Proclamación de la Segunda República en la Plaça de Sant Jaume de Barcelona. (Fotografía de Josep María Sagarra)
Llevo
ya más de trece años publicando artículos en este blog, a través de los cuales
he buscado presentar un cuadro, lo más completo posible, de la historia de
nuestro país y del legado que ha ido dejando por el mundo desde la Alta Edad
Media hasta la actualidad. He intentado darle a estos artículos la máxima
difusión posible a través de las redes sociales y me he encontrado, con
bastante sorpresa por mi parte, que en la mayoría de los grupos o colectivos
que dicen haberse creado para difundir la historia son, en general, bien
recibidos si describen o analizan episodios o procesos que han tenido lugar a
lo largo de la Edad Media o de la Edad Moderna, pero no hacen demasiada gracia
si abordo la Historia de España del siglo XIX, y ninguna si me refiero a la del
siglo XX. Hay un grupo de Facebook, dedicado a la historia de España, que marca
los límites temporales de los artículos a publicar en él entre la fundación de
Cádiz por los fenicios y el desembarco de Alhucemas, en tiempos de la dictadura
de Primo de Rivera, dejando fuera, obviamente, a la Segunda República, la Guerra
Civil, la Dictadura de Franco y
el sistema político que surgió de la Constitución
de 1978. Y hay muchos grupos más dedicados, exclusivamente, al Imperio español.
Está
claro que a un importante sector de la población española no le interesa la
parte de nuestra historia en la que no éramos potencia mundial, lo que
significa que no le interesa nuestra
historia real, la más reciente, la
que ha determinado como somos ahora.
Con
todos mis respetos, esta actitud me parece francamente patológica. Desde mi
punto de vista, la historia es un punto de arranque, la base desde la que
partimos para enfrentarnos con el futuro. Pero… toda la historia… completa. Una cosa es resumirla para hacer
comprensible su lectura y su direccionalidad y otra, diferente, expurgarla de
todas aquellas partes que no nos gustan pero que forman parte del legado que
hemos recibido.
Recuerdo
en mi infancia como describían los libros de texto la batalla de Lepanto, en la que derrotamos de forma
contundente a la armada turca. Pero sólo en mi edad adulta y después de haber
leído mucho, me enteré de que hubo otra, equivalente -la de Préveza-, en la que los turcos les
dieron, igual de fuerte, a los nuestros.
En
el largo duelo que libramos con Francia durante los 200 años que los austrias
gobernaron aquí, la historiografía oficial nos recuerda continuamente las
batallas de Pavía, San Quintín, y otras muchas, en las que
les ganamos a los franceses, pero silencia la de Rocroi, en la que los que vencieron fueron ellos.
Como
toda gran potencia del pasado, tenemos muchos episodios a lo largo de nuestra
historia que podemos explotar con fines propagandísticos, obviamente. Pero hace
tiempo que dejamos de ser esa potencia, y pasamos a convertirnos en un país
relativamente modesto, dentro del contexto de pueblos europeos. Pero, claro, si
nos negamos a hablar de ese proceso de pérdida de liderazgo nunca conoceremos
las causas del mismo (que siguen formando parte de lo que somos en el presente)
y, en consecuencia, no podremos corregirlas. Así de simple.
Esta
es la política del avestruz, sólo contamos las historias felices, para
alegrarnos la vida, pero nos negamos a hablar de nuestros tremendos errores
estratégicos, que nos han traído hasta la situación actual. He intentado, a
través de las páginas de mi blog, hacer una crítica constructiva acerca de esos
errores estratégicos que, desde mi punto de vista, causaron esa pérdida de
liderazgo y que son muy parecidos, por cierto, a los que provocaron el hundimiento
de otros grandes imperios en el pasado. Los españoles no somos ni mejores ni
peores que los demás. Tenemos, como pueblo, grandes virtudes que nos llevaron
en su momento hasta la cumbre, pero también grandes defectos, que nos hicieron
bajar de ella. Lo mismo podríamos decir de los franceses, los ingleses, los
romanos… Nada nuevo bajo el Sol. La
historia se repite, una y otra vez, con diferentes protagonistas, pero
manteniendo siempre una serie de reglas inmutables, una de las cuales dice que todo lo que sube terminará bajando, y otra
que no puedes pretender resucitar lo que
ya está muerto.
El
eterno chovinismo de los
nacionalistas de cualquier origen o pelaje nunca
reconstruyó ningún imperio, pero con bastante frecuencia ayudó a hundirlo
todavía más de lo que ya estaba. Los ejemplos históricos son legión.
Pues
bien, la Historia Contemporánea de España
es la que nos ha hecho como somos… ahora.
