martes, 1 de agosto de 2023

Los gobiernos de Felipe González

 



Manolo Monereo, hace algún tiempo, dijo:

“El PSOE ha sido el partido del régimen del 78 y su futuro está unido a él. […] los fundamentos y los consensos básicos del actual régimen los ha marcado el Partido Socialista. Esa es su grandeza y su debilidad.”[1]

No resulta fácil explicar cómo fue posible que, tras 40 años de dictadura, con un ejército, un poder judicial y unos cuerpos de seguridad del Estado que eran hijos de la misma y su principal sostén, con una clase empresarial que había prosperado bajo las reglas de juego que ésta había establecido, bastaran 7 años, a contar desde la muerte del dictador, para que un partido que había formado parte de los gobiernos del Frente Popular durante la Guerra Civil -el bando que había sido derrotado en el campo de batalla- y prohibido desde entonces, ganara limpiamente unas elecciones y consiguiera el 57 % de los escaños del Congreso de los Diputados, la mayor victoria electoral que hemos conocido en España desde 1977. Y tampoco que fuera capaz de seguir ganando elecciones de manera consecutiva hasta 1993, sin encontrar demasiada resistencia por parte de un aparato del Estado que había heredado directamente del franquismo.

Para intentar volver comprensible la naturaleza del proceso histórico que hizo posible esta realidad publicamos hace unos meses el artículo “El contexto internacional de la Transición española”[2] en el que básicamente presentamos ésta como un proceso tutelado desde el exterior. Si no hubiera sido así estoy convencido de que el desarrollo de los acontecimientos hubiera seguido unos derroteros muy diferentes. España, pese a sus peculiaridades históricas, en la etapa de la Guerra Fría, era un país más del Occidente europeo, y estaba siendo sometido a una estrecha vigilancia desde los grandes centros de decisión occidentales.

En el anterior artículo ya vimos los resultados electorales que arrojaron las elecciones generales celebradas en España el 28 de octubre de 1982:


Poco después, el 1 de diciembre, Felipe González tomaba posesión como Presidente de Gobierno y cerraba un círculo que se abrió en 1939. La esperanza que millones de españoles depositaron en ese gobierno hizo posible algo que muy pocos esperaban, que un gobierno socialista no sólo ganara unas elecciones por mayoría absoluta (algo que volvió a repetir en 1986 y 1989) sino que, además, se asentara en el poder político y permaneciera en él durante los siguientes 14 años (hasta 1996) y que se convirtiera en la fuerza política vertebradora del Régimen del 78. Escribo estas líneas en 2023, 46 años después de las primeras elecciones del post franquismo (15 de junio de 1977) y durante ese tiempo los partidos que han gobernado España han sido el PSOE (26 años, 4 de ellos en coalición con Unidas Podemos), PP (15 años) y UCD (5 años). El PSOE ha estado gobernando en España el 56 % de todo ese periodo, a pesar de haber heredado un aparato del Estado venido directamente del franquismo.

Es obvio que, pese a la hueca retórica electoral, las clases dominantes españolas no han tratado al PSOE de Felipe González y de sus sucesores como lo hubieran hecho con la fuerza política heredera del de la Segunda República. El PSOE “Renovado” contó desde el principio con el aval de la Internacional Socialista, pero también fue tutelado por ella y así fue percibido desde el primer momento por todos los actores políticos presentes en nuestro país:

“El apoyo de los europeos a los demócratas españoles les robó a los enemigos de la derecha de la democratización, que todavía tenían el poder político de facto, su argumento más importante, a saber, que España estaría en el camino correcto hacia el caos y el comunismo”

Walter Haubrich [3].

La Internacional Socialista es, con diferencia, la más poderosa formación política supranacional europea y la que más ha influido históricamente en el diseño del orden político actual. Si ignoramos ese dato nos será imposible calibrar adecuadamente el desarrollo histórico que ha tenido lugar en nuestro continente desde 1945.

 

El primer gobierno socialista

“Felipe es un hombre pragmático y tiene dos horizontes en mente cuando llega a la Moncloa: España y Europa. Sabe que el país ha de modernizarse si quiere ingresar en las Comunidades Europeas. Su referente no es Mitterrand […] sino Olof Palme, Willy Brandt, Bruno Kreisky…, La socialdemocracia del centro y del norte de Europa.”[4]

“La nueva crisis del petróleo desencadenada en 1979 y la difícil situación política que arrastra el país desde 1980 dibujan un preocupante panorama en 1982: inflación que no desciende del 14 % anual, 16,5 % de la población activa en paro, gasto público creciente para sufragar subsidios de desempleo y pensiones. Y todo ello, combinado, arroja un déficit público que alcanza el 5,6% del PIB, en medio de una economía que solo crece al 0,5 % entre 1979 y 1982, con una balanza de pagos deficitaria (2 % del PIB) y una inversión extranjera en franca retirada.”[5]

