viernes, 27 de abril de 2018

Los antecedentes del proyecto europeo


El proyecto europeo viene de muy lejos, nada menos que de los tiempos de Carlomagno. Es la germanización del concepto de Imperio que intenta replicar, desde el corazón de las zonas continentales del extremo occidente euroasiático, lo que los romanos habían construido varios siglos antes en las orillas del Mar Mediterráneo.
Ningún gran proyecto político surge de la nada. Cada nueva fase histórica es una consecuencia de las anteriores, y construye nuevas realidades con la materia prima que ha heredado de las precedentes. Para Carlomagno y sus herederos políticos Roma es el referente previo, el modelo a imitar, la cantera donde obtienen los materiales para edificar su propio proyecto. Pero ni su realidad sincrónica ni la diacrónica tienen mucho que ver con aquella en la que Roma nació ni, tampoco, en la que creció y, en consecuencia, es un proyecto hasta cierto punto anacrónico. Parte de elementos conceptuales que no se integran bien ni en su entorno geográfico ni en su momento histórico.
El instante de máxima expansión territorial del Imperio Romano se alcanza durante el mandato del emperador Trajano (98-117). Ese es el momento que podemos decir que marca el punto de inflexión de la fase histórica que nosotros hemos llamado el “Imperio Mediterráneo”, un proyecto político multiecológico que se asienta sobre el límite que separa a los ecosistemas frescos y húmedos continentales europeos de los cálidos y secos norteafricanos y que usa al Mare Nostrum como eje desde el que se despliega. El mar será el medio a través del cual se expande y desde donde distribuye los flujos comerciales, se mueven los ejércitos y los funcionarios imperiales; el sistema nervioso que conecte y articule las provincias que lo integraron.
Lo que viene después del punto de inflexión que hemos citado es un proceso involutivo que conducirá desde el momento de máxima integración, que alcanzó su cénit en ese momento histórico, hasta el de máxima degradación institucional, al que se llega varios siglos después, en los albores de la Edad Media, tras las invasiones de los pueblos germánicos en la mitad occidental del Imperio Romano.
Imperio Carolingio. Los territorios sometidos a su autoridad son los representados en color rosa y en color verde. Los amarillos son estados aliados, pero independientes.
El proyecto carolingio es el primer intento serio de reconstrucción de la vieja estructura imperial romana, que parte del universo cultural que se desarrolla como consecuencia de las invasiones germánicas que pusieron fin al Imperio Romano de Occidente. Parte de un medio ecológico diferente al que dió origen al “Imperio Mediterráneo” y las fuerzas que lo impulsan son, precisamente, las que pusieron fin a aquél, pero tres siglos después.
En varios artículos de este blog he puesto de relieve que en nuestro ámbito geográfico se ha ido produciendo, a lo largo de la historia, una alternancia de ciclos mediterráneos y continentales. Al ciclo mediterráneo que el Imperio Romano encarnó le reemplazó el continental germánico, al norte de este mar, que es contemporáneo al continental árabe, que se despliega al sur del mismo. Los ciclos mediterráneos son multiecológicos y buscan una integración de los diferentes, de los complementarios. Los ciclos continentales, por el contrario, buscan crear una estructura política vinculada a un ecosistema concreto, en este caso el fresco y húmedo europeo occidental, y optimizar esa relación. Dentro de esa lógica, la integración de los diferentes no es, en absoluto, una prioridad. Desde el punto de vista étnico hay una tendencia a la pureza, tanto racial como cultural, y en espacios multiétnicos suelen segregar a sus diversos componentes, desarrollando un sistema social por capas, que ya hemos descrito en varios de nuestros artículos y que crea una estructura social de castas o estamentos que rechaza la posible mezcla entre miembros de los diferentes grupos que la componen.
En la Alta Edad Media se produce, a nivel europeo, el macro encuentro violento entre los invasores germanos, procedentes del corazón del continente, y las sociedades romanizadas que habían formado parte del Imperio y que, aunque habían sido sometidas militarmente, estaban más avanzadas desde el punto de vista social, cultural y tecnológico. Ese choque tiene lugar a lo largo de una extensión territorial amplísima y genera multitud de episodios de tensiones y de enfrentamientos que se alargan en el tiempo (durante varios siglos) y se subliman de diferentes maneras, dando lugar a una sociedad dual romano-germánica que va calando despacio en el subconsciente colectivo y que termina manifestando esa dualidad de multitud de formas, algunas de ellas bastante sutiles.
Hay una dualidad geográfica primaria, claramente identificable, que tiene al Rhin y al Danubio como fronteras “intangibles” entre sus componentes previos que, con el tiempo, se terminó convirtiendo en una frontera religiosa como describí en el artículo “Las fronteras intangibles”[1].
