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lunes, 21 de enero de 2013

La utopía de Pablo de Olavide


En junio de 1761 el rey Carlos III decretará la construcción de la Carretera General de Andalucía por Despeñaperros, siguiendo la filosofía del modelo radial francés. Según éste seis grandes carreteras partirían desde Madrid, formando una estrella de seis puntas que seguían respectivamente las direcciones:[1] I- Norte (Burgos y País Vasco), II- Noreste (hacia Aragón y Cataluña), III- Sureste (hacia Levante), IV- Sur (Andalucía), V- Suroeste (Extremadura) y VI- Noroeste (León y Galicia). Este modelo es muy estético y geométrico si lo observamos dibujado sobre un mapa. Se vendió como el más racional, pero ignoró olímpicamente la historia y la geografía humana y subordinó las características orográficas del país al modelo teórico que previamente había sido trazado. Las brillantes mentes ilustradas no tuvieron en cuenta que el modelo que había tenido éxito en un país llano como Francia (conocida como el Hexágono, porque su forma se aproxima bastante a esa forma geométrica, y como un hexágono que es, tiene –lógicamente- seis puntas) no tenía por qué funcionar igual en el segundo país más montañoso de Europa, un país compartimentado y fragmentado por ocho cadenas montañosas.

Andalucía, en ese contexto, es una abstracción que agrupa a todo el Sur. Se traza una línea más o menos recta que sigue esta dirección hasta Sierra Morena y, una vez que se cruza la cordillera, se abren diferentes ramales que unirán con los principales núcleos de la región. La ruta principal, lógicamente, buscará después a las ciudades de Córdoba, Sevilla y Cádiz, es decir, a las que forman la Ruta de las Indias.

Pero este camino es prácticamente nuevo en todo su recorrido. Del viejo que conectaba Madrid con Sevilla sólo quedan las tres ciudades más importantes del mismo y poco más: Madrid, Córdoba y Sevilla. Todo lo demás ha cambiado (Incluso en el tramo Córdoba-Sevilla, que se le hace atravesar por los desiertos de la Parrilla y de la Monclova). Toledo –la vieja capital peninsular- y Ciudad Real[2] quedaron fuera de él y su alternativa “ilustrada” recorre un territorio muy poco habitado –en comparación con su precedente- hasta Despeñaperros y absolutamente desierto al sur de este paso durante los siguientes 50 ó 60 kilómetros. Obligan a los viajeros a abandonar una trama urbana consistente, una ruta consolidada, cargada de historia y bien dotada de ventas y hospederías para sumergirlos en un territorio inmenso y despoblado bajo el sol abrasador de Sierra Morena y de las llanuras de la Mancha, todo ello en aras de la “modernidad”.

Desde que se trazó el camino sobre el papel se hace evidente que hay que colonizar los desiertos demográficos que hay en la ruta[3] -La Peñuela, La Parrilla y La Monclova- y para ello se planifica la fundación de las “Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía”. Esta tarea queda a cargo de Pablo de Olavide:

“Nuevas Poblaciones de Andalucía y Sierra Morena es una Intendencia española creada fruto del proyecto ilustrado iniciado hacia 1767 por Pablo de Olavide que se concibe como una repoblación del territorio en la que se mezclan objetivos económicos y de seguridad del tráfico.

Aunque la mayor parte de la historiografía olvide consignarlo, constituyeron durante el último periodo de la Edad Moderna la “quinta” provincia andaluza; al mismo nivel político-administrativo que los reinos-intendencias de Córdoba, Jaén, Sevilla y Granada” […] “El Fuero de las Nuevas Poblaciones regulaba los aspectos de la vida económica y social de los colonos. La comarca fue poblada de colonos extranjeros europeos, de procedencia alemana, suiza o belga entre otros.” […] “La iniciativa pretendía implantar una nueva organización social, de algún modo liberada de las restricciones jurisdiccionales del Antiguo Régimen. Se rigieron por fueros especiales hasta la creación de la división provincial en 1833.”[4]

