sábado, 1 de junio de 2024

Breve resumen de quinientos años de historia

 



A finales del siglo XV se encuentran en las tierras del continente que hoy llamamos América los pueblos del Antiguo y del Nuevo Mundo y esa conexión intercontinental cambió para siempre la Historia de la Humanidad. Si resumimos ese primer contacto con la frase “Colón descubrió América” estamos introduciendo en la narración un sesgo personalista y aleatorio que hace pensar al que la escucha que la cosa podría haber sucedido de cualquier otra manera y convierte ese hecho histórico capital en la ocurrencia de un individuo marginal, lo que oculta un proceso histórico que llevaba siglos desplegándose y que poseía una inercia poderosísima.

Ya hablamos en el artículo anterior de la extraordinaria solidez y de la irreversibilidad de las transformaciones sociales que habían tenido lugar en la Península Ibérica durante los mil años que precedieron a ese momento concreto y que los tres grandes estados cristianos bajomedievales ibéricos (Aragón, Castilla y Portugal) crearon de manera simultánea tres grandes marinas durante los siglos XIII, XIV y XV con la intención manifiesta de continuar su expansión militar, política y demográfica sobre las tierras de “allende”, que era como llamaban en Castilla al proyecto de conquista de las tierras del Magreb. Llevaban siglos peleando contra los musulmanes en la Península y el futuro inmediato que preveían los habitantes del País de la resistencia era continuar esa lucha en la otra orilla del mar. Pero, por el camino, ese proyecto fue desviado por los vientos atlánticos.

En efecto, cuando los ibéricos se hicieron a la mar empezaron a encontrarse en ella con fértiles archipiélagos bien regados, la mayoría de ellos deshabitados (Azores, Madeira, Canarias, Cabo Verde), que estaban listos para ser colonizados (o conquistados, como sucedió con las islas canarias) y que fueron integrados rápidamente en sus respectivas estructuras políticas sin demasiados problemas. Fue un regalo inesperado.

 

El “8” atlántico

Y en ese proceso expansivo se enfrentaron con un gran problema que dificultaba seriamente la navegación: el extraño comportamiento de los vientos atlánticos, en un océano inmenso en el que no era posible más que la navegación a vela.

“En la era de la navegación a vela, en las inmensidades del océano no se puede navegar por cualquier ruta. A lo largo del siglo XV los marinos ibéricos fueron arrancándole poco a poco sus secretos al mar. Los secretos del mar son los caminos que los vientos han trazado sobre su superficie: El famoso “8” atlántico. El centro de ese “8”, donde las dos líneas se cruzan, es justo el punto donde África y América están más cerca, en la línea del ecuador. De tal manera que la única forma de navegar por el Atlántico, sin perecer en el intento, es dirigirse hacia el sur, desde las latitudes templadas europeas, hasta alcanzar, como mínimo, el Trópico de Cáncer. Por las latitudes tropicales hay que virar hacia el oeste para adentrarse profundamente en el océano. Sólo en esas profundidades atlánticas se pueden encontrar vientos que permitan virar tanto hacia el norte como hacia el sur. En el primer caso hay que esperar a alcanzar las latitudes de la Península Ibérica para poder girar hacia el este y así poder volver a casa. Si se escogió la ruta meridional también hay que llegar a las latitudes templadas, en este caso del sur de África, para poder hacer lo propio y, una vez alcanzadas las costas de Sudáfrica o de Namibia, se puede virar hacia el norte para tornar a las latitudes tropicales. Ese es el secreto del Atlántico. Pero no fue fácil descubrirlo. Por el camino se quedaron muchas tripulaciones. Conseguir que los marinos comprendieran que, si querían volver a casa, tenían que adentrarse profundamente en el mar y perder todas las referencias terrestres no fue nada fácil, como podrá imaginar. Pero una vez interiorizado esto el descubrimiento de América era, tan sólo, cuestión de tiempo.”[1]

