domingo, 29 de septiembre de 2013

El “limes” polaco



Hace ya casi dos años que hicimos referencia por primera vez a las “fronteras intangibles” que dividen a los europeos y que mantienen vivos los límites que separaban, ya en la Protohistoria, a algunos de los grandes pueblos de aquel tiempo y que han sabido sobrevivir, de una o de otra manera, hasta el día de hoy.

De entre todas ellas hemos destacado como la más persistente y visible de esas fronteras al “Limes” renano, que los romanos fortificaron a lo largo de la ribera occidental del Rhin. Nos hemos entretenido presentándoles a los pueblos que lo han defendido históricamente y descrito su rol, dentro del “ecosistema” europeo, bautizándolo con el nombre de “función borgoñona”[1].

Vimos la trayectoria de los pueblos que hemos llamado “borgoñones”, que exceden ampliamente los límites geográficos de la región francesa homónima e, incluso, del estado medieval que le dio nombre. Hemos insistido en llamarles así porque en este blog venimos intentando, desde entonces, describir las dinámicas históricas de los distintos pueblos del mundo que han tenido en el pasado o en el presente alguna relación con España (miramos al mundo desde España), y desde ese punto de vista los borgoñones han tenido una relación especial con ella desde el siglo XI. Pero si nuestro ángulo de visión hubiera sido más eurocéntrico seguramente habríamos hablado de la Lotaringia, porque los límites de ese fugaz reino carolingio se ajustaron, con mucha más precisión, a la particular distribución geográfica de esos pueblos fronterizos que siguieron defendiendo el viejo Limes miles de años después de que desapareciera formalmente.

Hay otros “limes” en Europa, casi tan persistentes como este, aunque algo más flexibles desde el punto de vista geográfico. De entre los más potentes y masivos destacan los que históricamente han envuelto a los pueblos germanos, encapsulándolos. Ya hablamos en nuestro anterior artículo[2] de los distintos proyectos expansivos surgidos en el corazón de Alemania a lo largo de la historia y de cómo -prácticamente todos- han terminado fracasando. ¿Por qué han fracasado estos intentos? Pues porque los pueblos que rodean a Alemania, y que han tenido que absorber en el pasado todas esas embestidas, han ido desarrollando a lo largo de los siglos una serie de anticuerpos que los protegen de ese peligro específico. Han desarrollado tácticas defensivas pensando en un adversario muy concreto, especialmente diseñadas para responder a la particular idiosincrasia de éste.

Si los pueblos del Limes renano (o de la Lotaringia, como prefiera llamarlos) han sido la barrera de contención de los germanos por el oeste, los polacos han desempeñado idéntica función por el este. Sus antepasados tuvieron que hacer frente, ya en la Alta Edad Media, a los colonos que avanzaban desde el Elba. Después se enfrentarían, junto con los lituanos y otros pueblos del Báltico, a la penetración de la Orden Teutónica, cuando los alemanes de esa zona eran católicos y los eslavos eran paganos. Algunos siglos después serán los polacos y los lituanos los bastiones de la catolicidad frente a los prusianos, que se habían pasado al luteranismo (los antiguos cruzados teutónicos, la de vueltas que da la vida) como dije hace algún tiempo:

Cuando por fin los cañones cesaron y la paz volvió [tras la Guerra de los Treinta Años (1648)], la distribución de los luteranos reproducía “casualmente” de manera bastante aproximada la de los germanos de los primeros siglos de la Era Cristiana. [… Y] Los católicos reproducían la geografía del Imperio Romano de Occidente (salvo en el caso inglés), a los que se les sumaban los habitantes de países celtas (el caso irlandés) o eslavos (polacos, lituanos…) en proceso de autoafirmación nacional frente a anglosajones o germanos.”[3]

Siguiendo el juego de oposiciones del que hablamos hace tiempo:

Lo que ha sobrevivido es la frontera, no las creencias. […] Por eso [los pueblos] han buscado marcadores de etnicidad que les ayuden a hacer visible esa diferencia.[4]

La catolicidad representa, para los polacos, su particular manera de insertarse en el “ecosistema” europeo, la forma de encontrar apoyos continentales que les permitan afirmar su identidad frente a los poderosos vecinos que les rodean (alemanes por el oeste, rusos por el este). Esta catolicidad les brindó ayuda militar y simpatía para su causa (en el siglo XVII) entre sus correligionarios del Occidente europeo[5] que volverá a manifestarse cuando Bonaparte cree el Gran Ducado de Varsovia (1807) como estado-gendarme encargado de mantener el orden napoleónico entre prusianos, austriacos y rusos. Derrotado éste, los polacos verán a sus poderosos adversarios repartirse, por cuarta vez en su historia, su país entre ellos, para resurgir de nuevo tras la Primera Guerra Mundial y la nueva derrota de la triada imperial oriental.

La Segunda Guerra Mundial estalló como consecuencia del quinto reparto de Polonia, esta vez entre alemanes y rusos. Esa enésima invasión polaca volverá a pasar una elevadísima factura a las dos potencias agresoras. Los alemanes verán cómo sus sueños imperiales no sólo se vieron frustrados sino que, como consecuencia de aquella agresión, sus fronteras orientales sufrieron el mayor retroceso de los últimos mil años y vieron como las poblaciones étnicamente germanas situadas al este de la línea Oder-Neisse fueron deportadas masivamente hacia el oeste.

Los rusos, por su parte que, aunque respetaron nominalmente la independencia polaca tras el fin de esta guerra, les impusieron su tutela política e ideológica, terminaron viendo como la potente movilización de la clase obrera de este país en los años 80 será la que, a la postre, terminará desencadenando los procesos históricos que conduzcan a la desaparición del Bloque Comunista europeo y a la desintegración política de la Unión Soviética.

Como podrá comprobar, atacar al pueblo polaco ha terminado siempre costando muy caro a los agresores (y también a los polacos, claro). Este pueblo ha demostrado históricamente que posee una capacidad reactiva formidable. La barrera de separación que ha levantado entre sus dos poderosos vecinos ha terminado revelándose como infranqueable a largo plazo. El “limes” polaco no tiene nada que envidiarle al renano y ha terminado formando parte de esa estructura ósea europea de la que hablé hace tiempo[6] y que ha encorsetado a las grandes potencias continentales de nuestra ecúmene.





[1] La “función borgoñona”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/04/la-funcion-borgonona.html

[2] La decadencia europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/09/el-epicentro-del-volcan-europeo.html

[3] La Guerra Civil Europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-civil-europea.html

[4] Las fronteras intangibles: http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/las-fronteras-intangibles.html

[5] Recuerden que una de las obras maestras de Calderón de la Barca –La vida es sueño-, publicada en 1635, en plena Guerra de los Treinta Años, se desarrolla en Polonia, un dato que no es anecdótico. Calderón es uno de los autores del Siglo de Oro español que tenía una relación más estrecha con la corona y cuyas tramas argumentales se ajustan más a los discursos propagandísticos del poder en la España del siglo XVII, aunque lo hiciera con una inteligencia que destacaba con claridad por encima de los grises ideólogos que le rodeaban. Esa contextualización polaca de una de sus mejores obras no es más que el reconocimiento del establishment español de la época a la extraordinaria contribución de este país, en términos geopolíticos, a la neutralización de los luteranos en el norte de Europa.

[6] La estructura del Sistema Europeo: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/la-estructura-del-sistema-europeo.html

domingo, 15 de septiembre de 2013

La decadencia europea



Hace algunos meses dijimos:

“Lo que la historia ha dejado muy claro es que todos los proyectos imperiales “eurípetos” han acabado mal. Moderadamente mal cuando se han abordado de manera gradual y estrepitosamente mal cuando lo han hecho con decisión y con fuerza.”[1]

Como recordarán, los imperios “eurípetos” eran la alternativa de los imperios “eurífugos”, que definimos como aquellos que se expandieron desde Europa hacia el exterior[2]. Los primeros, por tanto, son los que se expanden por el interior de Europa, y pusimos como ejemplo los de Carlomagno, Carlos V, Napoleón y los alemanes del siglo XX.

En consecuencia, cualquier proyecto expansivo diseñado en Alemania y que tenga como objetivo someter a cualquiera de sus vecinos europeos es, por definición, un proyecto imperial eurípeto y está, por tanto, condenado al fracaso.

Toda sociedad es, en realidad, un ecosistema social, y la diversidad es algo consustancial con ella. Es cierto que es posible avanzar hacia una mayor uniformidad de tipo lingüístico o religioso, como han podido conseguir algunos grandes imperios a lo largo de la historia. El Imperio romano, el árabe o el español lo llevaron a cabo en buena medida (nunca totalmente), pero esto pudo ser posible por varias razones (que no se dan en la Europa contemporánea):

La primera es que en el espacio geográfico por el que se extendieron esos grandes imperios había importantes desniveles tecnológicos entre sus diversos habitantes en el momento en el que construyeron, y que los dominados cambiaron cultura por tecnología. Aceptaron la dominación porque no juzgaron viable sacudirse el yugo de los conquistadores y durante las siguientes generaciones se produjo un proceso aculturador intenso entre las clases medias de la nueva sociedad que se estaba formando que le garantizó a estos últimos los suficientes apoyos sociales como para ir integrando -de manera gradual- a las diversas poblaciones del imperio en el nuevo universo cultural.

La segunda razón que permitió la consolidación de esos poderosos imperios fue que pudieron disfrutar -durante su fase expansiva- de un relativo monopolio de la fuerza en esa extensa región. No había cerca ningún otro imperio que alimentara la disidencia de los dominados.

La tercera es que los conquistadores se movieron en un ecosistema natural relativamente parecido al de su país de origen y supieron desenvolverse en él con relativa destreza, demostrando así ser “la especie mejor adaptada” a ese hábitat natural. En el caso romano el espacio peri-mediterráneo, en el árabe las zonas áridas que flanquean los desiertos del Próximo Oriente y del Norte de África y en el español la transversalidad del continente americano. Detrás de cada imperio hay una idea motriz, que genera un complejo cultural completo del que la religión y la lengua forman parte, además de otra multitud de factores y de costumbres validadas por el tiempo que garantizan tanto el salto tecnológico sobre la fase histórica anterior como su peculiar adaptación al medio al que la citada idea motriz da respuesta.

