domingo, 3 de febrero de 2019

Una partida de ajedrez global





La misión de un ejército, en tiempo de paz, consiste en prepararse para la guerra, para cualquier guerra potencial hipotética; pero empezando, lógicamente, por las más probables. Debe prevenir todos los escenarios posibles para que, cuando se dé la situación para la que fue creado, pueda estar a la altura de las circunstancias y demostrar que su existencia estaba justificada, que los gastos militares eran, en realidad, una inversión, una apuesta de futuro. Recordad las palabras de Julio César: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”.
Y fue otro general, Karl von Clausewitz, el que dijo: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. La guerra es la fase de la acción política a la que se llega cuando han fallado las otras opciones, cuando se han roto todos los puentes. Es fundamental por tanto, para evitar guerras futuras, que nuestro sistema educativo sea capaz de transmitir los valores de la tolerancia, de la empatía... que se nos forme para ser capaces de entender las razones de los otros, para comprender los motivos que guían su acción. Los que alimentan, con argumentos fútiles, polémicas estériles entre colectivos distintos, los que rompen los puentes, están, de alguna manera, preparando el camino para conflictos futuros.
La preparación de un ejército para hacer frente a las guerras futuras consiste, por supuesto, en adiestrar a sus miembros para que, cuando llegue el momento, puedan estar a la altura de las circunstancias, y en dotarse de las capacidades materiales y tecnológicas correspondientes para prever cualquier escenario potencial de lucha.
Pero también debe guardarse algunos ases bajo la manga, para elevar el nivel de incertidumbre de cualquier agresor hipotético. Todo ejército que se precie debe saber jugar, cuando llegue el momento, con el factor sorpresa, debe ser capaz de romper los esquemas de su adversario, debe saber actuar de una manera que éste no haya sido capaz de prever, para poder así tomar la iniciativa en el conflicto. Llevar la iniciativa no es una garantía de victoria pero, al menos, nos brinda la oportunidad de seguir combatiendo, de poder impedir la aniquilación.
Todos los ejércitos de las grandes potencias, a lo largo de la Edad Contemporánea, han ocultado siempre a sus adversarios algún arma secreta o algún avance tecnológico que su enemigo desconocía: los tanques, las armas químicas, el principio de estanqueidad en los buques, el radar, las investigaciones sobre la bomba atómica... Las armas secretas tienen que seguir siéndolo hasta que su utilización se vuelva absolutamente necesaria, hasta el momento en el que puedan romper la lógica del adversario. No pueden mostrarse en el primer intercambio de disparos que se produzca, porque inmediatamente harán que el estado mayor del ejército enemigo asigne recursos a la tarea de replicar y/o neutralizar la ventaja adquirida. Por tales razones los ejércitos de los países más avanzados guardan en la recámara una serie de mejoras que son prototipos de armas futuras, y tienen asignados recursos para garantizar que la estructura productiva pueda responder en caso de necesidad en la implementación de tales mejoras.
Los ejércitos de los países menos avanzados también tienen sus ases bajo la manga, aunque estos no hagan tanto hincapié en las mejoras tecnológicas. Su debilidad relativa en este campo es suplida por un desarrollo táctico más intenso, apoyándose mucho más que los primeros en las características de su propio país, para hacer valer su vinculación con el territorio que deben defender. En ese sentido, a lo largo del siglo XX hemos visto como las fuerzas armadas de algunos países modestos han sido capaces de derrotar a ejércitos que, a priori, parecían invencibles. Lo vimos en Vietnam durante los años 60 y 70, lo vimos en Líbano en los 80, con la guerrilla de Hezbolá...
Si hacemos un rápido recorrido por la historia de los conflictos bélicos, deberemos reconocer que el nivel de incertidumbre que rodea a cualquier agresión militar es bastante alto. Si los ejércitos que desencadenaron las dos guerras mundiales hubieran sabido como acabarían ambas es seguro que no las hubieran desatado. Los agresores, antes de dirigirse a la lucha, saben cómo va a comenzar ésta, pero no como va a terminar. La cantidad de cosas que pueden salir mal es superior, empíricamente, a todo cálculo racional previo. El agresor suele pecar, generalmente, de prepotencia, y esta actitud lo suele llevar, con relativa frecuencia, a sufrir derrotas que no habían sido previstas. Las sociedades humanas son mucho más complejas de lo que cualquier dirigente puede llegar a imaginar, y los terceros que contemplan la agresión suelen extraer, igualmente, las conclusiones pertinentes y, aunque no entren formalmente en el conflicto, tampoco suelen quedarse cruzados de brazos. Un agresor que se sale con la suya suele ser muy mal presagio para los terceros que rodean a los países en conflicto, y las “victorias” suelen llevar asociados otros costes que la mayoría no ve: de entrada, habrá cambios en la percepción que los demás tienen del “vencedor”, y esos cambios suelen tener consecuencias.
Hace tiempo que venimos comparando a las sociedades humanas con los ecosistemas naturales. La biología nos ha enseñado que todos los ecosistemas poseen sus propios mecanismos de compensación. Cuando el equilibrio natural se rompe, se desencadenan una serie de sucesos que, con el tiempo, terminan volviendo a establecer un nuevo equilibrio. Lo mismo ocurre con las sociedades humanas. 
La Historia está llena de grandes “conquistadores” que terminaron viendo como sus conquistas se esfumaron en cuanto dieron una muestra de debilidad o en cuanto los “neutrales” tomaron conciencia de lo que se les venía encima. A veces descubrimos que el “malo” oficial no lo era tanto, cuando intuimos que puede haber alternativas peores. Pasó, por ejemplo, con los españoles al final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), cuando varios de sus enemigos oficiales se dieron cuenta de que podían ser reemplazados en su función por los franceses y decidieron, finalmente, apuntalar al malo conocido y relativamente controlado, antes que abrir la nueva caja de pandora gala, por lo que pudiera pasar.
