jueves, 14 de noviembre de 2013

El nacionalismo norteamericano



Las grandes naciones europeas han ido construyendo su identidad en dura lucha contra sus enemigos exteriores. Los franceses tuvieron que batirse durante siglos contra ingleses, borgoñones, españoles, alemanes... Holanda se forja luchando contra España. Inglaterra se afirma como nación enfrentándose a franceses y españoles. Alemania, tal y como ya dijimos en otro de nuestros artículos, es la respuesta germana frente a la invasión de los ejércitos napoleónicos; la agresión francesa opera allí como el catalizador de la respuesta “nacional” alemana. La nación europea, por tanto, surge abriéndose paso en medio de una selva de competidores que forcejean para hacerse un lugar bajo el sol. La identidad se afirma frente a los otros. El enemigo está fuera, al otro lado de la frontera.

El fenómeno nacionalista es uno de los elementos característicos de la europeidad contemporánea y lo podemos considerar un “invento” europeo. Ya hablamos en su día de las cinco naciones-estado primigenias del occidente europeo surgidas en los albores de la modernidad, en pleno Renacimiento.

Pero a partir de la revolución americana (1776) vemos aparecer de manera paulatina una serie de nuevos estados al otro lado del mar que también afirman su identidad, primero frente a sus antiguas potencias coloniales y, más adelante, contra sus propios vecinos con los que disputan diversas áreas fronterizas en litigo.

Las nuevas europas que surgen en ultramar son hijas de la vieja, están habitadas de forma mayoritaria por hombres de raza blanca, descendientes de europeos tanto desde el punto de vista racial como desde el cultural. Viejos europeos por tanto, trasladados al Nuevo Mundo, que proclaman su identidad en unos términos que nos recuerdan bastante a los de los nacionalistas de nuestra ecúmene. Esto nos hace proyectar sobre sus correspondientes procesos de afirmación nacional las categorías mentales que hemos construido para interpretar los nuestros y que, con frecuencia, juzgamos de validez universal. ¿Contra quién vamos a afirmar nuestra identidad si no es contra quienes pueden amenazarla desde el exterior? 

La verdad es que este es un asunto que, francamente, nunca me impidió conciliar el sueño. Para mí parecía evidente que el sentimiento de nación era algo subjetivo, que se desarrolla en medio de un proceso histórico determinado y que es bastante generalizable a cualquier contexto cultural, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo.

Pero un día cayó en mis manos un libro que me hizo replantearme algunos de estos elementos que, a priori, me parecían de aplicación poco menos que universal, al menos dentro del contexto del mundo contemporáneo. Se trata de la obra de SAMUEL HUNTINGTON: ¿Quiénes somos?[1], que pretende ser un alegato a favor de la identidad anglosajona, dentro de los Estados Unidos. El autor se dirige al sector de su población que puede definirse con la sigla WASP (acrónimo en lengua inglesa de las palabras Blanco –White-, Anglo-Sajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-) con la intención de zarandearla, intentando que tome conciencia de la tremenda amenaza que se cierne sobre su cultura, por obra y gracia de los hispanos.

Como español que soy me pareció una lectura interesante, de dónde podría extraer algunas enseñanzas tanto acerca del proceso de crecimiento de la población hispana dentro de los Estados Unidos como de la percepción que del mismo tiene el sector anglosajón de este país. Y conforme fui avanzando a través de sus páginas me pareció descubrir que la identidad anglosajona tiene peligros mucho mayores a los que hacer frente que el que los propios hispanos representan. Es una de esas historias que pretenden convencerte de una cosa y acaban convenciéndote de la contraria. Pero vayamos por partes. Vamos a ir desarrollando las diversas facetas de este asunto.

El libro de Huntington no tiene desperdicio. En el apartado que titula “El triunfo de la Nación y del patriotismo” nos dice:

La Guerra de Secesión, como dijo James Russell Lowell una vez concluida, fue «¡un material muy costoso con el que construir una nación!». Pero sirvió para construirla. La nación nació con la guerra y se materializó plenamente durante las décadas posteriores a la misma. También lo hicieron el nacionalismo y el patriotismo, y la identificación incondicional de los estadounidenses con su país. El patriotismo anterior a la guerra, señalaba Ralph Waldo Emerson, había sido un fenómeno esporádico. Sin embargo, la «muerte de miles de personas y la determinación de millones de hombres y mujeres» durante la guerra mostraron que el patriotismo norteamericano para entonces ya «[era] real». Antes de la guerra, los estadounidenses (y los ciudadanos de otras nacionalidades) se referían a su país en plural: «Los Estados Unidos son...». Tras la guerra, pasaron a utilizar el singular. La Guerra de Secesión, como dijo Woodrow Wilson en su discurso del Memorial Day de 1915, «creó en este país lo que nunca antes había existido: una conciencia nacional». Esa conciencia se manifestó de diversos modos durante las décadas que siguieron al conflicto bélico. «El período de finales del siglo XIX -afirma Lyn Spillman- fue el de mayor innovación en la identidad nacional estadounidense.» «La mayoría de las prácticas, organizaciones y símbolos patrióticos que nos resultan familiares hoy en día se remontan a esa época o fueron institucionalizados por entonces.»”

Antes de la guerra, la secesión había sido una opción posible y no sólo en el Sur; tras 1865 se volvió inconcebible e indigna de mención.” [...]Los cien años que mediaron entre la década de 1860 y la de 1960 fueron, pues, la centuria del nacionalismo estadounidense, el período de la historia de Estados Unidos durante el que la identidad nacional se ha mostrado con mayor fuerza en comparación con las demás identidades y durante el que los estadounidenses de todas las clases, regiones y grupos étnicos compitieron por expresar su nacionalismo y su patriotismo.” [...]La victoria de la Unión en la Guerra de Secesión convirtió a Estados Unidos en una nación; tras aquella victoria, múltiples factores se combinaron para dar preeminencia al nacionalismo.” [...]La bandera, como muchos autores han señalado, se convirtió, esencialmente, en un símbolo religioso, en el equivalente de la cruz para los cristianos. Se la veneraba. Ocupaba el puesto de honor en todas las ceremonias públicas y en otras muchas de carácter privado. Era normal que la gente se pusiera de pie en su presencia, se descubriera la cabeza y, en los momentos que así lo exigían, la saludara. Los escolares de casi todos los estados tenían la obligación de jurarle lealtad a diario.” [...]Para el ciudadano, se trata de un objeto de adoración patriótica, emblemático de todo lo que representa su país: sus instituciones, sus logros, su larga lista de muertes heroicas, la historia de su pasado, la promesa de su futuro.”[2]

Este pensador estadounidense (después he podido comprobar que la tesis de que el nacionalismo norteamericano es una consecuencia de la Guerra de Secesión está muy extendida entre los intelectuales de este país) nos viene a decir que su nación no surge en guerra contra Inglaterra, como pensábamos por aquí, sino en una guerra civil en la que medio país aplasta al otro medio y le impone, por la fuerza, sus valores éticos, su manera de concebir la “Nación Americana”. Esta afirmación no puede dejar de sorprender a este lado del Atlántico y llevarnos a preguntar ¿Estamos llamando “nación” a la misma cosa? Si el país de antes de la Guerra –cuando los enemigos oficiales estaban fuera- no era La Nación, sino que esta surge después, cuando el enemigo está dentro, aniquilado, silenciado ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la “Nación Americana”? ¿No parece más bien que la función que cumple ESTA nación de la que nos hablan es enterrar a la otra, la que todos los americanos –blancos, por supuesto- construyeron juntos? ¿Cómo se le puede imponer la identidad, con las armas, a medio país y presentarla después como colectiva?

Esta interpretación de los hechos, en el supuesto de que refleje con relativa fidelidad el proceso histórico que nos narra, no puede dejar de causarnos inquietud y de hacernos sospechar que la nación y el patriotismo se están usando como coartada, como anestesia colectiva para imponer un modelo social que está lejos de contar con los apoyos sociales que se presume que tienen. ¿Qué sentido tiene hacerle jurar lealtad a la bandera a un escolar a diario? ¿Tan amenazada está la identidad americana? ¿América es la patria, libremente construida, de los ciudadanos americanos o, por el contrario, los americanos son súbditos de la “Nación Americana”? ¿La Nación es el instrumento del Pueblo o es el Pueblo el instrumento de la Nación? Y si Pueblo y Nación no son sinónimos ¿A quién representa de verdad el concepto de Nación en los Estados Unidos de Norteamérica?

Pero más allá de las consideraciones teóricas o de las disquisiciones metafísicas, lo que es constatable históricamente es que la América WASP estuvo creciendo hasta 1861. Desde entonces lo único que creció fue el Imperio Americano. El Estado que supuestamente representa al Pueblo Americano no ha parado de fortalecerse desde entonces hasta la década de los sesenta, como bien señala Hutington, pero la identidad profunda de su pueblo, mientras tanto, no ha dejado de debilitarse. Está claro que las élites dirigentes del país –y en este sentido estamos de acuerdo con él- no representan a la América WASP. No representan a los anglosajones, pero tampoco a hispanos, afroamericanos, indios, asiáticos ni a ninguna otra identidad que forme parte de las clases populares. La élite dirigente sólo se representa a sí misma y lleva ya casi doscientos años acumulando poder y construyendo un estado de marcado carácter oligárquico, aunque Hollywood y el resto de los “medios de comunicación” se empeñen en hacer creer otra cosa.

Presentar una guerra civil cómo el punto de arranque del sentimiento de nación, pese a la sorpresa inicial, dado el aparente contraste con los modelos europeos, no puede dejar de abrir nuevos interrogantes para un lector español, que también puede detectar en su propia historia episodios comparables que han servido también al poder como coartada para sepultar viejas identidades, aunque en este caso la reacción subjetiva del pueblo español haya sido notablemente diferente de la del norteamericano. De rebote, observando las historias de los otros y los argumentos con los que nos la presentan, descubrimos otras facetas de la nuestra que no habíamos calibrado adecuadamente. Y otra pregunta que, igualmente, surge de manera natural a continuación es: ¿En los demás países europeos ha podido suceder algo semejante aunque no nos hayamos percatado? Y descubrimos que, en parte, así ha sido; que en el proceso de construcción de toda nación no sólo nos enfrentamos con enemigos exteriores sino que también lo hacemos con otros que viven dentro de nuestras propias fronteras.

