martes, 19 de enero de 2016

Un desenlace inesperado

En el artículo anterior vimos como el Imperio español se desintegró de manera brusca durante el primer cuarto del siglo XIX y, también, como el advenimiento de esta centuria le sorprendió en su momento de mayor extensión territorial, así como con la mayor población absoluta que nunca tuvo y con el mayor nivel tecnológico y científico de su historia.
Sin embargo, era obvio que, en términos relativos, era mucho más vulnerable que en 1700 o en 1600 por la sencilla razón de que sus adversarios habían estado creciendo a mayor velocidad durante los doscientos años que precedieron a esa fecha y, por tanto, la correlación global de fuerzas le resultaba mucho más desfavorable.
Que el tiempo corría a favor de sus adversarios políticos era evidente, al menos, desde los tiempos de Felipe II, por eso sorprende la pasividad de sus gobernantes durante todo ese tiempo para frenar dicho proceso. De manera reiterada hemos venido señalando a través de las páginas de este blog que los reinos ibéricos siempre tuvieron una gran debilidad estratégica: la demografía.

Lo que hay que explicar no es por qué los franceses terminaron reemplazando a los españoles en el liderazgo europeo sino por qué tardaron tanto en hacerlo, por qué permitieron que España, entre 1500 y 1640, fuera la primera potencia del mundo.”1


Lo que resulta sorprendente es que las tropas españolas fueran capaces de batirse victoriosamente con las francesas durante 150 años, teniendo en cuenta que la población francesa triplicaba a la española, que los galos jugaban a la defensiva (el que defiende necesita menos hombres que el que ataca para poder mantener sus posiciones) y que lo tenían mucho más fácil que los españoles para poder coordinar sus tropas, dada su posición central, la contigüidad, unidad política y lingüística de su territorio y la ausencia de relieves interiores que obstaculizaran sus movimientos.
Los españoles eran inferiores en número, atacaban y tenían que desplegarse por medio continente para poder cubrir sólo los frentes franceses (además tenían frentes alternativos en Holanda, Alemania, Inglaterra y el Mediterráneo), teniendo que atravesar para conseguirlo el Mediterráneo (desde Barcelona hasta Génova), la cordillera de los Alpes y países que, desde el punto de vista formal, eran independientes (como la república de Génova, algunos principados alemanes y enclaves suizos).
Era evidente que en cuanto franceses e ingleses movilizaran de manera óptima sus propios recursos humanos y materiales podrían batir a los españoles con relativa facilidad. Necesitaban para ello crear un ejército de tierra (en el caso francés) o una armada (en el inglés) consistentes para poder expulsar a estos de los escenarios europeos, en los que los ibéricos eran verdaderos intrusos e, incluso, un elemento exótico, relativamente ajeno al medio físico en el que estaban actuando.
Lo que explica la hegemonía militar española en los escenarios continentales europeos durante los siglos XVI y XVII es la fuerte polarización mental de sus combatientes, que contrastaba de manera significativa con la actitud psicológica de sus adversarios y, también, su capacidad de adaptación a casi cualquier posible escenario de lucha. Esto era consecuencia directa del intenso adiestramiento recibido durante los 800 años que precedieron a ese período en los frentes ibéricos y, en especial, durante la Era de las invasiones africanas (1086-1344).
Es cierto que no todos los hombres que combatían en los tercios españoles eran peninsulares y, también, que estamos hablando, básicamente, de tropas mercenarias. Aún así la impronta española era evidente en todos ellos. Español era el fermento que los movía y que irradiaba en todas las direcciones, modificando los comportamientos de amigos y de enemigos, lo que iba paulatinamente elevando el listón del nivel que había que mantener para poder, simplemente, sostener las propias posiciones.
Los Habsburgo, cuando llegaron a España eran aquí un elemento tan extraño como podían serlo los españoles en los escenarios centroeuropeos. Nunca entendieron las causas profundas que impulsaban a los nativos a actuar en la forma en que lo hacían. Pero en un mundo tan conflictivo como era la Europa del siglo XVI las virtudes militares de los hispanos eran un regalo del cielo, así que se dispusieron a aprovechar la fuerza de lo que habían recibido en herencia y decidieron practicar un juego arriesgado pero fructífero: montarse en la cresta del emergente poder español e intentar ponerlo al servicio de sus propios intereses dinásticos que, como dijimos el último día, habían sido trazados por el duque de Borgoña Carlos el Temerario (1467-1477).
Carlos I heredó, por vía paterna, un conglomerado de pequeños estados y de señoríos que se estaban derrumbando ante el empuje de las grandes fuerzas sociales y políticas que estaban forjando el mundo moderno en el corazón de Europa y, por vía materna, un proyecto de civilización que estaba eclosionando en ese preciso momento.
El plan de los Habsburgo consistió en desviar el impulso vital español para sostener los decadentes estados centroeuropeos que estaban a punto de sucumbir ante el avance francés. Las mentes más conservadoras de aquél universo político se pusieron al mando de la fuerza más innovadora de su tiempo mientras -en América- miles de individuos se desplegaban por el territorio actuando por su propia cuenta y forjando un imperio que no obedecía a ningún diseño trazado desde el poder político sino que, por el contrario, era el resultado del desarrollo de las inercias históricas medievales de la sociedad española cuando se proyectaron sobre el Nuevo Mundo que acababa de ser descubierto. El Imperio americano no fue obra de la Monarquía Católica sino de la vanguardia militar de la sociedad española.
La España de los austrias se proyectó sobre el exterior a través de tres áreas geográficas perfectamente delimitadas. Construyó tres imperios diferentes que se solapaban en la Península Ibérica: el americano, el mediterráneo y el que llamé “la Camisa de Fuerza francesa”. Los dos primeros son frentes heredados que hunden sus raíces en la Edad Media española y son la consecuencia del desarrollo del impulso vital de los pueblos ibéricos. Son dos proyectos nacionales que contaban con un gran consenso social por detrás y que fortalecieron políticamente a nuestro país.
El tercero, en cambio, es un proyecto dinástico que recoge las inercias medievales... de los flamenco-borgoñones y, parcialmente, de la superestructura política del Sacro Imperio Romano Germánico. Son fuerzas políticas que se hayan, en ese momento, en abierto declive, que retroceden en todos los frentes. El engendro de los Habsburgo consiste en apuntalar lo viejo aunque para ello tuvieran que sacrificar lo que los había hecho fuertes. Fue ese modelo el que quebró en la Guerra de los Treinta años como dijimos en nuestro anterior artículo. A través de las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) los Habsburgo empiezan a reconocer, de manera confusa y por la fuerza, que sostener el proyecto flamenco-borgoñón desde España es un error estratégico de primera magnitud, aunque seguían sin saber exactamente por qué, sencillamente se rinden ante lo que es evidente ya para todos.
El modelo político de los Habsburgo españoles es, como todos los del Antiguo Régimen europeo, oligárquico y dinástico. Sacrifica (igual que sus adversarios de otros países) los intereses nacionales ante los dinásticos y corrigen sus errores más graves cuando se dan cuenta de que seguir insistiendo en ellos tendrá como consecuencia final la pérdida del poder político que habían venido detentando hasta entonces.
Dije más arriba que el tiempo corría en contra de España, de manera evidente, al menos desde los tiempos de Felipe II (1556-1598). Hay multitud de síntomas que lo evidencian, de orden político desde luego pero, también y sobre todo, de orden económico. Debemos tener en cuenta que durante el reinado del monarca en cuyos dominios “no se ponía nunca el Sol” España suspendió pagos nada menos que tres veces (1557, 1575 y 1596), a pesar del flujo constante de oro y de plata americanos que llegaban a la metrópoli, la primera de las cuales tuvo lugar cuando apenas llevaba un año gobernando (lo que evidencia que el problema venía del reinado de su padre -Carlos I-, por tanto debemos pensar que estamos ante un fallo estructural del modelo político de los austrias). Es evidente que en el momento histórico que la mayoría de historiadores consideran la cumbre del poder político español las partidas de gasto del estado estaban desbocadas y superaban ampliamente los ingresos.2
Pero otro problema bastante serio de la economía española era lo que los historiadores han llamado “la revolución de los precios”, un proceso inflacionario largo que debilitó profundamente a las fuerzas productivas de nuestro país y que es consecuencia del extraordinario incremento de la liquidez en los mercados españoles debido a la abundancia de metales preciosos de origen americano que no se tradujo en inversiones productivas dentro del mismo, lo que provocó una subida generalizada de los precios y, como consecuencia, un aumento de las importaciones de manufacturas extranjeras, tanto legales como ilegales. Si un armador necesitaba un barco para hacer la carrera de indias podía comprarlo mucho más barato en Holanda que en un astillero español.
Durante la Edad Moderna el paradigma económico dominante en toda Europa fue el mercantilismo, que consiste en que los gobiernos intentan poner todos los obstáculos posibles a las importaciones y facilitar las exportaciones, para tener superávit en la balanza de pagos. La abundancia de moneda fuerte en España y la gran cantidad de gastos militares que generaban nuestros tercios convirtieron a nuestro país en la fuente suministradora de oro y de plata más importante del continente. Había un flujo constante de dinero desde España hacia el resto de países, que se compensaba, en parte, con importaciones de manufacturas que procedían de los mismos (la otra parte servía para pagar –in situ- a proveedores, soldados y los intereses de los prestamistas centroeuropeos).
Los fabricantes de manufacturas en España lo tenían mucho más difícil que sus colegas extranjeros y les resultaba muy complicado competir en precios con ellos. Por eso dije hace tiempo que la existencia del Imperio español estuvo en la base de la posterior revolución industrial, ya que estimuló el desarrollo de las ventajas comparativas en los distintos países. Lo más eficiente que había en España era el ejército, y por eso nuestro país se convirtió en el gran sostenedor de la estructura político-militar intercontinental que dio origen al mundo moderno.
Inglaterra y Holanda (pese a su creciente rivalidad marítima con España) surgen como meros contratistas, como suministradores de bienes y de servicios que, poco a poco, van descubriendo las rutas del comercio español y se aprestan a sustituirnos en ellas de manera paulatina. Aún así, durante los siglos XVI y XVII sólo pudieron arañar una parte modesta del negocio intercontinental. Su crecimiento económico, durante ese tiempo, se basó sobre todo en los flujos que se estaban dando en Europa.
El incremento de la productividad global estimuló el desarrollo tecnológico y el crecimiento demográfico. Este último factor debilitaba la posición española en términos relativos, porque nuestro país era más árido que los ultrapirenaicos, dado que era más seco y más montañoso. Por esto último presentaba –además- una serie de obstáculos naturales interiores que hacían mucho más difícil el comercio terrestre entre sus distintas regiones.
España hubiera necesitado que buena parte de esos recursos monetarios que fluían desde el continente americano se hubieran invertido en el desarrollo de infraestructuras de tipo hidráulico que hubieran permitido la conversión de millones de hectáreas de secano en regadíos e, igualmente, en carreteras, drenaje de ríos y construcción de canales para facilitar el transporte de mercancías por el interior peninsular. Muy poco fue lo que se hizo al respecto, en comparación con lo que estaban haciendo nuestros adversarios (recordemos el ingente esfuerzo que los holandeses hicieron en la construcción de polders y los miles de hectáreas que le arrancaron al mar). Todos los poderes políticos que fueron capaces de hacer valer su autoridad de forma clara sobre amplias regiones del este o del sur de nuestro país antes del 1500 (los romanos, los califas andalusíes, los reyes nazaríes...) hicieron grandes inversiones en infraestructuras de tipo hidráulico y de comunicaciones terrestres. Es una necesidad estructural de nuestro país. También fue una obsesión para una parte significativa de los arbitristas de la Edad Moderna y para los regeneracionistas de los siglos XIX y XX. El medio físico en el que vivimos nos empuja a actuar de una determinada manera, como sucede en Egipto o en Mesopotamia, países que fueron la cuna de grandes civilizaciones cuando sus respectivos poderes políticos se pusieron a trabajar para satisfacer las necesidades más imperiosas de sus habitantes.
Pero los monarcas españoles de los siglos XVI y XVII tuvieron otras prioridades. Estaban en buena medida absorbidos en la tarea de sostener la infraestructura militar de la “Camisa de Fuerza Francesa”, para mantener sus posiciones desde el Mediterráneo hasta el Mar del Norte.
Unas potentes inversiones en infraestructuras en nuestro país hubiera multiplicado la población del mismo (situándola al nivel que se estaba dando en ese momento en Holanda o en Inglaterra) y esto hubiera ayudado a evitar o retrasar la sustitución de los comerciantes españoles por los extranjeros en la Carrera de Indias, alargando así en el tiempo la hegemonía española en el Hemisferio Occidental. Pero esa política hubiera fortalecido a las clases burguesas y medias, hubiera reducido de manera importante el número de jornaleros sin tierras y el poder de los aristócratas y terratenientes, es decir, hubiera acelerado el fin del Antiguo Régimen. En consecuencia, los oligarcas de nuestro país no estaban interesados en absoluto en desarrollar ese modelo, aunque fuera el que más nos convenía en términos colectivos. 
Durante el siglo XVII los países que estaban creciendo a mayor velocidad eran Holanda e Inglaterra. En Holanda la lucha contra España había actuado como un catalizador de la conciencia nacional que había provocado una importante movilización social y la transformación de sus estructuras sociopolíticas. En paralelo a su guerra contra los españoles desarrollan otra contra su medio natural y, a través de la construcción de los polders, ganan al mar miles de hectáreas que estimulan el desarrollo agrícola y el crecimiento demográfico y que utilizan como palanca para incorporarse de manera paulatina a las redes del comercio intercontinental que los ibéricos habían abierto, convirtiéndolos así en los “carreteros del mar”.
Inglaterra fue, junto con Holanda, la pionera de las revoluciones sociales que en el resto de Europa se desencadenarían mucho más tarde. La Revolución inglesa (1642-1689) se anticipó en más de un siglo a la francesa y, en consecuencia, tuvo un perfil menos “moderno”, lo que hizo que su proceso fuera también menos abrupto, más gradual.
Pero la percepción que el poder tenía era que nuestro gran enemigo era Francia. La obsesión de los austrias siempre fue nuestro enemigo del norte. El modelo político francés anterior a la Revolución (1789) era tan oligárquico como el nuestro, aunque mucho más centralista, lo que le permitía obtener mayores sinergias a las inversiones que hacían que el español. La creciente concentración del poder de los reyes franceses fue elevando la tensión militar por toda Europa, preparando las condiciones para el estallido de un conflicto global, que se concretó en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y en su prórroga de la Guerra franco-española (1635-1659). A través de ellos los borbones franceses doblaron el pulso a los austrias españoles y se presentaron ante el mundo como los que estaban llamados a reemplazarlos en el liderazgo europeo.
Los frentes de lucha continentales europeos debieran haber sido para los españoles, como mucho, frentes secundarios a los que nuestro país debiera haber vigilado desde la distancia, como después hicieron los ingleses. Nuestros verdaderos adversarios, en realidad, siempre fueron las potencias marítimas, no las continentales. Algo que ni los austrias ni los borbones fueron capaces de captar adecuadamente. Mientras nos desgarrábamos luchando contra Francia por toda Europa, Inglaterra y Holanda crecían y preparaban nuestro relevo en la Carrera de Indias. El primer gran aviso de lo que estaba por venir fue la independencia de Portugal (1640), que sólo pudo ser posible gracias, precisamente, al apoyo recibido por parte de las potencias marítimas, mientras en paralelo las tropas españolas recuperaban el territorio catalán, que estaba siendo defendido por el ejército francés.

