jueves, 13 de septiembre de 2012

Reflexiones sobre el monoteísmo



Si existe un principio creador universal, un ser o ente que produjera el impulso primigenio que ha dado origen al Universo. Si este ser o ente, además, tiene algo que ver con el despliegue, desarrollo, evolución y mantenimiento de esa obra gigantesca, de sus reglas de funcionamiento, de la ética que deben regir las relaciones que se producen entre los seres vivos y la inteligencia asociada a los mismos, ese ser o ente debiera ser congruente con su propia obra y ésta debiera ser un reflejo de su propio espíritu. Por tanto, la vía más segura para intentar acercarse a él, para entenderlo, para alinearse con los valores espirituales que se desprenden de sus características intrínsecas, debiera ser sumergirse en el seno de lo que él ha creado para intentar, de esta manera, captar la esencia de su mensaje. Una forma de hacerlo, aunque no la única, puede ser a través de la introspección, de la ascética que practicaron buena parte de de los hombres que dieron origen a las grandes religiones, como Buda, Cristo o Mahoma.

No es necesario llamar “Dios” a ese impulso primigenio ¿Qué importan los nombres? Lo que importa es aprehender el mensaje que nos transmite ese Universo que se supone que es obra suya.

A lo largo del tiempo muchos hombres se han presentado como mensajeros de esa divinidad, unos con más fortuna que otros. Cada uno de ellos ha venido a comunicarnos algo que, supuestamente, le ha sido revelado y que debía transmitir al resto de la humanidad o a los miembros de algún colectivo concreto. Cuando esas predicaciones han encontrado algún eco se le han unido otros individuos, que han actuado como ayudantes, discípulos, apóstoles… convirtiéndose en los enviados del enviado. Esos mensajeros de segunda generación con frecuencia han plasmado por escrito las enseñanzas del primero, para dar permanencia y durabilidad a su mensaje (las palabras se las lleva el viento pero los escritos permanecen) y después se han convertido en los guardianes de ese mensaje y en los jueces que resuelven las dudas de interpretación del mismo. El tiempo ha ido pasando, la sociedad ha ido cambiando y los guardianes de la ortodoxia se han convertido en una estructura inmovilista cuya misión principal consiste en intentar dejar las cosas como estaban cuando su grupo surgió, repitiendo en sus reuniones –eternamente- los pasajes de sus libros sagrados, que se supone que son la palabra de Dios, el mensaje de ese ser o ente primigenio.

Si miramos a nuestro alrededor y observamos cómo funciona la naturaleza -que es reflejo de ese ser- deberemos concluir que en ella, como dijo el poeta: “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”. La vida es, probablemente, uno de los elementos más trascendentes de esa obra grandiosa. Pero la vida es un drama auténtico, nunca una representación. La lucha que todos los seres vivos libramos cada día es la de la supervivencia. Aunque existan ecosistemas y nichos o roles dentro de ellos que asignen a cada especie una tarea concreta, cada ser –individualmente considerado- es único, su vida –más allá de las elucubraciones enfermizas de los humanos- es lo único que de verdad tiene. Con ella recibió la orden –de esa hipotética divinidad- de defenderla mientras le queden fuerzas para hacerlo. Eso sí que es una prescripción directa de la divinidad a cada uno de nosotros, que nos ha llegado sin mediadores, que no está subordinada a ninguna otra que nos llegue por cualquier vía alternativa.

Nadie puede pretender, por muy heraldo que sea de ningún demiurgo, que nos resignemos a aceptar una vida –para nosotros o para los nuestros- que nos condene a priori a la miseria. Con todos los respetos habrá que decirle a ese pretencioso individuo que nosotros sí tenemos una misión auténtica y verdadera: la de alimentarnos y alimentar a los nuestros. La de vivir con la suficiente dignidad como la de cualquier otro ser vivo de nuestro entorno.

Ha habido muchos grupos, a lo largo de la historia, que nos han predicado la palabra de Dios. Conocemos muchas variantes de ese mensaje. Algunos han tenido bastante éxito y han sido capaces de organizar la vida de muchos millones de personas y de dar un sentido ético a las mismas. Fue Jesucristo el que dijo aquello de que “por sus hechos los conoceréis”. Una religión que ha servido para llevar la paz a donde antes había guerra, que ha facilitado la cooperación entre los individuos, que ha ayudado –gracias a esa cooperación- a transformar los desiertos en cultivos, permitiendo así vivir a millones donde antes sólo podían hacerlo unos cientos, se ha legitimado con sus obras, se ha ganado a pulso el respeto de los hombres.