La mera amenaza de guerras potenciales a nuestro alrededor trastorna buena parte de las estrategias de los grupos de poder de nuestro mundo y los posibles avances tecnológicos que se puedan estar produciendo en la sociedad. Cualquier invento que pueda ser utilizado en combate contra el enemigo será inmediatamente canalizado hacia la esfera militar y ocultado a la población, para que no caiga en manos del adversario. Es altamente probable que los ejércitos de nuestro mundo y/o sus proveedores habituales oculten importantes avances tecnológicos que, empleados por la sociedad civil, podrían revolucionar nuestra vida cotidiana y permitirnos dar un salto de gigante en nuestra calidad de vida. Pero tales avances se mantienen en secreto para poder darle una ventaja táctica a los que los poseen, de cara a cualquier guerra potencial que se pueda dar en el futuro.
La consecuencia es que se frena la evolución tecnológica en el ámbito de la sociedad civil, que la brecha tecnológica que separa a los grupos de poder del resto de la población se agiganta, que dicha población está cada vez más ajena y más inerme ante los cambios que están teniendo lugar realmente, y que la ciencia se escinde en dos: una ciencia oficial o de masas, que es la que se difunde por los medios y se imparte en las instituciones educativas del Sistema y una ciencia de vanguardia, que aparece ligada a los proyectos secretos y que se oculta al resto de los mortales.
Este proceso que estoy describiendo no es nuevo. Ha existido siempre. Repito: ¡Ha existido siempre! Una cosa es la historia que nos cuentan y otra, muy distinta, la real. Buena parte de esta historia real es olímpicamente ignorada por los historiadores oficiales por varias razones:
Primero porque la historia oficial debe reforzar el discurso oficial, que es un discurso legitimador del statu quo, y cualquier trabajo de investigación que lo cuestione o bien se parará, o bien se ocultará y se transferirá a los ámbitos correspondientes.
Segundo porque descubrir cosas que, en su momento, fueron secretas tampoco es fácil. Ya hubo una voluntad de ocultación en su momento y el historiador sólo conoce la punta del iceberg. Muchos de los elementos que se dieron en el pasado los tiene que deducir. A veces tiene que adivinar cómo era un ser humano del que sólo tiene algunos huesos y, además, en mal estado, como ocurrió con el descubrimiento de los denisovanos, en 2008.
Por eso vengo hablando desde los primeros artículos de mi blog de los patrones de despliegue cultural: Cada sistema forma un todo en el que cada una de las piezas que lo componen debe encajar. Para que una máquina haga un trabajo determinado tiene que tener una serie de componentes que lo hagan posible, y si no conozco esos componentes debo inferirlos a partir del análisis de los procesos que tuvieron lugar.
Pasemos a lo concreto: Sabemos que los cartagineses ocultaban a sus competidores sistemáticamente las cosas que ellos habían descubierto. Eso llevó a un faraón de Egipto a “subcontratarlos” para llevar a cabo la vuelta al continente africano. El egipcio sabía que sólo ellos podían llevar a cabo tal proyecto. Y no salió decepcionado.
Sabemos que los griegos llegaron a construir autómatas, una especie de robots mecánicos que hacían determinados trabajos rutinarios. Y, también, sofisticados mecanismos de relojería, como el “Mecanismo de Anticitera”, del siglo II a.C. Hay narraciones que nos hablan de que en el sitio romano de la ciudad griega de Siracusa (212 a.C.-214 a.C.), los defensores usaron “espejos ustorios”, que concentraban los rayos del Sol sobre las naves romanas y las incendiaban. Se afirma que fueron diseñados por Arquímedes.
Quizá el arma secreta más famosa de la Historia haya sido el “fuego griego” de los bizantinos, que empezaron a usar a partir del siglo VI, que causó una honda impresión a los cruzados medio milenio después y cuya fórmula se fue con ellos, aunque haya tenido multitud de imitadores.
La vuelta al mundo de Magallanes-Elcano, entre 1519 y 1522 no fue sólo un alarde de poder, de pericia marinera, de valor y de coraje, también de tecnología... Hemos de tener en cuenta que el Tratado de Tordesillas (1494), firmado entre españoles y portugueses, prohibía a las naves españolas adentrarse en el Atlántico Oriental al sur de las Canarias y en el Océano Índico. Cualquier barco español que los portugueses detectaran en esa zona sería hundido. Ya conocemos el extraordinario celo que los portugueses ponían en su “política de sigilo”. No estaban dispuestos a permitir que ningún extranjero descubriera ni sus rutas, ni sus técnicas, ni sus bases. Los españoles sabían esto desde que empezaron a proyectar ese viaje. Sabían que navegarían por territorio hostil desde las Molucas hasta las Canarias... ¡Medio mundo!... Y lo hicieron.
Al frente, Fernando de Magallanes, un portugués que se había puesto a las órdenes del rey de España y que, podemos suponer, pasó a los españoles toda la información que tenía, tanto tecnológica como geográfica. Los españoles tendrían cartas de navegación precisas sobre los enclaves portugueses en el Atlántico y en el Índico, así como información sobre rutas, rutinas, costumbres, etc. Pero Magallanes murió en las islas Filipinas, antes de entrar en la zona portuguesa. Quedó al mando el español Juan Sebastián Elcano, que estuvo evitando a las naves y a las bases portuguesas durante medio viaje. Dígame como habría podido hacer esto posible sin relojes de precisión a bordo para poder calcular adecuadamente la longitud geográfica, por más cartas de navegación que tuviera.
“Una flota inglesa formada por cinco naves comandada por el Almirante Clowdisley se hundió al chocar con las islas Sorlingas (cerca de Inglaterra) en el año 1707 por un erróneo cálculo de su posición. Concretamente de la longitud. Dos mil hombres perecieron. Siglo XVIII.
