sábado, 1 de febrero de 2020

La burguesía revolucionaria


El período isabelino
La muerte de Fernando VII dejó a su heredera, Isabel II, en minoría de edad y a la regente, María Cristina, en manos del ala derecha de los liberales. La división entre doceañistas y veinteañistas, que a partir de 1833 se conocerán respectivamente como “moderados” y “progresistas” se acentúa. Y la Primera Guerra Carlista hace abrazar a los monárquicos isabelinos la causa del constitucionalismo.
La tensión entre monarquía y moderados, por un lado, y los progresistas, que cuentan con importantes apoyos dentro del ejército y de las clases burguesas de todo el país por el otro, se dejará sentir durante todo el período.
Los liberales españoles de la época isabelina, a pesar de recurrir de manera casi rutinaria a las vías insurreccionales para conseguir sus propósitos políticos, son muy elitistas. El parlamento español de esta época, elegido por sufragio censitario, sólo representa a un porcentaje ínfimo de la población del país. Aunque ese porcentaje no dejará de aumentar a lo largo del siglo. El sufragio universal masculino se alcanzará definitivamente en 1890 (en las elecciones de 1869 y el resto de las que se celebraron durante la “La Gloriosa”, también se empleó, pero ese derecho se perdió tras el golpe de estado de 1874), y será la Segunda República, en 1931, la que dé el voto a la mujer, alcanzándose así, plenamente, el sufragio universal.
Otros elementos que marcan importantes diferencias cualitativas entre el período isabelino y el Antiguo Régimen son las distintas leyes desamortizadoras de los bienes de la Iglesia y la sustitución de la estructura política tradicional de nuestro país por la división provincial actualmente existente, inspirada en el sistema de las prefecturas de los revolucionarios franceses. El jacobinismo había llegado para quedarse, aunque conforme vaya avanzando el siglo, las viejas identidades territoriales resurgirán de nuevo, con nuevas fórmulas y sensibilidades.
Al principio serán los carlistas, la extrema derecha extraparlamentaria de la época, los que enarbolen la bandera de la defensa de los particularismos tradicionales del país. Su lema era “Dios, Patria, Fueros, Rey”. El foralismo constituía, por tanto, una de las patas de su proyecto político. Un foralismo de ámbito fundamentalmente rural. Algunas de las fuerzas nacionalistas actuales del estado español tienen su origen remoto en el foralismo carlista.
Pero en el extremo opuesto del espectro político se van abriendo paso los federalistas, que desempeñarán un destacado papel durante los años de “La Gloriosa” (1868-1874) y, dentro de ellos, su ala más radical, los cantonalistas. El federalismo plantea una estructura política surgida desde abajo, en la que los diversos territorios se vayan federando entre sí de manera libre, manteniendo siempre el derecho a retirarse de la misma.
El problema de la articulación territorial de España, aún no resuelto adecuadamente, será uno de los grandes temas que enfrenten a los españoles entre sí a lo largo de la Edad Contemporánea.

La alternancia política en la época isabelina
Desde que empezaron a producirse elecciones en España de manera regular, en la década de los treinta del siglo XIX, hasta el golpe de estado del General Primo de Rivera, en 1923, funcionó una regla, no escrita, que nunca dejó de cumplirse: El que convoca elecciones, las gana. Inexorablemente. Sin excepciones.
Y, sin embargo, siempre hubo alternancia política... ¿Cómo pudo ser esto posible? Si el que está en la oposición siempre pierde ¿Cómo puede reemplazar al que gobierna? Muy sencillo: Por la vía insurreccional.
La Guerra de la Independencia activó en España viejos mecanismos políticos que se ocultaban latentes en el subconsciente colectivo. Como dijimos en el anterior capítulo, “cuando fallan las instituciones, queda el pueblo”. El poder político tiende a perpetuarse, pero las clases populares habían aprendido a limitarlo desde la calle.
Un fenómeno típico de la España anterior a 1875 fueron los pronunciamientos militares. Los “pronunciamientos” no son golpes de estado. Un golpe lo protagoniza alguien que tiene acceso directo al poder o que, al menos, puede forzarlo de manera más o menos violenta. Los pronunciamientos vienen a ser una especie de manifiesto, en forma de arenga, al que se adhiere una unidad militar, en cualquier punto del país, algunos de ellos muy alejados de la capital, como el del Coronel Rafael de Riego, en 1820, en Las Cabezas de San Juan, provincia de Sevilla, a 600 km. de Madrid, o el del Almirante Topete, en Cádiz, en 1868, a más de 650, y que se difunde rápidamente por el resto del país para que se adhieran a él todo el que lo comparta, creando un efecto de bola de nieve que a veces tiene éxito y logra sus objetivos y a veces no. Son propuestas para cambiar el rumbo de la acción política, inimaginable en un ejército con una estructura de mando rígida, lo que nos está mostrando una característica profunda de la España isabelina: que el ejército de esa época seguía conservando un fondo insurreccional que había adquirido en la guerra contra los invasores franceses.
El ala derecha de los liberales, los monárquicos isabelinos que procedían de las filas absolutistas, la regente (hasta 1840) y la reina (desde 1843), constituían un bloque de poder conservador que intentaba frenar el avance del parlamentarismo burgués en España. Y frente a ellos se alzaba la burguesía revolucionaria de las ciudades y el ejército patriótico surgido durante la guerra, con importantes apoyos entre las clases populares. Este segundo bloque recurrirá con frecuencia a los pronunciamientos y a las movilizaciones en la calle para intentar forzar el avance de los procesos democráticos de largo alcance.
Las clases dominantes del país habían comprobado ya hasta donde podía llegar el potencial insurreccional latente en el pueblo que una generación atrás había expulsado de España al ejército más poderoso del mundo de su época. Y cada vez que los disturbios se extendían por el país, o un número suficiente de militares se adhería a un pronunciamiento de alguno de los suyos, llamaban a formar gobierno a algún destacado líder de los progresistas. Así fue como llegaron al poder Mendizábal, que decretó la primera desamortización de los bienes de la Iglesia (1836), o el general Espartero, que derrocó a la regente en 1840, reemplazándola hasta el pronunciamiento conjunto de Narváez (moderado) y Serrano (un “progresista” muy particular que evolucionaría bastante a lo largo del período) en 1843, que coronarán a Isabel II (con 13 años de edad) para poder apartar del gobierno al citado general.
Aunque, desde el punto de vista legal, España contaba con un régimen parlamentario, el poder efectivo no se alcanzaba a través de las urnas. La derecha lo hacía mediante maniobras palaciegas y la izquierda por la vía insurreccional. Las urnas después ratificaban el movimiento político que había tenido lugar. Eso formaba parte de las reglas no escritas del régimen isabelino.