Por tanto vemos como el proceso de la formación de la identidad nacional es algo excluyente y no sólo con los extranjeros, también lo es con muchos de los nuestros. Es un tema apasionante que abordaremos en alguno de nuestros futuros artículos  pero que, de momento, vamos a dejar a un lado para poder seguir con el hilo de nuestra historia.

Lo que está claro es que si nos ponemos a bucear en la historia de cualquier país dentro del cual haya una fuerte identidad nacional terminaremos encontrando represión contra grupos que no compartieron el proyecto, aunque en Europa, que es dónde se ha construido el modelo interpretativo, siempre aparece en primer plano el enemigo exterior mientras que en Estados Unidos, sorprendentemente, ese lugar lo ocupa el interior.

Ahora les invito a recordar uno de mis viejos artículos -Las otras transversalidades- en el que decía lo siguiente:

“El imperio inglés construye una falsa transversalidad. […] Se trata de establecer una sociedad estratificada tanto desde el punto de vista social como desde el racial. […] Este es el modelo en países donde el clima no parece adecuado para organizar un proceso colonizador masivo desde la metrópoli.

Pero en las franjas templadas, tanto del Hemisferio Norte como del Hemisferio Sur, sí se organiza ese proceso colonizador. Estas zonas se convierten así en el punto de destino de los excedentes de población británica, de sus minorías religiosas, disidentes diversos e, incluso, de presidiarios de la metrópoli. Esa franja templada (las trece colonias americanas, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) se estructuran como “nuevas inglaterras”, proyectando sobre ellas, por tanto, un modelo imperial “horizontal”, al viejo estilo de los imperios antiguos.

El modelo global inglés podemos definirlo como: horizontalidad esencial, transversalidad formal. Y denominarlo: “Estructura por capas”. Capas geográficas y capas sociales, perfectamente delimitadas.”[3]

Y refiriéndome igualmente a la colonización inglesa en los territorios norteamericanos hemos dicho más recientemente:

Desde el principio se definen en esa zona dos áreas claramente diferenciadas: al norte las colonias de Nueva Inglaterra y al sur las de Virginia y las carolinas, separadas ambas por la colonia holandesa de Nueva Amsterdam (1625). El perfil de los colonos del norte es muy distinto al de los del sur. En las colonias septentrionales se refugian buena parte de los disidentes religiosos británicos de orientación calvinista, los puritanos, cuyos elementos más arquetípicos serían los “peregrinos” del Mayflower, fundadores de la colonia de Plymouth en 1620.

[…]

Al sur, en cambio, la colonización británica adquiere un aire más aristocrático. Ese proceso está mucho más controlado por la corona, que reparte grandes cantidades de tierras a determinados nobles y serán ellos los que organicen y dirijan el proceso colonizador. Allí también acuden algunos disidentes religiosos, pero en este caso católicos, junto a gran cantidad de anglicanos. En esta zona la presencia blanca se diluye más. Su estructura social se muestra, desde el principio, más jerarquizada que la de Nueva Inglaterra. Posee un clima más cálido, que permite desarrollar cultivos propios de áreas mediterráneas, como puede ser el algodón. Limitan, por el sur, con la Florida española. Pronto empezará a florecer allí el comercio de esclavos y a perfilarse una sociedad de castas que nos recuerda a otras que los ingleses crearán o desarrollarán en otras zonas del mundo más adelante, como las de la India, Sudáfrica, Palestina…”[4]

Es decir, que en nuestro primer artículo definimos el modelo de colonización inglés como “estructura por capas” y en el segundo describimos la existencia de dos de ellas, claramente diferenciadas, dentro de las trece colonias originarias de Norteamérica. Estas, una vez alcanzada la independencia, se extienden hacia el oeste, siguiendo cada una su franja climática, tal y como se espera en un proceso expansivo de perfil antiguo. Se expanden muy rápidamente ante la ausencia de adversarios que merezcan tal nombre, integradas ambas, no obstante, dentro de la misma estructura política, lo que no podía dejar de agudizar las contradicciones que existían entre los dos modelos, cada uno de los cuales necesitaba una estructura diferente para poderse desplegar adecuadamente.

La lógica interna del modelo conducía hacia la segregación o hacia la guerra civil. La guerra tuvo lugar, como sabemos, entre 1861 y 1865 y abortó el proyecto secesionista de los “Caballeros del Sur” a un alto coste en términos de vidas humanas, pero también en términos culturales, abriéndose un período de represión de todas las manifestaciones de los aspectos de las sociedades sureñas que pudieran poner en peligro la identidad de la nueva estructura imperial que acababa de nacer. Los Estados Unidos son un imperio no porque sean un inmenso país sino porque su identidad ha sido impuesta a una parte significativa de su propia población. Ha sido impuesta por las armas y a partir de ese momento entró en un proceso histórico de huida hacia adelante que necesita seguir imponiendo su proyecto hegemonista a nuevos pueblos para mantener vivo el modelo. En términos históricos o se avanza o se retrocede. No es posible congelar una estructura social o un universo cultural.

La huida hacia adelante del Imperio Americano comenzó con la Guerra de Secesión. Desde entonces y, como bien dice Hutington, hasta la década de los sesenta del pasado siglo XX, no ha hecho más que fortalecerse. Pero, mientras tanto, la América blanca, anglosajona y protestante no ha dejado de perder empuje vital y sus colonos no han sido capaces de proseguir el imparable avance que habían estado protagonizando hasta el estallido del citado conflicto.

Es cierto que en Estados Unidos ha existido desde entonces un fuerte espíritu “patriótico” cuasi religioso que, como la religión oficial, ha sido alimentado incansablemente por “predicadores” diversos, que necesitan sostenerlo porque de él depende en buena parte el mantenimiento de su rol de primera potencia mundial. Pero también lo es que, en paralelo con él, la sociedad norteamericana ha sostenido una gran cantidad de “anticuerpos” con los que contrarrestar parcialmente ese apabullante espíritu patriótico.

Sobre este asunto ya estuve hablando hace un par de años. Le recordaré algunos de los argumentos que usé entonces:

[Algo] “está pasando en la gran potencia planetaria. Su nivel de anticuerpos es anormalmente alto y eso, desde luego, es muy mala señal. Nos está avisando de que la infección es muy seria.

Descendamos a los hechos y vayamos, primero, a los más generales: Lo primero que nos llama la atención es la extraordinaria agresividad de la sociedad americana, que se refleja, con meridiana claridad en algunos parámetros que pasamos a enumerar:

1) Estados Unidos es el país con mayor número de presos, por cada cien mil habitantes del mundo con 756 (le siguen Rusia, con 629, Ruanda con 604, St. Kitts & Nevis con 588 y Cuba, con 531). Para comparar digamos que ese índice en Alemania, por ejemplo, está en 89, en Japón en 63, en México en 207 y en Colombia en 149. España, con 146 es el país con la tasa más alta de la Unión Europea.

2) En Estados Unidos hay, en este momento, más de 3.000 personas en el corredor de la muerte. Desde 1976 (fecha en la que se reinstauró la pena de muerte) han sido ejecutadas más de 400. Sin comentarios.

3) Se calcula que hay 283 millones de armas en manos de particulares, en los Estados Unidos. Se pueden comprar libremente en las armerías sin necesidad de presentar ningún permiso. Cada año se venden 4,5 millones de armas nuevas y 2 millones de segunda mano. Cada año mueren, como consecuencia de algún disparo, una media de 9.484 personas y son heridas 97.820, es decir, una media de 268 al día. Hay un principio ¡constitucional! (nada menos) que ampara el derecho de cada ciudadano a poseerlas.

4) Los valores que se transmiten a través de los medios. Basta sentarse un rato delante de la televisión para ver lo que Hollywood está destilando. No es necesario “cruzar el charco”, sólo necesitamos mirar los telefilmes y las series que nos llegan desde allí y se cuelan en nuestra casa, cada día a través de la caja tonta. Si yo afirmara que buena parte de este material constituye una verdadera escuela de violencia no creo que esté diciendo ninguna barbaridad. Lo que pasa es que estamos ya tan acostumbrados que no le damos la menor importancia.”[5]

¿Recuerda cuándo -hablando de España- dije?

Cuando una sociedad se polariza y los enfrentamientos, dentro de ella, van subiendo de tono. Cuando, además, el grado de violencia que podía llegar a darse entre los dos adversarios fundamentales no podía superar un determinado umbral –ya que ponía en peligro la seguridad de todos- la adrenalina había que descargarla sobre terceras partes cuyo debilitamiento estructural no incrementara el riesgo colectivo. Así se fueron convirtiendo, de manera paulatina, las diferentes minorías étnicas en las víctimas propiciatorias. La posición de los judíos, mudéjares, moriscos, cristianos nuevos, etc. se fue deteriorando y terminaron convirtiéndose en los pararrayos de todas las iras colectivas. La situación de los individuos pertenecientes a estos grupos humanos nos puede servir de termómetro para medir el grado de enquistamiento de los odios de clase en el seno de la sociedad general. Si nos fijamos sólo en esta faceta de las sociedades peninsulares podemos observar como el deterioro del tejido social fue en aumento hasta mediados del siglo XVII. Desde entonces empezó lentamente a remitir.”[6]

¿Y qué ocurrió a mediados del siglo XVII? Pues nada menos que la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que significó el comienzo del fin del Imperio Español. El conflicto supremo en el que Francia desplazó a España como primera potencia mundial. Recordemos que, visto desde el lado español, el punto de inflexión se alcanzó en 1640, cuando se sublevan contra la corona Cataluña y Portugal. A partir de entonces la prioridad número uno del rey de España dejó de ser aplastar a los protestantes alemanes y sus aliados del resto del mundo (con los franceses a la cabeza) para dedicarse a buscar una salida digna para ese conflicto interminable que impidiera que el Imperio Español  saltara por los aires. Desde ese momento empezó a aflojarse la presión sobre los disidentes interiores y empezó a buscarse desde la cúspide del poder disminuir como fuera el número de enemigos que la España oficial tenía, porque éste había alcanzado una masa crítica tan grande que había cruzado todas las líneas rojas.