Nada de esto se ha dado en el contexto de la expansión de las fuerzas nacionalistas por Europa a lo largo de los siglos XIX y XX. Los desniveles tecnológicos y demográficos dentro de Europa no son suficientes como para dejar sin capacidad de resistencia a los dominados y, además, siempre hay alguna potencia rival cerca dispuesta a agudizar todas las posibles contradicciones internas de sus adversarios, lo que termina convirtiendo a toda agresión en el comienzo de un infierno que se realimenta a sí mismo, en una espiral de violencia autodestructiva.


¿Qué pueden ganar los futuros dominados europeos como contrapartida a la aceptación del proyecto hegemonista alemán? Aunque este país tenga alguna superioridad tecnológica con respecto a varios de sus vecinos, no es suficiente contrapartida para justificar la disciplina germánica y, en cualquier caso, hay otras alternativas que presentan un modelo de desarrollo menos rígido y más adaptable a sus características concretas. En cuanto a la capacidad de adaptación al medio en escenarios exóticos, los alemanes no han sido, precisamente, un ejemplo histórico al respecto.

Desde la Protohistoria los germanos vienen constituyendo la más potente fuente de inestabilidad política que hay en Europa. En los tiempos del Imperio Romano mantuvieron con éste el frente más activo y más masivo de todos los que esta formidable estructura política tuvo que sostener a lo largo de sus inmensas fronteras. Serán los germanos los que rompan el Limes occidental a principios del siglo IV, los que invadan todos los territorios de Europa Occidental y del Magreb –en varias oleadas- a lo largo de la Alta Edad Media, sometieron pueblos, crearon reinos y se establecieron en ellos como aristocracias guerreras que instauraron multitud de nuevas estructuras políticas que, con el tiempo, darían origen a los actuales estados europeos. Pero la cultura, la religión y las lenguas de todos estos países evolucionaron desde los patrones latinos, no desde los germánicos (con la salvedad del caso inglés).

La aparición de los dos poderes universales del Medievo (Papado e Imperio) representó la cristalización de un modelo que nos mostró la especialización a la que habían llegado cada una de estas dos tradiciones étnicas europeas (la romana y la germánica), y si bien el poder político y el militar fueron los ámbitos en los que éstos se hicieron fuertes, la manera en la que ejercieron esos poderes fue la más anárquica de cuantas se hallan conocido en el ámbito peri-mediterráneo durante los últimos 2.500 años. Los germanos se pusieron al frente de los diversos “estados” medievales justo en el momento en el que el Estado alcanzó en Europa su mínima expresión, creando unas estructuras de poder clánicas basadas en una trama de lealtades personales que conocemos con el nombre de feudalismo.

Durante el largo milenio medieval la herencia latina siguió trabajando en la base de la sociedad a través de la Iglesia y de las tradiciones culturales de los distintos pueblos. Se mantuvo viva en la religión y la lengua. Y esa herencia religiosa y cultural se fue expandiendo por regiones que en la antigüedad no habían sido romanizadas, alcanzando los confines de la ecúmene europea.

A finales de la Edad Media, Europa era el hábitat de los pueblos cristianos[5], en la víspera de la gran ruptura que representó la Reforma Protestante. En varios de mis artículos he llamado la atención acerca del hecho de que tras la Guerra de los Treinta Años las fronteras finales que terminarían delimitando geográficamente a los luteranos coincidían con las que, en la Era Cristiana, delimitaban a los germanos.

"La generalización de la guerra religiosa por Europa terminaría consolidando las posiciones geográficas que los protestantes habían ido consiguiendo desde 1517, pero los contuvo de manera definitiva.[…] Cuando por fin los cañones cesaron y la paz volvió, la distribución de los luteranos reproducía “casualmente” de manera bastante aproximada la de los germanos de los primeros siglos de la Era Cristiana”[6]

A lo largo de los siglos XIX y XX vimos como la emergencia de la nueva “nación” alemana desestabilizó todos los equilibrios políticos previos y condujo a Europa a los dos conflictos militares más sangrientos que la humanidad haya conocido. En el siglo XX, al igual que en el IV, el expansionismo germánico vino acompañado de destrucción y de violencia. En la Alta Edad Media puso fin a un milenio de Civilización Clásica y acabó con el Imperio Mediterráneo, abriendo una nueva fase histórica de signo continenta. En el siglo XX lo que ha provocado es la implosión europea. En ambos casos viene a representar el fin de una época y el comienzo de otra.

Cuando el volcán alemán empieza a rugir [… el resto de imperios europeos] han alcanzado ya los confines de La Tierra y están derribando las últimas fronteras. [… pero] Al aparecer un nuevo imperio en el corazón de Europa, a retaguardia de todos los demás, está obligando a estos a darse la vuelta para cubrir ese nuevo frente, que queda a muy poca distancia de sus respectivas metrópolis, que pone en peligro el núcleo duro de todos ellos. Eso significa replegar poderosos efectivos militares y recursos de todo tipo desde la periferia hacia el centro. Y como consecuencia indirecta hace aparecer nuevos imperios lejos de Europa, que empiezan a preparar el relevo estratégico de los europeos por todo el planeta. Es el momento de Estados Unidos, pero también de Japón. Incluso el comienzo de la recuperación china (un estado de dimensiones continentales, que necesita un tiempo considerable para ponerse en pie, pero que es capaz de desplegar, una vez que lo haga, una potencia superior a todos los demás). Los vientos dejan de soplar desde Europa hacia afuera para hacerlo a la inversa. Se está preparando la implosión europea.[7]

Vemos por tanto como expansionismo alemán es igual a implosión europea y como, desde el principio, este proceso tuvo reflejos en todos los confines de nuestro planeta, sentando una de las precondiciones necesarias para la aparición de nuevas grandes potencias tanto en América como en Asia. El proceso sigue su curso, manteniendo su propia lógica interna. El crecimiento chino, indio y japonés vino facilitado por la implosión europea, que provocó una retirada importante de efectivos desde sus imperios ultramarinos hacia Europa para hacer frente a los ataques alemanes. Un siglo después el proceso ha alcanzado una potencia considerable.

Roma no sucumbió ante los bárbaros sino que se autodestruyó ella sola. Los invasores pudieron entrar cuando el Imperio se había debilitado interiormente lo bastante como para no ser capaz de resistir agresiones que unos siglos antes estaban en condiciones de repeler perfectamente.

Pues en Europa se ha iniciado un proceso de descomposición interna que le va a ir conduciendo de manera paulatina hacia la irrelevancia política conforme de vayan desplegando las fuerzas emergentes del siglo XXI.



[1] Los imperios efímeros: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/los-imperios-efimeros.html

[2] Ibid..

[5] Ya dediqué un artículo a explicar que este “continente” es el único de La Tierra que no tiene unos verdaderos límites geográficos, sino que es una construcción conceptual que busca resaltar una realidad cultural, por eso prefiero usar, cuando me refiero a él, el término “ecúmene”, que también he aplicado otras veces a Iberoamérica o al Mundo Árabe que son, como Europa, realidades culturales más que geográficas. (Ver El occidente de Asia, http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/el-occidente-de-asia.html)

[6] La Guerra Civil Europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-civil-europea.html

[7] La implosión europea: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/la-implosion-europea.html

viernes, 30 de agosto de 2013

Los hombres del Norte



Si el carácter insular de las islas británicas le ha dado a las mismas históricamente un gran margen de autonomía política, impensable en las áreas geográficas continentales europeas ¿Qué podríamos decir al respecto de los países escandinavos?

Los británicos, en el contexto europeo, ocupan -como la Península Ibérica- una posición periférica. Pero si nuestra perspectiva es el Hemisferio Occidental resultan mucho más centrales que la mayoría de los países de nuestra ecúmene.

Pero los hombres del Gran Norte se hayan situados lejos de la mayor parte de las grandes rutas de comunicación planetarias, de las tensiones étnicas, de los caminos  por los que históricamente se han colado en Europa los pueblos invasores. Su duro clima, además, ha desincentivado cualquier posible intento de conquista y los ha protegido, porque eleva notablemente los costes de cualquier posible agresión y/o ocupación militar. Y como no son camino hacia ninguna parte, las grandes potencias europeas han preferido olvidarse de ellos y centrar sus ambiciones expansionistas en otras áreas geográficas que presentaban una mejor relación coste/beneficio.

Desde el punto de vista étnico los escandinavos están emparentados con los germanos, sus vecinos del sur. Y los germanos ya vimos como alcanzaron la unidad política en una fecha muy tardía (1871). Hasta entonces no representaron una amenaza real más que para sus vecinos orientales y meridionales, que tuvieron que vérselas con sus dos estados más potentes –Prusia y Austria respectivamente-. El norte, centro y oeste de Alemania eran un mosaico de principados, obispados y señoríos diversos. Desde el punto de vista escandinavo -hasta 1871- Alemania era un colchón protector que los aislaba políticamente por el sur. Sus potenciales enemigos se encontraban al oeste –Inglaterra- y, sobre todo, al este -Rusia-, aunque a una distancia prudencial.

Durante la Edad Moderna los vecinos más agresivos que tuvieron fueron los rusos, que expulsaron a los suecos de los países bálticos y de Finlandia. También se vieron las caras, en Alemania, con austriacos y españoles durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), donde acudieron para defender a sus correligionarios luteranos del norte de este país.

