domingo, 20 de abril de 2014

El centro geográfico de Hispanoamérica

Muralla de Cartagena de Indias (Andrea Gaetano)

Desde que Vasco Núñez de Balboa descubriera el “Mar del Sur” en 1513, en el actual territorio panameño, el Istmo de Panamá pasó a convertirse en el punto más estratégico del Imperio Español en América. La ciudad de Portobelo, en el Mar Caribe, se convirtió en el punto de llegada de la Flota de Tierra Firme, que arribaba una vez al año, desde dónde se distribuían las personas y las mercancías destinadas al Virreinato del Perú. Desde allí se cruzaba el istmo con destino a la ciudad de Panamá, en el Océano Pacífico, y después se redistribuían por mar hacia el resto de destinos de América del Sur.

El Istmo de Panamá era un punto neurálgico del Imperio español. Tanto la monarquía católica como sus adversarios más enconados (la flota inglesa) eran perfectamente conscientes de la importancia que tenía. Y unos y otros dedicaron buena parte de sus esfuerzos a blindar o a atacar, respectivamente, ese territorio.

Para defenderlo, aparte de reforzar las fortificaciones y las guarniciones del Istmo propiamente dicho, pronto se vio la necesidad de consolidar las posiciones españolas en la parte del continente que estaba en contacto con él. El noroeste de Suramérica, la actual Colombia. Cerca de la región panameña se fundó Cartagena de Indias, poderoso bastión militar desde donde poder organizar la reconquista del Istmo  ante un potencial ataque británico. Así el tándem Cartagena-Portobelo constituía la primera línea del frente ante un potencial ataque masivo de fuerzas invasoras. Y más atrás estaba el resto del actual territorio colombiano, desde dónde podía organizarse una contraofensiva de más largo alcance.

Colombia irá ganando peso, de manera paulatina, en el Imperio español. Si en el siglo XVI sólo era la parte más septentrional del Virreinato del Perú, en el XVIII ya era evidente que esta zona necesitaba un tratamiento propio y diferenciado del que recibían sus vecinos meridionales por parte de la corona española, culminando con la constitución, en 1717, del Virreinato de Nueva Granada, formado por los actuales estados de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá, con capital en Santafé de Bogotá, ciudad situada a 2.600 metros de altitud, en un altiplano que vuelve el clima de la región  mucho más templado que lo que le correspondería por la baja latitud en la que se encuentra.

Hace tiempo que dijimos que el Imperio Español en América fue un imperio de tierras altas, que los españoles (la mitad de los cuales procedían de una meseta) se movían con relativa soltura en tales altitudes (mucho mejor que la mayor parte de sus potenciales competidores de origen europeo). Con los españoles sólidamente asentados en Colombia era bastante complicado arrebatarles el Istmo de Panamá, el mayor nudo de comunicación del Hemisferio Occidental. Esto se pudo visualizar con claridad durante la Guerra del Asiento (1739-1748) o de la Oreja de Jenkins, especialmente durante el intento de asalto a Cartagena de Indias (1741) que protagonizó el almirante Vernon, en la que el general español Blas de Lezo infligió a la flota británica una de las mayores derrotas que jamás haya sufrido.

Panamá y Colombia juntas e integradas en el esquema defensivo español se fueron convirtiendo paulatinamente en una obsesión para sus adversarios anglosajones. Para romper la integridad del Imperio español había que empezar por ahí. Y fue precisamente en el Virreinato de Nueva Granada (rebautizado por los bolivarianos como Gran Colombia) dónde se jugaría el futuro del Imperio, durante las guerras de independencia de las repúblicas hispanoamericanas. Simón Bolívar se convertirá en el artífice principal de ese proceso.

Si este virreinato hubiera sido sometido por las tropas de los condes de Calderón y de la Bisbal a partir de 1820 (que fue impedido por la sublevación contra el absolutismo monárquico que tuvo lugar en las Cabezas de San Juan (Sevilla), en enero de ese año, liderada por Rafael Riego), estaríamos hoy en un universo alternativo en el que los países hispanoamericanos habrían -igualmente- alcanzado finalmente su independencia, pero tras un proceso mucho más largo y sangriento. Aquél ejército, como sabemos, debía haber arribado a tierras de Venezuela, dónde le esperaban otros contingentes realistas que combatían allí. Vemos, por tanto, como la “Gran Colombia” resultó determinante en el proceso independentista del resto de pueblos de Hispanoamérica.

Posteriormente, la diplomacia anglosajona supo mover sus hilos tanto en esta zona como en Centroamérica para atomizar aún más a las repúblicas que rodeaban al Mar de las Antillas, culminando en 1903 con la independencia de Panamá, lo que permitió al gobierno norteamericano controlar el Istmo y el Canal homónimos y desde ahí ejercer una mayor influencia sobre el resto de países de Centro y de Suramérica.

A finales del siglo XIX y principios del XX los estrategas del Imperio norteamericano fueron trazando un plan cuyo objetivo consistía en adueñarse paulatinamente de los territorios que rodeaban al Golfo de México y al Mar de las Antillas. En él figuraban Cuba, Puerto Rico, República Dominicana y Panamá como los puntos de máxima prioridad. 

Panamá entró en la órbita del Imperio desde el primer momento de su andadura como estado independiente. Aunque desde el punto de vista cultural supo mantener, como Puerto Rico, su personalidad hispana. Pero al margen de la resistencia cultural de los hispanos en Panamá, en Puerto Rico o en Cuba, el control del canal por los norteamericanos era esencial para poder ejercer un control efectivo sobre su “patio trasero” y mantener así su papel hegemónico por todo el Hemisferio Occidental. La presión yanqui sobre toda Centroamérica (desde Guatemala hasta Panamá) llegó a ser verdaderamente asfixiante a lo largo del siglo XX. Sus embajadores ejercieron el papel de gobernadores sobre el terreno. Quitaban y ponían gobiernos y, llegado el caso, organizaban invasiones. Durante ese tiempo vimos desarrollarse movimientos insurreccionales en Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

Para poder ejercer dicha presión sobre esta zona era preciso neutralizar a los dos grandes países que la limitan, tanto por el norte (México) como por el sur (Colombia). De México ya hablamos en el artículo anterior. Posee una potente demografía y es el gran vecino del sur de los EEUU. Las relaciones entre norteamericanos y mexicanos a lo largo de los últimos doscientos años han sido complejas y han atravesado momentos de gran tensión.

Colombia, aunque algo menos extensa y menos poblada que México, está más alejada del Imperio, pero demasiado cerca del Canal de Panamá, un punto tan neurálgico hoy como lo fue el Istmo en tiempos del Imperio español. Un gobierno fuerte en este país, que defienda su integridad territorial y vigile su hinterland es, obviamente, una amenaza para la política hegemonista de los norteamericanos en la zona. Colombia debía, por tanto, ser neutralizada. Había que agudizar al máximo sus contradicciones internas para anular su posible influencia sobre el exterior. Los movimientos guerrilleros, que han eternizado la guerra civil en este país, han venido a cumplir "casualmente" esa misión.

