martes, 1 de abril de 2025

A los españoles no les gusta la Edad Contemporánea

 


Proclamación de la Segunda República en la Plaça de Sant Jaume de Barcelona. (Fotografía de Josep María Sagarra)

Llevo ya más de trece años publicando artículos en este blog, a través de los cuales he buscado presentar un cuadro, lo más completo posible, de la historia de nuestro país y del legado que ha ido dejando por el mundo desde la Alta Edad Media hasta la actualidad. He intentado darle a estos artículos la máxima difusión posible a través de las redes sociales y me he encontrado, con bastante sorpresa por mi parte, que en la mayoría de los grupos o colectivos que dicen haberse creado para difundir la historia son, en general, bien recibidos si describen o analizan episodios o procesos que han tenido lugar a lo largo de la Edad Media o de la Edad Moderna, pero no hacen demasiada gracia si abordo la Historia de España del siglo XIX, y ninguna si me refiero a la del siglo XX. Hay un grupo de Facebook, dedicado a la historia de España, que marca los límites temporales de los artículos a publicar en él entre la fundación de Cádiz por los fenicios y el desembarco de Alhucemas, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, dejando fuera, obviamente, a la Segunda República, la Guerra Civil, la Dictadura de Franco y el sistema político que surgió de la Constitución de 1978. Y hay muchos grupos más dedicados, exclusivamente, al Imperio español.

Está claro que a un importante sector de la población española no le interesa la parte de nuestra historia en la que no éramos potencia mundial, lo que significa que no le interesa nuestra historia real, la más reciente, la que ha determinado como somos ahora.

Con todos mis respetos, esta actitud me parece francamente patológica. Desde mi punto de vista, la historia es un punto de arranque, la base desde la que partimos para enfrentarnos con el futuro. Pero… toda la historia… completa. Una cosa es resumirla para hacer comprensible su lectura y su direccionalidad y otra, diferente, expurgarla de todas aquellas partes que no nos gustan pero que forman parte del legado que hemos recibido.

Recuerdo en mi infancia como describían los libros de texto la batalla de Lepanto, en la que derrotamos de forma contundente a la armada turca. Pero sólo en mi edad adulta y después de haber leído mucho, me enteré de que hubo otra, equivalente -la de Préveza-, en la que los turcos les dieron, igual de fuerte, a los nuestros.

En el largo duelo que libramos con Francia durante los 200 años que los austrias gobernaron aquí, la historiografía oficial nos recuerda continuamente las batallas de Pavía, San Quintín, y otras muchas, en las que les ganamos a los franceses, pero silencia la de Rocroi, en la que los que vencieron fueron ellos.

Como toda gran potencia del pasado, tenemos muchos episodios a lo largo de nuestra historia que podemos explotar con fines propagandísticos, obviamente. Pero hace tiempo que dejamos de ser esa potencia, y pasamos a convertirnos en un país relativamente modesto, dentro del contexto de pueblos europeos. Pero, claro, si nos negamos a hablar de ese proceso de pérdida de liderazgo nunca conoceremos las causas del mismo (que siguen formando parte de lo que somos en el presente) y, en consecuencia, no podremos corregirlas. Así de simple.

Esta es la política del avestruz, sólo contamos las historias felices, para alegrarnos la vida, pero nos negamos a hablar de nuestros tremendos errores estratégicos, que nos han traído hasta la situación actual. He intentado, a través de las páginas de mi blog, hacer una crítica constructiva acerca de esos errores estratégicos que, desde mi punto de vista, causaron esa pérdida de liderazgo y que son muy parecidos, por cierto, a los que provocaron el hundimiento de otros grandes imperios en el pasado. Los españoles no somos ni mejores ni peores que los demás. Tenemos, como pueblo, grandes virtudes que nos llevaron en su momento hasta la cumbre, pero también grandes defectos, que nos hicieron bajar de ella. Lo mismo podríamos decir de los franceses, los ingleses, los romanos… Nada nuevo bajo el Sol. La historia se repite, una y otra vez, con diferentes protagonistas, pero manteniendo siempre una serie de reglas inmutables, una de las cuales dice que todo lo que sube terminará bajando, y otra que no puedes pretender resucitar lo que ya está muerto.

El eterno chovinismo de los nacionalistas de cualquier origen o pelaje nunca reconstruyó ningún imperio, pero con bastante frecuencia ayudó a hundirlo todavía más de lo que ya estaba. Los ejemplos históricos son legión.