Y es que calcular la longitud en medio del océano era un problema para los ingleses todavía en el siglo XVIII. [...] que un marino calculara correctamente latitudes y longitudes era la diferencia entre llegar a puerto o no llegar, entre saber dónde estás o encontrarte con sorpresas desagradables y en muchos, muchos casos, entre la vida y la muerte.”[1]
Como ve, los españoles tenían resuelto, a principios del siglo XVI, un problema técnico que los británicos aún no habían sido capaces de resolver doscientos años más tarde. El cálculo preciso de la longitud geográfica pudo garantizar la hegemonía ibérica en todos los mares de La Tierra durante más de doscientos años. Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo mayor de Castilla, en pleno siglo XVI, escribió el “Libro de las longitudes y manera que hasta agora se ha tenido en el arte de navegar”, cuya publicación fue prohibida por Felipe II por “razón de estado” (Lo será, finalmente, en 1921[2], tres siglos y medio después).
El asunto del cálculo de la longitud geográfica es un ejemplo de lo que ocurre cuando se cubre el ciclo completo. El secreto de estado lo que hace es retrasar la llegada del conocimiento que está protegiendo hasta el resto de la población que pudiera estar interesada en saberlo. Pero hay otros ejemplos en los que el ciclo no llega a cerrarse y el conocimiento acaba perdiéndose.
Cuando hace ya varios años abordé el descubrimiento de América por parte de los españoles lo comparé con otros “descubrimientos” americanos que no tuvieron trascendencia histórica, como el de los vikingos (1001) o el de los chinos (1421). En ambos casos los “descubridores” fueron, volvieron y contaron lo que habían visto a quienes tuvieron a bien escucharlos. Pero nadie siguió después su estela. 
Lo que hace diferente al descubrimiento colombino no es el comportamiento de Colón, que es semejante al que tuvo Leif Erikson o Zheng He. La diferencia la marcaron los que escucharon la noticia. Sólo los españoles se pusieron inmediatamente en marcha. Sólo ellos llevaron el descubrimiento hasta sus últimas consecuencias. Y por eso cambiaron el curso de la Historia.
He sostenido en varios de mis artículos que este comportamiento de los españoles es insólito, que nunca antes se había producido. Hay muchos ejemplos conocidos y estoy seguro que muchos más por conocer, en los que grandes descubrimientos, tanto técnicos como geográficos, se han perdido a lo largo de la Historia porque sus descubridores los mantuvieron en secreto y, finalmente, los que guardaban ese conocimiento murieron sin poder transmitirlo. Los secretos que se mantienen dentro de un círculo reducido de personas se terminan perdiendo, porque esas personas estratifican sus círculos para protegerlo y, en algún momento, se termina rompiendo la cadena de transmisión del mismo. Por otra parte, el verdadero conocimiento sólo lo poseen los auténticos descubridores, los que sabían lo que estaban buscando y estaban dispuestos a pagar el precio correspondiente. Éste no es sólo el conocimiento, también es el espíritu que condujo hasta él. Los guardianes del saber antiguo sólo transmiten su eco, pero han perdido el impulso que lo hizo posible, la curiosidad infinita de los pioneros. Cuando éste pasa desde los que lo hicieron posible hacia los que lo administran y lo dosifican de cara al exterior, se produce el relevo de los científicos por los sumos sacerdotes, y la administración del conocimiento acaba convertida en la coartada para sostener una estructura de poder. Las estructuras de poder son conservadoras, buscan perpetuarse, mantener inalterada su ventaja. Y la evolución, a su alrededor, se ralentiza, se frena, hasta que alcanza su punto de inflexión y comienza a involucionar. La involución, a largo plazo, nos termina devolviendo a la casilla de salida.
Antes comparé el descubrimiento colombino de América con el de los vikingos y los chinos, para que viéramos que fue lo que marcó la diferencia entre ellos. La marcó el espíritu de la sociedad que tenía que gestionarlo. La sociedad española de finales del siglo XV era extraordinariamente dinámica, estaba sufriendo intensas transformaciones. Y su impronta se transmitió a todas las cosas que sus miembros hicieron, por eso fueron los artífices de la modernidad y desencadenaron un horizonte de transformaciones que nos han traído hasta aquí.
Ahora comparemos el Descubrimiento de América en 1492 con la llegada del hombre a La Luna en 1969. Colón se hizo a la mar el 3 de agosto, y pisó tierra americana el 12 de octubre, setenta días más tarde. En marzo de 1493 estaba de vuelta en España y en abril presentaba su informe a los reyes en la ciudad de Barcelona. En septiembre de 1493, 17 naves se hacen de nuevo a la mar, con 1.500 hombres (marinos, soldados agricultores, albañiles, herreros, carpinteros...), con caballos, animales de granja y semillas; con la firme voluntad de construir la primera ciudad española al otro lado del mar, de crear una nueva sociedad en el Nuevo Mundo... ¡trece meses después de que partiera, por primera vez, del puerto de Palos! Aún no había llegado la noticia del descubrimiento a muchos rincones de Europa y los españoles ya estaban construyendo su primera ciudad americana.
El 20 de julio de 1969 las televisiones de todo el mundo transmitieron en directo la llegada del hombre a La Luna por parte de una tripulación norteamericana. Ésta tardó 8 días desde que despegó en Cabo Cañaveral hasta que la recogieron en algún lugar del Océano Pacífico (los españoles tardaron 7 meses y medio entre la ida y la vuelta del primer viaje americano). Durante los siguientes tres años y medio (hasta diciembre de 1972) pusieron su pie en la Luna un total de seis tripulaciones que, básicamente, repitieron lo que había hecho la primera: darse un paseo por el lugar, recoger algunas muestras... Después nada... Nunca más un humano volvería a pisar nuestro satélite (¿?). Hasta hoy... Al menos, eso es lo que nos han contado...
Estamos en 2019. Han pasado 50 años. ¿Cómo estaban los españoles 50 años después del descubrimiento? ¿En 1542? Pues habían dado la vuelta al mundo, habían conquistado los imperios azteca e inca, habían creado los virreinatos de Nueva España y del Perú, sus hombres se desplegaban desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta el Río de la Plata y el centro de la actual República de Chile (La primera fundación de Buenos Aires tuvo lugar en 1535 y la de Santiago de Chile en 1541). Sus naves se habían hecho visibles por la mitad de los mares de La Tierra (y en los de la otra mitad lo habían hecho las portuguesas).