La Unión Liberal
La legalidad institucional, por tanto, era una fachada que ocultaba un sistema muy inestable. El número de votantes no dejaría de aumentar durante todo el período, ante la presión de las fuerzas progresistas, y se va produciendo un desplazamiento hacia la izquierda en la correlación de fuerzas políticas. El bipartidismo entre moderados y progresistas se irá quedando obsoleto y nuevas fuerzas aparecen en la escena, que las van reemplazando de manera paulatina.
Entre las dos grandes formaciones políticas aparece un partido de “centro”, la Unión Liberal, liderado por O'Donnell, que consigue dar cierta estabilidad durante un tiempo, batiendo todos los récords de permanencia política durante el “Gobierno Largo”. Un récord de… ¡casi cinco años! (1858-1863). Algo increíble en la España isabelina. Un gobierno que será recordado después como una especie de época dorada. En realidad, la Unión Liberal se había convertido, de facto, en la nueva derecha durante los últimos años del período isabelino, que había conseguido estabilizar el sistema integrando en su programa político buena parte del ideario de los progresistas, y fagocitando al sector más derechista de sus miembros.

El Partido Democrático
El Partido Democrático fue una escisión por la izquierda del Partido Progresista, que tuvo lugar en 1849:
“propugnaba un programa político que incluía reivindicaciones populares como la abolición de las quintas y el derecho de asociación sin restricciones, la libertad completa de imprenta y, sobre todo, el sufragio universal, propuestas que iban mucho más lejos del programa tradicional del partido [progresista]. Otra prueba fue la aparición del diario El Siglo. Periódico progresista constitucional, en cuyo primer número publicado el 5 de diciembre de 1847 se decía que la democracia es «nuestro objeto, porque ella es el último término político de la civilización moderna»”[1]
Este partido no dejará de crecer hasta el estallido de la revolución de 1868. Muchos de sus militantes se declaran abiertamente republicanos lo que, según Vilches, no significaba "sólo la predilección por la República, sino toda una concepción del orden político basada en la democratización de la vida pública por la universalización del sufragio, la eliminación del privilegio social, la atenuación de las diferencias, la racionalización y la laicización de la vida intelectual y moral partiendo de la escuela primaria"[2].
Conforme vaya avanzando la década de los 60 se irán decantando dos grandes tendencias políticas dentro del mismo, los liberal-demócratas, liderados por Emilio Castelar, y los federalistas, de Francisco Pi y Margall.
“Del grupo castelarino salió el acuerdo con los progresistas en 1865 y el Pacto de Ostende de 1866... Otra tendencia fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad"[3]

La Revolución de Septiembre
En junio de 1866 tuvo lugar en Madrid la insurrección del cuartel de San Gil, duramente reprimida por el gobierno del general O'Donnell, de la Unión Liberal, que ordenó fusilar a 66 sublevados. Pero a la reina no le pareció suficiente y lo cesó fulminantemente, nombrando en su lugar al general Narváez, líder del Partido Moderado, el más derechista, en ese momento, del arco parlamentario. Los “moderados” protagonizarán a partir de entonces una deriva represiva que hará al resto de partidos “retraerse”, es decir, abandonar el parlamento. Entonces comenzará la cuenta atrás para el Régimen Isabelino.
El 16 de agosto progresistas y demócratas firmaron el Pacto de Ostende, en esta ciudad belga, que tenía sólo dos puntos:

1º) Destruir lo existente en las altas esferas del poder;
2º) Nombramiento de una asamblea constituyente, bajo la dirección de un Gobierno provisorio, la cual decidiría la suerte del país, cuya soberanía era la ley que representase, siendo elegida por sufragio universal directo.[4]

La falta de concreción de este texto buscaba la adhesión al mismo de la Unión Liberal, hecho que se producirá tras la muerte de O'Donnell, al año siguiente, que será reemplazado por el general Serrano.
El levantamiento lo inició, en Cádiz, el almirante Topete, de la Unión Liberal, el 18 de septiembre de 1868, al que se le unieron, llegados desde el exilio, el general Prim, así como Sagasta y Ruiz Zorrilla, progresistas, y el unionista Serrano, y será respaldada por militares de todo el país. El 28 de septiembre las fuerzas sublevadas, dirigidas por Serrano, derrotan al ejército real en Alcolea del Río (provincia de Córdoba). Dos días después Isabel II marchaba al exilio.

El Sexenio Democrático (1868-1874)
El Sexenio Democrático o Revolucionario se suele dividir en cuatro etapas:
·         Gobierno Provisional (1868-1871)
·         Reinado de Amadeo I (1871-1873)
·         Primera República (febrero 1873-enero 1874)
·         Dictadura de Serrano (de enero a diciembre de 1874)
El 8 de octubre se formó un gobierno provisional, presidido por Serrano, compuesto por miembros de la Unión Liberal y del Partido Progresista. Ambas fuerzas políticas se decantaron rápidamente por la instauración de una “monarquía democrática y popular”, rompiendo así los acuerdos previos que tenían con el Partido Democrático, según el cual debía mantenerse abierta la posibilidad de proclamar una república hasta la celebración de las primeras elecciones democráticas. En los tres meses que mediaron entre la formación del gobierno y las elecciones, el Partido Democrático cambiará de nombre por el de Partido Republicano Democrático Federal y sufrirá una escisión por su derecha, los demócratas monárquicos, que serán conocidos en la época como “cimbrios”.
“Las elecciones a Cortes Constituyentes se celebraron del 15 al 18 de enero de 1869 por sufragio universal (masculino), lo que dio el derecho al voto a casi cuatro millones de varones mayores de 25 años,”[5]
El resultado de esas primeras elecciones democráticas de la Historia de España, en las que votaron el 70% de los censados, fue el siguiente:
·         Progresistas                                159 escaños
·         Unionistas                                    69
·         Republicanos federales                 69
·         Cimbrios                                      20
·         Carlistas                                      18
·         Isabelinos o “moderados”              14
·         Republicanos unitarios                   2
Era obvio que los monárquicos tenían en él una amplia mayoría. Así pues quedaba claro que había que buscar un príncipe “demócrata”, por toda Europa, lo que no iba a resultar nada fácil, a juzgar por las afirmaciones del general Serrano: «¡Encontrar a un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!».
No entraremos en los detalles de esa búsqueda, que provocará importantes enfrentamientos entre los diversos países europeos. Al final parece que hallaron uno, Amadeo de Saboya, que era lo más progresista que había en la Europa de su tiempo... 


Amadeo de Saboya (1871-1873)
No fue fácil elegir rey para el trono español en las Cortes Constituyentes de La Gloriosa. A las presiones internacionales de todo tipo hay que sumar las diferentes posiciones de las fuerzas parlamentarias. Dije más arriba que había mayoría de monárquicos en el Congreso de los Diputados. También dijimos en otro artículo que en la primera legislatura de la III República Francesa la mayoría de los parlamentarias eran monárquicos. Unos monárquicos que proclamaron la República porque no se ponían de acuerdo entre ellos acerca de qué persona debía ser coronada como rey. Pues había “monárquicos” españoles en 1870, igual que en la Francia de 1871, que preferían proclamar la República antes de permitir que coronaran a según qué rey.
Amadeo de Saboya era la apuesta final del Partido Progresista, en general, y de su máximo dirigente, el general Juan Prim, en particular. El nuevo rey llegó a Madrid el 2 de enero de 1871, seis días después de que Prim sufriera un atentado, y tres después de que éste falleciera como consecuencia del mismo. Muy mal presagio. Una de las primeras cosas que hizo al llegar fue dirigirse a la iglesia de la Virgen de Atocha, dónde se había instalado la capilla ardiente del que hasta el 27 de diciembre de 1870 había sido Presidente del Consejo de Ministros y su principal valedor político.
El partido que lo había traído a España se dividió después en dos: los constitucionalistas de Sagasta y los radicales de Ruiz Zorrilla, mientras entre los diputados de la Unión Liberal se abrían paso los partidarios de restaurar la dinastía de los borbones en la persona de Alfonso XII, los carlistas se levantaban en armas de nuevo y los republicanos redoblaban su apuesta por la República.
En dos años y un mes se sucederán seis gobiernos y el rey sufrirá un atentado. El 11 de febrero de 1873 abdicará y ese mismo día se proclamará la República.