Ha habido otros países en Hispanoamérica que han desarrollado movimientos guerrilleros, pero el desenlace de la acción de los mismos se produjo en un tiempo razonable. En Colombia, durante el último medio siglo, en cambio, la guerra llegó a convertirse prácticamente en un modo de vida[2]. Mientras los colombianos se peleen entre ellos no ejercerán la influencia exterior que de manera natural están llamados a ejercer, por su propia envergadura y por la posición estratégica en la que se encuentran situados.

Colombia es el centro de gravedad de Hispanoamérica, el país que conecta las Antillas, Centro y Suramérica. Una potente demografía en el corazón de la Ecúmene, que está llamada a hacer de punto de encuentro, de lazo de unión entre todas las partes que componen a este grupo de naciones. Por eso la gran batalla por la unidad de todos los pueblos hispanos comienza en sus selvas y en sus montañas. La consolidación de la paz en Colombia es una parte vital para que ese proceso llegue a buen fin. Será condición necesaria (aunque no suficiente) para que la unidad de los pueblos americanos de origen ibérico cristalice alguna vez.




[2] A la que habría que sumar la acción de los cárteles de la droga que han sustraído, igualmente, a la autoridad del Estado una parte significativa del territorio nacional.

jueves, 27 de marzo de 2014

El ariete mexicano


Monumento a La Raza. Ciudad de México (Wikipedia)

En el encuentro que se ha producido en América entre las dos dinámicas históricas expansivas más potentes del occidente europeo, que escogieron el Nuevo Mundo como escenario para librar en él un formidable choque cultural se está dirimiendo -nada menos- que el modelo de civilización que se irá abriendo paso en el futuro en la mitad occidental del Planeta Tierra.

Por detrás de las estructuras políticas, de los modelos económicos, de las luchas de poder entre grupos oligárquicos, se esconden dos maneras diferentes de entender la vida, dos formas de mirar a nuestro alrededor y de imbricarse en el medio que nos envuelve.

Ya dijimos que el modelo de despliegue imperial que los británicos desarrollaron es reactivo[1], esto quiere decir que, en realidad, es un contramodelo. Está diseñado para enfrentarse con otro anterior a él, que era el enemigo a batir y que no es más que el Imperio español.

Éste último, junto con el portugués (contemporáneo suyo) son las estructuras imperiales primarias desarrolladas por los europeos fuera de sus escenarios geográficos originarios. Son los imperios ultramarinos por antonomasia, los de la primera generación, los que construyeron el marco y establecieron las reglas del juego.

Ambos se despliegan siguiendo su propia lógica interna de desarrollo, que es continuación de las dinámicas medievales de los pueblos ibéricos. Una vez expulsados los musulmanes de la Península, la lógica de la lucha contra el Islam conducía hacia el asalto a los países del Magreb y, de hecho, fue lo primero que se intentó, pero por el camino se cruzaron los vientos atlánticos, que terminarían desviando el contragolpe español hacia el oeste. En América los españoles avanzaron sin un plan formal que hubiera sido diseñado por sus dirigentes políticos o militares. La sociedad siempre fue por delante y la mayor parte de las conquistas se llevaron a cabo por la iniciativa particular de los que encabezaron cada una de ellas, cuando no se produjeron en abierta rebeldía con respecto a las órdenes recibidas, como ocurrió en el caso concreto de Hernán Cortés.

Los planes de conquista se fueron improvisando sobre la marcha por parte de aquellos que pretendían llevarlos a cabo y en ellos lo que se refleja es la tendencia secular de la vanguardia militar medieval española a desplegar sobre el terreno toda la experiencia acumulada durante los 800 años previos de combate en la frontera entre dos civilizaciones rivales.

Las reglas del juego que se imponen en los escenarios americanos son las que los pueblos ibéricos establecen. Españoles y portugueses construyen su propio modelo de relaciones con respecto a los pueblos nativos. Es un sistema que, aunque represente su adaptación a un medio natural que les resulta ajeno, se realiza de la manera en la que sus protagonistas deciden hacerlo y lo que les sale, por tanto, es la prolongación, al otro lado del mar, de la propia historia que habían venido desarrollando en la Península Ibérica durante los siglos medievales.

Los imperios ultramarinos de la segunda generación (ingleses, franceses y holandeses) actúan en los escenarios extra europeos en abierta competencia tanto con los pueblos ibéricos (que se les adelantaron nada menos que cinco generaciones) como entre ellos mismos. En ese proceso hay ya un sentido de urgencia que no se daba en la fase expansiva primaria, así como de respuesta hacia los que iban por delante marcando el camino. Por tanto, las reglas del juego que se establecen en esos modelos expansivos buscan optimizar sus propios movimientos y quemar etapas. El impulso, la planificación y la cobertura que el estado da a sus compatriotas es mucho más potente que lo que fue en el caso español y el proceso impone su propia lógica a sus protagonistas. Ya hablamos de la repugnancia de los británicos al mestizaje con los indígenas, que les condujo al diseño del modelo “de capas”, que resolvía muchos problemas de integración de pueblos heterogéneos que vivían juntos, a corto plazo, pero que los trasladaba hacia el futuro. Un futuro que hoy es presente en muchos países multirraciales que formaron parte –en el pasado- del Imperio británico.

En el proceso expansivo anglosajón en los Estados Unidos de Norteamérica los anglos estaban condenados a encontrarse con los hispanos, y estos respondieron articulando una barrera de contención que buscaba frenarlo. Hoy nos centraremos en el tramo de frontera que está cubriendo el pueblo mexicano.

El artículo 2 de la actual constitución mexicana dice:

“La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.”

Esta constitución “reconoce la vinculación entre el actual estado y los pueblos indígenas prehispánicos, quinientos años después de su conquista por los ejércitos que comandaba Hernán Cortés.”[4]

Dicho reconocimiento es la constatación de una realidad social compleja y profunda que hunde sus raíces en la larga historia de los pueblos de Mesoamérica, de la que quisiera resaltar algunos aspectos derivados de su propia dinámica secular. Empezaré refrescándoles un poco la memoria con algunos textos publicados en este blog hace ya más de un año:

“El Imperio Español fue un imperio mestizo no sólo porque los blancos se mezclaran con los indios, ni porque hubiera indios que colaboraran con los blancos. También lo es porque su estructura, en realidad, es la de los imperios indígenas subyacentes que recibió un injerto español.

Los españoles no crearon un imperio sino que conquistaron dos y los transformaron. El tronco de esos dos imperios sigue estando ahí, escondido bajo el ramaje del injerto español y son dos, no uno, aunque las ramas de ambos hayan crecido tanto que se hayan entrelazado y desde las alturas no haya manera de distinguir las que proceden de un tronco de las que lo hacen del otro.

Después de conquistar los dos imperios se crearon los dos virreinatos originarios que llegaron, en solitario, hasta el siglo XVIII: El Virreinato de Nueva España, al norte -continuación del Imperio Azteca- y el del Perú, al sur –continuación del Imperio Inca-.