En la Edad Contemporánea sufrieron –aunque moderadamente- la agresión napoleónica (Hay un episodio muy curioso, que ocurrió en Dinamarca en 1808 y que tuvo a un ejército español como protagonista, que ha dado lugar a gran cantidad de tradiciones locales en Fionia, este de Jutlandia y oeste de Selandia y que os invito a investigar[1]) y en la Segunda Guerra Mundial daneses y noruegos tuvieron que sufrir la invasión alemana (la primera de su historia milenaria. Los tiempos están cambiando). Durante la Guerra Fría (1945-1989) la tensión este-oeste se dejó sentir en esta apartada región europea con una intensidad inédita para lo que se estila por estas latitudes, lo que hizo que tres países escandinavos –Dinamarca, Noruega e Islandia-, los dos primeros de los cuales habían sufrido previamente –como hemos dicho- la agresión nazi, se incorporaran a la OTAN, alineándose así de manera clara con uno de los dos bandos enfrentados. Suecia y Finlandia –lo más orientales, ribereños del Báltico como los rusos y vecinos de estos- optaron por la neutralidad (en esa época se acuñó el término político “finlandización”, un sinónimo de “neutralización”. A Finlandia se la ponía como ejemplo de lo que los rusos querían hacer con el resto de Europa Occidental, es decir, neutralizarla, convertirla en una tierra de nadie equidistante entre el socialismo soviético y el capitalismo, algo que fue, en realidad, lo que permitió el desarrollo del “Estado del Bienestar” europeo).

Vemos, por tanto, como, pese al alejamiento psicológico que ha caracterizado a estos pueblos con respecto al meollo de lo que ocurre en el resto de la ecúmene europea, la tendencia es hacia una mayor implicación en la misma. Ya dijimos en otro artículo que el mundo está encogiendo por momentos y esta zona es uno de los ejemplos más claros al respecto. Por las calles de Estocolmo, de Copenhague o de Oslo se están viendo últimamente muchas personas de piel oscura, procedentes de todos los rincones de nuestro mundo, algo insólito hace unas pocas generaciones. Y ya hay quién está haciendo planes pensando en colonizaciones masivas de las regiones del gran norte cuando el calentamiento global provoque el deshielo de los glaciares de la zona.

En cualquier caso, aunque tal deshielo no se produjera, el avance tecnológico está permitiendo ya la supervivencia humana en áreas en las que nadie nunca antes se había atrevido a vivir. Por tanto, entra dentro de la lógica de los procesos históricos que en las próximas generaciones puedan producirse significativos movimientos de población tanto en Escandinavia como entre sus vecinos occidentales –Groenlandia y Canadá- y orientales –Rusia del Norte y Siberia- y, aunque esos movimientos pueden verse temporalmente paralizados por decisiones políticas –grupos xenófobos que pudieran alcanzar el poder y retenerlo durante cierto tiempo-, a largo plazo parece poco probable que los pueblos escandinavos puedan contener la avalancha humana que se les vendrá encima, así es que bien de manera ordenada (eligiendo ellos a los grupos de inmigrantes que pueden entrar) o desordenada, la transformación étnica de estas sociedades es inevitable a largo plazo.

Pese a todo van a seguir siendo los Hombres del Norte, es decir, los más alejados del epicentro de los grandes conflictos planetarios, lo que ralentizará bastante sus procesos de cambio en comparación con lo que, en paralelo, se esté dando entre sus vecinos meridionales. Si bien esas inevitables transformaciones serán percibidas desde dentro de estos países como intensas, desde fuera seguirán siendo vistos como un remanso de paz, como refugio de exiliados, como última reserva de los valores culturales de la Vieja Europa.

domingo, 11 de agosto de 2013

Un mundo en declive

 Palacio de Westminster (fuente: www.all-free-photos.com)

“Niebla en el Canal, Europa ha quedado aislada”, con esta frase jocosa y arrogante los ingleses han ilustrado, históricamente, ese sentimiento de suficiencia, de superioridad, que les ha infundido su propia situación geográfica, su carácter insular, que es reforzado por su occidentalidad atlántica que les sitúa -como a la Península Ibérica- en la ruta de salida hacia los mundos ultramarinos, así como por su superficie y su clima, que les ha permitido alimentar a un número de personas suficiente como para poder forjar una de las grandes naciones-estado de la Europa moderna y contemporánea.

Ese aislamiento británico ha limitado su capacidad de intervención en la política continental, pero los ha convertido en espectadores activos que, desde la seguridad de su santuario, han movido los hilos diplomáticos y económicos (a veces incluso militares) para dividir a los “otros” europeos, para alimentar viejos conflictos cuya permanencia en el tiempo les permitía a ellos actuar como el fulcro de la balanza. Ha sido históricamente uno de los elementos más esenciales del equilibrio europeo, uno de sus cerebros, posición que ha compartido con otros actores que tenían menos margen de maniobra que ellos, como Holanda o los Territorios Pontificios.

Inglaterra, en la mayor parte de los conflictos europeos de los siglos XVII a XIX, ha sido un puesto avanzado de observación desde donde se mandaban emisarios hacia uno u otro bando para avisarle de lo que preparaba su enemigo. Han sido los árbitros de buena parte de esos enfrentamientos y, con frecuencia, han hecho todo lo posible para alargarlos, para equilibrarlos, para mantener las espadas en alto, para impedir -en definitiva- la aparición de ningún imperio europeo que pudiera en el futuro poner en peligro su “espléndido aislamiento” que para ellos es garantía de paz y de prosperidad a costa, lógicamente, de la de sus potenciales competidores.

Desde el siglo XVIII, además, ha sido una gran potencia mundial gracias a la construcción de uno de los mayores imperios coloniales que hayan existido nunca. Su marina fue dueña de los mares durante doscientos años. Sometió gran cantidad de pueblos, quitó y puso gobernantes en otros muchos que eran nominalmente independientes, patrocinó la emancipación de las colonias ajenas, conspiró y movió los hilos diplomáticos por todo el mundo. Sus espías y sus agentes tenían “licencia para matar” y actuaban en cualquier sitio. Sin lugar a dudas este país fue la primera potencia planetaria desde el fin de las guerras napoleónicas (1815) hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939).

Y desde entonces estamos asistiendo a su lento e inexorable declive. Durante ese conflicto se produjo el relevo en el liderazgo global y la sustitución de la “Pax Británica” por el mundo de la Guerra Fría, donde este país pasó a desempeñar un rol secundario y subordinado al de la gran potencia emergente de Occidente.

La irrupción de los Estados Unidos como el actor estelar en este nuevo orden permitió a los británicos, gracias al bagaje de elementos culturales e históricos que comparten con aquellos, unirse al nuevo bloque, lo que les ha dado un margen de maniobra político, económico y cultural mayor que el que han disfrutado sus vecinos y rivales franceses. Estos últimos han intentado formar un núcleo duro continental con los alemanes para conseguir un margen de autonomía frente al bloque anglosajón que no podrían haber logrado de otra manera. Los británicos, en cambio, han optado por estrechar lazos con los norteamericanos con la intención de actuar de puente entre las dos orillas del Atlántico y ganar peso maniobrando entre ambos mundos.

Ya hemos visto, en los dos últimos artículos, como el futuro político tanto de Italia como de Francia está ligado a la evolución del proyecto europeo. Ambos países, además de socios fundadores de la Unión Europea, ya participaron hace mil años en el intento de construcción de la primera estructura política continental, y lo han seguido haciendo después en el resto de intentos semejantes que se han producido desde entonces.

Inglaterra, en cambio, siempre se ha desenvuelto al margen de este tipo de propuestas y, en la medida en que ha podido, ha estado en el bando de los que han procurado deshacerlas.

Pero su compromiso atlántico con la gran potencia norteamericana los ha vinculado con un proyecto estratégico mucho más vasto que el de la Unión Europea. El Reino Unido ha sido y es una pieza esencial de ese Occidente que, desde Washington, ha movido los hilos del mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Su destino va unido a ese modelo, dentro del cual la Unión Europea sólo es un subconjunto que actúa como elemento auxiliar.

Pero el mundo occidental, que se apoya en estructuras de dominación mundiales de diverso tipo, tales como la OTAN, la OCDE, la Trilateral, etc. para hacer valer su hegemonía, se enfrenta a tres grandes problemas que amenazan, a medio plazo, su existencia.

El más inmediato de ellos es el previsible declive paulatino de la Unión Europea, que se ha metido ella solita en un callejón sin salida, intentando conciliar dentro de sí tres propuestas políticas distintas e incompatibles:

Primero: El proyecto inicial de algunos socios (entre ellos los españoles) que apuntaba en la dirección de la construcción de unos Estados Unidos de Europa, es decir, una verdadera unión política, que alimentó los sueños de los pueblos y ha servido de combustible para llegar hasta aquí, aunque a estas alturas ya se ha hecho evidente que era un falso discurso, un engaño para que buena parte de los europeos de a pie aceptara el modelo real. Es obvio que una unión política a 28, sin una estructura democrática que la rija, con el endemoniado sistema ideado para la toma de decisiones y la amplia discrecionalidad de los mecanismos de bloqueo, el extraordinario margen de maniobra de los lobbies, la escasez del presupuesto común y la ausencia de una unidad fiscal no hace otra cosa más que alimentar los enfrentamientos que terminarán rompiendo el modelo.

Segundo: El viejo proyecto británico-escandinavo-alpino de crear, simplemente, una zona de libre comercio, siguiendo el modelo de la EFTA. Capitalismo puro y duro. La Europa de los mercaderes, que contaba con el respaldo de Washington desde el primer momento (puesto que este modelo convierte a los europeos -de facto- en auxiliares suyos, mientras que el primero apuntaba hacia la creación de un competidor estratégico) pero que, a largo plazo ata de pies y manos a los políticos de la zona y los convierte en meros títeres en manos de unos mercados que son incapaces de controlar. Este modelo ha ido ganando cada vez más fuerza dentro de la Unión, y no deja de agudizar los enfrentamientos de tipo estructural que existen en el conjunto.

Tercero: Aprovechándose de las fricciones entre los partidarios de ambos modelos Alemania trata de sacar adelante su viejo proyecto hegemonista e intenta aplicar en la Unión Europea actual algunas de las estrategias y de las tácticas que le permitieron formar el II Reich, en tiempos de Bismarck, de entre los restos de la Confederación Germánica. Como entonces, ignoran que sus vecinos (en este caso norteamericanos y rusos) no se van a quedar cruzados de brazos dejando que aparezca una nueva potencia en su retaguardia. También intentan obviar los recelos seculares que existen por toda Europa ante los últimos intentos expansionistas germanos que aún siguen vivos en la memoria colectiva de los pueblos.