Felipe V

Pero fue la llegada de los borbones al poder en España la que cambió toda la correlación de fuerzas políticas en Europa y la que empezó a preparar las condiciones para el relevo de los españoles en las zonas geográficas en las que hasta ese momento no habían tenido verdaderos competidores. Cuando en la mayor parte de las cortes europeas se percatan de que las coronas de España y de Francia podían llegar a estar colocadas sobre las sienes de la misma cabeza un grito de alarma se extiende por doquier. Eso significaba el fin del Sistema del Equilibrio Europeo, la aparición de un imperio tan vasto y tan poderoso que ninguna otra potencia en el mundo hubiera sido capaz de desafiar. En consecuencia, se apresuraron a intentar abortar dicha operación, forjando una coalición de todos contra la alianza franco-española que conduciría, finalmente, a la Guerra de Sucesión Española (1701-1713).
Hasta aquí hemos visto como los importantes errores estratégicos cometidos por los Habsburgo habían debilitado de manera significativa la capacidad de respuesta de la Monarquía Católica ante los crecientes desafíos que los principales rivales de España habían venido presentando. No obstante, nuestro país había sido capaz de mantener sus posiciones de una manera bastante digna, dado que partía desde una posición de ventaja muy clara y que nuestros adversarios estaban cometiendo también buena parte de los mismos errores que nosotros. Las exenciones de impuestos a la nobleza lastraban la fiscalidad española, lo que limitaba bastante la capacidad inversora del estado, pero también lo hacía en Francia o en Austria. En Inglaterra y en Holanda estaban empezando a producirse cambios importantes en este sentido, que preparaban el fin de la hegemonía española, pero aún no habían alcanzado su velocidad de crucero y, de momento, estaban en fase -llamemos- “experimental”.
El desenlace se planteará en el siglo XVIII, y por eso considero que los errores estratégicos de los borbones son mucho más graves que los de los Habsburgo, porque ocurren en un momento de brutal aceleración de los procesos históricos. La pasividad y desconcierto de la monarquía española adquiere entonces un cariz de abierta traición a los intereses nacionales. La historiografía ha puesto de relieve las importantes innovaciones que la nueva dinastía introduce en nuestro país, pero lo hace de manera bastante descontextualizada. Comparativamente nuestros monarcas se mueven con mayor lentitud, si cabe, que sus antecesores Habsburgo. Pero, sobre todo, lo hacen de manera gregaria, siguiendo las líneas estratégicas que marcan nuestros adversarios.
Hemos de tener en cuenta que, en el siglo XVIII, España sigue estando entre las tres naciones más poderosas del mundo, y que una gran potencia no puede permitirse el lujo de ir a remoque de las iniciativas políticas de sus adversarios. En realidad seguía teniendo la suficiente capacidad y fuerza como para seguir ejerciendo como la primera. Fue la subordinación estratégica ante Francia la que nos convirtió en el “gregario de lujo” del Imperio francés. La derrota estratégica de España como potencia mundial no se explica desde el plano militar, ni tampoco desde el político, sino desde el psicológico. El primer Borbón español -Felipe V (1701-1746)-, un monarca que gobernó en nuestro país nada menos que 45 años (dos generaciones), siempre se comportó como un francés trasplantado al territorio español. Llegó convencido de la superioridad cultural, material y política del país galo sobre el nuestro. Recordemos el consejo que su abuelo –Luis XIV- le dio, en 1700, cuando abandonó Francia para ser coronado rey en España:

Sé buen español, ése es tu primer deber, pero acuérdate de que has nacido francés, y mantén la unión entre las dos naciones3