Desde México, aprovechando la vieja estructura del Imperio Azteca que seguía descansando sobre la base del campesinado indígena de Mesoamérica, con el apoyo de sus aliados tlaxcaltecas, los españoles llevaron a cabo un sistemático proyecto de expansión militar que terminará llevándolos hasta el Istmo de Panamá por el sur, la actual frontera norteamericano-canadiense por el norte, el río Mississippi por el noreste y las Islas Filipinas por el oeste, incorporando dentro de esa estructura las Grandes Antillas –Cuba, Española y Puerto Rico- y la Península de Florida. El hecho de que el virrey de México fuera designado por el rey de España y, en consecuencia, estuviera subordinado a él nos puede hacer pensar que, en el fondo, no era más que un funcionario. Pero era un funcionario que tenía más poder que la mayor parte de los reyes de la Europa de su época, claro que por un tiempo limitado, como los actuales presidentes de las modernas repúblicas americanas. El rey de España, tanto en Nueva España como en el Perú, procuraba que las personas que desempeñaran esos cargos rotaran bastante y vieran limitado su poder, que estaba muy vigilado por otros funcionarios que eran enviados para controlarlo. Está claro que el rey era plenamente consciente del inmenso poder que el virrey tenía y que podía llevarlo, si no se le vigilaba estrechamente, a crear un verdadero imperio más poderoso que ninguno de los europeos.”

[…]

“Los dos virreinatos son, en realidad, la siguiente fase histórica de los imperios indígenas subyacentes y su lógica interna de desarrollo no es europea sino híbrida. Creo que el concepto de “injerto” es la expresión que mejor define su función.

Los españoles, dentro de esa estructura, actúan como bisagra que articula su relación con el resto del mundo. Esa manera de funcionar hace de este mundo algo único e irrepetible, que conecta espacios y tiempos lejanos y hace fluir la energía de un extremo a otro del Hemisferio y desde las civilizaciones prehispánicas hasta los actuales movimientos indigenistas. Es el espíritu de la transversalidad, es el dinamismo que esta estructura imprimió al resto del mundo desde que se constituyó, hace quinientos años, y que nos embarcó a todos en un proceso histórico irreversible, que hoy llamamos “globalización” pero mañana llamaremos –seguro- de otra manera.”[5]

Es obvio que la vinculación del pueblo mexicano con su propio territorio es profunda y remota, característica que comparte con otros pueblos de Hispanoamérica y que le diferencia de manera nítida de sus vecinos del norte. Su proceso de evolución histórica es independiente del norteamericano y tiene su propia lógica de desarrollo. Si la etapa colonial, el antiguo virreinato de Nueva España, es la siguiente fase del despliegue del Imperio Azteca (que -a su vez- no es más que el último imperio prehispánico de Mesoamérica), el estado mexicano es la última que ha tenido lugar y la que ha llegado a alcanzar el tiempo presente. El paso de los imperios indígenas al imperio mestizo representó un salto cualitativo porque el viejo tronco recibió una inyección de savia nueva intercontinental que transformará el Imperio de los aztecas en la mitad norte del Imperio Transversal que, como vimos, es la estructura política más dinámica, desde el punto de vista evolutivo, que jamás haya existido en este planeta, la primera de toda la Historia de la Humanidad que ha sido capaz de conectar políticamente a pueblos que estaban fuertemente adaptados a varios ecosistemas claramente diferenciados y desparramados por una amplia extensión geográfica. La primera gran estructura política que se expande en el sentido de los meridianos y no en el de los paralelos.

Dijimos que la lógica imperial británica era reactiva y que se diseñó para optimizar sus movimientos y para quemar etapas. Son corredores de velocidad, mientras que los hispanos lo son de fondo. Los anglos idearon una serie de artificios que les servían para avanzar más rápido y poder imponerse con facilidad sobre sus competidores. Desarrollaron la estructura de capas (que ya habían usado los germanos en la Europa meridional y occidental durante al Alta Edad Media y antes otros pueblos indoeuropeos, como los arios en la India. ¿Se acuerda de Robin Hood y de los sajones contra los normandos?). Ese mecanismo, combinado con el resto de instrumentos de dominación que usan habitualmente las fuerzas imperiales (el hegemonismo ideológico, el dominio comercial, la tecnología, el espionaje...) refuerzan la estructura de dominación durante un tiempo, permiten derribar con facilidad a los grupos oligárquicos que militan en el campo enemigo, descabezan una y otra vez la estructura política del adversario... Pero no detienen la Historia. Nada puede reemplazar a la lealtad que da cohesión a los grupos humanos.

Las sociedades hispanas avanzaron, desde el principio, por la senda del mestizaje, tanto biológico como cultural, es decir, asumieron desde el primer momento la inevitabilidad histórica que conduce a que pueblos de diferentes orígenes, que viven en el mismo espacio geográfico, se terminen fusionando.

A estas alturas de la historia ese proceso de mestizaje tiene un rodaje de quinientos años. Mientras que algunos de los países multirraciales que pertenecieron al Imperio Británico han levantado las barreras jurídicas que impedían la mezcla racial hace menos de una generación (olvidémonos, de momento, de las barreras mentales). Y en los EEUU ese asunto desencadenó, en el siglo XIX, una sangrienta guerra civil que, como sus mismos intelectuales reconocen, dejó marcado, de forma indeleble, a su país. Huttington viene a decir que la nación americana es un producto de la guerra civil, y yo añado que ésta es, a su vez, consecuencia de los errores de diseño del modelo social anglosajón en los espacios geográficos ultramarinos y multiétnicos.

En el artículo “La estructura del Sistema Europeo”[7] expliqué como los españoles crearon en Europa, a lo largo del siglo XVI, una estructura imperial que terminó cristalizando como el esqueleto de la Europa moderna. El conjunto de territorios que llamé “La Camisa de Fuerza francesa”[8] vino a desempeñar la función que la columna vertebral cumple en el organismo humano. Y alrededor de esa parte “ósea” se estructuró el complejo sistema europeo en el que cada país asumió un rol diferenciado dentro del mismo, lo que convirtió al conjunto en una máquina temible.

En América fueron también los españoles los que, aprovechando el “tronco” de los dos grandes imperios prehispánicos que encontraron, desplegaron otra estructura, otro esqueleto que estaba vertebrado alrededor de la gran cordillera que atraviesa el continente desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, en sentido norte-sur. Esa inmensa cordillera le da al Nuevo Mundo un sentido transversal que es único en el Planeta Tierra. No hay nada comparable que pueda desempeñar una función equivalente. Por eso la llegada de los españoles al continente americano cambió el curso de la Historia. Es como cuando una especie animal procedente de un ecosistema invade otro distinto, dónde no encuentra adversarios naturales capaces de frenar su expansión. Al final, los únicos que terminaron parándoles fueron otros invasores procedentes del ecosistema original de los primeros. Pero los últimos tardaron en llegar el tiempo suficiente como para que aquellos mutaran. Y ya puestos a mutar se desencadenó un proceso histórico que tuvo, desde el principio, repercusiones mundiales ya que, como consecuencia de todo esto, surgieron circuitos económicos globales que abrirían la puerta a movimientos masivos de población intercontinentales. Ese fenómeno al que llamamos “globalización” es la consecuencia directa, más que del descubrimiento de América (que también, porque fue el que la propició), de la conquista, por parte española, de los dos grandes imperios prehispánicos americanos. Es decir, de la conquista de México y del Perú.