“Este proyecto se pone en marcha con la Cédula de 2 de abril de 1767, por la que se aprueba la instalación de 6.000 colonos alemanes católicos y otros naturales en los "desiertos" de La Peñuela (Jaén), de La Parrilla y de La Moncloa (Sevilla y Córdoba, respectivamente) y se ordena con la "Real Cédula que contiene la Instrucción, y fuero de población, que se debe observar en las que se formen de nuevo en la Sierra Morena con naturales, y extranjeros Católicos" de 5 de julio del mismo año.” […] “El proyecto colonizador de Sierra Morena perseguía varios objetivos:

- Mantener el orden público en los principales caminos, especialmente el camino real de Madrid a Andalucía, dado que atravesaban grandes despoblados.
- Poblar unos desiertos,
- Y el más importante, formar una sociedad modelo que pudiera extenderse al resto del país”[5]

[…] "Yo me había figurado dar en las colonias un modelo de aplicación a todos los pueblos de España y en especial a los de Andalucía" (...) "... no sólo serán aquellos pueblos [los nuevos] los más felices de la tierra, sino el modelo con que puedan mejorarse todos los de España" (...) "... podrán ser las Poblaciones el ejemplo de España no sólo para la buena Agricultura, sino también para la industria, actividad y trabajo de sus naturales" (OLAVIDE).[6]

Las “racionales” mentes de los ilustrados pretenden solucionar un problema que ellos acaban de crear: Hay que mantener el orden público en los principales caminos, que están despoblados porque son nuevos y evitan expresamente a las poblaciones que habían ido surgiendo en los anteriores quinientos años a lo largo de la vieja ruta. Por otra parte, al cesar una de las principales actividades económicas de las áreas geográficas del viejo camino se está induciendo la decadencia y consiguiente despoblación de éstas. ¿Cuál es, por tanto, el objetivo último que se esconde detrás del nuevo diseño? Pues un evidente rechazo, a priori, al modelo de sociedad realmente existente en el país. Lo que no les gusta es España y pretenden cambiarla trasplantando a unos cuantos miles de colonos del corazón del continente al corazón de la Península. Es la vieja cantinela de los borgoñones y de los Habsburgo, vestida ahora de “racionalidad” y de “modernidad”

La componente utópica -o distópica- del plan trazado por Olavide es determinante. Se supone que las Nuevas Poblaciones serían el germen de la sociedad que en el futuro debía regir en todo el país. Desde ese punto de vista debió de resultar providencial la persistencia, a mediados del siglo XVIII, de grandes despoblados en Andalucía. Para hacernos una idea del concepto que los ilustrados tenían acerca de lo que debía ser la sociedad ideal reproduciremos algunos de los artículos del “Fuero de las Nuevas Poblaciones”:

“6. Cada población podrá ser de quince, veinte o treinta casas a lo más, dándoles la extensión conveniente.”

“13. La distancia de un pueblo a otro deberá ser la competente, como de cuarto o medio cuarto de legua, poco más o menos, según la disposición y fertilidad del terreno; y se cuidará, que en el principio de el libro de repartimiento haya un plan, en que este figurado en el término e indicados sus confines, para que de este modo sean en todo tiempo claros y perceptibles.”

“15. En paraje oportuno, y que sea como centro de los lugares del Concejo, se construirá una Iglesia con habitación y puerta para el Párroco, casa de Concejo y cárcel, para que sirvan estos edificios promiscuamente a estos pobladores para sus usos espirituales y temporales.”

“18. La elección del Párroco por ahora ha de ser precisamente del idioma de los mismos pobladores, dándoles sus licencias el Ordinario diocesano, mediante testimoniales que deben presentar, y el nombramiento del Superintendente de las poblaciones a nombre mío; pero en cesando la necesidad de valerse de Sacerdotes extranjeros, la elección se ha de hacer en concurso con relación de todos los aprobados, para que la Cámara consulte y nombre a S.M. por su Real Patronato.”

“32. Cuidará mucho el Superintendente, entre las demás calidades, de que las nuevas poblaciones estén sobre los caminos Reales o inmediatas a ellos, así por la mayor facilidad que tendrán que despachar sus frutos, como por la utilidad de que estén acompañadas, y sirvan de abrigo contra los malhechores o salteadores públicos.”