Los borbones llevaban –en 1700- algo más de un siglo gobernando en París y, durante ese tiempo, habían desarrollado una estrategia política “París-céntrica”. París era, para ellos, el “ombligo del mundo”. Durante ese tiempo empezó a forjarse el Imperio francés.
Detrás de cada proyecto imperial siempre hay una idea motriz que lo justifica. Cada imperio que ha tenido éxito a lo largo de la historia ha sido capaz de mantenerlo mientras pudo encarnar dignamente la idea motriz que lo hizo nacer. Los romanos crearon el Imperio Mediterráneo, los árabes el que llamé el de las Tierras Áridas, los españoles el Imperio Transversal... Los franceses llevan más de un milenio (Desde la llegada al poder de la dinastía Carolingia) persiguiendo el sueño del Imperio Europeo, pero para poder hacerlo posible en la Europa del siglo XVII tenían que darse dos condiciones previas: primero había que romper la “Camisa de Fuerza francesa” (en manos españolas hasta 1700) y -segundo- había que mantener a Alemania dividida políticamente. El Imperio francés es, por tanto, un proyecto de imperio continental que, sin embargo, nace –en el siglo XVII- rodeado por imperios o por proyectos de imperios marítimos (España, Inglaterra, Holanda) y se ve obligado, en parte, a actuar en ese ámbito. La vocación francesa es continental, aunque su gran fachada atlántica y su creciente rivalidad con los otros “atlantistas” le obliguen también a cubrir ese frente que se le abre por el oeste.
Con esa mentalidad continental arriba Felipe V en el corazón de la Meseta Central española, es decir, en el centro del Subcontinente Ibérico. Los poderosos del lugar, que en otros tiempos habían conectado ya con las dos oleadas de borgoñones (la del siglo XI, que acompañó a los monjes cluniacenses y a Raimundo de Borgoña y la del XVI, que lo hizo con Carlos I), se sienten más cómodos y más legitimados cuando se mueven en los ámbitos europeos que cuando lo hacen en los “exóticos” espacios americanos. Fue esa actitud la que iría paulatinamente preparando el proceso político disgregador que terminaría dando origen a las guerras de independencia de las repúblicas americanas.
Las clases dominantes españolas se embarcan en un proyecto político que consiste en replicar en nuestro país el modelo francés, que es continental, eurocéntrico y centralista y dejan de aprovechar, de esta manera, las ventajas comparativas que presenta el hispano. Hay, por tanto, un distanciamiento con respecto a la idea motriz que dio origen al Imperio ultramarino español.
Desde los comienzos de su reinado Felipe V fue, en cierto modo, tutelado desde Francia, y en buena parte de las decisiones tomadas en política exterior por él se precibe la presión de la diplomacia francesa.
Si comparamos los vínculos de las dos dinastías que gobernaron España a lo largo de la Edad Moderna con sus “primos” de otros países a través de los llamados “pactos de familia” vemos como, en el caso de los Habsburgo, en la relación entre la rama española y la austriaca, es la primera la que ejerce como rama mayor o tutelar, mientras que, en el caso de los borbones, la que ejerce esa función es la rama francesa, lo que convierte a nuestro país en una potencia auxiliar con respecto al país galo, el “gregario de lujo” del Imperio francés como dije más arriba.
Lo que en el caso de Felipe V es una dependencia personal o psicológica con respecto a su patria de origen, en el de Carlos III (1759-1788) es de tipo intelectual. Está convencido de la gran superioridad cultural y política del país galo y lo que trasplanta a nuestro país es su modelo de organización territorial que, como dije hace tiempo, había sido diseñado -precisamente- para combatir a los españoles.
El modelo de comunicación radial de Carlos III produce el efecto contrario de lo que se supone que pretendía. Hunde a las grandes ciudades de la Meseta, en beneficio de Madrid, y crea un desierto demográfico entre la capital y las regiones más periféricas de la España peninsular. De esta manera siembra la semilla de los nacionalismos periféricos, de los cantonalismos y de todo tipo de localismos. Es en ese momento histórico cuando nace la “España Invertebrada” de la que habló Ortega y Gasset. En el caso andaluz, además, importa poblaciones extranjeras para que vigilen los caminos que conectan el centro con la periferia, creando así un choque cultural añadido al que ya produce el desierto demográfico inducido.
Los medios físicos sobre los que asientan los estados francés y español son tan diferentes que lo que fortalece a uno debilita al otro y viceversa. Intentar imponer desde el poder central, en España, un modelo uniformador es abrir la Caja de Pandora en un país en el que lo que lo hizo grande fue precisamente lo contrario: la complementariedad de sus regiones. Esto es algo que los Habsburgo siempre supieron o, al menos, intuyeron, pero que los borbones percibieron como una muestra de primitivismo cultural y de retraso político. Ya dije que bastó una generación para que el problema aflorara, pero lo hizo en unas circunstancias en las que otros factores vinieron a complicar el proceso histórico, y fueron ocultados por el resto elementos que precipitaron el fin del Antiguo Régimen.
La Revolución Francesa (1789) tendrá lugar un año después de la muerte de Carlos III y sorprende a nuestro país con un monarca joven e inexperto empezando a gobernar, que es incapaz de entender la envergadura del proceso político que está teniendo lugar en el país vecino y que no dejará de dar palos de ciego a lo largo de todo su reinado.
Lo que no percibe Carlos IV -ni ninguno de sus cortesanos- es que el Antiguo Régimen estaba ya herido de muerte por obra y gracia de la Revolución Francesa y que la única manera de resistir el huracán francés era apoyarse en las clases populares de su propio país. Si los ejércitos franceses estaban laminando al resto de ejércitos europeos era porque en el país galo se había producido una revolución social. El Ejército Nacional, que surge entonces, se ha masificado y reforzado desde todos los puntos de vista. Esto ha sido posible, fundamentalmente, por la profunda reforma fiscal y por los cambios en la estructura de la propiedad que han llevado a cabo los revolucionarios.
Es evidente que el estado francés, a partir de 1789, administra un mayor volumen de recursos económicos que ninguno de sus adversarios. Y esto es así porque ha confiscado los bienes de la Iglesia y de multitud de aristócratas y porque ha obligado a pagar impuestos a gran cantidad de poderosos que antes estaban exentos. De esta manera puede poner en nómina a más funcionarios y a más soldados que ningún otro país y puede, además, hacer llegar la mano del estado hasta el último rincón de su geografía, localizando así nuevas bolsas de fraude fiscal y descubriendo más recursos a su alcance de los que imaginaban.
¿Cómo enfrentarse militarmente con una revolución triunfante? Los borbones y sus cortesanos eran ya, durante la última década del siglo XVIII, unos auténticos dinosaurios intentando sobrevivir en los albores de una nueva era aplicando recetas que eran ya anacrónicas en ese momento histórico. Su mentalidad oligárquica les impedía entender lo que estaba pasando delante suya. La llegada al poder de Napoleón Bonaparte los confundió: con su pompa y su parafernalia imperial hizo albergar esperanzas a una parte de la aristocracia europea de que tal vez era aún posible un retorno del Antiguo Régimen. Creyeron estar ante un déspota ilustrado cuando, lo que tenían delante, era un autócrata surgido de entre las filas de los revolucionarios que buscaba utilizar la revolución como palanca para forjar el sueño de Carlomagno: El Imperio Europeo. Dentro de ese sueño, las viejas aristocracias de los países conquistados aún tenían un papel que desempeñar: ayudar a someter a sus propios pueblos. Obligar a éstos a aceptar la hegemonía francesa. Para poder llevar a cabo este plan esperaba contar con ayuda de todos los que habían colaborado activamente con los déspotas ilustrados de la generación anterior y de los funcionarios e intelectuales que se habían ido formando en ese medio. Son los afrancesados, llamados a hacer la revolución desde arriba, la que ordena el invasor. Por eso usan unas formas y un lenguaje en los que combinan hábilmente los elementos aristocráticos heredados con los revolucionarios sobrevenidos.

Carlos IV y su familia

Desde que Napoleón toma el poder, el tandem Carlos IV-Godoy no deja de tomar decisiones cada vez más disparatadas desde el punto de vista político, que nos hace pensar que eran incapaces de hacer un análisis mínimamente realista de los procesos históricos que estaban teniendo lugar delante de sus narices (porque la explicación alternativa es la pura y simple traición). Ya hablé en el anterior artículo de la “antología del disparate” que se produjo en un período de tiempo relativamente breve y que tendría como consecuencia el hundimiento del Imperio español.
La metedura de pata de 1802 (cambiar la Luisiana americana por el reino de Etruria, en Italia) debiera de haberlos puesto en guardia, pero no fue así. En 1805, como vimos, pondrían a la armada española bajo mando francés y el resultado fue la batalla de Trafalgar. Este acontecimiento fue, tan sólo, un presagio de lo que estaba por venir y que tendría lugar durante el infausto año de 1808.
Las negociaciones acerca del reparto de Portugal parecen auténticamente surrealistas: El Emperador propone a España invadir Portugal y repartirla entre ambos países. Esa mera propuesta significaba, ya de por sí e independientemente de como se materializara finalmente, que los ejércitos franceses, que ya estaban situados al norte de España (en Francia) y al este (en Italia), lo estarían ahora también al oeste (Portugal). Es decir, que la tenaza se iba cerrando sobre España. El sentido común hubiera aconsejado establecer inmediatamente una alianza con Portugal y con Inglaterra y prepararse para la inminente guerra que se barruntaba. Pero nuestros inguenuos y corruptos gobernantes aceptan la propuesta corrigiéndola: en vez de dos trozos (el español y el francés) había que hacer tres (el nuevo era para Godoy, el valido y primer ministro en funciones de Carlos IV). Es obvio que la visión geopolítica de estos gobernantes era nula y su visión de futuro aún peor. ¿Qué impediría a Napoleón incumplir su palabra (por enésima vez) después de la invasión portuguesa? ¿Qué le impediría, al que ya había invadido Italia, Holanda y Alemania hacer lo mismo con España?
Hasta aquí, es obvio que el comportamiento de nuestros gobernantes era absolutamente suicida, cómplice con el imperialismo bonapartista y que estaban cometiendo alta traición contra su propio país. 
Si ignominioso es el principio de acuerdo, su ejecución es peor todavía: El ejército de tierra francés cruzaría España para “invadir” Portugal. Es decir, invadió España pacíficamente, con el visto bueno del mismísimo rey y de su gobierno. Traición en toda regla. Sin paliativos de ningún tipo. Carlos IV y Godoy es obvio que eran agentes de Napoleón.
Todavía hay un detalle, poco conocido, que agrava aún más la situación. En marzo de 1808, cuando miles de soldados franceses están entrando “pacíficamente” en España, un ejército español, con 13.355 hombres, llega a Dinamarca “para protegerla de los ingleses”, a las órdenes del Mariscal francés Bernardotte. Expedición que la mayoría de los españoles ignoramos que se produjo pero que los daneses recuerdan bien:

Un buen día, me alzó un soldado español en sus brazos y apretó contra mis labios una medalla de plata que llevaba colgando sobre su pecho desnudo. Recuerdo que mi madre se enfadó mucho y dijo que eso era católico; pero a mí me habían gustado la medalla y el extranjero aquel, que bailaba girando conmigo en brazos mientras lloraba; por lo visto él tenía niños allá en España. Vi cómo llevaban a uno de sus compañeros para ajusticiarlo. Muchos años más tarde, acordándome de aquello, escribí mi poemita "El soldado" (Soldaten), que traducido al alemán por Chamisso, se hizo popular en Alemania y ha sido incluido en las canciones militares alemanas como algo original alemán".
Hans Christian Andersen: “El Cuento de mi Vida”

Es decir, que mientras los soldados franceses (en realidad reclutados en todos los países que Francia había conquistado) ocupaban España, los soldados españoles la abandonaban para ayudar al autócrata galo a defenderse de sus enemigos en el otro extremo de Europa. Allí les sorprendió el fatídico 2 de mayo que era, en definitiva, de lo que se trataba.


1 “La Camisa de Fuerza francesa”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-camisa-de-fuerza-francesa_05.html
2 No es casual que Carlos I abdicara en 1556. Moriría en el Monasterio de Yuste en 1558, llegando a ver -por tanto- la primera de estas suspensiones de pagos. Podemos pensar que el victorioso rey no estaba dispuesto a acabar su reinado de una manera tan prosaica como verse obligado a hacer una reestructuración de la deuda y prefirió pasarle el testigo y el "marrón" a la generación más joven, para no empañar su currículum.

3 “Cambio de rumbo”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/11/cambio-de-rumbo.html

jueves, 5 de noviembre de 2015

La liquidación del Imperio español

En el artículo anterior presentamos el “discurso cientifista” como un intento de superación de los enfrentamientos ideológicos -de tipo religioso- que se habían estado librando en los campos de batalla de buena parte de Europa a lo largo de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Desde nuestro punto de vista este conflicto representa una brusca corrección de la trayectoria histórica que se había iniciado a finales del siglo XV y principios del XVI como consecuencia de los descubrimientos geográficos llevados a cabo por los reinos ibéricos, de la irrupción de los turcos en los Balcanes y el Mediterráneo Oriental y Central y de la reforma religiosa iniciada en Alemania por Martin Lutero.

El descubrimiento de la ruta de las especias por parte portuguesa y de América por los españoles, así como el desarrollo de un imperio marítimo y comercial por aquellos y terrestre de tipo ultramarino por estos últimos, crearon las bases materiales para que se produjera un salto tanto cuantitativo como cualitativo en los intercambios comerciales, lo que determinó que cada territorio de los que participaron en ese proceso desarrollara sus propias ventajas comparativas, incrementando así la productividad, el desarrollo tecnológico y el científico.

Ya dijimos que la iniciativa la tomaron los pueblos ibéricos[1], pero que estos tenían una gran debilidad estratégica: La Demografía. En consecuencia centraron sus esfuerzos en el sostenimiento de la infraestructura política que habían creado, lo que permitió al resto de pueblos atlánticos europeos utilizar la misma como base de sustentación sobre la que construir los pisos superiores del edificio que, entre todos, estábamos haciendo. De esta manera, los pueblos ibéricos se encargaron de levantar el esqueleto o armazón que sostenía el edificio mientras que sus socios ultrapirenaicos iban desarrollando otros órganos de aquél todo que en su día llamé “Imperio europeo”; así aquellos son vistos por ingleses, franceses y holandeses como algo previo, pasado y superado, cuando estos comienzan su propia andadura ya bien entrado el siglo XVII. Al menos esa es la forma en que los presentan a través de su propia propaganda política. La mayoría de la población no se da cuenta de que si no hubieran existido los imperios ultramarinos español y portugués, no habría habido después ningún otro. Y los duelos militares librados durante esa centuria acentuaron dicha percepción porque precipitaron el relevo político en el liderazgo europeo. Francia pasó a ser considerada como la gran potencia continental, algo que era cierto sólo hasta cierto punto.

A partir de 1659 parecía evidente que la “camisa de fuerza francesa” estaba a punto de caer y que el gobierno español poco podía hacer para impedirlo. Sin embargo, esta estructura de contención todavía aguantaría más de 40 años (en manos españolas, después pasó a ser administrada por Austria). La Paz de los Pirineos representa el reconocimiento formal de la hegemonía francesa -por parte española- ¡en Europa!, entendiendo aquí la palabra Europa en un sentido bastante restringido, referido básicamente a sus áreas más centrales desde el punto de vista geográfico. Era evidente que Francia seguía sin poder hacerle sombra a los españoles ni en América ni en el Mediterráneo ¿De qué estamos hablando entonces cuando decimos que Francia se convirtió en el país hegemónico? Es más, si tenemos en cuenta que en 1641 toda Cataluña estaba en manos francesas, mientras que en 1659 los galos sólo conservaban el Rosellón ¿Seguimos creyendo que los derrotados en aquella guerra habían sido los españoles? Yo sólo veo un reparto -limitado, además- de las esferas de influencia política de cada uno de los dos países en los escenarios continentales, compartido -también- con el resto de actores que, a partir de ese momento, constituyeron lo que ha dado en llamarse “el Sistema del Equilibrio Europeo”. En realidad los españoles, a través de las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) estaban explicitando sobre documentos el sistema que habían estado construyendo -de facto- durante los 150 años anteriores... Y avisando que estaban dispuestos a replegarse hacia sus cuarteles de invierno: En primer lugar porque el papel protagonista que venían ejerciendo en el continente desde 1517 presentaba unos costes económicos y humanos cada vez menos soportables, pero en segundo y fundamental porque no tenía ningún sentido político asumir tales costes para -simplemente- guardarle las espaldas a los austriacos y para garantizarle a ingleses y holandeses la contención del expansionismo francés. En la Península, catalanes, portugueses y algunos andaluces habían dicho basta y, al hacerlo, habían puesto en peligro la estructura del engendro político de los Habsburgo españoles, que alcanza su punto de inflexión en 1640. Desde ese momento entra en declive... no el Imperio español, sino el modelo político de los austrias, que es algo muy diferente.

El mayor problema que ha tenido el estado español desde 1517 es que sus dirigentes han trabajado siempre con una versión adaptada al contexto ibérico de un proyecto político que había sido diseñado para otros escenarios geográficos. Hasta 1700 con el del rey borgoñón bajomedieval Carlos el Temerario (1467-1477), adaptado al espacio ibérico por Adriano de Utrecht y retocado después ligeramente por Felipe II y sus asesores más cercanos. Desde 1701 por el proyecto de los borbones franceses, hispanizado por los cortesanos de Felipe V -fundamentalmente franceses e italianos, con alguna presencia española- y reestructurado finalmente por Carlos III, uno de los arquetipos europeos del Despotismo Ilustrado, que le dará su forma clásica (no debemos olvidar que cuando este monarca llega a España para ser coronado tenía 43 años, los últimos 25 de los cuales había estado ejerciendo como rey de Nápoles y de Sicilia).

Nunca hubo un diseño estratégico ni un proyecto de país -desde 1517- que naciera en la Península Ibérica y fuera fruto de las reflexiones de pensadores o de estrategas nativos que miraran al mundo desde España. Y no fue precisamente por falta de materia prima, pues tratados sobre propuestas políticas dirigidas a nuestros gobernantes entre los siglos XVI y XVIII hay cientos y constituyen todo un género, que contaba con miles de ávidos lectores en nuestro país. Son los textos de los arbitristas.