México, por tanto, no es un país cualquiera. Es el origen remoto de buena parte de las transformaciones económicas, políticas y demográficas que están teniendo lugar por todo el planeta desde hace quinientos años, es un lugar dónde está fermentando una nueva civilización, dónde se produjo hace tiempo el encuentro entre dos dinámicas históricas complementarias que mezcladas tienen un potencial revolucionario a largo plazo.

Desde México, y apoyándose en la estructura política indígena subyacente, los españoles formaron un imperio, al que llamaron “Virreinato de la Nueva España” que, siglos después, colisionaría con el anglosajón en las praderas, estepas y desiertos de Norteamérica. Los anglos avanzaron en sentido este-oeste. Los hispanos en el sur-norte. Los primeros multiplicaron sus efectivos humanos en términos exponenciales, entre los siglos XVIII y XX, pero su crecimiento se produjo fundamentalmente a través de los flujos migratorios de origen europeo (no sólo británicos), que fueron secándose a lo largo del siglo XX. También hubo aportaciones significativas de mano de obra esclava, de origen africano, cuya integración en la mayoría social anglosajona ha sido –y está siendo- un poco complicada.

La población mexicana también lleva siglos creciendo, pero éste incremento es básicamente de carácter endógeno, vegetativo. Aunque fue más lento que el anglosajón desde principios del siglo XVIII hasta mediados del XX, alcanzó su punto álgido precisamente al final de ese período y, aunque durante las últimas generaciones esté disminuyendo en términos relativos, dada la masa crítica que ya ha alcanzado, el crecimiento poblacional, medido en términos absolutos, es formidable. Habiéndose convertido en un potente foco que sostiene buena parte de las presiones migratorias hispanas sobre su frontera norte.

A mediados del siglo XIX los norteamericanos empujaban a los mexicanos hacia el sur en las tierras de Texas, Nuevo México, California… Hoy levantan muros y los llenan de cámaras de vigilancia, sensores de infrarrojos y todo tipo de artificios para intentar frenar la avalancha humana que se les viene encima. Todo esto nos recuerda bastante a la secuencia histórica que tuvo lugar en el “Limes” septentrional romano durante los siglos III al V, que ya sabemos cómo acabó.

México hoy es una caldera a presión que es el origen de un potente flujo demográfico que tiene orientación sur-norte. Es un ariete que golpea sobre el Limes Hispano de Río Grande, sobre la “Muralla de Adriano” electrónica que los anglos han edificado para frenar su avance. Pero el problema lo tienen los norteamericanos en casa, en su propia división interna. La competitividad capitalista, planteada en términos individualistas, desarma a las sociedades que han hecho del egoísmo personalista burgués el motor de todos los cambios. El incremento de las desigualdades sociales está fragmentando a su sociedad, la está desestructurando y debilitando. En ese contexto los marcadores de etnicidad de las diferentes subculturas que coexisten allí pueden terminar prefigurando las líneas de ruptura futuras de su estado.

Nos encontramos pues en un escenario sociológico que guarda grandes paralelismos con el Imperio Romano a finales del siglo IV de nuestra era. Los dirigentes políticos imperiales hace tiempo que son conscientes de ello y pretenden neutralizar su proceso de descomposición interna a través de una estrategia muy agresiva y militarista. No pueden dejar de someter pueblos con las armas porque el día que lo hagan perderán la iniciativa política y será el principio del fin. Pero la constelación de fuerzas que se está formando a escala mundial eleva paulatinamente los costes de tales agresiones. Llegará un momento en el que no puedan sostener el pulso que libran con sus adversarios exteriores de primer nivel, y cuando ese hecho se visualice empezará a producirse el desenlace de esta historia. Será entonces cuando el ariete mexicano alcance su máxima potencia y termine rompiendo el “Limes” de Río Grande.




[1] Las otras transversalidades: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html
[4] Los imperios mestizos: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/los-imperios-mestizos.html
[5] Ibíd.
[7] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-estructura-del-sistema-europeo.html
[8] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-camisa-de-fuerza-francesa_05.html

sábado, 30 de noviembre de 2013

Plan General


El Blog de Rafael Polo
Artículos de la sección "Dinámica histórica"
Num.  Título                                                                        Fecha 
Sección 1: Disgresiones
1          El occidente de Asia                                                 (29 de enero de 2012)
2          El “subcontinente” ibérico                                         (5 de febrero de 2012)
3          España: ¿Puente o frontera?                                    (2 de abril de 2012)
102      La ficción de los pasados alternativos                      (15 de octubre de 2024)
104      A los españoles no les gusta la Edad Contemporánea (1 de abril de 2025)


Sección 2: El Mundo moderno
101      Los Trastámara                                                     (12 de agosto de 2024)
103      Los Reyes Católicos                                               (1 de febrero de 2025)
4          La “función borgoñona”                                          (16 de abril de 2012)
5          La historia de Colón                                               (24 de abril de 2012)
6          La “patente” del descubrimiento colombino            (29 de abril de 2012)
7          Los capataces del Imperio                                      (7 de mayo de 2012)
8          Los autómatas del Escorial                                     (14 de mayo de 2012)
9          El Cordón Sanitario europeo                                  (20 de mayo de 2012)
10        La Torre de marfil europea                                     (29 de mayo de 2012)
11        La Camisa de Fuerza francesa                                (5 de junio de 2012)
12        La estructura del Sistema Europeo                          (11 de junio de 2012)
13        El Duelo Mediterráneo                                           (17 de junio de 2012)
14        El Imperio Transversal                                            (27 de junio de 2012)
15        Los imperios mestizos                                             (4 de julio de 2012)
16        Las otras transversalidades                                     (13 de julio de 2012)
17        Familias frente a clanes                                          (2 de agosto de 2012)
18        La Guerra Civil Europea                                        (12 de agosto de 2012)
19        El Sistema del Equilibrio Europeo                          (22 de agosto de 2012)
20        La crisis de la conciencia europea                          (2 de septiembre de 2012)
21        La “decadencia” española                                     (2 de octubre de 2012)
22        La crisis de la identidad española                           (12 de octubre de 2012)
23        La religión de los españoles                                   (22 de octubre de 2012)
24        La independencia de Portugal                                (2 de noviembre de 2012)
25        Cambio de rumbo                                                 (11 de noviembre de 2012)
26        La Nueva Frontera                                               (12 de diciembre de 2012)
27        El despliegue continental                                       (20 de diciembre de 2012)
28        La Ultraperiferia                                                   (2 de enero de 2013)
29        La utopía de Pablo de Olavide                              (21 de enero de 2013)
30        Andalucía, tierra ocupada                                     (2 de febrero de 2013)
31        El bandolerismo andaluz                                       (12 de febrero de 2013)

