidieron jugar a llevarse bien y de nuevo los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) empezaron a hacer de fiel de la balanza, participando en el proyecto europeo (como en los tiempos de Carlomagno) pero, sin perder de vista su alianza con Inglaterra (mucho más evidente en el caso holandés). No es sorprendente que en muchas votaciones de las que se producen en el seno de la Unión Europea los holandeses se alineen con ingleses y escandinavos (es algo instintivo) y jueguen a neutralizar la alianza franco-alemana, a veces con el apoyo de belgas y luxemburgueses.

Observen el mapa de Europa: Si Inglaterra fuera un martillo Holanda es la cuña sobre la que golpea. Una cuña situada en la desembocadura del Rhin, ese viejo río que es una vieja herida abierta en el corazón de Europa. Esa es su función: La función borgoñona.


[1] http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/las-fronteras-intangibles.html
[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_de_Verd%C3%BAn
[4] Que llegó a tener una presencia real, aunque no fuera oficializada nunca. De hecho la expresión “poderes universales”, utilizada por los historiadores para referirse al Papado y al Imperio, es un reconocimiento implícito de la existencia de ese súper estado teocrático
[6] La famosa y falsa “Donación de Constantino” es el documento que marca el comienzo de la usurpación del poder “temporal” –es decir, político- por los papas.

lunes, 2 de abril de 2012

España: ¿Puente o frontera?

Los 150 años en los que la casa de Trastámara gobernó en los diferentes estados peninsulares (1366-1516): Castilla, Aragón y Navarra (a los habría que añadir el reino de Nápoles, en Italia), que se solapan en buena medida con los que la de Avís gobernó en Portugal (1385-1580) -ya dijimos que esta dinastía desempeña, en el país lusitano, un papel muy parecido a la de Trastámara en el nuestro-, son los de la eclosión del mundo ibérico.

Hay gran cantidad de libros que hablan de este interesantísimo período histórico, que lo despiezan y analizan desde todos los puntos de vista. Quien esté siguiendo de manera asidua mi blog se habrá dado cuenta ya que el punto de vista que vengo reflejando en él -más que propiamente histórico- está centrado en las dinámicas sociales. La Historia no es un encadenamiento de sucesos fortuitos, sino que tiene una lógica interna que es independiente de la voluntad de los individuos que la protagonizan. Varias veces me he referido a los diversos espacios geográficos a los que he hecho alguna referencia como “ecosistemas”, porque las sociedades humanas se estructuran interiormente como auténticos ecosistemas sociales y, a través de la biología, hemos aprendido que cada vez que el equilibrio interno de un ecosistema se rompe suele tener consecuencias catastróficas y desencadena una serie de reacciones y reajustes que, con el tiempo, terminan estableciendo un nuevo equilibrio, con nuevas especies ocupando los nichos que las antiguas abandonaron. Quien no tenga en cuenta esa lógica de funcionamiento de los sistemas sociales está condenado a repetir procesos históricos pretéritos que vuelven de manera recurrente, en los mismos escenarios, aunque con nuevos protagonistas.

Los ecosistemas sociales no son algo distinto de los biológicos. En realidad forman parte de ellos. Son otra dimensión de la biología. El hombre es un animal, todo lo social y tecnológico que se quiera, pero que construye sus sociedades dentro del ecosistema biológico en el que vive y, al hacerlo, lo modifica y lo hace reaccionar, sufriendo después las consecuencias de sus poco meditadas intervenciones en el mismo. Por tanto las reglas que los biólogos han establecido para sus sistemas no sólo se aplican en las sociedades por su analogía formal con ellos. No son reglas semejantes a las de los sistemas naturales. Son las mismas reglas, con ciertas especificidades, a lo sumo, que las matizarían. Biología, Ecología, Economía y Sociología, en el fondo son diferentes facetas de lo mismo. Hay una unidad troncal que las vincula y las interrelaciona.

Los meteorólogos saben perfectamente que, en el hemisferio norte, la circulación del viento en los anticiclones gira en el sentido de las agujas del reloj y en las borrascas lo hacen en sentido contrario. Observando durante años y años la evolución de la dinámica atmosférica han aprendido a anticiparse a la evolución de la misma y hoy se atreven a hacer previsiones que tienen bastantes probabilidades de cumplirse, sin tener que recurrir para ello a ninguna bola de cristal. Han descubierto la existencia de ciclos temporales secos que se alternan con otros húmedos y son capaces de calcular estadísticamente que probabilidad hay este año de que se produzcan huracanes en la zona del Caribe, por ejemplo. Probabilidad que es distinta de la del año pasado y también de la del próximo.

Pues algo parecido sucede con los procesos históricos. Tienen ciclos. A veces hay “borrascas” y otras “anticiclones” y en cada zona climática -en cada “ecosistema”- funcionan de una manera distinta pero con una lógica propia y repetitiva. Ya he mostrado, en otros artículos, la recurrencia de determinados procesos en determinados lugares. He utilizado con frecuencia los paralelismos históricos como argumento para mostrar alguna característica del “clima” local, para mostrar como lo que en un principio podría parecer anecdótico en realidad era algo estructural e impuesto por el medio a sus habitantes.

Pues bien, estos ciento cincuenta años a los que hice referencia al principio son trascendentales en la Historia de la Humanidad, y lo son porque en ellos se produce la eclosión del mundo ibérico, que es como decir el arranque de “la globalización”; cuando la débil interrelación que hasta entonces se había venido dando entre las distintas ecúmenes humanas da un salto cualitativo, por obra y gracia de los pueblos ibéricos, y se convierte en una interrelación fuerte, cuando los pueblos europeos, arrastrados por los peninsulares, toman contacto directo con el resto de pueblos de La Tierra, cuando se rasgan todos los velos que ocultaban los mundos remotos y el océano deja de ser una barrera infranqueable para convertirse en un puente hacia el infinito.

Esto no sucede por casualidad. Durante los siglos medievales asistimos en la Península Ibérica a un proceso de acumulación de fuerzas, en el corazón de la frontera, que crea una caldera a presión donde se va incubando la criatura que romperá el cascarón cuando concluya la Era de las Invasiones Africanas.

Los biólogos nos han enseñado que cada ecosistema tiene unas especies propias que lo caracterizan y posee cierto equilibrio interno que le da estabilidad. Pero en sus bordes exteriores, donde un ecosistema se encuentra con el vecino, se dan unas peculiares características que permiten la aparición de especies que aprovechan ese límite para evolucionar con más rapidez que las que viven en el corazón de los sistemas más estables.