Creo que los parecidos estructurales entre la España del siglo XVII y los actuales Estados Unidos son evidentes, que el paulatino relevo en el liderazgo planetario es cada vez más nítido y que, en ambos casos, obedece a las mismas razones: una superioridad demográfica evidente por parte de la potencia emergente y un agotamiento del modelo de dominación en el caso de la potencia en declive.

Pero ahí terminan los parecidos entre los dos procesos. La sublevación de los catalanes se produce siglo y medio después de que los reinos de Castilla y de Aragón se unieran de manera libre y pacífica. Estos activaron, con esa decisión, todas las alarmas para comunicarle a los que hasta ese momento habían sido sus compatriotas que el pacto constitutivo implícito que creó el estado español se estaba incumpliendo por parte del poder central y que, en consecuencia, se sentían en la libertad de romperlo. Y lo mismo ocurrió en el caso portugués, sólo que esta unión tenía nada más que sesenta años. Los dos territorios habían mantenido hasta entonces operativas sus instituciones y vivos sus símbolos y sus marcadores de etnicidad.

En el caso norteamericano, en cambio, nos encontramos igualmente con otro siglo y medio, pero de represión cultural que pretende sepultar la posible conciencia nacionalista alternativa de los que fueron derrotados en el campo de batalla. En el primero hay una unión libre y, además, no mediatizada por el enemigo exterior (que acababa de ser derrotado por la alianza de los dos estados fundadores. Éste había ayudado a crear la conciencia de la necesidad de la unidad que, paradójicamente, se concretó después de que hubiera sido expulsado de la Península, un caso que resulta poco común). En el segundo un sometimiento militar y cultural que cerró la fase histórica de los procesos colonizadores masivos del Far West.

Desde la Guerra de Secesión hemos ido viendo como el estado ha ido reemplazando a la sociedad. Por eso los norteamericanos se muestran mucho más hostiles que los europeos a la intervención del estado en su vida privada y defienden su derecho a la autodefensa de una manera que causa estupor a este lado del Atlántico.

Desde la llegada al poder de Reagan (1981) no hay un político, en Estados Unidos, que no se haya presentado a las elecciones prometiendo que bajaría los impuestos. Hasta el punto de que da la impresión de que el norteamericano medio piensa que es posible estar bajando impuestos eternamente; lo que equivale a pensar que una familia pueda sobrevivir bajando su nivel de ingresos cada año.[7]

Si una familia no puede seguir adelante reduciendo sus ingresos cada año, un estado tampoco puede sobrevivir bajando los impuestos cada cuatro o desplazando la carga impositiva desde los más ricos hasta los más pobres. Hace ya bastante tiempo que nos dicen las encuestas que ese mismo norteamericano medio está convencido de que sus hijos vivirán peor que él. Es decir, que la población es consciente de que viven en un proceso histórico involutivo, como el Imperio Romano durante sus últimos 300 años. Los norteamericanos saben que no tienen futuro como país, por eso quieren reservarse el derecho a la autodefensa cuando se produzca la quiebra del estado. Quieren tener un arma en su casa por lo que pueda pasar. Los consensos sociales se están rompiendo y los mensajes que nos insisten en la feroz competitividad individual en la que están embarcados (y que exportan hacia el resto del mundo) –darwinismo social cada vez más extremo- los podemos traducir como “¡sálvese quien pueda!”. La historia nos enseña que ese camino conduce hacia un modelo social neoseñorial que, si persiste en el tiempo, puede convertirse incluso en neofeudal.






[1] HUNTINGTON, SAMUEL P. 2004. ¿Quiénes somos? Barcelona. Paidós.

[2] Ibíd.

[3] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html

[4] “Los Estados Unidos de Norteamérica”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/06/los-estados-unidos-de-norteamerica.html

[5] “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html

[6]  “La dualidad esencial de la sociedad española”: http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/la-dualidad-esencial-de-la-sociedad.html

[7]  “El fin del Imperio”: http://polobrazo.blogspot.com/2011_08_01_archive.html

domingo, 27 de octubre de 2013

La frontera oriental




La Frontera Oriental Europea aparece mucho antes de que lo hiciera el reino moscovita. Los colonos germanos que cruzaron el Elba en la Alta Edad Media en dirección hacia el este la van abriendo paulatinamente. Más adelante surgirán Polonia, Lituania y el reino de los teutones, que serán los estados que marquen los límites orientales del Occidente Cristiano durante siglos. Pero la poderosa irrupción del Imperio Ruso en las estepas orientales a lo largo de la Edad Moderna alteró radicalmente la correlación de fuerzas existentes en la zona y también las reglas del juego. Los eslavos de religión cristiana ortodoxa no pertenecen al conglomerado de pueblos que formaron parte de la tensión dialéctica que surge alrededor de los dos poderes universales. Rusia abre en el Este una nueva dinámica histórica que tiene sus propias reglas de juego, diferentes de las occidentales. Su lógica interna es imperial, concebida en el sentido más clásico y primigenio. El poder político-militar aquí es omnipotente y condiciona a todas las demás facetas de la vida. La burguesía es muy débil y la Iglesia está mucho más subordinada al poder de lo que está en Europa Occidental. El individuo, en las vastas estepas orientales, se siente inerme en medio de la inmensidad. Sólo el grupo puede ofrecer ciertas seguridades y, como contrapartida, impone su ley. Al final quien lidera el grupo termina acaparando casi todo el poder.

Desde el siglo XV el reino moscovita se había ido transformando paulatinamente en el gran Imperio Ruso. En el siglo XVII se había constituido en una gran potencia que impondrá su ley en las estepas orientales europeas y a lo largo del XVIII y XIX extenderá también su influencia por toda el Asia Septentrional. Los rusos se convertirán en el grupo étnico que termine encuadrando a todos los pueblos que habitan esos inmensos territorios, de dimensiones continentales. Sin embargo, desde un punto de vista europeo, son un pueblo exterior o, al menos, periférico. Su formación política no se ajusta a la definición de imperio continental, al estilo del francés o del alemán. Es un imperio de frontera. Comparte función estructural con el austriaco y el español que, juntos, constituyen el Cordón Sanitario que históricamente ha protegido a la ecúmene europea de las incursiones de los pueblos del mundo exterior. La estructura social y política de éste es muy diferente de la del resto de estados europeos contemporáneos suyos. Su influencia sobre los grandes conflictos que tienen lugar en Europa es prácticamente nula antes del siglo XVIII. Es a partir de esta centuria cuando su presencia se hace notar en sus límites orientales –sobre Prusia, Austria y Polonia- y cuando las corrientes intelectuales europeas comienzan a penetrar en su inmenso territorio. A finales de ese siglo Francia e Inglaterra comienzan a considerar a Rusia como un contrapeso político, por el este, que les puede ayudar a controlar la expansión de los prusianos, austriacos y turcos.

Este imperio no forma parte del despliegue europeo, aunque su evangelización y su proximidad geográfica la terminen conectando con él. Su particular evolución es independiente, en sus orígenes, de la que protagonizan sus vecinos más occidentales. Pero como ambos procesos históricos son claramente expansivos estaban condenados a encontrarse. Y el encuentro se produce a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Desde entonces cada generación ha ido reajustando paulatinamente la relación entre ambos mundos, que no ha parado de evolucionar desde el punto de vista estructural. 

Rusia fue invadida por las tropas napoleónicas. Allí tuvieron ocasión de comprobar los ejércitos franceses que no estaban ante un país europeo más, sino en un inmenso espacio fronterizo donde regían leyes y costumbres diferentes a las que se aplicaban en el resto de la ecúmene. A lo largo del siglo XIX su creciente poder imperial se va haciendo cada vez más visible, y en la mente de los europeos la palabra “Rusia” se asocia con reacción política, siervos de la gleba, visión del mundo profundamente conservadora y atávica...

Europa y Rusia son dos mundos en expansión que terminan colisionando. El peso del “encontronazo” lo soportarán los pueblos que -antes de ese momento- formaban la Frontera Oriental (polacos, prusianos, lituanos...). El estado ruso era muy poderoso, pero su estructura menos compleja que la de sus vecinos del oeste. Le fue relativamente fácil someter a los reinos orientales, pero mucho más complicado digerir a pueblos que estaban bastante más evolucionados que los que habitaban las estepas.

A finales del XIX prenden en este país los grandes movimientos revolucionarios que la clase obrera había ido desarrollando en Europa. Pero las peculiares características de estos territorios les hacen alcanzar un mayor radicalismo. En 1905 intentaron, por primera vez, asaltar el poder, pero el gobierno zarista ahogó en sangre la revuelta y reforzó, aún más, los aparatos represivos del estado.

El estallido de la Primera Guerra Mundial creó las condiciones idóneas, por fin, para que la revolución tuviera lugar, lo que ocurrió en 1917. El mes de octubre de este año –el Octubre Rojo- marcó -como el julio del 1789 francés- el comienzo de una nueva era, la del Poder Soviético. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) irrumpe en ese momento en la historia.

El proceso que se abre a partir de la satelización de toda la Europa Oriental, después de la Segunda Guerra Mundial, terminó abarcando mucho más de lo que era capaz de controlar y se derrumbó debido a su incapacidad para estructurar adecuadamente a un grupo de pueblos tan heterogéneo en un contexto político extraordinariamente complejo y competitivo como el de la segunda mitad del siglo XX.