El segundo gran desafío estratégico al que se enfrenta el mundo occidental es la aparición de varias nuevas grandes potencias. En un primer momento en Asia (China, India, Indonesia...) y más adelante en el propio continente americano (Brasil, México o una posible Unión Iberoamericana más adelante). Los chinos de hecho han reemplazado ya a la antigua Unión Soviética como el principal adversario estratégico de los norteamericanos. Los cálculos de los economistas apuntan a que el “sorpasso” se producirá, en términos de PIB, en torno al año 2025, y lo que vendrá después será la sustitución paulatina de los occidentales por los orientales en los diversos escenarios políticos mundiales. Lo que Occidente tiene ante sí es un declive paulatino, durante la primera mitad del siglo XXI, que la ya interminable crisis económica europea no deja de agudizar y de acercar y que la previsible decadencia que cité más arriba rematará.

Y el tercer gran desafío estratégico lo constituyen los propios límites del sistema capitalista. Creo que a estas alturas de la historia es ya evidente que la manera que hoy tenemos de organizar la sociedad es insostenible a largo plazo. Las costuras del capitalismo están saltando, se mire hacia donde se mire y la política del avestruz que se ha seguido hasta ahora ha demostrado, como dice el refrán, que es “pan para hoy y hambre para mañana”. El modelo global tiene que ser refundado, pero en esa tarea, desde luego, no van a estar los representantes del viejo orden. Es obvio que lo tienen que protagonizar nuevos actores y que el impulso tiene que venir desde zonas muy alejadas de los centros de decisión del pasado.

Volviendo a nuestro hilo original les recuerdo que estábamos hablando del papel que el Reino Unido venía desempeñando como puente entre las dos orillas del Atlántico y lo convertían en una pieza esencial dentro del mundo occidental. Como he explicado después parece evidente que en el futuro inmediato de ese mundo se está preparando una gran tempestad que puede poner en peligro, a medio plazo, el modelo completo. Si el futuro de Francia y de Italia, como ya dije, estaba ligado al de la Unión Europea, el de Inglaterra lo está al de Occidente en general, tiene un poco más de tiempo que aquellos, pero no demasiado más. Forma parte de un mundo en declive que se va hundiendo despacio, y que aún conserva buena parte de su viejo poder; pero lo que tiene ante sí no es más que una decadencia paulatina. Estamos viviendo una época que recuerda a los últimos tiempos del Imperio Romano. 


domingo, 28 de julio de 2013

El dilema francés


Si echamos un vistazo a la fotografía vía satélite de la ecúmene europea no percibimos sobre el terreno unas señales que nos permitan intuir cuales pudieran ser los límites orientales de Francia. Si miramos un mapa físico podremos trazarlos con relativa aproximación porque sabemos que no andan demasiado lejos del viejo limes romano establecido en el cauce del Rhin.



El límite a la expansión de los germanos en la antigüedad lo terminó estableciendo, por el oeste, el cauce del Rhin hace varios miles de años. El viejo limes romano, por tanto, donde se establecieron a lo largo del Imperio poblaciones mixtas desde el punto de vista étnico, muy militarizadas e identificadas con el rol defensivo que se les asignó entonces, ha seguido cumpliendo su función separadora entre alemanes y franceses, tal y como he desarrollado ya en varios artículos (Ver La “función borgoñona”, La Camisa de Fuerza francesa, Las fronteras intangibles o La estructura del Sistema Europeo). El resto de fronteras de Francia sí que  están bastante claras desde el punto de vista geográfico y resultan aún mucho mejor defendibles que las germanas. El Canal de la Mancha se interpone entre este país e Inglaterra, los Pirineos la separan de España y los Alpes hacen lo propio en el caso italiano. Los límites de este país, como vemos, han estado siempre relativamente claros, aunque se hayan movido bastante por el este, debido al pulso mantenido desde la caída del Imperio de Occidente entre los franceses propiamente dichos y los “pueblos del Limes”.

Desde el fin de las guerras napoleónicas esa frontera oriental, establecida ya en el Rhin por su parte central, parece haber dado de sí todo lo que podía. Desde entonces alemanes y franceses se ven las caras sin intermediarios que los separen, en ese tramo de la frontera.

Ya hemos visto como, desde los tiempos de Carlomagno, se vienen intentando construir imperios eurípetos tanto desde el lado francés como desde el germano. Dentro del último de esos intentos nos encontramos en este momento. Esta vez, para variar, parece haber parece haber cierto consenso por ambas partes. Pero el posible estancamiento del proceso unificador europeo dejaría a Francia sin muchas alternativas estratégicas viables. 

En la época de las naciones estado un país de las dimensiones y la población de Francia era un proyecto grandioso e ilusionante. Tenía por delante -y supo aprovecharlo- la posibilidad de construir el gran Imperio colonial francés, que le llevó a someter un buen trozo de África y algunas zonas muy sustanciosas de Asia e, incluso, de Oceanía. Esa operación le otorgó un liderazgo planetario evidente, aunque con fecha de caducidad. Pero a principios del siglo XXI el  colonialismo decimonónico ya es pasado y el posible fracaso del proyecto europeo sitúa a nuestros vecinos en una tierra de nadie en el plano estratégico. Su posición estructural se debilita de hecho por momentos, cogida como está entre el hegemonismo anglosajón, por el oeste, y el germano, por el este.

Cuando los políticos franceses se han enfrentado a ese tipo de tesituras en el pasado, han jugado -de manera un tanto demagógica- la carta mediterránea. Si se quedan sin espacio político en su propia latitud siempre miran hacia el sur. Así viene sucediendo desde la Edad Media.

Es cierto que el sur de Francia se asoma la Mediterráneo, como España o como Italia, y que su paisaje y clima son muy parecidos a los de sus vecinos ribereños de este mar. Pero también lo es que los centros de decisión políticos, en este país, siempre estuvieron en el norte y que carecen de la suficiente sensibilidad mediterránea como para poder liderar en serio un proyecto político de este tipo. Fue ese dato el que permitió a los aragoneses cerrarles el paso en la Baja Edad Media, lo que a la postre determinó la hegemonía española en la parte occidental de este mar hasta la Guerra de los Treinta Años. El relevo, en realidad, no llegó a producirse. El repliegue español en esta zona, a partir del siglo XVIII fue sustituido por una entrada masiva de pueblos de latitudes más septentrionales, en cuyo despliegue los que actuaron como punta de lanza fueron, más bien, los británicos, cuyos centros de decisión están (en línea recta) mucho más lejos, pero su actitud mental quizá se sitúe más cerca, por aquello de ser un pueblo mucho más volcado sobre el mar.

La Francia centralista, dirigida desde París, es un proyecto político con-ti-nen-tal y, como tal, está condenado al enfrentamiento estratégico con los alemanes, que le cierran el paso a su expansión por el este. Si quisiera, en el futuro, jugar a fondo su carta mediterránea tendría que ser refundada, cambiar toda su estructura organizativa y situar su centro de decisiones mucho más hacia el sur. Si hiciera todo eso, posiblemente tendría mucho más margen de maniobra frente a alemanes e ingleses, pero entonces no sería Francia, sino otra cosa. Y en cualquier caso ya llegaría tarde, porque la época de las naciones estado ha pasado y ahora es el momento de las construcciones políticas de tipo supranacional. Aunque no sea descartable algún tipo de construcción -a medio plazo- de ámbito más regional cuyo centro se sitúe cerca de las costas meridionales francesas, especular sobre esa posibilidad -a día de hoy- es más bien un ejercicio de política-ficción.

Queda la alternativa de aceptar la subordinación actual de la política francesa al proyecto hegemonista germano, una reedición del modelo de la Francia de Vichy, que les conduce a una paulatina absorción cultural por parte de sus vecinos orientales o, por el contrario, dar un volantazo hacia el oeste y hacer lo mismo con respecto a los centros de decisión anglosajones. En cualquier caso la estrella gala parece que se apaga. La “isla” cultural francesa no casa con el carácter continental de su estado, se está quedando sin oxígeno, sin “espacio vital” a su alrededor. Quizá sea el momento de llevar la imaginación al poder, de diseñar nuevos proyectos, de concebir una nueva manera de relacionarse con el mundo.


Este es, tal y como yo lo veo, el actual dilema francés.

sábado, 13 de julio de 2013

La debilidad estructural italiana

 Italia en 1859 (Fuente: Wikipedia)

Desde un punto de vista histórico hay tres italias: La del norte, donde han florecido desde la Edad Media una serie de repúblicas o principados que se han contado entre los territorios más prósperos de Europa, pero que ha estado muy fragmentada en términos políticos y muy dependiente de lo que sucedía en el continente. La del centro, controlada por el Papa, e integrada dentro de los Territorios Pontificios y la del sur, más pobre y en cuyo territorio han combatido todas las potencias que en el pasado se han disputado el dominio del Mediterráneo.

La Italia actual surge en pleno siglo XIX, en paralelo con la Alemania contemporánea y por los mismos motivos que ésta. Como en el caso alemán, el nacionalismo italiano es una respuesta a la agresión de los ejércitos napoleónicos y ha interiorizado la escala de valores y buena parte de la visión del mundo de los revolucionarios franceses.

El modelo que los nacionalistas italianos quieren construir en su país es el francés. Pero su historia es muy diferente de la francesa y también lo es su geografía.

La coincidencia en el tiempo de los procesos unificadores alemán e italiano no es, en absoluto, casual. Sus respectivas historias han estado íntimamente ligadas desde la época carolingia. El norte de Italia formó parte, durante siglos, del Sacro Imperio Romano Germánico, y el Papado y el Imperio, como hemos venido explicando a través de los diferentes artículos de este blog, han representado históricamente la culminación del orden social feudal. El Emperador, desde Alemania, lideraba formalmente el ámbito político del Occidente Cristiano Medieval, mientras que el Papa, desde Roma, hacía lo propio en la esfera espiritual. Eran las dos patas que sostenían la visión del mundo de los europeos medievales. Pese a la evidente tensión que nunca dejó de darse entre esos dos líderes supremos, la existencia de uno reforzaba la del otro y viceversa. Juntos constituían el núcleo de aquella cosmovisión.