El problema es que nuestros gobernantes y sus cortesanos estaban abducidos por los modelos políticos surgidos en el continente, que habían sido diseñados para unas áreas geográficas, ecológicas, culturales, demográficas, económicas y geoestratégicas diferentes a las ibéricas. Borgoñones y franceses tenían unas densidades de población mucho más altas que las peninsulares, vecinos y rivales densamente poblados, físicamente muy cercanos, divididos políticamente y cristianos. Todo ello en un contexto continental, que presenta rutas de comunicación diversas que pueden utilizarse de forma alternativa, dónde ningún golpe militar puede considerarse definitivo. Países dónde la lluvia está garantizada y, con ella, la producción agraria y ganadera. En España, por el contrario, partimos de unas densidades de población muy bajas (ya hablamos de la demografía como una debilidad estratégica de los pueblos peninsulares), un país mucho más árido y seco que los de nuestros vecinos septentrionales, donde el suministro de agua no está garantizado. Vecinos con densidades de población tan bajas como las nuestras, situados a una mayor distancia, de otras culturas, unidos políticamente, algunos con estructuras imperiales capaces de devolver un golpe -como los turcos- a tres mil kilómetros de distancia del lugar dónde recibieron el nuestro. En España hace falta un diseño geoestratégico de la política exterior mucho más potente y mejor pensado que en Francia o en Borgoña. Hay puntos muy concretos en nuestro entorno que pueden ser cortados, aislando -al hacerlo- extensas áreas geográficas, como el Estrecho de Gibraltar o los estrechos que rodean Sicilia. Conquistar el Peñón de Gibraltar o la isla de Malta no es equivalente a tomar una ciudad -por muy importante que sea- en el área renana, flamenca o en el Franco Condado. Los dos puntos citados tienen -ambos- la llave del comercio mediterráneo. Es gravísimo, por tanto, tener políticos dirigiendo nuestro país tan pedestres como para ser capaces de cambiar -al mismísimo Napoleón- la Luisiana americana (dos millones de kilómetros cuadrados de praderas habitadas por indios) por el reino de Etruria, en Italia (la ciudad de Florencia y sus alrededores), como hizo Carlos IV en 1802.

Como dijimos más arriba, 1640 marcó el punto de inflexión del modelo político de los Habsburgo españoles, lo que ha sido interpretado por la historiografía tradicional como el comienzo de la decadencia española. En realidad el Imperio español seguía contando con un formidable potencial, capaz de batir a cualquier adversario que individualmente se le pusiera por delante, aunque se tratara de Francia o de Inglaterra. Pero la estructura social, fuertemente oligárquica, del país y la propia interiorización por parte de las élites españolas de la propaganda política de sus adversarios le impidieron aprovechar todas las ventajas comparativas que éste seguía teniendo, empezando por su extraordinaria profundidad estratégica, tanto a nivel peninsular como en sus imperios americano y mediterráneo.

Los imperios ibéricos, ya en los siglos XVI y XVII eran multiecológicos, condición que sus competidores septentrionales empezaron a adquirir sólo a partir del siglo XVIII. Por eso casi todo el comercio intercontinental durante aquellas dos primeras centurias tenía que seguir girando alrededor de sus estructuras imperiales. Y siguió siendo así, mayoritariamente, durante el XVIII.

Cuando los borbones se ponen al frente del Imperio español, a partir de 1701, toma el poder una dinastía francesa que se había ido fortaleciendo a lo largo del siglo XVII... ¡luchando contra España! Y la estrategia que habían diseñado para enfrentarse con sus adversarios españoles era reforzar el centralismo político en el país galo.

Lo que ha hecho fuerte a nuestro país históricamente ha sido, precisamente, su diversidad. Algo que ha escapado siempre a la comprensión de las mentes continentales, tanto europeas como norteafricanas, que proceden de países monocromáticos y son incapaces de entender cuál es la ventaja que aporta la diversidad.

Y las ventajas que aporta son, fundamentalmente, la resiliencia y la profundidad estratégica. El pueblo español nunca será completamente derrotado por ningún adversario continental, proceda de Europa o de África, precisamente debido a esa diversidad ecológica del país. Siempre habrá alguien incubando, en algún extremo del mismo, una respuesta inimaginable para su adversario. Los continentales parten de ventajas comparativas de tipo cuantitativo, mientras que las ventajas de los ibéricos son cualitativas, y así lo han venido demostrando históricamente. Aquí hay muchos más disidentes per cápita que en ningún otro lugar, mucha gente improvisando –que sirven de materia prima a otros improvisadores- y, en consecuencia, acelerando los procesos evolutivos aunque después no puedan rentabilizarlos por su proverbial debilidad demográfica, es decir, cuantitativa.

En un país tan diverso las resistencias se enquistan, se alargan en el tiempo, van paulatinamente mutando y acumulando fuerzas hasta que se convierten en un vendaval que lo arrastra todo a su paso. Por eso dije hace tiempo que lo temible de los españoles no son sus ataques sino sus defensas y sus posteriores contraataques. Esa es la base fundamental de lo que en su día llamé “la respuesta multimodal española”

El Imperio español en América, al que llamé “El Imperio transversal”, ha sido el primer gran imperio multiecológico de la Historia de la Humanidad, y precisamente por eso cambió para siempre todas las dinámicas históricas y las correlaciones de fuerzas que había en todo el planeta Tierra. Por eso desató un proceso de cambios sociales, políticos y tecnológicos irreversible que no ha parado desde entonces, y por eso ha tenido –y tiene- tantos denostadores, dado que es imposible volver a dejar las cosas tal y como estaban antes de que los españoles se pusieran en movimiento. Pero el primer imperio multiecológico sólo pudo ser construido por los habitantes de un país multiecológico, y el único que reunía esas características (al menos por esta parte del mundo) era precisamente el nuestro.

En 1701 llega al poder en nuestro país una dinastía que procedía de la gran potencia continental europea de su tiempo, del rival más enconado que teníamos y que había sido capaz de resistir el vendaval español precisamente porque presentaba ventajas comparativas ¡opuestas a las nuestras! Francia era un país llano, sin obstáculos interiores, bien regado, densamente poblado, que desarrolló un modelo político centralista para defenderse porque España la llegó a atacar por los cuatro puntos cardinales casi simultáneamente. Fue esa fuerte concentración del poder la que le permitió contraatacar algún tiempo después (cuando España ya no cubría todas sus fronteras y sus enemigos dejaron de coordinarse).

Trasladar a España el modelo político francés es un suicidio estratégico. Es el principio del fin. Y eso fue lo que hicieron los borbones. Primero fueron los cortesanos de Felipe V, pero el mazazo final lo dio el máximo arquetipo de la modernidad: Carlos III (1759-1788). 

El modelo radial y centralista diseñado por “el rey alcalde”, aplicado al país con mayor diversidad paisajística del mundo, donde la naturaleza se llevó millones de años esculpiendo regiones naturales estancas, es un suicidio político, como la evolución de los acontecimientos históricos no tardó ni una generación en demostrar. Ya les mostré hace tiempo el efecto que tuvo esa política sobre Andalucía[2]. Estoy seguro que un estudio detallado realizado sobre cualquier otra comunidad española (excepto Madrid) en esa misma época vendrá a reforzar las conclusiones a las que llegué para el caso andaluz.

Carlos III murió en 1788 y fue relevado por su hijo Carlos IV. Un año después tuvo lugar la Revolución Francesa y a partir de ahí vamos viendo desarrollarse en España una verdadera antología del disparate, a través de la cual los “afrancesados” españoles parece que hubieran entrado en una competencia para ver quién desintegraba antes nuestro país.

Las medidas que Carlos III tomó en Andalucía -a través de su plenipotenciario Pablo de Olavide- para “acabar con el bandolerismo” tuvieron la virtud de multiplicar por varios dígitos el número de bandoleros y convertir a éstos en verdaderas leyendas. A partir de entonces veremos desplegarse por el territorio a Diego Corrientes, (contemporáneo suyo, que tuvo el honor de abrir la Edad de Oro del bandolerismo andaluz (1766-1832)), al que siguieron “Los siete niños de Écija”, José María “el Tempranillo” y, finalmente, el más grande pero menos conocido de todos: Juan Caballero, que fue capaz de poner de rodillas al absolutismo monárquico de Fernando VII y obligarlo a firmar el “Indulto General” de 1832.

Después de que Carlos IV demostrara sus dotes de estadista entregando a los turcos -en tiempo de paz- el Oranesado (1792), que había permanecido en manos españolas desde 1509, cambiando después a los franceses la Luisiana (actuales estados norteamericanos de Lousiana, Arkansas, Missouri, Iowa, Minnesota, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Oklahoma, Montana, Wyoming y el NE de Colorado) por el reino de Etruria en Italia (la ciudad de Florencia y sus alrededores) en 1802 (para coronar allí a un sobrino suyo que reinaría hasta 1807, fecha en la que los franceses lo vuelven a conquistar), poniendo en 1805 a la armada española bajo mando francés en la batalla de Trafalgar, pactando con Napoleón un reparto de Portugal (que significaba permitir que los ejércitos franceses rodearían, a partir de entonces a España por el norte, por el este y por el oeste) y, para rematar la faena, permitiendo que los ejércitos que debían invadir Portugal pasaran por España y nos invadieran también a nosotros de camino, pudimos ver -finalmente- las “virtudes” del centralismo borbónico en acción en la Guerra de la Independencia española (1808-1814).

Como España había sido entregada a los franceses por Carlos IV y sus cortesanos -capitaneados por Godoy- serán éstos los que utilicen la red radial de Carlos III por primera vez en tiempo de guerra... ¡Y perdieron! El General Castaños demostró en Bailén (1808) como se puede usar esa red contra el poder central. Bastó que sus tropas se acercaran al Desfiladero de Despeñaperros para que sus enemigos se dieran cuenta de que las fuerzas que tenían en Andalucía podían quedar aisladas del resto y se precipitaran sobre el lugar donde éste los estaba esperando. Esa acción militar no hubiera sido posible cincuenta años antes, porque entonces había otras vías de acceso posibles hacia Andalucía, que los hombres de Carlos III se habían encargado de destruir. Los derrotados, esa vez, fueron los invasores (algo que nadie había previsto), pero si un grupo de separatistas andaluces se hubiera levantado en armas contra el estado borbónico lo habría tenido mucho más fácil después del reinado de Carlos III que antes del mismo. Y lo que decimos de Andalucía también vale para otros territorios de nuestro país. El sistema radial es fácil de cortar... desde luego desde el centro (que es lo que Carlos III buscaba), pero también desde la periferia. 

