lunes, 18 de septiembre de 2017

El Complejo Militar-Industrial

Entre la variedad de áreas culturales que existen en nuestro planeta parece que se van estructurando dos ejes que, paulatinamente, van articulándolas. El más antiguo de ellos, surgido en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) es el que podemos llamar “Eje Atlántico” u “Occidental”, que fue liderado al principio por los pueblos ibéricos y hoy lo está por la coalición anglosajona.

Después empezó a formarse un “Eje de la Resistencia” en Asia Oriental frente al primero, que en los últimos siglos ha ido ganando potencia y en estos momentos está pasando a la ofensiva. Dentro de cada uno de ellos hay diversos grupos que rivalizan por el liderazgo dentro del mismo. Pero en lontananza se perfila un enfrentamiento estratégico entre ambos núcleos de poder que tiene por delante un horizonte de despliegue bastante largo.

Entre esos ejes rivales se dibuja ya una línea del frente que pasa por Europa Oriental, Próximo Oriente y África. Y se puede estar formando una segunda en el Océano Pacífico.

En 1972 se publica el libro “Los límites del crecimiento”, que establece las líneas maestras de un nuevo paradigma social que parte de la convicción de que los recursos son limitados y de que hay que frenar el crecimiento demográfico y económico en nuestro planeta. En realidad este libro viene a establecer las bases teóricas de una involución política y social de ámbito planetario que marca un punto de inflexión con respecto a las dinámicas expansivas de la postguerra.

Vimos cómo, en economía, el paradigma keynesiano (claramente expansivo) fue sustituido por el neoliberal (involutivo), como el grifo de la energía se cerró en 1973 (provocando la crisis del petróleo), como cuando algunos gobiernos europeos reaccionaron potenciando la construcción de centrales nucleares (el caso alemán) aparecieron poderosos movimientos contra esto que, sorprendentemente, encontraron un importante eco en la prensa del Sistema (eco que no tuvieron antes de esas fechas ni después, cuando las tecnologías verdes ya estaban maduras), cuando la energía nuclear era la única alternativa viable que podía incrementar masivamente la producción de energía eléctrica a cuatro o cinco años vista, rompiendo así la dependencia con respecto a los combustibles fósiles.

El 17 de enero de 1961, el presidente saliente norteamericano Dwight Eisenhower, que iba a transferir el mando, tres días después, al entrante John F. Kennedy, se dirigió por televisión a la nación americana en su discurso de despedida. En él dijo algunas cosas interesantes:

“En los consejos de gobierno, debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial de un desastroso incremento de poder fuera de lugar existe y persistirá. No debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía alerta y bien informada puede compeler la combinación adecuada de la gigantesca maquinaria de defensa industrial y militar con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo tal que seguridad y libertad puedan prosperar juntas.”

Es curioso que estas palabras salieran de la boca de un ex-general, el héroe de guerra que había dirigido nada menos que el Desembarco de Normandía. El 22 de noviembre de 1963 (dos años y medio después) su sucesor (John F. Kennedy) sería asesinado. El 6 de junio de 1968 veremos correr esa misma suerte al hermano de éste (Robert F. Kennedy), el candidato a la presidencia de los Estados Unidos mejor situado en las encuestas en ese momento y que pretendía continuar el trabajo que el primer Kennedy había empezado. En esos mismos años veríamos caer bajo las balas asesinas a varios defensores de los derechos civiles (Martin Luther King en 1968, Malcolm X en 1965...).

Vimos también desaparecer de la escena política de manera violenta a Salvador Allende (1973), Gamal Abdel Nasser (1970), y proliferar golpes de estado y guerras civiles por todo el mundo. En 1973 los representantes de los países de la OPEP se reúnen y deciden subir el precio del barril de petróleo: la gasolina súper se vendía entonces en las gasolineras españolas a 11 pesetas el litro. En septiembre de 1979, justo seis años después, a 94, imagínese el impacto tan brutal que estas subidas tuvieron en la economía. Lo curioso es que Estados Unidos, que se suponía que –como país- quedaba en el bando de los consumidores de combustibles fósiles, es decir, en el de los perjudicados por todas estas medidas, no movió un solo dedo para impedir que un comité formado por un puñado de individuos, la mayor parte de ellos “amigos”, como los jefes de estado de Arabia Saudí, Kuwait o el Irán del Sha, desencadenaran la crisis económica más brutal que el mundo había conocido desde 1929. También es curioso que los precios del petróleo empezaran a bajar coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido y un poco antes de que Ronald Reagan hiciera lo propio en Estados Unidos. Es decir, coincidiendo con la llegada al poder en diversos países occidentales de gobiernos que llevaban en sus respectivos programas la implantación de las recetas económicas neoliberales.

Hay una persona que, durante esa coyuntura crucial en la Historia de la Humanidad, estaba moviéndose muy cerca de todos los comités en los que se estuvieron tomando la mayor parte de las decisiones que hemos citado en los últimos párrafos, interactuando con todos los que tuvieron alguna responsabilidad en la implementación de tales medidas: Se trata, nada menos, que del famoso Henry Kissinger, el Metternich de la segunda mitad del siglo XX[1], Secretario de Estado norteamericano entre 1973 y 1977, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon entre 1969 y 1975.

Cuando Kissinger se incorporó al gobierno de Richard Nixon (enero de 1969), ya acumulaba un gran bagaje tanto administrativo como político: perteneció a los servicios de inteligencia del ejército americano en Europa desde 1943, fue profesor en la Escuela de Inteligencia del Comando Europeo desde 1946, afiliado al Partido Republicano:

“En 1955, se convierte en Asesor del Consejo Nacional de Seguridad y de la Junta de Coordinación de Operaciones de Seguridad. En 1955 y 1956, fue también Director de Estudio en las Armas Nucleares y la política exterior en el Consejo de Relaciones Exteriores. Publicó su libro de las armas nucleares y la política exterior al año siguiente. De 1956 a 1958 trabajó como director de su Proyecto de Estudios Especiales avalado por la Rockefeller Brothers Fundation. Fue Director del programa de estudios de defensa de Harvard entre 1958 y 1971. También fue Director del seminario internacional de Harvard entre 1951 y 1971. Fuera de la academia, se desempeñó como consultor de varios organismos del Gobierno, incluyendo la Oficina de Investigación de Operaciones, el Control de armas y desarme y el Departamento de Estado y la Corporación RAND, una compañía de desarrollo industrial, tecnológico y armamentístico.”[2]

Es conocida la fuerte vinculación biográfica entre Kissinger y David Rockefeller, personaje fáctico que siempre estuvo detrás de la “brillante” carrera del primero. Como su propio apellido indica, procede de la familia que llegó a monopolizar a finales del siglo XIX y principios del XX la distribución de petróleo por EEUU y los países sometidos a su más directa influencia, a través de la empresa Standard Oil, a la que la Corte Suprema de los Estados Unidos aplicó, en 1911, la Ley Sherman Antitrust (1890), obligándola a desmembrarse en 34 empresas diferentes, entre ellas Jersey Standard, que finalmente se convirtió en la Exxon, la Standard de California (después llamada Chevron) y la Socony, que años después se transformaría en la empresa Mobil, estas eran tres de las “siete hermanas” que han monopolizado históricamente el comercio mundial de hidrocarburos.”[3].