Si nos limitamos a hablar de las glorias imperiales, pero omitimos lo que hemos
estado haciendo durante los últimos doscientos años, podremos contar muchas
bonitas historias a nuestros oyentes, hablándoles de unas personas que eran muy diferentes a nuestros compatriotas del
presente. Es como si los italianos se limitaran a contar la historia del
Imperio Romano y ocultaran a sus jóvenes todo lo que pasó en su país desde
entonces, o como esos británicos que, añorando los tiempos de la reina
Victoria, cuando imponían su santa voluntad por todo el planeta, votaron por el
Brexit para alejarse de los “pueblos
inferiores” del continente y lo que han conseguido es hundir todavía más a un
país que está abiertamente en decadencia desde hace tiempo.
Y
es que cualquiera de los imperios que los humanos han ido construyendo a lo
largo del tiempo surgió en un contexto histórico concreto, respondiendo a unas
necesidades que se daban en su coyuntura particular y que no puede ser
reproducida de manera artificial en otro momento u otra ubicación geográfica
diferente. Cada uno de ellos ha cumplido una misión histórica distinta y
tuvieron sentido dentro de su particular “ecosistema”,
que era -obviamente- diferente a todo lo que ha venido después.
Nada se desarrolla en
el vacío. Todo tiene su contexto, sus condicionantes históricos. La sociedades
se desarrollan en una interacción permanente con sus vecinas, compitiendo y, a
la vez, colaborando con ellas. Y es esa relación
mutua la que explica los avances y retrocesos continuos de las unas con
respecto a las otras. Si descontextualizamos el proceso, no
entenderemos nada. Cuando elevamos al Olimpo de los dioses a
determinados personajes del pasado que, según la narrativa histórica del
presente, desempeñaron un papel fundamental en nuestra historia, solemos obviar
el hecho de que esas personas eran muy, muy, muy diferentes de nosotros. Con
frecuencia me planteo que si, por alguna carambola del destino, alguno de ellos
levantara la cabeza, sentiría vergüenza ajena cuando oyera a algún friki del presente sacando pecho para
patrimonializar, de alguna manera, alguna de las gestas que aquella persona protagonizó.
Hay
algunos individuos muy activos en las redes sociales de los grupos de historia
que no paran de poner en las mismas películas
–literalmente– supuestamente históricas, pero que manipulan los datos de una
manera tan burda que difícilmente un historiador que merezca ese nombre las
podría mostrar. Por favor, El Ministerio
del Tiempo es una serie entretenida, pero es pura ficción. ¿Se imagina a un profesor de Historia usando ese
material en sus explicaciones en clase? Sería algo funesto y absolutamente
contraproducente. Sería algo así como considerar literatura al cuento de
Caperucita.
Necesitamos
dignificar el trabajo de los historiadores y la primera obligación de estos es que lo que nos cuenten tiene que ser
verdad. La propaganda no es Historia.
Es más, la propaganda mata a la Historia
verdadera, porque termina desautorizando a miles de personas que de manera
honesta están empeñados en mostrarnos la auténtica secuencia de los procesos
históricos.
El
espectador que se limita a consumir las historias fáciles y simplonas que la
tele nos va poniendo por delante, se rebela contra las más tristes que jalonan
cualquier proceso histórico y, en consecuencia, se aleja de la realidad.
El hundimiento del Imperio español
Como
dije más arriba, la Historia
Contemporánea de España es la que nos
ha hecho como somos… ¡Ahora!, y tenemos que conocerla, nos guste o no. Nos
estamos metiendo nosotros solitos en la Caverna
de Platón, en el mundo de las realidades virtuales, mientras nos alejamos
del mundo real. El resultado final de ese proceso, lógicamente, no puede ser
bueno.
Los
últimos 200 años de la Historia de España no han sido tiempos imperiales como
todo el mundo sabe. Ha sido una época en la que hemos tomado conciencia de
nuestros propios límites, en la que nos hemos topado con la dura realidad, en
la que nos hemos redescubierto a nosotros mismos de otra manera.
En
mi libro Andalucía, ¿puente o frontera?[1]
dije que el objetivo estratégico fundamental que traían los borbones cuando
asumieron el poder en España en 1701 (absorber el Imperio español para
multiplicar la extensión y la potencia del francés) se materializó con toda su
crudeza en 1808 y que, por tanto, la pérdida del Imperio fue una consecuencia
lógica de la llegada al trono español de esta dinastía francesa.