Desde el primer momento el nuevo gobierno socialista se dedicó, con la inestimable ayuda de sus patrocinadores europeos, a hacer las reformas estructurales que los gobiernos de la derecha no habían sido capaces de llevar a cabo: reconversión industrial, liberalización del sistema financiero, saneamiento de la banca privada, reforma del mercado laboral, control de la inflación y del déficit público…

[Felipe González] apostó por una línea liberal en lo económico que se complementó con la puesta en marcha de un Estado del Bienestar potente. He aquí el rastro «socialdemócrata», no menor, de las políticas llevadas a cabo por González y su gobierno.”[6]

Inmediatamente pusieron en marcha un Plan de Choque cuyo elemento más visible y traumático fue la reconversión industrial:

“En noviembre de 1983, se aprobaba un decreto-ley que afectaría a un tercio de la actividad industrial española, principalmente a la siderometalurgia, la construcción naval y el sector textil. El coste de la operación rondó el billón y medio de pesetas, y unos ochenta mil trabajadores se verían afectados entre 1983 y 1987, quedando en la calle porque numerosas empresas cerraron. Cádiz, Bilbao, Vigo, Gijón, El Ferrol y Sagunto registraron intensas protestas y serios enfrentamientos con la policía, desbordada a veces ante la desesperación de unos trabajadores que perdían masivamente su empleo”.[7]

El gobierno socialista en su primera legislatura no sólo cerró multitud de empresas, en su mayor parte pertenecientes al Instituto Nacional de Industria (INI), también privatizó las “joyas de la corona”, la más importante de las cuales fue, indudablemente, la mayor fábrica de automóviles que había en el país, SEAT, con 23.000 trabajadores, que fue vendida al grupo Volkswagen en 1986.

Hubo, igualmente, expropiaciones de grupos privados en quiebra técnica, como fue el caso de RUMASA, en 1983, uno de los holdings industriales más importantes que había en el país, con 400 empresas (entre ellas 20 bancos) y 45.000 empleados, propiedad del empresario José María Ruiz Mateos:

“Aquella nacionalización no fue definitiva, sino solo temporal, pues los bancos y empresas expropiadas pronto serían reprivatizadas en un proceso polémico, cargado de irregularidades y en el que los grandes beneficiarios fueron aquellos particulares con suficiente capital como para hacerse con los restos del naufragio del gigante empresarial. La expropiación de Rumasa fue, en el fondo, una nacionalización de pérdidas, pues el gobierno constataría, al hacerse con la sala de máquinas del grupo a finales de 1983, que la compañía había perdido hasta aquel momento 350.000 millones de pesetas. Se calcula que el coste de aquella expropiación podría haber rondado los 800.000 millones de pesetas, y aunque algunos liberales recalcitrantes llegaron a escribir que la lógica del mercado hubiera solucionado, por sí misma, la trayectoria errática de Rumasa, lo cierto es que su naufragio habría supuesto un auténtico terremoto en una economía como la española, aún muy poco dinámica, muy estatalizada y alejada de los parámetros de crecimiento y modernidad europeos.”[8]

Todas estas decisiones tomadas por el flamante gobierno socialista, el primer gobierno de izquierdas en 40 años, terminará llevándolo a un enfrentamiento abierto con los sindicatos. Las poderosas CCOO y UGT, obviamente, pese a las vinculaciones ideológicas y orgánicas que tenían con el PSOE, especialmente en el caso de UGT, el sindicato socialista:

“La escenificación de la ruptura entre UGT y el gobierno socialista se produciría en mayo de 1985, cuando hubo de votarse en el Congreso de los Diputados la reforma del sistema de pensiones. Esta reforma definía unas vías de acceso a las pensiones contributivas más estrictas, exigiendo un mayor periodo de cotización y aplicando de manera más rigurosa la proporcionalidad entre lo cotizado y lo recibido. Pese a que esta reforma permitió el acceso de más personas al sistema de pensiones, el plan disgustó a Nicolás Redondo, líder de UGT y diputado por el PSOE en el Congreso, quien rompió la disciplina de voto del partido y votó contra la reforma. Comenzaba un cisma en el propio sindicato y un alejamiento progresivo de éste con respecto al gobierno. El 20 de julio de 1985 se convocaba una huelga general en España que contaría con gran seguimiento en el País Vasco. UGT no se sumaría a la huelga, si bien convocó el 4 de junio una gran manifestación en Madrid contra el ejecutivo.”[9]

Conforme avanzan los años 80, el pulso entre gobierno y sindicatos se va endureciendo, culminando en la Huelga General del 14 de diciembre de 1988:

“Los sindicatos […] convocaron el 14 de diciembre de 1988 una huelga general que exigía, entre otras cuestiones: el aumento de la cobertura por desempleo al 48 % de los parados, la recuperación del poder adquisitivo de salarios y pensiones debilitadas por la inflación, la equiparación de las pensiones mínimas con el salario mínimo interprofesional, el reconocimiento del derecho a la negociación colectiva por parte de los funcionarios y la derogación del Plan de Empleo Juvenil. […] la huelga de diciembre de 1988 supuso un éxito para los sindicatos y un serio varapalo para el gobierno socialista. En torno a nueve millones de españoles se movilizaron, paralizando el país sin serios incidentes, aunque con gran tensión en las calles. El gobierno acusó el golpe, pues la huelga le restaba apoyo social y ponía en peligro las reformas estructurales aplicadas sobre una economía en proceso de saneamiento. También tuvo la huelga una importante consecuencia en el mundo sindical, pues provocó el acercamiento entre UGT y CCOO. Así, puede concluirse que, a finales de los ochenta, la oposición cierta al PSOE venía de los sindicatos y de algunos medios de comunicación, pues la vida parlamentaria era dominada por una mayoría absoluta socialista que, como un rodillo, se imponía contra la débil y descoordinada oposición parlamentaria.”[10]

La Huelga General de 1988 ha sido la más amplia de todas las que han tenido nunca lugar en España. Ese día se paralizó, literalmente, todo el país. Hasta desapareció el tráfico de las grandes ciudades. Hay imágenes de ese día del Paseo de la Castellana, en Madrid, a media mañana, absolutamente vacía (¡en un día laborable del mes de diciembre!). La jornada fue, no obstante, totalmente pacífica. Hay que tener en cuenta que los dirigentes, tanto del partido del gobierno como de los dos grandes sindicatos, eran muy afines desde el punto de vista ideológico. La huelga fue concebida como un poderoso pulso previo a una negociación que sería dura. Esa “rebelión” de la sociedad en las calles contra el gobierno socialista no le impidió a éste volver a revalidar su mayoría absoluta en las elecciones de 1989 y volver a ganar otra vez (esta vez con mayoría relativa) en 1993.

Es precisamente el gran ascendiente con el que contaron los gobiernos del Partido Socialista entre las clases trabajadoras y su disciplina a la hora de acatar las directrices trazadas desde la Internacional Socialista lo que les permitió ganarse también el respecto, desde primer momento, tanto de las clases empresariales como de la mayoría de las personas que habían formado parte del aparato del Estado durante el franquismo. Todos ellos fueron plenamente conscientes de que la dura reconversión industrial y el saneamiento de la economía española siguiendo parámetros que conducían a una confluencia con el resto de países de la Comunidad Económica Europea hubiera sido casi imposible de culminar por gobiernos de los partidos de la derecha. La extraordinaria potencia alcanzada por el movimiento obrero en la España de los años setenta no era posible revertirla siguiendo sólo una estrategia de confrontación para poder llevar a cabo tales políticas. Este hecho básico es el que da sentido al párrafo de Manolo Monereo con el que abrimos este artículo.

 

La permanencia en la OTAN

España entró en la OTAN durante el gobierno de Calvo Sotelo. El PSOE votó en contra del ingreso en el debate que al respecto tuvo lugar en el Congreso de los Diputados, e hizo campaña en esa línea con el ambiguo lema: “OTAN, de entrada no”, que todo el mundo interpretó como un rechazo explícito pero que, en realidad, dejaba la puerta abierta para un posterior cambio de postura, que fue lo que finalmente terminó sucediendo.

Nuestro país llevaba negociando el ingreso en la Comunidad Económica Europea desde 1977, con muy pocos avances hasta 1982. Los socialistas sabían que salir de la OTAN y entrar en la CEE simultáneamente eran dos movimientos totalmente contradictorios entre sí, que no serían entendidos por sus socios europeos y que el primero tendría un importante coste tanto político como económico. Sin embargo siguieron jugando con la ambigüedad que ya demostraron en la campaña contra el ingreso, utilizando nuestro posible abandono como una forma de presionar a sus socios europeos en la negociación para el ingreso en la Comunidad Europea. La estrategia tuvo éxito. El 1 de enero de 1986 nos incorporábamos al Mercado Común. Inmediatamente después se abordó el prometido referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN que el PSOE llevaba en su programa electoral de 1982, pero por el camino había cambiado de postura:

“El Congreso de los Diputados autorizaría la celebración del referéndum en febrero de 1986, con 207 votos a favor, 103 en contra y 20 abstenciones. En desacuerdo con la decisión de González, Fernando Morán dimitió como ministro de Asuntos Exteriores y fue sustituido por Fernández Ordóñez.

El nuevo ministro puso la proa hacia la celebración del referéndum, defendiendo la consabida postura del PSOE: sí a la permanencia, por responsabilidad. La fecha fijada para la consulta era el 12 de marzo de 1986 […] El 40% de los españoles convocados al referéndum se abstuvieron, y de aquellos que votaron, el 52% lo hizo a favor de que España siguiera en la OTAN, mientras que el 39% lo hizo en contra. «En interés de España», fue el eslogan del PSOE, que consiguió en las Comunidades bajo su dominio el suficiente apoyo como para conseguir ese 52% de votos positivos que aseguraban la permanencia de España en la OTAN, reforzaban la autoridad del presidente González y rebajaban la tensión política tanto dentro como fuera del gobierno.