 La Primera República Española
La Primera República fue proclamada por unas cortes en las que, nominalmente, había mayoría monárquica. Esto fue posible gracias al giro político que, al respecto, dió el Partido Radical, que tenía mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados desde las elecciones de agosto de 1872 y que llegó a un acuerdo con la segunda fuerza del mismo, El Partido Republicano Democrático Federal.
La República no duró ni once meses (desde el 11 de febrero de 1873 hasta el 3 de enero de 1874). En ese tiempo tuvo cuatro presidentes (Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar), celebró unas elecciones (en mayo de 1873) que fueron boicoteadas por todas las fuerzas políticas no republicanas y que batieron todos los records de abstencionismo de la Historia de España (el 60%). Las Cortes constituyentes republicanas elegidas en mayo no llegarán a cumplir su mandato de aprobar una constitución, ya que serán suspendidas por el presidente Castelar entre el 18 de septiembre y el 2 de enero, gobernando mientras tanto por decreto.
Esta deriva autoritaria acelerada fue una consecuencia del levantamiento de los cantonalistas (el ala más intransigente de los federalistas), del recrudecimiento de la Guerra Carlista en el norte de España y, también, de la primera guerra de independencia de Cuba, que había estallado durante el reinado de Amadeo de Saboya. Tres guerras civiles simultáneas que obligaron al último gobierno republicano a tomar medidas de excepción severas, lo que dará alas a los generales más conservadores (Pavía, Serrano, Martinez Campos…) que habían ido ganando protagonismo durante ese intenso período.
Cuando ya había pasado lo peor de la rebelión cantonalista y la guerra carlista parecía evolucionar satisfactoriamente, el presidente Castelar decidió levantar las medidas de excepción y volvió a convocar al Congreso de los Diputados para el día 2 de enero. En la primera sesión (que comenzó a las 14 horas) presentó una moción de confianza, cuya votación perderá (pasada ya la media noche), tras la cual se hizo un receso, al que debía seguir la elección de su sustituto, Eduardo Palanca Asensi. Cuando se reanudó la misma, fuerzas de la guardia civil y del ejército, mandadas por el general Pavía, entraron en el edificio disparando al aire y desalojando a los diputados. Poco después, dicho general mandará un telegrama a los jefes militares de toda España, con el siguiente texto:
“El ministerio de Castelar [...] iba a ser sustituido por los que basan su política en la desorganización del ejército y en la destrucción de la patria. En nombre, pues, de la salvación del ejército, de la libertad y de la patria he ocupado el Congreso convocando a los representantes de todos los partidos, exceptuando los cantonales y los carlistas para que formen un gobierno nacional que salve tan caros objetivos”[6]



Dictadura de Serrano
Ante la negativa de Castelar a presidir un gobierno que iniciaba su andadura con un golpe de estado, se le pide al General Serrano, que acababa de llegar del exilio, que volviera a encabezar un gobierno provisional. Éste formará un gobierno de concentración nacional, en el que había monárquicos constitucionalistas, radicales y republicanos unitarios, pero del que quedaban excluidos los republicanos federales. Su prioridad era acabar definitivamente con la rebelión cantonal y con la Tercera Guerra Carlista para, después, convocar elecciones a unas cortes constituyentes que debían, primero, decidir la forma de gobierno que debía regir en nuestro país.
“Quedó así establecida la dictadura de Serrano, pues no existían Cortes que controlaran la acción del gobierno, al haber quedado disueltas las Cortes republicanas, ni ley suprema que delimitara las funciones del gobierno, porque se restableció la Constitución de 1869 pero a continuación se la dejó en suspenso «hasta que se asegurase la normalidad de la vida política»”[7]
Durante el año escaso que duró el régimen de Serrano los monárquicos alfonsinos irán ganando peso político en sus gabinetes. Y mientras él combatía en el norte de España a los carlistas, Cánovas del Castillo se reunía en Paris con el futuro Alfonso XII y emitía el Manifiesto de Sandhurst (1 de diciembre de 1874), firmado por el príncipe, que empezó a circular entre los círculos monárquicos del país. El 29 de diciembre, el general Martínez Campos se “pronunció” en Sagunto por la restauración de los borbones en el trono español, adhiriéndose al Manifiesto citado. El 31 de diciembre Cánovas se hace cargo del gobierno y el 14 de enero de 1875 el rey entraba en Madrid.