El poder revolucionario soviético, como el francés siglo y medio antes, transformó de manera radical la correlación de fuerzas existentes a escala planetaria. La Segunda Guerra Mundial convirtió a la Unión Soviética en la segunda potencia mundial, extendiendo su área de influencia política por toda la Europa Oriental, Asia Septentrional y Oriental y países dispersos y diversos del resto de Asia, América y África.

Entre 1945 y 1991 se desarrolló a nivel mundial un sistema de relaciones políticas conocido como “Guerra Fría”, que dividió al mundo en dos zonas enfrentadas: El Este, liderado por la Unión Soviética y el Oeste, que lo estaba por los Estados Unidos de Norteamérica.

En 1985 llegó al poder Mijail Gorvachov, que trazó las líneas estratégicas para poder democratizar la estructura política de todo el bloque de países que constituían el COMECON (alianza económica comparable a la Unión Europea) y el Pacto de Varsovia (alianza militar equivalente a la OTAN). Pero la estructura imperial que caracterizó a este bloque de países se reveló como poco compatible con los procesos de democratización política. Desde 1989 empiezan a producirse movimientos revolucionarios que van desvinculando, uno tras otro, a los distintos estados satélites que se hallan bajo la égida soviética y en 1991 se produce la desintegración política de la propia URSS, que ve como sus quince repúblicas constitutivas se transforman en estados independientes, el más importante de los cuales es Rusia, que alberga al sesenta por ciento de la población de la antigua Unión Soviética y es considerado como el heredero político de aquella.

La nueva Rusia que nace en 1991 sigue, no obstante, lastrada por la vieja estructura imperial del estado zarista que heredó el poder soviético y que, a través suyo, ha llegado hasta nuestros días. Si bien los ciudadanos étnicamente rusos son mayoritarios dentro de este inmenso país, coexisten dentro de él con varios millones de individuos que pertenecen a otros grupos que, en su momento, formaron parte de la estructura del estado ruso-soviético. Sus ciudadanos se encuentran repartidos por un inmenso territorio de 17 millones de kilómetros cuadrados, muy diverso y disperso desde el punto de vista geográfico y sometido a presiones, tanto económicas como políticas, muy heterogéneas que no ayudan precisamente a mantener su cohesión étnica. El propio autoritarismo político que sigue caracterizando al régimen surgido en 1991, pese a la existencia de una democracia formal, tampoco ayuda a integrar tanta heterogeneidad dentro del sistema. 

La etnia rusa constituyó el núcleo duro del Imperio, aunque los ucranianos y bielorrusos se integraron dentro de él, en el pasado, como aliados estratégicos. Ese núcleo de poder impuso su ley a varias decenas de pueblos diferentes que habitan las grandes llanuras de la Europa Oriental y todo el norte de Asia, integrando dentro de su estructura  a pueblos que habitan un territorio que se extiende desde las regiones polares hasta la meseta Iraní y desde el Océano Pacífico hasta el Mar Báltico. El Imperio Ruso ha desempeñado el papel de importante difusor cultural dentro de esta zona, ha bombeado recursos hacia el oeste y cultura y organización política hacia el Este, sus colonos se fueron adentrando por todo ese inmenso espacio hasta el puerto de Vladivostok en el Océano Pacífico, constituyéndose en la avanzadilla de la civilización europea en los vastos espacios siberianos. 

Desde el punto de vista estructural la sociedad rusa evoluciona a mayor velocidad que sus vecinos europeos, lo que la convierte en un factor de inestabilidad estratégica que no ha dejado de tener consecuencias políticas desde el siglo XVIII y que seguirá haciéndolo todavía durante bastante tiempo. Ya dije más arriba que la relación entre Rusia y el resto de Europa se viene reajustando en todas y cada una de las generaciones que han vivido en ambos espacios culturales desde entonces.

El mundo de la Guerra Fría era un gran edificio que se sustentaba sobre dos columnas: al oeste los Estados Unidos y al este la Unión Soviética. Los norteamericanos, profundizando en su proyecto hegemonista, terminaron rompiendo una estructura de dominación planetaria que ellos, en solitario, no podían controlar. La desintegración de la URSS en 1991 pudo ser vista como una victoria estratégica por los halcones yanquis, debido a su extraordinaria miopía política. Todos los vacíos se terminan cubriendo, en política especialmente. El debilitamiento soviético ha dado alas al expansionismo chino, por el este, y alemán, por el oeste, produciendo nuevos desequilibrios en esas zonas que traerán consigo nuevos reajustes y, con ellos, nuevos conflictos. 

Como consecuencia de la ventaja estratégica obtenida por los norteamericanos a partir de la caída del muro de Berlín (1989) los hemos visto dedicarse, durante el último cuarto de siglo, a protagonizar diversas invasiones en países en los que no se les hubiera ocurrido hacerlo en las décadas de los 80, los 70 o los 60, debido a la amenaza soviética (Irak, Afganistán...). Tampoco hubiera sido imaginable la desintegración yugoslava, de la forma en que se produjo, en el contexto político de la Guerra Fría. El vacío estratégico dejado por el hundimiento del poder soviético ha representado un significativo incremento de los conflictos regionales en el Próximo Oriente y en la Península de los Balcanes. La segunda invasión de Irak (2003) tuvo la virtualidad de poner al descubierto las vergüenzas del imperio norteamericano que, en ausencia del adversario soviético, se ha quedado sin coartada estratégica, y su creciente intervencionismo militar actual se ha revelado como una reedición de la vieja política de la cañonera, practicada en su patio trasero americano durante la primera mitad del siglo XX. En ambos casos las victorias tácticas se han terminado revelando como derrotas estratégicas (ya veremos la evolución de estos conflictos en el ámbito americano) y la ruptura de los equilibrios étnicos milenarios del Próximo Oriente han vuelto visibles las fronteras intangibles que las dinámicas históricas fueron construyendo a lo largo de los siglos en los territorios en los que la civilización arraigó hace miles de años, tal y como venimos describiendo en nuestros artículos desde que empezamos a publicarlos. El desprecio norteamericano hacia los diversos procesos históricos constituye su mayor vulnerabilidad estratégica y, como algunos de los grandes imperios del pasado, la ruptura de los equilibrios internos de los diferentes ecosistemas sociales no ha hecho otra cosa más que desencadenar los mecanismos de compensación que cada uno de ellos posee.

Si comparamos la campaña de legitimación previa a la invasión iraquí de 2003 con el proceso semejante que aún se está desplegando ante nosotros en Siria, percibimos claramente como los anticuerpos sociales para frenar las viejas tácticas del Imperio cada vez son más potentes; como, durante estos diez años, la alianza occidental se ha debilitado, la Rusia post soviética se ha fortalecido y China emerge, en lontananza, moviendo los hilos de la diplomacia internacional cada vez más lejos de sus bases, apoyando a algunos aliados estratégicos que alargan su brazo hasta lugares donde ellos no pueden intervenir directamente. Y la lógica interna de ese despliegue estratégico no hará otra cosa más que mantener las tendencias que hemos descrito durante la próxima generación, por lo menos.

La Rusia post soviética ha comprobado, de manera empírica, que cuando se queda sin un proyecto propio de sociedad y se deja arrastrar por las dinámicas diseñadas por sus adversarios lo que le espera es la desintegración política, sucumbiendo ante la propia heterogeneidad étnica, cultural y geográfica de su vasto país.

Sin embargo, pese a su debilidad demográfica, consecuencia de sus extremas condiciones geográficas, cuando unifica a todos sus elementos constitutivos alrededor de un proyecto colectivo puede proyectarse sobre el exterior con una potencia inusitada. Debemos recordar que el avance de la influencia soviética en Europa y en Asia, a lo largo del siglo XX, fue extraordinariamente facilitado por las propias ambiciones enfrentadas de los imperios europeos y neo europeos. Pese al tradicional intervencionismo ruso en la vieja Polonia, sus ejércitos se abrirían paso por ella, durante la fase final de la Segunda Guerra Mundial, como una fuerza “liberadora”, y lo mismo sucedió por el resto de la Europa Oriental. Así que el poder soviético se extendió -más que por méritos propios- por deméritos ajenos. Es el mismo escenario que estamos viendo repetirse ahora en el Próximo Oriente Asiático. Sin los rusos ¿quién puede poner límites al despotismo norteamericano? No es que Rusia sea un modelo a imitar, es que nos movemos en un mundo dónde las opciones son limitadas y a veces nos vemos obligados a elegir entre lo malo y lo peor.

Estamos en este momento en el límite entre dos épocas diferentes. Agotando los últimos momentos del poder occidental. Sus adversarios aún no están en posición de reemplazarlos (aunque se preparan para ello). Si todos jugaran sus cartas de manera racional deberíamos contemplar cómo el relevo podría ir produciéndose despacio, a lo largo de todo el siglo XXI, de manera paulatina, conforme se fuera reajustando la correlación de fuerzas políticas, militares y económicas. Pero la racionalidad cada vez brilla más por su ausencia y los poderosos del pasado reciente se niegan a extraer las lecciones que se derivan de los procesos históricos en los que estamos inmersos.

El neoliberalismo no es otra cosa que el disfraz que ha adoptado la reacción política en la coyuntura histórica en la que nos ha tocado vivir. Pretenden retroceder hacia el siglo XIX en pleno siglo XXI. Es, obviamente, un error estratégico de primera magnitud. Cuando el que manda pretende retroceder hacia el pasado le está entregando la iniciativa política a los que vienen por detrás y no hace más que precipitar su propio relevo en el liderazgo político.