Pues bien, la Historia Contemporánea de España es la que nos ha hecho como somos… ahora. Si nos limitamos a hablar de las glorias imperiales, pero omitimos lo que hemos estado haciendo durante los últimos doscientos años, podremos contar muchas bonitas historias a nuestros oyentes, hablándoles de unas personas que eran muy diferentes a nuestros compatriotas del presente. Es como si los italianos se limitaran a contar la historia del Imperio Romano y ocultaran a sus jóvenes todo lo que pasó en su país desde entonces, o como esos británicos que, añorando los tiempos de la reina Victoria, cuando imponían su santa voluntad por todo el planeta, votaron por el Brexit para alejarse de los “pueblos inferiores” del continente y lo que han conseguido es hundir todavía más a un país que está abiertamente en decadencia desde hace tiempo.

Y es que cualquiera de los imperios que los humanos han ido construyendo a lo largo del tiempo surgió en un contexto histórico concreto, respondiendo a unas necesidades que se daban en su coyuntura particular y que no puede ser reproducida de manera artificial en otro momento u otra ubicación geográfica diferente. Cada uno de ellos ha cumplido una misión histórica distinta y tuvieron sentido dentro de su particular “ecosistema”, que era -obviamente- diferente a todo lo que ha venido después.

Nada se desarrolla en el vacío. Todo tiene su contexto, sus condicionantes históricos. La sociedades se desarrollan en una interacción permanente con sus vecinas, compitiendo y, a la vez, colaborando con ellas. Y es esa relación mutua la que explica los avances y retrocesos continuos de las unas con respecto a las otras. Si descontextualizamos el proceso, no entenderemos nada. Cuando elevamos al Olimpo de los dioses a determinados personajes del pasado que, según la narrativa histórica del presente, desempeñaron un papel fundamental en nuestra historia, solemos obviar el hecho de que esas personas eran muy, muy, muy diferentes de nosotros. Con frecuencia me planteo que si, por alguna carambola del destino, alguno de ellos levantara la cabeza, sentiría vergüenza ajena cuando oyera a algún friki del presente sacando pecho para patrimonializar, de alguna manera, alguna de las gestas que aquella persona protagonizó.

Hay algunos individuos muy activos en las redes sociales de los grupos de historia que no paran de poner en las mismas películas –literalmente– supuestamente históricas, pero que manipulan los datos de una manera tan burda que difícilmente un historiador que merezca ese nombre las podría mostrar. Por favor, El Ministerio del Tiempo es una serie entretenida, pero es pura ficción. ¿Se imagina a un profesor de Historia usando ese material en sus explicaciones en clase? Sería algo funesto y absolutamente contraproducente. Sería algo así como considerar literatura al cuento de Caperucita.

Necesitamos dignificar el trabajo de los historiadores y la primera obligación de estos es que lo que nos cuenten tiene que ser verdad. La propaganda no es Historia. Es más, la propaganda mata a la Historia verdadera, porque termina desautorizando a miles de personas que de manera honesta están empeñados en mostrarnos la auténtica secuencia de los procesos históricos.

El espectador que se limita a consumir las historias fáciles y simplonas que la tele nos va poniendo por delante, se rebela contra las más tristes que jalonan cualquier proceso histórico y, en consecuencia, se aleja de la realidad.

 

El hundimiento del Imperio español

Como dije más arriba, la Historia Contemporánea de España es la que nos ha hecho como somos… ¡Ahora!, y tenemos que conocerla, nos guste o no. Nos estamos metiendo nosotros solitos en la Caverna de Platón, en el mundo de las realidades virtuales, mientras nos alejamos del mundo real. El resultado final de ese proceso, lógicamente, no puede ser bueno.

Los últimos 200 años de la Historia de España no han sido tiempos imperiales como todo el mundo sabe. Ha sido una época en la que hemos tomado conciencia de nuestros propios límites, en la que nos hemos topado con la dura realidad, en la que nos hemos redescubierto a nosotros mismos de otra manera.

En mi libro Andalucía, ¿puente o frontera?[1] dije que el objetivo estratégico fundamental que traían los borbones cuando asumieron el poder en España en 1701 (absorber el Imperio español para multiplicar la extensión y la potencia del francés) se materializó con toda su crudeza en 1808 y que, por tanto, la pérdida del Imperio fue una consecuencia lógica de la llegada al trono español de esta dinastía francesa.

El cambio dinástico que se produjo en nuestro país en 1701 significaba, literalmente, entregar el mando a la fuerza política que durante los doscientos años anteriores había sido nuestra peor enemiga. Era así de brutal. E igual de brutal fueron sus consecuencias.