[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Democr%C3%A1tico_(Espa%C3%B1a) y Vilches García, Jorge (2001). Progreso y Libertad. El Partido Progresista en la Revolución Liberal Española. Madrid: Alianza Editorial. pp. 41-42.
[2] Vilches García, Jorge (2001). Progreso y Libertad. El Partido Progresista en la Revolución Liberal Española. Madrid: Alianza Editorial.
[3] Ibídem.
[5] Fontana, Josep (2007). La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons.
[6] Barón Fernández: El movimiento cantonal de 1873. Sada : Ediciós do Castro. 1998.
[7] Wikipedia: Primera República Española y Barón Fernández: El movimiento cantonal de 1873. Sada : Ediciós do Castro. 1998.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los orígenes del liberalismo español




Los liberales españoles del siglo XIX han tenido una gran influencia en el desarrollo de los procesos históricos del mundo contemporáneo, aunque sólo sea porque fueron los precursores ideológicos de la mayoría de las fuerzas políticas hispanoamericanas del siglo XIX y de muchas de las del XX.
La reacción popular que se desencadenó contra la penetración de los ejércitos napoleónicos en nuestro país a partir de 1808 no tardó en articular una respuesta ideológica que fue concretándose durante los cuatro primeros años de la resistencia gaditana.
El liberalismo español, como el resto de expresiones ideológicas que nuestro país ha ido desarrollando a lo largo del tiempo, toma prestados conceptos e identidades nacidos en otros espacios geográficos, pero después los reelabora y adapta a nuestras condiciones ecológicas y geográficas, de tal manera que lo que termina saliendo posee unas características muy específicas, que tiene una lógica interna muy diferente a la del modelo al que se supone que replica.

La primera fuerza política española contemporánea
Los liberales heredan buena parte de los contenidos de los revolucionarios franceses de 1789. También se hacen eco del discurso de los ilustrados del siglo XVIII, que en 1808 se vieron obligados a elegir entre la revolución desde arriba que encarnaban “los afrancesados” o la revolución desde abajo que defendían los liberales.
Si sumáramos los efectivos de todos los afrancesados y liberales, juntos, seguían siendo una ínfima minoría dentro del conjunto de la población española de principios del XIX. Pero… ¡Qué minoría! En sus filas militaban los más activos, los más cultos, los más comprometidos con el cambio social. Eran la vanguardia política, intelectual, cultural… trabajando para crear una nueva sociedad en medio de los escombros de la guerra.
Cuando la Grande Armée napoleónica arrincona en el bastión gaditano a lo que seguía en pie del ejército español, el conservador Consejo de Regencia será desbordado por la población que se había refugiado allí, como pasó en Madrid el 2 de mayo de 1808 y en Zaragoza el 25 de ese mismo mes.

La gestión de un vacío político
La aparición de los liberales en el panorama político español es la consecuencia de la quiebra del Antiguo Régimen en nuestro país. Cuando hablamos del Imperio Romano vimos como las invasiones bárbaras no eran la causa, sino la consecuencia, de la involución social que se produjo en el Bajo Imperio. Los bárbaros siempre estuvieron al otro lado de los correspondientes “limes”. Los que cambiaron no fueron ellos, sino los que tenían que defender las fronteras exteriores del mundo romano.
Pues algo parecido ocurrió con el Antiguo Régimen: ¡se suicidó! No lo mataron sus adversarios políticos. Éstos se limitaron a cubrir, de manera paulatina, el vacío que los residuos de aquél estaban dejando.
Por debajo de la superestructura del Antiguo Régimen español seguía estando la España diversa, la España de siempre, plural, llena de contradicciones entre lo más conservador y lo más progresista de su tiempo político. Con un municipalismo poderoso, heredero de los “concejos” medievales.
Las fuerzas liberales se encargan, por todas partes, de recoger los restos del naufragio de la estructura imperial, intentando resolver los problemas creados por su colapso político.
Hemos venido diciendo que el impulso primigenio que dio origen a la aparición del Imperio Español en América no vino del estado, sino de la vanguardia militar de la sociedad española, que actuó por cuenta propia. El estado se limitó, en sus fases iniciales, a canalizar ese impulso en su propio provecho, ordenarlo, reglarlo…
También vimos como en 1517 se produjo un “golpe de estado” en nuestro país, cuando coronaron rey a Carlos I, un rey extranjero, que vino rodeado de extranjeros y que traía en mente un proyecto político extranjero para implantar en nuestro país, el de Carlos el Temerario, que fue convenientemente adaptado al “ecosistema ibérico” por Adriano de Utrecht.
Para los flamencos que vinieron con los Habsburgo, al menos, nuestro país era la tabla de salvación de su proyecto político. Necesitaban que saliera bien, que éste mantuviera su posición de primera potencia europea que ya tenía cuando ellos llegaron. Necesitaban que España fuera grande y poderosa, aunque por razones muy diferentes a las que pudieran tener sus súbditos.
En 1701 se produce otro “golpe de estado”, otro cambio de rumbo. Esta vez lo protagonizan los borbones. Los borbones eran tan extranjeros y tan oligárquicos como los austrias, pero poseen una diferencia cualitativa con ellos que empeora aún más la situación: No necesitan que su proyecto salga bien, les basta con neutralizar el poder histórico del Imperio Español. Su objetivo es convertirlo en un “gregario de lujo” (usando terminología ciclista), absorber, en la medida en la que pudiera ser posible, las energías de la estructura política ibérica y ponerla al servicio de la francesa. Todo su comportamiento, a lo largo del siglo XVIII, es compatible con esta interpretación. Y el desenlace, que tuvo lugar a principios del XIX, es su consecuencia.