Hay una dualidad social, en los países que habían formado parte del Imperio Romano, entre la aristocracia germánica invasora y el pueblo, culturalmente romano. Esa dualidad presenta, durante varios siglos, una vertiente lingüística y otra religiosa que distingue a los germanos arrianos de los romanos trinitarios, y que la refuerzan.
A lo largo del siglo VI se va superando esa divergencia religiosa en la mayoría de los reinos germánicos del Occidente Europeo. En el artículo “El pacto fundacional de la iglesia española”[2] vimos, en concreto, el caso español. El proceso que tuvo lugar en la mayoría de los países fue similar. Como vimos entonces, cuando la aristocracia germana se “convirtió” al cristianismo trinitario estableció un pacto con las cúpulas dirigentes de las iglesias “nacionales”, y esa alianza pasó a vertebrar la precaria estructura política de los reinos germánicos altomedievales, en un momento en el que el obispo de Roma, es decir el Papa, se encuentra sometido a la tutela política del emperador de Bizancio.
Cuando el Imperio Carolingio reemplaza al Bizantino como fuerza política hegemónica en Italia, en el tránsito del siglo VIII al IX, se repite, a escala “europea” el pacto que había ido teniendo lugar a lo largo de los siglos VI y VII en las diferentes entidades políticas germánicas. El pacto entre el rey franco y el obispo de Roma convierte al primero en “Emperador” y al segundo en “Papa” (en el sentido que se le da a esa palabra en la actualidad). La esencia de ese acuerdo era que el prestigio histórico de la sede episcopal romana se pone al servicio de la propaganda política del rey de los francos, convirtiendo a los sectores de la Iglesia Trinitaria sometidos a la influencia de Roma en difusores de esa campaña que consiste en anunciar a todos que Carlomagno es el Emperador Romano de ese tiempo político.
A cambio, el obispo de Roma, es decir el Papa, recibe el espaldarazo del “Emperador” como máximo referente del cristianismo trinitario, convertido ahora en el embajador oficial de Dios en la Tierra. De esta manera la alianza entre clérigos y soldados convierte a los estados mayores de las dos instituciones en la dirección bicéfala de un proyecto “europeo”, entendiendo aquí la palabra “Europa” como el área geográfica sometida a la influencia de ese tándem, que los historiadores llaman “los dos poderes universales”, es decir, el Occidente Cristiano Medieval.
El modelo cristalizó y funcionó, con algunos retoques, durante casi mil años. Como sabemos, tras la muerte de Carlomagno su imperio se fragmentó y, poco después, el título de “Emperador” será patrimonializado por el “Primus Inter Pares” de los germanos, en el momento álgido del feudalismo europeo, es decir, en un momento político en el que lo que quedaba de la estructura del estado eran los lazos de vasallaje interpersonales que se establecían entre los diversos jefes militares locales, es decir, los señores feudales, que intentaban ocultar la precariedad de su poder con un pomposo ceremonial en el que la complicidad de los clérigos era esencial, pues eran “los representantes de Dios” en la localidad correspondiente y, por tanto, la fuente simbólica última del poder. Los señores, para deslegitimar las ambiciones políticas de los advenedizos, desarrollan una estructura de castas, de base étnica, en la que la “sangre” recibida de sus respectivos progenitores establece la posición que cada uno ocupa en la estructura social.
La alianza estratégica entre el “Papa” y el “Emperador” representó, durante la Plena y la Baja Edad Media, la fuente primaria del poder simbólico en Europa. Los dos “poderes universales” eran la base de sustentación ideológica del Feudalismo.
Pero la estructura social europea medieval funcionó como una especie de confederación informal de pueblos en la que el elemento estructural más sólido con el que contó fue la superestructura ideológica, es decir, la Iglesia, el auténtico vértice superior de su sistema. El “Imperio” medieval europeo, es decir, el Sacro Imperio Romano Germánico no fue más que una operación de propaganda política, más aparente que real. Una cáscara vacía ceremonial que sólo servía para coronar el discurso legitimador del sistema social feudal europeo.
Conforme avanzaron los siglos medievales, el desarrollo histórico de los pueblos europeos va haciendo aparecer nuevas fuerzas sociales que van sentando las bases que permitirán la aparición de la nación-estado moderna y toda la constelación de elementos que la acompañan (la burguesía, un naciente funcionariado, ejércitos profesionales pagados, universidades...). Será dicha constelación la que termine enterrando al feudalismo y a su mundo.