La pérdida del Imperio fue el resultado, diferido en el tiempo, de la decisión de la Casa de Austria de meterse en la Guerra de los Treinta Años en 1618, lo que hizo reaccionar contra los españoles prácticamente a toda Europa, incluyendo a muchos que, en aquel momento histórico, eran compatriotas. La independencia de Portugal y los intentos de secesión de Cataluña y de Andalucía fueron algunas de sus consecuencias, y el reconocimiento final de la pérdida de liderazgo a nivel europeo, que se materializó en las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659), así como el reconocimiento de la independencia portuguesa (1668) fueron las principales.

Como he afirmado en muchos de mis trabajos, el error estratégico fundamental de la política que nos convirtió en el gendarme europeo, que fue el rol que los austrias asignaron al Imperio español a partir de 1517, les terminó llevando, casi doscientos años más tarde, a rendirse -de facto- ante sus peores enemigos, entregando el mando a la dinastía que mandaba en Francia. El resultado obvio de esto lo vimos en 1808, aunque podía haber ocurrido mucho antes si el resto de potencias europeas de aquella época no se hubieran coaligado contra el eje París-Madrid en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), que impidió de facto la unión política entre Francia y España, con la capital de la misma en París, a principios del siglo XVIII, lo que hubiera convertido, de manera automática, al Imperio Ultramarino español en la columna vertebral del Imperio Ultramarino francés, y a la España peninsular desempeñando, dentro de ese conjunto, un papel parecido al que ejerce la Provenza en la actualidad. Si tal cosa no ocurrió es porque lo impidieron los ingleses y sus aliados.

Los ingleses no estaban dispuestos a permitir que ni España ni su imperio llegaran a caer en manos francesas y actuaron en consecuencia, con absoluta contundencia, tanto la Guerra de Sucesión (1701-1713) como en la de la Independencia (1808-1814). En ambos conflictos este país se estaba jugando su futuro, como también se lo jugó en las dos guerras mundiales. Una cosa era que los franceses proyectaran su influencia cultural sobre nuestro país y otra, muy diferente, que nos incorporáramos directamente a su estructura orgánica. La predisposición de las clases dominantes españolas a dejarse someter por un país extranjero nos terminó llevando a la irrelevancia política. Eso es lo que pasa cuando te dejas llevar por intereses ajenos.

Por tanto, en 1814 se refundó el estado español (una vez más, como en 1701 y en 1517) y la versión de España que se fue abriendo paso en el siglo XIX era, fundamentalmente, jacobina. Esto significa que, aunque hubiéramos echado a los franceses de nuestro país desde un punto de vista militar, seguíamos, no obstante, subordinados ideológicamente a la cultura francesa. Esto era, obviamente, una consecuencia lógica de todo el proceso aculturador que habíamos estado sufriendo a lo largo de todo el siglo XVIII, en el que se formó la intelectualidad española que sobrevivió a la Guerra de la Independencia. Las rebeliones carlistas (a partir de 1833) y federalistas (a partir de la Revolución de la Gloriosa) son reacciones anti-jacobinas que surgen del fondo de la sociedad (rural en el primer caso y urbana en el segundo). A finales del siglo XIX percibimos ya por todo el país una gran cantidad de obras y de movimientos de corte regionalista que reivindican los valores específicos de la sociedad española. Era una especie de renacimiento cultural, una búsqueda de los propios orígenes en la que, como no podía ser de otra manera, se perciben igualmente patrones culturales foráneos, aunque reinterpretados. Como dije más arriba todo tiene su contexto, toda sociedad evoluciona en continua interacción con las sociedades vecinas.

A lo largo de la Edad Contemporánea nuestro país se ha ido transmutando interiormente. Hoy somos muy diferentes de lo que éramos antes de perder nuestro imperio. De entrada hubo una reacción anticlerical (que arrancó en el siglo XVIII, también por influencia francesa) que ha provocado un distanciamiento con respecto a los parámetros ideológicos de aquella época. También se ha ido produciendo, lenta pero inexorablemente, una reacción anti-jacobina, es decir anti-centralista, que se ha ido dedicando a poner en valor las peculiaridades específicas de cada uno de los territorios que forman parte de nuestro país y que han ido poniendo de relieve algo que vengo remarcando desde que comencé a publicar artículos en este blog: la extraordinaria profundidad estratégica de la Península Ibérica, que es hija de su relieve, de su paisaje, de su diversidad ecológica y de su posición geoestratégica. En resumen, de su geografía (la Geografía es el marco en el que la Historia se despliega).