Los germanos, desde la Protohistoria europea, han sido el epicentro de la mayor parte de las tensiones militares que han surgido en el interior de la zona continental de nuestra ecúmene. Ellos fueron la continua amenaza que se cernía sobre el Limes romano del Rhin y del Danubio, los que protagonizaron las invasiones que pusieron fin a aquél imperio, los que llenaron de términos militares buena parte de las lenguas romances europeas, los que heredaron, en la Edad Media, el título y la dignidad de los emperadores romanos como una especie de derecho de conquista, como un trofeo que el vencedor ha arrebatado al vencido. Y en torno a Alemania han estallado las guerras más sangrientas que se hayan visto nunca en Europa. Guerra y germanidad son dos conceptos que en la historia de nuestra ecúmene han estado siempre íntimamente ligados, por eso en el orden social medieval el Emperador era la máxima autoridad política de los germanos, como una especie de reconocimiento implícito de una realidad que era evidente para todos.

Ya vimos como el Imperio Mediterráneo por antonomasia fue el Romano, como la civilización, en Europa, entró por este mar y como fueron los pueblos que lo habitaron los que sentaron las bases sociales e ideológicas de nuestro universo cultural. Europa es deudora intelectual de Grecia y de Roma.

La Roma medieval es la heredera intelectual del mundo clásico. El Papado, durante el milenio que duró esa fase de nuestra historia, se irguió como el campeón cultural e ideológico de nuestra ecúmene. De esta manera, el pacto entre monjes y guerreros, entre romanos y germanos, se consolidó como el núcleo duro de nuestra identidad colectiva, que está en la base de la dualidad que existe en nuestro mundo entre lo público y lo privado, de la tensión entre la laicidad del estado y la fe religiosa, que el protestantismo nos enseñó a vivir en espacios privados.

Alemania e Italia se constituyeron en la Edad Media en el eje en torno al cual giraba la europeidad, pero ese eje iba cambiando de naturaleza conforme el viajero se desplazaba desde su extremo norte (el istmo que separa el Mar del Norte del Báltico) hasta su extremo sur (la punta de la bota italiana), comprendiendo cinco áreas con funciones estructurales diferenciadas: La Alemania del Norte, la del Sur y las tres zonas italianas citadas al principio.

Alemanes, italianos y franceses, así como los pueblos de la Barrera del Rhin (los que han desempeñado históricamente la “función borgoñona”) participaron en el sueño europeo que intentó construir Carlomagno hace 1.200 años y se fragmentó, víctima de sus propias diferencias estructurales poco después. Esos mismos pueblos, en 1957, a través de los Tratados de Roma, volvieron a intentar de nuevo poner en marcha ese mismo proyecto. En realidad, este modelo de Europa lo representan ellos. En el resto los enfoques unionistas, cuando los hay, se ven de una forma muy diversa.

Italia es el eslabón más débil del "Tahuantinsuyo" europeo porque es el lugar de ese conjunto más alejado anímicamente del epicentro germano y porque también participa de otro eje (perpendicular al del Papado y el Imperio) que es el Mediterráneo. Es el punto de nuestra ecúmene en el que la tensión entre la identidad europea y la mediterránea es más fuerte y genera más contradicciones, donde esas dos vocaciones alternativas producen un mayor desgarro interior, que se puede visualizar a través de la imagen de las tres italias que cité al principio.

Como el proyecto nacional italiano está ligado al modelo francés, inducido por un imperio eurípeto (como fue el napoleónico), y es paralelo en su desarrollo al proyecto nacional alemán (más eurípeto aún que el de Napoleón), es hijo de una coyuntura política íntimamente ligada al rápido crecimiento de la supernova europea que ha tenido lugar durante los siglos XIX y XX y del que la Unión Europea constituye su fase final. Su suerte está vinculada a la del conjunto del que forma parte. La idea de Italia y la de Europa están unidas desde el principio de la primera. Ya Mazzini (el gran teórico de la unidad italiana) se encargó de fundar dos movimientos paralelos (la Joven Italia y la Joven Europa) a través de los cuales reconocía de manera implícita la estrecha relación que existe entre los dos procesos unificadores.

Italia es el termómetro que nos sirve para medir la intensidad de la idea de Europa. El lugar donde confluyen sus tensiones estructurales más agudas. Y su existencia (me refiero a la del estado italiano, no a la de los pueblos que lo habitan) está tan estrechamente ligada a la del proyecto europeo que si llegara a colapsar éste será muy difícil que sobreviva. Esperemos que ese tiempo aún esté lejos.


domingo, 30 de junio de 2013

Dos historias paralelas

¿Recuerda la imagen que les mostré hace algún tiempo del Mar Mediterráneo?



¿Recuerda lo que dije sobre los parecidos estructurales que se han dado históricamente entre España y Turquía? ¿Cómo la evolución de los imperios turco y español, en sus respectivas facetas mediterráneas son, prácticamente, dos historias paralelas? El despliegue de estas dos estructuras políticas por este mar son simultáneas y simétricas. Los turcos avanzan por él de este a oeste y los españoles a la inversa, produciéndose el encuentro entre ambos en el centro del Mare Nostrum. El duelo mediterráneo librado por estas dos potencias militares modernas se desarrolla como una obra de teatro, con sus tres fases características: planteamiento, nudo y desenlace.[1]

Pero después de que el duelo terminara, por la ausencia de contacto físico entre los dos imperios, la historia de ambos siguió evolucionando también de manera parecida. A lo largo del siglo XIX vemos como tienen lugar los procesos independentistas de los territorios balcánicos del Imperio Otomano en paralelo a los que están teniendo lugar en Hispanoamérica. Y a principios del siglo XX (poco después de la Guerra hispano-norteamericana que acabó -en 1898- con los últimos restos del Imperio Ultramarino español) tiene lugar la liquidación de los últimos territorios otomanos en Asia. Este proceso vendrá acompañado también de la desintegración del Imperio Austro-Húngaro, en Centroeuropa, que controlaba la parte de los Balcanes que había escapado a la dominación turca.

Vemos por tanto como dos de los tres grandes imperios que habían formado parte del Cordón Sanitario Europeo, junto a su gran adversario situado al otro lado de la línea del frente, cayeron juntos, víctimas del avance de los nuevos imperios surgidos en la retaguardia de la Torre de Marfil Europea, que habían crecido protegidos por la barrera protectora que habíamos tejido. La nueva criatura rompió el cascarón cuando había acumulado fuerza suficiente como para poder hacerlo.

Hay un gran parecido estructural entre España y Turquía. Los dos estados desarrollan sendos imperios mediterráneos (como el romano) que se extienden por este mar desde los extremos (a diferencia de éste último que lo hace desde el centro) y conectan su dos orillas dentro de sus propias estructuras políticas (mucho más en el caso turco que en el español), aunque las dos formaciones cubren su ciclo mediterráneo completo en aproximadamente la mitad de tiempo que el Imperio Romano (la Historia se va acelerando). Ya hablé de los ciclos alternativos que surgen en el corazón de los continentes con el de los que lo hacen en los bordes de los mismos[2].

Pero, pese al parecido estructural que existe entre los imperios español y turco, hay una gran diferencia entre ambos, que es la que acaba determinando que la criatura que rompe el cascarón sea la que está protegida por las líneas españolas y no la que se ocultaba detrás de los turcos. La diferencia viene dada -en última instancia- por la transversalidad del imperio español frente a la horizontalidad del turco. A pesar de todos los paralelismos y de todas las simetrías que encontremos entre estas dos estructuras, el Imperio turco surge en una zona que ya participó en la antigüedad en todas las aventuras imperiales que tuvieron lugar en el Próximo Oriente asiático y en el Mediterráneo Oriental. Recordemos a los hititas, griegos, bizantinos... son imperios cuyos centros de gravedad no andaban muy lejos del de los turcos otomanos de algunos siglos después. Es más, si comparamos el mapa del Imperio Bizantino en el momento cumbre de su historia (el reinado de Justiniano) con su equivalente turco (mil años después) descubrimos que en realidad son la misma estructura, que tiene además el mismo centro: Constantinopla-Bizancio-Estambul. Son dos proyectos políticos distintos que siguen parecidos guiones, en dos épocas diferentes. Precisamente sus grandes diferencias “subjetivas” son las que subrayan sus parecidos “objetivos”, es decir, estructurales.

Imperios Bizantino (izquierda) y Turco (derecha).

Ni Bizancio ni el Imperio Otomano surgieron por casualidad, ni es casual que sus capitales (que son la misma) se encontraran precisamente en el Estrecho del Bósforo. Son imperios bisagra, que colocan su núcleo dirigente justo en el punto de contacto de los dos mundos que tienen que unir. ¿Se acuerda de lo que dijimos en el último artículo sobre la función desarrollada por Nueva York y por Washington en el despliegue del proyecto norteamericano?

En realidad la mayor parte de las grandes ciudades del mundo, de las que han desempeñado un destacado papel en la Historia, se encuentran situadas en el punto de contacto entre dos -o más- ecosistemas, entre dos -o más- etnias distintas, entre dos -o más- mundos que son diferentes por alguna razón y de cuya diferencia son claramente conscientes sus fundadores (después todo se termina olvidando).

Hace un año dije en este mismo blog:

“El Imperio persa y el griego de Alejandro Magno son, en realidad, la misma estructura política, cuya dirección se transfirió tras las campañas del macedonio desde la meseta iraní hasta... Babilonia, en Mesopotamia, por más que nominalmente fueran griegos los que se situaran a la cabeza de esa organización. Era obvio, incluso para Alejandro, que ese imperio no podía dirigirse desde Grecia, como la propia evolución histórica ulterior terminó demostrando. La conquista del Imperio persa por los greco-macedonios fue una operación que sirvió para elevar a este hasta el Olimpo de los dioses y a convertirlo en fuente de inspiración para literatos y ególatras diversos, pero no era algo que sirviera a los intereses del pueblo griego. Unas conquistas más modestas, desde el punto de vista territorial, hubieran sido más útiles para sus impulsores en el plano estratégico y le hubieran dado a los griegos la centralidad política que finalmente asumirían los romanos.”[3]

Alejandro Magno era el hombre que estaba llamado a fundar el imperio bisagra nucleado por el Mar de Mármara. Un imperio que estaba destinado a durar muchos siglos, pero que la ambición de su fundador frustró. Dejó pasar ese tren y cogió otro cuyo recorrido duraba lo que duró su vida. Desde Grecia no se podía dirigir el Imperio Persa, que era lo que intentó Alejandro, y ese proyecto desmedido impidió crear un imperio griego, que es lo que hicieron los bizantinos mil años después. En medio se colaron los romanos que sí tenían muy claro cuál era su proyecto estratégico.