Hay animales que buscan su alimento en un ecosistema y se refugian después en el vecino. Especies que saben aprovechar el contraste que se da entre ambos mundos para prosperar y construir una nueva relación con el medio. En los límites entre dos sistemas se aceleran los procesos evolutivos y por ello la frontera se convierte en algo vivo, en un verdadero motor de progreso, exportando nuevas especies hacia el corazón de las grandes formaciones que flanquean esas fronteras. Vienen a desempeñar el papel de los “límites divergentes” de las placas tectónicas. En cualquier caso las especies de los bordes, mucho más sensibles a los cambios que las de los grandes sistemas, están explorando continuamente los espacios circundantes y saben detectar, mejor que nadie, los nichos que han quedado temporalmente vacantes dentro de su radio de acción y desde ellos, una vez ocupados, se expanden con rapidez.

La especie humana es la demostración más palpable de lo que vengo diciendo. El hombre era un primate arbóreo que se quedó sin retaguardia cuando las selvas africanas se fueron secando. Los grandes ríos de ese continente le cortaron la retirada y tuvo que colonizar la sabana desde el borde de una selva en repliegue. El proceso duró lo suficiente como para permitir que un pequeño grupo evolucionara con rapidez (los grupos grandes evolucionan más lentamente) y ese ritmo evolutivo lo capacitó no sólo para conquistar las sabanas del África Oriental sino para saltar después desde ella a los ecosistemas que había más allá, pasando después de un continente a otro y readaptándose de nuevo en cada nueva fase colonizadora.

Ahora observen esta imagen del Mar Mediterráneo:



¿Se da cuenta por qué vengo diciendo desde hace meses que la Península Ibérica tiene un ecosistema diferente que el resto de nuestros vecinos? ¿Por qué afirmo que es un territorio fronterizo? ¿Por qué hablo de diversidad regional y de unidad del conjunto? ¿De que aquí no valen las políticas aplicadas en los países del norte ni tampoco en los del sur? ¿Se da cuenta por qué afirmo que es un subcontinente?

Mire ahora al otro extremo del Mediterráneo, a Turquía. ¿No cree que hay un gran parecido estructural entre los dos países? Reténgalo en la memoria, porque dentro de un par de meses hablaremos de esto, cuando les describa el duelo mediterráneo. Es cierto que en determinadas zonas de Italia y de Grecia nos encontramos un color que nos recuerda al nuestro -precisamente en las áreas de esos países que, históricamente, han tenido una mayor relación con España-, pero también que el paisaje predominante, pese a que estamos en la misma latitud, es mucho más verde que el de aquí. En nuestro caso habría que hablar también de la dinámica atmosférica y del famoso anticiclón de las Azores que desvía, durante varios meses cada año, los vientos atlánticos hacia el norte de nuestras latitudes, levantando una muralla de aire al oeste de nuestro país (en una zona donde los vientos dominantes proceden precisamente del oeste). De esta manera la meteorología refuerza a la orografía, acentuando la continentalidad de la Península Ibérica y acrecentando el efecto fortaleza del que ya les hablé otro día.

La invasión musulmana no se paró en España por casualidad. El Islam ha construido un universo mental que está fuertemente adaptado a los ecosistemas áridos. Su expansión militar se detuvo precisamente cuando encontró el límite de ese ecosistema. Cuando sus soluciones culturales dejaron de ser adaptativas. 

¿Recuerda lo que conté sobre los bordes entre ecosistemas diferentes? ¿Qué pequeños grupos de individuos evolucionan con más rapidez que los grupos más masivos? ¿Qué la frontera actúa como motor de cambio? ¿Qué las nuevas especies surgidas en el foco de los cambios se desparraman después por los ecosistemas vecinos y los van transformando?

La Edad Media actuó, en España, como un crisol en el que se fundió –primero- y se templó –después- una nueva civilización. La Era de las Invasiones Africanas puso la línea del frente al rojo vivo y para hacer retroceder esa línea, durante 250 años, no paró de aumentar la presión de la caldera hasta que, finalmente, se obligó a los musulmanes a replegarse hasta la orilla meridional del Estrecho de Gibraltar. A los que contemplaron la lucha desde el corazón del continente (desde distancia segura) les pudo parecer algo exótico, tal vez folclórico, pero, aunque no lograran darse cuenta de ello, aquí se estaba jugando su propio futuro. En una España con una de las densidades de población más bajas de Europa (es un país semiárido) y dividido en dos por la línea del frente, se libraron batallas con decenas de miles de combatientes por ambos bandos lo que implicaba, en el lado cristiano (los musulmanes llegaron a reclutar soldados hasta las orillas de los ríos Níger y Senegal), movilizar a un elevado porcentaje de sus habitantes, lo que terminó militarizando a la sociedad entera. No es nada fácil derrotar a un pueblo que ha ido creciendo despacio y avanzando lentamente en medio de un inmenso campo de batalla. La lucha contra los musulmanes (que no acabó en 1492 como dicen los libros) duró más de mil años.

Nuestro país es un territorio fronterizo si la iniciativa política viene desde fuera. En ese caso estamos condenados eternamente a ser un campo de batalla entre civilizaciones que entran en conflicto y chocan justo en el punto donde nosotros vivimos. Ese era el papel que los musulmanes nos reservaban y nos rebelamos contra él. Si las inercias medievales se hubieran seguido manteniendo tal vez hubiéramos dejado de ser una tierra militarmente fronteriza (aunque siguiéramos siéndolo desde el punto de vista ecológico). En tiempos de los romanos formábamos parte del eje central mediterráneo. ¿Por qué no seguimos siéndolo? Pues porque caímos en el discurso maniqueo de los monoteístas (el monoteísmo casa bastante bien con los paisajes monocolores y también con las estructuras imperiales). Nos dejamos atrapar en nuestra identidad católico-romana-borgoñona e interiorizamos psicológicamente que éramos la periferia de Europa y no el oeste del eje mediterráneo. Se nos ha educado para hacer de guardaespaldas de los pueblos del norte. Ha sido un proceso sutil, fríamente planificado y ejecutado de manera sistemática a lo largo de la Edad Moderna, aunque apoyándose en las bases que sentaron los cluniacenses y borgoñones medio milenio antes.

En realidad, si observamos la imagen que les mostré más arriba e imaginamos que tomamos la iniciativa política y diseñamos ¡¡nosotros!! nuestra propia estrategia, la frontera puede automáticamente convertirse en una bisagra que articule el norte con el sur. Se trata de convertir las fronteras en puentes. Lo que hicimos con el Océano hace quinientos años.