El “Descubrimiento de América” no fue la “ocurrencia” de ningún chalado. El único sentido que tiene presentar el hecho de esta manera es el de ocultar la inexorabilidad de ese proceso histórico, hacer creer al lector o al oyente que las cosas podían haber ocurrido de otra manera, es decir, que a los españoles les tocó la lotería y que el asunto no tenía nada que ver con el proceso histórico en el que llevaban mil años embarcados. Durante el siglo anterior a ese momento tanto portugueses como castellanos se fueron adentrando en el Atlántico, perdiendo tripulaciones, sufriendo multitud de bajas humanas que, no obstante, sirvieron para arrancarle a éste sus secretos. Los marinos aprendieron a dominar sus propios miedos y a interiorizar el hecho de que si querías volver vivo a casa tenías que adentrarte mucho en el mar y perder todas las referencias terrestres… durante semanas… en las que sólo la brújula y las estrellas te podían orientar acerca del punto exacto de La Tierra en el que te encontrabas. Y en ese proceso ambos pueblos descubrieron “La autopista de los alisios”, un túnel de viento que te empuja hacia el oeste entre los dos trópicos: Un agujero de gusano hacia lo desconocido. Hacía falta mucho valor, desde luego, pero sabían cómo hacerlo y, sobre todo… cómo volver.

Tanto los castellanos como -sobre todo- los portugueses manejaron esa información con discreción y con cuidado. Les había costado muchas vidas obtenerla, no se la iban a regalar a ningún forastero que estuviera de gira por aquí. Ese es el hecho que justifica la presencia de un señor llamado Cristóbal Colón, de origen incierto, durante años, en Portugal. Igual que los portugueses y los castellanos fueron arrancándole el mar poco a poco sus secretos, Colón hizo lo propio con los portugueses.

Como dije hace tiempo, ambos pueblos dominaban cada una de las dos puertas que abrían la ruta de los alisios y que se llaman Canarias y Madeira. Ambos sabían que había tierras al oeste, porque la Corriente del Golfo viene de allí, y arrastra restos vegetales flotantes que las tripulaciones recogían frecuentemente. El único problema era averiguar a qué distancia estaba, porque necesitabas muchas provisiones para mantenerte en el mar durante meses en un tiempo en el que no había frigoríficos. Por eso las diferentes tripulaciones en cada viaje de exploración se atrevían a ir un poco más lejos. De manera lenta, ordenada, sistemática… y en secreto. La pregunta era: Cuando esa tierra se descubra ¿Cómo y a quién se la cuentan para que al final no se adueñen de ese esfuerzo personas ajenas a los auténticos protagonistas de ese proceso?

Y entonces, un día, un marino que decía ser genovés pero que venía de Portugal, llamó a la puerta del Monasterio de la Rábida, que estaba en un pueblo llamado Palos de la Frontera, donde tenían su base los más importantes armadores del suroeste castellano, los más avezados, los que mejor conocían en ese reino las rutas que llevaban hasta las Canarias y más allá. ¿Por qué esta persona dejaba Portugal y se dirigía a Castilla para proponerle a su reina un proyecto tan “descabellado”? ¿Por qué decidió que lo primero que tenía que hacer en Castilla era dirigirse al cuartel general de la marina mercante del país? La vida de Colón está llena de secretos, pero hay que verla dentro del contexto histórico en el que vivió. Contó lo que le convenía para ganar una carrera en la que había otros competidores y una sola meta.

 

Los castellanos pisan tierra americana

Pero en el mismo momento en el que los castellanos pisaron tierra americana la Historia de la Humanidad dio un giro brusco que la cambió para siempre. Poner en contacto dos mundos que llevaban milenios ignorándose mutuamente era desencadenar un poderoso proceso histórico que nos tenía que transmutar a todos necesariamente. Pero hemos de subrayar que los pueblos ibéricos eran, a finales del siglo XV, la vanguardia militar de los pueblos europeos, que estaban saliendo… ¡victoriosos! de un milenio de guerras en las que habían estado a punto de desaparecer y que los habían transmutado interiormente de manera profunda. Y, dentro del contexto de los pueblos ibéricos del Renacimiento, Castilla era el más poderoso de todos, ya que en ella vivían las dos terceras partes de los habitantes de la Península.