Los turcos heredaron la estructura política bizantina y le dieron la vuelta. Si los bizantinos se apoyaron en la etnia griega para dirigir su imperio, los otomanos se basaron sobre la turca y sobre las poblaciones anatolias dispuestas a colaborar con el proyecto, dando continuidad a una vieja estructura con un injerto de savia nueva que alargó en quinientos años una existencia que ya no daba más de sí.

Recapitulemos: Primero hubo un ciclo mediterráneo (el Imperio Romano), al que siguió uno continental (germanos al norte, árabes al sur). Nuevo ciclo mediterráneo (el duelo hispano-turco) y nueva fase continental (los imperios modernos europeos). 

Pero en esta nueva fase continental los europeos han arrollado a los pueblos de la barrera y a todo lo que ésta protegía por el sur. Los asiáticos y africanos situados tras las líneas turcas también fueron barridos por ese empuje. ¿Qué es lo que ha pasado esta vez?

Y la clave está en España. El Imperio español no fue sólo, ni siquiera de manera principal, un imperio mediterráneo. Esa sólo fue una de sus facetas. El Imperio español fue bicontinental, pero con mayúsculas, los dos continentes en los que se desplegó no son vecinos cercanos, como pueden ser Asia y África. El brazo atlántico, que separa al Viejo del Nuevo Mundo, mide entre tres y siete mil kilómetros de ancho, según dónde se haga la medición. América es casi tan grande como Asia y los españoles se dispersaron por toda su geografía, estableciéndose en territorios que estaban situados en casi todas las franjas climáticas posibles, lo que constituía una novedad en la historia del Planeta Tierra.

El despliegue español por América hizo dar un salto cualitativo a los pueblos europeos desde el punto de vista comercial, desde el tecnológico, el político, el ideológico…

Provocó una revolución en el plano económico, primero porque trajo a Europa gran cantidad de productos exóticos que no podían producirse aquí y que mejoraban la vida de sus habitantes, convirtiéndose así en un acicate para el comercio intercontinental, lo que rompió la visión aldeana que estos habían tenido del mundo hasta ese momento.

Segundo porque la llegada masiva a Europa de metales preciosos procedentes de ultramar alteró igualmente la correlación de fuerzas militares y políticas en la ecúmene, convirtiéndose en factor de estímulo añadido que empujó a las poblaciones de los países que no habían participado en las primeras fases expansivas de los europeos por el Nuevo Mundo a unirse a esa gran operación que iría acelerándose de manera paulatina, abriendo tierras a la colonización al otro lado del mar y estimulando la inventiva hasta el punto de provocar una revolución tecnológica y científica que tuvo fuertes repercusiones demográficas, reforzando así la potencia económica, política y militar de los nuevos imperios europeos de la segunda y de la tercera generación.

Nada de esto sucedió tras las líneas turcas, donde había viejos países con los que había establecidas relaciones económicas desde hacía siglos en las que no sólo no se esperaban incrementos en los intercambios sino más bien retrocesos, dado que los europeos habían establecido ya, a la altura del siglo XIX, nuevas rutas comerciales alternativas que accedían a los territorios del África Subsahariana y de Asia Oriental sin la mediación turca.

Por otra parte, el avance tecnológico de los europeos les hizo descubrir en los países del norte de África y del Próximo Oriente materias primas y/o posibilidades nuevas cuya utilidad no se había descubierto hasta ese preciso momento histórico, como los hidrocarburos que llevaban millones de años ocultos en su subsuelo o la posibilidad de construir un canal (el de Suez) que acortara extraordinariamente la distancia por mar entre Europa y Asia Meridional. Había llegado el momento de que las nuevas fuerzas imperiales tomaran el mando directamente y procedieran a explotar ellos, sin intermediarios, esos recursos que se hallaban tan cerca de la ecúmene europea. Y el Imperio Turco será arrollado por el avance incontenible del imperialismo decimonónico europeo.

Más arriba clasifiqué este proceso dentro de las fases o ciclos históricos de carácter continental, como las invasiones de germanos y de árabes de la Alta Edad Media. Hay ciertamente un abismo tecnológico que separa las dos épocas, pero los nuevos invasores tienen algunos puntos en común con los antiguos. Los pueblos sometidos al sur o al este del Mediterráneo vieron aparecer a un grupo de personas que tomaban el mando en sus respectivos países y pasaban a controlar la economía y la política, pero eran muy pocos y muy clasistas. Los europeos no se mezclaron con las poblaciones de éstos y resultaron ser impermeables a su cultura. La tensión entre dominadores y dominados fue en aumento y condujo a la independencia formal de estos territorios entre una (Mesopotamia o Palestina) y cinco generaciones (el caso argelino) de la conquista. La dominación europea sólo pretendía ser algo superestructural (controlar la articulación económica de esos países con la economía globalizada que los occidentales habían creado) y temían a las posibles consecuencias que una unión política más estrecha pudiera crear en los nuevos imperios ¿Se imagina un desarrollo político que hubiera terminando otorgando a todos los súbditos asiáticos y africanos de los imperios británico y francés las respectivas ciudadanías y con ellas el derecho a desplazarse por el interior de esas dos estructuras políticas de carácter mundial? Una cosa es crear un imperio económico y otra muy distinta un imperio político en la Era de la democracia y de los derechos humanos.

Pero esa es otra historia. Durante el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX los imperios europeos y neoeuropeos de la segunda y tercera generación se dedicaron a liquidar las estructuras imperiales de los países del Cordón Sanitario Europeo y sus adversarios turcos. Como consecuencia vimos aparecer en el sureste europeo a los nuevos estados balcánicos, en el Nuevo Mundo a la ecúmene Iberoamericana y en el mundo árabe a unas nuevas colonias europeas que darían paso, muy poco tiempo después, a una nueva ecúmene: El mundo árabe contemporáneo. De esta manera empiezan a perfilarse algunos de los nuevos bloques políticos que van paulatinamente rodeando al antiguo Occidente Cristiano Medieval convertido hoy en el Mundo Occidental. Los nuevos actores políticos del Tercer Milenio están empezando a nacer.





[1] Ver “El Duelo Mediterráneo”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/el-duelo-mediterraneo.html
[2] Ibíd.
[3] “Las otras transversalidades”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html

viernes, 14 de junio de 2013

Los Estados Unidos de Norteamérica


 El comité de redacción de la Costituciónn de los EEUU presentando su trabajo al Congreso. ​Cuadro de John Trumbull

En 1607 fundaron los británicos -en Jamestown (Virginia)- su primera colonia americana. A partir de ese momento comenzó el despliegue anglosajón por las tierras del Nuevo Mundo en las costas orientales de Norteamérica, que terminará siendo el embrión de los actuales Estados Unidos.

Desde el principio se definen en esa zona dos áreas claramente diferenciadas: al norte las colonias de Nueva Inglaterra y al sur las de Virginia y las carolinas, separadas ambas por la colonia holandesa de Nueva Amsterdam (1625). El perfil de los colonos del norte era muy distinto al de los del sur. En las colonias septentrionales se refugian buena parte de los disidentes religiosos británicos de orientación calvinista, los puritanos, cuyos elementos más arquetípicos serían los “peregrinos” del Mayflower, fundadores de la colonia de Plymouth en 1620.

En Nueva Inglaterra, la región nororiental de lo que hoy es Estados Unidos, los puritanos ingleses establecieron varias colonias. Estos colonizadores pensaban que la Iglesia de Inglaterra había adoptado demasiadas prácticas del catolicismo, y llegaron a América huyendo de la persecución en tierras inglesas y con la intención de fundar una colonia basada en sus propios ideales religiosos. Un grupo de puritanos, conocidos como los peregrinos, cruzaron el Atlántico en un barco llamado Mayflower y se establecieron en Plymouth en 1620. Una colonia puritana mucho más grande se estableció en el área de Boston en 1630. Para 1635, algunos colonizadores ya estaban emigrando a la cercana Connecticut”.[1]

El fresco y húmedo clima de la zona, unido al perfil de las poblaciones que se instalaron allí (pequeños campesinos y artesanos), que acuden en grupos organizados, les dará a estas comunidades septentrionales un estilo muy particular, que se ajusta muy bien a la denominación que recibe toda esa región desde el principio: “Nueva Inglaterra”. Es la Inglaterra más laboriosa trasladada al otro lado del mar.

Al sur, en cambio, la colonización británica adquiere un aire más aristocrático. Ese proceso está mucho más controlado por la corona, que reparte grandes cantidades de tierras a determinados nobles y serán ellos los que organicen y dirijan el proceso colonizador. Allí también acuden algunos disidentes religiosos, pero en este caso católicos, junto a gran cantidad de anglicanos. En esta zona la presencia blanca se diluye más. Su estructura social se muestra, desde el principio, más jerarquizada que la de Nueva Inglaterra. Posee un clima más cálido, que permite desarrollar cultivos propios de áreas mediterráneas, como puede ser el algodón. Limitan, por el sur, con la Florida española. Pronto empezará a florecer allí el comercio de esclavos y a perfilarse una sociedad de castas que nos recuerda a otras que los ingleses crearán o desarrollarán en otras zonas del mundo más adelante, como las de la India, Sudáfrica, Palestina…

En 1664 la colonia holandesa de Nueva Ámsterdam, que separaba las dos áreas de colonización británicas, pasará a manos inglesas y será rebautizada como Nueva York. Esa zona intermedia se convertirá muy pronto en la bisagra que articula a las industriales colonias del norte con las agrícolas del sur, dándole a este espacio de transición un perfil más comercial. Es el punto de encuentro, el lugar más idóneo para que se produzcan todo tipo de intercambios, también el refugio de los que huyen del rigor de los puritanos del norte, lo que le da un sesgo más liberal. Alrededor de Nueva York aparecen otros enclaves que comparten con ella su carácter de bisagra y su aire más tolerante. Son las Colonias de Middle (Pensilvania, Maryland, Nueva Jersey, Delaware). Cuando se produzca la independencia se buscará en esa zona el lugar más idóneo para construir la nueva capital: Washington, reforzando así, desde el punto de vista político, el papel que ya venía desempeñando desde el económico.