El
cambio dinástico que se produjo en nuestro país en 1701 significaba,
literalmente, entregar el mando a la fuerza política que durante los doscientos
años anteriores había sido nuestra peor enemiga. Era así de brutal. E igual de
brutal fueron sus consecuencias.
La
pérdida del Imperio fue el resultado, diferido en el tiempo, de la decisión de
la Casa de Austria de meterse en la Guerra de los Treinta Años en 1618, lo que
hizo reaccionar contra los españoles prácticamente a toda Europa, incluyendo a
muchos que, en aquel momento histórico, eran compatriotas. La independencia de
Portugal y los intentos de secesión de Cataluña y de Andalucía fueron algunas
de sus consecuencias, y el reconocimiento final de la pérdida de liderazgo a
nivel europeo, que se materializó en las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos
(1659), así como el reconocimiento de la independencia portuguesa (1668) fueron
las principales.
Como
he afirmado en muchos de mis trabajos, el error estratégico fundamental de la política
que nos convirtió en el gendarme europeo,
que fue el rol que los austrias
asignaron al Imperio español a partir de 1517, les terminó llevando, casi doscientos
años más tarde, a rendirse -de facto- ante sus peores enemigos, entregando el
mando a la dinastía que mandaba en Francia. El resultado obvio de esto lo vimos
en 1808, aunque podía haber ocurrido mucho antes si el resto de potencias
europeas de aquella época no se hubieran coaligado contra el eje París-Madrid en la Guerra
de Sucesión Española (1701-1713), que impidió de facto la unión política
entre Francia y España, con la capital de
la misma en París, a principios del siglo XVIII, lo que hubiera convertido,
de manera automática, al Imperio Ultramarino español en la columna vertebral
del Imperio Ultramarino francés, y a la España peninsular desempeñando, dentro
de ese conjunto, un papel parecido al que ejerce la Provenza en la actualidad. Si tal cosa no ocurrió es porque lo
impidieron los ingleses y sus aliados.
Los
ingleses no estaban dispuestos a permitir que ni España ni su imperio llegaran
a caer en manos francesas y actuaron en consecuencia, con absoluta
contundencia, tanto la Guerra de Sucesión
(1701-1713) como en la de la
Independencia (1808-1814). En ambos conflictos este país se estaba jugando
su futuro, como también se lo jugó en las dos guerras mundiales. Una cosa era
que los franceses proyectaran su influencia cultural sobre nuestro país y otra,
muy diferente, que nos incorporáramos directamente a su estructura orgánica. La
predisposición de las clases dominantes españolas a dejarse someter por un país
extranjero nos terminó llevando a la irrelevancia política. Eso es lo que pasa
cuando te dejas llevar por intereses ajenos.
Por
tanto, en 1814 se refundó el estado
español (una vez más, como en 1701 y en 1517) y la versión de España que se
fue abriendo paso en el siglo XIX era, fundamentalmente, jacobina. Esto significa que, aunque hubiéramos echado a los
franceses de nuestro país desde un punto de vista militar, seguíamos, no
obstante, subordinados ideológicamente a la cultura francesa. Esto era,
obviamente, una consecuencia lógica de todo el proceso aculturador que habíamos
estado sufriendo a lo largo de todo el siglo XVIII, en el que se formó la
intelectualidad española que sobrevivió a la Guerra de la Independencia. Las rebeliones carlistas (a partir de
1833) y federalistas (a partir de la Revolución
de la Gloriosa) son reacciones anti-jacobinas que surgen del fondo de la
sociedad (rural en el primer caso y urbana en el segundo). A finales del siglo XIX
percibimos ya por todo el país una gran cantidad de obras y de movimientos de
corte regionalista que reivindican los valores específicos de la sociedad
española. Era una especie de renacimiento cultural, una búsqueda de los propios
orígenes en la que, como no podía ser de otra manera, se perciben igualmente
patrones culturales foráneos, aunque reinterpretados. Como dije más arriba todo tiene su contexto, toda sociedad
evoluciona en continua interacción con las sociedades vecinas.
A
lo largo de la Edad Contemporánea nuestro país se ha ido transmutando
interiormente. Hoy somos muy diferentes de lo que éramos antes de perder
nuestro imperio. De entrada hubo una reacción
anticlerical (que arrancó en el siglo XVIII, también por influencia
francesa) que ha provocado un distanciamiento con respecto a los parámetros
ideológicos de aquella época. También se ha ido produciendo, lenta pero
inexorablemente, una reacción anti-jacobina, es decir anti-centralista, que se
ha ido dedicando a poner en valor las peculiaridades específicas de cada uno de
los territorios que forman parte de nuestro país y que han ido poniendo de
relieve algo que vengo remarcando desde que comencé a publicar artículos en
este blog: la extraordinaria profundidad
estratégica de la Península Ibérica, que es hija de su relieve, de su
paisaje, de su diversidad ecológica y de su posición geoestratégica. En
resumen, de su geografía (la Geografía es el marco en el que la Historia se
despliega).