Pero hay otros emisarios que han venido a predicar la guerra o el enfrentamiento con algunos de nuestros vecinos. Que han venido a decirnos que hay unos hombres que valen más que otros o que están predestinados, desde el origen de los tiempos, para someter a otros. En tales casos, por muy solemne que sea su mensaje y por muy bien argumentado que esté es obvio que no puede proceder de esa hipotética divinidad que se supone que lo creó todo y que vive para sostener el Universo. ¿Tiene sentido construir algo para destruirlo después? ¿Cómo puede, el que nos insufló el deseo íntimo de luchar por nuestra libertad y nuestra dignidad, enviar a alguien que nos esclavice?

Desde la aparición de los grandes imperios de la antigüedad venimos conviviendo los humanos con las grandes religiones. Unos y otras forman parte del mismo sistema. Son las dos caras de la misma moneda. No es posible construir nada grande, que implique a millones de personas, sin elaborar un discurso que le dé sentido y que dé fundamento a una moral que sirva para sostener ese edificio gigantesco. Es el cemento de la sociedad, lo que mantiene su cohesión interna. La religión tiene sentido si ayuda a construir la sociedad y se legitima con sus obras. Algunas veces nos pueden parecer pueriles ciertas explicaciones sagradas, veneradas por determinados pueblos durante miles de años. Pero no debemos juzgarlas por lo que nos dicen a nosotros, sino por lo que dijeron a los suyos, por lo que han sido capaces de construir y de sostener. Cada sistema hay que analizarlo entero, completo. No debemos nunca despiezarlo ni deconstruirlo para demostrar que el edificio está hecho con los mismos ladrillos que otros edificios. Es evidente que todos los libros están escritos con letras. Con la misma serie de letras, además. Pero es la forma en que están distribuidas esas letras en cada libro concreto lo que diferencia a una obra maestra de un texto insufrible.

Los occidentales están extraordinariamente dotados para el análisis, pero son muy torpes sintetizando. La visión holística no es su fuerte y la empatía tampoco. Que seamos capaces de desmontar una máquina no nos garantiza que lo seamos de volverla a montar. Para hacer lo segundo hay que saber mucho más que para lo primero.

Durante los últimos miles de años se han venido desplegando, desde el Medio Oriente asiático hacia el oeste, el grupo de las religiones monoteístas, que los musulmanes llaman las “religiones del libro”: judaísmo, cristianismo e islamismo. Estas tres confesiones están interconectadas y beben de una tradición común: las tres dan por bueno el pacto originario que Dios estableció con Abraham, hace ya varios miles de años.

A priori ese pacto no es con la Humanidad, sino con un solo hombre, aunque si aceptamos lo que dice la Biblia afecta a toda su descendencia. Descendencia que para los judíos es biológica, para cristianos y musulmanes es ideológica: nos afecta en la medida en que nos sentimos implicados y decidimos adherirnos a él.

¿Es el Dios de Abraham el creador del Universo? La primera respuesta que daría un creyente de alguna de estas religiones –casi automáticamente- es que sí. Sin embargo, si hacemos un análisis crítico de los textos bíblicos y de su propia lógica interna, el asunto no es tan evidente. Y esa falta de evidencia que se desprende de los textos nos la confirman diariamente sus propios creyentes en su comportamiento cotidiano.

Nos explicaremos. Primero centrémonos en los contenidos de los textos bíblicos. ¿Recuerdan a Moisés? El profeta que condujo a los israelitas hasta la Tierra Prometida. Se supone que había recibido una orden divina en la que se le mandaba guiar a su pueblo hasta allí. Por el camino recibió las Tablas de la Ley con los famosos “Diez Mandamientos”, que eran unas reglas morales básicas que debían regir el comportamiento de los hombres. Entre esas normas figuraban el “no matarás” y el “no robarás” (reglas que han figurado siempre en el código ético de todos los pueblos del mundo aunque no hayan leído jamás la Biblia). ¿Y cuál era la orden que       traía Moisés desde Egipto? Dirigirse a la Tierra Prometida para exterminar a sus habitantes y poderse quedar así con sus tierras.