Aunque, en realidad, la reacción anti-jacobina no es más que el desarrollo fractal del modelo contra el que reacciona. El estado centralista que los borbones crearon en el siglo XVIII, cuando se desintegró como consecuencia de la invasión francesa (los centralistas primigenios), dispersó la semilla de decenas de nuevos procesos centralizadores por todos los territorios que habían sido españoles (por todo el mundo), en ámbitos más locales, e hizo aparecer multitud de nuevos proyectos “nacionales” que, en realidad, eran clones de aquél contra el que se habían rebelado aunque, en cada caso, se tuvieron que enfrentar a un paisaje, un ecosistema y un contexto geopolítico diferente, generando así una multitud de respuestas diferenciadas pero… cada vez más indefensas frente a los nuevos centralistas globalizadores foráneos. Es obvio que si te separas de tu unidad cultural primigenia, te vuelves cada vez más influenciable a las presiones de los nuevos imperios del presente.

 

Un nuevo país

España se transmutó interiormente durante la Guerra de la Independencia. Hace tiempo que dije que cuando las personas o las sociedades son llevadas a una situación límite y sobreviven… se transmutan. El individuo o la sociedad que sale de esa situación ya no es el mismo o la misma que era antes de que ésta se produjera. La España de 1814 era un país diferente a la de 1808.

Con sus luces y con sus sombras España empieza a reinventarse a sí misma a partir de ese primer minuto de nuestra nueva existencia, y el país que nace en ese momento es en el que vivimos ahora. Hace doscientos años que abandonamos -con todas sus consecuencias- el Antiguo Régimen. Y esta fiebre que parece estar consumiéndonos durante la última generación, este “revival” nostálgico imperial que conecta con otros movimientos semejantes que se están dando en otros lugares del mundo que ahora muchos llaman el “Occidente colectivo”, no ha surgido por casualidad, sino que nace de la constatación del hecho evidente de que el mundo está cambiando de manera profunda en este momento histórico que estamos viviendo ahora, y que ese cambio nos ha sorprendido sin un proyecto de futuro.

Pero las inercias de la sociedad española apuntan hacia una dirección distinta hacia la que pretenden llevarnos la mayor parte de la Intelligentsia que nos dirige, que no es más que un clon del modelo político dominante del “Occidente colectivo” (como viene ocurriendo en nuestro país desde hace nada menos que mil años. Nada nuevo bajo el Sol). Una cosa son las propuestas que hacen los “lumbreras” del lugar, que siguen los patrones del modelo social y político que pretenden replicar y otra, muy diferente, las inercias profundas de una sociedad que vive en un ecosistema que es muy diferente al continental europeo (no hablemos ya del norteamericano, que se aleja de éste último de manera inexorable, como lo hace la placa tectónica sobre la que se asienta). Como dijo Tim Marshall, somos “prisioneros de la geografía”, a lo que yo añadiría y de las dinámicas históricas profundas que nos envuelven y nos arrastran en su despliegue evolutivo secular.

Y resulta que este nuevo país que empezó a construirse desde abajo a partir de 1814 es un gran país, muy diferente de aquel otro que creó el Imperio pero igual de creativo y de profundo. Y es que esa creatividad y profundidad estratégica, que ha caracterizado a la España de todos los tiempos, es hija de su particular geografía, de su diversidad ecológica y paisajística, de su papel de bisagra que conecta dos mares y tres continentes, de sus poderosas inercias sociales que le imprimen un carácter especial, de su vinculación histórica con multitud de pueblos que viven al otro lado del mar…

España madrugó a la hora de crear su imperio ultramarino y lo hizo también a la hora de perderlo. Los imperios, como cualquier otro ser vivo, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Si el imperio español se formó doscientos años antes que el inglés, es lógico que también se hundiera doscientos años antes. Aunque los que sufrieron esa pérdida lo vivieron con una sensación de fracaso histórico, porque se comparaban con estados contemporáneos suyos que, sin embargo, se encontraban en una fase histórica diferente. No obstante, seguía marcando el camino a los que venían por detrás suyo desde un punto de vista cronológico. Los últimos imperios ultramarinos europeos desaparecerían tras la Segunda Guerra Mundial, las pérdidas de la India (en el caso inglés), Argelia (en el francés), Congo (en el belga), Indonesia (en el holandés) o Angola y Mozambique (en el portugués) marcan la particular “crisis del 98” de todos estos países. Lo mismo ocurrió en 1918 con los imperios austrohúngaro y turco. La historia, como vemos, no deja de repetirse. Dejemos, por tanto, de añorar tiempos pasados y ubiquémonos mentalmente en el presente, si queremos -de verdad- construir un futuro mejor.