Las colonias británicas de la fachada atlántica norteamericana servirán como válvula de escape de buena parte de las tensiones sociales que tienen lugar en los cuatro reinos de la Unión (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda). Son esos colonos británicos -en sentido amplio- los que le dan el carácter anglosajón a las 13 colonias fundadoras de los Estados Unidos. Los que constituyen su poso más antiguo, la “madre” que actúa como fermento en el “barril” que termina recibiendo aportaciones de otras muchas procedencias étnicas.

Pero a lo largo del siglo XVIII las colonias de Norteamérica se convierten en el lugar donde confluyen la mayor parte de los excedentes demográficos que se producen en la vieja Europa y, poco a poco, se van convirtiendo en la colonia, no ya de Inglaterra, sino de Europa entera (con la notable excepción de los pueblos ibéricos, que cuentan con unos territorios mucho más vastos aún donde proyectarse). Ésta muy pronto rivaliza en poder y en potencia económica con los territorios españoles y portugueses del Nuevo Mundo. En la década de los setenta de esa centuria se levantaron en armas contra su metrópoli -con ayuda francesa y española- y después de una larga Guerra de la Independencia se convirtieron en el primer país soberano de América, la primera república constitucional del mundo, el primer experimento donde se ensayaron las ideas de los ilustrados europeos, el primer lugar del planeta donde la burguesía alcanza el poder, libre de rémoras aristocráticas...

La independencia de los Estados Unidos de Norteamérica es una noticia histórica de primera magnitud. Cuando llegan a Europa su Declaración de Derechos, su texto constitucional, su sistema de elección política, actúa en ella como un revulsivo y será uno de los elementos desencadenantes de la Revolución Francesa. Las dos revoluciones -la americana y la francesa- marcarán el inicio de una nueva era. Representan el principio del fin del Antiguo Régimen europeo, el punto de arranque de la Edad Contemporánea.

Poca cosa podemos aportar nosotros que no se haya dicho ya sobre la trascendencia de ese momento histórico. Sobre él se han escrito miles de libros y se ha enfocado desde todos los ángulos de visión posibles. Pero nosotros nos centraremos en la que viene siendo nuestra línea de trabajo desde que iniciamos la serie de artículos sobre Dinámica Histórica: los procesos sociales de largo alcance, las inercias subyacentes.

Y centrándonos en ese aspecto constatamos que los Estados Unidos de Norteamérica representan la avanzadilla de todos los pueblos de la ecúmene europea -con la notable excepción de los españoles y los portugueses- sobre el Nuevo Mundo. Son la vanguardia del “Imperio Europeo”, de esa laxa confederación informal de pueblos de la que vengo hablando hace tiempo. Los Estados Unidos no son ninguna colonia. No son un país sometido. Son Europa. Son la Nueva Europa. Su vanguardia sobre un territorio “vacío” (luego matizaré ese concepto de “vacío”). Son la Torre de marfil europea (de la que hablé hace tiempo)[3] proyectándose sobre un espacio nuevo. 

Ya Hegel, contemporáneo de los primeros presidentes de los Estados Unidos, se dio cuenta del duelo de titanes que se avecinaba en el continente americano entre anglos e hispanos, del choque cultural que se preparaba en el horizonte y que él presumía que ganarían los anglosajones lógicamente. Como dijo el rey Pirro, cuando se retiró de Sicilia en 276 A.C.: ¡Qué buena arena de combate dejamos aquí para romanos y cartagineses!” (intuyendo la Primera Guerra Púnica -264-241 A.C.- que ya se presentía), podemos parafrasearlo poniéndonos en el lugar de todos los dirigentes de los imperios ultramarinos europeos en América cuando se vieron obligados a retirarse: “¡Qué buena arena de combate dejamos aquí para anglos e hispanos!”. La arena a la que nos referimos en este caso es cultural, por supuesto.

A continuación les recordaré una nota al pie que puse en mi artículo “El despliegue continental” (28/12/2012):

“El  número total de blancos, en el conjunto del Virreinato de la Nueva España, era de 63.000 en 1570, 600.000 en 1759 (240 años después de la llegada de Cortés a México) y de un millón en 1800. Se estima que la población indígena era de unos 10 millones de habitantes en el siglo XVI, 8 en el XVII, 7 en el XVIII y 3,5 en el XIX. Los mestizos, por su parte son 1,5 millones a principios del siglo XIX. Los negros nunca sobrepasaron la cifra de 20.000. En 1800 la población de la España peninsular era superior a la población total de este virreinato y no demasiado inferior a la suma de todos los habitantes de los virreinatos americanos del Imperio español.

Como comparación diremos que la población de las trece colonias inglesas que terminarían dando origen a los Estados Unidos de Norteamérica tenían 210.000 habitantes en 1690 y 2.121.376 habitantes en 1770 -de los cuales 1.664.279 eran de raza blanca (78,5 %) y 457.097 de raza negra (21,5 %) y esclavos en su inmensa mayoría. (http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/1637.htm 26/1/2009)-. Detrás de la poderosa expansión demográfica de este país no sólo se encuentran los disidentes religiosos ingleses de los siglos XVII y XVIII, sino buena parte de los excedentes de población de todo el continente europeo, así como gran cantidad de negros africanos obligados a cruzar el Atlántico y a trabajar para los aristócratas blancos instalados en los territorios más meridionales de aquellas colonias. Podemos decir que tenían a todo un continente detrás. Esta potencia expansiva imprimió un ritmo vertiginoso a los procesos históricos que tuvieron lugar en Norteamérica, creando una sociedad con un “tempo histórico” más acelerado.[5]

A la altura de 1800 (también de 1850 o, incluso, de 1900) estaba claro que la propia dinámica demográfica jugaba a favor de los anglosajones. Cualquier análisis histórico  que se hiciera a lo largo del siglo XIX (y -si me apuran- anterior incluso a 1960) dibujaba un futuro esplendoroso para los pueblos anglos y parecía condenar a los hispanos a una absorción cultural progresiva por parte de sus vecinos del norte.

Dije más arriba que los Estados Unidos son la vanguardia de los europeos en el Nuevo Mundo. Por tanto tienen a todo un continente detrás que, desde el siglo XVII, no ha parado de enviar hacia allí a una parte significativa de sus excedentes demográficos. También que esa vanguardia se extendió por una tierra vacía. Esto, obviamente, no es verdad si lo tomamos en sentido literal. Estaban los indios, claro. Pero los indios de las praderas del Norteamérica no eran rival para el alud demográfico que se les vino encima. Eran incapaces de frenar a unos colonos que avanzaban por millones y que estaban ya en la Era Industrial. Los norteamericanos eran abrumadoramente superiores a los indígenas tanto desde el punto de vista demográfico como desde el tecnológico y, por supuesto, desde el cultural. Sus adversarios no tenían ninguna opción. Las tribus más guerreras y mejor organizadas lo único que pudieron hacer fue retrasar el avance blanco en sus tierras unos pocos años. No era posible otra cosa.

La expansión de los blancos por las praderas norteamericanas es una colonización masiva. Con sus herramientas y sus armas limpiaban el territorio de maleza, alimañas e indígenas, para poder después dedicarlo a la agricultura y la ganadería. El peligro que estos últimos representaban para los colonos podía ser afrontado con frecuencia por las comunidades rurales de cierta consistencia, aunque de vez en cuando hubiera que echar mano del ejército. En las más grandes batallas libradas por el ejército norteamericano contra los indios participaron unos pocos centenares de hombres. Nada que ver con los miles de combatientes de la batallas de una guerra de verdad.

Por tanto, hubo un proceso colonizador masivo en las praderas de Norteamérica, protagonizado por millones de individuos que acudían en masa desde la vieja Europa, sosteniendo así ese poderoso impulso de penetración hacia el oeste. Había una vinculación objetiva entre los procesos sociales e históricos que estaban teniendo lugar a ambos lados del Atlántico y, si bien es cierto que en el siglo XIX europeo tuvo lugar una explosión demográfica que alimentó tanto ese como otros procesos migratorios intercontinentales, impulso que se mantendrá durante la primera mitad del siglo XX, también es cierto que a partir de las guerras napoleónicas y de la ulterior aparición de los diversos movimientos nacionalistas que proliferaron por la Europa central y oriental comienza a debilitarse -en principio sólo en el ámbito político- ese impulso expansivo de los pueblos europeos. Como recordarán, hace varias semanas dijimos:

Cuando el volcán alemán empieza a rugir, los imperios coloniales europeos están ya en su segunda fase de desarrollo. Prácticamente en su cénit, puesto que los europeos han alcanzado ya los confines de La Tierra y están derribando las últimas fronteras. Alemania llega a tiempo para el último reparto, el de África, en la Conferencia de Berlín (1875). Pero el problema, para el resto de potencias europeas, no está en las posibles aspiraciones alemanas en ultramar, algo relativamente fácil de satisfacer (hubo trozos de tarta hasta para Bélgica, Italia, España o Portugal ¿Cómo no iba a haberla para Alemania? El problema está en sus aspiraciones europeas. Lo que preocupa no es el imperio eurífugo sino el eurípeto. Al aparecer un nuevo imperio en el corazón de Europa, a retaguardia de todos los demás, está obligando a estos a darse la vuelta para cubrir ese nuevo frente, que queda a muy poca distancia de sus respectivas metrópolis, que pone en peligro el núcleo duro de todos ellos. Eso significa replegar poderosos efectivos militares y recursos de todo tipo desde la periferia hacia el centro. Y como consecuencia indirecta hace aparecer nuevos imperios lejos de Europa, que empiezan a preparar el relevo estratégico de los europeos por todo el planeta. Es el momento de Estados Unidos, pero también de Japón. Incluso el comienzo de la recuperación china (un estado de dimensiones continentales, que necesita un tiempo considerable para ponerse en pie, pero que es capaz de desplegar, una vez que lo haga, una potencia superior a todos los demás). Los vientos dejan de soplar desde Europa hacia afuera para hacerlo a la inversa. Se está preparando la implosión europea.”[6]