Con la nación-estado moderna llegarán los imperios ultramarinos europeos, el comercio intercontinental oceánico y nuevos paradigmas ideológicos (el protestantismo, el racionalismo, el cientifismo...), también las grandes guerras de ámbito europeo y americano (Guerra de los Cien Años, de los Treinta Años, del Asiento, de los Siete Años...). Con ella se producirá un reajuste de todos los parámetros estructurales del sistema, al que ya podemos llamar Occidental, pues los imperios ultramarinos habían desbordado con amplitud los límites geográficos del Occidente Cristiano Medieval. La laxa e informal “Confederación Europea”, a la que hemos hecho varias veces referencia en este blog durante los últimos años, se estructura de una nueva forma, que los historiadores han bautizado como el “Sistema del Equilibrio Europeo[3].
El Sistema del Equilibrio Europeo descansa sobre la competencia entre los diferentes actores políticos europeos, que se vigilan mutuamente para impedir la aparición de ningún proyecto hegemonista en el seno de la ecúmene, al estilo de la España de los austrias. Se produce en una fase histórica expansiva en la que los pueblos europeos se están extendiendo por todo el planeta a través de los imperios ultramarinos citados, a los que en su día califiqué como “imperios eurífugos[4], es decir, los que se expanden desde la periferia europea hacia el exterior y, en consecuencia, se vuelven más fuertes conforme se vuelcan sobre los mundos remotos extraeuropeos.
Pero la nueva gran potencia europea del momento, Francia, tenía otros planes. Aunque su posición geográfica dentro de la ecúmene la convierte en un país “occidental”, es decir, atlántico, lo que le obliga a competir en este ámbito con el resto de imperios ultramarinos europeos (Inglaterra, Holanda, España, Portugal), lleva siglos estructurándose interiormente para romper la barrera oriental que le impide expandirse por el corazón de Europa desde la desintegración del Imperio Carolingio. Su verdadera vocación “nacional” consiste en expandirse... ¡hacia el este!, no hacia el oeste. Los enemigos con los que desea batirse son los austriacos y los prusianos.
Serán los ejércitos napoleónicos los que por fin consigan romper esa barrera, aunque durante un corto espacio de tiempo... ni una generación siquiera. La repetición del sueño de Carlomagno, mil años después, será aún más efímera que la primera. La reflexión acerca del fracaso de ambos intentos, que parecen tener una base estructural, me llevó a escribir el artículo “Los imperios efímeros” y a definir en él el concepto de “imperio eurípeto” (que se expande hacia el interior de Europa) como enfrentado al de “imperio eurífugo” (que lo hace hacia el exterior). Tras el fracaso del proyecto napoleónico ocurrirá algo parecido a lo que pasó tras el del Imperio Carolingio: primero vino un interregno en el que los diferentes poderes europeos de la época intentarán reorganizarse, y después vendrá la ofensiva alemana: el imperio de los otones y el Sacro Imperio Romano Germánico en la Edad Media, el II (Bismarck y sus sucesores) y el III Reich (Hitler y el nazismo) en la Contemporánea.
Tras el fracaso de los intentos violentos de crear un imperio continental europeo, tanto desde el lado francés como desde el alemán, surge el proyecto pacífico, al que hoy llamamos Unión Europea, que se aborda desde una óptica más confederal, más multilateral. Parece que los militaristas han aprendido algo: imponer la unidad por la fuerza, en Europa, no es una buena idea.
En cierto modo, y salvando las correspondientes distancias, la Unión Europea guarda multitud de paralelismos históricos con el Sacro Imperio, son sendos intentos de confederar al mundo “europeo”, vinculando a los pueblos culturalmente germánicos con los culturalmente latinos, tras el fracaso de las opciones más militaristas, aunque dicha iniciativa parta desde los mismos núcleos de poder. Al final lo que termina surgiendo es una entidad burocrática y/o ceremonial que sólo sirve para alargar la agonía del orden social que tienen que defender, para administrar su propia decadencia. Ese orden social será desafiado por las nuevas fuerzas que presionan desde sus límites ecológicos exteriores.
El proyecto europeo contemporáneo que, finalmente, se ha concretado como “Unión Europea” viene siendo teorizado desde el hundimiento del Imperio Napoleónico. De alguna manera ya flotaba en el ambiente en la Europa de Metternich, la de la Santa Alianza. Las viejas fuerzas aristocráticas europeas, vinculadas ideológicamente con los últimos restos materiales del Sacro Imperio, comienzan a reflexionar acerca de la creación de un nuevo modelo político que sea capaz de integrar los dos enfoques antagónicos que han conocido históricamente los proyectos eurípetos; hegemonismo francés versus hegemonismo alemán.
Los defensores del viejo orden europeo trazan una estrategia defensiva ante el avance de las nuevas fuerzas que lo cuestionan, e idean una estructura que debe avanzar hacia la unidad paso a paso, intentando conciliar la multitud de grupos locales y regionales, así como los diversos intereses contrapuestos que hay en Europa.