[…]

A partir de ese momento, las relaciones de España con Estados Unidos experimentaron un interesante cambio, iniciado con la negociación del convenio defensivo entre ambos países. En esa negociación, el gobierno socialista exigió a los Estados Unidos la reducción sustancial de sus tropas en suelo español, tal y como se reflejaba en la propuesta que González había hecho en el Congreso de los Diputados en octubre de 1984, cuando expuso su opinión con respecto a la permanencia de España en la OTAN. Los estadounidenses protestaron ante tal decisión, pero la resuelta actitud de González al anunciar que, de no llegar a un acuerdo, no estaba dispuesto a prorrogar el convenio firmado con Estados Unidos en 1982 -acuerdo que expiraba en mayo de 1988- hizo cambiar a Washington de actitud. La negociación del nuevo convenio bilateral se desbloquearía y, en enero de 1988, ya se firmaba un nuevo acuerdo entre España y Estados Unidos mediante el cual éstos reducían su presencia militar a las bases de Morón y Rota. Siguiendo la política estadounidense de aquellos años, aplicada con sus socios europeos en pleno epílogo de la Guerra Fría, Washington retiraba efectivos militares de puntos antaño conflictivos y se limitaba a una presencia menos evidente, aunque existente e inspirada, sobre todo, en intereses relacionados con el control geoestratégico y el apoyo logístico.[11]

En cuanto a los compromisos que la OTAN adquiría con España, la organización atlántica aseguraba la defensa del territorio, el espacio aéreo y marítimo nacional. A cambio, el gobierno español se comprometía a facilitar que la OTAN desarrollara operaciones aéreas y navales tanto en el Atlántico oriental como en el Mediterráneo. Asimismo, permitiría el control del estrecho de Gibraltar y la utilización del territorio español como zona de tránsito y soporte logístico. Esta participación de España en la OTAN daría lugar al ingreso de nuestro país en la Unión Europea Occidental (UEO) -otra de las condiciones fijadas por la organización atlántica- en el año 1990.”[12]

El proceso se llevó a cabo de tal manera que la imagen que se trasladó hacia el exterior era que la población de nuestro país era anti-OTAN y que sólo la permanencia de los socialistas en el gobierno podía garantizar, a largo plazo, el cumplimiento de nuestros compromisos internacionales. Esa imagen daría fuerza negociadora a nuestros representantes políticos en los diversos foros internacionales, que aplicaron así la vieja estrategia sindical conocida como “presión-negociación”. Pero, por el camino, el gran ascendiente con el que contó el PSOE entre las clases trabajadoras desde 1982 no paró de erosionarse.

 

El ingreso de España en las Comunidades Europeas

“Desde 1977 hasta 1982, cuando los socialistas llegaron al gobierno, solo se habían cerrado seis de los dieciséis capítulos que articulaban la negociación. Los referidos a la agricultura y la pesca resultaban los más peliagudos al encontrarse con los continuos obstáculos puestos por Francia, temerosa siempre de que la entrada de España en la comunidad repercutiera negativamente en la situación de sus agricultores y ganaderos, habida cuenta de las buenas condiciones competitivas que presentaban estos sectores en España. […] con la apuesta por la integración de España y Portugal, Alemania conseguía diluir el peso de Francia, pues los nuevos países -y principalmente España- suponían una verdadera competencia frente a los galos.”[13]

La alianza germano-española debilitaba la posición estructural de Francia en la Comunidad Económica Europea y reforzaba la hegemonía alemana en ella. Esto explica las importantes reticencias francesas a nuestra entrada en la misma. España, como hemos visto, era una formidable competidora de Francia en temas agrícolas. En las relaciones franco-españolas había, además, otro punto conflictivo que era ETA. La organización terrorista venía utilizando desde los años 60 el territorio francés como santuario, donde sus comandos se replegaban después de cada atentado, esto representaba un importante problema de orden público para las autoridades españolas, tuvieran el color político que tuvieran. Todos estos elementos estaban presentes en la negociación de manera explícita o implícita, contaminándose entre sí. En política nada es blanco o negro, sino que todo se mezcla, influyéndose mutuamente los factores más insospechados que podamos imaginar. La debilidad estructural de nuestro país en la arena internacional nos obligaba a aceptar algunas condiciones que importantes sectores de la población rechazaban pero, paradójicamente, ese rechazo nos daba fuerza negociadora.

 

El Estado del Bienestar

En los años ochenta tuvo lugar un importante desarrollo económico, pero a costa de una significativa pérdida de soberanía. Obviamente nuestro ingreso en las Comunidades Europeas y en la OTAN tuvo como consecuencia un importante trasvase de poder político hacia esos dos espacios supranacionales. También tuvo lugar un importante desarme arancelario que continuaría durante los años noventa y la llegada de grandes capitales extranjeros que se adueñarían de buena parte de los sectores productivos más rentables del país y la profundización en el modelo de desarrollo del turismo de sol y playas que ya el franquismo inició, lo que nos volvía muy dependientes de la entrada masiva estacional de visitantes extranjeros y de los flujos organizados por las grandes turoperadores internacionales.