¿Qué ha pasado en Estados Unidos y/o en el resto del mundo durante los útimos 50 años que nos pueda ilustrar acerca del sentido del frenazo evidente que ha tenido lugar?
Estoy seguro de que la investigación científica ha continuado, de que el gobierno ha destinado cantidades ingentes de dinero a sostenerla y que eso ha debido traducirse en descubrimientos concretos. Pero tales descubrimientos, que todo el mundo supone que se han producido, han tenido un escaso eco sobre la sociedad civil, y el americanito de a pie vive hoy peor que hace 50 años. ¿Para qué ha servido tanta investigación? Pues, obviamente, para estratificar mucho más la sociedad, para segregarla en segmentos, para romper las solidaridades sociales.
¿Y ha servido ese proceso para dar una ventaja a su ejército en el campo de batalla? Pues, de nuevo, se presume que sí, pero sus logros reales no nos impresionan demasiado. La ventaja militar americana parece haber servido para hacer retroceder a la Edad Media o al tiempo de las tribus a una buena parte de sus enemigos. Pero no serán recordados por ello, desde luego, como héroes por las generaciones venideras del resto del mundo. Y esto, a largo plazo, se terminará volviendo contra su pueblo, como ya ha ocurrido demasiadas veces a lo largo de la Historia. ¿Recuerdan lo que dije al principio?: “La Historia está llena de grandes “conquistadores” que terminaron viendo como sus conquistas se esfumaron en cuanto dieron una muestra de debilidad o en cuanto los “neutrales” tomaron conciencia de lo que se les venía encima”.
En las últimas semanas hemos leído la noticia de que una misión china, no tripulada, ha vuelto a La Luna. No sabemos muy bien eso que significa porque, teóricamente, no debía aportar gran cosa a la historia de la exploración espacial, aunque sí a la del desarrollo tecnológico chino. Se supone que tanto rusos como norteamericanos hacían esto de forma rutinaria en los años 60. Pero me da la impresión de que se puede estar rompiendo un tabú. Que detrás de ese dato aislado se esconde un desafío larvado de carácter estratégico, que los chinos parecen haber arrojado el guante a sus rivales occidentales para obligarlos a mover ficha. De hecho hace algunos meses Trump anunció la creación de un ejército espacial norteamericano. 
Da la impresión de que se está abriendo una nueva rivalidad, al menos, en el ámbito de la comunicación. Y estas cosas no suelen ocurrir por casualidad. Lo que nos pone en guardia es el contexto en el que se producen. Esto es una partida de ajedrez global que se está librando ante nosotros y el Imperio emergente está amenazando a la reina de su adversario. No lo habría hecho si no tuviera una jugada preparada. ¿Cuál será el siguiente movimiento?


[2] Alonso de Santa Cruz: Libro de las longitudes, y manera que hasta agora se ha tenido en el arte de navegar. Centro Oficial de Estudios Americanistas de Sevilla, 1921

viernes, 7 de diciembre de 2018

El corazón del Mundo Occidental



En nuestro anterior artículo vimos el proceso evolutivo de la Unión Europea desde su primera ampliación (1973) hasta la actualidad. Es decir, desde la entrada hasta la salida del Reino Unido, 46 años después. Una vez realizado su trabajo, el Reino Unido se retira.

Hace años que vengo comparando en mi blog a la diplomacia británica con la vaticana. Ambas son las que históricamente han tenido un horizonte estratégico trazado a más largo plazo.
El proyecto franco-alemán de los Estados Unidos de Europa fue interpretado por el Foreign Office, ya en los años 50, como un intento de resucitar los viejos proyectos hegemonistas de ambos, como una alianza temporal indefinida, para intentar neutralizar, pacíficamente, la hegemonía anglosajona surgida tras la Segunda Guerra Mundial. E inmediatamente se puso en marcha para neutralizarlo.
No obstante, desde el punto de vista inglés, tenía algunos aspectos positivos: adecuadamente descafeinado podía servir para que sus socios del otro lado del Atlántico se tomaran más en serio su flanco europeo y, de esta manera, el Reino Unido podría convertirse en algo así como el gendarme anglosajón en Europa, lo que lo convertía en un socio privilegiado de los norteamericanos.
Por otro lado, en el mundo de la Guerra Fría, con el enemigo soviético enfrente, una Europa cohesionada, organizada, rica e integrada en la estructura política y militar atlántica era una poderosa baza disuasoria frente al expansionismo soviético por su flanco occidental.
De lo que se trataba por tanto era, más que de destruir ese proyecto, de canalizarlo en la dirección adecuada.
En ese momento histórico tanto alemanes como franceses necesitaban también el apoyo anglosajón para neutralizar, por su parte, la amenaza soviética. Entre el proyecto de los Estados Unidos de Europa y el modelo atlantista había diferencias estratégicas importantes, centradas en el medio y el largo plazo, pero también significativas líneas de colaboración frente al enemigo común: El Bloque Oriental. De esta manera echaron a andar las dos organizaciones económicas supranacionales del Occidente europeo en los años 50: La CEE y la EFTA. La primera de ellas buscaba crear, a medio plazo, una unión política europea, la segunda, articular una estructura de colaboración que se apoyara en sus socios trasatlánticos pero que no debía superar el marco político de los estados/nación.
Desde la primera ampliación de la CEE, en 1973, comenzó un proceso de fusión parcial de ambos proyectos que pretendía, del lado anglosajón, canalizar en la dirección adecuada el proceso unificador europeo. Esta dirección era el desarme arancelario interior y el mantenimiento de esta estructura dentro del ámbito de colaboración atlántica. Europa Occidental debía afirmar su identidad frente al COMECON y el Pacto de Varsovia, pero no frente al universo anglosajón.
Y había también una línea roja: La unión política. Había que impedir la culminación del proyecto de los Estados Unidos de Europa.
Los británicos, desde el minuto uno, se pusieron trabajar en esa dirección. A trazar una política de contrapesos en Europa que impidiera que la alianza franco-alemana cumpliera sus objetivos. Ya vimos como la llegada a “Downing Street” de Margaret Thatcher en 1979 elevó la tensión con sus socios más europeístas en la década de los 80, con Jacques Delors en la presidencia de la Comisión Europea, François Mitterrand en la francesa, Felipe González en la española y Helmut Kohl en la cancillería alemana.