¿Se ha paseado por las calles de Córdoba? Una ciudad que ha crecido a orillas del Guadalquivir, a la que se accede, por el sur desde su gran campiña. Pero desde el corazón de la ciudad se divisa, por el norte, la silueta inconfundible de Sierra Morena. Córdoba está en la frontera entre la campiña y la sierra. Es la bisagra que conecta los dos mundos. Lo mismo podemos decir de Granada, situada en el punto donde la Vega enlaza con las estribaciones de la Sierra. Y de Sevilla, donde en la antigüedad confluían no dos, sino tres ecosistemas: el espacio lacustre del “Lacus Ligustinus” de los romanos, la tierra alta del Aljarafe y el borde occidental de la campiña sevillana.

Todas las capitales de provincia interiores de Andalucía, así como el resto de sus núcleos de población más populosos, se encuentran en el borde de dos ecosistemas. En los puertos de mar esta afirmación tiene más sentido todavía. Y lo mismo sucede fuera, Madrid es otro ejemplo de lo que digo. Esto, como comprenderá, tampoco es casual. La ciudad es punto de encuentro, lugar de transacciones comerciales y es obvio que en la intersección de dos ecosistemas hay muchos más productos que cambiar que en el corazón de un espacio monocolor.

Si dirigimos la vista hacia el oeste -hacia Estados Unidos- vemos como su ciudad más poblada -Nueva York-, que durante décadas ha sido también la más habitada del mundo se fundó, por los holandeses (su nombre original era Nueva Ámsterdam), en un lugar intermedio entre los dos primeros núcleos ingleses de Norteamérica: las colonias puritanas de Nueva Inglaterra, que la flanqueaban por el norte, y las aristocráticas de Virginia, por el sur. Cuando pasó a manos británicas se convirtió en el punto de contacto entre ambos núcleos. La estructura social de Nueva Inglaterra era muy diferente a la de Virginia (el clima también es sensiblemente distinto), y esto se traducía económicamente en un contraste significativo de sus producciones locales. Muy pronto, Nueva York se convertirá en la bisagra que articulaba los dos espacios y este hecho la terminaría convirtiendo en la ciudad más grande y cosmopolita de toda la Costa Este norteamericana. Esa supremacía, unida al hecho de que esta costa era la que comunicaba a Norteamérica con las grandes potencias del siglo XIX y principios del XX -que estaban en Europa- la convirtió también en la más poblada de todo el inmenso país.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos hasta la protohistoria vemos como el Mar Mediterráneo fue en ese tiempo la vía de penetración de la civilización, que irradiará desde sus costas hacia el interior de los continentes que lo flanquean. Poco a poco ese espacio cultural se fue haciendo más grueso y más denso, y las formaciones políticas que acompañaron ese proceso se fueron haciendo cada vez más vastas, hasta culminar con la creación del Imperio Mediterráneo por antonomasia, es decir, el Imperio Romano.

Pero los imperios son estructuras políticas muy jerarquizadas que integran, dentro de sí, a una gran variedad de pueblos en diferentes estadios de evolución. Se legitiman porque difunden, desde las regiones más evolucionadas, los avances tecnológicos y culturales hacia las que lo están menos. Esa es la parte positiva, la negativa es que sobreexplotan a esos pueblos que están menos evolucionados. Estos tienen que aceptar su sumisión, de grado o por la fuerza, mientras carezcan de los instrumentos necesarios para plantarle cara, con unas mínimas posibilidades de éxito. La tecnología, la cultura, la identidad nacional o un proyecto político propio son esos instrumentos que podrían ayudar a los sometidos a sacudirse el yugo imperial.

El tiempo termina erosionando cualquier imperio y la difusión de la tecnología y de la cultura va rellenado el desnivel originario que separaba a los pueblos más avanzados de los más rezagados dentro de su estructura. Eran esas diferencias las que lo legitimaron, en su día, y su paulatina desaparición va eliminando las razones que lo sostenían. Por eso, cuando Roma alcanzó el punto máximo de su poder hacía ya tiempo que había empezando a desintegrarse. El proceso fue creando un vacío de poder que aprovecharán los pueblos que se movían en los límites del Imperio, convertido ahora en la frontera entre dos “ecosistemas”, no ya biológicos sino culturales. Los germanos por el norte y los árabes por el sur se repartirán la mayor parte de los territorios que habían formado parte del Imperio Mediterráneo. Pero la fuerza de estos nuevos invasores no estaba en la integración de los diferentes sino en la gran adaptación a su medio biológico, que compartían con sus vecinos romanizados. Como en los ecosistemas naturales, a una fase de transformaciones liderada por especies “oportunistas”, muy adaptables, que se instalan con facilidad en cualquier espacio nuevo -los todo-terrenos romanos- le sucede otra de grandes especialistas –árabes y germanos-, imbatibles en su medio pero incapaces de exportar su modelo más allá de su hábitat natural.

A lo largo de la Edad Media dos pueblos bisagra empiezan a crecer en ambos extremos del Mare Nostrum romano: españoles y turcos, cada uno surgido en el límite de las dos civilizaciones que habían chocado en el arco Mediterráneo. Dos pueblos que encarnaban un nuevo modelo llamado a repetir, mil quinientos años después, la historia del Imperio Romano. En el siglo XV empieza a perfilarse el nuevo duelo mediterráneo –cuya línea del frente no se iba a trazar de este a oeste como en la Edad Media sino de norte a sur- entre los dos nuevos imperios en ciernes. Los turcos siguieron inexorablemente su guión, pero algo pasó en el lado español que dio un giro inesperado a los acontecimientos y cambió el curso de la Historia. Pero esa parte la contaremos otro día.

domingo, 5 de febrero de 2012

El “subcontinente” ibérico



Dicen que la verdadera distancia es el tiempo. Si miramos un mapa y observamos la Península Ibérica veremos que es un territorio de dimensiones medianas, con una superficie comparable a la de Francia. Si hoy pretendemos cruzar el país de sur a norte tardaremos aproximadamente lo mismo que en el país galo. Pero en el caso francés, como en el de la mayor parte de los países europeos, las carreteras y vías férreas se han construido sobre un territorio relativamente llano y no han presentado una dificultad técnica especial. En el caso español, en cambio, como en Suiza o en Italia, ha habido que perforar cordilleras, construir viaductos y salvar gran cantidad de obstáculos naturales impuestos por el relieve del país.

Si retrocedemos mentalmente mil años y nos situamos en la Alta Edad Media deberemos reconocer que el relieve debía resultar entonces un factor determinante a la hora de desarrollar cualquier tipo de actividad económica. España es el segundo país más montañoso del continente europeo, sólo superado por Suiza. Su territorio alberga media docena de cordilleras diferentes con varias decenas de picos, repartidos por todo el país, que superan los 2.000 metros de altitud, levantando verdaderas murallas naturales entre las zonas interiores que aíslan regiones claramente delimitadas. Casi la mitad de la extensión peninsular está constituida por la Meseta Central, que se alza como un imponente macizo con una superficie comparable a la de Gran Bretaña y una altitud media de más de 600 metros sobre el nivel del mar.