Hace dos artículos ya apuntamos como la rápida expansión norteamericana por las tierras de la Luisiana española fue posible gracias a la complicidad francesa, que la propició para crearle frentes alternativos en América a sus adversarios españoles y británicos[7], en una especie de reparto de zonas de influencia: América para los Estados Unidos y Europa para Francia. Política que sería públicamente explicitada (en su vertiente americana) en 1823 por el presidente James Monroe a través de su frase más famosa, núcleo de la doctrina homónima: América para los americanos”, que en realidad significa “América para los norteamericanos”. Ese reparto de influencias que, a corto y medio plazo, significaba para los EEUU una poderosa expansión demográfica y política hacia el oeste también representó el origen remoto del agotamiento de ese impulso, porque abrió la Era de las grandes guerras europeas, que terminarán agotándola y ensimismándola en sus propios problemas.

Las guerras fratricidas del siglo XX europeo van sentando las condiciones para el desarrollo de los movimientos que empujan en la dirección de frenar el crecimiento demográfico. Todo esto forma parte del complejo heterogéneo de fuerzas que acompañan a la implosión europea y que pretende trasmitir esa tendencia al resto de la humanidad.

Los neoeuropeos norteamericanos, avanzando en sentido este-oeste por las praderas de su vasto territorio, no hacen más que reproducir un patrón muy antiguo, que es el de los imperios horizontales típicos del Viejo Mundo[8]. Desde el punto de vista estructural presentan pocas novedades. Aunque al principio hablé de la existencia de dos áreas claramente diferenciadas en las colonias originales, lo que nos lleva al modelo de capas anglosajón. Conforme esas dos capas (la de Nueva Inglaterra y la virginiana) se expanden hacia el oeste se van fusionando en la frontera occidental.

Recapitulemos: Vemos como en Norteamérica avanzan varios millones de hombres por un espacio prácticamente vacío, durante un espacio de tiempo que no va más allá de las cuatro o cinco generaciones, antes de alcanzar sus límites occidentales (El Océano Pacífico). Es un proceso que tiene muchos puntos en común con la “Reconquista española” medieval. Pero lo que en Estados Unidos dura un siglo en España dura ocho. El territorio norteamericano tiene 10 millones de km2 y la Península Ibérica 600.000. Los norteamericanos tienen pueblos neolíticos enfrente y poseen una abrumadora superioridad demográfica, tecnológica y cultural, mientras que los cristianos medievales españoles, por el contrario, parten desde una posición claramente inferior desde el principio en esas tres facetas y tienen que ir paulatinamente remontándolas. Los españoles sufren cinco grandes ofensivas (la del 711 y las de los amiríes, almorávides, almohades y benimerines) mientras que los norteamericanos no saben lo que es una invasión de fuerzas extranjeras en su propio territorio.

Después de soportar 800 años de oleadas invasoras, de sufrir en cada una de ellas un importante destrozo en su estructura social, los españoles aprendieron a reconstruir sus líneas desde atrás ante cada nueva embestida de sus adversarios, a “encastillarse” (de ahí el nombre de Castilla) detrás de las sólidas murallas de piedra de sus ciudades y a resistir el paso de los “huracanes” islamistas, para ponerse a hostigar a sus enemigos cuando empiezan a mostrar los primeros signos de debilidad con objeto de ir tomándoles el pulso para lanzar el contraataque en cuando desfallezcan.

Así, jugando al contraataque, fueron desarrollando un tipo de guerra muy particular, muy española: difusa, descentralizada, muy democrática en el sentido de que participan en ella amplias capas de la población, que encuentran en el combate vías de ascenso social. Es un pueblo con una moral colectiva muy sólida, dotado de una red familiar dispuesta a recuperar a cualquier individuo que posea alguna afinidad con ella  (ya hablé otro día de los sistemas de filiación ibéricos[9]), una sociedad correosa, que utiliza como nadie las técnicas de desgaste del adversario. Es el pueblo que inventó la guerra de guerrillas

El avance de los cristianos por la Península Ibérica fue un proceso de acumulación de fuerzas. El de los españoles en América la continuación de ese impulso medieval. Es un crecimiento vegetativo, endógeno, de replicación biológica. Tiene su propio ritmo que no viene marcado por sucesos ajenos. Los 63.000 blancos que había en la Nueva España en 1570 eran 600.000 en 1759 (casi 200 años después). Seguían siendo pocos, pero se habían multiplicado por diez en 200 años, pero en fase de Antiguo Régimen demográfico. Durante ese tiempo habían estado recibiendo refuerzos peninsulares, pero eso era una lluvia fina que aportaba unas decenas de miles de habitantes en cada generación y no provocaba cambios significativos en el tejido social.

Una parte importante de los 600.000 de 1759 descendían de los 63.000 de 1570. ¿Cuántos de los 2,1 millones de norteamericanos de 1770 descendían de los 210.000 de 1690? ¿Cuántos de los 300 millones actuales descienden de esos 2,1 de 1770? Durante varios siglos los anglos se supone que han tenido un crecimiento demográfico espectacular, muy superior al de los hispanos. En realidad lo que han hecho ha sido redistribuir los excedentes demográficos europeos por toda la geografía de su país. Por el camino se han ido transmutando, han ido reduciendo su identidad colectiva al mínimo común denominador compartido de todos los pueblos que han alimentado sus flujos migratorios. Han mantenido la lengua como uno de esos elementos que los unen porque las de los inmigrantes eran muy diversas y porque cada uno de esos grupos étnicos se ha diluido por todo el territorio norteamericano. El inglés era la lingua franca que todos tenían que aprender para entenderse con los otros y como al final buena parte de esos inmigrantes se casaban con personas de una procedencia étnica distinta de la suya, dejaban de hablar su lengua materna en su familia de destino. Esa es la manera de construir un pueblo compuesto por personas que van distanciándose rápidamente de sus raíces culturales, rodeados por otras personas que han tenido que hacer lo mismo y que han perdido referentes, refranes, gestos, cuentos, leyendas, sabores, sagas familiares… Han simplificado su universo cultural, que cede así protagonismo ante los elementos más materiales de su existencia.

El mundo anglosajón se extendió por América de esa manera. A eso le llamaron “melting pot”. Poco a poco, conforme fue avanzando el siglo XX, el impulso migratorio europeo se fue secando y fue siendo reemplazado por el de pueblos de otras procedencias geográficas: asiáticos e iberoamericanos fundamentalmente. Los primeros vienen de países más lejanos tanto desde el punto de vista geográfico como desde el cultural, y entre ellos también hay grandes diferencias. Pero los iberoamericanos son sus vecinos del sur desde hace siglos. 

Estados Unidos, que mezcló en el pasado a europeos de distintas procedencias y  ahora ha incorporado a esa mezcla a personas de todos los continentes y de todas las razas, está creando de facto un mundo mestizo. Pese a la primigenia repugnancia anglosajona a toda mezcla racial, las realidades sociales se van abriendo paso por razones objetivas. En esa nueva mezcla los hispanos no paran de ganar peso específico. Y éstos, a diferencia de los anglos, hace siglos que hicieron del mestizaje una de señas de identidad. Es su medio natural. Poseen las categorías mentales precisas en su universo cultural para gestionar adecuadamente esa mezcla. Mestizaje e Hispanidad son dos conceptos íntimamente relacionados.

Los anglos, en su expansión hacia el oeste van diluyendo los límites de su identidad, van hibridándose con otros pueblos cada vez más. En su avance han perdido una parte significativa de sus marcadores de etnicidad primigenios y se han ido encontrando con masas de hispanos que empujan desde el suroeste fundamentalmente y que se mueven como pez en el agua en ese nuevo universo mestizo, que conserva mucho más vivos sus propios referentes culturales. Que tienen además una lengua propia que cuenta con casi tantos hablantes como el inglés.

Es obvio que está naciendo un nuevo mundo en las grandes llanuras de Norteamérica y que el español y el inglés están librando un duelo de gigantes que tiene por delante un largo recorrido. La lucha hoy se presenta bastante abierta. Pero hace 70 años no estaba ni planteada siquiera. Por tanto, el proceso tiene una direccionalidad muy clara.

Detrás de cada lengua hay todo un mundo de conceptos, una filosofía de vida que se expresa a su través, unos valores culturales. Anglos e hispanos han sido históricamente la vanguardia occidental de los pueblos europeos. Los diferencia su ritmo vital, su “tempo” cultural. El de los hispanos es mucho más lento, tiene un complejo sistema de despliegue y tiene detrás el bagaje histórico que le aporta su gran invento cultural: La transversalidad.

Ante nosotros se acaba de levantar el telón y vamos a contemplar un duelo en el que se está jugando el modelo de sociedad que va a regir en el futuro en la mitad occidental del Planeta Tierra. Prepárese porque la función será larga.





[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Colonizaci%C3%B3n_de_los_Estados_Unidos

[3] “La Torre de marfil europea”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/05/la-torre-de-marfil-europea.html

[4] JULIÁN MARÍAS. 2002. España Inteligible. Madrid. Alianza Editorial.

[5]“El despliegue continental”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/12/el-despliegue-continental.html

[6] “La implosión europea”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/la-implosion-europea.html

[7]“Un momento crítico: http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/05/un-momento-critico_3590.html

[8]“El Imperio Transversal”: http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/06/el-imperio-transversal.html

[9] “Familias frente a clanes”:http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/08/familias-frente-clanes.html