jueves, 14 de noviembre de 2013

El nacionalismo norteamericano



Las grandes naciones europeas han ido construyendo su identidad en dura lucha contra sus enemigos exteriores. Los franceses tuvieron que batirse durante siglos contra ingleses, borgoñones, españoles, alemanes... Holanda se forja luchando contra España. Inglaterra se afirma como nación enfrentándose a franceses y españoles. Alemania, tal y como ya dijimos en otro de nuestros artículos, es la respuesta germana frente a la invasión de los ejércitos napoleónicos; la agresión francesa opera allí como el catalizador de la respuesta “nacional” alemana. La nación europea, por tanto, surge abriéndose paso en medio de una selva de competidores que forcejean para hacerse un lugar bajo el sol. La identidad se afirma frente a los otros. El enemigo está fuera, al otro lado de la frontera.

El fenómeno nacionalista es uno de los elementos característicos de la europeidad contemporánea y lo podemos considerar un “invento” europeo. Ya hablamos en su día de las cinco naciones-estado primigenias del occidente europeo surgidas en los albores de la modernidad, en pleno Renacimiento.

Pero a partir de la revolución americana (1776) vemos aparecer de manera paulatina una serie de nuevos estados al otro lado del mar que también afirman su identidad, primero frente a sus antiguas potencias coloniales y, más adelante, contra sus propios vecinos con los que disputan diversas áreas fronterizas en litigo.

Las nuevas europas que surgen en ultramar son hijas de la vieja, están habitadas de forma mayoritaria por hombres de raza blanca, descendientes de europeos tanto desde el punto de vista racial como desde el cultural. Viejos europeos por tanto, trasladados al Nuevo Mundo, que proclaman su identidad en unos términos que nos recuerdan bastante a los de los nacionalistas de nuestra ecúmene. Esto nos hace proyectar sobre sus correspondientes procesos de afirmación nacional las categorías mentales que hemos construido para interpretar los nuestros y que, con frecuencia, juzgamos de validez universal. ¿Contra quién vamos a afirmar nuestra identidad si no es contra quienes pueden amenazarla desde el exterior? 

La verdad es que este es un asunto que, francamente, nunca me impidió conciliar el sueño. Para mí parecía evidente que el sentimiento de nación era algo subjetivo, que se desarrolla en medio de un proceso histórico determinado y que es bastante generalizable a cualquier contexto cultural, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo.

Pero un día cayó en mis manos un libro que me hizo replantearme algunos de estos elementos que, a priori, me parecían de aplicación poco menos que universal, al menos dentro del contexto del mundo contemporáneo. Se trata de la obra de SAMUEL HUNTINGTON: ¿Quiénes somos?[1], que pretende ser un alegato a favor de la identidad anglosajona, dentro de los Estados Unidos. El autor se dirige al sector de su población que puede definirse con la sigla WASP (acrónimo en lengua inglesa de las palabras Blanco –White-, Anglo-Sajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-) con la intención de zarandearla, intentando que tome conciencia de la tremenda amenaza que se cierne sobre su cultura, por obra y gracia de los hispanos.

Como español que soy me pareció una lectura interesante, de dónde podría extraer algunas enseñanzas tanto acerca del proceso de crecimiento de la población hispana dentro de los Estados Unidos como de la percepción que del mismo tiene el sector anglosajón de este país. Y conforme fui avanzando a través de sus páginas me pareció descubrir que la identidad anglosajona tiene peligros mucho mayores a los que hacer frente que el que los propios hispanos representan. Es una de esas historias que pretenden convencerte de una cosa y acaban convenciéndote de la contraria. Pero vayamos por partes. Vamos a ir desarrollando las diversas facetas de este asunto.