Desde ese punto de vista, Rusia no será ya la que protagonice ese relevo (que está reservado, como todos sabemos, para los chinos), pero es el ariete que golpea por el este en los frentes de Europa Oriental y del Próximo Oriente. Es el especialista adecuado para atacar por esta zona, el que la conoce bien y el que está recuperando la iniciativa política en la misma. Los déficits democráticos que podemos detectar en la Rusia de Putin, que serían una vulnerabilidad en el contexto político de la Europa de los años 90, en la década de los 10 del siglo XXI se vuelven una ventaja, ya que el autoritarismo político también se está extendiendo por el oeste, y si el modelo hacia el que nos dirigimos es autoritario, es evidente que los rusos juegan con ventaja porque ese escenario es para ellos más natural. Y también se mueven como peces en el agua en medio de los conflictos de tipo étnico, que para ellos son el pan nuestro de cada día.

A los rusos siempre les gustó estudiar la Historia de España (que presenta gran cantidad de parecidos estructurales con la suya). De ella han sabido extraer gran cantidad de lecciones que han sabido aprovechar. Pues bien, el Próximo Oriente cada vez se parece más a la Italia de los tiempos de los Reyes Católicos. Los aragoneses son los rusos de ahora, los castellanos son los chinos y los franceses los norteamericanos. A los antiguos soviéticos, si conservan algo de su proverbial capacidad de análisis, les bastará esperar a que los “fanfarrones” (vieja expresión andaluza que hacía referencia, en realidad, a los soldados franceses) sigan cometiendo errores estratégicos (incrementando así la lista de sus enemigos) para presentarse ellos, finalmente, como los salvadores, tal y como sucedió en Polonia hace casi 70 años.


domingo, 13 de octubre de 2013

La espoleta balcánica



En el sureste de Europa se halla situada la más grande y abierta de las penínsulas de la ecúmene: la de los Balcanes. En esa zona el borde entre los ecosistemas áridos del Próximo Oriente y los húmedos europeos se halla situado más al sur, en la Península de Anatolia, la actual Turquía a la que nos hemos referido ya varias veces[1]. La milenaria ciudad de Constantinopla-Bizancio-Estambul ha constituido históricamente el eje desde donde se han desplegado los dos últimos imperios del Mediterráneo Oriental (el Otomano y el Bizantino). El territorio balcánico ha sido -para los dos- su área de expansión natural por el norte. Ese espacio ha sido el lugar donde han combatido ambas formaciones políticas (también los romanos y, antes que ellos, los macedonios y griegos) con las diferentes oleadas invasoras del norte (germanos, húngaros, eslavos, dorios, aqueos...). Esta península ha sido, como la Itálica y la Ibérica, un inmenso campo de batalla, con la diferencia de que en España y -sobre todo- en Italia, el espacio está mucho mejor acotado y resulta más fácil organizar una sólida línea de defensa. En los Balcanes, en cambio, hemos visto a veces a las oleadas invasoras atravesarlos con facilidad de punta a punta en muy poco tiempo (gálatas, ostrogodos...), perforando todas las líneas defensivas.

Si bien durante las últimas centurias hemos visto a los diversos grupos étnicos de la región buscar de manera obsesiva la consolidación de líneas fronterizas que legitimen a los estados “nacionales” que han ido surgiendo en ella, siguiendo el modelo francés (que ha servido de patrón de referencia en toda Europa a lo largo de los siglos XIX y XX), el cierre de ese proceso histórico está lejos de haberse producido. Aquí el nacionalismo europeo contemporáneo nos ha mostrado su cara más terrible y hemos podido contemplar, en plena década de los 90 del pasado siglo XX, escenas de limpieza étnica que creíamos haber superado ya de manera definitiva y que nos ha vuelto a mostrar cruelmente la recurrencia de los diversos procesos históricos no resueltos que aún siguen vivos allí.

Los períodos más pacíficos que han conocido la Historia de los pueblos balcánicos han coincidido con los momentos álgidos de los imperios mediterráneos (romanos, bizantinos, otomanos) que al unificar el territorio bajo una misma bandera impusieron su propio orden social y estimularon el comercio y la movilidad geográfica de las poblaciones nativas.

Pero cada vez que se ha derrumbado alguno de estos imperios nos hemos encontrado con un paisaje étnico en el que los distintos pueblos de la zona se habían entremezclado de manera parcial, dándose extensas zonas de solape entre los mismos. Una realidad que es percibida subjetivamente como negativa por todo aquél que tenga en mente desplegar un proceso nacionalista excluyente.

El problema, además, se agudiza por la presencia de pueblos invasores procedentes de áreas geográficas vecinas o, en tiempos históricos más recientes, de otros imperios situados más al norte (siempre que un imperio se derrumba hay algún “bárbaro” presionando desde el exterior y/o agudizando los enfrentamientos de las diferentes facciones rivales existentes dentro de la estructura en declive).

Cuando el Imperio Turco empezó a ceder –en el siglo XIX- ante la presión de los independentistas balcánicos (griegos, serbios, rumanos...) no se estaba enfrentando sólo a esos grupos étnicos. Detrás de ellos estaban -apoyándolos- ingleses (el caso griego), rusos y austríacos (en los demás). Todas esas fuerzas continuaron ejerciendo su presión política (aún con más éxito) una vez que los distintos pueblos fueron alcanzando la independencia. Y en cada choque fronterizo librado en la región (había multitud de límites que reajustar) siempre aparecían rusos, austríacos o turcos apoyando cada uno a alguno de los bandos enfrentados. Cualquier conflicto que tuviera lugar allí a finales del siglo XIX o principios del XX siempre amenazaba con transformarse en uno mayor en el que se batirían directamente las grandes potencias que se escondían detrás; de ahí viene la expresión, acuñada en la época, del “avispero balcánico”, percibido como la mayor amenaza para la paz en Europa durante el período conocido como la Paz Armada (1871-1914), que concluyó finalmente cuando la enésima guerra balcánica (esta vez entre Serbia y Austria) degeneró en la Primera Guerra Mundial.

Y los Balcanes continuaron después formando parte de la línea del frente entre los aliados, las fuerzas del Eje y los soviéticos durante el período de entreguerras, campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial y nueva línea del frente entre la OTAN y el Pacto de Varsovia durante la Guerra Fría. En los años 90 vimos desintegrarse a tiros a la antigua Yugoslavia y repetirse las mismas escenas de limpieza étnica que se habían visto durante las dos guerras mundiales y algún conflicto balcánico o peri-balcánico previo, alertándonos así de potenciales “venganzas” futuras que puedan estar dando vueltas en las cabezas pensantes de multitud de individuos que habitan en la zona y que están agazapados esperando que los poderes que sostienen el orden actual se debiliten lo suficiente como para que los viejos conflictos se reabran de nuevo.

Por lo que hemos visto en los últimos años, a los grandes poderes financieros europeos y a los estados-gendarme de la zona cada vez parece preocuparles menos el mantenimiento de la paz en nuestra ecúmene, y ya estamos viendo como algunos se inclinan claramente por impulsar soluciones autoritarias en diversos países que pueden actuar como la espoleta de un nuevo ciclo de violencia balcánica que, visto el cariz que toman los acontecimientos en las áreas geográficas colindantes, es posible que no se queden confinadas, como en los años noventa, dentro de la región y terminen desencadenando un conflicto mayor.




[1] El Duelo Mediterráneo ( http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/el-duelo-mediterraneo.html ) y Dos historias paralelas ( http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/06/dos-historias-paralelas.html ).

domingo, 29 de septiembre de 2013

El “limes” polaco



Hace ya casi dos años que hicimos referencia por primera vez a las “fronteras intangibles” que dividen a los europeos y que mantienen vivos los límites que separaban, ya en la Protohistoria, a algunos de los grandes pueblos de aquel tiempo y que han sabido sobrevivir, de una o de otra manera, hasta el día de hoy.

De entre todas ellas hemos destacado como la más persistente y visible de esas fronteras al “Limes” renano, que los romanos fortificaron a lo largo de la ribera occidental del Rhin. Nos hemos entretenido presentándoles a los pueblos que lo han defendido históricamente y descrito su rol, dentro del “ecosistema” europeo, bautizándolo con el nombre de “función borgoñona”[1].

Vimos la trayectoria de los pueblos que hemos llamado “borgoñones”, que exceden ampliamente los límites geográficos de la región francesa homónima e, incluso, del estado medieval que le dio nombre. Hemos insistido en llamarles así porque en este blog venimos intentando, desde entonces, describir las dinámicas históricas de los distintos pueblos del mundo que han tenido en el pasado o en el presente alguna relación con España (miramos al mundo desde España), y desde ese punto de vista los borgoñones han tenido una relación especial con ella desde el siglo XI. Pero si nuestro ángulo de visión hubiera sido más eurocéntrico seguramente habríamos hablado de la Lotaringia, porque los límites de ese fugaz reino carolingio se ajustaron, con mucha más precisión, a la particular distribución geográfica de esos pueblos fronterizos que siguieron defendiendo el viejo Limes miles de años después de que desapareciera formalmente.

Hay otros “limes” en Europa, casi tan persistentes como este, aunque algo más flexibles desde el punto de vista geográfico. De entre los más potentes y masivos destacan los que históricamente han envuelto a los pueblos germanos, encapsulándolos. Ya hablamos en nuestro anterior artículo[2] de los distintos proyectos expansivos surgidos en el corazón de Alemania a lo largo de la historia y de cómo -prácticamente todos- han terminado fracasando. ¿Por qué han fracasado estos intentos? Pues porque los pueblos que rodean a Alemania, y que han tenido que absorber en el pasado todas esas embestidas, han ido desarrollando a lo largo de los siglos una serie de anticuerpos que los protegen de ese peligro específico. Han desarrollado tácticas defensivas pensando en un adversario muy concreto, especialmente diseñadas para responder a la particular idiosincrasia de éste.