Aunque,
en realidad, la reacción anti-jacobina no es más que el desarrollo fractal del
modelo contra el que reacciona. El estado centralista que los borbones crearon en
el siglo XVIII, cuando se desintegró como consecuencia de la invasión francesa (los
centralistas primigenios), dispersó la semilla de decenas de nuevos procesos
centralizadores por todos los territorios que habían sido españoles (por todo
el mundo), en ámbitos más locales, e hizo aparecer multitud de nuevos proyectos
“nacionales” que, en realidad, eran
clones de aquél contra el que se habían rebelado aunque, en cada caso, se
tuvieron que enfrentar a un paisaje, un ecosistema y un contexto geopolítico
diferente, generando así una multitud de respuestas diferenciadas pero… cada
vez más indefensas frente a los nuevos centralistas globalizadores foráneos. Es
obvio que si te separas de tu unidad cultural primigenia, te vuelves cada vez
más influenciable a las presiones de los nuevos imperios del presente.
Un nuevo país
España
se transmutó interiormente durante la Guerra
de la Independencia. Hace tiempo que dije que cuando las personas o las
sociedades son llevadas a una situación límite y sobreviven… se transmutan. El individuo o la
sociedad que sale de esa situación ya no es el mismo o la misma que era antes
de que ésta se produjera. La España de
1814 era un país diferente a la de 1808.
Con
sus luces y con sus sombras España
empieza a reinventarse a sí misma a partir de ese primer minuto de nuestra
nueva existencia, y el país que nace en ese momento es en el que vivimos ahora.
Hace doscientos años que abandonamos -con todas sus consecuencias- el Antiguo Régimen. Y esta fiebre que
parece estar consumiéndonos durante la última generación, este “revival” nostálgico imperial que
conecta con otros movimientos semejantes que se están dando en otros lugares
del mundo que ahora muchos llaman el “Occidente
colectivo”, no ha surgido por casualidad, sino que nace de la constatación
del hecho evidente de que el mundo está cambiando de manera profunda en este
momento histórico que estamos viviendo ahora, y que ese cambio nos ha sorprendido sin un proyecto de futuro.
Pero
las inercias de la sociedad española apuntan hacia una dirección distinta hacia
la que pretenden llevarnos la mayor parte de la Intelligentsia que nos dirige, que no es más que un clon del modelo
político dominante del “Occidente
colectivo” (como viene ocurriendo en nuestro país desde hace nada menos que
mil años. Nada nuevo bajo el Sol). Una cosa son las propuestas que hacen los “lumbreras” del lugar, que siguen los
patrones del modelo social y político que pretenden replicar y otra, muy
diferente, las inercias profundas de una sociedad que vive en un ecosistema que
es muy diferente al continental europeo (no hablemos ya del norteamericano, que
se aleja de éste último de manera inexorable, como lo hace la placa tectónica
sobre la que se asienta). Como dijo Tim
Marshall, somos “prisioneros de la
geografía”, a lo que yo añadiría y de
las dinámicas históricas profundas que nos envuelven y nos arrastran en su
despliegue evolutivo secular.
Y
resulta que este nuevo país que
empezó a construirse desde abajo a partir de 1814 es un gran país, muy diferente de aquel otro que creó el Imperio
pero igual de creativo y de profundo. Y es que esa creatividad y profundidad
estratégica, que ha caracterizado a la España de todos los tiempos, es hija de
su particular geografía, de su diversidad ecológica y paisajística, de su papel
de bisagra que conecta dos mares y tres continentes, de sus poderosas inercias
sociales que le imprimen un carácter especial, de su vinculación histórica con
multitud de pueblos que viven al otro lado del mar…
España madrugó a la
hora de crear su imperio ultramarino y lo hizo también a la hora de perderlo.
Los imperios, como cualquier otro ser vivo, nacen, crecen, se reproducen y mueren.
Si el imperio español se formó doscientos años antes que el inglés, es lógico
que también se hundiera doscientos años antes. Aunque los que sufrieron esa
pérdida lo vivieron con una sensación de fracaso histórico, porque se
comparaban con estados contemporáneos suyos que, sin embargo, se encontraban en
una fase histórica diferente. No obstante, seguía marcando el camino a los que
venían por detrás suyo desde un punto de vista cronológico. Los últimos
imperios ultramarinos europeos desaparecerían tras la Segunda Guerra Mundial, las pérdidas de la India (en el caso
inglés), Argelia (en el francés), Congo (en el belga), Indonesia (en el
holandés) o Angola y Mozambique (en el portugués) marcan la particular “crisis del 98” de todos estos países.