En resumen, un país de dimensiones medianas, con una gran cantidad de barreras interiores que obstaculizan la comunicación y compartimentan el territorio, con una elevada altitud media y una gran diversidad regional desde cualquier punto de vista: geológico, climatológico, económico y, por supuesto, histórico y cultural.

Desde el punto de vista subjetivo de un hombre medieval este espacio debía parecer inmenso y plagado de peligros. Era un país de países, un pequeño continente, un lugar donde coexistían fértiles valles con auténticos desiertos, praderas atlánticas, extensas sierras y amplias estepas, todo ello bajo un sol de justicia, que hacía vivir a sus hombres siempre pendientes del cielo, implorando el agua cuya presencia marca la diferencia entre la vida y la muerte, la prosperidad y la miseria.

Imagínese a un arriero intentando transportar, en pleno invierno, allá por el siglo XI o XII, con sus mulas, una carga voluminosa desde Madrid hasta Segovia, cruzando puertos de montaña de 1.500 metros de altitud cubiertos por la nieve –para poder salvar el Sistema Central- y compárenlo con otro colega que intentara hacer lo mismo entre París y Marsella. El segundo lo tenía mucho más fácil, porque podía usar, además, hasta carros, algo impensable para el de la meseta, y es probable que llegara, incluso, antes que él a su destino y, desde luego, con un coste económico y humano mucho menor, a pesar de que la distancia -medida en términos espaciales- multiplicaba por diez a la que tenía que cubrir el primero.

Póngase en la piel de ese arriero español e intente imaginar la percepción que tenía del mundo que le circundaba: plagado de peligros, árido, implacable, “inmenso”, a pesar de que esa distancia hoy pueda hacernos esbozar una sonrisa ya que se hace, en tren, en 27 minutos. Claro que ese tren recorre un buen tramo de ella por las entrañas de la tierra, al abrigo de los elementos que hace mil años ponían en peligro la vida y a prueba el temple de los viajeros que se atrevían a recorrerla. Sume a los desafíos que el medio imponía los que los hombres añadían, ya que hasta mediados del siglo XIII siempre existía el peligro de sucumbir ante las razias de la caballería ligera musulmana, que llegaba hasta la línea de cumbres de la citada cordillera. Y el arriero que pretendía vender aceite en Segovia podía acabar, convertido él en mercancía, en los mercados de esclavos de Túnez, de Trípoli o de El Cairo.

Los "países ibéricos" han impuesto históricamente a los hombres que pusieron el pie en su suelo ritmos y tiempos continentales. Los invasores que -engañados por los mapas- esperaban una conquista rápida del territorio, han terminado siempre "empantanados" en él, culminando sus aventuras en grandes fracasos. Les pasó a los árabes, y también a Napoleón, que encontró en España otra Rusia. Los únicos conquistadores que completaron con éxito su aventura ibérica fueron los romanos, tal vez porque ellos sí asumieron desde el principio el ritmo que el país imponía; se lo tomaron con calma, desplegaron sus legiones por fases y establecieron sólidas alianzas con sectores importantes de la población autóctona para poder combatir con eficacia a los que resistían.

En el 218 a.C. pusieron por primera vez los romanos su pie en Hispania, a comienzos de la II Guerra Púnica, en pleno período republicano. En ese momento sus dominios se circunscribían exclusivamente a la península italiana y las grandes islas que la circundan (Córcega, Cerdeña y Sicilia). Las anexiones que efectuaron en esos momentos en el solar ibérico eran las primeras que llevaban a cabo lejos de su patria. En el 19 a.C. dieron por definitivamente conquistado el suelo peninsular, cuando concluyeron las guerras contra los astures y los cántabros, a principios del Imperio. En ese momento Roma había alcanzado prácticamente ya sus límites definitivos. En los doscientos años que transcurrieron entre ambas fechas le dio tiempo a este pueblo a forjar un imperio de dimensiones continentales, el mismo tiempo que necesitó para someter al "continente" ibérico.

Hoy nuestra vida es radicalmente diferente a la de nuestros antepasados de hace mil años. Pero guardamos en nuestro subconsciente todo el bagaje histórico acumulado a lo largo de los siglos. El fuerte temperamento del hombre ibérico y su actitud estoica ante el infortunio son las propias de un pueblo recio, forjado en la adversidad. Un pueblo que ha crecido en la frontera entre dos mundos. Mimetizado con su árida tierra, defendiéndose siempre de todo tipo de agresiones, tanto naturales como artificiales. Hemos sido atacados, colonizados o sometidos por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, vándalos, alanos, suevos, visigodos, bizantinos, árabes, almorávides, almohades, benimerines, turcos, franceses… y aquí estamos, todavía resistimos. Todos esos invasores o colonizadores pasaron y nosotros no sólo sobrevivimos sino que, por el camino, hemos ido forjando nuestra identidad "fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas"[1].

La Península Ibérica es un territorio que presenta una gran profundidad estratégica. Muy superior a la que le corresponde en función de su población o de su superficie. Como dije más arriba es un país de países, con una gran variedad de “ecosistemas”, tanto biológicos como culturales, que otorgan al conjunto una gran “resiliencia”[2]. Es un pueblo “correoso”[3], resistente. Hasta tal punto es así que el estado más poderoso de la Península en la Baja Edad Media, el reino de Castilla es, etimológicamente, el país de los Castillos, que es como decir el país de la resistencia. Intentar someter, sin su consentimiento, a los pueblos peninsulares ha terminado generando situaciones infernales para los aspirantes a dominadores, culminando la lucha, con frecuencia, con un fuerte contraataque desencadenado por aquellos a los que se pretendía someter. Varias veces, a lo largo de nuestra historia, un intento de invasión foránea se ha terminado convirtiendo en el catalizador de un nuevo proyecto nacional, uniendo contra el invasor a grupos que previamente actuaban dispersos o que, incluso, combatían entre sí.