Sección 3: El Mundo contemporáneo
32        Los imperios efímeros                                          (6 de marzo de 2013)
33        La implosión europea                                           (28 de marzo de 2013)
34        El expansionismo alemán                                      (10 de abril de 2013)
35        Las lecciones de la Historia                               (28 de abril de 2013)
36        Un momento crítico                                              (15 de mayo de 2013)
37        El comienzo de un nuevo tiempo                           (30 de mayo de 2013)
38        Los Estados Unidos de Norteamérica                   (14 de junio de 2013)
39        Dos historias paralelas                                          (30 de junio de 2013)
40        La debilidad estructural italiana                             (13 de julio de 2013)
41        El dilema francés                                                  (28 de julio de 2013)
42        Un mundo en declive                                            (11 de agosto de 2013)
43        Los hombres del Norte                                         (30 de agosto de 2013)
44        La decadencia europea                                     (15 de septiembre de 2013)
45        El “limes” polaco                                                  (29 de septiembre de 2013)
46        La espoleta balcánica                                           (13 de octubre de 2013)
47        La frontera oriental                                               (27 de octubre de 2013)
48        El nacionalismo norteamericano                          (14 de noviembre de 2013)
49        El ariete mexicano                                                (27 de marzo de 2014)
50        El centro geográfico de Hispanoamérica              (20 de abril de 2014)

Sección 4: Segunda vuelta: Una visión más global de los procesos históricos.
51        Un proceso milenario                                             (2 de diciembre de 2014)
52        Un salto energético                                               (8 de febrero de 2015)
99        El país de la resistencia                                        (1 de abril de 2024)
53        Homo Ibérico                                                        (4 de abril de 2015)
54        La conexión atlántica                                             (27 de mayo de 2015)
55        Una historia singular                                              (30 de junio de 2015)
56        El capitalismo como consecuencia...                      (25 de julio de 2015)
57        El discurso cientifista                                             (6 de septiembre de 2015)
58        La liquidación del Imperio español                           (5 de noviembre de 2015)
59        Un desenlace inesperado                                       (19 de enero de 2016)
60        El sentido de un cambio dinástico                          (29 de marzo de 2016)
61        Un cambio de paradigma                                       (23 de junio de 2016)
62        Una carrera milenaria                                            (18 de septiembre de 2016)
63        Un proyecto de civilización                                     (1 de julio de 2017) 
100      Breve resumen de quinientos años de historia      (1 de junio de 2024)

Sección 5: Interpretando el presente... explorando el inmediato futuro.
64        El Complejo Militar-Industrial                                    (18 de septiembre de 2017)
65        Los antecedentes del proyecto europeo                    (27 de abril de 2018)
66        Diplomacia e inteligencia en el Equilibrio Europeo     (15 de junio de 2018)
67        El proyecto de los Estados Unidos de Europa          (1 de agosto de 2018)
68        El punto de inflexión de la Unión Europea                 (16 de octubre de 2018)
69        El corazón del Mundo Occidental                            (7 de diciembre de 2018)
70        Una partida de ajedrez global                                   (3 de febrero de 2019)
85        Estrategias defensivas: Brexit versus Unión Europea (25 de diciembre de 2021)

Sección 6: La España contemporánea.
71        El sueño de la razón                                                  (3 de agosto de 2019)
72        Los orígenes del liberalismo español                         (2 de octubre de 2019)
73        La burguesía revolucionaria                                       (1 de febrero de 2020)
74        La Restauración borbónica                                        (1 de abril de 2020)
75        Intervencionismo monárquico... y militar                   (2 de junio de 2020)
76        El “Cirujano de Hierro”                                               (1 de agosto de 2020)
77        España “se acostó monárquica y se levantó republicana”     (1 de octubre de 2020)
78        República de trabajadores                                         (1 de diciembre de 2020)
79        La Guerra Civil Española                                           (1 de febrero de 2021)
80        La generación “talada”                                               (1 de abril de 2021)
81        Memoria del exilio                                                      (1 de junio de 2021)
82        Tiempo de silencio                                                     (1 de agosto de 2021)
83        La resistencia armada antifranquista                         (1 de octubre de 2021)
84        La influencia alemana en España                              (1 de diciembre de 2021)
85        La institucionalización del franquismo                       (1 de febrero de 2022)
86        El Régimen franquista                                               (1 de abril de 2022)
89        La estrategia de salida del franquismo                      (1 de octubre de 2022)
90        El contexto internacional de la Transición española (1 de diciembre de 2022)
92        El Proceso Constituyente                                          (1 de abril de 2023)
93        El hundimiento de la UCD                                         (1 de junio de 2023)
94        Los gobiernos de Felipe González                            (1 de agosto de 2023)
95        Los gobiernos de Aznar                                             (1 de octubre de 2023)
96        Los gobiernos de Zapatero                                        (1 de diciembre de 2023)
97        Los gobiernos de Rajoy                                             (1 de febrero de 2024)

jueves, 14 de noviembre de 2013

El nacionalismo norteamericano



Las grandes naciones europeas han ido construyendo su identidad en dura lucha contra sus enemigos exteriores. Los franceses tuvieron que batirse durante siglos contra ingleses, borgoñones, españoles, alemanes... Holanda se forja luchando contra España. Inglaterra se afirma como nación enfrentándose a franceses y españoles. Alemania, tal y como ya dijimos en otro de nuestros artículos, es la respuesta germana frente a la invasión de los ejércitos napoleónicos; la agresión francesa opera allí como el catalizador de la respuesta “nacional” alemana. La nación europea, por tanto, surge abriéndose paso en medio de una selva de competidores que forcejean para hacerse un lugar bajo el sol. La identidad se afirma frente a los otros. El enemigo está fuera, al otro lado de la frontera.

El fenómeno nacionalista es uno de los elementos característicos de la europeidad contemporánea y lo podemos considerar un “invento” europeo. Ya hablamos en su día de las cinco naciones-estado primigenias del occidente europeo surgidas en los albores de la modernidad, en pleno Renacimiento.

Pero a partir de la revolución americana (1776) vemos aparecer de manera paulatina una serie de nuevos estados al otro lado del mar que también afirman su identidad, primero frente a sus antiguas potencias coloniales y, más adelante, contra sus propios vecinos con los que disputan diversas áreas fronterizas en litigo.

Las nuevas europas que surgen en ultramar son hijas de la vieja, están habitadas de forma mayoritaria por hombres de raza blanca, descendientes de europeos tanto desde el punto de vista racial como desde el cultural. Viejos europeos por tanto, trasladados al Nuevo Mundo, que proclaman su identidad en unos términos que nos recuerdan bastante a los de los nacionalistas de nuestra ecúmene. Esto nos hace proyectar sobre sus correspondientes procesos de afirmación nacional las categorías mentales que hemos construido para interpretar los nuestros y que, con frecuencia, juzgamos de validez universal. ¿Contra quién vamos a afirmar nuestra identidad si no es contra quienes pueden amenazarla desde el exterior? 

La verdad es que este es un asunto que, francamente, nunca me impidió conciliar el sueño. Para mí parecía evidente que el sentimiento de nación era algo subjetivo, que se desarrolla en medio de un proceso histórico determinado y que es bastante generalizable a cualquier contexto cultural, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo.

Pero un día cayó en mis manos un libro que me hizo replantearme algunos de estos elementos que, a priori, me parecían de aplicación poco menos que universal, al menos dentro del contexto del mundo contemporáneo. Se trata de la obra de SAMUEL HUNTINGTON: ¿Quiénes somos?[1], que pretende ser un alegato a favor de la identidad anglosajona, dentro de los Estados Unidos. El autor se dirige al sector de su población que puede definirse con la sigla WASP (acrónimo en lengua inglesa de las palabras Blanco –White-, Anglo-Sajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-) con la intención de zarandearla, intentando que tome conciencia de la tremenda amenaza que se cierne sobre su cultura, por obra y gracia de los hispanos.