 Henry Kissinger y David Rockefeller en un acto organizado por la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg para Asia.

David Rockefeller, además, fue presidente del Chase Manhattan Bank; fundador, presidente y -después- presidente honorífico de la Comisión Trilateral; presidente y presidente honorífico del Council on Foreign Relations; miembro estadounidense fundador, patrocinador, miembro vitalicio y miembro del comité de dirección del Club Bilderberg; director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York; presidente del Comité Asesor de la Reforma del Sistema Monetario Internacional. Además, fue un conocido “filántropo” que financió multitud de fundaciones, universidades, institutos de investigación, entre los que debemos destacar la Universidad de Chicago (cuna, y no por casualidad, de los “Chicago boys”) o el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y será uno de los fundadores del Club de Roma (1968).

No es casual que Henry Kissinger, el fichaje más brillante de David Rockefeller, estuviera, durante esta crucial coyuntura política, en el vórtice de todos los huracanes y que fuera el pegamento que conectara la Crisis del Petróleo con los golpes de estado en Suramérica, el desarrollo del paradigma neoliberal, de las organizaciones eugenistas de los setenta y el frenazo de la carrera espacial, porque todos estos procesos están vinculados entre sí. 

Encuentro entre Mao Tse Tung y Richard Nixon-Febrero de 1972

En febrero de 1972 el presidente norteamericano Richard Nixon viajó a China y dio un giro brusco a las relaciones políticas entre el Imperio y el Gigante Asiático. La colaboración entre estas dos potencias podemos decir que inició una nueva era en el sistema de relaciones diplomáticas a escala mundial.

Con el primer gobierno de Richard Nixon llega a la Casa Blanca, en 1969, la facción de las clases dominantes norteamericanas a la que Eisenhower denominó “Complejo militar-industrial”. Este  “Complejo” ha controlado todos los gobiernos norteamericanos entre los mandatos de Nixon y de Obama (ambos inclusive).

Las décadas de los 70 y de los 80 fueron las de la gran ofensiva de este grupo y la de implantación de sus diversos paradigmas: El control demográfico de la población (Neomalthusianismo), la Economía de la Escasez (Neoliberalismo), la creación de estados fallidos (Neofeudalismo), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra” locales, los contratistas de la Defensa y toda la fauna de fanáticos de cualquier corriente ideológica que sea sensible a la manipulación exterior; también la utilización intensiva de los medios de adoctrinamiento de masas, la involución social...

En los 90 empezamos ya a ver el perfil que presentaba una sociedad sometida a su influencia durante una generación en los propios Estados Unidos, las cárceles norteamericanas llegaron a tener entre rejas a la mayor proporción de ciudadanos de toda su historia hasta ese momento (700 presos por cada 10.000 habitantes) y de todo el mundo de su época, a pesar de tratarse del país hegemónico a escala mundial.

Si hay mucha gente en la cárcel es que hay mucha gente cuestionando el modelo, aunque lo haga de manera no coordinada y dispersa. La gran mayoría de la población ignora ese dato, pero los dirigentes no, que se dan cuenta de que el modelo empieza a resquebrajarse. ¿Y cuál es su reacción? La huida hacia adelante. Y así llegamos a la presidencia de George W. Bush (2001).

La secuencia de acontecimientos a partir de entonces se vuelve vertiginosa: El 20 de enero de 2001 toma posesión. El 9 de septiembre es asesinado el líder de la Alianza del Norte afgana (que llevaba el peso de la resistencia contra el Régimen Talibán) Ahmad Shah Masud. El 11 de septiembre sendas aeronaves se estrellan contra las dos Torres Gemelas del World Trade Center y contra el edificio del Pentágono, Bush inmediatamente encarga a Henry Kissinger la formación de un comité de crisis internacional que diseñe la respuesta. Dos días después se apunta a Bin Laden como el cerebro de la operación actuando desde bases afganas, y el 7 de octubre ¡¡26 días después de los atentados!! el ejército norteamericano comienza la invasión de Afganistán, coordinándose desde entonces con la citada Alianza del Norte cuyo líder, como dijimos más arriba, había sido asesinado 28 días antes.

Animados por lo bien que les había salido la campaña afgana decidieron apostar más fuerte y el 20 de marzo de 2003 (17 meses y medio después) invadían Irak, pero a partir de entonces el frente comienza a resquebrajarse. La invasión de Afganistán se hizo un mes después del 11S y la brutalidad de los atentados había inducido en la opinión pública mundial una especie de anestesia total que produjo un respaldo generalizado y acrítico a los movimientos de los halcones. Pero año y medio después se había recuperado una parte significativa de la capacidad de pensamiento que se le presume a la especie humana. Entre sus mismos aliados empiezan a levantarse importantes voces críticas, de entre las que cabe destacar la del presidente francés Jacques Chirac, su ministro de exteriores Dominique de Villepin y el canciller alemán Helmut Kohl, tres pesos demasiado pesados como para poder ignorarlos. Los aliados del Imperio ya no estaban dispuestos a validar cualquier barbaridad que se les ocurriera al grupo de aventureros que se habían instalado en la Casa Blanca. Y el eje Pekín-Moscú-Teherán empezaba a ganar consistencia como alternativa al modelo neofeudal que el Complejo estaba patrocinando por toda la línea del frente que citamos al principio. La no aparición de las “armas-de-destrucción-masiva” iraquíes es muy significativa, pero no porque esto demostrara que Saddam Hussein no era tan malo como lo pintaban o porque los norteamericanos se hubieran pasado claramente de rosca en la campaña iraquí (como pensaba cada vez más gente) sino porque no encontraron cómplices de suficiente entidad como para validar su mentira, lo que revela que su modelo estaba siendo cada vez más cuestionado dentro de sus propias filas, aunque se les respaldara de manera formal, ya que había demasiados intereses compartidos que defender. Desde la II Guerra de Irak (2003) el Complejo está cada vez más tocado y comienzan a producirse movimientos entre los grupos dirigentes mundiales para preparar el día después de su hundimiento; para preparar el relevo.