Si un viajero se entretuviera paseando por la ancha geografía española, recreando los itinerarios más transitados de nuestra historia, no dejaría de escuchar, por todas partes, nombres con resonancias militares: Madrid (“castillo famoso que al rey moro alivia el miedo”), León (La “Legio VII Gemina” de los romanos, es decir, el campamento de la VII legión, puesto avanzado contra los astures, Soria (“Barbacana hacia Aragón, en castellana tierra”, "Gentes del alto llano numantino / que a Dios guardáis como cristianas viejas”[4]), Sepúlveda, Medinaceli, Calatrava, Covadonga, Roncesvalles, Vitoria, Sagunto, Almansa, Bailén…. Nombres que evocan los millares de frentes de lucha que se han abierto por todo el país a lo largo de su historia y que nos recuerdan, a cada paso, nuestra sangrienta historia. Y no son sólo los topónimos de las ciudades, de los castillos, de los montes, de los desfiladeros… Son regiones enteras, algunas más grandes que países europeos, como Castilla (ya citada) o Extremadura (tierra fronteriza, entendiendo la palabra “frontera” con su significado medieval: Una amplia región en disputa, durante generaciones, entre dos ejércitos). ¿Desde donde partió Colón en su primer viaje descubridor? Desde Palos de la Frontera. La palabra “Frontera” es omnipresente en el sur peninsular (Morón de la Frontera, Jerez de la Frontera, Conil de la Frontera, Aguilar de la Frontera, Cortes de la Frontera…) Hay otras comarcas, como los Campos de Calatrava, que nos evocan a la orden de los caballeros de Calatrava, los “templarios” castellanos. No sé si ha quedado adecuadamente reflejado, en este párrafo, cual es el sustrato que sostiene nuestra identidad colectiva.

A estas alturas es posible que el lector se encuentre un poco desconcertado: La semana pasada decíamos que Europa era, simplemente, una región de Asia. Y hoy afirmamos que la Península Ibérica es un subcontinente. ¿En qué quedamos? ¿Cómo hablamos de una cuasi continentalidad en el caso ibérico y la negamos en el europeo?

La semana pasada hablábamos de realidades objetivas, geográficas. Hoy hablamos de realidades subjetivas, históricas. Obviamente hay una realidad histórica y subjetiva europea, que ya reconocí en el artículo anterior de manera implícita, lo que pasa es que habría que ponerla en pie de igualdad con una realidad equivalente árabe, hindú o china, no asiática. Los españoles compartimos con nuestros vecinos europeos una gran cantidad de valores, pero también hay otros muchos que nos diferencian de una parte importante de ellos (otro día hablaremos de esto). 

¿Quién firmó la declaración de guerra contra los ejércitos de Napoleón Bonaparte en 1808? El alcalde de Móstoles. Un pequeño pueblo de la periferia de Madrid. No fue ni el rey de España, ni ningún general del ejército. Esos se habían cambiado de bando. Los que colaboraron con los invasores tuvieron que marchar al exilio 6 años después, incluso los que ostentaban una autoridad legítima anterior a la invasión. Su colaboracionismo los deslegitimó.

El pueblo en armas fue capaz de desplegar durante esos largos seis años uno de los tipos de guerra más sorprendente y más implacable que los hombres de su tiempo habían visto nunca: La guerra de guerrillas. Y fueron esas guerrillas populares las que derrotaron al ejército más poderoso del mundo de su época.

La profundidad estratégica de la Península Ibérica, que no es más que la consecuencia de su diversidad geográfica y ecológica y de su agreste orografía es lo que nos permite afirmar que, subjetivamente hablando, este espacio geográfico se ha venido comportando históricamente como un verdadero “subcontinente”.


[1] CELAYA, GABRIEL. 1979. La poesía es un arma cargada de futuro El Hilo Rojo. Madrid: Visor.
[2] En psicología, el término resiliencia se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y traumas. Cuando un sujeto o grupo (animal o humano) es capaz de hacerlo, se dice que tiene una resiliencia adecuada, y puede sobreponerse a contratiempos o incluso resultar fortalecido por los mismos. Actualmente la resiliencia es considerada como una forma de psicología positiva no encuadrándose dentro de la psicología tradicional.
El concepto de resiliencia se corresponde aproximadamente con el término «entereza» (Wikipedia: Resiliencia (Psicología)).
[3] Correoso: Que fácilmente se doblega y extiende sin romperse. Dicho de una persona: Que en trabajos, deportes, quehaceres, etc., dispone de mucha resistencia física. (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
[4] “Numantino” es el gentilicio de los antiguos habitantes de la ciudad ibérica de Numancia. “Numancia”, para un español, significa exactamente lo mismo que “Masada”, para un hebreo.

domingo, 29 de enero de 2012

El occidente de Asia




Imagínese, por un momento, a un astrónomo del planeta Marte orientando su telescopio hacia La Tierra y dedicándose a hacer un mapa de nuestro planeta. Una vez terminado su trabajo cartográfico, con la intención de divulgar nuestra geografía entre sus conciudadanos, se dedicará a poner nombres marcianos a todos los accidentes de la geografía terrestre.

Después se presentará ante su expectante auditorio y entrará en una descripción de nuestro mundo tal y como se puede observar desde allí. Les hablará de la gran cantidad de océanos que lo cubren -así como de su extensión- y después se detendrá en sus continentes, que son seis: Asia, África, Oceanía, La Antártida, América del Norte y América del Sur, por supuesto rebautizados cada uno con el nombre de algún dios de la mitología marciana, de algún gobernante destacado o bien de algún científico eminente de allí.

Si uno de nosotros se colara de contrabando entre su auditorio tal vez le preguntaría (a través del correspondiente traductor) ¿Y Europa?, y él contestaría preguntando, a su vez: ¿Euro qué?

Inténtese poner, por un momento, en el lugar de nuestro eminente astrónomo marciano. Usted no sabe nada de la historia de La Tierra. Es más, no sabe siquiera si existen los terrícolas. Y alguien le muestra un mapamundi físico de ella. ¿Por qué debemos suponer que Europa es un continente? ¿Qué es un continente? Algo así como una isla gigantesca ¿no? Una masa territorial perfectamente definida, desde el punto de vista geográfico, y con entidad suficiente como para que no la podamos considerar una simple isla.

Pues bien, Europa, desde esa perspectiva, no es un continente. Es, simplemente, la región más occidental de Asia. La supuesta línea divisoria que nos separa de nuestros vecinos del Este –los montes Urales- no son nada comparados con el Himalaya, y a nadie se le ocurre decir que La India está en un continente distinto de China, a pesar de que sí lo es desde un punto de vista geológico, lo que no sucede en el caso europeo.

¿Por qué diablos nuestros geógrafos se dedican entonces a decir que Europa es una entidad que merece, nada menos, que el rango de continente? Pues porque los europeos (y algunos descendientes suyos) somos los seres más egocéntricos que existen en el planeta Tierra. Sólo por eso. Porque razones objetivas no hay para afirmar tal cosa. Ahora bien, ¿usted se imagina a un aristócrata inglés o prusiano reconociendo que comparte continente con las razas inferiores de Asia? Eso es algo superior a lo que su ego puede permitirse. Ya les cuesta trabajo admitirnos a los “latinos” en él, no digamos a los árabes, los hindúes, los malayos…

La única razón que hay para establecer una separación entre Europa y Asia es cultural. Europa, hasta finales de la Edad Media, era el territorio de los cristianos. Después los europeos se extendieron por América y Oceanía y, aunque el cristianismo se expandió por muchas más zonas que los descendientes de los europeos, esos nuevos cristianos conversos no son blancos, y conviene que no se crean demasiado el mensaje evangélico que dice que todos los hombres son iguales, porque algunos, desde luego, son más iguales que otros.