El paro siguió aumentando hasta mediados de la década y después comenzó a remitir muy despacio, tanto que se convirtió en un fenómeno estructural en la economía española que la ha caracterizado desde entonces. También se iría controlando la inflación de manera paulatina, así como la deuda. En paralelo irían mejorando los indicadores sociales globales. Los trabajadores conseguirían por fin las 40 horas de trabajo semanales por ley y el mes de vacaciones:

“Al iniciarse los años noventa ya se alcanzaba en España la universalización de las pensiones, la educación y la sanidad.

Las pensiones fueron mejorando al elevar la retribuciones ya existentes –contributivas- e incorporar al modelo las «pensiones asistenciales», mediante las cuales nuevos sectores de la población que hasta entonces nada percibían del sistema ahora empezaban a beneficiarse de él. Esta política generó un gasto de 1,3 billones de pesetas en 1982, que llegaría a ser de 6,5 billones en 1995, montante que ascendía a una cuarta parte del gasto público total. En torno a 7 millones y medio de pensionistas se beneficiaban del modelo.

La educación también consumió grandes esfuerzos y, por supuesto, un importante gasto público. Se calcula que ese gasto creció un 120% entre 1982 y 1995. El 4,2 del PIB se invertía en educación, un dato que nos acercaba a la media europea que se situaba en el 5,2%. La aprobación de la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE) en el año 1990 permitió que la enseñanza obligatoria se extendiera hasta los 16 años, amplió la formación profesional y reorganizó los niveles educativos no universitarios según las pautas predominantes en los países de la OCDE. Las becas ofrecidas experimentaron un alza considerable -de 160.000 en 1982 a 750.000 en 1992- y se multiplicaron por seis los recursos destinados a tal fin. El porcentaje de la población escolarizada entre los 4 y los 23 años situaba a España en el décimo lugar del mundo en 1980, situación que sería superada ampliamente en el ranking de 1988, cuando España se situó en el cuarto puesto, solo superada por Canadá, Estados Unidos y Francia. Por otra parte, la ratio profesores / alumnos evolucionó favorablemente en los niveles educativos obligatorios, aunque no en la universidad, donde el número de alumnos se multiplicaba exponencialmente: de 700.000 en 1982 a 1,2 millones en 1992. Con todo, la educación pública mejoraba, de lo cual daba buena cuenta el hecho de que la demanda educativa fuera desplazándose de la enseñanza privada a la pública a lo largo de los años ochenta.”

[…]

En cuanto a la sanidad, la Ley General de Sanidad que fue aprobada en 1986 puso en práctica un sistema de salud nacional que proporcionaba una cobertura universal financiada, fundamentalmente, por el presupuesto público, y no mediante las cotizaciones de empresarios y trabajadores a la Seguridad Social, que era el modelo utilizado hasta ese momento. Así, en 1992, el 70% del sistema sanitario español era financiado por el estado. Ello produjo un aumento progresivo del gasto público dedicado a la sanidad. Ese gasto venía creciendo desde 1982 y aumentaría, considerablemente, a partir de 1988, cuando se generalizó el derecho a la asistencia sanitaria de la Seguridad Social. Así, en el año 1992, la financiación del sistema de salud suponía el 5,4% del PIB, y daba cobertura a casi toda la población española.[14][15]

Tras el ingreso de España en las Comunidades Europeas (enero de 1986) y el referéndum sobre la OTAN (marzo) la presencia de España, ya claramente alineada en el Bloque Occidental, en los foros internacionales dio un salto formidable:

“Fue en Latinoamérica donde el rol protagónico de España resultó evidente, sobre todo en la mediación entre este espacio y la Unión Europea. Además de servir como puente entre Latinoamérica y Europa, España impulsó proyectos propios en el centro y sur del continente, como la Comunidad Iberoamericana de Naciones, nacida en julio de 1991. La celebración, en 1992, del V Centenario del Descubrimiento de América intensificó la relación de España con sus países hermanos, proyectando al otro lado del Atlántico una imagen de país moderno y próspero.”[16]

Los grandes cambios políticos que tuvieron lugar en todo el mundo a partir de la caída del Muro de Berlín (9 de noviembre de 1989) tuvo como consecuencia a medio plazo la implicación de España en diversos conflictos armados internacionales.

“El 2 de agosto de 1990 Irak invadió Kuwait por sorpresa, lo cual provocó una respuesta de Estados Unidos y sus aliados que no tardó en involucrar a España. El despliegue militar de la comunidad internacional sobre las inmediaciones del Golfo Pérsico conllevó que España, siguiendo sus compromisos con la ONU y la UEO, aportara una fragata y dos corbetas en funciones de apoyo logístico y nunca de combate, pues España había logrado de sus aliados el compromiso de que su intervención en la Guerra del Golfo no implicaría involucrarse en operaciones bélicas. Aun así, el firme apoyo de González al Presidente Bush y la participación de naves españolas en aquel episodio -siquiera en misiones logísticas- convirtieron a España en un aliado bien valorado en Washington. El papel de España en aquella «primera guerra del Golfo» evidenció que nuestro país estaba plenamente integrado en el bloque occidental.”[17]

A lo largo de los años noventa tuvieron lugar las diversas guerras yugoslavas, varias de las cuales terminaron con la presencia de cascos azules de la ONU separando a las fuerzas de los bandos enfrentados, en las que los españoles tuvieron una presencia significativa. Los cascos azules españoles presentes en la ciudad bosnia de Mostar llegaron a desempeñar un importante papel en la pacificación de la zona que fue reconocido por ambas partes.