En esa crítica coyuntura se diseña la “Operación Gatopardo” (“Hay que cambiarlo todo para que no cambie nada”, como dijo Lampedusa a través de esta obra literaria), que descansa sobre el tándem Barack Obama-Hillary Clinton. La idea es la siguiente: Los halcones republicanos han fracasado, se impone volver a la moderación con los demócratas. Pero hay, además, que montar una operación de marketing poderosa que cree la sensación entre la población de que se está produciendo una verdadera ruptura con el pasado y, para ello, se opta por romper con una serie de tabúes sacrosantos de la tradición política norteamericana. En la campaña por las primarias del Partido Demócrata de 2008 se van cayendo los candidatos menores y los dos finalistas resultan ser un afroamericano y una mujer. Cualquiera de los dos representaba una ruptura simbólica formal con la regla no escrita de que el Presidente tenía que ser varón, blanco, anglosajón y protestante. Se trataba de jugar con las apariencias para que lo fundamental no variara.

Los años de Obama (2009-2017) son los del ocaso y ruptura de esta facción, cada vez más contestada en todas partes, y la del fortalecimiento de sus competidores estratégicos. El viejo “Complejo militar-industrial” se rompió en dos bloques, a los que llamaremos “A” -o principal- (el defendido en la campaña electoral de 2016 por Hillary Clinton) y “B” -o alternativo- (el de Donald Trump). La victoria de éste en las elecciones y la visualización del encarnizado enfrentamiento entre ambas facciones evidenciaron que, pese a que compartían bastantes elementos del bagaje común heredado, había también importantes líneas de ruptura de carácter estratégico. Pertenecían a dos razas de halcones diferentes, aunque igual de depredadoras.

La presidencia de Donald Trump ha sido la del Bloque B, que intenta salvar, recurriendo a los patrones más atávicos de la cultura norteamericana, los elementos esenciales de la América WASP (acrónimo de Blanco –White-, Anglosajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-). La sociedad norteamericana, empezando por sus propias élites, se está rompiendo. La huida hacia adelante que ha protagonizado desde los años 60 la ha conducido hasta un callejón sin salida, y los movimientos que se están produciendo en su seno apuntan, como dije hace tiempo[4], hacia una desintegración política.

La vuelta de los demócratas, con Joe Biden (el que fue vicepresidente de Obama), en 2021, significa el retorno de la corriente principal al poder político en los Estados Unidos (no sabemos por cuanto tiempo, porque la brecha que divide a las dos facciones principales se está convirtiendo en un abismo y cada vez es menos descartable una resolución violenta del enfrentamiento interno). Esta corriente está embarcada desde hace tiempo en una huida hacia adelante (como ya dije, desde los tiempos de Nixon) cada vez más violenta, y si de algo entiende es de crear las condiciones subjetivas para provocar guerras en el exterior y destruir países. Aunque los medios nos demonizaran a Trump (y él aprovechara esa demonización para autopublicitarse), en política exterior era mucho menos peligroso que los Clinton, los Obama o los Biden como estamos viendo ahora. Trump, al menos, había asumido que Estados Unidos, en este momento histórico en el que vivimos, es una gran potencia en declive y lo que pretendía era ralentizar ese proceso, no invertirlo. Cada vez es más evidente el declive económico del Imperio en términos relativos, ante el avance inexorable de nuevas fuerzas emergentes a nivel mundial. Pero aún conserva la supremacía militar, y está dispuesto a morir matando. Como la historia nos ha enseñado, no hay nada más peligroso que una potencia militar en declive.


[1] Es curioso como el propio Henry Kissinger tiene cierta consciencia de ese paralelismo, que podemos leer entre líneas en su obra “Diplomacia” (Ediciones B, S.A., Barcelona, 1998). También hace comparaciones implícitas con otros estadistas de la Europa moderna y contemporánea  como Richeliu o Bismarck.


sábado, 1 de julio de 2017

Un proyecto de civilización




En el artículo anterior describimos primero los elementos naturales que han desencadenado el proceso histórico que hoy llamamos “globalización”, después las líneas maestras que han regido éste, para poder explicar después como la Península Ibérica terminó convirtiéndose, en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI), en el “motor de arranque del mundo moderno”.