Si, por nuestra parte, hiciéramos extensivo a todo el planeta el criterio cultural para establecer los “continentes” entonces, indudablemente, tendríamos que subdividir Asia en tres o cuatro más –además del europeo-, porque es evidente que –siguiendo ese criterio- China, La India o el mundo árabe se diferencian entre sí de manera tan nítida como Europa con respecto a cualquiera de esas zonas.

Y sin embargo ese no es suficiente motivo como para que, en estos casos, hagamos prevalecer el criterio cultural sobre el geográfico, tal y como hacemos en el caso europeo.

¿Cuál cree usted que es la razón que nos hace aplicar este doble rasero en el análisis de la realidad que nos circunda? Pues una muy obvia: Que los europeos nos sentimos el “ombligo del mundo”.

Dirija ahora su mirada hacia América. Para los marcianos de nuestra historia está claro que son dos continentes, pero los blancos de mentalidad eurocéntrica sólo ven uno. ¿Por qué? Pues porque -también desde el punto de vista cultural- los dos mantienen una relación con Europa que es parecida. Si los norteamericanos fueran cristianos y los sudamericanos musulmanes –o viceversa- no habríamos dudado en visualizar su doble continentalidad, como nuestros amigos los marcianos. He aquí que cuando nos parece aplicamos el criterio cultural y cuando no, el geográfico.

Esa visión eurocéntrica del mundo no es en absoluto inocente. Tras ella subyace una visión racista de las relaciones entre los hombres, como salta a la vista. Y está claro que, tras el aséptico discurso académico que intenta presentar el mundo de una manera más o menos “científica” se esconde, como en la “ciencia económica”, como en la “sociología”, etc. un planteamiento claramente ideológico, cuasi metafísico.

Los sesudos profesores de nuestras eminentes universidades argumentarán que la palabra “Europa” es de origen griego y de ahí derivarán el concepto de europeidad. Es obvio que si nosotros sólo conociéramos la parte de La Tierra que conocían los griegos, concluiríamos que Europa y Asia son dos lugares claramente diferenciados por razones geográficas y haríamos bien en establecer esa clasificación de las zonas del mundo conocido (Si fuéramos hormigas y nos encontráramos con un humano que estuviera durmiendo pensaríamos que es una montaña). En su caso, y en el de los romanos, no había motivos de tipo cultural para afirmarlo, puesto que el área peri-mediterránea era un espacio continuo en el que no había bruscas diferencias culturales, más allá de las que hay normalmente entre un país y el vecino. La gran ruptura ideológica que se impuso en la Edad Media entre los habitantes de la margen septentrional del antiguo “Mare Nostrum” y los de la meridional y oriental aún no se había producido.

Pero la palabra “Europa” en la Edad Media se carga de un contenido bíblico que no tenía en la antigüedad. La visión totalizadora del mundo que poseen los monoteístas les lleva a establecer, entre los hombres, divisiones maniqueas que no existían en las mentes de los politeístas antiguos. Esa oposición entre buenos y malos, entre portadores de la verdad e infieles que no cejan en su empecinamiento en el error, se ha enmascarado, durante los últimos doscientos años, detrás de un discurso cientifista que no es más que la continuación de la metafísica bíblica por otros medios. De todas formas el enmascaramiento es tan burdo que basta darse un paseo por el mundo para descubrirlo.

Detrás del complejo de superioridad que el hombre blanco siente sobre el resto de la humanidad se oculta, agazapado, el concepto de “pueblo elegido” del Antiguo Testamento. El europeo se siente protegido por la nueva divinidad, que es el Dios padre de la Biblia que ha ganado en abstracción, perdiendo –primero- toda posible corporeidad y –después- la mayor parte de sus atributos humanos, para acabar convertido en el Dios de los relojeros de Newton, que con su implacable defensa de las reglas inflexibles que rigen el Universo nos garantiza que la máquina infinita que definimos con ese nombre va a seguir funcionando eternamente.

Pero mira por donde ese Dios implacable ha hecho una excepción con nosotros y, si tenemos la piel clara, descendemos de algún cristiano y tenemos cierto nivel cultural nos va a tratar de manera diferente y va a ser mucho más comprensivo.

La nueva divinidad sí que es capaz de percibir nuestras necesidades, ha establecido un pacto con nosotros, que es una prórroga del que acordó con Abraham, y ha elevado, gracias a Lutero -recordemos su frase más paradigmática: “sólo la fe nos salva”-, nuestra subjetividad a la categoría de divina (la subjetividad de los otros es una mierda: ellos no descienden de Abraham, ni física ni, mucho menos, simbólicamente). En realidad, como tenemos un teléfono directo para comunicarnos con él (algo así como el teléfono rojo de la “Guerra Fría” entre Washington y Moscú), basta que le maticemos por qué, por ejemplo, hay que salvar a los banqueros y condenar a los trabajadores griegos, ya estos son unos manirrotos, que no piensan más que en gastar, mientras que aquellos juegan –perdón, quise decir invierten ¿en qué estaría yo pensando?- en una bolsa que no es un casino como creen los malpensados, sino una pieza fundamental para la creación de riqueza y de prosperidad. Basta, repito, que le expliquemos a ese Dios tan razonable nuestros sensatos argumentos, para que él se ponga en contacto con el resto de las inteligencias que han recibido el don del espíritu santo para difundirlos de manera telepática.

Pero últimamente están sucediendo en el mundo cosas muy extrañas. Parece como si el Dios de los blancos, ese que –en su día- hizo un pacto con Abraham y después lo prorrogó con nosotros –en su versión 3.0 o “científica”, recordemos que la 2.0, o “evangélica”, la firmó con Lutero y con Calvino en el siglo XVI- nos está dando de lado. Sorprendentemente se ha puesto a ayudar a los chinos y a los hindúes -que ni siquiera son cristianos, aunque están haciendo cursillos intensivos para aprender la versión “científica” (la 3.0) del cristianismo- ni blancos y también a los brasileños que, aunque nominalmente cristianos (no llegaron ni siquiera a la 2.0), son “latinos”, es decir manirrotos, derrochadores … y… ¡mestizos!

Y no se ha quedado ahí. Además, está permitiendo que personas de razas inferiores y/o de religiones extrañas estén emigrando masivamente al sacrosanto continente europeo y lo estén contaminando con su presencia. Por arte de magia podemos contemplar anonadados la aparición de mezquitas en los Alpes o en el país de la Reina Victoria o la celebración de carnavales latinos en Notting Hill. Algún agente demoníaco debe estar actuando por el mundo.