Como español que soy me pareció una lectura interesante, de dónde podría extraer algunas enseñanzas tanto acerca del proceso de crecimiento de la población hispana dentro de los Estados Unidos como de la percepción que del mismo tiene el sector anglosajón de este país. Y conforme fui avanzando a través de sus páginas me pareció descubrir que la identidad anglosajona tiene peligros mucho mayores a los que hacer frente que el que los propios hispanos representan. Es una de esas historias que pretenden convencerte de una cosa y acaban convenciéndote de la contraria. Pero vayamos por partes. Vamos a ir desarrollando las diversas facetas de este asunto.

El libro de Huntington no tiene desperdicio. En el apartado que titula “El triunfo de la Nación y del patriotismo” nos dice:

La Guerra de Secesión, como dijo James Russell Lowell una vez concluida, fue «¡un material muy costoso con el que construir una nación!». Pero sirvió para construirla. La nación nació con la guerra y se materializó plenamente durante las décadas posteriores a la misma. También lo hicieron el nacionalismo y el patriotismo, y la identificación incondicional de los estadounidenses con su país. El patriotismo anterior a la guerra, señalaba Ralph Waldo Emerson, había sido un fenómeno esporádico. Sin embargo, la «muerte de miles de personas y la determinación de millones de hombres y mujeres» durante la guerra mostraron que el patriotismo norteamericano para entonces ya «[era] real». Antes de la guerra, los estadounidenses (y los ciudadanos de otras nacionalidades) se referían a su país en plural: «Los Estados Unidos son...». Tras la guerra, pasaron a utilizar el singular. La Guerra de Secesión, como dijo Woodrow Wilson en su discurso del Memorial Day de 1915, «creó en este país lo que nunca antes había existido: una conciencia nacional». Esa conciencia se manifestó de diversos modos durante las décadas que siguieron al conflicto bélico. «El período de finales del siglo XIX -afirma Lyn Spillman- fue el de mayor innovación en la identidad nacional estadounidense.» «La mayoría de las prácticas, organizaciones y símbolos patrióticos que nos resultan familiares hoy en día se remontan a esa época o fueron institucionalizados por entonces.»”

Antes de la guerra, la secesión había sido una opción posible y no sólo en el Sur; tras 1865 se volvió inconcebible e indigna de mención.” [...]Los cien años que mediaron entre la década de 1860 y la de 1960 fueron, pues, la centuria del nacionalismo estadounidense, el período de la historia de Estados Unidos durante el que la identidad nacional se ha mostrado con mayor fuerza en comparación con las demás identidades y durante el que los estadounidenses de todas las clases, regiones y grupos étnicos compitieron por expresar su nacionalismo y su patriotismo.” [...]La victoria de la Unión en la Guerra de Secesión convirtió a Estados Unidos en una nación; tras aquella victoria, múltiples factores se combinaron para dar preeminencia al nacionalismo.” [...]La bandera, como muchos autores han señalado, se convirtió, esencialmente, en un símbolo religioso, en el equivalente de la cruz para los cristianos. Se la veneraba. Ocupaba el puesto de honor en todas las ceremonias públicas y en otras muchas de carácter privado. Era normal que la gente se pusiera de pie en su presencia, se descubriera la cabeza y, en los momentos que así lo exigían, la saludara. Los escolares de casi todos los estados tenían la obligación de jurarle lealtad a diario.” [...]Para el ciudadano, se trata de un objeto de adoración patriótica, emblemático de todo lo que representa su país: sus instituciones, sus logros, su larga lista de muertes heroicas, la historia de su pasado, la promesa de su futuro.”[2]

Este pensador estadounidense (después he podido comprobar que la tesis de que el nacionalismo norteamericano es una consecuencia de la Guerra de Secesión está muy extendida entre los intelectuales de este país) nos viene a decir que su nación no surge en guerra contra Inglaterra, como pensábamos por aquí, sino en una guerra civil en la que medio país aplasta al otro medio y le impone, por la fuerza, sus valores éticos, su manera de concebir la “Nación Americana”. Esta afirmación no puede dejar de sorprender a este lado del Atlántico y llevarnos a preguntar ¿Estamos llamando “nación” a la misma cosa? Si el país de antes de la Guerra –cuando los enemigos oficiales estaban fuera- no era La Nación, sino que esta surge después, cuando el enemigo está dentro, aniquilado, silenciado ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la “Nación Americana”? ¿No parece más bien que la función que cumple ESTA nación de la que nos hablan es enterrar a la otra, la que todos los americanos –blancos, por supuesto- construyeron juntos? ¿Cómo se le puede imponer la identidad, con las armas, a medio país y presentarla después como colectiva?

Esta interpretación de los hechos, en el supuesto de que refleje con relativa fidelidad el proceso histórico que nos narra, no puede dejar de causarnos inquietud y de hacernos sospechar que la nación y el patriotismo se están usando como coartada, como anestesia colectiva para imponer un modelo social que está lejos de contar con los apoyos sociales que se presume que tienen. ¿Qué sentido tiene hacerle jurar lealtad a la bandera a un escolar a diario? ¿Tan amenazada está la identidad americana? ¿América es la patria, libremente construida, de los ciudadanos americanos o, por el contrario, los americanos son súbditos de la “Nación Americana”? ¿La Nación es el instrumento del Pueblo o es el Pueblo el instrumento de la Nación? Y si Pueblo y Nación no son sinónimos ¿A quién representa de verdad el concepto de Nación en los Estados Unidos de Norteamérica?

Pero más allá de las consideraciones teóricas o de las disquisiciones metafísicas, lo que es constatable históricamente es que la América WASP estuvo creciendo hasta 1861. Desde entonces lo único que creció fue el Imperio Americano. El Estado que supuestamente representa al Pueblo Americano no ha parado de fortalecerse desde entonces hasta la década de los sesenta, como bien señala Hutington, pero la identidad profunda de su pueblo, mientras tanto, no ha dejado de debilitarse. Está claro que las élites dirigentes del país –y en este sentido estamos de acuerdo con él- no representan a la América WASP. No representan a los anglosajones, pero tampoco a hispanos, afroamericanos, indios, asiáticos ni a ninguna otra identidad que forme parte de las clases populares. La élite dirigente sólo se representa a sí misma y lleva ya casi doscientos años acumulando poder y construyendo un estado de marcado carácter oligárquico, aunque Hollywood y el resto de los “medios de comunicación” se empeñen en hacer creer otra cosa.

Presentar una guerra civil cómo el punto de arranque del sentimiento de nación, pese a la sorpresa inicial, dado el aparente contraste con los modelos europeos, no puede dejar de abrir nuevos interrogantes para un lector español, que también puede detectar en su propia historia episodios comparables que han servido también al poder como coartada para sepultar viejas identidades, aunque en este caso la reacción subjetiva del pueblo español haya sido notablemente diferente de la del norteamericano. De rebote, observando las historias de los otros y los argumentos con los que nos la presentan, descubrimos otras facetas de la nuestra que no habíamos calibrado adecuadamente. Y otra pregunta que, igualmente, surge de manera natural a continuación es: ¿En los demás países europeos ha podido suceder algo semejante aunque no nos hayamos percatado? Y descubrimos que, en parte, así ha sido; que en el proceso de construcción de toda nación no sólo nos enfrentamos con enemigos exteriores sino que también lo hacemos con otros que viven dentro de nuestras propias fronteras.