Hace tiempo que bauticé al imperio que los españoles construyeron en América con la expresión “Imperio Transversal”, cuando puse de relieve que las líneas de cumbres de las cordilleras americanas se despliegan siguiendo las líneas de los meridianos, en abierto contraste con las del Viejo Mundo, que lo hacen en la de los paralelos. Este dato, como expliqué en su día[1], condiciona fuertemente los procesos históricos y les da una orientación diacrónica diferente que actúa como especie de guión que va presentándonos, de manera sucesiva, los distintos actos de las últimas fases de una obra gigantesca que llamamos “Historia Universal”.
La Península Ibérica fue, como hemos dicho, en los siglos XV y XVI “el motor de arranque del mundo moderno” y en los XVII y XVIII la bisagra intercontinental que articuló y vinculó orgánicamente al Occidente Europeo con el Nuevo Mundo y con los imperios del Extremo Oriente asiático. Otros países vinieron después para tomar el relevo y seguir escribiendo así las nuevas páginas de esta obra dramática.
Pero cuando los imperios ultramarinos de la segunda generación (ingleses, franceses y holandeses) relevaron a los ibéricos no ocuparon su misma posición estructural sino una nueva que sepultaba a la anterior como las capas geológicas más modernas se superponen sobre las más antiguas. En realidad los viejos imperios español y portugués siguen estando ahí, ocultos bajo las capas sedimentarias más modernas que los taparon en su día. Y el proceso después ha continuado. Nuevos niveles, aparecidos en momentos históricos aún más recientes, han vuelto a superponerse sobre los anteriores. Mientras la Humanidad siga construyendo, siga evolucionando, seguirá también avanzando el proceso de ocultación, de sellado, de las fases históricas precedentes.
El mundo ibérico sigue existiendo. Está vivo pero oculto bajo la superestructura política que los anglosajones han ido construyendo por encima. Británicos y norteamericanos sustituyeron a los españoles y los portugueses en sus funciones más superestructurales, en la coordinación de los flujos comerciales mundiales y en el liderazgo político planetario. Pero los imperios ibéricos conectaron con los pueblos extraeuropeos que se integraron en sus formaciones respectivas a unos niveles más profundos de lo que otros europeos eran capaces de hacerlo. Ya he descrito en muchos de mis artículos la complejidad estructural que posee la Península Ibérica, el sistema de escalonamiento de sus valles interiores y la traducción cultural que esos rasgos morfológicos del relieve -y los paisajes asociados a ellos- transmiten a sus habitantes: La respuesta multimodal española.
Por otra parte, la peculiar Edad Media peninsular nos colocó en la línea del frente de las dos franjas culturales del occidente del Viejo Mundo que chocaron durante casi mil años y nos mantuvo durante los quinientos siguientes en la línea fronteriza de las mismas. Esto tendrá consecuencias irreversibles en el proceso de cristalización cultural de nuestro pueblo. El “choque de trenes” que se produjo en el suelo ibérico en la época que denomino “Era de las invasiones africanas” (1086-1344) elevó la temperatura político-militar en la Península por encima del punto de fusión y fue capaz de soldar sus elementos constitutivos de una manera que no se ha dado en ningún otro lugar de la Tierra. La “eclosión del mundo ibérico” (1366-1517) fue protagonizada por los supervivientes de esa época terrible, que había producido una selección natural y cultural al más puro estilo darwiniano y forjado una nueva civilización que veremos en acción  por todo el mundo en la Era de los Descubrimientos Geográficos.
Los países que crearon los imperios ultramarinos de la Segunda Generación (Inglaterra, Francia y Holanda) tienen un paisaje mucho más homogéneo, mucho más simple desde el punto de vista estructural y su historia es muy diferente de la nuestra. Hemos de reconocer que, tanto en el caso francés como en el holandés, los españoles ayudamos bastante a elevar su “temperatura de fusión” y replicar en ellos una parte de nuestras características culturales a través de los asedios a que los sometimos desde la “camisa de fuerza francesa”, pero estamos hablando de un proceso de doscientos años en el caso francés (a los que habría que sumarles el “asedio inglés” de la Guerra de los Cien Años) y de un siglo escaso en el holandés.
Cuando recordamos el “trauma” que a los ingleses les produjo la Armada Invencible y vemos la cantidad de libros y de documentales que ha producido, con toda una mitología asociada, no podemos dejar de esbozar una sonrisa. ¿Se imaginan en Inglaterra una invasión de la envergadura de la de los almorávides o de los almohades? ¿Se imaginan el juego que la fábrica de propaganda anglosajona le hubiera sacado a la batalla de Sagrajas o Las Navas de Tolosa? En el país del rey Arturo o de Robin Hood ¿Qué podrían haber hecho con un Alfonso VI, Alfonso I el Batallador, Fernando II de Aragón, Alvar Fáñez, Gerardo Sempavor, Ib Mardanis, Al Motamid, Abderramán I, Bernardo del Carpio, Sisnando Davídiz, Rodrigo Díaz, Ambrosio Bocanegra...?
Creo que podemos poner a los ingleses como ejemplo de “fusión en frío” frente a la “fusión en caliente” ibérica. Bueno, llamémosle mejor “fusión templada”, porque si no nos quedaremos sin adjetivos para describir la norteamericana, que tendríamos que denominar “gélida” o con algún otro término equivalente.
Hay un contraste brutal entre los procesos de cristalización cultural que se produjeron en Inglaterra y en la Península Ibérica. También en las características del relieve de ambos países, en la climatología y en el paisaje. Ambos espacios geográficos estaban llamados, por su propia posición periférica dentro del contexto europeo, sus relativas insularidades y su fuerte proyección atlántica, a liderar la expansión “eurífuga” del Extremo Occidente del Viejo Mundo sobre los espacios trasatlánticos y, a su través, sobre el resto de mundos remotos. Este proceso debía producirse cuando se alcanzase el nivel tecnológico correspondiente y la situación política estuviera madura.
La Península Ibérica, además, estaba condenada a ser la pionera porque se hallaba situada en una zona de transición ecológica (lo que no ocurre en el caso inglés), fenómeno que -como vengo diciendo desde hace tiempo- acelera la evolución de los procesos históricos y genera brutales tensiones políticas, militares y culturales. Este hecho, sumado a la compleja orografía de nuestro país que funciona como un verdadero amplificador cultural, dotándole de una formidable profundidad estratégica y, por si lo dicho no fuera suficiente, la rotación de los vientos atlánticos, que facilita la navegación a vela desde nuestras costas suroccidentales en dirección suroeste, que nos empuja directamente hacia las dos puertas de la “Autopista de los Alisios” (Canarias y Madeira) y nos convierte en el disparadero del cañón mediterráneo.