El siglo XVIII español es un período complejo en el que nuestro país puso de relieve varias veces su extraordinario potencial que, sin embargo, después no fue capaz de rentabilizar convenientemente. Tras las significativas pérdidas territoriales sufridas en la Guerra de Sucesión (1701-1713), poco después demuestra una importante recuperación, tanto en el Mediterráneo como en América. La mayor parte de los choques armados librados después de 1713 se saldan con victorias.

En el Mediterráneo pasan al ataque ya en 1717, reconquistando Cerdeña, y en 1718 Sicilia. Las devuelven poco después tras un acuerdo internacional, pero en 1734 retornarán, creando el estado satélite de las Dos Sicilias, que se mantendrá en la órbita española hasta los tiempos de Napoleón Bonaparte.

En América la Guerra del Asiento (1739-1748), la de los siete años (1756-1763) y la de Independencia de Estados Unidos (1776-1783) son los choques armados más importantes que se dieron durante ese siglo. En todos ellos los españoles o bien consolidan sus posiciones de manera bastante clara o, incluso, obtienen ventajas territoriales importantes, Mientras tanto las misiones españolas se extienden por todo el suroeste de los actuales Estados Unidos de Norteamérica, y también en los actuales Paraguay y Uruguay. En las Malvinas se nombra un gobernador en 1766. En 1789  fundan la colonia de Santa Cruz de Nuca, en la costa del Océano Pacífico de la actual Canadá. En 1788 una expedición española, dirigida por José María Narváez contacta con otra rusa en el territorio de la actual Alaska. La expedición Malaspina (1789-1794) fue una de las más ambiciosas llevadas a cabo en todo el siglo XVIII por ningún país europeo en el ámbito científico. Y en 1804 la de Francisco Xavier De Balmis difunde por las provincias españolas de América y de Asia la primera versión de la vacuna de la viruela.

Como podrá ver el siglo XIX sorprende al Imperio español en la cumbre de su poder militar ultramarino, en el momento de máxima expansión territorial de toda su historia y dando pasos firmes en el plano de la ciencia.



Y si esto es así en el año 1800 ¿Qué fue lo que pasó entre esa fecha y 1825? Bastó una generación para que todo aquél impresionante edificio se derrumbara.

¿Recuerda el lector lo que le dijeron en la escuela sobre ese período de nuestra historia? No, ¿verdad? Sólo sabemos que los franceses invadieron nuestro país en 1808, que estalló la Guerra de la Independencia española (1808-1814) y algunos también saben que nuestras provincias americanas aprovecharon la coyuntura para independizarse. Y nada más.

“¿Sabe que el 2 de mayo de 1808 había 30.000 soldados franceses situados sólo en los alrededores de Madrid frente a 5.000 españoles? 30.000 soldados franceses en Madrid. Con el visto bueno de las autoridades españolas... En Roma ningún emperador permitió jamás la presencia en la capital de una sola legión de su propio ejército. Los césares tenían muy claro que un ejército en la capital era una tentación demasiado fuerte para los potenciales golpistas. Y de eso hace ya dos mil años.”[3]

Hasta ese momento, nominalmente al menos, seguían gobernando en España los borbones. Se supone que teníamos un rey español y que éramos un país independiente. Aquella ficción saltó por los aires precisamente ese día.

Sin embargo, los lectores de mediana edad sí recordarán haber oído hablar en el colegio de los austrias mayores (Carlos I y Felipe II) y de los austrias menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II). De lo buenos gobernantes que fueron los primeros y lo malos que fueron los segundos, que fueron los que precipitaron la “decadencia española”. España tenía que ser ya un país decadente cuando coronaron al primer Borbón porque si no resulta que la culpa del hundimiento del Imperio... es de los borbones, algo que resulta obvio a la vista de los acontecimientos históricos.



[1] http://polobrazo.blogspot.com.es/2015/07/el-capitalismo-como-consecuencia-logica.html

domingo, 1 de noviembre de 2015

Atardecer entre olivos


Diez mil olivos se ven desde la cima del monte
en cuya ladera vivo.
Diez mil almas atrapadas en sus retorcidos troncos
que claman desde la profundidad de la tierra y del tiempo.

Sus tortuosas formas no son más
que fiel reflejo de su atormentada vida.

Cada atardecer me cuenta cada uno su propia historia:
Y me hablan de la Atlántida, de Tartesos,
de Turdetania y de Fenicia,
de Cartago y de Roma,
de Sefarad y de Al Ándalus.

Me recitan romances de la Frontera
entre moros y cristianos,
y me cuentan historias de indianos,
de contrabandistas y de bandoleros,
de jornaleros sin tierra,
de ácratas reunidos en la Casa del Pueblo.
De cartas recibidas que “hablan de sangre
sobre el campo Ibero”.
De fusilados en la noche que son enterrados
a escondidas junto a las cunetas,
por haber cometido el horrendo crimen de
plantarle cara al tirano.

Si os acercáis y guardáis silencio
oiréis el clamor de la tierra,
los ecos del tiempo,
la llamada de la sangre,
la cercana voz del abuelo…

Y sentiréis la presencia de los millones de seres
que amaron esta tierra, que la trabajaron con sus manos,
los que lucharon por ella y los que con ella alimentaron a sus hijos
mezclando sudor, sangre, aire, tierra, sol y agua;
amor, trabajo, pasión, anhelos, esperanzas …

Cuando veáis un olivo
Preguntadle cual es su historia,
y después guardad silencio … 

domingo, 6 de septiembre de 2015

El discurso cientifista

“Sólo la fe nos salva”, dijo Martín Lutero en 1517 en la ciudad alemana de Wittenberg mientras en España estaban preparando la coronación como rey de Carlos I (el primer Habsburgo). Con esta afirmación arranca la Reforma Protestante y con ella el mayor desgarro interno, la mayor división que haya tenido lugar nunca entre los cristianos. Con ella nace -igualmente- la moral subjetiva del protestantismo que se alza frente a la moral objetiva (“nos salvan nuestras obras”) del catolicismo.


Martín Lutero

El asunto es, desde luego, algo más complejo de lo que con esta introducción hemos planteado. La división religiosa dentro de la Iglesia de Occidente se venía gestando desde varios siglos atrás a través de las “herejías” cátara, valdense y husita, que fueron duramente reprimidas durante las últimas centurias medievales. Estas propuestas heterodoxas surgieron en la periferia de la Iglesia, pero en su núcleo duro la división también alcanzó unos niveles que no se veían desde hacía casi un milenio, con el “Cisma de Occidente” (1378–1417).

Los últimos siglos medievales europeos fueron muy violentos, la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Francia e Inglaterra, los combates asociados al Cisma de Occidente, la Guerra de las dos rosas (1455-1487), en Inglaterra, las inquisiciones Episcopal y Pontificia (no confundir con la española, que es posterior y que estuvo siempre sometida a la autoridad de los monarcas), que se cobraron las vidas de miles de “herejes”, especialmente en Francia. Durante los siglos XIV y XV el modelo social y político que había regido en Europa desde la caída del Imperio Romano de Occidente se caía a pedazos. El pasado no acababa de irse y el futuro no acababa de llegar. Los dos poderes universales (Papado e Imperio) eran cada vez más cuestionados, tanto desde dentro de sus propias filas (durante el Cisma de Occidente hubo dos papas disputándose -uno en Roma y otro en Avignon- la hegemonía dentro de la Iglesia) como desde los sectores más periféricos de la sociedad.

En el núcleo duro del poder europeo había facciones que apostaban claramente por la superación del modelo imperante. Este sector estaba liderado por el rey de Francia y contaba con la ayuda de los de Castilla y de Aragón. Eran estos los apoyos más firmes con los que contaba el Papa de Avignon. Era el bando de los estados emergentes de Europa en la Baja Edad Media, de los que empujaban para crear un nuevo orden basado en los estados-nación, para enterrar al feudalismo que aún resistía, apoyándose en las clases burguesas de las ciudades.

Pero, como también hemos visto, había alternativas menos aristocráticas y más populares, cuya expresión ideológica se había ido concretando a través de las diferentes propuestas “heréticas” medievales y que habían sido reprimidas sin piedad. Los que aún mantenían viva la llama de la resistencia habían tenido que ocultar su compromiso con la causa para poder seguir viviendo y van estructurando un discurso que cuestiona la validez de los valores morales que sostienen al orden feudal. Conectan con Dios desde la soledad de su mundo interior, reforzando así ese discurso subjetivista que será finalmente explicitado por Martín Lutero.

Vemos, por tanto, como el asunto viene de lejos y tiene un trasfondo social indudable. ¿Cómo se estructura la resistencia contra la ética -“objetiva”- imperante? Pues desde la “subjetividad” de los sectores más combativos de la sociedad, desde la “protesta” (de ahí el calificativo de “protestantes” que le endosan los defensores del orden constituido) contra los elementos más conservadores de la misma, que se concreta en las famosas 95 tesis de Lutero.

A lo largo del siglo XVI se produce un reagrupamiento de fuerzas en toda Europa. Ya hemos dicho que hay gente cuestionando el modelo social vigente, en todos los niveles de la estructura social. Hay monarcas muy poderosos (como el francés), los burgueses de las ciudades e, incluso, un sector importante tanto de la nobleza como del clero (especialmente en Alemania), no olvidemos que quien -finalmente- construye el discurso alternativo es un monje agustino.