Por tanto vemos como el proceso de la formación de la identidad nacional es algo excluyente y no sólo con los extranjeros, también lo es con muchos de los nuestros. Es un tema apasionante que abordaremos en alguno de nuestros futuros artículos  pero que, de momento, vamos a dejar a un lado para poder seguir con el hilo de nuestra historia.

Lo que está claro es que si nos ponemos a bucear en la historia de cualquier país dentro del cual haya una fuerte identidad nacional terminaremos encontrando represión contra grupos que no compartieron el proyecto, aunque en Europa, que es dónde se ha construido el modelo interpretativo, siempre aparece en primer plano el enemigo exterior mientras que en Estados Unidos, sorprendentemente, ese lugar lo ocupa el interior.

Ahora les invito a recordar uno de mis viejos artículos -Las otras transversalidades- en el que decía lo siguiente:

“El imperio inglés construye una falsa transversalidad. […] Se trata de establecer una sociedad estratificada tanto desde el punto de vista social como desde el racial. […] Este es el modelo en países donde el clima no parece adecuado para organizar un proceso colonizador masivo desde la metrópoli.

Pero en las franjas templadas, tanto del Hemisferio Norte como del Hemisferio Sur, sí se organiza ese proceso colonizador. Estas zonas se convierten así en el punto de destino de los excedentes de población británica, de sus minorías religiosas, disidentes diversos e, incluso, de presidiarios de la metrópoli. Esa franja templada (las trece colonias americanas, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) se estructuran como “nuevas inglaterras”, proyectando sobre ellas, por tanto, un modelo imperial “horizontal”, al viejo estilo de los imperios antiguos.

El modelo global inglés podemos definirlo como: horizontalidad esencial, transversalidad formal. Y denominarlo: “Estructura por capas”. Capas geográficas y capas sociales, perfectamente delimitadas.”[3]

Y refiriéndome igualmente a la colonización inglesa en los territorios norteamericanos hemos dicho más recientemente:

Desde el principio se definen en esa zona dos áreas claramente diferenciadas: al norte las colonias de Nueva Inglaterra y al sur las de Virginia y las carolinas, separadas ambas por la colonia holandesa de Nueva Amsterdam (1625). El perfil de los colonos del norte es muy distinto al de los del sur. En las colonias septentrionales se refugian buena parte de los disidentes religiosos británicos de orientación calvinista, los puritanos, cuyos elementos más arquetípicos serían los “peregrinos” del Mayflower, fundadores de la colonia de Plymouth en 1620.

[…]

Al sur, en cambio, la colonización británica adquiere un aire más aristocrático. Ese proceso está mucho más controlado por la corona, que reparte grandes cantidades de tierras a determinados nobles y serán ellos los que organicen y dirijan el proceso colonizador. Allí también acuden algunos disidentes religiosos, pero en este caso católicos, junto a gran cantidad de anglicanos. En esta zona la presencia blanca se diluye más. Su estructura social se muestra, desde el principio, más jerarquizada que la de Nueva Inglaterra. Posee un clima más cálido, que permite desarrollar cultivos propios de áreas mediterráneas, como puede ser el algodón. Limitan, por el sur, con la Florida española. Pronto empezará a florecer allí el comercio de esclavos y a perfilarse una sociedad de castas que nos recuerda a otras que los ingleses crearán o desarrollarán en otras zonas del mundo más adelante, como las de la India, Sudáfrica, Palestina…”[4]

Es decir, que en nuestro primer artículo definimos el modelo de colonización inglés como “estructura por capas” y en el segundo describimos la existencia de dos de ellas, claramente diferenciadas, dentro de las trece colonias originarias de Norteamérica. Estas, una vez alcanzada la independencia, se extienden hacia el oeste, siguiendo cada una su franja climática, tal y como se espera en un proceso expansivo de perfil antiguo. Se expanden muy rápidamente ante la ausencia de adversarios que merezcan tal nombre, integradas ambas, no obstante, dentro de la misma estructura política, lo que no podía dejar de agudizar las contradicciones que existían entre los dos modelos, cada uno de los cuales necesitaba una estructura diferente para poderse desplegar adecuadamente.

La lógica interna del modelo conducía hacia la segregación o hacia la guerra civil. La guerra tuvo lugar, como sabemos, entre 1861 y 1865 y abortó el proyecto secesionista de los “Caballeros del Sur” a un alto coste en términos de vidas humanas, pero también en términos culturales, abriéndose un período de represión de todas las manifestaciones de los aspectos de las sociedades sureñas que pudieran poner en peligro la identidad de la nueva estructura imperial que acababa de nacer. Los Estados Unidos son un imperio no porque sean un inmenso país sino porque su identidad ha sido impuesta a una parte significativa de su propia población. Ha sido impuesta por las armas y a partir de ese momento entró en un proceso histórico de huida hacia adelante que necesita seguir imponiendo su proyecto hegemonista a nuevos pueblos para mantener vivo el modelo. En términos históricos o se avanza o se retrocede. No es posible congelar una estructura social o un universo cultural.

La huida hacia adelante del Imperio Americano comenzó con la Guerra de Secesión. Desde entonces y, como bien dice Hutington, hasta la década de los sesenta del pasado siglo XX, no ha hecho más que fortalecerse. Pero, mientras tanto, la América blanca, anglosajona y protestante no ha dejado de perder empuje vital y sus colonos no han sido capaces de proseguir el imparable avance que habían estado protagonizando hasta el estallido del citado conflicto.

Es cierto que en Estados Unidos ha existido desde entonces un fuerte espíritu “patriótico” cuasi religioso que, como la religión oficial, ha sido alimentado incansablemente por “predicadores” diversos, que necesitan sostenerlo porque de él depende en buena parte el mantenimiento de su rol de primera potencia mundial. Pero también lo es que, en paralelo con él, la sociedad norteamericana ha sostenido una gran cantidad de “anticuerpos” con los que contrarrestar parcialmente ese apabullante espíritu patriótico.

Sobre este asunto ya estuve hablando hace un par de años. Le recordaré algunos de los argumentos que usé entonces:

[Algo] “está pasando en la gran potencia planetaria. Su nivel de anticuerpos es anormalmente alto y eso, desde luego, es muy mala señal. Nos está avisando de que la infección es muy seria.

Descendamos a los hechos y vayamos, primero, a los más generales: Lo primero que nos llama la atención es la extraordinaria agresividad de la sociedad americana, que se refleja, con meridiana claridad en algunos parámetros que pasamos a enumerar:

1) Estados Unidos es el país con mayor número de presos, por cada cien mil habitantes del mundo con 756 (le siguen Rusia, con 629, Ruanda con 604, St. Kitts & Nevis con 588 y Cuba, con 531). Para comparar digamos que ese índice en Alemania, por ejemplo, está en 89, en Japón en 63, en México en 207 y en Colombia en 149. España, con 146 es el país con la tasa más alta de la Unión Europea.