El siglo XIX español es apasionante, si tiramos al cubo de la basura las gafas de la nostalgia imperial y dejamos de comparar a nuestro país con sus contemporáneos que, sin embargo, estaban viviendo una etapa histórica diferente. Eran contemporáneos cronológicos pero no funcionales. Un país que venía del Antiguo Régimen, comienza a ensayar nuevas formas de organización política y, aunque imita modelos extranjeros, cómo vive en un ecosistema y en un tiempo político diferente, lo que le sale es también algo muy distinto.

La Constitución de 1812 marcó un modelo teórico a seguir durante la primera mitad de aquella centuria. La lucha entre absolutistas y liberales no sólo marcaría ese periodo histórico sino que, con otras denominaciones y actualizaciones, ha llegado hasta nuestros días (en el resto de países “occidentales” también ha ocurrido, ya que todos los totalitarismos de esta tradición histórica beben de las fuentes absolutistas y las más progresistas de las liberales). Esa tradición absolutista fue la responsable, hasta la llegada a nuestro país de la Segunda República (1931), de todas las descaradas manipulaciones electorales que tuvieron lugar en él entre 1833 y 1931. Para refrescarle la memoria presentaré el gráfico de todas las elecciones que tuvieron lugar durante el periodo de “La Restauración” (1875-1923) y que publiqué -hace ya cinco años- en este mismo blog, en el artículo titulado “La Restauración borbónica”:


Y que presentan la siguiente distribución numérica:


¿Hace falta alguna prueba adicional para demostrar cómo funcionaba el sistema político al que la Segunda República puso fin? ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que la mayor parte de los españoles que depositó su voto en una urna durante ese período histórico cambió alternativamente el sentido del mismo desde los liberales a los conservadores o viceversa cada 3 años, por término medio, durante un período de 47 años ininterrumpidos? Observe, igualmente, la evolución de la columna “Otros” y como el golpe de estado de Primo de Rivera tuvo lugar justamente cuando el porcentaje de diputados que no pertenecía al sistema bipartidista que formaban los conservadores y los liberales superó ampliamente el 20% de los escaños del parlamento y más de la mitad de los votos emitidos, ya que en él estaban ampliamente sobrerrepresentadas las áreas rurales e infrarrepresentadas las zonas urbanas. Hay que tener en cuenta igualmente que en una elevada proporción de zonas rurales no se votaba en la práctica, ya que había una regla de la ley electoral que establecía que en las circunscripciones donde sólo se presentaba una lista, sus componentes obtenían el escaño de manera automática, sin votación alguna, y el número de circunscripciones en la que ocurría esto superó el 20% a principios de los años 20.

Es decir, que jugamos a la democracia mientras los resultados de las elecciones sostienen el statu quo, pero rompemos la baraja cuando el sistema pierde el control del proceso. Lo mismo podríamos decir acerca del estallido de la Guerra Civil: cuando las izquierdas se agrupan todas detrás de una lista y, como consecuencia de una ley electoral que siempre refuerza la representación de los más votados, arrollan en las elecciones de febrero de 1936, los militares se sublevan y provocan una guerra que trae como consecuencia la implantación forzada de una nueva dictadura que duró nada menos que 40 años.

¿Percibe el lector ahora por qué a los españoles no les gusta que hablemos de nuestra Edad Contemporánea? Pero resulta que ese tiempo también es el de Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, la Institución Libre de Enseñanza, la del premio Nobel de Ramón y Cajal, la de las generaciones del 98, del 1900 y del 27. La Edad de Plata de la cultura española. Una época de gran creatividad en la que se formaron más premios nobeles, como Severo Ochoa o Juan Ramón Jiménez. Una España apasionante y apasionada en la que había miles de personas trabajando por construir un futuro mejor para todos, y que en buena medida terminamos perdiendo, a causa de la guerra, la prisión o el exilio.


Odón de Buen (1863-1945). Fuente: Wikipedia.