Lo mismo ocurrió en 1918 con los imperios austrohúngaro y turco. La historia,
como vemos, no deja de repetirse. Dejemos, por tanto, de añorar tiempos pasados
y ubiquémonos mentalmente en el presente, si queremos -de verdad- construir un
futuro mejor.
El
siglo XIX español es apasionante, si tiramos al cubo de la basura las gafas de
la nostalgia imperial y dejamos de comparar a nuestro país con sus
contemporáneos que, sin embargo, estaban viviendo una etapa histórica
diferente. Eran contemporáneos
cronológicos pero no funcionales. Un país que venía del Antiguo Régimen, comienza a ensayar
nuevas formas de organización política y, aunque imita modelos extranjeros,
cómo vive en un ecosistema y en un tiempo político diferente, lo que le sale es
también algo muy distinto.
La
Constitución de 1812 marcó un modelo
teórico a seguir durante la primera mitad de aquella centuria. La lucha entre
absolutistas y liberales no sólo marcaría ese periodo histórico sino que, con
otras denominaciones y actualizaciones, ha llegado hasta nuestros días (en el
resto de países “occidentales”
también ha ocurrido, ya que todos los totalitarismos de esta tradición
histórica beben de las fuentes absolutistas y las más progresistas de las
liberales). Esa tradición absolutista fue la responsable, hasta la llegada a
nuestro país de la Segunda República
(1931), de todas las descaradas manipulaciones electorales que tuvieron lugar
en él entre 1833 y 1931. Para refrescarle la memoria presentaré el gráfico de todas
las elecciones que tuvieron lugar durante el periodo de “La Restauración” (1875-1923) y que publiqué -hace ya cinco años-
en este mismo blog, en el artículo titulado “La
Restauración borbónica”:
Y que presentan la siguiente distribución numérica:
¿Hace
falta alguna prueba adicional para demostrar cómo funcionaba el sistema político
al que la Segunda República puso fin?
¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que la mayor parte de los españoles
que depositó su voto en una urna durante ese período histórico cambió
alternativamente el sentido del mismo desde los liberales a los conservadores o
viceversa cada 3 años, por término medio, durante un período de 47 años
ininterrumpidos? Observe, igualmente, la evolución de la columna “Otros” y como el golpe de estado de Primo de Rivera tuvo lugar justamente
cuando el porcentaje de diputados que no pertenecía al sistema bipartidista que
formaban los conservadores y los liberales superó ampliamente el 20% de los
escaños del parlamento y más de la mitad de los votos emitidos, ya que en él
estaban ampliamente sobrerrepresentadas las áreas rurales e infrarrepresentadas
las zonas urbanas. Hay que tener en cuenta igualmente que en una elevada
proporción de zonas rurales no se votaba en la práctica, ya que había una regla
de la ley electoral que establecía que en las circunscripciones donde sólo se
presentaba una lista, sus componentes obtenían el escaño de manera automática,
sin votación alguna, y el número de circunscripciones en la que ocurría esto
superó el 20% a principios de los años 20.
Es
decir, que jugamos a la democracia mientras los resultados de las elecciones
sostienen el statu quo, pero rompemos
la baraja cuando el sistema pierde el control del proceso. Lo mismo podríamos
decir acerca del estallido de la Guerra
Civil: cuando las izquierdas se agrupan todas detrás de una lista y, como
consecuencia de una ley electoral que siempre refuerza la representación de los
más votados, arrollan en las elecciones de febrero de 1936, los militares se
sublevan y provocan una guerra que trae como consecuencia la implantación
forzada de una nueva dictadura que duró nada menos que 40 años.
¿Percibe
el lector ahora por qué a los españoles no les gusta que hablemos de nuestra Edad
Contemporánea? Pero resulta que ese tiempo también es el de Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, la Institución Libre de Enseñanza, la del premio Nobel de Ramón y Cajal, la de las generaciones del
98, del 1900 y del 27. La Edad de Plata
de la cultura española. Una época de gran creatividad en la que se formaron
más premios nobeles, como Severo Ochoa
o Juan Ramón Jiménez. Una España
apasionante y apasionada en la que había miles de personas trabajando por
construir un futuro mejor para todos, y que en buena medida terminamos perdiendo,
a causa de la guerra, la prisión o el exilio.
Odón de Buen (1863-1945). Fuente: Wikipedia.