“La transversalidad americana produjo un cortocircuito planetario que terminó poniendo en contacto a los hombres que vivían en todas las áreas culturales de la Tierra, no sólo las americanas, porque los españoles y los portugueses, una vez que se hicieron a la mar, terminaron alcanzando los confines de los grandes océanos que bañan los continentes de nuestro mundo. Los musulmanes serán rodeados por el sur y se encontrarán con los portugueses en el Océano Índico. En la India e Indonesia aparecerán colonias portuguesas que conectarán Europa con el Extremo Oriente. Españoles y portugueses se encontrarán, todavía más hacia el este, en los mares que rodean China y Japón, los primeros llegaban hasta allí navegando por el Pacífico, en el famoso “Galeón de Manila”, los segundos por la ruta del Índico ya citada.”[2]

La conexión que los españoles establecieron en ese momento con los pueblos del Nuevo Mundo produjo una descarga de energía que transformó el mundo ya para siempre. Los castellanos, desde el primer contacto con los pueblos americanos, estaban buscando imperios para batirse con ellos y, aunque tardaron casi 30 años en encontrar el primero, lo terminaron haciendo. Los depurados guerreros del Renacimiento, que llevaban un milenio combatiendo a enemigos implacables, cuando se encuentran con los aztecas y con los incas los laminan militarmente porque vienen de un mundo mucho más duro, más competitivo y más desarrollado tecnológicamente que el que se encuentran.

Y terminó ocurriendo lo único que podía pasar, que durante 300 años un pueblo de seis o siete millones de habitantes, que llevaba un milenio creciendo desde el punto de vista demográfico, pero con la lentitud propia de las sociedades medievales europeas, se proyectó sobre un continente de 40 millones de kilómetros cuadrados donde podía colocar sus excedentes de población durante siglos y en el que, además, podía construir un imperio porque su desarrollo previo le permitía ofrecer a los nativos un salto tecnológico que transformaría su propia vida.

 

Repercusiones europeas del Descubrimiento

Dijimos que los pueblos ibéricos eran la vanguardia militar de los europeos. Cuando comienza la expansión de aquellos por América, África y Asia abren nuevos caminos, por todo el planeta, que nos conectan de manera global, independientemente del nivel de desarrollo tecnológico que cada cual tuviera previamente, lo que daba una indudable ventaja a los que iban por delante en esa carrera milenaria. Surgen nuevas rutas comerciales que traen hasta Europa multitud de nuevos productos, muchos de ellos desconocidos aquí (cacao, patata, tabaco…) y se descubren nuevos yacimientos mineros en zonas que habían permanecido vírgenes hasta ese momento, lo que dará lugar a un salto, tanto cuantitativo como cualitativo, en el volumen y en la variedad de las transacciones económicas, lo que desata una carrera comercial, tecnológica, política y militar en todo el occidente europeo que consolidará a las cinco primeras naciones del mundo moderno (España, Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda). La vastedad de los descubrimientos ibéricos era muy superior a la capacidad de los mismos para monopolizar ese proceso. Aunque obviamente lo intentaron… y lo consiguieron durante más de un siglo.

 

La política europea en la Alta Edad Moderna

Pero desde 1517 reinaba en España una dinastía de origen alemán –los Habsburgo-, que unió políticamente los destinos de ambos espacios geográficos y del agregado inconexo de territorios que los flamenco-borgoñones habían controlado durante el siglo XV en el oriente francés y que vengo llamando desde hace tiempo “La Camisa de fuerza francesa”. Así que, mientras los españoles de ultramar estaban conquistando el Imperio Azteca y la nao Victoria daba la primera vuelta al mundo de la Historia de la Humanidad, los peninsulares se ponían a las órdenes de unos aristócratas alemanes que estaban envueltos en multitud de conflictos europeos y de esta manera la vanguardia militar de los pueblos del Occidente Cristiano medieval se dio la vuelta y aterrizó en los escenarios continentales, lo que alteró de manera radical todos los equilibrios políticos de la víspera y, de camino, metió a dichos pueblos en la nueva dinámica planetaria en la que los españoles estaban envueltos.

Los pueblos ibéricos dentro del contexto europeo eran periféricos, pero a nivel mundial eran centrales. Cuando ambos roles se interconectaron esa mezcla transformó ambos espacios de manera inevitable e irreversible y los convirtió en una bisagra intercontinental que europeizó los descubrimientos ibéricos y dio trascendencia global a los conflictos europeos, abriendo frentes secundarios de éstos en las tierras de ultramar que llevaron a las mismas nuevas poblaciones de origen inglés, francés y holandés y que sentaron las bases de los imperios ultramarinos europeos de la segunda generación.