¿No percibe usted una contradicción entre los mandamientos y la orden que Moisés llevaba? ¿Cómo conciliar ambos mandatos? Muy sencillo: Los cananeos no eran humanos, al menos desde el punto de vista de los israelitas. El Dios de Moisés parece ser que no tenía ningún compromiso contraído con ellos y que sus vidas sí podían ser segadas sin contemplaciones sin que se violentara ningún código ético. ¿Cree que el Dios Creador –el Dios del Universo– pudo haber mandado eso? ¿Es posible que quién envió –muchos siglos después– a su hijo para que se sacrificara por todos los hombres sea el mismo que mandó a Moisés a cometer ese genocidio?

“Habló Jehová a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, y le dijo: «Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis pasado el Jordán y entréis en la tierra de Canaán, echaréis de delante de vosotros a todos los habitantes del país, destruiréis todos sus ídolos de piedra y todas sus imágenes de fundición, y destruiréis todos sus lugares altos. Echaréis a los habitantes de la tierra y habitaréis en ella, pues yo os la he dado para que sea vuestra propiedad. […] Pero si no echáis a los habitantes del país de delante de vosotros, sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros ojos y como espinas en vuestros costados, y os afligirán en la tierra sobre la que vais a habitar. Además, haré con vosotros como pensaba hacer con ellos»”. (Números 33:50-56)
….
"Matad, pues, ahora a todos los niños varones; matad también a toda mujer que haya tenido relaciones carnales con un hombre. Pero dejaréis con vida a todas las niñas entre las mujeres que no hayan conocido hombre." (Números 31:17-18) [Aquí el que habla es Moisés]

Parece obvio que el Dios de los israelitas se ajusta más al perfil de los dioses lares romanos (los dioses defensores de una determinada familia o estirpe) o a la figura del tótem de los indios del noroeste americano –dioses pequeñitos encargados de proteger a unos cuantos, aunque sea a costa de sus vecinos- que no al Dios omnipotente, fuente universal de la moral.

Cuando Dios se implica en las disputas de los humanos, tomando partido por unos pueblos en perjuicio de otros, está degradando su mensaje ético y su propio papel dentro del drama de la vida. El juez no puede ser parte de la disputa, porque entonces deja de serlo.

El Dios del Antiguo Testamento es un dios pequeño, iracundo, celoso de sus prerrogativas. Tanto celo para afirmar su autoridad lleva consigo el mensaje implícito de que es posible vivir sin aceptarla y de que puede haber otras fuentes alternativas de legitimación moral. Y de hecho todos los humanos no monoteístas han podido vivir sin él, sin que, por ello, ningún desastre colectivo los haya eliminado de la faz de la Tierra y sin que hayan sido sometidos por éstos (aunque alguna vez lo hayan podido intentar). Parece que la lectura que se desprende de tantas amenazas terribles y de su comparación con la evolución histórica de los diferentes pueblos es que éstas sólo tienen efecto entre los individuos que creen en ellas o que han sido socializados en un entorno cultural en el que la mayoría lo cree. Fuera de ese contexto tales afirmaciones son inofensivas. Por tanto hemos de concluir que todo el discurso del Antiguo Testamento forma parte de un complejo cultural determinado y que debe ser analizado y juzgado dentro del todo del que forma parte, nunca fuera de él y, en cualquier caso, es evidente que hay otras visiones del mundo tan válidas como ésta cuya existencia –a veces bastante próspera y longeva– está desmontando –de facto- el discurso exclusivista de los monoteístas de origen judaico. Por todo ello hace tiempo que vengo afirmando que el monoteísmo del Antiguo Testamento es un falso monoteísmo, y que esa falsedad se desprende simplemente del análisis de la lógica interna de su discurso, sin necesidad de recurrir a otras fuentes externas para ello.

Dije más arriba que el Dios de Abraham no es el Dios Creador y que, además de las razones digamos “bíblicas” para cuestionar esa identidad, existen otras más humanas derivadas de la observación del comportamiento de los fieles de las religiones “monoteístas” que nos demuestran que –en el fondo- ellos tampoco lo creen, aunque lo nieguen en sus discursos. Y la razón fundamental para esto son las fuertes sanciones que se han desplegado históricamente contra los disidentes de esos grupos religiosos e, incluso, contra los individuos que profesan otras creencias.