Cuando los alemanes deciden tomar la iniciativa se encuentran, además, con un problema añadido. Su propia división política interna. Los franceses, al menos, tenían un estado centralizado como base de partida para intentar imponer su proyecto hegemonista. Los alemanes tenían que empezar construyendo el suyo propio, si pretendían después aspirar a liderar el siguiente intento.
Entre 1815 y 1870 se van poniendo en marcha diferentes proyectos unificadores de ámbito regional, que tienen a Alemania y a Italia como sus protagonistas principales. Pero dichos proyectos tienen, también, una vertiente europea, no olvidemos que Mazzini, fundador del movimiento La Joven Italia, que resultó determinante en la aparición de la Italia contemporánea, también fundó, en paralelo, La Joven Europa, un movimiento hermano, de ámbito europeo, que debía avanzar hacia la creación de una Europa unificada, siguiendo el modelo del proceso unificador italiano.
Durante ese tiempo surgen diversos proyectos que aspiran a la unidad de los pueblos europeos y que, sin embargo, compiten entre sí, ya que parten de núcleos de poder rivales. Ya hemos hablado de Mazzini y de los nacionalistas italianos. En paralelo está teniendo lugar, en Alemania, un proceso semejante, que presenta un perfil mucho más imperialista.
Más arriba hablamos de Metternich, el canciller austriaco que lideró la Europa de la Santa Alianza entre 1815 y 1848. Una de las iniciativas que sacó adelante en el Congreso de Viena (1815) fue la creación de la “Confederación Germánica”, la institución que reemplazó a la “Confederación del Rhin” napoleónica (1806-1815), que a su vez había reemplazado al Sacro Imperio. Esta estructura política sólo pretendía, en un principio, reestructurar lo que quedaba del viejo orden centroeuropeo, en una coyuntura histórica explosiva. En ese contexto se creará, en 1834, la Unión Aduanera de Alemania, “un mercado interno unitario para la mayoría de los Estados [alemanes, claro][5]. Como verán, un proceso político que guarda ciertas resonancias con el que condujo, más de un siglo después, a la creación del Mercado Común Europeo.
El problema de la Confederación Germánica es que estaba liderada por dos poderosos estados que eran rivales entre sí: El Imperio Austriaco, al sur, al frente de la Alemania católica, y Prusia, al norte, liderando la Alemania protestante. El desenlace de esta historia es el que puede imaginar: la guerra, en este caso la austro-prusiana o de las “siete semanas” (1866), que fue el tiempo que necesitaron los prusianos de Bismarck para machacar a los austriacos. La Confederación Germánica quedó disuelta y fue sustituida por la Confederación Alemana del Norte, un verdadero estado ya, breve preámbulo de lo que en 1871 se convertiría en Imperio Alemán, cuando incorporan a Baviera, Wurtemberg, Baden y el Gran Ducado de Hesse, más las provincias francesas de Alsacia y Lorena, tras la Guerra franco-prusiana, iniciando el periodo de la historia alemana conocido como Segundo Reich (1871-1918).
 Mientras tanto han estado ocurriendo cosas en otras zonas de Europa que apuntan también hacia la unidad de la Ecúmene, desde otros ángulos y perspectivas. Como vimos en el caso alemán, siempre hay agazapado, detrás de los discursos europeístas, algún proyecto hegemonista.
Tras la revolución de 1848 se proclama, en Francia, la II República, cuyo presidente, Luis Napoleón, era sobrino de Napoleón Bonaparte. El bonapartismo atacaba de nuevo, con una imagen un poco más light. La ficción republicana sólo duró cuatro años; en 1852 el presidente se proclamó “emperador”, con el nombre de Napoleón III
El nuevo Napoleón, como veremos, se enfrentará con el emergente poder alemán, usando la “latinidad” como argumento. Napoleón III respaldará el proceso unificador italiano, dentro de un orden, pues desde el principio dejó claro a los nacionalistas de este país que los Territorios Pontificios, que ocupaban todo el centro de la Península, incluyendo a la misma Roma, eran intocables. Sí los apoyó, en cambio, cuando entraron en guerra contra Austria para recuperar la Lombardía, a cambio de los territorios de Saboya y Niza, hoy franceses.
El mundo hispano, para Napoleón III, era una pieza muy importante dentro de su proyecto estratégico, ya que aspiraba a liderar su legado. En esa línea hay que interpretar su matrimonio con la aristócrata española Eugenia de Montijo, en 1853, un año después de asumir la corona imperial. También la intervención militar del ejército francés en México (aprovechando el estallido de la Guerra de Secesión norteamericana, que se libró entre 1861 y 1865) para respaldar la creación del Segundo Imperio Mexicano (1863-1867), cuyo monarca, Maximiliano de Austria, había sido elegido directamente por el mismo Napoleón III.