El hundimiento del bloque oriental, la disolución del COMECON y del Pacto de Varsovia, la caída del Muro de Berlín, la reunificación alemana y las guerras yugoslavas, hechos que tuvieron lugar -casi todos- en la década de los 90 del siglo XX, cambiaron por completo el paisaje europeo y las reglas del juego.
Las ampliaciones hacia el este de la Unión Europea, ya en el siglo XXI, incorporaron a la misma a 13 países, 11 de ellos procedentes de la antigua Europa comunista, que tenían entre todos más de 150 millones de habitantes. Fue un salto de gigante que cambió para siempre la naturaleza del proyecto europeo. La Unión Europea de la segunda década del siglo XXI es un magma heterogéneo, donde conviven visiones del mundo que son antagónicas entre sí. Europa ya no converge, diverge. Por tanto el tiempo juega en su contra.
El Reino Unido, que entró en el club para dinamitar el proyecto, considera que su presencia ya no es necesaria y se retira. Dentro quedan fuerzas disgregadoras con suficiente entidad como para poder culminar ese proceso. Los británicos, ahora, se dedicarán a preparar un escenario alternativo con la ayuda de sus socios trasatlánticos. Se están construyendo los proyectos geoestratégicos del siglo XXI.
Ya he expresado en otros artículos de este blog que estamos entrando en una nueva fase histórica que denominé “El Sistema del Equilibrio Mundial”, por su analogía con el que se dio en Europa entre 1648 y 1789 y que la historiografía conoce como El Sistema del Equilibrio Europeo”. Se trata de un mundo en el que hay cuatro o cinco potencias de primer nivel y diez o doce de segundo, que se vigilan las unas a las otras para que ninguna de ellas pueda culminar un proyecto hegemonista.
Es evidente desde hace tiempo la emergencia de varias nuevas grandes potencias en Asia Oriental (China en este momento, La India muy pronto) y otras tantas de segundo nivel (Japón, Indonesia, Pakistán, Corea, Rusia, Irán...) que preparan un escenario mundial multipolar.
El hegemonismo anglosajón se bate en retirada, pero pretende minimizar los daños, mantener su hegemonía en la mitad occidental de nuestro planeta, administrar su propia decadencia de una manera ordenada y sin sobresaltos. Y en el universo anglo el Reino Unido es, sin lugar a dudas, el país con mayor visión estratégica.
Pero en este nuevo escenario que se abre, el mundo ibérico, en general, y España, en particular, tienen mucho que decir, porque lo que está en juego en este momento es el modelo de articulación política entre América, Europa y África durante los próximos doscientos o trescientos años. Y España ocupa una posición geográfica privilegiada en esa articulación y posee, además, una proyección atlántica superior, incluso, a la británica. Por eso es importantísimo que enfrentemos la coyuntura con una visión estratégica que sea congruente con lo que somos y con lo que representamos.
En el corazón de Europa hay voces ya pidiendo que, tras el Brexit, se redefina la posición de España dentro de la Unión Europea y se la refuerce, pues es el país con mayor influencia en el continente americano de entre los que quedan y, además, vigila desde las Canarias la evolución política de toda el África noroccidental. Somos el núcleo duro del flanco occidental de la nueva Unión Europea.
Todos los estrategas del planeta observan con interés, en este momento, lo que ocurre en España. A alemanes y franceses nuestro país puede seguir suministrándoles el oxígeno necesario para seguir practicando el juego de las grandes potencias. Una firme apuesta española por la Unión, en esta precisa coyuntura política, es fundamental para que estos dos países puedan proyectarse sobre Iberoamérica. Necesitan una España fuerte que apueste, además, por el proyecto europeo, para minimizar el impacto de la deserción británica, para reforzar la política exterior francesa en el norte de África, para poder intervenir en la evolución de los flujos comerciales que se mueven por el Atlántico y por el Estrecho de Gibraltar.
Hay dos modelos de referencia históricos que pueden servir de patrón para ese despliegue político mundial desde el continente europeo a través de España. Para los alemanes el Imperio de Carlos V, que les permitió ejercer cierta influencia, hace quinientos años, sobre acontecimientos que estaban ocurriendo a miles de kilómetros de su país en los que ellos no podían, ni de lejos, intervenir. Para los franceses, la alianza política que tuvieron con España en el siglo XVIII, cuando la Casa de Borbón mandaba en los dos países y estos se coordinaban en política exterior. En ambos casos España fue instrumentalizada desde el corazón de Europa, para defender intereses que le resultaban ajenos. Las dos alianzas hicieron daño a nuestro país. En ambas España era vista como un país periférico que debía trabajar para hacer posible la culminación de los proyectos políticos de otros.
Los anglosajones también nos observan atentamente, por las razones contrarias. Pretenden evitar esa proyección atlántica franco-alemana a través de España. Para ellos, igual que para los rusos e, incluso, los chinos, somos los guardianes del Estrecho de Gibraltar y, también, un país con un gran prestigio en Iberoamérica y con alguna influencia en el mundo árabe. Son bazas que pretenden  utilizar, de una o de otra manera, en su propio provecho.
Toda esa vigilancia se traduce en presiones políticas contrapuestas que ahogan la expresión de nuestros verdaderos intereses, de nuestras necesidades, que condicionan nuestra política exterior. Si los dirigentes que están al mando en nuestro país no poseen una visión estratégica lo suficientemente amplia, si no tienen meridianamente claro cuáles son los intereses de nuestro país en el ámbito geopolítico a largo plazo nos convertiremos, una vez más, en los brazos ejecutores de proyectos políticos ajenos.