El siglo XXI se está convirtiendo en el de la venganza de las razas inferiores. Por primera vez en la historia estalla una crisis económica en los países ricos que no se propaga a los pobres. ¿Habrase visto mayor dislate? Mientras Europa conoce la recesión y ve como el desempleo se multiplica, China continúa creciendo con tasas cercanas al 10% y en Iberoamérica la prosperidad avanza y, con ella, la democracia y una mayor justicia social. ¡Si Nixon levantara la cabeza! Le daría un patatús.

Parece que la Historia, esta vez, está empezando a poner las cosas en su sitio y empezando a equilibrar un poco la balanza. El péndulo de su reloj, después de haber alcanzado el punto extremo de concentración del poder planetario, empieza a moverse en la dirección contraria, que es la de la democracia y la igualdad. Algún día de estos –quizá cuantos los asiáticos alcancen la mayoría de la población en Inglaterra, que no crean ustedes que está muy lejano-, algún profesor de Oxford -de origen pakistaní claro- descubrirá que, como ya saben los marcianos, Europa tan sólo es la región más occidental de Asia.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Construir el futuro

En el anterior artículo les expuse las razones por las que pienso que los principios neomaltusianos son demagógicos, no producirán los efectos que sus partidarios vaticinan y nos conducen hacia un callejón sin salida cuya consecuencia última será la desaparición de la civilización occidental, tal y como hoy la conocemos. También como el hombre ha ido posibilitando a lo largo de la historia nuevos incrementos de población, inimaginables para sus congéneres de épocas anteriores, gracias al incremento de la tecnología aplicada a los medios de subsistencia.
Los pueblos cazadores del Paleolítico Superior alcanzaron en su día unas densidades que, desde el punto de vista de la tecnología de su época habría que calificar de “superpoblación”, porque estaban en el límite máximo de lo que la naturaleza toleraba. Esa “superpoblación paleolítica” estaba muy por debajo del nivel de un habitante por kilómetro cuadrado. Una densidad que hoy nos puede hacer sonreír y, sin embargo, es absolutamente cierto que, con una forma de vida puramente depredadora, el medio ambiente no soporta más humanos.
Por eso se produjo la revolución neolítica y el hombre dejó de ser un depredador para convertirse en productor. Desde la primera invención de la agricultura hasta ahora no han dejado de tener lugar una infinita sucesión de pequeños descubrimientos que han ido volviendo más eficientes y sostenibles las técnicas agrícolas, permitiendo unos incrementos en la productividad por cada unidad de superficie que han multiplicado por muchos dígitos las densidades de población humana. Con esos incrementos se ha ido liberando mano de obra que se ha desplazado hacia otros sectores económicos, como la industria y los servicios. Hoy la productividad agraria se ve muy incrementada, a su vez, por la utilización de máquinas o componentes químicos que han sido fabricados por esos productores no agrícolas, en un proceso de retroalimentación positiva en el que, de alguna manera, se refleja el potente efecto que la demografía humana ejerce sobre todo tipo de actividades económicas.
Y con todo ese bagaje histórico y tecnológico nos enfrentamos hoy a los retos que nos plantea el mundo del siglo XXI, entre los que cabe destacar, por su trascendencia, el cambio climático, el deterioro creciente del medio ambiente por efecto de la acción humana y, también, los masivos procesos migratorios que caracterizan este tiempo, el cambio del modelo energético y la galopante crisis económica.
Todos esos aspectos que he citado están conectados entre sí y creo que se pueden sintetizar diciendo que estamos en un proceso de transición hacia una nueva civilización.
Desde este blog he venido analizando algunas de las muchas incongruencias y contradicciones que, desde mi punto de vista, plantea la sociedad actual y que son un obstáculo para el desarrollo de los pueblos. El capitalismo ha construido un modelo de relaciones sociales insolidario que hoy no está demostrando claramente cuáles son sus límites. Tenemos ante nosotros la enésima crisis de subsistencia por agotamiento –esta vez- no ya de los recursos, sino del sistema de distribución de los mismos. Lo que hemos agotado es la potencialidad del sistema en el que hemos vivido hasta ahora. Necesitamos dar un salto adelante y barrer todas las ineficiencias que nos impiden continuar el proceso de desarrollo histórico que el hombre empezó a desplegar hace nueve mil años, cuando decidió dejar de ser un mero depredador para ponerse a producir, él también, reforzando de esta manera la potencialidad del planeta para sostener una demografía creciente.
Basta echar un vistazo a nuestro alrededor para percatarnos de cuales son los términos en los que se plantea, en estos momentos, el dilema demográfico a escala mundial. Los pueblos del norte terrestre (norteamericanos, europeos, japoneses y rusos) han apostado decididamente por el modelo neomaltusiano e intentan imponérselo al resto de la humanidad. Lo están consiguiendo de manera parcial, de hecho creo que podemos incluir ya a China en esa lista (así como a Australia, Nueva Zelanda y los países del “Cono Sur” americano). Pero la incorporación de China a ese club ha sido reciente y, todavía, las inercias que traía del período anterior, así como su potente demografía histórica y su gran consistencia cultural le han convertido en la punta de lanza de los pueblos emergentes del tercer mundo y, aunque dejara de crecer hoy mismo, el hecho de que un pueblo de 1.300 millones de habitantes, en pleno desarrollo económico, con unidad de mando y regido por unos patrones culturales muy diferentes de los propios del mundo occidental irrumpa en el panorama internacional será suficiente para desestabilizar profundamente la estructura de poder planetaria actual e iniciar una nueva dinámica histórica.
Basta echar un vistazo a las pirámides de población de los grandes bloques culturales del mundo actual, así como a sus dinámicas económicas, para adivinar lo que va a suceder en él durante los próximos cincuenta años, como mínimo, y lo que aparece meridianamente claro es que, salvo conflagración nuclear generalizada, el “sorpasso” de los chinos sobre el Imperio norteamericano se producirá alrededor del año 2020, y el siguiente relevo, el de la India sobre China, antes de 2050. Así que ya podemos imaginar las dinámicas políticas que estos cambios van a traer consigo: la pérdida de protagonismo global del mundo occidental en general y como, a partir de 2040 aproximadamente, los países que han liderado la escena mundial durante los últimos 500 años se van a convertir en el lugar donde se va a librar el pulso de las influencias políticas de las superpotencias de esa coyuntura, los dos gigantes de Asia.
Creo que no hay que tener dotes proféticas para darse cuenta que la Unión Europea se puede desintegrar antes, incluso, de que concluya el mandato de Rajoy, que el tándem franco-alemán camina derecho hacia la irrelevancia política, que el Reino Unido ha ligado su futuro al del “gran hermano” norteamericano y que Rusia va ser satelizada, antes de que se desintegre también, por la gran potencia China.
En el caso de España, y también en el de Portugal, haríamos bien en cultivar nuestros tres grandes activos políticos estratégicos con que contamos (los mismos que teníamos ya en el 1500 y que nuestros dirigentes llevan 500 años despreciando):

1)      Nuestra relación estratégica con nuestros hermanos de Iberoamérica, que no van a dejar de cobrar protagonismo político y económico durante los próximos 200 años.
2)      Nuestra vecindad con los países del noroeste africano, otra zona geográfica a la que, forzosamente tiene que irle mejor de lo que le va ahora y que tienen una potencialidad de desarrollo enorme como veremos más adelante.
3)      Nuestra poderosa presencia atlántica. Los archipiélagos de la Macaronesia[1], sumadas a nuestras respectivas fachadas litorales, que nos pueden convertir en una potencia marítima formidable a lo largo de este siglo, si sabemos aprovechar nuestras ventajas comparativas.