“La invasión francesa de México fue un intento de Napoleón III de revivir el Imperio francés, así como de prevenir el crecimiento de los Estados Unidos a través de alguna anexión de territorio mexicano. Fue devastadora para México, ya que sólo ayudó a incrementar el periodo de inestabilidad y agitación durante parte del siglo XIX. Además incrementó la deuda externa y creó una disrupción en la producción agrícola e industrial.”[6]

También hubo un proyecto, que no llegó a concretarse ya que se dio prioridad a la intervención en México, de establecer un protectorado francés sobre la República del Ecuador, en 1859, siguiendo el modelo británico de Canadá.
En 1865 se creará La Unión Monetaria Latinaen un intento por unificar varias divisas europeas en una sola moneda que pudiera ser utilizada en todos los Estados miembros”[7]

“El 23 de diciembre 1865; Francia, Bélgica, Italia y Suiza se incorporan a la unión y se comprometen a cambiar sus divisas nacionales a un estándar de 4,5 gramos de plata o 0,290322 de oro (un ratio de 15,5 a 1) y hacerlas libremente intercambiables. Más tarde se unirían Grecia en 1868, y Rumanía, Austria, Bulgaria, Venezuela, Serbia, Montenegro y San Marino en 1889. En 1904 las Indias Occidentales Danesas también adoptarían ese estándar, pero no se incorporarían formalmente a la UML.”[8]

Debemos recordar que, aunque España no llegó a formar parte de este grupo, una de las primeras medidas que tomó el gobierno provisional, tras la Revolución de “La Gloriosa” (1868), fue adherirse a los acuerdos de la UML y, en consecuencia, se creó una nueva moneda que se ajustaba a sus estándares (la peseta) y se adoptó el Sistema Métrico Decimal.

“El 19 de octubre de 1868, el ministro de Hacienda del Gobierno provisional del general Serrano, Laureano Figuerola, firmó el decreto por el que se implantaba la peseta como unidad monetaria nacional, al mismo tiempo que entraba en vigor oficialmente el sistema métrico decimal en el contexto de la Unión Monetaria Latina.”[9]

Será durante la época del Segundo Imperio Francés (1852-1870) cuando se extienda el término “Latinoamérica”, inventado por el economista francés Michel Chevalier en Cartas sobre América del Norte, un libro que publicó en 1836. Napoleón III lo convertirá en la pieza maestra de su argumentario para legitimar sus proyectos imperialistas. Formó parte de la narración de los hechos históricos diseñada por los ideólogos franceses de la época, a la que se unieron entusiasmados los nacionalistas italianos, por razones obvias (también belgas y suizos en la época de la UML). En los países de Hispanoamérica el término también hizo fortuna porque ayudaba a marcar las distancias con España a dos generaciones de los procesos emancipadores y a establecer lazos con la potencia colonial francesa. También facilitaba la integración de los emigrantes italianos en los países de habla española y portuguesa. 
Los acontecimientos políticos se precipitarán durante los años siguientes, a escala mundial, frenando en seco todas las iniciativas que habían ido surgiendo en la corte de Napoleón III. El fin de la Guerra de Secesión hará que los norteamericanos volvieran de nuevo su mirada a su “patio trasero” y ayudaran a acelerar el trágico fin del Segundo Imperio Mexicano (1867). La inestabilidad política durante el período 1868-1875 impidió que España llegara a ser miembro de pleno derecho de la Unión Monetaria Latina y los prusianos, finalmente, darán el golpe de gracia al Segundo Imperio Francés en 1870 (lo que, por cierto, permitió a los nacionalistas italianos anexionarse los Territorios Pontificios y trasladar su capital a Roma). Tras la batalla de Sedán Europa entra en un nuevo período histórico que ha recibido multitud de denominaciones en función de la faceta en la que decidamos fijarnos (La Era del Imperialismo, la Belle Époque, la Paz Armada...). De la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) Alemania sale convertida en una verdadera potencial mundial y el hegemonismo germano se manifiesta ya sin complejos, lo que elevará la tensión militar por todo el mundo, sentando las bases para las dos guerras mundiales del siglo XX.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Complejo Militar-Industrial

Entre la variedad de áreas culturales que existen en nuestro planeta parece que se van estructurando dos ejes que, paulatinamente, van articulándolas. El más antiguo de ellos, surgido en la Era de los Descubrimientos Geográficos (siglos XV y XVI) es el que podemos llamar “Eje Atlántico” u “Occidental”, que fue liderado al principio por los pueblos ibéricos y hoy lo está por la coalición anglosajona.

Después empezó a formarse un “Eje de la Resistencia” en Asia Oriental frente al primero, que en los últimos siglos ha ido ganando potencia y en estos momentos está pasando a la ofensiva. Dentro de cada uno de ellos hay diversos grupos que rivalizan por el liderazgo dentro del mismo. Pero en lontananza se perfila un enfrentamiento estratégico entre ambos núcleos de poder que tiene por delante un horizonte de despliegue bastante largo.

Entre esos ejes rivales se dibuja ya una línea del frente que pasa por Europa Oriental, Próximo Oriente y África. Y se puede estar formando una segunda en el Océano Pacífico.

En 1972 se publica el libro “Los límites del crecimiento”, que establece las líneas maestras de un nuevo paradigma social que parte de la convicción de que los recursos son limitados y de que hay que frenar el crecimiento demográfico y económico en nuestro planeta. En realidad este libro viene a establecer las bases teóricas de una involución política y social de ámbito planetario que marca un punto de inflexión con respecto a las dinámicas expansivas de la postguerra.