El libro de Huntington no tiene desperdicio. En el apartado que titula “El triunfo de la Nación y del patriotismo” nos dice:

La Guerra de Secesión, como dijo James Russell Lowell una vez concluida, fue «¡un material muy costoso con el que construir una nación!». Pero sirvió para construirla. La nación nació con la guerra y se materializó plenamente durante las décadas posteriores a la misma. También lo hicieron el nacionalismo y el patriotismo, y la identificación incondicional de los estadounidenses con su país. El patriotismo anterior a la guerra, señalaba Ralph Waldo Emerson, había sido un fenómeno esporádico. Sin embargo, la «muerte de miles de personas y la determinación de millones de hombres y mujeres» durante la guerra mostraron que el patriotismo norteamericano para entonces ya «[era] real». Antes de la guerra, los estadounidenses (y los ciudadanos de otras nacionalidades) se referían a su país en plural: «Los Estados Unidos son...». Tras la guerra, pasaron a utilizar el singular. La Guerra de Secesión, como dijo Woodrow Wilson en su discurso del Memorial Day de 1915, «creó en este país lo que nunca antes había existido: una conciencia nacional». Esa conciencia se manifestó de diversos modos durante las décadas que siguieron al conflicto bélico. «El período de finales del siglo XIX -afirma Lyn Spillman- fue el de mayor innovación en la identidad nacional estadounidense.» «La mayoría de las prácticas, organizaciones y símbolos patrióticos que nos resultan familiares hoy en día se remontan a esa época o fueron institucionalizados por entonces.»”

Antes de la guerra, la secesión había sido una opción posible y no sólo en el Sur; tras 1865 se volvió inconcebible e indigna de mención.” [...]Los cien años que mediaron entre la década de 1860 y la de 1960 fueron, pues, la centuria del nacionalismo estadounidense, el período de la historia de Estados Unidos durante el que la identidad nacional se ha mostrado con mayor fuerza en comparación con las demás identidades y durante el que los estadounidenses de todas las clases, regiones y grupos étnicos compitieron por expresar su nacionalismo y su patriotismo.” [...]La victoria de la Unión en la Guerra de Secesión convirtió a Estados Unidos en una nación; tras aquella victoria, múltiples factores se combinaron para dar preeminencia al nacionalismo.” [...]La bandera, como muchos autores han señalado, se convirtió, esencialmente, en un símbolo religioso, en el equivalente de la cruz para los cristianos. Se la veneraba. Ocupaba el puesto de honor en todas las ceremonias públicas y en otras muchas de carácter privado. Era normal que la gente se pusiera de pie en su presencia, se descubriera la cabeza y, en los momentos que así lo exigían, la saludara. Los escolares de casi todos los estados tenían la obligación de jurarle lealtad a diario.” [...]Para el ciudadano, se trata de un objeto de adoración patriótica, emblemático de todo lo que representa su país: sus instituciones, sus logros, su larga lista de muertes heroicas, la historia de su pasado, la promesa de su futuro.”[2]

Este pensador estadounidense (después he podido comprobar que la tesis de que el nacionalismo norteamericano es una consecuencia de la Guerra de Secesión está muy extendida entre los intelectuales de este país) nos viene a decir que su nación no surge en guerra contra Inglaterra, como pensábamos por aquí, sino en una guerra civil en la que medio país aplasta al otro medio y le impone, por la fuerza, sus valores éticos, su manera de concebir la “Nación Americana”. Esta afirmación no puede dejar de sorprender a este lado del Atlántico y llevarnos a preguntar ¿Estamos llamando “nación” a la misma cosa? Si el país de antes de la Guerra –cuando los enemigos oficiales estaban fuera- no era La Nación, sino que esta surge después, cuando el enemigo está dentro, aniquilado, silenciado ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la “Nación Americana”? ¿No parece más bien que la función que cumple ESTA nación de la que nos hablan es enterrar a la otra, la que todos los americanos –blancos, por supuesto- construyeron juntos? ¿Cómo se le puede imponer la identidad, con las armas, a medio país y presentarla después como colectiva?

Esta interpretación de los hechos, en el supuesto de que refleje con relativa fidelidad el proceso histórico que nos narra, no puede dejar de causarnos inquietud y de hacernos sospechar que la nación y el patriotismo se están usando como coartada, como anestesia colectiva para imponer un modelo social que está lejos de contar con los apoyos sociales que se presume que tienen. ¿Qué sentido tiene hacerle jurar lealtad a la bandera a un escolar a diario? ¿Tan amenazada está la identidad americana? ¿América es la patria, libremente construida, de los ciudadanos americanos o, por el contrario, los americanos son súbditos de la “Nación Americana”? ¿La Nación es el instrumento del Pueblo o es el Pueblo el instrumento de la Nación? Y si Pueblo y Nación no son sinónimos ¿A quién representa de verdad el concepto de Nación en los Estados Unidos de Norteamérica?