“74. Todos los niños han de ir a las escuelas de Primeras letras, debiendo haber una en cada Concejo para los lugares de él, situándose cerca de la Iglesia, para que puedan aprender también la doctrina y la lengua española a un tiempo.”

“75. No habrá estudios de Gramática en todas estas nuevas poblaciones, y mucho menos de otras Facultades mayores, en observancia de lo dispuesto en la ley del Reyno, que con razón les prohíbe en lugares de esta naturaleza, cuyos moradores deben estar destinados a la labranza, cría de ganados, y a las artes mecánicas, como nervio de la fuerza de un Estado.”

Sus “moradores deben estar destinados a la labranza, cría de ganados, y a las artes mecánicas, como nervio de la fuerza de un Estado”. Se ha diseñado una sociedad eminentemente rural, que contrasta significativamente con la trama urbana de las agrovillas andaluzas que la rodean, muy distanciada –por tanto- desde el punto de vista cultural y anímico del resto del país y se pretende que sus habitantes actúen de guardianes de la nueva ruta.

Desde el poder central del estado “ilustrado” se ha puesto en marcha un plan que busca romper la cohesión interna de la sociedad tradicional que habita el país. Se pretende establecer una línea directa entre el núcleo duro del poder y las áreas rurales de la nueva intendencia, sin intermediarios. La composición étnica de sus habitantes es extranjera para que no haya vínculos ni relación previa alguna con las poblaciones autóctonas. Al obligar a los demás a comunicarse con la capital del estado a través de los caminos que cruzan estos territorios se pretende desestructurarlos (150 años después, Ortega y Gasset descubrirá que España es un país “invertebrado” pero, como buen intelectual español imputará, como de costumbre, la responsabilidad del asunto a la peculiar manera de ser de los españoles. ORTEGA Y GASSET, JOSÉ: España Invertebrada), romper sus dinámicas históricas, crear un país de “nueva planta” –para usar una expresión típica de los borbones españoles del siglo XVIII-. Si el objetivo hubiera sido solamente “poblar unos desiertos” podrían haberse utilizado para ello a algunos de los cientos de miles de jornaleros sin tierra que había en el país, lo que hubiera contribuido a elevar los niveles de vida de las clases populares y a amortiguar un poco las importantes tensiones sociales existentes en él. Pero es evidente que la España de los ilustrados es tan oligárquica como había sido la de los Habsburgo y que la mejora de los niveles de vida de las clases populares no era algo que formara parte de su programa político.
Otro dato a tener en cuenta acerca de la nueva Carretera de Andalucía es que aumenta significativamente la distancia física entre las provincias más occidentales de esta región y la capital de España. El viejo camino:

“Salía de Córdoba y, por Alcolea y Adamuz, ascendía hacia Conquista para, por la línea del ferrocarril, cruzar el río Guadalmez y continuar por el puerto y camino del Horcajo, valle de Alcudia y puerto de la Coja a salir a Almodóvar del Campo, y por el puerto de Caracuel, a Ciudad Real. Este viejo camino tenía la ventaja de seguir la línea más fácil y de menor resistencia aprovechando los pasos naturales, los terrenos abiertos y considerables espacios despoblados. Resultaban, de esta forma, 272 km. de Córdoba a Toledo, mientras que por Bailén y Manzanares son 350.[7]

La distancia entre Córdoba y Toledo ha aumentado en unos 80 kilómetros, la Córdoba-Madrid aproximadamente lo mismo. 80 kilómetros, en el siglo XVIII, significaban dos días de camino para el viajero medio. Esto representaba un incremento de la distancia de un 25% entre Córdoba y Madrid. La distancia Córdoba-Ciudad Real aumentó mucho más en términos absolutos -en términos relativos el incremento será brutal-. El impacto que todo esto tuvo sobre la comunicación entre las capitales de Andalucía con respecto a las de Castilla-La Mancha fue inmenso. ¿Qué posibles estímulos podrían tener los viajeros andaluces para dirigirse de manera expresa a Toledo o a Ciudad Real? Las dos ciudades estaban ahora mucho más lejos y ya no eran camino hacia ninguna parte. Habían quedado –especialmente Ciudad Real- virtualmente aisladas de sus vecinos del sur.