Pero con buenos pilotos al frente de la nave España puede aprovechar esas pugnas de las fuerzas exteriores en su propio provecho, convertirse en el centro de gravedad de un nuevo proyecto supranacional que aproveche nuestra posición estratégica para articular nuevas alianzas que nuestro país puede vertebrar. Podemos ser la bisagra que articule Iberoamérica con la Europa mediterránea y el noroeste de África. Es un reto ilusionante, gigantesco, con un horizonte de despliegue por delante de doscientos o trescientos años. Es el momento de empezar a trabajar para convertir a nuestro país en el corazón del Mundo Occidental.

martes, 16 de octubre de 2018

El punto de inflexión de la Unión Europea


La primera fisura del proyecto europeo

En nuestro anterior artículo vimos someramente cómo se puso en marcha el proyecto europeo. Cómo el núcleo duro impulsor del mismo era el eje franco-alemán, como este proyecto venía de lejos; cómo, para llevarlo a cabo, se puso en marcha toda la experiencia que franceses, alemanes e italianos habían acumulado en ese sentido desde principios del siglo XIX y cómo el objetivo político estratégico perseguido a largo plazo era la creación de los Estados Unidos de Europa.
También vimos como éste tuvo que abrirse paso, en la Europa de la postguerra y de la Guerra Fría, compitiendo con otras estructuras de coordinación económica supranacionales como la EFTA y el COMECON, que perseguían unos objetivos estratégicos diferentes e incompatibles con él. Y que la posible creación de una unión política entre los europeos no era, ni mucho menos, bien recibida en la Unión Soviética, ni menos aún en los Estados Unidos de Norteamérica. También vimos la dureza de los enfrentamientos de todo tipo que tuvieron lugar en el mundo a lo largo de los 50 y los 60 y como, pese a que los actores principales durante esa época fueron los ya citados norteamericanos y soviéticos, los estados europeos de primer nivel (Francia, Alemania Occidental y el Reino Unido), desempeñaron un importante papel.
“El crecimiento económico que tuvo lugar en los países del Mercado Común Europeo entre 1957 y 1973 fue extraordinario y superó ampliamente al de sus competidores. A principios de los setenta la CEE era una potencia económica que rivalizaba, a escala mundial, con los Estados Unidos de Norteamérica y que amenazaba, además, con materializar el proyecto de los Estados Unidos de Europa. Europa había hecho su propia travesía del desierto en la época de la postguerra y se preparaba, de nuevo, a convertirse en uno de los protagonistas del futuro.”[1]
Con la llegada al poder en Estados Unidos del Complejo Militar-Industrial con el presidente Richard Nixon, se pone en marcha un poderoso plan de involución social a escala planetaria que descansaba sobre tres paradigmas teóricos complementarios:
El Neoliberalismo, en economía, el Neomalthusianismo, en demografía y el Neofeudalismo como modelo de intervención política en los países de la periferia del Sistema.”[2]
La puesta en marcha, en Europa Occidental, de los planes del Complejo Militar-Industrial fue facilitada por la desaparición del presidente francés Charles de Gaulle, como consecuencia del mayo francés de 1968:
“De Gaulle era un verdadero estorbo para los planes políticos del Complejo Militar-Industrial. Recordemos que cuando estalló la crisis del petróleo en 1973 Francia era el único país del mundo que producía más de la mitad de su electricidad con centrales nucleares y, en consecuencia, el que menos sufrió con los brutales incrementos de precios del petróleo  que tuvieron lugar entonces. A esa situación no se había llegado por casualidad. Alcanzar ese nivel de autosuficiencia energética era fruto de una planificación que venía de lejos. Charles de Gaulle se había adelantado a esa jugada, que sorprendió al resto del mundo, en más de una década.[3]
En cuanto De Gaulle desapareció de la escena, comenzó el proceso de negociación de la primera ampliación de la CEE, que abrió la puerta de la misma a tres nuevos países; Reino Unido, Dinamarca e Irlanda, los dos primeros procedentes del bloque rival de la EFTA:
“La EFTA estaba compuesta entonces por siete países (Reino Unido, Dinamarca, Noruega, Suecia, Suiza, Austria y Portugal). Su objetivo era crear una zona europea de libre comercio, sin ninguna pretensión adicional de avanzar hacia la unidad política.”[4]
El Reino Unido y Dinamarca, hasta entonces, habían sido defensores del libre comercio, dentro del viejo modelo político de los estados-nación europeos, en un contexto atlantista en el que la Europa Occidental debía actuar como fuerza subordinada, dentro del bloque del Gran Occidente, encarnado en el plano militar por la OTAN, y liderado por los Estados Unidos de Norteamérica, moviéndose en el contexto más amplio del mundo bipolar de la Guerra Fría.
Había dos modelos de Europa, claramente explicitados, compitiendo entre sí en el Occidente europeo: el de los Estados Unidos de Europa, liderados por el eje franco-alemán, que pretendía crear un nuevo proyecto político que devolviera a Europa el liderazgo y la centralidad que había perdido como consecuencia de las dos guerras mundiales y el atlantista que concebía, como hemos dicho más arriba, a Europa como un elemento subordinado del Gran Occidente. Ambos modelos compitieron apoyándose, inicialmente, en las dos asociaciones rivales de la CEE y la EFTA. Desde finales de los 60 empieza a desplegarse el modelo de integración de las dos, una vez desaparecidas de la escena las personalidades que habían defendido de manera más contundente la identidad europea frente al hegemonismo norteamericano.
La crisis económica de 1973 creó un nuevo escenario político de ámbito mundial. En economía, el expansivo paradigma keynesiano es reemplazado por el neoliberal, claramente involutivo. Al cerrar el grifo de la energía los poderes fácticos planetarios nos reorientan a todos hacia la economía de la escasez y cortan las alas a los proyectos expansionistas emergentes que estaban surgiendo por todo el mundo y que tenían a los países de la CEE y a Japón como sus puntas de lanza más destacadas.
La entrada del Reino Unido y de Dinamarca en la CEE frena el proceso de integración política de la misma desde el primer momento. Entre el librecambismo de los antiguos países de la EFTA y el proyecto de los Estados Unidos de Europa franco-alemán se sitúan los países del Benelux, actuando como fulcro de la balanza. La llegada al gobierno en el Reino Unido de Margaret Thatcher (1979) elevará aún más la tensión dentro del bloque, ya que ella era en ese momento histórico la punta de lanza más destacada, a nivel mundial, tanto del neoliberalismo como del atlantismo.