La Islas Británicas, más llanas que nuestro país, con un paisaje uniforme, más insulares todavía y mucho más septentrionales (es decir, situadas mucho más lejos del meollo de los frentes de combate del Viejo Mundo), situadas en el extremo noreste del “8” que forman los vientos atlánticos, estaban llamadas a hacer de antena receptora de los rebotes de los flujos navales creados por los ibéricos en el Nuevo Mundo. El símil, para los que estudiamos -hace ya tiempo- la electrónica de las válvulas de vacío, sería que la Península Ibérica hacía la función de “cátodo” (electrodo emisor) y las Islas Británicas el de “ánodo” (electrodo receptor) de una corriente que atraviesa el Atlántico en un viaje de ida y vuelta. En resumen: los ingleses se aprovechan del “rebote” de los flujos creados por los ibéricos y recogen los frutos del trabajo ajeno. De ahí a considerar que la divinidad los ha elegido para dirigir el mundo sólo hay un paso conceptual. Aunque, claro, Dios no los hubiera elegido si los españoles -antes- no hubieran hecho su parte del trabajo.
El mecanismo descrito convierte a los británicos, como hemos visto, en los beneficiarios indirectos del trabajo de los pueblos ibéricos, catapultándolos hacia la cúspide de los flujos comerciales planetarios y convirtiéndoles en los administradores supremos de los mismos, lo que sentará las bases históricas para la construcción del Imperio Británico.
El proceso histórico seguirá su curso y las clases dominantes españolas, que se habían puesto al servicio en la profunda Edad Media de los dos poderes universales (Papado e Imperio), canalizando el impulso expansivo-convectivo que estaba surgiendo desde el fondo de la sociedades ibéricas y que estalló en los siglos XV y XVI, proyectándose sobre el telón de fondo del Continente Transversal, se autoasignarán la función de mantener el vínculo entre los mundos ultramarinos y la Torre de Marfil europea, asumiendo la función de capataces del Imperio europeo, cabalgando sobre la sociedad más compleja (desde el punto de vista estructural, por las razones que expusimos al comienzo) de la Ecúmene Europea, llegó un momento en el que se sintieron incapaces de seguir liderando el proceso, por falta de ambición y de proyecto político, y la complejidad del mismo los apartará del camino, poniendo al frente de éste a un núcleo dirigente que había ido alimentándose, aprendiendo y creciendo a la sombra del poder español.
Pero los anglosajones, en su doble vertiente tanto británica como norteamericana, desempeñan un rol diferente al de los españoles y no pueden sustituirlos más que de manera parcial. Son unos especialistas que se han adueñado del puente de mando y después se han puesto a subcontratar las funciones auxiliares. El secreto de su éxito se basa en la segmentación y externalización de las tareas. Puro capitalismo. Como los darwinistas sociales del siglo XIX, conciben el conjunto como una serie de partes que compiten entre sí y se van desplazando unas a otras en una lucha por la supervivencia del más apto, en una jungla tecnológica en la que lo determinante, en última instancia, es el beneficio económico en su vertiente más monetarista.
Su estrategia, vista desde el lado español, es oportunista, cortoplacista, economicista, mecanicista..., tiene un tempo de desarrollo mucho más acelerado que el de la civilización ibérica y, además, fecha de caducidad muy corta. Los anglosajones han derrotado a los ibéricos... que jugaban en su misma frecuencia (es decir, a sus clases dominantes), porque son los mayores especialistas de su juego capitalista. No tienen competencia jugando al “monopoly”. Pero el mundo ibérico, como dije hace años, es multimodal y tiene una resiliencia formidable, posee una extraordinaria profundidad estratégica y un tempo de desarrollo mucho más lento. Es un enemigo correoso, que teje una malla defensiva compleja que va enredando a su adversario despacio y lo va frenando hasta que consigue darle la vuelta a la situación.
Las nuevas inglaterras (Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, hasta no hace tanto las propias Sudáfrica y Rhodesia del Sur) tienen fechas de caducidad (Inglaterra es diferente porque juega en su ecosistema natural, con su población originaria y, en consecuencia, tiene una vinculación ecológica con su propio territorio de la que carecen sus descendientes culturales extraeuropeos). Pero la superestructura de poder mundial anglosajón es mucho más frágil que cualquiera de sus partes por separado y su hundimiento se está produciendo ya. Lo estamos contemplando en vivo y en directo.
El mundo anglosajón tiene una naturaleza mucho más efímera que el ibérico, por varias razones:
La primera de ellas es porque es muy dependiente de su superestructura política y económica. Serán fuertes mientras su cúpula dirigente lo sea. Llevan más de doscientos años viviendo a la sombra de sus dos imperios: el viejo (el británico) y el nuevo (el norteamericano). Su debilitamiento tendrá profundas repercusiones sociales, algunas de las cuales estamos viendo ya.
La segunda es que su identidad se ha soldado en frío, en plena expansión política y militar, con el viento a favor. Los pueblos que han ido apareciendo en las áreas geográficas extraeuropeas del Imperio Británico surgieron para administrar o explotar las riquezas de esas zonas. No se mezclaron con los nativos ni con los deportados que trasplantaron allí durante el proceso. Los anglosajones extraeuropeos apenas sufrieron en esa expansión político-militar y, además, tuvieron mucho cuidado en no contaminarse con la sangre de los que sí lo habían hecho como consecuencia de sus actos. Su red de solidaridades sociales está montada para sacar el máximo provecho posible a las oportunidades que se presenten. No está pensada para encarar la adversidad. Se romperá como consecuencia de las derrotas que sufran por el camino y, como buenos oportunistas, buscarán entonces nuevas alianzas en función de la correlación de fuerzas que se dé en cada momento.