Si los pueblos del Limes renano (o de la Lotaringia, como prefiera llamarlos) han sido la barrera de contención de los germanos por el oeste, los polacos han desempeñado idéntica función por el este. Sus antepasados tuvieron que hacer frente, ya en la Alta Edad Media, a los colonos que avanzaban desde el Elba. Después se enfrentarían, junto con los lituanos y otros pueblos del Báltico, a la penetración de la Orden Teutónica, cuando los alemanes de esa zona eran católicos y los eslavos eran paganos. Algunos siglos después serán los polacos y los lituanos los bastiones de la catolicidad frente a los prusianos, que se habían pasado al luteranismo (los antiguos cruzados teutónicos, la de vueltas que da la vida) como dije hace algún tiempo:

Cuando por fin los cañones cesaron y la paz volvió [tras la Guerra de los Treinta Años (1648)], la distribución de los luteranos reproducía “casualmente” de manera bastante aproximada la de los germanos de los primeros siglos de la Era Cristiana. [… Y] Los católicos reproducían la geografía del Imperio Romano de Occidente (salvo en el caso inglés), a los que se les sumaban los habitantes de países celtas (el caso irlandés) o eslavos (polacos, lituanos…) en proceso de autoafirmación nacional frente a anglosajones o germanos.”[3]

Siguiendo el juego de oposiciones del que hablamos hace tiempo:

Lo que ha sobrevivido es la frontera, no las creencias. […] Por eso [los pueblos] han buscado marcadores de etnicidad que les ayuden a hacer visible esa diferencia.[4]

La catolicidad representa, para los polacos, su particular manera de insertarse en el “ecosistema” europeo, la forma de encontrar apoyos continentales que les permitan afirmar su identidad frente a los poderosos vecinos que les rodean (alemanes por el oeste, rusos por el este). Esta catolicidad les brindó ayuda militar y simpatía para su causa (en el siglo XVII) entre sus correligionarios del Occidente europeo[5] que volverá a manifestarse cuando Bonaparte cree el Gran Ducado de Varsovia (1807) como estado-gendarme encargado de mantener el orden napoleónico entre prusianos, austriacos y rusos. Derrotado éste, los polacos verán a sus poderosos adversarios repartirse, por cuarta vez en su historia, su país entre ellos, para resurgir de nuevo tras la Primera Guerra Mundial y la nueva derrota de la triada imperial oriental.

La Segunda Guerra Mundial estalló como consecuencia del quinto reparto de Polonia, esta vez entre alemanes y rusos. Esa enésima invasión polaca volverá a pasar una elevadísima factura a las dos potencias agresoras. Los alemanes verán cómo sus sueños imperiales no sólo se vieron frustrados sino que, como consecuencia de aquella agresión, sus fronteras orientales sufrieron el mayor retroceso de los últimos mil años y vieron como las poblaciones étnicamente germanas situadas al este de la línea Oder-Neisse fueron deportadas masivamente hacia el oeste.

Los rusos, por su parte que, aunque respetaron nominalmente la independencia polaca tras el fin de esta guerra, les impusieron su tutela política e ideológica, terminaron viendo como la potente movilización de la clase obrera de este país en los años 80 será la que, a la postre, terminará desencadenando los procesos históricos que conduzcan a la desaparición del Bloque Comunista europeo y a la desintegración política de la Unión Soviética.

Como podrá comprobar, atacar al pueblo polaco ha terminado siempre costando muy caro a los agresores (y también a los polacos, claro). Este pueblo ha demostrado históricamente que posee una capacidad reactiva formidable. La barrera de separación que ha levantado entre sus dos poderosos vecinos ha terminado revelándose como infranqueable a largo plazo. El “limes” polaco no tiene nada que envidiarle al renano y ha terminado formando parte de esa estructura ósea europea de la que hablé hace tiempo[6] y que ha encorsetado a las grandes potencias continentales de nuestra ecúmene.





[1] La “función borgoñona”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/04/la-funcion-borgonona.html

[2] La decadencia europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/09/el-epicentro-del-volcan-europeo.html

[3] La Guerra Civil Europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-civil-europea.html

[4] Las fronteras intangibles: http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/las-fronteras-intangibles.html

[5] Recuerden que una de las obras maestras de Calderón de la Barca –La vida es sueño-, publicada en 1635, en plena Guerra de los Treinta Años, se desarrolla en Polonia, un dato que no es anecdótico. Calderón es uno de los autores del Siglo de Oro español que tenía una relación más estrecha con la corona y cuyas tramas argumentales se ajustan más a los discursos propagandísticos del poder en la España del siglo XVII, aunque lo hiciera con una inteligencia que destacaba con claridad por encima de los grises ideólogos que le rodeaban. Esa contextualización polaca de una de sus mejores obras no es más que el reconocimiento del establishment español de la época a la extraordinaria contribución de este país, en términos geopolíticos, a la neutralización de los luteranos en el norte de Europa.

[6] La estructura del Sistema Europeo: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-estructura-del-sistema-europeo.html

domingo, 15 de septiembre de 2013

La decadencia europea



Hace algunos meses dijimos:

“Lo que la historia ha dejado muy claro es que todos los proyectos imperiales “eurípetos” han acabado mal. Moderadamente mal cuando se han abordado de manera gradual y estrepitosamente mal cuando lo han hecho con decisión y con fuerza.”[1]

Como recordarán, los imperios “eurípetos” eran la alternativa de los imperios “eurífugos”, que definimos como aquellos que se expandieron desde Europa hacia el exterior[2]. Los primeros, por tanto, son los que se expanden por el interior de Europa, y pusimos como ejemplo los de Carlomagno, Carlos V, Napoleón y los alemanes del siglo XX.

En consecuencia, cualquier proyecto expansivo diseñado en Alemania y que tenga como objetivo someter a cualquiera de sus vecinos europeos es, por definición, un proyecto imperial eurípeto y está, por tanto, condenado al fracaso.

Toda sociedad es, en realidad, un ecosistema social, y la diversidad es algo consustancial con ella. Es cierto que es posible avanzar hacia una mayor uniformidad de tipo lingüístico o religioso, como han podido conseguir algunos grandes imperios a lo largo de la historia. El Imperio romano, el árabe o el español lo llevaron a cabo en buena medida (nunca totalmente), pero esto pudo ser posible por varias razones (que no se dan en la Europa contemporánea):

La primera es que en el espacio geográfico por el que se extendieron esos grandes imperios había importantes desniveles tecnológicos entre sus diversos habitantes en el momento en el que construyeron, y que los dominados cambiaron cultura por tecnología. Aceptaron la dominación porque no juzgaron viable sacudirse el yugo de los conquistadores y durante las siguientes generaciones se produjo un proceso aculturador intenso entre las clases medias de la nueva sociedad que se estaba formando que le garantizó a estos últimos los suficientes apoyos sociales como para ir integrando -de manera gradual- a las diversas poblaciones del imperio en el nuevo universo cultural.

La segunda razón que permitió la consolidación de esos poderosos imperios fue que pudieron disfrutar -durante su fase expansiva- de un relativo monopolio de la fuerza en esa extensa región. No había cerca ningún otro imperio que alimentara la disidencia de los dominados.

La tercera es que los conquistadores se movieron en un ecosistema natural relativamente parecido al de su país de origen y supieron desenvolverse en él con relativa destreza, demostrando así ser “la especie mejor adaptada” a ese hábitat natural. En el caso romano el espacio peri-mediterráneo, en el árabe las zonas áridas que flanquean los desiertos del Próximo Oriente y del Norte de África y en el español la transversalidad del continente americano. Detrás de cada imperio hay una idea motriz, que genera un complejo cultural completo del que la religión y la lengua forman parte, además de otra multitud de factores y de costumbres validadas por el tiempo que garantizan tanto el salto tecnológico sobre la fase histórica anterior como su peculiar adaptación al medio al que la citada idea motriz da respuesta.

Nada de esto se ha dado en el contexto de la expansión de las fuerzas nacionalistas por Europa a lo largo de los siglos XIX y XX. Los desniveles tecnológicos y demográficos dentro de Europa no son suficientes como para dejar sin capacidad de resistencia a los dominados y, además, siempre hay alguna potencia rival cerca dispuesta a agudizar todas las posibles contradicciones internas de sus adversarios, lo que termina convirtiendo a toda agresión en el comienzo de un infierno que se realimenta a sí mismo, en una espiral de violencia autodestructiva.


¿Qué pueden ganar los futuros dominados europeos como contrapartida a la aceptación del proyecto hegemonista alemán? Aunque este país tenga alguna superioridad tecnológica con respecto a varios de sus vecinos, no es suficiente contrapartida para justificar la disciplina germánica y, en cualquier caso, hay otras alternativas que presentan un modelo de desarrollo menos rígido y más adaptable a sus características concretas. En cuanto a la capacidad de adaptación al medio en escenarios exóticos, los alemanes no han sido, precisamente, un ejemplo histórico al respecto.

Desde la Protohistoria los germanos vienen constituyendo la más potente fuente de inestabilidad política que hay en Europa. En los tiempos del Imperio Romano mantuvieron con éste el frente más activo y más masivo de todos los que esta formidable estructura política tuvo que sostener a lo largo de sus inmensas fronteras. Serán los germanos los que rompan el Limes occidental a principios del siglo IV, los que invadan todos los territorios de Europa Occidental y del Magreb –en varias oleadas- a lo largo de la Alta Edad Media, sometieron pueblos, crearon reinos y se establecieron en ellos como aristocracias guerreras que instauraron multitud de nuevas estructuras políticas que, con el tiempo, darían origen a los actuales estados europeos. Pero la cultura, la religión y las lenguas de todos estos países evolucionaron desde los patrones latinos, no desde los germánicos (con la salvedad del caso inglés).

La aparición de los dos poderes universales del Medievo (Papado e Imperio) representó la cristalización de un modelo que nos mostró la especialización a la que habían llegado cada una de estas dos tradiciones étnicas europeas (la romana y la germánica), y si bien el poder político y el militar fueron los ámbitos en los que éstos se hicieron fuertes, la manera en la que ejercieron esos poderes fue la más anárquica de cuantas se hallan conocido en el ámbito peri-mediterráneo durante los últimos 2.500 años. Los germanos se pusieron al frente de los diversos “estados” medievales justo en el momento en el que el Estado alcanzó en Europa su mínima expresión, creando unas estructuras de poder clánicas basadas en una trama de lealtades personales que conocemos con el nombre de feudalismo.