Pero más allá de las consideraciones teóricas o de las disquisiciones metafísicas, lo que es constatable históricamente es que la América WASP estuvo creciendo hasta 1861. Desde entonces lo único que creció fue el Imperio Americano. El Estado que supuestamente representa al Pueblo Americano no ha parado de fortalecerse desde entonces hasta la década de los sesenta, como bien señala Hutington, pero la identidad profunda de su pueblo, mientras tanto, no ha dejado de debilitarse. Está claro que las élites dirigentes del país –y en este sentido estamos de acuerdo con él- no representan a la América WASP. No representan a los anglosajones, pero tampoco a hispanos, afroamericanos, indios, asiáticos ni a ninguna otra identidad que forme parte de las clases populares. La élite dirigente sólo se representa a sí misma y lleva ya casi doscientos años acumulando poder y construyendo un estado de marcado carácter oligárquico, aunque Hollywood y el resto de los “medios de comunicación” se empeñen en hacer creer otra cosa.

Presentar una guerra civil cómo el punto de arranque del sentimiento de nación, pese a la sorpresa inicial, dado el aparente contraste con los modelos europeos, no puede dejar de abrir nuevos interrogantes para un lector español, que también puede detectar en su propia historia episodios comparables que han servido también al poder como coartada para sepultar viejas identidades, aunque en este caso la reacción subjetiva del pueblo español haya sido notablemente diferente de la del norteamericano. De rebote, observando las historias de los otros y los argumentos con los que nos la presentan, descubrimos otras facetas de la nuestra que no habíamos calibrado adecuadamente. Y otra pregunta que, igualmente, surge de manera natural a continuación es: ¿En los demás países europeos ha podido suceder algo semejante aunque no nos hayamos percatado? Y descubrimos que, en parte, así ha sido; que en el proceso de construcción de toda nación no sólo nos enfrentamos con enemigos exteriores sino que también lo hacemos con otros que viven dentro de nuestras propias fronteras.

Por tanto vemos como el proceso de la formación de la identidad nacional es algo excluyente y no sólo con los extranjeros, también lo es con muchos de los nuestros. Es un tema apasionante que abordaremos en alguno de nuestros futuros artículos  pero que, de momento, vamos a dejar a un lado para poder seguir con el hilo de nuestra historia.

Lo que está claro es que si nos ponemos a bucear en la historia de cualquier país dentro del cual haya una fuerte identidad nacional terminaremos encontrando represión contra grupos que no compartieron el proyecto, aunque en Europa, que es dónde se ha construido el modelo interpretativo, siempre aparece en primer plano el enemigo exterior mientras que en Estados Unidos, sorprendentemente, ese lugar lo ocupa el interior.

Ahora les invito a recordar uno de mis viejos artículos -Las otras transversalidades- en el que decía lo siguiente:

“El imperio inglés construye una falsa transversalidad. […] Se trata de establecer una sociedad estratificada tanto desde el punto de vista social como desde el racial. […] Este es el modelo en países donde el clima no parece adecuado para organizar un proceso colonizador masivo desde la metrópoli.

Pero en las franjas templadas, tanto del Hemisferio Norte como del Hemisferio Sur, sí se organiza ese proceso colonizador. Estas zonas se convierten así en el punto de destino de los excedentes de población británica, de sus minorías religiosas, disidentes diversos e, incluso, de presidiarios de la metrópoli. Esa franja templada (las trece colonias americanas, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) se estructuran como “nuevas inglaterras”, proyectando sobre ellas, por tanto, un modelo imperial “horizontal”, al viejo estilo de los imperios antiguos.