Luego vendrán la Segunda (Grecia, 1981) y la Tercera Ampliación (España y Portugal, 1986). La España de Felipe González se alineará, claramente, con el eje franco-alemán desde el primer momento. Portugal y Grecia también son partidarias, aunque no de una forma tan militante, del modelo de integración política. Las tensiones entre las dos “sensibilidades” se agudizan en la década de los ochenta y los enfrentamientos fueron bastante agrios, sobre todo en la época en la que Jacques Delors fue presidente de la Comisión Europea (1985-1995). Es en ese momento cuando se empieza a hablar de la “Europa de las dos velocidades”. La posibilidad de un abandono del Reino Unido (donde el número de los euroescépticos no deja de crecer) de la Unión Europea empieza a visualizarse. 
También empezó a hablarse de la creación de un ejército específicamente europeo, que se percibe como necesario por parte de los partidarios de la integración política. Con ese objetivo se intentó revitalizar una vieja organización militar europea (La Unión Europea Occidental), puramente testimonial, que integraba a los seis socios fundadores de la CEE más el Reino Unido desde los años 50 y en la que ingresaron España y Portugal en 1990. La citada organización se disolverá, formalmente, en 2011.
En 1979 se puso en marcha la “Unidad de Cuenta Europea” (ECU, por sus siglas en inglés), una moneda virtual, utilizada en la contabilidad comunitaria, que pretendía ser el embrión de una futura moneda europea. 
Y mientras tanto, fuera de la Unión Europea estaban teniendo lugar acontecimientos políticos de gran calado que tuvieron una repercusión inmediata en el equilibrio de poder comunitario. La caída del Muro de Berlín, en 1989, la desintegración de la Unión Soviética, la desaparición de la organización militar del Pacto de Varsovia y económica del COMECON, así como el estallido de las guerras yugoslavas, lo cambiaron todo y rompieron todos los equilibrios internos.
Como consecuencia de la caída del Muro de Berlín se produjo un vertiginoso proceso de unificación alemana que convirtió, de facto, a ésta en la Cuarta Ampliación Comunitaria. La “reunificación” alemana fue una absorción de la segunda por parte de la primera. Desde el principio se dio por supuesto que la Constitución de la Alemania unificada era la de la RFA, que la capital seguía estando, de momento, en Bonn, que la moneda era la de la RFA y que el país se seguía llamando República Federal Alemana. Los alemanes orientales, un día determinado, se levantaron como ciudadanos de la RFA.
Y como la RDA era un país “comunista”, en el que la economía estaba estatalizada, de un día para otro toda la economía del país pasó a manos de su nuevo poder político: el estado capitalista de la RFA, que diseñó una transición ad hoc para esos territorios que terminó subastando al mejor postor todo el tejido industrial de la Alemania comunista.
La absorción de la RDA por la RFA fue una ampliación de la CEE por la puerta de atrás. Entraba en el club un país de 15 millones de habitantes (más poblado que Holanda, Bélgica, Portugal, Grecia, Dinamarca, Irlanda o Luxemburgo) ¡¡sin negociación alguna!! con los 12 miembros de la CEE, sin mecanismos de compensación, sin períodos transitorios de adaptación, como se había hecho en el resto de ampliaciones que habían tenido lugar hasta entonces. Sin tiempo para adaptar legislaciones que amortiguaran sus brutales efectos.
La Alemania Federal puso al resto de países de la CEE ante hechos consumados. Les impuso una ampliación de facto y, como consecuencia, esto produjo desajustes en la distribución de los diferentes fondos estructurales de la Unión, dado que la media del PIB europeo bajó como consecuencia de la incorporación de los landers de la antigua RDA, que éstos pasaron a situarse entre las regiones beneficiarias de los mismos y que su cuantía económica no se incrementó de manera significativa. En conclusión, el mismo dinero para repartir entre más y las condiciones para optar a ellos se endurecieron. ¿Qué país europeo salió más perjudicado por esto? ¡España! Algunas regiones españolas que hasta entonces se situaban ligeramente por debajo del umbral que las convertía en beneficiarias de esos fondos subieron por encima del mismo y los perdieron, ya que la media en base a la cual se hacían los cálculos había bajado. Y las que seguían teniendo acceso a los mismos vieron reducirse su importe, ya que ese dinero había que repartirlo entre más gente. Eso significó que una parte de la factura de la reunificación alemana la pagamos los españoles en términos de reducción de subvenciones europeas.
Y la absorción de la Alemania Oriental fue solo el comienzo. La disolución del COMECON fue haciendo que la mayor parte de sus antiguos miembros pidieran el ingreso en la CEE que, a partir de 1993, pasó a llamarse Unión Europea. Como éstos sí iban a negociar su ingreso, tal y como habían hecho antes españoles, portugueses y griegos, había gran interés en formar parte de la mesa negociadora, ya que estaba en juego la posible participación de centenares de grandes empresas occidentales en los procesos de privatización pendientes en todos los países del este. Como consecuencia nuevos países de la EFTA llamaron a la puerta (Suecia, Noruega, Finlandia y Austria). En 1995 se produjo la quinta ampliación, de la que Noruega, fiel a sus viejas tradiciones, se descolgará en el último momento, como consecuencia de un nuevo referéndum, repitiendo así la jugada 22 años después.
En paralelo a este proceso tendrán lugar las guerras yugoslavas que se irán sucediendo a lo largo de la década de los 90 (guerras de Eslovenia (1991), de Croacia (1991-1995), de Bosnia-Herzegovina (1992-1995) y de Kosovo (1998-1999)) y que tendrán una gran repercusión en las relaciones de poder dentro de la Unión Europea. Durante las primeras fases de las mismas se produjo un claro enfrentamiento estratégico entre alemanes, por un lado, que apostaron desde el primer momento por la desintegración del estado yugoslavo y franceses y británicos que, inicialmente, intentaron frenar ese proceso. Los norteamericanos respaldaron abiertamente las posiciones alemanas, lo que llevará a los franco-británicos a terminar aceptando los hechos consumados que se estaban produciendo sobre el terreno.