El
nombre de Odón de Buen seguramente no
le diga mucho, pero fue el mayor oceanógrafo que hubo en la España del siglo XX
(fundó el Instituto Español de
Oceanografía, en 1914, iniciando así el campo de la investigación de ese
campo de la ciencia en España), que tuvo que marchar al exilio -refugiándose en
México- e inició una saga familiar que ha sembrado Hispanoamérica de
científicos y juristas de alto nivel. Su hijo Sadí, parasitólogo y fundador del Instituto Antipalúdico en 1924, fue fusilado, por el ejército
nacional en Córdoba, el 3 de septiembre de 1936. Su hijo Rafael, también oceanógrafo, como su padre, tuvo que desarrollar su
trabajo en el exilio mejicano, dónde también fue profesor universitario. Fernando de Buen Lozano, otro de sus
hijos:
“Llegó
a ser jefe de biología en el Instituto Español de Oceanografía y catedrático en
la Universidad de Madrid.
Tras
el estallido de la Guerra civil se unió como voluntario al Ejército Popular de
la República, llegando a combatir en los frentes de Guadarrama, Pozuelo y El
Pardo. Llegaría a ser jefe de Estado Mayor del XXI Cuerpo de Ejército, desde
abril de 1938.
Al
final de la contienda marchó al exilio junto a su padre Odón de Buen y del Cos,
instalándose en México. En 1939 comenzó sus actividades en Latinoamérica,
desempeñando importantes labores docentes y de investigación ictiológicas
primero en México, su segunda patria, luego en Uruguay y, finalmente, en Chile.
En Uruguay fue el director del departamento de Ciencias en el Servicio de
Oceanografía y Pesca, así como profesor de hidrobiología y protozoología en la
Facultad de las Artes y las Ciencias.
Formó
parte de los miembros de La Casa de España en México, se hizo cargo de la
cátedra de biología en la Universidad Michoacana en la ciudad de Morelia,
ciudad a la que llegó el 16 de julio de 1939, además, fue profesor
extraordinario de biología superior en la Facultad de Medicina y profesor
extraordinario.de biología en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo. También
tuvo a su cargo las cátedras de Biología y Zoología y botánica superiores para
las disciplinas de Farmacia y Medicina. Fue delegado por la Universidad de
Morelia al Primer Congreso Indigenista Interamericano en el que presentó la
ponencia titulada "La pesca costera y de aguas interiores" (1940).
Durante 1941 se desempeñó como catedrático titular de biología, botánica
superior y zoología superior en el Bachillerato de ciencias biológicas, en el
Colegio de San Nicolás. Fue también catedrático titular de biología en la
Escuela Normal Mixta de la Universidad Michoacana. En 1941 se hizo cargo de la
instalación y funcionamiento del laboratorio de biología en la Universidad
Michoacana, que, junto con otros laboratorios, había proyectado desde 1939.
Durante esos años publicó varios documentos relacionados con sus
investigaciones en el Lago de Pátzcuaro y otras relacionadas con sus ámbitos de
interés.
En
1961 la Universidad de Chile le confió la organización de su Instituto de Biología
y su Estación de Biología Marina de Valparaíso.
Su
prestigio científico, reconocido por los principales centros mundiales, unido a
su experiencia de trabajo en diferentes países, hicieron de él el hombre clave
para la organización y coordinación de las nacientes actividades oceanográficas
del continente Sudamericano, otorgándosele oficialmente en noviembre de 1961 la
presidencia del Consejo Latinoamericano de Oceanografía, recientemente creado.
Falleció
en la localidad chilena de Viña del Mar, en 1962”[2]
Demófilo de Buen Lozano,
por su parte:
“…ocupó
la Cátedra de Derecho Civil en la Universidad de Sevilla desde 1920. En 1931 se
trasladó a Madrid, donde fue nombrado Vocal de la Comisión Jurídica Asesora del
Ministerio de Justicia y Consejero de Estado. En 1933 recibió el nombramiento
de presidente de la Sala V del Tribunal Supremo (entonces Sala de lo Social).