El modelo global inglés podemos definirlo como: horizontalidad esencial, transversalidad formal. Y denominarlo: “Estructura por capas”. Capas geográficas y capas sociales, perfectamente delimitadas.”[3]

Y refiriéndome igualmente a la colonización inglesa en los territorios norteamericanos hemos dicho más recientemente:

Desde el principio se definen en esa zona dos áreas claramente diferenciadas: al norte las colonias de Nueva Inglaterra y al sur las de Virginia y las carolinas, separadas ambas por la colonia holandesa de Nueva Amsterdam (1625). El perfil de los colonos del norte es muy distinto al de los del sur. En las colonias septentrionales se refugian buena parte de los disidentes religiosos británicos de orientación calvinista, los puritanos, cuyos elementos más arquetípicos serían los “peregrinos” del Mayflower, fundadores de la colonia de Plymouth en 1620.

[…]

Al sur, en cambio, la colonización británica adquiere un aire más aristocrático. Ese proceso está mucho más controlado por la corona, que reparte grandes cantidades de tierras a determinados nobles y serán ellos los que organicen y dirijan el proceso colonizador. Allí también acuden algunos disidentes religiosos, pero en este caso católicos, junto a gran cantidad de anglicanos. En esta zona la presencia blanca se diluye más. Su estructura social se muestra, desde el principio, más jerarquizada que la de Nueva Inglaterra. Posee un clima más cálido, que permite desarrollar cultivos propios de áreas mediterráneas, como puede ser el algodón. Limitan, por el sur, con la Florida española. Pronto empezará a florecer allí el comercio de esclavos y a perfilarse una sociedad de castas que nos recuerda a otras que los ingleses crearán o desarrollarán en otras zonas del mundo más adelante, como las de la India, Sudáfrica, Palestina…”[4]

Es decir, que en nuestro primer artículo definimos el modelo de colonización inglés como “estructura por capas” y en el segundo describimos la existencia de dos de ellas, claramente diferenciadas, dentro de las trece colonias originarias de Norteamérica. Estas, una vez alcanzada la independencia, se extienden hacia el oeste, siguiendo cada una su franja climática, tal y como se espera en un proceso expansivo de perfil antiguo. Se expanden muy rápidamente ante la ausencia de adversarios que merezcan tal nombre, integradas ambas, no obstante, dentro de la misma estructura política, lo que no podía dejar de agudizar las contradicciones que existían entre los dos modelos, cada uno de los cuales necesitaba una estructura diferente para poderse desplegar adecuadamente.

La lógica interna del modelo conducía hacia la segregación o hacia la guerra civil. La guerra tuvo lugar, como sabemos, entre 1861 y 1865 y abortó el proyecto secesionista de los “Caballeros del Sur” a un alto coste en términos de vidas humanas, pero también en términos culturales, abriéndose un período de represión de todas las manifestaciones de los aspectos de las sociedades sureñas que pudieran poner en peligro la identidad de la nueva estructura imperial que acababa de nacer. Los Estados Unidos son un imperio no porque sean un inmenso país sino porque su identidad ha sido impuesta a una parte significativa de su propia población. Ha sido impuesta por las armas y a partir de ese momento entró en un proceso histórico de huida hacia adelante que necesita seguir imponiendo su proyecto hegemonista a nuevos pueblos para mantener vivo el modelo. En términos históricos o se avanza o se retrocede. No es posible congelar una estructura social o un universo cultural.

La huida hacia adelante del Imperio Americano comenzó con la Guerra de Secesión. Desde entonces y, como bien dice Hutington, hasta la década de los sesenta del pasado siglo XX, no ha hecho más que fortalecerse. Pero, mientras tanto, la América blanca, anglosajona y protestante no ha dejado de perder empuje vital y sus colonos no han sido capaces de proseguir el imparable avance que habían estado protagonizando hasta el estallido del citado conflicto.

Es cierto que en Estados Unidos ha existido desde entonces un fuerte espíritu “patriótico” cuasi religioso que, como la religión oficial, ha sido alimentado incansablemente por “predicadores” diversos, que necesitan sostenerlo porque de él depende en buena parte el mantenimiento de su rol de primera potencia mundial. Pero también lo es que, en paralelo con él, la sociedad norteamericana ha sostenido una gran cantidad de “anticuerpos” con los que contrarrestar parcialmente ese apabullante espíritu patriótico.