Si alguien tuviera la capacidad de mover una isla de sitio y la situara 80 kilómetros más lejos del continente al que se encuentra ligada estaría, obviamente, obstaculizando sus comunicaciones con él. Pero, como compensación, la habría puesto 80 kilómetros más cerca de otros lugares y sus habitantes podrían reorganizar su sistema de comunicaciones y, tal vez, este cambio les podría estar abriendo otras posibilidades. El navegante es un viajero que crea, en cada viaje, su propio camino. No está tan inerme ante los designios de los poderosos como pueda estarlo el viajero de tierra.

Si hacemos que un camino, en tierra, sea 80 kilómetros más largo, estamos haciendo un daño irreversible a los viajeros que lo frecuentan, a los habitantes de las ciudades que son atravesadas por él, a los comerciantes que lo usaban para transportar sus mercancías. El resto del mundo al que no se llega por ese camino sigue estando a la misma distancia, al contrario de lo que sucedía con los habitantes de nuestra isla viajera.

Pues este es el caso de las actuales cinco provincias más occidentales de Andalucía –Cádiz, Huelva, Málaga, Sevilla y Córdoba- y también de los de las ciudades de Toledo y Ciudad Real. Las cinco provincias andaluzas citadas están 80 km. más lejos de Madrid desde entonces –y de esto hace ya, prácticamente, 250 años-. Estar más lejos de Madrid significa, para Andalucía, estar más lejos del resto de España y, también, del resto de Europa, puesto que en el estado borbónico centralizado, todos los caminos pasaban por Madrid. Es como si Andalucía Occidental estuviera situada 80 km. más al sur de lo que está realmente, 80 km. más lejos de la ecúmene europea –pero a la misma distancia del resto del mundo-. Estamos hablando de un país que tiene una superficie de 52.679 km2 y una población actual de seis millones de habitantes, es decir, un país más grande y más poblado que Dinamarca.

Al aislar Andalucía de las capitales del occidente castellano-manchego se está rompiendo la comunicación con ellas. Andalucía sólo se comunicará, por tierra, con Madrid, a través de un territorio muy poco habitado, muy rural –antes lo hacía a través de algunas de las ciudades de más solera y más cargadas de historia de Castilla la Nueva-. Queda inerme y separada del resto del país del que había formado parte hasta entonces. Es como si hubiera sido apartada del resto de la familia y, además, en medio se sitúa una población -vigilando el camino- que no es ni andaluza ni castellana, sino que habla lenguas extrañas, del grupo germánico. Este es el diseño que tenían los borbones reservado para nuestra comunidad. El monarca más “ilustrado” de la historia de España acababa de decidir que Andalucía no formaba parte de Europa.

Pero Andalucía, al menos, tiene una importante fachada litoral y ocupa una posición estratégica a escala mundial. Sus naves seguían abriéndose camino rutinariamente hacia el continente americano y, también, hacia los puertos atlánticos y mediterráneos de Europa. En cambio, el impacto que el diseño ilustrado tuvo sobre la Meseta Sur –excluida Madrid- fue demoledor. Simplemente aisló este espacio geográfico del resto del mundo, al que había que acceder a través de los ejes que convergían en la capital del estado. Aislar por tierra a un territorio es construir una cárcel colectiva en la que se encierra a sus habitantes. Hay gran cantidad de estudios demográficos, económicos o históricos en los que se nos aclara que, si bien los territorios que forman parte de la Meseta Central española –excluida Madrid- han sido, durante los últimos doscientos o trescientos años, de los más pobres y deshabitados de España, esto no siempre ha sido así; de hecho, en la Baja Edad Media poseían un extraordinario dinamismo y, aunque pueda sorprender, presentaban en muchos lugares densidades de población más altas que las que tienen en la actualidad[9].