Si el Dios de Abraham fuera el Dios creador, las leyes implícitas del Universo nos empujarían hacia él. Y un alejamiento de las reglas morales que se desprenden de ellas sería autodestructivo de por sí, sin necesidad de que el hombre tuviera que reforzar esas sanciones con otras de índole social. Las guerras santas, inquisiciones diversas y los iracundos ataques de determinados fieles hacia los individuos que se niegan a seguir los dictados de los clérigos nos están demostrando que esos celosos “guardianes de la moral” saben que es posible vivir alejados de tales dictados y que no se va a producir, de manera automática, ningún castigo divino por ello. Cuando un creyente tiene que recurrir a la violencia para imponer a otros sus creencias nos está demostrando con sus actos que, en el fondo, no cree en ellas, pues si así fuera lo que intentaría sería convencernos.

La verdad tiene que brotar de nuestra experiencia cotidiana. Tiene que ser congruente con la naturaleza, con la obra del principio creador. Es posible que tenga que ser explicada, pero esas explicaciones tienen que abrirnos las mentes –no cerrarlas-, deben estimular nuestros sentidos, nuestra capacidad de observación, deben hacernos sentir más vivos, más parte de esa naturaleza en medio de la cual crecimos, debe facilitar nuestra relación con el resto de los humanos.

Si miramos hacia atrás y estudiamos nuestra propia historia, deberemos reconocer que, en el pasado, ha habido demasiada violencia asociada a la religión –que se supone que debía haber sido un factor de pacificación-, demasiadas imposiciones de “la verdad” por parte de aquellos que tenían que haberse dedicado a estimular nuestra capacidad de observación y de reflexión.

En los últimos artículos hemos estado hablando de la Guerra de los Treinta Años –que fue una guerra religiosa- y de sus consecuencias. Ese conflicto abrió, de par en par, las puertas del mundo moderno, del Racionalismo, de la Ilustración. La modernidad llegó manchada de sangre. Fue, en buena medida, el recuerdo de ese “pecado original” el que impulsó a los hombres a buscar nuevas soluciones para nuestra vida, nuevas explicaciones que nos hicieran construir otro mundo más humano, nuevos discursos que nos ayudaran a evitar futuros baños de sangre. Para una persona que viviera en Europa alrededor de 1650, la Guerra de los Treinta Años era el suceso más terrible que había sucedido en toda la Historia de la Humanidad. Desgraciadamente esa marca la hemos vuelto a batir –ampliamente- en el siglo XX, de dónde podemos inferir que aquellos hombres no pudieron completar su objetivo de crear un nuevo orden social que nos evitara repetir aquella trágica historia.

El cristianismo, que recibió a través de San Pablo y de otros “padres de la Iglesia” un potente injerto de filosofía estoica y que se desplegó en un ecosistema más propicio para el verdadero monoteísmo que el de los judíos (los factores más poderosos que ayudan a cimentar el discurso monoteísta son las estructuras imperiales y los paisajes monocromáticos) obtuvo, por esa vía, la actitud mental y las categorías intelectuales adecuadas para poder construir un discurso universalista, dirigido a toda la humanidad, en el que todos los hombres nacen iguales ante la divinidad.

Durante sus primeros trescientos años de existencia los cristianos protagonizan –en Occidente- un verdadero salto cualitativo en el proceso de la evolución moral de la especie humana (en Oriente se encargó el budismo de hacer algo parecido). Fue en medio de las persecuciones que sufrieron durante esos siglos donde se forjó la comunidad cristiana, donde cristalizó un movimiento que habría de transformar la manera de relacionarse de los hombres entre sí, las formas de organización de las sociedades humanas.

Pero con el Edicto de Milán (313) y el pacto entre la Iglesia y el poder político romano comenzó el proceso de desnaturalización del mensaje evangélico, el de institucionalización de la Iglesia, el de creación de una estructura religiosa conservadora, que mantiene una relación privilegiada con los sectores más poderosos de la sociedad y se aleja de su compromiso con los más pobres.

Con la desintegración del Imperio Romano de Occidente y las invasiones de los germanos la Iglesia se convierte, además, en la conservadora del legado del mundo clásico y, al adueñarse de él, lo reinterpreta, acomodándolo a sus propias necesidades. Es en ese contexto en el que apareció aquella falsificación del siglo VIII que se conoce como la “Donación de Constantino”, a través de la cual, así como de la doctrina que generó a su alrededor, el Papa intenta convertir su autoridad espiritual en autoridad política, alejándose cada vez más del espíritu evangélico.

Como consecuencia de ello se producirá, en torno al año 800, el pacto con Carlomagno y la institución del Imperio medieval –que algún tiempo después será conocido como “Sacro Imperio Romano-Germánico”-, así como la creación de los Estados Pontificios. El pacto entre el Papa y el “Emperador” de los germanos se constituyó en el fundamento último del orden social medieval, es decir, del feudalismo.