Sobre este asunto ya estuve hablando hace un par de años. Le recordaré algunos de los argumentos que usé entonces:

[Algo] “está pasando en la gran potencia planetaria. Su nivel de anticuerpos es anormalmente alto y eso, desde luego, es muy mala señal. Nos está avisando de que la infección es muy seria.

Descendamos a los hechos y vayamos, primero, a los más generales: Lo primero que nos llama la atención es la extraordinaria agresividad de la sociedad americana, que se refleja, con meridiana claridad en algunos parámetros que pasamos a enumerar:

1) Estados Unidos es el país con mayor número de presos, por cada cien mil habitantes del mundo con 756 (le siguen Rusia, con 629, Ruanda con 604, St. Kitts & Nevis con 588 y Cuba, con 531). Para comparar digamos que ese índice en Alemania, por ejemplo, está en 89, en Japón en 63, en México en 207 y en Colombia en 149. España, con 146 es el país con la tasa más alta de la Unión Europea.

2) En Estados Unidos hay, en este momento, más de 3.000 personas en el corredor de la muerte. Desde 1976 (fecha en la que se reinstauró la pena de muerte) han sido ejecutadas más de 400. Sin comentarios.

3) Se calcula que hay 283 millones de armas en manos de particulares, en los Estados Unidos. Se pueden comprar libremente en las armerías sin necesidad de presentar ningún permiso. Cada año se venden 4,5 millones de armas nuevas y 2 millones de segunda mano. Cada año mueren, como consecuencia de algún disparo, una media de 9.484 personas y son heridas 97.820, es decir, una media de 268 al día. Hay un principio ¡constitucional! (nada menos) que ampara el derecho de cada ciudadano a poseerlas.

4) Los valores que se transmiten a través de los medios. Basta sentarse un rato delante de la televisión para ver lo que Hollywood está destilando. No es necesario “cruzar el charco”, sólo necesitamos mirar los telefilmes y las series que nos llegan desde allí y se cuelan en nuestra casa, cada día a través de la caja tonta. Si yo afirmara que buena parte de este material constituye una verdadera escuela de violencia no creo que esté diciendo ninguna barbaridad. Lo que pasa es que estamos ya tan acostumbrados que no le damos la menor importancia.”[5]

¿Recuerda cuándo -hablando de España- dije?

Cuando una sociedad se polariza y los enfrentamientos, dentro de ella, van subiendo de tono. Cuando, además, el grado de violencia que podía llegar a darse entre los dos adversarios fundamentales no podía superar un determinado umbral –ya que ponía en peligro la seguridad de todos- la adrenalina había que descargarla sobre terceras partes cuyo debilitamiento estructural no incrementara el riesgo colectivo. Así se fueron convirtiendo, de manera paulatina, las diferentes minorías étnicas en las víctimas propiciatorias. La posición de los judíos, mudéjares, moriscos, cristianos nuevos, etc. se fue deteriorando y terminaron convirtiéndose en los pararrayos de todas las iras colectivas. La situación de los individuos pertenecientes a estos grupos humanos nos puede servir de termómetro para medir el grado de enquistamiento de los odios de clase en el seno de la sociedad general. Si nos fijamos sólo en esta faceta de las sociedades peninsulares podemos observar como el deterioro del tejido social fue en aumento hasta mediados del siglo XVII. Desde entonces empezó lentamente a remitir.”[6]

¿Y qué ocurrió a mediados del siglo XVII? Pues nada menos que la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que significó el comienzo del fin del Imperio Español. El conflicto supremo en el que Francia desplazó a España como primera potencia mundial. Recordemos que, visto desde el lado español, el punto de inflexión se alcanzó en 1640, cuando se sublevan contra la corona Cataluña y Portugal. A partir de entonces la prioridad número uno del rey de España dejó de ser aplastar a los protestantes alemanes y sus aliados del resto del mundo (con los franceses a la cabeza) para dedicarse a buscar una salida digna para ese conflicto interminable que impidiera que el Imperio Español  saltara por los aires. Desde ese momento empezó a aflojarse la presión sobre los disidentes interiores y empezó a buscarse desde la cúspide del poder disminuir como fuera el número de enemigos que la España oficial tenía, porque éste había alcanzado una masa crítica tan grande que había cruzado todas las líneas rojas.