España, en esa época, actuó de país mediador en multitud de conflictos internacionales (El Salvador, Nicaragua, Honduras, Namibia, Angola…). Como un reconocimiento implícito a esa tarea realizada se convirtió en miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU en 1993, con un mandato de dos años.

El 5 de diciembre de 1995 el hasta entonces Ministro de Asuntos Exteriores, Javier Solana, fue elegido Secretario General de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), permaneciendo en el cargo hasta octubre de 1999.

 

Los problemas internos

El indudable desarrollo económico de los años 80 alimentó lo que dio en llamarse entonces “la cultura del pelotazo”, que se tradujo en un crecimiento de la corrupción y la especulación económica que terminó saltando a las primeras planas de los periódicos como una característica típica de aquella época.

A principios de los años 90 estallan varias burbujas especulativas que llevaban años incubándose. Los casos más conocidos fueron los de KIO y del Grupo Torras, que se descubrieron a partir de la dimisión del vicepresidente de Torras, Javier de la Rosa, y el caso BANESTO:

“El caso Banesto fue una trama de corrupción empresarial en el Banco Español de Crédito que estalló a finales de 1993, en España, y terminó con la condena judicial de los entonces responsables del banco, con su presidente Mario Conde a la cabeza por delitos de estafa y apropiación indebida.”[18]

El Banco Español de Crédito (BANESTO) había sido hasta entonces el mayor banco de España, dueño de la empresa Petróleos del Mediterráneo, e importante accionista en Unión Explosivos Río Tinto (ERT), Acerinox (sector siderúrgico), Agromán (construcción), Asturiana de Zinc (minería), Carburos Metálicos (química), Petromed (petroquímica) o La Unión y El Fénix Español (seguros), tenía siete millones de clientes, medio millón de accionistas, 15.000 trabajadores y 50 empresas participadas.

“La existencia de un agujero patrimonial de 3.636 millones de euros (605.000 millones de pesetas) llevó el 28 de diciembre de 1993 al Banco de España a intervenir Banesto y a destituir a todo el consejo de administración, incluido su presidente, Mario Conde.”[19]

La intervención del estado en el Banco Español de Crédito fue la segunda en volumen de las que los gobiernos de Felipe González (1982-1996) llevaron a cabo pero, en este caso el coste económico del agujero patrimonial lo asumieron el medio millón de accionistas que la entidad tenía, en vez del estado como ocurrió en el caso RUMASA.

Los escándalos políticos también proliferaron en los años 90. Quizá el más destacado de todos fue el caso Juan Guerra:

“El llamado caso Guerra fue un caso en el que se acusó de corrupción a Juan Guerra, hermano del entonces vicepresidente del Gobierno español, Alfonso Guerra.

A finales de 1989, Juan Guerra fue contratado por el PSOE para trabajar en un despacho oficial de la Delegación del Gobierno en Andalucía en calidad de asistente de su hermano, con un sueldo de 129.370 pesetas líquidas al mes. El despacho era utilizado para actividades diferentes a las asignadas, según algunos medios, lo que le valió a Juan Guerra ser acusado y juzgado por los delitos de cohecho, fraude fiscal, tráfico de influencias, prevaricación, malversación de fondos y usurpación de funciones.

[…] Alfonso Guerra se vio forzado a dimitir como vicepresidente del Gobierno en enero de 1991[20].

Como explicaron Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga:

En 1991, el vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra presentó su dimisión, salpicado por el escándalo familiar de acusación de tráfico de influencias. Este olor a podrido y a dinero sucio (...) tizna al Partido Socialista, que denunciado por corrupción toca fondo en su desprestigio electoral cuando en la primavera de 1993 decide adelantar los comicios.[21]

Finalmente, en 1995, Juan Guerra fue condenado por un delito fiscal. Él y su socio Juan José Arenas fueron condenados a dos penas de un año de cárcel (que no hubieron de cumplir al carecer de antecedentes penales) por un fraude fiscal de 42.103.742 pesetas cometido durante los años 1988 y 1989 en su empresa Corral de la Parra. Ambos fueron condenados a pagar dos multas de 24.933.200 y 34.860.000 pesetas respectivamente.”[22]