Durante el largo milenio medieval la herencia latina siguió trabajando en la base de la sociedad a través de la Iglesia y de las tradiciones culturales de los distintos pueblos. Se mantuvo viva en la religión y la lengua. Y esa herencia religiosa y cultural se fue expandiendo por regiones que en la antigüedad no habían sido romanizadas, alcanzando los confines de la ecúmene europea.

A finales de la Edad Media, Europa era el hábitat de los pueblos cristianos[5], en la víspera de la gran ruptura que representó la Reforma Protestante. En varios de mis artículos he llamado la atención acerca del hecho de que tras la Guerra de los Treinta Años las fronteras finales que terminarían delimitando geográficamente a los luteranos coincidían con las que, en la Era Cristiana, delimitaban a los germanos.

"La generalización de la guerra religiosa por Europa terminaría consolidando las posiciones geográficas que los protestantes habían ido consiguiendo desde 1517, pero los contuvo de manera definitiva.[…] Cuando por fin los cañones cesaron y la paz volvió, la distribución de los luteranos reproducía “casualmente” de manera bastante aproximada la de los germanos de los primeros siglos de la Era Cristiana”[6]

A lo largo de los siglos XIX y XX vimos como la emergencia de la nueva “nación” alemana desestabilizó todos los equilibrios políticos previos y condujo a Europa a los dos conflictos militares más sangrientos que la humanidad haya conocido. En el siglo XX, al igual que en el IV, el expansionismo germánico vino acompañado de destrucción y de violencia. En la Alta Edad Media puso fin a un milenio de Civilización Clásica y acabó con el Imperio Mediterráneo, abriendo una nueva fase histórica de signo continenta. En el siglo XX lo que ha provocado es la implosión europea. En ambos casos viene a representar el fin de una época y el comienzo de otra.

Cuando el volcán alemán empieza a rugir [… el resto de imperios europeos] han alcanzado ya los confines de La Tierra y están derribando las últimas fronteras. [… pero] Al aparecer un nuevo imperio en el corazón de Europa, a retaguardia de todos los demás, está obligando a estos a darse la vuelta para cubrir ese nuevo frente, que queda a muy poca distancia de sus respectivas metrópolis, que pone en peligro el núcleo duro de todos ellos. Eso significa replegar poderosos efectivos militares y recursos de todo tipo desde la periferia hacia el centro. Y como consecuencia indirecta hace aparecer nuevos imperios lejos de Europa, que empiezan a preparar el relevo estratégico de los europeos por todo el planeta. Es el momento de Estados Unidos, pero también de Japón. Incluso el comienzo de la recuperación china (un estado de dimensiones continentales, que necesita un tiempo considerable para ponerse en pie, pero que es capaz de desplegar, una vez que lo haga, una potencia superior a todos los demás). Los vientos dejan de soplar desde Europa hacia afuera para hacerlo a la inversa. Se está preparando la implosión europea.[7]

Vemos por tanto como expansionismo alemán es igual a implosión europea y como, desde el principio, este proceso tuvo reflejos en todos los confines de nuestro planeta, sentando una de las precondiciones necesarias para la aparición de nuevas grandes potencias tanto en América como en Asia. El proceso sigue su curso, manteniendo su propia lógica interna. El crecimiento chino, indio y japonés vino facilitado por la implosión europea, que provocó una retirada importante de efectivos desde sus imperios ultramarinos hacia Europa para hacer frente a los ataques alemanes. Un siglo después el proceso ha alcanzado una potencia considerable.

Roma no sucumbió ante los bárbaros sino que se autodestruyó ella sola. Los invasores pudieron entrar cuando el Imperio se había debilitado interiormente lo bastante como para no ser capaz de resistir agresiones que unos siglos antes estaban en condiciones de repeler perfectamente.

Pues en Europa se ha iniciado un proceso de descomposición interna que le va a ir conduciendo de manera paulatina hacia la irrelevancia política conforme de vayan desplegando las fuerzas emergentes del siglo XXI.



[1] Los imperios efímeros: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/los-imperios-efimeros.html

[2] Ibid..

[5] Ya dediqué un artículo a explicar que este “continente” es el único de La Tierra que no tiene unos verdaderos límites geográficos, sino que es una construcción conceptual que busca resaltar una realidad cultural, por eso prefiero usar, cuando me refiero a él, el término “ecúmene”, que también he aplicado otras veces a Iberoamérica o al Mundo Árabe que son, como Europa, realidades culturales más que geográficas. (Ver El occidente de Asia, http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/el-occidente-de-asia.html)

[6] La Guerra Civil Europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-civil-europea.html

[7] La implosión europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/la-implosion-europea.html

viernes, 30 de agosto de 2013

Los hombres del Norte



Si el carácter insular de las islas británicas le ha dado a las mismas históricamente un gran margen de autonomía política, impensable en las áreas geográficas continentales europeas ¿Qué podríamos decir al respecto de los países escandinavos?

Los británicos, en el contexto europeo, ocupan -como la Península Ibérica- una posición periférica. Pero si nuestra perspectiva es el Hemisferio Occidental resultan mucho más centrales que la mayoría de los países de nuestra ecúmene.

Pero los hombres del Gran Norte se hayan situados lejos de la mayor parte de las grandes rutas de comunicación planetarias, de las tensiones étnicas, de los caminos  por los que históricamente se han colado en Europa los pueblos invasores. Su duro clima, además, ha desincentivado cualquier posible intento de conquista y los ha protegido, porque eleva notablemente los costes de cualquier posible agresión y/o ocupación militar. Y como no son camino hacia ninguna parte, las grandes potencias europeas han preferido olvidarse de ellos y centrar sus ambiciones expansionistas en otras áreas geográficas que presentaban una mejor relación coste/beneficio.

Desde el punto de vista étnico los escandinavos están emparentados con los germanos, sus vecinos del sur. Y los germanos ya vimos como alcanzaron la unidad política en una fecha muy tardía (1871). Hasta entonces no representaron una amenaza real más que para sus vecinos orientales y meridionales, que tuvieron que vérselas con sus dos estados más potentes –Prusia y Austria respectivamente-. El norte, centro y oeste de Alemania eran un mosaico de principados, obispados y señoríos diversos. Desde el punto de vista escandinavo -hasta 1871- Alemania era un colchón protector que los aislaba políticamente por el sur. Sus potenciales enemigos se encontraban al oeste –Inglaterra- y, sobre todo, al este -Rusia-, aunque a una distancia prudencial.

Durante la Edad Moderna los vecinos más agresivos que tuvieron fueron los rusos, que expulsaron a los suecos de los países bálticos y de Finlandia. También se vieron las caras, en Alemania, con austriacos y españoles durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), donde acudieron para defender a sus correligionarios luteranos del norte de este país.

En la Edad Contemporánea sufrieron –aunque moderadamente- la agresión napoleónica (Hay un episodio muy curioso, que ocurrió en Dinamarca en 1808 y que tuvo a un ejército español como protagonista, que ha dado lugar a gran cantidad de tradiciones locales en Fionia, este de Jutlandia y oeste de Selandia y que os invito a investigar[1]) y en la Segunda Guerra Mundial daneses y noruegos tuvieron que sufrir la invasión alemana (la primera de su historia milenaria. Los tiempos están cambiando). Durante la Guerra Fría (1945-1989) la tensión este-oeste se dejó sentir en esta apartada región europea con una intensidad inédita para lo que se estila por estas latitudes, lo que hizo que tres países escandinavos –Dinamarca, Noruega e Islandia-, los dos primeros de los cuales habían sufrido previamente –como hemos dicho- la agresión nazi, se incorporaran a la OTAN, alineándose así de manera clara con uno de los dos bandos enfrentados. Suecia y Finlandia –lo más orientales, ribereños del Báltico como los rusos y vecinos de estos- optaron por la neutralidad (en esa época se acuñó el término político “finlandización”, un sinónimo de “neutralización”. A Finlandia se la ponía como ejemplo de lo que los rusos querían hacer con el resto de Europa Occidental, es decir, neutralizarla, convertirla en una tierra de nadie equidistante entre el socialismo soviético y el capitalismo, algo que fue, en realidad, lo que permitió el desarrollo del “Estado del Bienestar” europeo).

Vemos, por tanto, como, pese al alejamiento psicológico que ha caracterizado a estos pueblos con respecto al meollo de lo que ocurre en el resto de la ecúmene europea, la tendencia es hacia una mayor implicación en la misma. Ya dijimos en otro artículo que el mundo está encogiendo por momentos y esta zona es uno de los ejemplos más claros al respecto. Por las calles de Estocolmo, de Copenhague o de Oslo se están viendo últimamente muchas personas de piel oscura, procedentes de todos los rincones de nuestro mundo, algo insólito hace unas pocas generaciones. Y ya hay quién está haciendo planes pensando en colonizaciones masivas de las regiones del gran norte cuando el calentamiento global provoque el deshielo de los glaciares de la zona.

En cualquier caso, aunque tal deshielo no se produjera, el avance tecnológico está permitiendo ya la supervivencia humana en áreas en las que nadie nunca antes se había atrevido a vivir. Por tanto, entra dentro de la lógica de los procesos históricos que en las próximas generaciones puedan producirse significativos movimientos de población tanto en Escandinavia como entre sus vecinos occidentales –Groenlandia y Canadá- y orientales –Rusia del Norte y Siberia- y, aunque esos movimientos pueden verse temporalmente paralizados por decisiones políticas –grupos xenófobos que pudieran alcanzar el poder y retenerlo durante cierto tiempo-, a largo plazo parece poco probable que los pueblos escandinavos puedan contener la avalancha humana que se les vendrá encima, así es que bien de manera ordenada (eligiendo ellos a los grupos de inmigrantes que pueden entrar) o desordenada, la transformación étnica de estas sociedades es inevitable a largo plazo.