Los representantes de la “nación española”
Desde el último reducto de la resistencia contra el invasor… ¡se convocan elecciones!… ¡en todo el Imperio español!… ¡en medio de la guerra!… En las Cortes de Cádiz hay... ¡29 representantes de las Indias Occidentales y de Filipinas!… También los hay de la España ocupada por los franceses. Una de las muchas tareas que abordan las “Cortes Generales y Extraordinarias” es preparar la primera Constitución Española de la Historia, la de 1812. Una constitución que dice que “La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”. Toda una declaración de intenciones…
Esta constitución es la partida de nacimiento del liberalismo español. Un movimiento político que tendrá sus luces y sus sombras, que cometerá muchos errores, pero que representa el comienzo de un nuevo tiempo, un replanteamiento general de la estructura política de todo el Imperio.
Hasta 1814 la mayor parte de los esfuerzos de las instituciones gaditanas se concentran en expulsar de España a los franceses. Una vez cumplido ese objetivo había que volver a la normalidad, instaurar la institucionalidad de la postguerra. La capitalidad debía volver a Madrid. El sistema político definido por la Constitución de 1812 era una Monarquía Constitucional. Todo el mundo esperaba la vuelta a casa de un monarca que se suponía había sido hecho prisionero contra su voluntad y que también se presumía que era un patriota que compartía los anhelos y los proyectos que su pueblo había estado defendiendo con las armas durante la guerra.

El retorno del absolutismo
Pero el Fernando VII de 1814 era tan absolutista, tan autócrata y estaba tan fuera de la realidad como el Carlos IV de 1808. Nunca se le había pasado por la cabeza compartir el poder con ninguna institución representativa del país. Esa era, para él, una idea propia de los “revolucionarios” franceses que acababan de ser derrotados en el campo de batalla.
“Mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes [...] sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos.”
Modesto Lafuente (1869), Historia general de España, tomo XXVI, 2.ª ed.[1]
Las autoridades de la postguerra se niegan a aceptar las decisiones que habían tomado las que, de facto, habían asumido el mando durante la guerra y expulsado del país a los invasores. Como comprenderá fue una pésima decisión porque, por más legitimidad dinástica que tuvieran los borbones, habían ido haciendo dejación de ella durante los años previos a la agresión francesa y, desde luego, durante la misma. Y las Cortes de Cádiz se habían ido ganando a pulso la legitimidad que da el ejercicio del poder y el cumplimiento exitoso de su programa político. Podían reivindicar legítimamente la representación de una nación que se había volcado en la tarea de defender su soberanía. Ese choque de legitimidades no podía dejar de tener consecuencias históricas.

El residuo fósil del Antiguo Régimen
Fernando VII formaba parte del mundo decadente, del residuo fósil que intentaba salvar, en el resto de Europa, La Santa Alianza.
En 1815 se celebrará el Congreso de Viena, que sentará las bases del orden político de la Europa post-napoleónica y que repondrá en el trono a la mayor parte de los reyes que habían sido depuestos por los revolucionarios y los bonapartistas, entre ellos las diferentes ramas de los borbones que reinaban antes de 1789, las más importantes de las cuales eran, indudablemente, la francesa (en la persona de Luis XVIII) y la española (Fernando VII).
La cúspide del poder europeo de la época decretó que en nuestra ecúmene... ¡no había pasado nada! Que los 26 años transcurridos entre 1789 y 1815 sólo habían sido un mal sueño, una pesadilla. Que había que volver a dejar las cosas tal y como estaban antes del estallido de la revolución.
“Toda realidad ignorada prepara su venganza”, dijo Ortega y Gasset. Era obvio que los absolutistas del Congreso de Viena y de la Santa Alianza estaban intentando poner puertas al campo. Pero la Revolución Francesa había abierto la Caja de Pandora y liberado las cadenas que habían estado frenando el cambio social durante siglos. Después de ella, ya nunca nada será igual. Todos los pueblos europeos habían vivido, de una o de otra manera, una nueva experiencia política que significaba el principio del fin del “Antiguo Régimen”.

El fortalecimiento de los poderes locales
Ya he dicho en otros artículos que la reacción política de la población española ante la penetración de las fuerzas napoleónicas fue la contraria a la que se dio en el resto de países europeos que sufrieron un ataque semejante. En Alemania, en Italia, en Rusia… la agresión francesa provocó un reforzamiento de las estructuras del estado. Dio más poder a las instituciones. En España, en cambio, fortaleció a los poderes locales, abrió la puerta a nuevos actores que hasta entonces no habían tenido mucho que decir en el ámbito político. Este fenómeno, al otro lado del mar, en Hispanoamérica, se amplificó mucho más, como consecuencia de la transversalidad del Imperio español de la que hemos venido hablando en varios de nuestros artículos.
Desde 1808 se fueron constituyendo las diferentes juntas en las capitales de toda España para articular la resistencia contra el invasor, pero también en el resto de Hispanoamérica. “La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios” ¿recuerda? Y en América estas juntas ejercían el mando efectivo sobre ejércitos que controlaban territorios inmensos. Como consecuencia, la guerra se extenderá por buena parte de ella.
Ya describí en su día, a grandes rasgos, la evolución de los acontecimientos militares en el Hemisferio Occidental del Imperio Español durante la década 1810-1820[2]. El descontento contra el absolutismo borbónico fue creciendo en todas partes, incluida la metrópoli. Buena parte de los militares y de los milicianos que habían sostenido la resistencia contra el invasor durante la guerra se sentían traicionados, y los conspiradores se extendían por doquier.