Al trazar seis rutas que se abren en estrella desde la capital del estado hacia la periferia -subordinando el resto de las comunicaciones terrestres a estos caminos privilegiados- se está decidiendo que estos serán los ejes del desarrollo económico del futuro y se está debilitando al resto de la estructura. El desarrollo de los movimientos nacionalistas en España a lo largo de los siglos XIX y XX –tanto de los centralistas o “españolistas” como de los periféricos- surge en los extremos de estas rutas, en las islas de desarrollo donde se han concentrado los esfuerzos del poder político. Como los que habitan en estos lugares privilegiados se sienten “aislados” del resto y, por tanto, diferentes de sus vecinos más cercanos, terminan desarrollando movimientos políticos que resaltan y hacen valer esa diferencia. Es significativo que los grupos independentistas más potentes se hayan desarrollado en Cataluña y el País Vasco, que son las dos únicas salidas por tierra hacia Europa que contemplaba el sistema radial borbónico. Esa relación, desde luego, no es casual. Han sido aislados del resto del país, subordinados estructuralmente -desde el poder político- a una isla lejana llamada Madrid, y son el camino terrestre hacia el continente. ¿Por qué tienen que seguir obedeciendo órdenes del poder central?

Cuando un dirigente diseña y pone en marcha un modelo nuevo es responsable de sus consecuencias y, en cierta medida, también de las reacciones que razonablemente cabía esperar que se produjeran contra él. Los grupos sociales que se van a sentir perjudicados es lógico que respondan, y con ese dato hay que contar. La responsabilidad de la reacción no puede imputarse sólo al que la protagoniza sino, también, al que la ha provocado. Los déspotas ilustrados protagonizaron una agresión en toda regla contra la sociedad española tradicional, de manera fría y calculada, y en buena medida son responsables de toda la dinámica de acciones y reacciones que se produjeron después como consecuencia de la misma. Pero esta parte la veremos el próximo día.



[1] En el sentido de las agujas del reloj. Así están numeradas.

[2] Ciudad Real era una villa de realengo que se creó expresamente en la Baja Edad Media para reforzar la ruta de la frontera. Desempeñó un importante papel como contrapeso del asfixiante papel que, en esa zona, llegó a ejercer la Orden de Calatrava, como nos retrata Lope de Vega en su “Fuenteovejuna”.

[3] Los “desiertos” de los que hablamos eran, simplemente, zonas deshabitadas como consecuencia del sistema de poblamiento que había caracterizado históricamente a la región; que presentaba grandes vacíos que separaban a unos municipios bastante grandes, para lo que era habitual en el resto de Europa. Sin embargo, había una significativa flora y fauna salvajes.

[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Nuevas_Poblaciones_de_Andaluc%C3%ADa_y_Sierra_Morena (10/7/2009).

[5] CRISTÓBAL GÓMEZ BENITO, citado en:
http://colonizacion.losmonegros.com/Inicial/colonizacion/panel6.html  (10/7/2009).

[6] http://colonizacion.losmonegros.com/Inicial/colonizacion/panel6.html  (10/7/2009).

[7] MADRAZO, SANTOS (1984) El sistema de transportes en España, 1750-1850. Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y puertos, Ediciones Turner, Madrid.

[9] La provincia de Soria tenía, el 1 de enero de 2008, una densidad de población de 9,19 hab./km2. La de Madrid, cuya capital se encuentra a 231 km de distancia de la capital soriana, tenía 781,82 hab./km2, esta es una de las consecuencias históricas del “genial” diseño de los “ilustrados” del siglo XVIII. Pero uno de los casos más sangrantes de marginación como consecuencia directa del diseño radial de las vías de comunicación trazado por los ilustrados es el de Teruel, pujante ciudad medieval y uno de los más bellos ejemplos del arte mudéjar, núcleo de una de las provincias más extensas de España, que se ha convertido en la capital menos habitada del país y, desde hace algunos años, ha venido desarrollando un potente movimiento ciudadano que tiene el ilustrativo nombre de “Teruel Existe”. Situada a mitad de camino entre la quinta ciudad española (Zaragoza) y la tercera (Valencia), se encuentra en un eje que era vital para el antiguo reino de Aragón, aunque no para los centralistas borbónicos. Una ciudad que podía haber actuado como el cemento que uniera a las comunidades de Aragón y de Valencia se la ha dejado morir. El desarrollo del eje de comunicación Valencia-Zaragoza no sólo habría sido un poderoso instrumento para combatir el hundimiento demográfico y económico de ésta zona sino que, a través de Huesca y Toulouse, se podía haber convertido en un potente eje de comunicación internacional alternativo al ya saturado eje mediterráneo español.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Construir el futuro