La pretensión del Papa de convertirse en la cima del orden político medieval le llevó a diseñar un proyecto de futuro estado teocrático europeo, cuyo instrumento más poderoso fue la predicación, a partir del siglo XI, de la Guerra Santa contra los infieles, y cuya vanguardia fueron las órdenes militares de caballería.

Ya dije al principio que una religión que utiliza la violencia para imponer su mensaje está transmitiéndonos, en paralelo, la idea de la falsedad del mismo. Si hay que imponerlo por la fuerza es que la predicación no sirve, que su superioridad moral no es evidente. Y si esto es así, el camino de la disidencia está abonado y su despliegue es tan sólo cuestión de tiempo. Por eso dije en su día que en el mismo momento en el que el Papa empezó a predicar la Guerra Santa puso en marcha el mecanismo de relojería que conducía a la Reforma Protestante.

Habrá quien argumente –y esa es la base fundamental de la defensa del concepto- que la Guerra Santa de los cristianos es la respuesta a la Yihad de los musulmanes. Esto es así sólo hasta cierto punto. Ya expliqué en un par de artículos[1] como se desarrolló ese proceso, pues nuestro país desempeñó un papel importante en la definición de los objetivos que el Papado pretendía conseguir a través de esa política. Pero la guerra religiosa en la España medieval estaba planteada en términos defensivos, liderada por los guerreros y contaba con un poderoso consenso social por detrás. Esta fue la fuente de inspiración del Papa, que pensó que podría trasladar mecánicamente dicho escenario a Tierra Santa. Pero las cruzadas eran, claramente, una acción ofensiva, inspirada por los clérigos, que carecía de los consensos sociales que se daban en España. Fallaba, por tanto, su fuente básica de legitimación.

El Papa, al invadir las competencias de los militares y de los políticos, dejaba importantes vacíos por detrás en el plano religioso y, por tanto, creaba así las condiciones para la aparición de nuevas alternativas que no dejarían de manifestarse, cada vez con más fuerza, a lo largo de los últimos siglos medievales (cátaros, valdenses, husitas…) hasta su culminación con la Reforma Protestante.

Pero la aceptación del desafío militar católico por parte de los grupos religiosos evangélicos fue un error histórico cometido por sus dirigentes, que cortará en seco el proceso de evolución teológica en el ámbito de la fe cristiana y lo desplazará hacia el territorio de los nuevos filósofos. En el ámbito del protestantismo se produjo ahora el viejo pacto con el poder político que los católicos habían sellado muchos siglos atrás y que había motivado la aparición de nuevas alternativas religiosas. Si los nuevos clérigos hacen lo mismo que los viejos ¿Dónde está la diferencia? Y cuando los cañones empezaron a hablar se calló el diálogo entre las conciencias, cada bando se enrocó en sus propias posiciones y se preparó para afrontar su propia travesía del desierto. En ese momento la religión pasó a ser, simplemente, un marcador de etnicidad, identificándose luteranismo con germanidad y catolicismo con romanidad. Los que se sienten diferentes profesan religiones diferentes, para comunicar al resto del mundo de parte de quién están.

Y cada grupo buscó su propio nicho dentro del nuevo ecosistema europeo, y el discurso evangélico de algunos protestantes, al identificarse con unos grupos étnicos determinados, redescubrió los argumentos milenarios en torno a la idea del pueblo elegido. Y los supuestos evangélicos construyeron un alegato que tendía hacia el racismo en el que el papel que los israelitas desempeñaban en el Antiguo Testamento era asumido ahora por algunos grupos europeos o de origen europeo. Y hubo gente que llegó a medir la mayor o menor cercanía espiritual entre los distintos seres humanos y Dios en función de la propia tonalidad que presentaba su piel, diseñando un proyecto de sociedad de castas que llegó a plasmarse de hecho en algunas de las nuevas europas.

Mientras los filósofos y los científicos exploraban nuevos territorios y buscaban ese principio creador a través de sus manifestaciones naturales, los clérigos retrocedían en el tiempo, dejaban atrás el generoso compromiso con los más débiles de los primeros cristianos que tenían que reunirse clandestinamente en las catacumbas de Roma y volvían al tiempo en el que, supuestamente, Moisés predicó a los suyos que había que exterminar a los cananeos.


[1] “La Génesis de nuestra identidad” y “El boomerang español”.

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