Vimos cómo, en economía, el paradigma keynesiano (claramente expansivo) fue sustituido por el neoliberal (involutivo), como el grifo de la energía se cerró en 1973 (provocando la crisis del petróleo), como cuando algunos gobiernos europeos reaccionaron potenciando la construcción de centrales nucleares (el caso alemán) aparecieron poderosos movimientos contra esto que, sorprendentemente, encontraron un importante eco en la prensa del Sistema (eco que no tuvieron antes de esas fechas ni después, cuando las tecnologías verdes ya estaban maduras), cuando la energía nuclear era la única alternativa viable que podía incrementar masivamente la producción de energía eléctrica a cuatro o cinco años vista, rompiendo así la dependencia con respecto a los combustibles fósiles.

El 17 de enero de 1961, el presidente saliente norteamericano Dwight Eisenhower, que iba a transferir el mando, tres días después, al entrante John F. Kennedy, se dirigió por televisión a la nación americana en su discurso de despedida. En él dijo algunas cosas interesantes:

“En los consejos de gobierno, debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial de un desastroso incremento de poder fuera de lugar existe y persistirá. No debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Sólo una ciudadanía alerta y bien informada puede compeler la combinación adecuada de la gigantesca maquinaria de defensa industrial y militar con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo tal que seguridad y libertad puedan prosperar juntas.”

Es curioso que estas palabras salieran de la boca de un ex-general, el héroe de guerra que había dirigido nada menos que el Desembarco de Normandía. El 22 de noviembre de 1963 (dos años y medio después) su sucesor (John F. Kennedy) sería asesinado. El 6 de junio de 1968 veremos correr esa misma suerte al hermano de éste (Robert F. Kennedy), el candidato a la presidencia de los Estados Unidos mejor situado en las encuestas en ese momento y que pretendía continuar el trabajo que el primer Kennedy había empezado. En esos mismos años veríamos caer bajo las balas asesinas a varios defensores de los derechos civiles (Martin Luther King en 1968, Malcolm X en 1965...).

Vimos también desaparecer de la escena política de manera violenta a Salvador Allende (1973), Gamal Abdel Nasser (1970), y proliferar golpes de estado y guerras civiles por todo el mundo. En 1973 los representantes de los países de la OPEP se reúnen y deciden subir el precio del barril de petróleo: la gasolina súper se vendía entonces en las gasolineras españolas a 11 pesetas el litro. En septiembre de 1979, justo seis años después, a 94, imagínese el impacto tan brutal que estas subidas tuvieron en la economía. Lo curioso es que Estados Unidos, que se suponía que –como país- quedaba en el bando de los consumidores de combustibles fósiles, es decir, en el de los perjudicados por todas estas medidas, no movió un solo dedo para impedir que un comité formado por un puñado de individuos, la mayor parte de ellos “amigos”, como los jefes de estado de Arabia Saudí, Kuwait o el Irán del Sha, desencadenaran la crisis económica más brutal que el mundo había conocido desde 1929. También es curioso que los precios del petróleo empezaran a bajar coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido y un poco antes de que Ronald Reagan hiciera lo propio en Estados Unidos. Es decir, coincidiendo con la llegada al poder en diversos países occidentales de gobiernos que llevaban en sus respectivos programas la implantación de las recetas económicas neoliberales.

Hay una persona que, durante esa coyuntura crucial en la Historia de la Humanidad, estaba moviéndose muy cerca de todos los comités en los que se estuvieron tomando la mayor parte de las decisiones que hemos citado en los últimos párrafos, interactuando con todos los que tuvieron alguna responsabilidad en la implementación de tales medidas: Se trata, nada menos, que del famoso Henry Kissinger, el Metternich de la segunda mitad del siglo XX[1], Secretario de Estado norteamericano entre 1973 y 1977, Consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon entre 1969 y 1975.

Cuando Kissinger se incorporó al gobierno de Richard Nixon (enero de 1969), ya acumulaba un gran bagaje tanto administrativo como político: perteneció a los servicios de inteligencia del ejército americano en Europa desde 1943, fue profesor en la Escuela de Inteligencia del Comando Europeo desde 1946, afiliado al Partido Republicano:

“En 1955, se convierte en Asesor del Consejo Nacional de Seguridad y de la Junta de Coordinación de Operaciones de Seguridad. En 1955 y 1956, fue también Director de Estudio en las Armas Nucleares y la política exterior en el Consejo de Relaciones Exteriores. Publicó su libro de las armas nucleares y la política exterior al año siguiente. De 1956 a 1958 trabajó como director de su Proyecto de Estudios Especiales avalado por la Rockefeller Brothers Fundation. Fue Director del programa de estudios de defensa de Harvard entre 1958 y 1971. También fue Director del seminario internacional de Harvard entre 1951 y 1971. Fuera de la academia, se desempeñó como consultor de varios organismos del Gobierno, incluyendo la Oficina de Investigación de Operaciones, el Control de armas y desarme y el Departamento de Estado y la Corporación RAND, una compañía de desarrollo industrial, tecnológico y armamentístico.”[2]