El nombre de Odón de Buen seguramente no le diga mucho, pero fue el mayor oceanógrafo que hubo en la España del siglo XX (fundó el Instituto Español de Oceanografía, en 1914, iniciando así el campo de la investigación de ese campo de la ciencia en España), que tuvo que marchar al exilio -refugiándose en México- e inició una saga familiar que ha sembrado Hispanoamérica de científicos y juristas de alto nivel. Su hijo Sadí, parasitólogo y fundador del Instituto Antipalúdico en 1924, fue fusilado, por el ejército nacional en Córdoba, el 3 de septiembre de 1936. Su hijo Rafael, también oceanógrafo, como su padre, tuvo que desarrollar su trabajo en el exilio mejicano, dónde también fue profesor universitario. Fernando de Buen Lozano, otro de sus hijos:

“Llegó a ser jefe de biología en el Instituto Español de Oceanografía y catedrático en la Universidad de Madrid.

Tras el estallido de la Guerra civil se unió como voluntario al Ejército Popular de la República, llegando a combatir en los frentes de Guadarrama, Pozuelo y El Pardo. Llegaría a ser jefe de Estado Mayor del XXI Cuerpo de Ejército, desde abril de 1938.

Al final de la contienda marchó al exilio junto a su padre Odón de Buen y del Cos, instalándose en México. En 1939 comenzó sus actividades en Latinoamérica, desempeñando importantes labores docentes y de investigación ictiológicas primero en México, su segunda patria, luego en Uruguay y, finalmente, en Chile. En Uruguay fue el director del departamento de Ciencias en el Servicio de Oceanografía y Pesca, así como profesor de hidrobiología y protozoología en la Facultad de las Artes y las Ciencias.

Formó parte de los miembros de La Casa de España en México, se hizo cargo de la cátedra de biología en la Universidad Michoacana en la ciudad de Morelia, ciudad a la que llegó el 16 de julio de 1939, además, fue profesor extraordinario de biología superior en la Facultad de Medicina y profesor extraordinario.de biología en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo. También tuvo a su cargo las cátedras de Biología y Zoología y botánica superiores para las disciplinas de Farmacia y Medicina. Fue delegado por la Universidad de Morelia al Primer Congreso Indigenista Interamericano en el que presentó la ponencia titulada "La pesca costera y de aguas interiores" (1940). Durante 1941 se desempeñó como catedrático titular de biología, botánica superior y zoología superior en el Bachillerato de ciencias biológicas, en el Colegio de San Nicolás. Fue también catedrático titular de biología en la Escuela Normal Mixta de la Universidad Michoacana. En 1941 se hizo cargo de la instalación y funcionamiento del laboratorio de biología en la Universidad Michoacana, que, junto con otros laboratorios, había proyectado desde 1939. Durante esos años publicó varios documentos relacionados con sus investigaciones en el Lago de Pátzcuaro y otras relacionadas con sus ámbitos de interés.

En 1961 la Universidad de Chile le confió la organización de su Instituto de Biología y su Estación de Biología Marina de Valparaíso.

Su prestigio científico, reconocido por los principales centros mundiales, unido a su experiencia de trabajo en diferentes países, hicieron de él el hombre clave para la organización y coordinación de las nacientes actividades oceanográficas del continente Sudamericano, otorgándosele oficialmente en noviembre de 1961 la presidencia del Consejo Latinoamericano de Oceanografía, recientemente creado.

Falleció en la localidad chilena de Viña del Mar, en 1962”[2]

Demófilo de Buen Lozano, por su parte:

“…ocupó la Cátedra de Derecho Civil en la Universidad de Sevilla desde 1920. En 1931 se trasladó a Madrid, donde fue nombrado Vocal de la Comisión Jurídica Asesora del Ministerio de Justicia y Consejero de Estado. En 1933 recibió el nombramiento de presidente de la Sala V del Tribunal Supremo (entonces Sala de lo Social). En 1936 fue designado presidente del Consejo de Trabajo y representante español en el Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo. Durante la Guerra Civil Demófilo de Buen fue designado presidente de la Sala Primera del Tribunal Supremo (Sala de lo Civil). En agosto de 1937 fue nombrado presidente del Tribunal Popular de Responsabilidades Civiles, cargo que ejerció hasta noviembre de 1938. En 1939 tuvo que abandonar España, exiliándose primero en México y desde 1943 en Panamá. En México fue profesor de Derecho Civil en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y en Panamá impartió la cátedra de Derecho Civil en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, facultad de la que llegó a ser decano y en la que fundó y dirigió el Instituto de Derecho Comparado. Falleció en México el 23 de junio de 1946. Desde 1952 la Biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá lleva su nombre. La depuración como catedrático, sin lugar a proceso contradictorio alguno, se produjo mediante Orden Ministerial en febrero de 1939, junto a otros catedráticos:

«... se separa definitivamente por ser pública y notoria la desafección de los catedráticos universitarios que se mencionarán al nuevo régimen implantado en España, no solamente por sus actuaciones en las zonas que han sufrido y en las que sufren la dominación marxista, sino también por su pertinaz política antinacionalista y antiespañola en los tiempos precedentes al Glorioso Movimiento Nacional. La evidencia de sus conductas perniciosas para el país hace totalmente inútiles las garantías procesales que, en otro caso constituyen la condición fundamental en todo enjuiciamiento, y por ello, este Ministerio ha resuelto separar definitivamente del servicio y dar de baja en sus respectivos escalafones a los señores: Luis Jiménez de Asúa, Fernando de los Ríos Urruti, Felipe Sánchez Román y José Castillejo Duarte, catedráticos de Derecho; José Giral Pereira, catedrático de Farmacia; Gustavo Pittaluga Fattorini y Juan Negrín López, catedráticos de Medicina; Blas Cabrera Felipe [el que trajo a Albert Einstein a España en 1923 y fue rector de la Universidad Central de Madrid y de la Universidad Internacional de Verano de Santander, hoy Universidad Internacional Menéndez Pelayo, así como Secretario de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas], catedrático de Ciencias; Julián Besteiro Fernández, José Gaos González Pola y Domingo Barnés Salinas, catedráticos de Filosofía y Letras, todos ellos de la Universidad de Madrid. Pablo Azcárate Flores, Demófilo de Buen Lozano, Mariano Gómez González y Wenceslao Roces Suárez, catedráticos excedentes de Derecho.»

Orden del 4 de febrero de 1939, Ministerio de Educación Nacional.”[3]

¿Y qué decir de Severo Ochoa? otro exiliado que obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1959 por su trabajo que “condujo a la síntesis del ácido ribonucleico (ARN), tras el descubrimiento de la enzima polinucleótido-fosforilasa”[4].


Severo Ochoa (1905-1993). Fuente: Wikipedia.

Esta es una breve relación de algunos de los más destacados intelectuales que abandonaron España en el exilio republicano[5]:

 

Biólogos:

·         Severo Ochoa (Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959)

·         Enrique Rioja Lo Bianco

Físicos:

·         Blas Cabrera

·         Arturo Duperier Vallesa

Químicos:

·         Francisco Giral González

·         Enrique Moles

Matemáticos:

·         Lorenzo Alcaraz

·         Enrique Jiménez González

·         Ricardo Vinós Santos

Ingenieros:

·         Francisco Rived Revilla

·         Emilio Herrera Linares

Astrónomos:

·         Pedro Carrasco Garrorena

·         Marcelo Santaló

Oceanógrafos:

·         Odón de Buen

Oftalmólogos:

·         Manuel Márquez Rodríguez

Economistas:

·         Antonio Sacristán

Escritores:

·         Rafael Alberti

·         Manuel Altolaguirre

·         Manuel Andújar

·         Max Aub

·         Manuel Azaña

·         Arturo Barea

·         José Bergamín

·         Clara Campoamor

·         Luis Cernuda

·         Rosa Chacel

·         Ernestina de Champourcín

·         Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura en 1956)

·         María Teresa León

·         Antonio Machado

·         Paulino Massip

·         Margarita Nelken

·         Emilio Prados

·         Mercè Rodoreda

·         Pedro Salinas

·         Ramón J. Sender

Cineastas:

·         Luis Buñuel

Pintores:

·         Óscar Domínguez

·         José Gausachs

·         Maruja Mallo

·         Pablo Ruiz Picasso

Historiadores:

·         Claudio Sánchez Albornoz

·         Juan Antonio Ortega y Medina

·         Wenceslao Roces

Filólogos:

·         Américo Castro

·         Tomás Navarro Tomás

Pedagogos:

·         José Castillejo

·         Lorenzo Luzuriaga

Filósofos:

·         Juan David García Bacca

·         Eduardo Nicol

·         Adolfo Sánchez Vázquez

·         María Zambrano

Ensayistas:

·         Anselmo Carretero

Músicos:

·         Pau Casals

·         Manuel de Falla

Profesores:

·         Fernando de los Ríos

Un inmenso capital humano que no pudimos aprovechar pero que sí lo hicieron, afortunadamente, otros países hermanos, haciendo posible así que siguieran trabajando por el bien de la Humanidad. Esto es sólo una parte de la España que perdimos en 1939, la punta del iceberg que ayuda a explicar por qué no puede haber un consenso en nuestro país en torno a los símbolos nacionales si no se produce antes un debate colectivo sobre lo que significó aquella extraordinaria pérdida, si no recuperamos la memoria de lo que perdimos, si no rescatamos del olvido a toda esta multitud de hombres y de mujeres que lo dieron todo por su país.