El pronunciamiento de Riego
Y será el coronel Rafael de Riego el que encabece el primer “pronunciamiento” militar de la Historia de España. Fernando VII ordenó formar un ejército expedicionario que debía partir hacia América para combatir a las fuerzas independentistas. Pero el 1 de enero de 1820, Riego, que estaba al mando del segundo batallón asturiano de ese ejército, se alzó en Las Cabezas de San Juan (Sevilla), “pronunciando” una arenga ante los suyos que dará comienzo al periodo conocido como el “Trienio Liberal” (1820-1823):
“España está viviendo a merced de un poder arbitrario y absoluto, ejercido sin el menor respeto a las leyes fundamentales de la Nación. El Rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la Guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución, pacto entre el Monarca y el pueblo, cimiento y encarnación de toda Nación moderna. La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz, entre sangre y sufrimiento. Mas el Rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el Rey jure y respete esa Constitución de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y deberes de los españoles, de todos los españoles, desde el Rey al último labrador (...)
Sí, sí, soldados; la Constitución. ¡Viva la Constitución!”[3]

El trienio Liberal (1820-1823):
El alzamiento de las fuerzas de Riego no obtuvo el apoyo que los sublevados esperaban. Éstas se fueron dispersando por el territorio, en previsión de un conflicto largo y correoso, parecía que se iniciaba una nueva guerra de guerrillas, al estilo de la que había tenido lugar en la década anterior. Pero cuando la noticia se extendió por el resto del país fueron produciéndose nuevos levantamientos militares y el 7 de marzo la población madrileña rodea el Palacio Real, exigiendo al rey jurar la Constitución. El día 10 el monarca publica el Manifiesto del rey a la Nación española, en el que declara su acatamiento a la misma.
A continuación se formará un gobierno de liberales moderados, que convocará elecciones.
“El país se vio envuelto en un largo periodo de inestabilidad política causada por la latente desafección del monarca al régimen constitucional y por los conflictos causados por la rivalidad entre liberales doceañistas o moderados, partidarios del equilibrio de poderes entre Cortes y Rey previsto en la Constitución de 1812; y veintenos, veinteañistas o exaltados, partidarios de redactar una nueva constitución (que sería de 1820) que dejara clara la sumisión del ejecutivo al legislativo, y del rey a la soberanía nacional, además de propugnar una apertura mayor de las libertades y reformas sociales (algunos de ellos, minoritarios, eran declaradamente republicanos).
[...]
Tras las segundas elecciones, que tuvieron lugar en marzo de 1822, las nuevas Cortes, presididas por Riego, estaban claramente dominadas por los exaltados. En julio de ese mismo año, se produce una maniobra del rey para reconducir la situación política a su favor, utilizando el descontento de un cuerpo militar afín (sublevación de la Guardia Real), que es neutralizado por la Milicia Nacional en un enfrentamiento en la Plaza Mayor de Madrid (7 de julio). Se forma entonces un gobierno exaltado encabezado por Evaristo Fernández de San Miguel (6 de agosto).”[4]

Los Cien Mil Hijos de San Luis
“Francia intervino militarmente en España el 7 de abril de 1823 para apoyar a Fernando frente a los liberales y restablecer el absolutismo, en virtud de los acuerdos de la Santa Alianza. El ejército francés, denominado con el nombre de los Cien Mil Hijos de San Luis, fue encabezado por el duque de Angulema, hijo del futuro Carlos X de Francia. […] El ejército lo formaban 95.062 soldados, formados en cuatro cuerpos y uno de reserva. […] El objetivo fundamental de la intervención francesa era terminar con los liberales en el gobierno desde hacía tres años. Las fuerzas españolas leales se enfrentaron con los franceses en Cataluña al mando de Espoz y Mina, pero no hubo apenas reacción popular de apoyo y debieron retirarse.”[5]
Como consecuencia, el absolutismo será restaurado en España, la mayoría de los liberales y buena parte de la intelectualidad del país tuvo que marchar al exilio, en su mayor parte a Inglaterra. Rafael de Riego será ahorcado el 7 de noviembre de 1823 en Madrid.