Es conocida la fuerte vinculación biográfica entre Kissinger y David Rockefeller, personaje fáctico que siempre estuvo detrás de la “brillante” carrera del primero. Como su propio apellido indica, procede de la familia que llegó a monopolizar a finales del siglo XIX y principios del XX la distribución de petróleo por EEUU y los países sometidos a su más directa influencia, a través de la empresa Standard Oil, a la que la Corte Suprema de los Estados Unidos aplicó, en 1911, la Ley Sherman Antitrust (1890), obligándola a desmembrarse en 34 empresas diferentes, entre ellas Jersey Standard, que finalmente se convirtió en la Exxon, la Standard de California (después llamada Chevron) y la Socony, que años después se transformaría en la empresa Mobil, estas eran tres de las “siete hermanas” que han monopolizado históricamente el comercio mundial de hidrocarburos.”[3].


 Henry Kissinger y David Rockefeller en un acto organizado por la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg para Asia.

David Rockefeller, además, fue presidente del Chase Manhattan Bank; fundador, presidente y -después- presidente honorífico de la Comisión Trilateral; presidente y presidente honorífico del Council on Foreign Relations; miembro estadounidense fundador, patrocinador, miembro vitalicio y miembro del comité de dirección del Club Bilderberg; director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York; presidente del Comité Asesor de la Reforma del Sistema Monetario Internacional. Además, fue un conocido “filántropo” que financió multitud de fundaciones, universidades, institutos de investigación, entre los que debemos destacar la Universidad de Chicago (cuna, y no por casualidad, de los “Chicago boys”) o el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y será uno de los fundadores del Club de Roma (1968).

No es casual que Henry Kissinger, el fichaje más brillante de David Rockefeller, estuviera, durante esta crucial coyuntura política, en el vórtice de todos los huracanes y que fuera el pegamento que conectara la Crisis del Petróleo con los golpes de estado en Suramérica, el desarrollo del paradigma neoliberal, de las organizaciones eugenistas de los setenta y el frenazo de la carrera espacial, porque todos estos procesos están vinculados entre sí. 

Encuentro entre Mao Tse Tung y Richard Nixon-Febrero de 1972

En febrero de 1972 el presidente norteamericano Richard Nixon viajó a China y dio un giro brusco a las relaciones políticas entre el Imperio y el Gigante Asiático. La colaboración entre estas dos potencias podemos decir que inició una nueva era en el sistema de relaciones diplomáticas a escala mundial.

Con el primer gobierno de Richard Nixon llega a la Casa Blanca, en 1969, la facción de las clases dominantes norteamericanas a la que Eisenhower denominó “Complejo militar-industrial”. Este  “Complejo” ha controlado todos los gobiernos norteamericanos entre los mandatos de Nixon y de Obama (ambos inclusive).

Las décadas de los 70 y de los 80 fueron las de la gran ofensiva de este grupo y la de implantación de sus diversos paradigmas: El control demográfico de la población (Neomalthusianismo), la Economía de la Escasez (Neoliberalismo), la creación de estados fallidos (Neofeudalismo), que se apoya sobre el terreno en los “señores de la guerra” locales, los contratistas de la Defensa y toda la fauna de fanáticos de cualquier corriente ideológica que sea sensible a la manipulación exterior; también la utilización intensiva de los medios de adoctrinamiento de masas, la involución social...

En los 90 empezamos ya a ver el perfil que presentaba una sociedad sometida a su influencia durante una generación en los propios Estados Unidos, las cárceles norteamericanas llegaron a tener entre rejas a la mayor proporción de ciudadanos de toda su historia hasta ese momento (700 presos por cada 10.000 habitantes) y de todo el mundo de su época, a pesar de tratarse del país hegemónico a escala mundial.

Si hay mucha gente en la cárcel es que hay mucha gente cuestionando el modelo, aunque lo haga de manera no coordinada y dispersa. La gran mayoría de la población ignora ese dato, pero los dirigentes no, que se dan cuenta de que el modelo empieza a resquebrajarse. ¿Y cuál es su reacción? La huida hacia adelante. Y así llegamos a la presidencia de George W. Bush (2001).

La secuencia de acontecimientos a partir de entonces se vuelve vertiginosa: El 20 de enero de 2001 toma posesión. El 9 de septiembre es asesinado el líder de la Alianza del Norte afgana (que llevaba el peso de la resistencia contra el Régimen Talibán) Ahmad Shah Masud. El 11 de septiembre sendas aeronaves se estrellan contra las dos Torres Gemelas del World Trade Center y contra el edificio del Pentágono, Bush inmediatamente encarga a Henry Kissinger la formación de un comité de crisis internacional que diseñe la respuesta. Dos días después se apunta a Bin Laden como el cerebro de la operación actuando desde bases afganas, y el 7 de octubre ¡¡26 días después de los atentados!! el ejército norteamericano comienza la invasión de Afganistán, coordinándose desde entonces con la citada Alianza del Norte cuyo líder, como dijimos más arriba, había sido asesinado 28 días antes.