 

Un nuevo comienzo

Y vuelta a empezar… una vez más… Como en 1814, en 1701, en 1517…

Los que siguieron aquí, enterraron a sus muertos, los lloraron en silencio y siguieron trabajando… Gabriel Celaya, ya en los años cincuenta, escribió:

Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

 

Ni vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

 

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

 

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero

que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

 

De cuanto fue nos nutrimos,

transformándonos crecemos

y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

 

¡A la calle! que ya es hora

de pasearnos a cuerpo

y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

 

No reniego de mi origen

pero digo que seremos

mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

 

Españoles con futuro

y españoles que, por serlo,

aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

 

Recuerdo nuestros errores

con mala saña y buen viento.

Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

 

Vuelvo a decirte quién eres.

Vuelvo a pensarte, suspenso.

Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

 

No quiero justificarte

como haría un leguleyo,

Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

 

España mía, combate

que atormentas mis adentros,

para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

 

Gabriel Celaya (España en marcha)

 

Y Blas de Otero:

España, camisa blanca de mi esperanza,

reseca historia que nos abraza

con acercarse solo a mirarla,

paloma buscando cielos más estrellados

donde entendernos sin destrozarnos

donde sentarnos y conversar.

 

España, camisa blanca de mi esperanza

la negra pena nos atenaza,

la pena deja plomo en las alas,

quisiera poner el hombro y pongo palabras

que casi siempre acaban en nada

cuando se enfrentan al ancho mar.

 

España, camisa blanca de mi esperanza

a veces madre y siempre madrastra,

navaja, barro, clavel, espada;

la muerte siempre presente nos acompaña

en nuestras cosas más cotidianas

y al fin nos hace a todos igual.

 

España, camisa blanca de mi esperanza

de fuera o dentro, dulce o amarga

de olor a incienso de cal y caña

quién puso el desasosiego en nuestras entrañas

nos hizo libres, pero sin alas

nos dejó el hambre y se llevó el pan.

 

España, camisa blanca de mi esperanza

aquí me tienes, nadie me manda

quererte tanto me cuesta nada

nos haces siempre a tu imagen y semejanza

lo bueno y malo que hay en tu estampa

de peregrina a ningún lugar.

 

Blas de Otero (España, camisa blanca de mi esperanza)

 

En 1974 llegó a mis manos…

“Un disco que estuvo prohibido hasta 1976 pero que circuló por todo el país, clandestinamente, desde 1970 y que a algunos nos hizo descubrir a los jóvenes poetas que habían ido surgiendo en España lo largo del franquismo y comprender que nuestro país era mucho más grande y profundo de lo que los medios del Sistema nos mostraban. Fue la grabación del recital que Paco Ibáñez hizo en el teatro Olimpia de París (en el exilio) el 2 de diciembre de 1969. Una veintena de canciones que sólo llegaron hasta una parte de la militancia de las fuerzas clandestinas, hasta el sector más comprometido, pero que a través suya terminarían alcanzando un eco formidable.”[6]

El disco del Olimpia me hizo descubrir a poetas que no tenía idea que existieran y que representaban esa nueva España que había estado resurgiendo en silencio durante la dictadura franquista, como León Felipe, Gabriel Celaya, José Agustín Goytisolo, Blas de Otero… Y me hicieron tomar conciencia del profundo abismo que separaba a la España oficial de la España real.

La Democracia no llegó por casualidad a nuestro país durante la Transición política de finales de los setenta, ni nadie nos la regaló. Fue duramente conquistada por millones de hombres y de mujeres que no han parado de luchar por ella desde hace siglos. Y esa lucha ha ido dejando por el camino a una inmensa cantidad de personas que merecen ser recordadas, cuya memoria necesitamos recuperar para poder entender quiénes somos en realidad.

Sin olvidarnos de los españoles que protagonizaron -hace siglos ya- las glorias imperiales, estos otros, más cercanos en el tiempo, que nos ayudan a entender nuestro presente, no tienen nada que envidiarle a aquellos. Por eso es necesario que reivindiquemos ¡toda! nuestra historia, y que abramos un debate acerca de todos esos elementos que han hecho posible este tiempo presente en el que vivimos.