En 1936 fue designado presidente del Consejo de Trabajo y representante español
en el Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo. Durante
la Guerra Civil Demófilo de Buen fue designado presidente de la Sala Primera
del Tribunal Supremo (Sala de lo Civil). En agosto de 1937 fue nombrado
presidente del Tribunal Popular de Responsabilidades Civiles, cargo que ejerció
hasta noviembre de 1938. En 1939 tuvo que abandonar España, exiliándose primero
en México y desde 1943 en Panamá. En México fue profesor de Derecho Civil en la
Escuela Nacional de Jurisprudencia y en Panamá impartió la cátedra de Derecho
Civil en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de
Panamá, facultad de la que llegó a ser decano y en la que fundó y dirigió el
Instituto de Derecho Comparado. Falleció en México el 23 de junio de 1946. Desde
1952 la Biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá lleva
su nombre. La depuración como catedrático, sin lugar a proceso contradictorio
alguno, se produjo mediante Orden Ministerial en febrero de 1939, junto a otros
catedráticos:
«...
se separa definitivamente por ser pública y notoria la desafección de los
catedráticos universitarios que se mencionarán al nuevo régimen implantado en
España, no solamente por sus actuaciones en las zonas que han sufrido y en las
que sufren la dominación marxista, sino también por su pertinaz política antinacionalista
y antiespañola en los tiempos precedentes al Glorioso Movimiento Nacional. La evidencia de sus conductas perniciosas
para el país hace totalmente inútiles las garantías procesales que, en otro
caso constituyen la condición fundamental en todo enjuiciamiento, y por ello,
este Ministerio ha resuelto separar
definitivamente del servicio y dar de baja en sus respectivos escalafones a
los señores: Luis Jiménez de Asúa,
Fernando de los Ríos Urruti, Felipe Sánchez Román y José Castillejo Duarte,
catedráticos de Derecho; José Giral
Pereira, catedrático de Farmacia; Gustavo
Pittaluga Fattorini y Juan Negrín López, catedráticos de Medicina; Blas Cabrera Felipe [el
que trajo a Albert Einstein a España en 1923 y fue rector de la Universidad Central
de Madrid y de la Universidad Internacional de Verano de Santander, hoy
Universidad Internacional Menéndez Pelayo, así como Secretario de la Oficina
Internacional de Pesos y Medidas], catedrático de Ciencias; Julián Besteiro
Fernández, José Gaos González Pola y Domingo Barnés Salinas, catedráticos de Filosofía y Letras, todos
ellos de la Universidad de Madrid. Pablo
Azcárate Flores, Demófilo de Buen Lozano, Mariano Gómez González y Wenceslao
Roces Suárez, catedráticos excedentes de Derecho.»
Orden
del 4 de febrero de 1939, Ministerio de Educación Nacional.”[3]
¿Y
qué decir de Severo Ochoa? otro exiliado
que obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1959 por su trabajo que “condujo a la síntesis del ácido
ribonucleico (ARN), tras el descubrimiento de la enzima
polinucleótido-fosforilasa”[4].
Severo Ochoa (1905-1993). Fuente: Wikipedia.
Esta
es una breve relación de algunos de los más destacados intelectuales que
abandonaron España en el exilio
republicano[5]:
Biólogos:
·
Severo
Ochoa (Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959)
·
Enrique
Rioja Lo Bianco
Físicos:
·
Blas
Cabrera
·
Arturo
Duperier Vallesa
Químicos:
·
Francisco
Giral González
·
Enrique
Moles
Matemáticos:
·
Lorenzo
Alcaraz
·
Enrique
Jiménez González
·
Ricardo
Vinós Santos
Ingenieros:
·
Francisco
Rived Revilla
·
Emilio
Herrera Linares
Astrónomos:
·
Pedro
Carrasco Garrorena
·
Marcelo
Santaló
Oceanógrafos:
·
Odón
de Buen
Oftalmólogos:
·
Manuel
Márquez Rodríguez
Economistas:
·
Antonio
Sacristán
Escritores:
·
Rafael
Alberti
·
Manuel
Altolaguirre
·
Manuel
Andújar
·
Max
Aub
·
Manuel
Azaña
·
Arturo
Barea
·
José
Bergamín
·
Clara
Campoamor
·
Luis
Cernuda
·
Rosa
Chacel
·
Ernestina
de Champourcín
·
Juan
Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura en 1956)
·
María
Teresa León
·
Antonio
Machado
·
Paulino
Massip
·
Margarita
Nelken
·
Emilio
Prados
·
Mercè
Rodoreda
·
Pedro
Salinas
·
Ramón
J. Sender
Cineastas:
·
Luis
Buñuel
Pintores:
·
Óscar
Domínguez
·
José
Gausachs
·
Maruja
Mallo
·
Pablo
Ruiz Picasso
Historiadores:
·
Claudio
Sánchez Albornoz
·
Juan
Antonio Ortega y Medina
·
Wenceslao
Roces
Filólogos:
·
Américo
Castro
·
Tomás
Navarro Tomás
Pedagogos:
·
José
Castillejo
·
Lorenzo
Luzuriaga
Filósofos:
·
Juan
David García Bacca
·
Eduardo
Nicol
·
Adolfo
Sánchez Vázquez
·
María
Zambrano
Ensayistas:
·
Anselmo
Carretero
Músicos:
·
Pau
Casals
·
Manuel
de Falla
Profesores:
·
Fernando
de los Ríos
Un
inmenso capital humano que no pudimos aprovechar pero que
sí lo hicieron, afortunadamente, otros países hermanos, haciendo posible así
que siguieran trabajando por el bien de la Humanidad. Esto es sólo una parte de la España que perdimos en 1939, la punta
del iceberg que ayuda a explicar por qué no puede haber un consenso en nuestro
país en torno a los símbolos nacionales si no se produce antes un debate
colectivo sobre lo que significó aquella extraordinaria pérdida, si no recuperamos la memoria de lo que
perdimos, si no rescatamos del olvido a toda esta multitud de hombres y de
mujeres que lo dieron todo por su país.