Animados por lo bien que les había salido la campaña afgana decidieron apostar más fuerte y el 20 de marzo de 2003 (17 meses y medio después) invadían Irak, pero a partir de entonces el frente comienza a resquebrajarse. La invasión de Afganistán se hizo un mes después del 11S y la brutalidad de los atentados había inducido en la opinión pública mundial una especie de anestesia total que produjo un respaldo generalizado y acrítico a los movimientos de los halcones. Pero año y medio después se había recuperado una parte significativa de la capacidad de pensamiento que se le presume a la especie humana. Entre sus mismos aliados empiezan a levantarse importantes voces críticas, de entre las que cabe destacar la del presidente francés Jacques Chirac, su ministro de exteriores Dominique de Villepin y el canciller alemán Helmut Kohl, tres pesos demasiado pesados como para poder ignorarlos. Los aliados del Imperio ya no estaban dispuestos a validar cualquier barbaridad que se les ocurriera al grupo de aventureros que se habían instalado en la Casa Blanca. Y el eje Pekín-Moscú-Teherán empezaba a ganar consistencia como alternativa al modelo neofeudal que el Complejo estaba patrocinando por toda la línea del frente que citamos al principio. La no aparición de las “armas-de-destrucción-masiva” iraquíes es muy significativa, pero no porque esto demostrara que Saddam Hussein no era tan malo como lo pintaban o porque los norteamericanos se hubieran pasado claramente de rosca en la campaña iraquí (como pensaba cada vez más gente) sino porque no encontraron cómplices de suficiente entidad como para validar su mentira, lo que revela que su modelo estaba siendo cada vez más cuestionado dentro de sus propias filas, aunque se les respaldara de manera formal, ya que había demasiados intereses compartidos que defender. Desde la II Guerra de Irak (2003) el Complejo está cada vez más tocado y comienzan a producirse movimientos entre los grupos dirigentes mundiales para preparar el día después de su hundimiento; para preparar el relevo.

En esa crítica coyuntura se diseña la “Operación Gatopardo” (“Hay que cambiarlo todo para que no cambie nada”, como dijo Lampedusa a través de esta obra literaria), que descansa sobre el tándem Barack Obama-Hillary Clinton. La idea es la siguiente: Los halcones republicanos han fracasado, se impone volver a la moderación con los demócratas. Pero hay, además, que montar una operación de marketing poderosa que cree la sensación entre la población de que se está produciendo una verdadera ruptura con el pasado y, para ello, se opta por romper con una serie de tabúes sacrosantos de la tradición política norteamericana. En la campaña por las primarias del Partido Demócrata de 2008 se van cayendo los candidatos menores y los dos finalistas resultan ser un afroamericano y una mujer. Cualquiera de los dos representaba una ruptura simbólica formal con la regla no escrita de que el Presidente tenía que ser varón, blanco, anglosajón y protestante. Se trataba de jugar con las apariencias para que lo fundamental no variara.

Los años de Obama (2009-2017) son los del ocaso y ruptura de esta facción, cada vez más contestada en todas partes, y la del fortalecimiento de sus competidores estratégicos. El viejo “Complejo militar-industrial” se rompió en dos bloques, a los que llamaremos “A” -o principal- (el defendido en la campaña electoral de 2016 por Hillary Clinton) y “B” -o alternativo- (el de Donald Trump). La victoria de éste en las elecciones y la visualización del encarnizado enfrentamiento entre ambas facciones evidenciaron que, pese a que compartían bastantes elementos del bagaje común heredado, había también importantes líneas de ruptura de carácter estratégico. Pertenecían a dos razas de halcones diferentes, aunque igual de depredadoras.

La presidencia de Donald Trump ha sido la del Bloque B, que intenta salvar, recurriendo a los patrones más atávicos de la cultura norteamericana, los elementos esenciales de la América WASP (acrónimo de Blanco –White-, Anglosajón –Anglo-Saxon- y Protestante –Protestant-). La sociedad norteamericana, empezando por sus propias élites, se está rompiendo. La huida hacia adelante que ha protagonizado desde los años 60 la ha conducido hasta un callejón sin salida, y los movimientos que se están produciendo en su seno apuntan, como dije hace tiempo[4], hacia una desintegración política. Cada vez es más evidente el declive económico del Imperio en términos relativos, ante el avance inexorable de nuevas fuerzas emergentes a nivel mundial. Pero aún conserva la supremacía militar, y está dispuesto a morir matando. Como la historia nos ha enseñado, no hay nada más peligroso que una potencia militar en declive.


[1] Es curioso como el propio Henry Kissinger tiene cierta consciencia de ese paralelismo, que podemos leer entre líneas en su obra “Diplomacia” (Ediciones B, S.A., Barcelona, 1998). También hace comparaciones implícitas con otros estadistas de la Europa moderna y contemporánea  como Richeliu o Bismarck.