En el anterior artículo les expuse las razones por las que pienso que los principios neomaltusianos son demagógicos, no producirán los efectos que sus partidarios vaticinan y nos conducen hacia un callejón sin salida cuya consecuencia última será la desaparición de la civilización occidental, tal y como hoy la conocemos. También como el hombre ha ido posibilitando a lo largo de la historia nuevos incrementos de población, inimaginables para sus congéneres de épocas anteriores, gracias al incremento de la tecnología aplicada a los medios de subsistencia.
Los pueblos cazadores del Paleolítico Superior alcanzaron en su día unas densidades que, desde el punto de vista de la tecnología de su época habría que calificar de “superpoblación”, porque estaban en el límite máximo de lo que la naturaleza toleraba. Esa “superpoblación paleolítica” estaba muy por debajo del nivel de un habitante por kilómetro cuadrado. Una densidad que hoy nos puede hacer sonreír y, sin embargo, es absolutamente cierto que, con una forma de vida puramente depredadora, el medio ambiente no soporta más humanos.
Por eso se produjo la revolución neolítica y el hombre dejó de ser un depredador para convertirse en productor. Desde la primera invención de la agricultura hasta ahora no han dejado de tener lugar una infinita sucesión de pequeños descubrimientos que han ido volviendo más eficientes y sostenibles las técnicas agrícolas, permitiendo unos incrementos en la productividad por cada unidad de superficie que han multiplicado por muchos dígitos las densidades de población humana. Con esos incrementos se ha ido liberando mano de obra que se ha desplazado hacia otros sectores económicos, como la industria y los servicios. Hoy la productividad agraria se ve muy incrementada, a su vez, por la utilización de máquinas o componentes químicos que han sido fabricados por esos productores no agrícolas, en un proceso de retroalimentación positiva en el que, de alguna manera, se refleja el potente efecto que la demografía humana ejerce sobre todo tipo de actividades económicas.
Y con todo ese bagaje histórico y tecnológico nos enfrentamos hoy a los retos que nos plantea el mundo del siglo XXI, entre los que cabe destacar, por su trascendencia, el cambio climático, el deterioro creciente del medio ambiente por efecto de la acción humana y, también, los masivos procesos migratorios que caracterizan este tiempo, el cambio del modelo energético y la galopante crisis económica.
Todos esos aspectos que he citado están conectados entre sí y creo que se pueden sintetizar diciendo que estamos en un proceso de transición hacia una nueva civilización.
Desde este blog he venido analizando algunas de las muchas incongruencias y contradicciones que, desde mi punto de vista, plantea la sociedad actual y que son un obstáculo para el desarrollo de los pueblos. El capitalismo ha construido un modelo de relaciones sociales insolidario que hoy no está demostrando claramente cuáles son sus límites. Tenemos ante nosotros la enésima crisis de subsistencia por agotamiento –esta vez- no ya de los recursos, sino del sistema de distribución de los mismos. Lo que hemos agotado es la potencialidad del sistema en el que hemos vivido hasta ahora. Necesitamos dar un salto adelante y barrer todas las ineficiencias que nos impiden continuar el proceso de desarrollo histórico que el hombre empezó a desplegar hace nueve mil años, cuando decidió dejar de ser un mero depredador para ponerse a producir, él también, reforzando de esta manera la potencialidad del planeta para sostener una demografía creciente.
Basta echar un vistazo a nuestro alrededor para percatarnos de cuales son los términos en los que se plantea, en estos momentos, el dilema demográfico a escala mundial. Los pueblos del norte terrestre (norteamericanos, europeos, japoneses y rusos) han apostado decididamente por el modelo neomaltusiano e intentan imponérselo al resto de la humanidad. Lo están consiguiendo de manera parcial, de hecho creo que podemos incluir ya a China en esa lista (así como a Australia, Nueva Zelanda y los países del “Cono Sur” americano). Pero la incorporación de China a ese club ha sido reciente y, todavía, las inercias que traía del período anterior, así como su potente demografía histórica y su gran consistencia cultural le han convertido en la punta de lanza de los pueblos emergentes del tercer mundo y, aunque dejara de crecer hoy mismo, el hecho de que un pueblo de 1.300 millones de habitantes, en pleno desarrollo económico, con unidad de mando y regido por unos patrones culturales muy diferentes de los propios del mundo occidental irrumpa en el panorama internacional será suficiente para desestabilizar profundamente la estructura de poder planetaria actual e iniciar una nueva dinámica histórica.
Basta echar un vistazo a las pirámides de población de los grandes bloques culturales del mundo actual, así como a sus dinámicas económicas, para adivinar lo que va a suceder en él durante los próximos cincuenta años, como mínimo, y lo que aparece meridianamente claro es que, salvo conflagración nuclear generalizada, el “sorpasso” de los chinos sobre el Imperio norteamericano se producirá alrededor del año 2020, y el siguiente relevo, el de la India sobre China, antes de 2050. Así que ya podemos imaginar las dinámicas políticas que estos cambios van a traer consigo: la pérdida de protagonismo global del mundo occidental en general y como, a partir de 2040 aproximadamente, los países que han liderado la escena mundial durante los últimos 500 años se van a convertir en el lugar donde se va a librar el pulso de las influencias políticas de las superpotencias de esa coyuntura, los dos gigantes de Asia.
Creo que no hay que tener dotes proféticas para darse cuenta que la Unión Europea se puede desintegrar antes, incluso, de que concluya el mandato de Rajoy, que el tándem franco-alemán camina derecho hacia la irrelevancia política, que el Reino Unido ha ligado su futuro al del “gran hermano” norteamericano y que Rusia va ser satelizada, antes de que se desintegre también, por la gran potencia China.
En el caso de España, y también en el de Portugal, haríamos bien en cultivar nuestros tres grandes activos políticos estratégicos con que contamos (los mismos que teníamos ya en el 1500 y que nuestros dirigentes llevan 500 años despreciando):