Pese a todo van a seguir siendo los Hombres del Norte, es decir, los más alejados del epicentro de los grandes conflictos planetarios, lo que ralentizará bastante sus procesos de cambio en comparación con lo que, en paralelo, se esté dando entre sus vecinos meridionales. Si bien esas inevitables transformaciones serán percibidas desde dentro de estos países como intensas, desde fuera seguirán siendo vistos como un remanso de paz, como refugio de exiliados, como última reserva de los valores culturales de la Vieja Europa.

domingo, 11 de agosto de 2013

Un mundo en declive

 Palacio de Westminster (fuente: www.all-free-photos.com)

“Niebla en el Canal, Europa ha quedado aislada”, con esta frase jocosa y arrogante los ingleses han ilustrado, históricamente, ese sentimiento de suficiencia, de superioridad, que les ha infundido su propia situación geográfica, su carácter insular, que es reforzado por su occidentalidad atlántica que les sitúa -como a la Península Ibérica- en la ruta de salida hacia los mundos ultramarinos, así como por su superficie y su clima, que les ha permitido alimentar a un número de personas suficiente como para poder forjar una de las grandes naciones-estado de la Europa moderna y contemporánea.

Ese aislamiento británico ha limitado su capacidad de intervención en la política continental, pero los ha convertido en espectadores activos que, desde la seguridad de su santuario, han movido los hilos diplomáticos y económicos (a veces incluso militares) para dividir a los “otros” europeos, para alimentar viejos conflictos cuya permanencia en el tiempo les permitía a ellos actuar como el fulcro de la balanza. Ha sido históricamente uno de los elementos más esenciales del equilibrio europeo, uno de sus cerebros, posición que ha compartido con otros actores que tenían menos margen de maniobra que ellos, como Holanda o los Territorios Pontificios.

Inglaterra, en la mayor parte de los conflictos europeos de los siglos XVII a XIX, ha sido un puesto avanzado de observación desde donde se mandaban emisarios hacia uno u otro bando para avisarle de lo que preparaba su enemigo. Han sido los árbitros de buena parte de esos enfrentamientos y, con frecuencia, han hecho todo lo posible para alargarlos, para equilibrarlos, para mantener las espadas en alto, para impedir -en definitiva- la aparición de ningún imperio europeo que pudiera en el futuro poner en peligro su “espléndido aislamiento” que para ellos es garantía de paz y de prosperidad a costa, lógicamente, de la de sus potenciales competidores.

Desde el siglo XVIII, además, ha sido una gran potencia mundial gracias a la construcción de uno de los mayores imperios coloniales que hayan existido nunca. Su marina fue dueña de los mares durante doscientos años. Sometió gran cantidad de pueblos, quitó y puso gobernantes en otros muchos que eran nominalmente independientes, patrocinó la emancipación de las colonias ajenas, conspiró y movió los hilos diplomáticos por todo el mundo. Sus espías y sus agentes tenían “licencia para matar” y actuaban en cualquier sitio. Sin lugar a dudas este país fue la primera potencia planetaria desde el fin de las guerras napoleónicas (1815) hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939).

Y desde entonces estamos asistiendo a su lento e inexorable declive. Durante ese conflicto se produjo el relevo en el liderazgo global y la sustitución de la “Pax Británica” por el mundo de la Guerra Fría, donde este país pasó a desempeñar un rol secundario y subordinado al de la gran potencia emergente de Occidente.

La irrupción de los Estados Unidos como el actor estelar en este nuevo orden permitió a los británicos, gracias al bagaje de elementos culturales e históricos que comparten con aquellos, unirse al nuevo bloque, lo que les ha dado un margen de maniobra político, económico y cultural mayor que el que han disfrutado sus vecinos y rivales franceses. Estos últimos han intentado formar un núcleo duro continental con los alemanes para conseguir un margen de autonomía frente al bloque anglosajón que no podrían haber logrado de otra manera. Los británicos, en cambio, han optado por estrechar lazos con los norteamericanos con la intención de actuar de puente entre las dos orillas del Atlántico y ganar peso maniobrando entre ambos mundos.

Ya hemos visto, en los dos últimos artículos, como el futuro político tanto de Italia como de Francia está ligado a la evolución del proyecto europeo. Ambos países, además de socios fundadores de la Unión Europea, ya participaron hace mil años en el intento de construcción de la primera estructura política continental, y lo han seguido haciendo después en el resto de intentos semejantes que se han producido desde entonces.

Inglaterra, en cambio, siempre se ha desenvuelto al margen de este tipo de propuestas y, en la medida en que ha podido, ha estado en el bando de los que han procurado deshacerlas.

Pero su compromiso atlántico con la gran potencia norteamericana los ha vinculado con un proyecto estratégico mucho más vasto que el de la Unión Europea. El Reino Unido ha sido y es una pieza esencial de ese Occidente que, desde Washington, ha movido los hilos del mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Su destino va unido a ese modelo, dentro del cual la Unión Europea sólo es un subconjunto que actúa como elemento auxiliar.

Pero el mundo occidental, que se apoya en estructuras de dominación mundiales de diverso tipo, tales como la OTAN, la OCDE, la Trilateral, etc. para hacer valer su hegemonía, se enfrenta a tres grandes problemas que amenazan, a medio plazo, su existencia.

El más inmediato de ellos es el previsible declive paulatino de la Unión Europea, que se ha metido ella solita en un callejón sin salida, intentando conciliar dentro de sí tres propuestas políticas distintas e incompatibles:

Primero: El proyecto inicial de algunos socios (entre ellos los españoles) que apuntaba en la dirección de la construcción de unos Estados Unidos de Europa, es decir, una verdadera unión política, que alimentó los sueños de los pueblos y ha servido de combustible para llegar hasta aquí, aunque a estas alturas ya se ha hecho evidente que era un falso discurso, un engaño para que buena parte de los europeos de a pie aceptara el modelo real. Es obvio que una unión política a 28, sin una estructura democrática que la rija, con el endemoniado sistema ideado para la toma de decisiones y la amplia discrecionalidad de los mecanismos de bloqueo, el extraordinario margen de maniobra de los lobbies, la escasez del presupuesto común y la ausencia de una unidad fiscal no hace otra cosa más que alimentar los enfrentamientos que terminarán rompiendo el modelo.

Segundo: El viejo proyecto británico-escandinavo-alpino de crear, simplemente, una zona de libre comercio, siguiendo el modelo de la EFTA. Capitalismo puro y duro. La Europa de los mercaderes, que contaba con el respaldo de Washington desde el primer momento (puesto que este modelo convierte a los europeos -de facto- en auxiliares suyos, mientras que el primero apuntaba hacia la creación de un competidor estratégico) pero que, a largo plazo ata de pies y manos a los políticos de la zona y los convierte en meros títeres en manos de unos mercados que son incapaces de controlar. Este modelo ha ido ganando cada vez más fuerza dentro de la Unión, y no deja de agudizar los enfrentamientos de tipo estructural que existen en el conjunto.

Tercero: Aprovechándose de las fricciones entre los partidarios de ambos modelos Alemania trata de sacar adelante su viejo proyecto hegemonista e intenta aplicar en la Unión Europea actual algunas de las estrategias y de las tácticas que le permitieron formar el II Reich, en tiempos de Bismarck, de entre los restos de la Confederación Germánica. Como entonces, ignoran que sus vecinos (en este caso norteamericanos y rusos) no se van a quedar cruzados de brazos dejando que aparezca una nueva potencia en su retaguardia. También intentan obviar los recelos seculares que existen por toda Europa ante los últimos intentos expansionistas germanos que aún siguen vivos en la memoria colectiva de los pueblos.

El segundo gran desafío estratégico al que se enfrenta el mundo occidental es la aparición de varias nuevas grandes potencias. En un primer momento en Asia (China, India, Indonesia...) y más adelante en el propio continente americano (Brasil, México o una posible Unión Iberoamericana más adelante). Los chinos de hecho han reemplazado ya a la antigua Unión Soviética como el principal adversario estratégico de los norteamericanos. Los cálculos de los economistas apuntan a que el “sorpasso” se producirá, en términos de PIB, en torno al año 2025, y lo que vendrá después será la sustitución paulatina de los occidentales por los orientales en los diversos escenarios políticos mundiales. Lo que Occidente tiene ante sí es un declive paulatino, durante la primera mitad del siglo XXI, que la ya interminable crisis económica europea no deja de agudizar y de acercar y que la previsible decadencia que cité más arriba rematará.

Y el tercer gran desafío estratégico lo constituyen los propios límites del sistema capitalista. Creo que a estas alturas de la historia es ya evidente que la manera que hoy tenemos de organizar la sociedad es insostenible a largo plazo. Las costuras del capitalismo están saltando, se mire hacia donde se mire y la política del avestruz que se ha seguido hasta ahora ha demostrado, como dice el refrán, que es “pan para hoy y hambre para mañana”. El modelo global tiene que ser refundado, pero en esa tarea, desde luego, no van a estar los representantes del viejo orden. Es obvio que lo tienen que protagonizar nuevos actores y que el impulso tiene que venir desde zonas muy alejadas de los centros de decisión del pasado.

Volviendo a nuestro hilo original les recuerdo que estábamos hablando del papel que el Reino Unido venía desempeñando como puente entre las dos orillas del Atlántico y lo convertían en una pieza esencial dentro del mundo occidental. Como he explicado después parece evidente que en el futuro inmediato de ese mundo se está preparando una gran tempestad que puede poner en peligro, a medio plazo, el modelo completo. Si el futuro de Francia y de Italia, como ya dije, estaba ligado al de la Unión Europea, el de Inglaterra lo está al de Occidente en general, tiene un poco más de tiempo que aquellos, pero no demasiado más. Forma parte de un mundo en declive que se va hundiendo despacio, y que aún conserva buena parte de su viejo poder; pero lo que tiene ante sí no es más que una decadencia paulatina. Estamos viviendo una época que recuerda a los últimos tiempos del Imperio Romano.