2) En Estados Unidos hay, en este momento, más de 3.000 personas en el corredor de la muerte. Desde 1976 (fecha en la que se reinstauró la pena de muerte) han sido ejecutadas más de 400. Sin comentarios.

3) Se calcula que hay 283 millones de armas en manos de particulares, en los Estados Unidos. Se pueden comprar libremente en las armerías sin necesidad de presentar ningún permiso. Cada año se venden 4,5 millones de armas nuevas y 2 millones de segunda mano. Cada año mueren, como consecuencia de algún disparo, una media de 9.484 personas y son heridas 97.820, es decir, una media de 268 al día. Hay un principio ¡constitucional! (nada menos) que ampara el derecho de cada ciudadano a poseerlas.

4) Los valores que se transmiten a través de los medios. Basta sentarse un rato delante de la televisión para ver lo que Hollywood está destilando. No es necesario “cruzar el charco”, sólo necesitamos mirar los telefilmes y las series que nos llegan desde allí y se cuelan en nuestra casa, cada día a través de la caja tonta. Si yo afirmara que buena parte de este material constituye una verdadera escuela de violencia no creo que esté diciendo ninguna barbaridad. Lo que pasa es que estamos ya tan acostumbrados que no le damos la menor importancia.”[5]

¿Recuerda cuándo -hablando de España- dije?

Cuando una sociedad se polariza y los enfrentamientos, dentro de ella, van subiendo de tono. Cuando, además, el grado de violencia que podía llegar a darse entre los dos adversarios fundamentales no podía superar un determinado umbral –ya que ponía en peligro la seguridad de todos- la adrenalina había que descargarla sobre terceras partes cuyo debilitamiento estructural no incrementara el riesgo colectivo. Así se fueron convirtiendo, de manera paulatina, las diferentes minorías étnicas en las víctimas propiciatorias. La posición de los judíos, mudéjares, moriscos, cristianos nuevos, etc. se fue deteriorando y terminaron convirtiéndose en los pararrayos de todas las iras colectivas. La situación de los individuos pertenecientes a estos grupos humanos nos puede servir de termómetro para medir el grado de enquistamiento de los odios de clase en el seno de la sociedad general. Si nos fijamos sólo en esta faceta de las sociedades peninsulares podemos observar como el deterioro del tejido social fue en aumento hasta mediados del siglo XVII. Desde entonces empezó lentamente a remitir.”[6]

¿Y qué ocurrió a mediados del siglo XVII? Pues nada menos que la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que significó el comienzo del fin del Imperio Español. El conflicto supremo en el que Francia desplazó a España como primera potencia mundial. Recordemos que, visto desde el lado español, el punto de inflexión se alcanzó en 1640, cuando se sublevan contra la corona Cataluña y Portugal. A partir de entonces la prioridad número uno del rey de España dejó de ser aplastar a los protestantes alemanes y sus aliados del resto del mundo (con los franceses a la cabeza) para dedicarse a buscar una salida digna para ese conflicto interminable que impidiera que el Imperio Español  saltara por los aires. Desde ese momento empezó a aflojarse la presión sobre los disidentes interiores y empezó a buscarse desde la cúspide del poder disminuir como fuera el número de enemigos que la España oficial tenía, porque éste había alcanzado una masa crítica tan grande que había cruzado todas las líneas rojas.

Creo que los parecidos estructurales entre la España del siglo XVII y los actuales Estados Unidos son evidentes, que el paulatino relevo en el liderazgo planetario es cada vez más nítido y que, en ambos casos, obedece a las mismas razones: una superioridad demográfica evidente por parte de la potencia emergente y un agotamiento del modelo de dominación en el caso de la potencia en declive.

Pero ahí terminan los parecidos entre los dos procesos. La sublevación de los catalanes se produce siglo y medio después de que los reinos de Castilla y de Aragón se unieran de manera libre y pacífica. Estos activaron, con esa decisión, todas las alarmas para comunicarle a los que hasta ese momento habían sido sus compatriotas que el pacto constitutivo implícito que creó el estado español se estaba incumpliendo por parte del poder central y que, en consecuencia, se sentían en la libertad de romperlo. Y lo mismo ocurrió en el caso portugués, sólo que esta unión tenía nada más que sesenta años. Los dos territorios habían mantenido hasta entonces operativas sus instituciones y vivos sus símbolos y sus marcadores de etnicidad.

En el caso norteamericano, en cambio, nos encontramos igualmente con otro siglo y medio, pero de represión cultural que pretende sepultar la posible conciencia nacionalista alternativa de los que fueron derrotados en el campo de batalla. En el primero hay una unión libre y, además, no mediatizada por el enemigo exterior (que acababa de ser derrotado por la alianza de los dos estados fundadores. Éste había ayudado a crear la conciencia de la necesidad de la unidad que, paradójicamente, se concretó después de que hubiera sido expulsado de la Península, un caso que resulta poco común). En el segundo un sometimiento militar y cultural que cerró la fase histórica de los procesos colonizadores masivos del Far West.

Desde la Guerra de Secesión hemos ido viendo como el estado ha ido reemplazando a la sociedad. Por eso los norteamericanos se muestran mucho más hostiles que los europeos a la intervención del estado en su vida privada y defienden su derecho a la autodefensa de una manera que causa estupor a este lado del Atlántico.

Desde la llegada al poder de Reagan (1981) no hay un político, en Estados Unidos, que no se haya presentado a las elecciones prometiendo que bajaría los impuestos. Hasta el punto de que da la impresión de que el norteamericano medio piensa que es posible estar bajando impuestos eternamente; lo que equivale a pensar que una familia pueda sobrevivir bajando su nivel de ingresos cada año.[7]

Si una familia no puede seguir adelante reduciendo sus ingresos cada año, un estado tampoco puede sobrevivir bajando los impuestos cada cuatro o desplazando la carga impositiva desde los más ricos hasta los más pobres. Hace ya bastante tiempo que nos dicen las encuestas que ese mismo norteamericano medio está convencido de que sus hijos vivirán peor que él. Es decir, que la población es consciente de que viven en un proceso histórico involutivo, como el Imperio Romano durante sus últimos 300 años. Los norteamericanos saben que no tienen futuro como país, por eso quieren reservarse el derecho a la autodefensa cuando se produzca la quiebra del estado. Quieren tener un arma en su casa por lo que pueda pasar. Los consensos sociales se están rompiendo y los mensajes que nos insisten en la feroz competitividad individual en la que están embarcados (y que exportan hacia el resto del mundo) –darwinismo social cada vez más extremo- los podemos traducir como “¡sálvese quien pueda!”. La historia nos enseña que ese camino conduce hacia un modelo social neoseñorial que, si persiste en el tiempo, puede convertirse incluso en neofeudal.






[1] HUNTINGTON, SAMUEL P. 2004. ¿Quiénes somos? Barcelona. Paidós.

[2] Ibíd.

[3] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html

[4] “Los Estados Unidos de Norteamérica”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/06/los-estados-unidos-de-norteamerica.html

[5] “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html

[6]  “La dualidad esencial de la sociedad española”: http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/la-dualidad-esencial-de-la-sociedad.html

[7]  “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html