Serenos, alegres, valientes, osados...
Serenos y alegres, valientes y osados
¡Cantemos, soldados, el himno a la lid!
(Himno de Riego)
Con estas estrofas empieza el “Himno de Riego”, un líder que se convirtió, a partir de 1820, en un símbolo y, desde 1823, en un mártir de la lucha por la libertad en nuestro país. Este himno, con su multitud de variantes, será cantado por todos los liberales revolucionarios del siglo XIX y por los republicanos del XIX y del XX.
El liberalismo español tendrá que abrirse paso luchando, con las armas en la mano, contra un absolutismo que se resiste a reconocer que su tiempo ya había pasado y que está dispuesto a morir matando. Las guerras, guerrillas y escaramuzas entre absolutistas y liberales, que a partir de 1833 serán llamados respectivamente “carlistas” e “isabelinos”, atraviesan todo el siglo XIX y proyectarán su herencia sombría sobre la España del siglo XX.
“El movimiento insurreccional absolutista [en 1821] llegó a reunir un ejército de 30.000 hombres al que se denominó Ejército de la Fe. En él había personas de diversa índole. Desde guerrilleros que habían luchado contra el francés, pasando por curas armados, caudillos populares y militares retirados. La insurrección tuvo un desarrollo irregular, con combates más intensos en Navarra y Cataluña, y se constituyeron juntas por España en apoyo a la causa realista entre las que destaca la Junta Apostólica de Santiago de Compostela.
La insurrección ya estaba casi totalmente controlada por el gobierno cuando se produjo la entrada en España de las tropas del duque de Angulema y el movimiento realista casi derrotado acabó como auxiliar de las tropas francesas.”[6]

“El mismo día en que Fernando VII fue liberado por los Cien Mil Hijos de San Luis promulgó un decreto por el que anulaba todo lo legislado durante el Trienio. El monarca trataba de nuevo de volver al absolutismo y al Antiguo Régimen
Inmediatamente se inició la represión contra los liberales Riego fue ahorcado en Madrid en noviembre y, aunque la Inquisición llegó a ser restablecida, se crearon Juntas de Fe que ejercieron la función inquisitorial y represiva. El maestro valenciano Cayetano Ripoll fue la última víctima legal del fanatismo religioso.
Pese a la represión, las conspiraciones militares liberales continuaron. El peligro de nuevos pronunciamientos llevó a Fernando VII a tomar una medida extrema, la disolución del ejército. El monarca pidió a Francia que se mantuvieron los Cien Mil Hijos de San Luis mientras se reorganizaban las fuerzas armadas. En torno a 22.000 soldados franceses se mantuvieron en nuestro país hasta 1828.
Paralelamente, el régimen absolutista abordó la depuración de la administración, lo que llevó a la expulsión de miles de funcionarios, especialmente docentes.”[7]

La Ley Sálica
Uno de los inventos “modernos” de los borbones y de los ilustrados a la francesa en España fue la Ley Sálica, que no sólo prohibía a las mujeres reinar sino, incluso, transmitir ese derecho a su descendencia. Ya dije en otro artículo que si el monarca que implantó esa ley (Felipe V) la hubiera aplicado con efectos retroactivos no debía haber sido coronado tan siquiera, ya que el derecho al trono de nuestro país le venía por su línea materna.
El absolutista Fernando VII sólo tuvo hijas, lo que convertía a su hermano Carlos en su legítimo heredero, según esa ley borbónica:
“En 1830 y después de un cuarto matrimonio se plantea el problema sucesorio. Ante la eventualidad de una descendencia femenina el monarca promulga la Pragmática Sanción que ponía en vigor el acuerdo de las Cortes de 1789 anulando la ley sálica que estableciera Felipe V. [...] A partir de ese momento el rey se ve en la necesidad de proceder al desmantelamiento de las instituciones que habían sido creadas para combatir la revolución, se descubren favorables a las pretensiones de don Carlos, por ver en él al defensor más caracterizado del Antiguo Régimen. Los voluntarios realistas, cuyos efectivos ascendían a 120.000 hombres y duplicaban los del ejército, y cuyos mandos estaban en manos de caracterizados absolutistas, se convirtieron en el peligro más grave y, por consiguiente, se tomó contra ellos las medidas más radicales.
En estas circunstancias el grupo de los isabelinos o cristinos, formados por los elementos moderados de la situación, se vieron en la necesidad de crear un partido a la infanta, ganando para su causa a los liberales, excluidos desde 1823 de toda participación en el sistema político.”[8]
La Pragmática Sanción derogaba, como hemos visto, la Ley Sálica, para garantizarle la sucesión a Isabel, la hija mayor de Fernando VII. Este hecho, que tuvo lugar durante la última etapa de su reinado, provocará un realineamiento de todas las fuerzas políticas en España y tendrá como consecuencia la entrada en el gobierno de algunos de los miembros del ala más moderada de los liberales, mientras que los absolutistas más recalcitrantes tomaban partido por el príncipe don Carlos.
Fernando VII, al final de su vida, abrirá la puerta a los que habían sido sus grandes adversarios políticos, preparando así el escenario para el advenimiento de una nueva época en la historia de nuestro país.



[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_VII_de_Espa%C3%B1a
[3] Sánchez Mantero, Rafael (2001). Fernando VII. Borbones, 6. Madrid: Arlanza.
[6] Ibíd.
[8] ARTOLA, MIGUEL: La burguesía revolucionaria (1808-1874). Historia de España Alfaguara. Tomo V. Ediciones Alfaguara. Madrid. 1975.