Un nuevo comienzo
Y
vuelta a empezar… una vez más… Como en
1814, en 1701, en 1517…
Los
que siguieron aquí, enterraron a sus muertos, los lloraron en silencio y
siguieron trabajando… Gabriel Celaya,
ya en los años cincuenta, escribió:
Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a
sus muertos.
Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.
Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.
Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y
verdadero.
De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a
muerto.
¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.
No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un
comienzo.
Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.
Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del
sueño.
Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que
empiezo.
No quiero justificarte
como haría un leguleyo,
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.
España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.
Gabriel Celaya (España en marcha)
Y
Blas de Otero:
España, camisa blanca de mi esperanza,
reseca historia que nos abraza
con acercarse solo a mirarla,
paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.
España, camisa blanca de mi esperanza
la negra pena nos atenaza,
la pena deja plomo en las alas,
quisiera poner el hombro y pongo palabras
que casi siempre acaban en nada
cuando se enfrentan al ancho mar.
España, camisa blanca de mi esperanza
a veces madre y siempre madrastra,
navaja, barro, clavel, espada;
la muerte siempre presente nos acompaña
en nuestras cosas más cotidianas
y al fin nos hace a todos igual.
España, camisa blanca de mi esperanza
de fuera o dentro, dulce o amarga
de olor a incienso de cal y caña
quién puso el desasosiego en nuestras entrañas
nos hizo libres, pero sin alas
nos dejó el hambre y se llevó el pan.
España, camisa blanca de mi esperanza
aquí me tienes, nadie me manda
quererte tanto me cuesta nada
nos haces siempre a tu imagen y semejanza
lo bueno y malo que hay en tu estampa
de peregrina a ningún lugar.
Blas de Otero (España, camisa blanca de mi esperanza)
En
1974 llegó a mis manos…
“Un
disco que estuvo prohibido hasta 1976 pero que circuló por todo el país,
clandestinamente, desde 1970 y que a algunos nos hizo descubrir a los jóvenes
poetas que habían ido surgiendo en España lo largo del franquismo y comprender
que nuestro país era mucho más grande y profundo de lo que los medios del
Sistema nos mostraban. Fue la grabación del recital que Paco
Ibáñez hizo en el teatro Olimpia de París (en el exilio) el 2 de diciembre
de 1969. Una veintena de canciones que sólo llegaron hasta una parte de la
militancia de las fuerzas clandestinas, hasta el sector más comprometido, pero
que a través suya terminarían alcanzando un eco formidable.”[6]
El
disco del Olimpia me hizo descubrir a
poetas que no tenía idea que existieran y que representaban esa nueva España
que había estado resurgiendo en silencio durante la dictadura franquista, como León Felipe, Gabriel Celaya, José Agustín
Goytisolo, Blas de Otero… Y me
hicieron tomar conciencia del profundo abismo que separaba a la España oficial
de la España real.
La
Democracia no llegó por casualidad a nuestro país durante la Transición política de finales de los
setenta, ni nadie nos la regaló. Fue duramente conquistada por millones de
hombres y de mujeres que no han parado de luchar por ella desde hace siglos. Y
esa lucha ha ido dejando por el camino a una inmensa cantidad de personas que
merecen ser recordadas, cuya memoria
necesitamos recuperar para poder entender quiénes somos en realidad.
Sin
olvidarnos de los españoles que protagonizaron -hace siglos ya- las glorias
imperiales, estos otros, más cercanos en el tiempo, que nos ayudan a entender
nuestro presente, no tienen nada que envidiarle a aquellos. Por eso es
necesario que reivindiquemos ¡toda! nuestra historia, y que abramos un debate acerca de todos esos
elementos que han hecho posible este tiempo presente en el que vivimos.