Los conflictos más encarnizados que tienen lugar en Europa tras la expulsión de España de los Benimerines (1344) tendrán ya lugar en suelo francés o en los alrededores de este país. La Guerra de los Cien Años, las diversas contiendas libradas (antes y después) entre Francia e Inglaterra, Francia y el Ducado de Borgoña o Francia y emperador alemán (también la guerra civil castellana de 1366-1369, que puede ser considerada como un frente secundario de la Guerra de los Cien Años) nos revelan que la emergencia de la nación gala estaba provocando terremotos intensos a su alrededor. Como consecuencia empieza a tejerse en su entorno una malla de contención a la que llamé la “Camisa de Fuerza francesa”. Los viejos defensores del orden medieval se van dando cuenta de que si desean sobrevivir tienen que forjar nuevas alianzas con algunas de las fuerzas emergentes que van surgiendo en Europa. Había que contener a Francia como fuera, y la larga serie de conflictos que enumeramos más arriba habían dejado meridianamente claro que no era suficiente con la alianza establecida entre Inglaterra, el conglomerado flamenco-borgoñón y el emperador alemán (cada vez más contestado en su propia zona de influencia política).

Durante el último cuarto del siglo XV, la unión política llevada a cabo por castellanos y aragoneses convirtió a España en un estado de primer nivel dentro del nuevo orden político europeo. El descubrimiento de América llevado a cabo por una expedición castellana y, sobre todo, los choques armados que tuvieron lugar en Italia entre españoles y franceses, pusieron claramente de relieve que nuestro país se había convertido en el adversario más temible de la nación gala en el contexto europeo. La alianza con España se revela como la apuesta más segura para la defensa de la vieja constelación de fuerzas que habían sostenido en el pasado a los dos poderes universales. El matrimonio entre Felipe el Hermoso y la princesa Juana de Castilla terminará poniendo en las sienes del hijo de ambos (Carlos I de España y V de Alemania) las coronas de España, del conglomerado flamenco-borgoñón, de Austria y también del Imperio alemán. A partir de 1517 España se dedicará, durante casi doscientos años, a contener el avance francés por sus fronteras orientales, rompiendo así la estrategia expansiva de nuestros vecinos septentrionales.

Pero, mientras se estaba coronando como rey en España al primer Habsburgo, la “herejía” protestante iniciaba su andadura -precisamente- en el corazón del Imperio alemán, lo que irá elevando la tensión en el centro de Europa y creará un nuevo frente de lucha que irá degenerando paulatinamente desde los debates de orden dialéctico y teológico iniciales hasta los choques armados que irían extendiéndose cada vez más para culminar con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

El protestantismo fue el más vasto movimiento social que tuvo lugar a lo largo de la Edad Moderna en el Occidente europeo. Y los oligarcas más poderosos del viejo orden medieval supieron maniobrar, durante la primera mitad del siglo XVI, con la suficiente inteligencia como para conseguir que fuera España la que parara el avance, simultáneamente, tanto del monarca francés como de la reforma protestante. Así mataban varios pájaros de un tiro y echaban a pelear a unos emergentes contra otros, en beneficio de lo más añejo que quedaba de la vieja Europa. Sobre los aspectos políticos, económicos y militares de este enfrentamiento ya estuvimos hablando en el artículo anterior. Hoy nos centraremos en sus aspectos ideológicos.

Cuando los protestantes aceptaron el desafío militar que les lanzaron los católicos cortaron, ya para siempre, su propio proceso expansivo. El protestantismo no dejó de extenderse por Europa hasta que la guerra, asociada a su propio discurso religioso, se generalizó por toda la geografía de nuestra ecúmene. Cuando los cañones se ponen a hablar, acaban con los debates ideológicos y deslegitiman a sus portavoces. Las distintas propuestas “heréticas” medievales no eran más que la rebelión de la sociedad civil contra el viejo orden feudal europeo que se va abriendo paso lentamente, de manera confusa, probando diversas alternativas. Por fin, los luteranos terminan alcanzando el suficiente apoyo social, político y militar como para poder resistir la acción represiva del universo católico bajomedieval. El mundo que surge alrededor de las ciudades planta cara, de manera cada vez más consistente, al que se apoya en el mundo rural y sus viejas relaciones de poder.

Mientras el orden social que descansaba sobre la alianza de los dos poderes universales se caía a pedazos, España emergía como la gran potencia europea del momento y sus ejércitos, que no habían dejado de fortalecerse y de crecer durante ochocientos años, eran la expresión de un modelo social triunfante, como también lo era la monarquía francesa, que llevaba siglos extendiendo su autoridad política desde el núcleo parisino originario hacia su periferia anglo-normanda y borgoñona e, igualmente, el protestantismo que, desde Alemania, se expandía subvirtiendo el discurso tradicional del Occidente Cristiano medieval y colocando al personalismo burgués en el epicentro de todos los debates de orden teológico que estaba protagonizando. Los burgueses de las ciudades ya no estaban dispuestos a soportar la tutela de los teólogos medievales y reivindican la lectura de la Biblia (la fuente última de la legitimidad religiosa) en la lengua vernácula, para poder ser interpretada en la soledad del hogar y discutida después en el templo, convertido así en la asamblea de los fieles. De esta forma la relación entre el creyente y Dios se establece de manera directa y sin intermediarios.

El modelo global se está poniendo en cuestión a diversos niveles y de diferentes maneras. En España lo que se cuestiona es la geopolítica europea. Nuestro país emerge, unido, como un bloque compacto que se expande por el mundo y que, al hacerlo, trastoca todas las relaciones de poder que se dan a su alrededor.

En Francia lo que se fortalece es el poder del monarca, apoyándose en los sectores de la población más dinámicos de entre los que le son leales. La expansión militar del estado francés encuentra resistencias muy duras en sus fronteras debido a las altas densidades de población que se dan en su área geográfica, que están entre las mayores de Europa.

En Alemania quien se fortalece es la burguesía de las ciudades, lo que provoca, al contrario que en Francia, un debilitamiento de la obsoleta estructura política del Sacro Imperio, muy vinculada con los modelos feudales, que resultan ya claramente anacrónicos a la altura del siglo XVI.

En Italia, el personalismo burgués se manifiesta, sobre todo, en el arte, a través de las diferentes expresiones estéticas antropocéntricas y neopaganas que tienen lugar durante el Renacimiento. El debate ideológico aquí queda contenido por la proximidad del papado, la creciente tutela de las fuerzas españolas sobre los principados y repúblicas independientes del centro y del norte y por el avance inexorable de los turcos por los Balcanes y por el Mediterráneo.

Los debates ideológicos, durante el siglo XVI, se manifiestan en términos religiosos y se visualizan a través del enfrentamiento dialéctico entre católicos y protestantes. Pero conforme pasan los años y estos últimos avanzan, se subdividen y toman posiciones en el ámbito político, los choques armados que utilizan a la religión como pretexto, van subiendo de nivel hasta su culminación en la Guerra de los Treinta Años, que constituye el primer ensayo de las guerras mundiales que veremos en el siglo XX.

Si vemos la Guerra de los Treinta Años como un conflicto religioso entre católicos y protestantes, su resultado acabó en tablas, pues lo que hizo fue consolidar la frontera ente ambas confesiones muy cerca de los límites que tenían cuando empezó. Y a partir de 1648 esos límites se congelaron hasta... ¡la segunda mitad del siglo XX!

¿En nuestro artículo “La sublimación del monoteísmo” dijimos:

Y puesto que se había producido una profunda división religiosa en su seno mientras se construía un nuevo edificio (una laxa confederación de estados que funcionaba como tal en todos los niveles, excepto en el político) había que construir un nuevo discurso metafísico que diera cuerpo a todo aquello. Normalmente esa función es desempeñada por la religión, pero las viejas religiones europeas se habían quedado bloqueadas y eran incapaces de dar una respuesta coherente a las exigencias de aquella sociedad fuertemente expansiva. La gran conmoción provocada por la guerra había desacreditado a los clérigos, a sus aliados y a sus discursos. Había, por tanto, que empezar a construir un nuevo entramado de explicaciones que redefinieran la posición del hombre en medio de la naturaleza.”[1]
Dijimos que, vista en términos religiosos, la guerra acabó en tablas ¿no? Pero uno de los principios fundamentales que venimos sosteniendo desde que empezamos a desarrollar nuestra serie histórica en este blog es que “los procesos históricos nunca se detienen. O se avanza o se retrocede”. Ergo si ninguno de los dos bandos avanzó desde entonces es que... ¡los dos estaban retrocediendo!... frente a un tercero, que acababa de aparecer.

¿Recuerda la ley de la doble negación? Primero surge la tesis (en este caso el catolicismo), en segundo lugar su antítesis (el protestantismo) y, finalmente, la síntesis... el cientifismo.

En realidad el cientifismo no es la síntesis sino la superación de ese enfrentamiento, es algo así como un salto energético, una subida de nivel provocada por la decepción de los humanos cuando contemplaron los desastres de la guerra que habían provocado los que habían estado luchando en nombre de Dios.

Si tanto los protestantes como los católicos lucharon en nombre de Dios y empataron (después de haber provocado, de manera directa -en combate- o indirecta -hambrunas, epidemias, etc.-, millones de muertos) es que, en realidad, Dios no estaba con ninguno de los dos ¿verdad?

Entonces ¿Con quién estaba ese Dios tan poco comunicativo? Pues, parece ser, que con los que se dedicaron a pensar por su cuenta, a juzgar por la evolución ulterior de los acontecimientos.