La tercera razón es que los anglosajones extraeuropeos más que verdaderos pueblos son coaliciones de diferentes grupos humanos en diverso grado de integración. Estamos hartos de ver como llaman “irlandeses” o “italianos” a individuos cuyos antepasados llevan viviendo cuatro o cinco generaciones en territorio norteamericano y que, incluso, han emparentado por el camino con familias netamente anglosajonas; individuos que, además, han combatido en varias guerras defendiendo la bandera de las barras y las estrellas. Como dije hace tiempo:
“En realidad lo que han hecho [los norteamericanos] ha sido redistribuir los excedentes demográficos europeos por toda la geografía de su país. Por el camino se han ido transmutando, han ido reduciendo su identidad colectiva al mínimo común denominador compartido de todos los pueblos que han alimentado sus flujos migratorios. Han mantenido la lengua como uno de esos elementos que los unen porque las de los inmigrantes eran muy diversas y porque cada uno de esos grupos étnicos se ha diluido por todo el territorio norteamericano. El inglés era la lingua franca que todos tenían que aprender para entenderse con los otros y como al final buena parte de esos inmigrantes se casaban con personas de una procedencia étnica distinta de la suya, dejaban de hablar su lengua materna en su familia de destino. Esa es la manera de construir un pueblo compuesto por personas que van distanciándose rápidamente de sus raíces culturales, rodeados por otras personas que han tenido que hacer lo mismo y que han perdido referentes, refranes, gestos, cuentos, leyendas, sabores, sagas familiares… Han simplificado su universo cultural, que cede así protagonismo ante los elementos más superficiales y más materiales de su existencia.”[2]
Los propios norteamericanos usan la expresión “melting pot” para referirse a esa peculiar manera de relacionarse que mantienen entre sí, en función de sus orígenes geográficos respectivos. Se ve que no basta compartir nacionalidad, lengua e, incluso, raza, para que consideren que formas parte del grupo. La identidad de procedencia de cada cual es muy importante y es capaz de “atravesar el tiempo” y sobrevivir durante varias generaciones.
La estructura de capas creada por los británicos para gestionar la diversidad -tanto racial como cultural- de su imperio les permitió en su día expandirse rápidamente por el mundo sin mezclar sus elementos constitutivos. La repugnancia anglosajona ante los procesos de mestizaje creó una sociedad de castas, al estilo del Antiguo Régimen europeo, trasladando hacia el futuro la resolución de los conflictos que una sociedad tan clasista y tan multirracial creaba de manera natural. Ese futuro se ha convertido en presente y ha ido aflorando a lo largo de los siglos XIX y XX.
Antes hice una referencia a Sudáfrica y a Rhodesia del Sur, metiéndolos en la lista de las “nuevas inglaterras”. Es evidente que esa denominación, para estos dos países, hoy ya carece de vigencia, pero sus respectivos procesos históricos nos pueden ilustrar bastante acerca de la problemática que arrastran estas sociedades y de las dificultades que encuentran a la hora de gestionar su propia diversidad. En el futuro veremos reproducirse otros casos semejantes, cada cual desde luego con sus propios matices diferenciales, en el resto de países que agrupé bajo ese epígrafe.
Durante buena parte del siglo XX la sociedad norteamericana ha sido (todavía lo es) la vanguardia tecnológica del mundo globalizado. Y ha liderado también el proceso de interiorización cultural de todos los avances técnicos que se han venido produciendo. Hemos visto a su sociedad transformarse de manera acelerada y exportar después ese modelo hacia el resto del mundo. Una sociedad puede evolucionar de muchas maneras, y una de ellas es centrarse en los elementos más materiales de la existencia como hemos visto. Todo se compra y se vende. Evolucionar significa, para ellos, inventar máquinas cada vez más sofisticadas y sumergir el alma humana en su jungla tecnológica. Significa vigilar cada rincón del espacio en el que se desenvuelven, como el “Gran Hermano” de “1984” y convertir a cada persona en un especialista de la tarea que se le ha encomendado, haciéndole olvidar todo lo demás. Han convertido a los hombres en objetos que están siendo controlados y dirigidos por unas máquinas cada vez más inteligentes que los abducen, haciéndoles olvidar que la función del pensamiento es la más específicamente humana de todas las que poseemos.
Mientras evolucionan en sentido tecnológico, involucionan en sus funciones cognitivas, simplifican y degradan su sistema de relaciones, criminalizan la vida cotidiana, multiplican el número de presos, de cárceles y de carceleros. Fabrican inmensas bases de datos en las que queda registrado todo lo que ocurre, cada foto, cada grabación de las cámaras que nos vigilan por las calles, cada desliz que pudimos cometer en el pasado, para recordárnoslo el día en el que mostremos algún signo de rebeldía. Y mientras ocurre todo esto los humanos se expresan en términos cada vez más primarios, más instintivos. La gente cada vez grita más y lo hace más alto. El nivel de agresividad y de miedo no deja de aumentar. Mientras los sistemas de control no dejan de perfeccionarse, la red de lealtades sobre la que descansa toda sociedad digna de tal nombre se debilita por momentos. El miedo mata las solidaridades humanas y convierte en enemigos a nuestros vecinos.
Volviendo al hilo de nuestra historia recordamos que estábamos comparando dos procesos culturales enfrentados: el anglosajón frente al ibérico. De la enumeración que hemos hecho de las características de uno podemos, en cierta forma, inferir de manera implícita la del que compite con él.
Primero hablamos de la fusión en caliente ibérica frente a la templada británica y la fría norteamericana. Hace tiempo que venimos sosteniendo que la Civilización Hispana cristalizó, en términos culturales, durante la época de las “invasiones africanas” (1086-1344). Desde entonces ha llovido bastante. Durante esos 258 años nuestro pueblo contuvo, en términos militares y, también, políticos y culturales, tres poderosas invasiones (almorávides, almohades y benimerines). Las dos primeras debieran figurar en la lista de las más potentes que hayan tenido lugar en Europa a lo largo de su historia. Si no ha sido así es porque fueron frenados en seco en nuestro país y, en consecuencia, el resto de pueblos europeos, situados a retaguardia, no llegaron a ser conscientes del peligro que tenían ante sí. Para situarnos en ambiente les mostraré algunos mapas históricos que estoy seguro que sorprenderán a algunos:

Imperio Almorávide


Imperio Almohade


Imperio Meriní (benimerines)
Como dije hace tiempo, la gente suele creer que los musulmanes invadieron España una sola vez (la del 711). Pero esa primera invasión, comparada con las que acabo de mostrarles, fue un juego de niños. El número de combatientes que entraron en España en 1086 multiplicó por varios dígitos al del 711 y los almohades, a principios del siglo XIII llegaron a situar en nuestro país el ejército de ocupación (en términos relativos, dada la población que había en nuestro país), con diferencia, más masivo de toda nuestra historia. Repito ¡¡de toda nuestra historia!!
¿Por qué aguantaron tales embestidas nuestros antepasados? Pues sencillamente porque llovía sobre mojado, porque esta vez no les pilló por sorpresa y se habían estado preparando para ellas durante varios siglos. En realidad la historia de la Península Ibérica desde el 711 hasta el 1344 nos recuerda a la famosa película del “Día de la Marmota”. La misma historia se repite de manera cíclica, con un siglo de distancia temporal, más o menos, entre una y otra, consiguiendo hacer que lo que al principio sorprendía, se terminara grabando en el subconsciente colectivo y acabara provocando respuestas automáticas en toda la estructura social. La gente ya sabía lo que tenía que hacer cuando volvía a suceder.
La Historia de España entre 711 y 1344 es una sucesión de ofensivas musulmanas y contraofensivas cristianas, siguiendo un modelo cíclico que, visto desde el lado cristiano, describí hace tiempo:
·      Fase 1: Repliegue general hacia las líneas de resistencia posibles, para contener el avance de los invasores.
·      Fase 2: Encastillamiento. Consolidación de las líneas de defensa.
·     Fase 3: Hostigamiento paulatino a los puestos avanzados de sus enemigos y a los grupos que se han quedado momentáneamente desconectados, para ir tomando el pulso a la consistencia real del adversario.
·   Fase 4: Recuperación de los espacios que su adversario no es capaz de defender de manera eficaz. Presión en todos los frentes que obliga a éste a sostener un costoso dispositivo militar cuyo mantenimiento se vuelve cada vez menos sostenible.
·   Fase 5: Ofensiva general. Cuando se rompen las líneas del oponente. Fusión de los diferentes estados en unidades políticas mayores.[3]
El volumen de combatientes que participaba en cada nuevo ataque y/o contraataque no dejó de incrementarse en cada nuevo ciclo. El punto de inflexión lo marcará la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), la más masiva de toda la Historia de España, y una de las más masivas de la historia europea.
Después de 1212 los musulmanes, sencillamente, ya no podían movilizar a más combatientes sin cambiar, de manera profunda, su modelo social. Era una sociedad muy jerarquizada y clasista, bajo ningún concepto estaban dispuestos a armar y adiestrar a su propio campesinado, que era lo único que podían hacer para contener el aluvión que se les venía encima desde el norte.
Las invasiones norteafricanas en la Península Ibérica empezaron a producirse cuando los cristianos del norte peninsular quebraron el poder militar andalusí, a lo largo del siglo XI, a partir de la Revolución Cordobesa de 1009. En ese momento cayó el Régimen Amirí (977-1009), que representa la fase más violenta y autoritaria del Califato de Córdoba (929-1031). El más sanguinario de los dirigentes de este régimen, Muhammad Abi Amir (al que los cristianos llamaron Almanzor), lanzó en un período de 25 años (977-1002) 56 campañas guerreras contra el norte peninsular, saqueando todas sus ciudades, esclavizando a decenas de miles de personas, incendiando campos, llevándose toda la riqueza que pudiera ser transportada y desestructurando socialmente a los territorios más expuestos desde el punto de vista militar.
Como consecuencia, en esas áreas más expuestas (el Condado de Castilla y las tierras de la Extremadura altomedieval, que no debemos confundir con las que hoy reciben esa denominación) surgirá un nuevo modelo social que será el que, con el tiempo, termine barriendo el poder andalusí y, más adelante, todas las estructuras de poder musulmanas de la Península Ibérica, aunque estuvieran respaldadas por sus correligionarios del otro lado del Estrecho. Es entonces cuando apareció el mundo de la frontera, que ya describí hace tiempo[4] y que aporta una gran novedad histórica a la que sólo un puñado de historiadores han hecho referencia: La democracia municipal de la Extremadura medieval española
Como estamos hablando de la profunda Edad Media todo el mundo da por supuesto que aquella era una sociedad feudal. Pero si les dijera que en los municipios de la Extremadura (llamados “concejos”) se elegían en asambleas abiertas en la plaza del pueblo a los alcaldes, a los jueces, a los comandantes del ejército y se reclutaban, entre los campesinos del lugar, a las milicias ciudadanas que durante la Plena y la Baja Edad Media aportaron, según las épocas y las coyunturas, entre el 60% y el 80% del volumen total de combatientes que plantaron cara a todos estos invasores. Si les contara que en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) participaron el 10% de todos los varones adultos del reino de Castilla (45.000 hombres, de un país de 2 millones de habitantes), tal vez pudieran empezar a entender por qué una vez superada esta época oscura el mundo ibérico estallaría, abriría la época de los Descubrimientos Geográficos, cruzaría los mares y se repartiría por el resto del planeta, cambiando para siempre la Historia de la Humanidad.
El mundo ibérico se forjó en medio de la adversidad, plantándole cara a poderosos adversarios, y fue la sociedad, no el estado, la que se puso al frente de esa lucha, la que fue empujando hacia el sur las líneas del frente, la que atravesó los mares, se mezcló con los pueblos de ultramar y se fusionó con ellos, convirtiéndose en la levadura de una nueva sociedad cuyo impulso vital desencadenaría un proceso que terminaría cambiando todas las relaciones de poder del planeta Tierra.
Sobre el proceso histórico desarrollado por el Imperio Español en América se han publicado miles de libros que lo han presentado desde todos los puntos de vista posibles. Pero yo quisiera poner el énfasis en la evolución de las variables demográficas a lo largo del tiempo, porque más allá de las valoraciones morales o políticas, a las que tan aficionado es un sector importante de la bibliografía, si queremos entender lo que está pasando, lo idóneo es ponerse a estudiar los datos objetivos y mensurables:

“El número total de blancos, en el conjunto del Virreinato de la Nueva España, era de 63.000 en 1570, 600.000 en 1759 (240 años después de la llegada de Cortés a México) y de un millón en 1800. Se estima que la población indígena era de unos 10 millones de habitantes en el siglo XVI, 8 en el XVII, 7 en el XVIII y 3,5 en el XIX. Los mestizos, por su parte son 1,5 millones a principios del siglo XIX. Los negros nunca sobrepasaron la cifra de 20.000. En 1800 la población de la España peninsular era superior a la población total de este virreinato y no demasiado inferior a la suma de todos los habitantes de los virreinatos americanos del Imperio español.

Como comparación diremos que la población de las trece colonias inglesas que terminarían dando origen a los Estados Unidos de Norteamérica tenían 210.000 habitantes en 1690 y 2.121.376 habitantes en 1770 -de los cuales 1.664.279 eran de raza blanca (78,5 %) y 457.097 de raza negra (21,5 %) y esclavos en su inmensa mayoría. (http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/1637.htm 26/1/2009)-. Detrás de la poderosa expansión demográfica de este país no sólo se encuentran los disidentes religiosos ingleses de los siglos XVII y XVIII, sino buena parte de los excedentes de población de todo el continente europeo, así como gran cantidad de negros africanos obligados a cruzar el Atlántico y a trabajar para los aristócratas blancos instalados en los territorios más meridionales de aquellas colonias. Podemos decir que tenían a todo un continente detrás. Esta potencia expansiva imprimió un ritmo vertiginoso a los procesos históricos que tuvieron lugar en Norteamérica, creando una sociedad con un “tempo histórico” más acelerado.”[5]
[...]

“El avance de los cristianos por la Península Ibérica fue un proceso de acumulación de fuerzas. El de los españoles en América la continuación de ese impulso medieval. Es un crecimiento vegetativo, endógeno, de replicación biológica. Tiene su propio ritmo que no viene marcado por sucesos ajenos. Los 63.000 blancos que había en la Nueva España en 1570 eran 600.000 en 1759 (casi 200 años después). Seguían siendo pocos, pero se habían multiplicado por diez. Eso sí, en 200 años, pero en fase de Antiguo Régimen demográfico. Durante ese tiempo habían estado recibiendo refuerzos peninsulares, pero eso era una lluvia fina que aportaba unas decenas de miles de habitantes en cada generación y no provocaba cambios significativos en el tejido social.