Resulta patético comprobar cómo los representantes políticos de todos los países del mundo hacen fracasar una y otra vez las diversas cumbres sobre el clima que se han venido convocando en las últimas décadas, haciendo crecer la bola de nieve que va agrandando el problema y que está haciendo aumentar, exponencialmente, el coste de las soluciones que habrá que implementar, necesariamente, en algún momento del futuro. En esto, como en la manera de afrontar la crisis económica, nuestros dirigentes están haciendo gala de una ceguera política inaudita. Practicando la política del avestruz no se dan cuenta de que están vendiendo su derecho de primogenitura por un plato de lentejas.
Aquellos que tomen la delantera en la lucha contra la degradación medioambiental la terminarán liderando en el porvenir, y en esa guerra hay mucho en juego. Hay tecnología, negocios, futuro y está en juego, nada menos, que el modelo de civilización que queremos construir. La lucha contra el cambio climático está mucho más abierta de lo que, desde los medios de comunicación que trabajan para el Sistema, se nos está presentando.
Observen por un momento una de las muchas imágenes del continente africano de las que se obtienen vía satélite. El desierto del Sahara y sus estepas adyacentes ocupan una extensión territorial equivalente a todo el continente europeo. En ese desierto hay unas fuentes formidables de energías renovables, tanto solar como eólica, y está rodeado de mares. ¿Qué necesita el desierto para transformarse en una campiña fértil? Agua. El agua está a unos cientos de kilómetros. Las técnicas de desalación barata ya existen, y España es líder en esa industria. ¿Qué más hace falta? Energía para la desalación y el transporte, algo que sobra en África y, sobre todo, capital y voluntad política para poner en marcha un ambicioso programa de estaciones desaladoras, proyectos de colonización, construcción de sistemas de riego por goteo… Un horizonte de desarrollo de nuevos negocios para las empresas, de empleo para los técnicos en paro del sur de Europa y del norte de África, así como para la gran masa de desheredados que viven en ese continente, un vasto programa de investigación y el despliegue de un panorama de progreso para un par de siglos a las puertas de casa, una nueva sociedad que construir en medio de la nada y millones de toneladas de CO2 fijadas en tierra en los cientos de millones de hectáreas nuevas dedicadas a la agricultura, a la repoblación forestal y a la recreación de viejos y nuevos ecosistemas africanos.
¿Se imaginan a los paleo-botánicos y paleo-zoólogos recuperando especies extinguidas, aplicando las nuevas técnicas de clonación y de secuenciación genética[2], recreando ecosistemas antiguos en los nuevos espacios robados al desierto?
Ante nosotros se abre un espacio inmenso para el trabajo, para la cooperación internacional, para la construcción de un nuevo orden social planetario y para que el hombre construya una nueva relación con el medio, reparando buena parte de los entuertos cometidos en épocas anteriores por la especie humana.
Habrá quien piense que ese programa es irrealizable, que alguien lo detendrá o, incluso, que no es conveniente. Pero estén seguros de una cosa: eso va a suceder. Más tarde o más temprano, con mayor o con menor capital, con mayor o con menor voluntad política. Porque la tecnología existe, porque existe la imperiosa necesidad de dar de comer a los millones de personas que, en el continente africano, viven sin perspectivas de futuro, porque los países de la zona necesitan desarrollarse, porque ya se están poniendo en marcha los primeros proyectos que van a marcar el camino para los que vengan detrás[3] y lo lógico es que las nuevas técnicas se extiendan por la zona como una mancha de aceite. Así que podemos optar por situarnos en la vanguardia del proceso o en el furgón de cola, que cada cual decida.
Y hay otro inmenso frente situado más al oeste, en el Atlántico, rodeando a los archipiélagos de los países ibéricos. El mar, en el siglo XXI, no va a ser sólo un lugar por el que transitan los barcos y en el que se practica una actividad –la pesca- que es tan depredadora como lo era la caza, para los humanos, en los tiempos paleolíticos. En materia de pesca estamos empezando a transformarnos –como hace nueve mil años- de predadores a productores. Y cada vez más veremos como este medio no es sólo un sitio de paso, sino un lugar en el que los hombres van a empezar a practicar actividades más estables, más productivas y más sedentarias. Donde se genere riqueza. Los humanos, más tarde o más temprano van a terminar viviendo en él y construyendo en él sus ciudades.
¿Cuántos millones de personas creen ustedes que van a asentarse en los nuevos espacios que se abren ante nosotros? ¿Dónde creen que darán sus discursos los agoreros neomaltusianos dentro de treinta o de cuarenta años? Tal vez en los asilos de ancianos, porque los jóvenes y los adultos de entonces estarán todos trabajando.


[1] “Macaronesia es el nombre colectivo de varios archipiélagos del Atlántico Norte, más o menos cercanos al continente africano.
El término procede del griego μακάρων νη̂σοι, makárôn nêsoi, 'islas alegres o afortunadas', en alusión a las islas de la mitología griega que eran morada de los héroes difuntos y se suponían situadas en los confines de Occidente. Comprende cinco archipiélagos: Azores, Canarias, Cabo Verde, Madeira e Islas Salvajes”. ( http://es.wikipedia.org/wiki/Macaronesia 13/12/2011)
[2] Bajo regulación internacional, por supuesto, no podemos permitirnos que esos proyectos los monopolicen empresas privadas con tecnología sólo accesible para algunos. Por eso hay que anunciar lo que se avecina públicamente, para que la población pueda participar en el diseño de esos procesos y no nos encontremos ante una política de hechos consumados que sólo beneficie a unas cuantas multinacionales.
[3] De hecho la multinacional sevillana ABENGOA está construyendo ya, en Túnez, varias plantas desaladoras para suministrar agua a zonas desérticas.