Mientras tanto las empresas occidentales se extienden por los países del Este de Europa y se adueñan de las joyas más preciadas de su industria (la Skoda checa es absorbida por la Volkswagen alemana, la Dacia rumana por la Renault francesa, etc.)
Es en este contexto político en el que aparece la moneda de la Unión Europea (el Euro), fruto de un acuerdo que tuvo lugar en Madrid el 16 de diciembre de 1995. En 1999 sustituirá a la Unidad de Cuenta Europea (ECU) y en 2002 entrará en circulación, reemplazando a 12 monedas nacionales previas. Hoy es la moneda oficial de 19 países de la Unión. 
El euro será puesto en circulación por el Banco Central Europeo, una institución que había nacido a imagen y semejanza del Bundesbank alemán. Como éste, será independiente de los poderes comunitarios. En la nueva Europa que se está creando, al modelo del equilibrio de poderes de Montesquieu (ejecutivo, legislativo y judicial) se le añade una nueva pata: la entidad emisora de moneda. Los estados que se incorporan a la eurozona han perdido la capacidad de dar instrucciones al banco emisor, que hasta ese momento tenían. El viejo recurso a la emisión de papel moneda (del que tanto la España de Franco como la de Suárez usaron para capear la crisis económica de 1973) se había perdido. La siguiente gran crisis (la de 2008) será enfrentada sin esa capacidad de maniobra por parte de los estados o del “nuevo estado” emergente llamado Unión Europea. Esto puso a los diferentes gobiernos, en especial a los de los países periféricos, al pie de los caballos, dejándolos a merced de los bancos privados.
El sistema de financiación que el Banco Central Europeo diseñó es un mecanismo que convierte a los bancos privados en los intermediarios entre éste y los gobiernos a los que debiera respaldar. El BCE presta a los bancos el dinero y estos, a su vez, se lo prestan a los gobiernos, con un pequeño margen de beneficio. Está prohibida la financiación directa del BCE a los estados de la Unión. Esto refuerza el papel de las élites financieras europeas, puesto que son capaces de administrarles a sus respectivos gobiernos el flujo del dinero.
Con esta estructura fue con la que la Unión Europea se enfrentó con la sexta ampliación (2004) en la que entrarán en la Unión ocho países de la antigua Europa comunista (Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Eslovenia) y los dos más pobres de la EFTA (Malta y Chipre). Diez nuevas absorciones que nos recuerdan en parte a la germano-oriental, aunque ya lo hacen a través de un mecanismo más reglado y previo pacto entre todas las partes. Después de 2004 ya no queda en la Unión nada del espíritu de los que pretendían crear los Estados Unidos de Europa. Está surgiendo un modelo jerárquico, con países de primera clase  (Alemania), de segunda (Francia, el Benelux, Austria, Reino Unido y los escandinavos) y de tercera (los demás), regido por un modelo atlantista que se coordina con la OTAN y que está actuando de una manera cada vez más agresiva fuera de sus propias fronteras. 
Poco después se producirá la séptima (Rumanía y Bulgaria en 2007) y octava (Croacia en 2013) ampliaciones siguieron profundizando en ese modelo. Antes de estas tres últimas ampliaciones se propondrá la Constitución Europea, aprobada en junio de 2003,  firmado por los jefes de gobierno en octubre de 2004 y por el Parlamento Europeo en enero de 2005. Durante el proceso de ratificación por los diferentes estados, a lo largo de 2005 y 2006, será rechazada en referéndum en Francia y en Holanda (bastaba que un sólo estado lo hiciera para que no entrara en vigor, por la famosa regla de la unanimidad). España estaba en la lista de los países que la ratificaron, con un 76,7% de votos a favor, pero con una participación del 42,33%. Es decir, que sólo el 32,46% del electorado votó a favor... ¡la tercera parte del censo! La Constitución que no se aprobó será, finalmente, reemplazada por el Tratado de Lisboa (diciembre de 2007). 
El complicado sistema de toma de decisiones instaurado en la Unión Europea, que facilita los bloqueos en las decisiones importantes y que eterniza las negociaciones, el poder de los grandes lobbies empresariales, el escaso poder de los órganos centrales de decisión de la Unión, el dumping social practicado por algunos de los estados que componen la Unión, la subasta a la baja de los impuestos empresariales, la inexistencia de un ejército europeo o de una política exterior común, la asimetría del peso relativo entre los diferentes estados que la componen en el sistema de toma de decisiones y la propia heterogeneidad de los 28 en términos culturales, históricos, económicos y políticos, apuntan de manera cada vez más clara hacia una dinámica de disgregación.
Y es en este contexto político en el que el Reino Unido, el estado que lideró la EFTA en los años 50 y 60, planteó el referéndum para la salida de la Unión Europea, que se llevó a cabo en 2016, popularmente conocido como “Brexit”. El Brexit fue un torpedo que impactó bajo la línea de flotación de una maltrecha Unión Europea que cada vez ilusiona a menos gente, es el pistoletazo de salida del proceso de desintegración europea cuyo efecto los poderes financieros comunitarios están intentando ralentizar. La previsible salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2019 marcará un precedente que otros usarán después. Cuando el Reino Unido salga –dentro de unos meses- de la Unión Europea todo el mundo observará con lupa ese proceso. Y si la jugada le sale medianamente bien, seguro que tendrá emuladores.
Nigel Farage, líder del Partido del Brexit

2019 será un año decisivo. Marcará, con toda probabilidad, un punto de inflexión en la historia de la Unión Europea. La evolución de los acontecimientos que ya están programados hará que el devenir futuro de la misma se oriente en una o en otra dirección. Las fuerzas disgregadoras que la Unión lleva dentro podrán acelerar su marcha (si el Brexit sale bien) o la frenarán (si sale mal). Pero la utopía de una futura unión política europea ya está, desde luego, muerta y enterrada.