“Tras el caso de Juan Guerra, las revelaciones entre abril y mayo de 1994 debilitaron al gobierno con una serie de escándalos que provocaron la dimisión de varios ministros en funciones o ya retirados. En los más graves estuvieron implicados los máximos responsables de instituciones nacionales hasta entonces muy respetadas: Mariano Rubio, gobernador del Banco de España, y Luis Roldán, el primer director general de la Guardia Civil ajeno al mundo militar. […] Rubio cumplió una breve condena de prisión por fraude fiscal y por proporcionar información privilegiada al «chiringuito financiero» Ibercorp. También fue encarcelado el presidente de Ibercorp, Manuel de la Concha, expresidente de la Bolsa de Madrid. Entre los beneficiarios de la estafa se encontraban Miguel Boyer, Isabel Preysler y varias personalidades del mundo de las finanzas. Esto llevó a la dimisión de Carlos Solchaga, portavoz parlamentario del Gobierno que, como ministro de Hacienda, había nombrado a Rubio. También provocó la dimisión de Vicente Albero, ministro de Agricultura, quien reconoció haber cometido fraude fiscal con su participación en la estructura defraudadora creada por De la Concha.”[23]

Otro caso que dejará bastante tocado al gobierno socialista fue el de Luis Roldán, el primer Director General de la Guardia Civil no militar de la historia, que fue detenido por haber amasado una fortuna gracias al cobro de comisiones ilegales y de la apropiación de fondos reservados del Ministerio del Interior. En abril de 1994, cuatro meses después de su detención, se dio a la fuga.

Los sumarios del GAL

Pero lo que más daño terminó haciendo a los gobiernos de Felipe González fueron los sumarios del GAL:

“Los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) fueron agrupaciones parapoliciales que practicaron terrorismo de Estado o «guerra sucia» contra la organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna (ETA) y su entorno entre 1983 y 1987. Durante el proceso judicial contra esta organización fue probado que estaba financiada por altos funcionarios del Ministerio del Interior del Gobierno socialista de Felipe González.

Aunque combatían a ETA y «los intereses franceses en Europa», a estos últimos por responsabilizar a Francia de «acoger y permitir actuar a los terroristas en su territorio impunemente»[24], también realizaron acciones indiscriminadas debido a las cuales fallecieron ciudadanos franceses sin adscripción política conocida.[25][26]

Una serie de periodistas del diario vasco Deia iniciaron la investigación y difusión de dichas acciones terroristas a la que se unió después Diario 16 y más adelante El Mundo. Estas investigaciones terminaron dando como resultado “50 sumarios instruidos por jueces de España, Francia, Portugal, Italia y otros países de Europa, 100.000 páginas estudiadas y 7.000 fichas elaboradas.”[27]

Los procedimientos llevados a cabo en España tuvieron como consecuencia la condena (sólo en el Caso Marey, uno el de los cincuenta sumarios citados[28]), por parte del Tribunal Supremo de las siguientes personas:

·         José Barrionuevo, ministro de Interior, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta.

·         Rafael Vera, secretario de Estado para la Seguridad, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta.

·         Ricardo García Damborenea, secretario general del PSOE en Vizcaya, por secuestro, a 7 años de prisión y 7 de inhabilitación.

·         Francisco Álvarez, jefe de la Lucha Antiterrorista, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión y 11 de inhabilitación.

·         Miguel Planchuelo, jefe de la Brigada de Información de Bilbao, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión.

·         José Amedo, subcomisario de la policía, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 9 años y seis meses de prisión.

·         Julián Sancristóbal, Gobernador civil de Vizcaya, por secuestro y malversación de caudales públicos, a 10 años de prisión y 12 de inhabilitación absoluta.

·         Michel Domínguez, policía, por cómplice del delito de secuestro, a 2 años, cuatro meses y un día de prisión, y a inhabilitación por el mismo tiempo.

·         Enrique Rodríguez Galindo, general de la Guardia Civil, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 75 años de prisión y a inhabilitación.[29]

·         Ángel Vaquero, ex teniente coronel de la Guardia civil, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 69 años de prisión y a inhabilitación.[30]

·         Julen Elgorriaga, exgobernador civil de Guipúzcoa, por detención ilegal y asesinato de Lasa y Zabala, a 71 años de prisión y a inhabilitación.[31]

Con este cuadro de condenados es fácil inferir la implicación del Presidente del Gobierno -Felipe González- en la trama, aunque no hubiera ninguna prueba incriminatoria directa contra él. Todo apunta a que él era el misterioso “Sr. X” con el que los medios de comunicación bautizaron al jefe supremo de los GAL.

El desgaste político que González y su último gobierno sufrieron durante la legislatura 1993-1996, debido a las continuas referencias en la prensa tanto de los sumarios abiertos en las investigaciones y los juicios relacionados con los GAL como con los casos de corrupción citados antes, así como los relacionados con la llamada “cultura del pelotazo” (casos BANESTO, KIO, Torras…) Fueron erosionando de forma cada vez más acelerada el formidable capital político con el que el PSOE partió en 1982.

 

Las elecciones de 1996

La de 1993-1996 fue como conocida como la “Legislatura de la crispación”. Todos los casos que hemos citado alimentaron unos debates parlamentarios cada vez más broncos. A lo largo de la misma se fueron sucediendo las dimisiones de ministros del gobierno (Carlos Solchaga, José Luis Corcuera, Antoni Asunción, Vicente Albero…) que el líder de la oposición y presidente del PP, José María Aznar, aprovechó a fondo para exigir elecciones anticipadas. Su frase más característica en esa época era “Váyase, señor González”.