1)      Nuestra relación estratégica con nuestros hermanos de Iberoamérica, que no van a dejar de cobrar protagonismo político y económico durante los próximos 200 años.
2)      Nuestra vecindad con los países del noroeste africano, otra zona geográfica a la que, forzosamente tiene que irle mejor de lo que le va ahora y que tienen una potencialidad de desarrollo enorme como veremos más adelante.
3)      Nuestra poderosa presencia atlántica. Los archipiélagos de la Macaronesia[1], sumadas a nuestras respectivas fachadas litorales, que nos pueden convertir en una potencia marítima formidable a lo largo de este siglo, si sabemos aprovechar nuestras ventajas comparativas.

Resulta patético comprobar cómo los representantes políticos de todos los países del mundo hacen fracasar una y otra vez las diversas cumbres sobre el clima que se han venido convocando en las últimas décadas, haciendo crecer la bola de nieve que va agrandando el problema y que está haciendo aumentar, exponencialmente, el coste de las soluciones que habrá que implementar, necesariamente, en algún momento del futuro. En esto, como en la manera de afrontar la crisis económica, nuestros dirigentes están haciendo gala de una ceguera política inaudita. Practicando la política del avestruz no se dan cuenta de que están vendiendo su derecho de primogenitura por un plato de lentejas.
Aquellos que tomen la delantera en la lucha contra la degradación medioambiental la terminarán liderando en el porvenir, y en esa guerra hay mucho en juego. Hay tecnología, negocios, futuro y está en juego, nada menos, que el modelo de civilización que queremos construir. La lucha contra el cambio climático está mucho más abierta de lo que, desde los medios de comunicación que trabajan para el Sistema, se nos está presentando.
Observen por un momento una de las muchas imágenes del continente africano de las que se obtienen vía satélite. El desierto del Sahara y sus estepas adyacentes ocupan una extensión territorial equivalente a todo el continente europeo. En ese desierto hay unas fuentes formidables de energías renovables, tanto solar como eólica, y está rodeado de mares. ¿Qué necesita el desierto para transformarse en una campiña fértil? Agua. El agua está a unos cientos de kilómetros. Las técnicas de desalación barata ya existen, y España es líder en esa industria. ¿Qué más hace falta? Energía para la desalación y el transporte, algo que sobra en África y, sobre todo, capital y voluntad política para poner en marcha un ambicioso programa de estaciones desaladoras, proyectos de colonización, construcción de sistemas de riego por goteo… Un horizonte de desarrollo de nuevos negocios para las empresas, de empleo para los técnicos en paro del sur de Europa y del norte de África, así como para la gran masa de desheredados que viven en ese continente, un vasto programa de investigación y el despliegue de un panorama de progreso para un par de siglos a las puertas de casa, una nueva sociedad que construir en medio de la nada y millones de toneladas de CO2 fijadas en tierra en los cientos de millones de hectáreas nuevas dedicadas a la agricultura, a la repoblación forestal y a la recreación de viejos y nuevos ecosistemas africanos.
¿Se imaginan a los paleo-botánicos y paleo-zoólogos recuperando especies extinguidas, aplicando las nuevas técnicas de clonación y de secuenciación genética[2], recreando ecosistemas antiguos en los nuevos espacios robados al desierto?