Y entonces... alguien dijo: “Pienso, luego existo”. A partir de esa consideración básica, enunciada por Descartes, arranca un proceso de replanteamiento global de todos nuestros conocimientos. Nada es incuestionable. Todo puede y debe ser analizado, desmenuzado, comprobado. Y sólo podremos decir que algo es verdad cuando haya sido totalmente verificado, en todas y cada una de sus diferentes facetas. Y si después de esto alguien descubriera que habíamos pasado por alto algún pequeño detalle, se impone una nueva revisión exhaustiva, de tal forma que el nuevo corpus de conocimientos que vayamos construyendo sea absolutamente seguro e irrebatible. Es el método científico, que va permitiendo al hombre avanzar con paso “lento” pero seguro.
¿“Lento” dijimos? En realidad la adopción de ese método exhaustivo de comprobaciones dio lugar al más poderoso proceso de descubrimientos científicos y de transformaciones tecnológicas que la humanidad jamás había conocido. Esos descubrimientos y transformaciones provocaron cambios muy profundos en la forma de vida de los pueblos de la ecúmene europea, replanteando por completo el modelo social, el político y, como consecuencia, el discurso ideológico que los justifica. Pero los filósofos no se detendrán ahí, sino que, acompañando a las grandes transformaciones sociales que se van produciendo, fabrican nuevos discursos a cada paso para adaptarse a ellas.”[2]


René Descartes

Una religión es un conjunto de creencias y de explicaciones de la realidad que nos envuelve, sistematizadas por un grupo organizado de personas -los sacerdotes- que buscan transmitir al resto de la sociedad un modelo de comportamiento moral o ético que haga posible la convivencia entre los hombres y que sea congruente con la estructura social, política y económica realmente existente en un momento histórico y en un espacio geográfico determinados. Siempre hay congruencia (aunque no necesariamente sincronía) entre religión y sociedad. Ambas son hijas del mismo proceso histórico, aunque la primera tenga un “tempo” de desarrollo más lento que la segunda, lo que no deja de operar como una fuente de conflictos.

Enunciada de esta manera, nos puede parecer relativamente fácil clasificar así a los sistemas de creencias que, históricamente, se han presentado como tales, entre los cuales se encuentran el catolicismo y el protestantismo. A priori, a nadie se le ocurre llamar religión al “cientifismo”. Y sin embargo se ajusta, punto por punto, a la misma definición.

El “cientifismo” no es la ciencia. Es un sistema de explicaciones de la realidad social que dice apoyarse en los descubrimientos científicos aunque, en realidad, va más allá. Un conjunto de filósofos, ensayistas e ideólogos diversos, con un nivel de conocimientos científicos superiores a la media, ante el descrédito en el que habían caído los sacerdotes de las religiones oficiales, conscientes de que cualquier edificio social mínimamente consistente necesita un código ético sobre el que sustentarse y un sistema de explicaciones que le dé sentido, elaboran un discurso que cubre el vacío que dejaron los teólogos al retirarse, pretendiendo así llenar ese hueco, algo que consiguen sólo de manera parcial, porque aquellos partían de una visión totalizadora del mundo desde la que iban bajando hasta la realidad más inmediata, presentando así un discurso global con bastante coherencia interna. El “cientifismo”, por el contrario, parte de los hechos comprobados y se va elevando hacia arriba, dejando por el camino muchos huecos sin cubrir. Esos vacíos generan inseguridad, en especial entre los sectores menos dinámicos de la sociedad. A su relato le falta ese carácter totalizador del discurso monoteísta. Como consecuencia, los vacíos se cubren con suposiciones que, en su caso, son más fáciles de detectar que en el discurso de sus adversarios porque ellos pretenden basar el mismo en los hechos comprobados y no siempre es posible hacerlo.

El choque fundamental surge cuando se niega la trascendencia vital del ser humano. La negación de la existencia del alma y del resto de entidades de orden espiritual que han formado parte siempre del sistema de creencias de todas las religiones -no sólo de las monoteístas- es algo que violenta íntimamente a todo creyente, robándole el sistema de compensaciones ultraterrenales que estas poseen para poder hacer justicia en el más allá. La negación de la existencia de una vida espiritual más allá de la terrenal deja al fiel sin justicia y sin futuro. Al hacerlo, lo que el cientifista pretende es forzar esa lucha en el más acá, es decir, que la justicia y el futuro deben ser terrenales, son nuestra responsabilidad y no la de ningún ente metafísico.

Cuando se niega la existencia de una vida ultraterrena se argumenta que ésta no ha sido demostrada y que, por tanto, es una ilusión creada por nuestra mente precisamente como mecanismo de compensación psicológico para poder aceptar así nuestra dura realidad presente, induciendo un comportamiento conservador en él. Si se neutraliza dicho mecanismo se introduce un estímulo adicional para forzar el cambio social y tecnológico, así como la investigación científica. Es un argumento que resulta perfectamente válido para los que forman parte de la vanguardia, pero desarma a los que vienen por detrás, provocando una reacción involutiva.

Los cientifistas sostienen un duelo dialéctico con los defensores de las viejas religiones monoteístas en el que sólo se explicitan algunos de los términos del debate. Lo que está sobre la mesa es, tan solo, la punta del iceberg, en la parte sumergida del mismo hay un consenso implícito. Por eso hace tiempo que dije que “el cientifismo es la sublimación del monoteísmo”

A lo largo de la Historia el hombre ha ido avanzando desde el animismo hacia el politeísmo, desde éste hacia el monoteísmo, y desde él hasta el cientifismo. Su proceso mental es hacia la simplificación de los principios rectores de la naturaleza que lo envuelve. Es un camino hacia la abstracción.
Al principio fueron las fuerzas de la naturaleza. Después los dioses con apariencia humana. Más adelante el Dios único y omnipotente, que fue perdiendo su rostro poco a poco. Musulmanes y judíos prohibieron representarlo, algo parecido sucedió con algunos grupos protestantes. Algunos le llaman “El Innombrable”. El “Innombrable”, el no representable, dio, algún tiempo después, un paso más y dejó de ser Dios, para convertirse en Impulso Primigenio, principios rectores de la naturaleza, leyes que rigen el Universo… Entre el Dios de los monoteístas y el Impulso Primigenio podemos situar al “Dios de los relojeros”, ese ser cuya misión consiste en mantener la máquina del Universo en movimiento, pero que es absolutamente ajeno a los sufrimientos humanos.
La Humanidad continuó avanzando en su proceso de abstracción. En realidad lo que ha hecho es ocultar toda posible referencia al “Innombrable”, ha sublimado el monoteísmo, lo está haciendo desaparecer del campo de visión, siguiendo la doctrina de nuevos sacerdotes que no ofician en las iglesias sino en algunas aulas universitarias y los medios de “comunicación” de masas.[3]
A partir del siglo XVII se sistematiza el método de investigación científica y se desarrolla el discurso cientifista que pretende superar al religioso tradicional tachándolo de irracional. Pero toda sociedad necesita una superestructura ideológica desde la cual fluya el sistema de explicaciones que le diga al ciudadano de a pie quienes somos, qué estamos haciendo aquí, cual es nuestra relación con el medio y nuestra misión en él.

Dicho sistema, aunque tome prestado de la ciencia buena parte de su argumentario, lo que en realidad busca es la aceptación, por parte del “creyente” (aunque en este caso se niegue que lo es) de la estructura social vigente, que se presenta ahora como liberadora gracias a las transformaciones que han tenido lugar debido a las revoluciones científica, industrial y política.

Esta estructura social forma parte de un proceso evolutivo cuyas base materiales hemos ido viendo en los artículos anteriores y que recoge buena parte de los conceptos que se han venido usando en los estadios evolutivos anteriores, aunque ahora se disfracen con una nueva terminología:

“Los europeos, que estaban redescubriendo en los siglos XVI y XVII el Antiguo Testamento –la religión del “Pueblo Elegido”-, aunque rompen ese marco –porque se les queda pequeño- algún tiempo después, gracias a los filósofos, a los científicos y a los técnicos, se mantienen en esa senda, porque los nuevos descubrimientos no hacen otra cosa que visualizar esa “superioridad”. El pacto de Dios con Abraham es sepultado por nuevas capas “geológicas” que se superponen por encima pero que lo usan como roca desde la que edifican los cimientos de los nuevos edificios que están construyendo.[4]
El discurso del “pueblo elegido”, que había sido recuperado y redefinido por los protestantes a lo largo de los siglos XVI y XVII –especialmente por los calvinistas- se va convirtiendo en una narrativa racista a secas, que se plasma socialmente en las colonias a través del esclavismo, de las estructuras de castas en la India, del apartheid en Sudáfrica... pasa sin problemas hacia el cientifismo e, incluso, el ateísmo, usando a los genes como sustitutos del pacto entre Dios y Abraham. Yo puedo justificar la injusticia apoyándome en la Biblia o en la ciencia, pero está claro, en ambos casos, que es un discurso ¡ideológico!, aunque use a la ciencia para defenderlo.

En el siglo XX hemos visto desarrollarse en los Estados Unidos de Norteamérica la teoría del “Destino Manifiesto”, que es la versión 2.0 del discurso del “pueblo elegido”. También los nazis estructuraron otro que bebe en las mismas fuentes remotas. Vemos, por tanto, como el cientifismo opera como una religión vergonzante (en tanto que niega que lo sea) pero, como aquellas, construye un sistema de explicaciones que intenta situar al nuevo creyente en el nuevo contexto histórico que ha ido desarrollándose e inducir en él un comportamiento ético que sea congruente con el orden social realmente existente. Un orden social que, por cierto, cada vez es más oligárquico, es decir, que cada vez se parece más a aquella sociedad en la que surgió el auténtico monoteísmo y que analizamos en nuestro artículo “La religión del Imperio”.[5]