“Sus constantes ataques dieron fruto en las elecciones europeas de junio de 1994, en las que el voto al PSOE cayó del 39,6 por ciento, de 1989, al 30,7 por ciento, mientras que el voto al PP aumentó del 21,4 por ciento, en 1989, al 40,2 por ciento. La inercia pasó a favorecer claramente al PP y comenzó a parecer probable que Aznar presidiera el próximo Ejecutivo”[32]

Mientras tanto, España había entrado en recesión:

“La peseta se había devaluado tres veces desde junio de 1992 y el paro se había disparado al 23 por ciento. Gracias a la llegada de fondos de la Unión Europea y varias reformas estructurales llevadas a cabo por Pedro Solbes, lo peor de la recesión había pasado a finales de 1994. Sin embargo, las derrotas en las elecciones autonómicas de Galicia y en las europeas y el aumento masivo de los votos del PP en muchos municipios indicaban que la hegemonía socialista tocaba a su fin. A principios de 1996, Felipe González se vio obligado a convocar elecciones para el 3 de marzo, aunque no debían celebrarse hasta julio de 1997. El detonante fue, en otoño de 1995, la retirada del apoyo al proyecto de presupuestos generales del Estado del Gobierno socialista para el año siguiente por parte de su aliado parlamentario, la coalición catalana Convergència i Unió (CiU) de Jordi Pujol.”[33]

Los resultados de las elecciones generales de 1996 fueron los siguientes:


En el Pleno de Investidura José María Aznar contó con el respaldo de su partido (PP), así como de Convergència i Unió (CiU), Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Coalición Canaria (CC). El Partido Socialista dejaba el gobierno en el que había permanecido cuatro legislaturas (14 años) y Felipe González pasaba a la historia.



[3] Walter Haubrich: Spaniens schwieriger Weg in die Freiheit: Von der Diktatur zur Demokratie (El difícil camino de España hacia la libertad: de la dictadura a la democracia), (vol.2, 1975-1977), p. 10.

[4] Alfonso Pinilla García: La Transición en España. España en Transición. Alianza Editorial. Madrid. 2021. p. 205.

[5] Charles Powell: España en democracia. 1975-2000. Barcelona. Plaza y Janés. 2002. p. 341. Citado en Ibíd. p. 206.

[6] Alfonso Pinilla García: Ibíd. p. 208.

[7] Ibíd. p. 209.

[8] Charles Powell: España en democracia. 1975-2000. Barcelona. Plaza y Janés. 2002. p. 351. Citado en Ibíd. p. 206. Alfonso Pinilla García: Ibíd. pp. 211-212.

[9] Alfonso Pinilla García: Ibíd. pp. 213-214.

[10] Ibíd. pp. 216-217.

[11] Charles Powell: Ibíd pp. 464-475.

[12] Alfonso Pinilla García: Ibíd. pp. 242-244.

[13] Ibíd. pp. 237-238.

[14] Vicente Navarro y Javier Elola: “Análisis de las políticas sanitarias españolas, 1975-1992”. Sistema, 12 de mayo de 1995, p. 38.

[15] Alfonso Pinilla García: Ibíd. pp. 223-225.

[16] Ibíd. pp. 246-247.

[17] Ibíd. pp. 244-245.

[20] Heywood, Paul M. (2005). «Corruption, democracy and governance in contemporary Spain». En: Sebastian Balfour (Ed.). The Politics of Contemporary Spain (Londres y Nueva York: Routledge): 39-60. ISBN 0-415-35677-6.

[21] Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga, Breve historia de España, pg. 639.

[23] Paul Preston: Un pueblo traicionado. Penguin Random House Grupo Editorial, SAU. Barcelona. 2019. pp. 561-562.

[24] Barbería, José Luis (15 de diciembre de 1983). «Un grupo terrorista autodenominado GAL se atribuye el secuestro de Segundo Marey, liberado ayer en Francia». El País. Consultado el 2 de diciembre de 2018.

[25] Unzueta, Patxo (16 de junio de 1985). «Los GAL asumen la responsabilidad del asesinato de dos ciudadanos franceses cerca de Bayona». El País. Consultado el 2 de diciembre de 2018.

[27] Ibíd.

[29] YANEL, Agustín: «Galindo y Elgorriaga ingresan en la cárcel por una condena de 71 años», en El Mundo: 10 de mayo de 2000. Más tarde, el Tribunal Supremo elevó hasta 75 años la condena a Galindo al entender que el prevalimiento de su cargo público en la comisión de los delitos era un agravante añadido. Ver en: «Galindo cumplió cinco de sus 75 años de condena», en Diario Ibérico: 3 de marzo de 2007.

[30] Ibíd.

[32] Paul Preston: Un pueblo traicionado. Penguin Random House Grupo Editorial, SAU. Barcelona. 2019. p. 563.

[33] Ibíd. pp. 564-565.

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