Ante nosotros se abre un espacio inmenso para el trabajo, para la cooperación internacional, para la construcción de un nuevo orden social planetario y para que el hombre construya una nueva relación con el medio, reparando buena parte de los entuertos cometidos en épocas anteriores por la especie humana.
Habrá quien piense que ese programa es irrealizable, que alguien lo detendrá o, incluso, que no es conveniente. Pero estén seguros de una cosa: eso va a suceder. Más tarde o más temprano, con mayor o con menor capital, con mayor o con menor voluntad política. Porque la tecnología existe, porque existe la imperiosa necesidad de dar de comer a los millones de personas que, en el continente africano, viven sin perspectivas de futuro, porque los países de la zona necesitan desarrollarse, porque ya se están poniendo en marcha los primeros proyectos que van a marcar el camino para los que vengan detrás[3] y lo lógico es que las nuevas técnicas se extiendan por la zona como una mancha de aceite. Así que podemos optar por situarnos en la vanguardia del proceso o en el furgón de cola, que cada cual decida.
Y hay otro inmenso frente situado más al oeste, en el Atlántico, rodeando a los archipiélagos de los países ibéricos. El mar, en el siglo XXI, no va a ser sólo un lugar por el que transitan los barcos y en el que se practica una actividad –la pesca- que es tan depredadora como lo era la caza, para los humanos, en los tiempos paleolíticos. En materia de pesca estamos empezando a transformarnos –como hace nueve mil años- de predadores a productores. Y cada vez más veremos como este medio no es sólo un sitio de paso, sino un lugar en el que los hombres van a empezar a practicar actividades más estables, más productivas y más sedentarias. Donde se genere riqueza. Los humanos, más tarde o más temprano van a terminar viviendo en él y construyendo en él sus ciudades.
¿Cuántos millones de personas creen ustedes que van a asentarse en los nuevos espacios que se abren ante nosotros? ¿Dónde creen que darán sus discursos los agoreros neomaltusianos dentro de treinta o de cuarenta años? Tal vez en los asilos de ancianos, porque los jóvenes y los adultos de entonces estarán todos trabajando.


[1] Macaronesia es el nombre colectivo de varios archipiélagos del Atlántico Norte, más o menos cercanos al continente africano.
El término procede del griego μακάρων νη̂σοι, makárôn nêsoi, 'islas alegres o afortunadas', en alusión a las islas de la mitología griega que eran morada de los héroes difuntos y se suponían situadas en los confines de Occidente. Comprende cinco archipiélagos: Azores, Canarias, Cabo Verde, Madeira e Islas Salvajes”. ( http://es.wikipedia.org/wiki/Macaronesia 13/12/2011)
[2] Bajo regulación internacional, por supuesto, no podemos permitirnos que esos proyectos los monopolicen empresas privadas con tecnología sólo accesible para algunos. Por eso hay que anunciar lo que se avecina públicamente, para que la población pueda participar en el diseño de esos procesos y no nos encontremos ante una política de hechos consumados que sólo beneficie a unas cuantas multinacionales.
[3] De hecho la multinacional sevillana ABENGOA está construyendo ya, en Túnez, varias plantas desaladoras para suministrar agua a zonas desérticas.