Creo que los parecidos estructurales entre la España del siglo XVII y los actuales Estados Unidos son evidentes, que el paulatino relevo en el liderazgo planetario es cada vez más nítido y que, en ambos casos, obedece a las mismas razones: una superioridad demográfica evidente por parte de la potencia emergente y un agotamiento del modelo de dominación en el caso de la potencia en declive.

Pero ahí terminan los parecidos entre los dos procesos. La sublevación de los catalanes se produce siglo y medio después de que los reinos de Castilla y de Aragón se unieran de manera libre y pacífica. Estos activaron, con esa decisión, todas las alarmas para comunicarle a los que hasta ese momento habían sido sus compatriotas que el pacto constitutivo implícito que creó el estado español se estaba incumpliendo por parte del poder central y que, en consecuencia, se sentían en la libertad de romperlo. Y lo mismo ocurrió en el caso portugués, sólo que esta unión tenía nada más que sesenta años. Los dos territorios habían mantenido hasta entonces operativas sus instituciones y vivos sus símbolos y sus marcadores de etnicidad.

En el caso norteamericano, en cambio, nos encontramos igualmente con otro siglo y medio, pero de represión cultural que pretende sepultar la posible conciencia nacionalista alternativa de los que fueron derrotados en el campo de batalla. En el primero hay una unión libre y, además, no mediatizada por el enemigo exterior (que acababa de ser derrotado por la alianza de los dos estados fundadores. Éste había ayudado a crear la conciencia de la necesidad de la unidad que, paradójicamente, se concretó después de que hubiera sido expulsado de la Península, un caso que resulta poco común). En el segundo un sometimiento militar y cultural que cerró la fase histórica de los procesos colonizadores masivos del Far West.

Desde la Guerra de Secesión hemos ido viendo como el estado ha ido reemplazando a la sociedad. Por eso los norteamericanos se muestran mucho más hostiles que los europeos a la intervención del estado en su vida privada y defienden su derecho a la autodefensa de una manera que causa estupor a este lado del Atlántico.

Desde la llegada al poder de Reagan (1981) no hay un político, en Estados Unidos, que no se haya presentado a las elecciones prometiendo que bajaría los impuestos. Hasta el punto de que da la impresión de que el norteamericano medio piensa que es posible estar bajando impuestos eternamente; lo que equivale a pensar que una familia pueda sobrevivir bajando su nivel de ingresos cada año.[7]

Si una familia no puede seguir adelante reduciendo sus ingresos cada año, un estado tampoco puede sobrevivir bajando los impuestos cada cuatro o desplazando la carga impositiva desde los más ricos hasta los más pobres. Hace ya bastante tiempo que nos dicen las encuestas que ese mismo norteamericano medio está convencido de que sus hijos vivirán peor que él. Es decir, que la población es consciente de que viven en un proceso histórico involutivo, como el Imperio Romano durante sus últimos 300 años. Los norteamericanos saben que no tienen futuro como país, por eso quieren reservarse el derecho a la autodefensa cuando se produzca la quiebra del estado. Quieren tener un arma en su casa por lo que pueda pasar. Los consensos sociales se están rompiendo y los mensajes que nos insisten en la feroz competitividad individual en la que están embarcados (y que exportan hacia el resto del mundo) –darwinismo social cada vez más extremo- los podemos traducir como “¡sálvese quien pueda!”. La historia nos enseña que ese camino conduce hacia un modelo social neoseñorial que, si persiste en el tiempo, puede convertirse incluso en neofeudal.






[1] HUNTINGTON, SAMUEL P. 2004. ¿Quiénes somos? Barcelona. Paidós.

[2] Ibíd.

[3] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html

[4] “Los Estados Unidos de Norteamérica”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/06/los-estados-unidos-de-norteamerica.html

[5] “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html

[6]  “La dualidad esencial de la sociedad española”: http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/la-dualidad-esencial-de-la-sociedad.html

[7]  “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html

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