Una parte importante de los 600.000 de 1759 descendían de los 63.000 de 1570. ¿Cuántos de los 2,1 millones de norteamericanos de 1770 descendían de los 210.000 de 1690? ¿Cuántos de los 300 millones actuales descienden de esos 2,1 de 1770? Durante varios siglos los anglos se supone que han tenido un crecimiento demográfico espectacular, muy superior al de los hispanos. En realidad lo que han hecho ha sido redistribuir los excedentes demográficos europeos por toda la geografía de su país. [...] El mundo anglosajón se extendió por América de esa manera. [...] Poco a poco, conforme fue avanzando el siglo XX, el impulso migratorio europeo se fue secando y fue siendo reemplazado por el de pueblos de otras procedencias geográficas: asiáticos e iberoamericanos fundamentalmente. Los primeros vienen de países más lejanos tanto desde el punto de vista geográfico como desde el cultural, y entre ellos también hay grandes diferencias. Pero los iberoamericanos son sus vecinos del sur desde hace siglos.”[6]

Un poco más arriba he dicho que en la Edad Media española fue la sociedad, no el estado, la que sostuvo la presión militar en las líneas del frente. Presión militar que era la traducción de la presión demográfica que había por detrás y, también, de una verdadera revolución social que estaba teniendo lugar en “el mundo de la frontera”. Ese proceso continuará al otro lado del mar después de 1492:
“El descubrimiento y conquista del continente americano [...] tuvo lugar de una manera muy diferente a las llevadas a cabo por el resto de pueblos colonizadores. Lo primero que hay que resaltar es que la iniciativa siempre la llevó la sociedad: Recordemos cómo se produjo éste: un individuo particular -que ni siquiera era súbdito de los reyes de España- se presenta en la corte con un proyecto que, supuestamente, abrirá a la conquista española un nuevo continente. Y pide a cambio financiación, exclusividad, respaldo político y señorío sobre las tierras que descubra y conquiste, para él y para sus descendientes. [...] Esta primera negociación colombina con los monarcas sirvió de patrón a las que vinieron después. En las siguientes, un particular propone a estos explorar y conquistar una región determinada del continente, en nombre del rey. En el compromiso quedan reflejados unos límites geográficos y también temporales para llevar a cabo la conquista. El individuo en cuestión se responsabiliza, además, de la financiación y el reclutamiento de los hombres necesarios para llevar a cabo el proyecto. La aportación económica suele correr a cargo de socios capitalistas, que asumen un riesgo elevado a cambio de una expectativa de negocio igual de elevada. A la corona le sale prácticamente gratis la conquista y libre, además, de quebraderos de cabeza. Y sin embargo obtendrá, por el hecho de haber autorizado la operación, el derecho a nombrar funcionarios que verifiquen el cumplimiento de lo pactado y cobren el “quinto real” de todos los beneficios. 

En la aventura americana la corona siempre fue por detrás, recogiendo los frutos del esfuerzo de miles de hombres de acción que vieron en ese continente una Nueva Frontera, al estilo de la que habían conocido en la Península Ibérica pero mucho más blanda y dilatada. Acostumbrados a batirse con enemigos implacables, no les resultó difícil ponerse al frente de vastas coaliciones indígenas para derribar a los grandes imperios prehispánicos. Guerreros natos, maestros de la improvisación y de la adaptación a los medios más diversos y acostumbrados a vivir sobre el terreno, parecía que la “Reconquista” hubiera sido un ejercicio de entrenamiento diseñado expresamente para preparar el asalto al Nuevo Mundo.”[7]

Vemos, por tanto, como las iniciativas de carácter expansivo, en el mundo hispánico, siempre parten de abajo, vienen del fondo de la sociedad, es una fuerza convectiva y endógena. Por detrás viene el estado, intentando canalizar ese impulso vital. El mismo estado que, desde hace casi mil años, ha mantenido una alianza estratégica con la cúpula de la superestructura del Occidente Europeo: Los dos poderes universales en la Edad Media (Papado e Imperio), Francia durante el siglo XVIII, La Santa Alianza en la primera mitad del siglo XIX... etc. y la Unión Europea y la OTAN a día de hoy (a este lado del Atlántico). La OEA y otras instituciones paralelas en su orilla occidental.
Y, sin embargo, esa superestructura política nunca fue capaz de frenar el despliegue de la Civilización Hispana por el mundo. Esa poderosa fuerza convectiva que surge desde abajo y que ha cambiado la Historia de la Humanidad. Recordarán que también hablé, hace tiempo, de la “dualidad esencial de la sociedad española”[8], de esa tensión interna entre la España real y la oficial, de un proyecto de civilización grabado a fuego en el subconsciente colectivo, sepultado y contenido tras los discursos de una clase dominante que repite las modas, las apariencias y los lugares comunes que nos llegan desde el norte, de más allá de los Pirineos.
Ya vimos como a principios del siglo XIX esas clases se pusieron a las órdenes de los ejércitos napoleónicos[9] y fueron las nuevas milicias populares, llamadas ahora “guerrillas”, las que expulsaron a los invasores, como en la Edad Media, como en la Guerra de sucesión española (1701-1713). Pero esa traición de los dirigentes quebró la estructura de poder imperial, y se llevó por delante al Imperio Español, sustituido por las repúblicas independientes que abrirían una nueva etapa en el desarrollo de la Civilización Hispana. No era la primera vez que los dirigentes rompían la unidad política en plena ofensiva de los ejércitos enemigos. 
Durante los siglos XIX y XX hemos visto hemos visto a los anglosajones aprovechar el hundimiento de la estructura política del Imperio español para lanzar una ofensiva general contra el mundo hispano. Pero, también, como se ha empezado a reconstruir las líneas de defensa, siguiendo un patrón de respuesta cultural atávico. El mundo ibérico tiene, como ya dije, una extraordinaria profundidad estratégica y una formidable resiliencia. Y está articulando, de facto, una respuesta convectiva, que viene desde el fondo de la sociedad y que, si tenemos en cuenta los antecedentes históricos que hemos esbozado brevemente, tiene un gran recorrido por delante.
Una respuesta convectiva y multimodal, de ámbito continental, surgida en el corazón del “Continente Transversal”. Es una mezcla explosiva (como la ibérica del siglo XV) diseñada para vertebrar el resurgimiento de un nuevo estallido cultural y político. La culminación de un proyecto de civilización.


 
[4] Los hombres de la frontera” ( http://polobrazo.blogspot.com/2012/03/los-hombres-de-la-frontera.html ) y “Un siglo trascendental” ( http://polobrazo.blogspot.com.es/2015/01/un-siglo-trascendental.html )

[5]“El despliegue continental”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/12/el-despliegue-continental.html  (nota al pie nº 2).