 

Tres imperios simultáneos compitiendo

El rol que desempeñaron los españoles en Europa durante los casi doscientos años que reinaron en ella los Habsburgo fue el de gendarmes europeos. Desde el conjunto de territorios que controlaban en el oriente francés, desde Milán hasta Bélgica, los tercios españoles estuvieron acosando a Francia durante todo ese tiempo y protegiendo a Alemania de posibles incursiones militares que tuvieran ese origen. Y mientras tanto los turcos se expandían por el Mediterráneo desde su extremo más oriental y chocaban con los españoles en el centro del mismo, desatando en él el largo Duelo Mediterráneo[3] del que hablé hace ya bastante tiempo.

El Imperio español a lo largo de la Edad Moderna era, en realidad, tres imperios, con lógicas políticas diferentes y contradictorias que competían entre sí por los recursos disponibles: el Ultramarino, el Mediterráneo y la Camisa de Fuerza francesa. Esta última es la que terminó absorbiendo la mayor parte de los recursos humanos, económicos y militares disponibles en el mismo, pues la intensidad de los conflictos europeos no dejó de incrementarse desde 1517 hasta culminar en la mayor guerra que los europeos habían conocido nunca hasta ese momento: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que marcó el punto de inflexión que produjo el relevo de España por Francia en el liderazgo europeo y, como consecuencia, el comienzo del declive del Imperio español.

Así pues el imperio continental europeo fue la causa primaria de la liquidación de los otros dos. Y todavía seguimos considerando a Carlos I, que fue el que diseñó esa estrategia, como el rey más grande de nuestra historia.

No fue una buena idea, visto ese proceso desde el lado español, unir políticamente la herencia de los Reyes Católicos con la de los Habsburgo alemanes. Era una alianza que tenía fecha de caducidad y presentaba unos costes que la volvían insostenible a largo plazo. Ese modelo político quebró en la Guerra de los Treinta Años, y el resultado final de esa quiebra fue la entrega de esos tres imperios a la Casa de Borbón, es decir a la dinastía que gobernaba en el país que era, en ese momento histórico, nuestro peor enemigo. “Doscientos años peleando contra Francia para acabar coronando al nieto de Luis XIV.”[4]

 

El sistema del equilibrio europeo

España vivió en guerra 50 años seguidos (1618-1668), periodo en el que se solaparon la Guerra de los treinta años ya citada con la franco-española (1635-1659) y la de Restauración portuguesa (1640-1668), dos prolongaciones de la primera que se libraron ya en suelo peninsular. La Paz de Westfalia (1648), que puso fin al duelo europeo, suele considerarse como el reconocimiento oficial por parte de España del liderazgo francés en los escenarios continentales, algo que ya era evidente para todos a partir de 1640, cuando se producen los levantamientos de portugueses y catalanes contra la corona española, lo que permitió a ingleses y franceses respectivamente abrir los frentes de guerra ibéricos. Si cuando te va bien tus ejércitos combaten en países ajenos, cuando caes derrotado terminan peleando en el propio, hay cientos de ejemplos históricos de esto, varios de ellos ya en el siglo XX.

Tras la derrota española en el conjunto de guerras que hemos citado cambia toda la correlación de fuerzas política en Europa. El periodo 1517-1618, que abarca desde la coronación como rey de España del primer Habsburgo -Carlos I- hasta el estallido de la Guerra de los 30 años es la época del Hegemonismo español, dado que durante ese siglo España era, de manera indiscutida, la primera potencia tanto del mundo como de Europa. Desde que se firma la Paz de Westfalia aunque seguía siendo aún la primera potencia ultramarina del planeta –posición que mantendrá hasta 1808- pierde, sin embargo, esa hegemonía en Europa y el nuevo escenario político que se abre en este espacio se conoce como el Sistema del Equilibrio Europeo, una cambiante combinación de alianzas entre las grandes potencias europeas (Austria, Prusia, Gran Bretaña, Francia y España), cuyo principal objetivo era evitar la hegemonía de alguna de ellas.

 

Cambio de rumbo

En 1701 es coronado como rey de España el primer Borbón -Felipe V- y este hecho cambió de manera definitiva toda la correlación de fuerzas en el continente. El mero hecho de que la misma dinastía gobernara en dos de los tres países más poderosos de Europa provocaba escalofríos en el resto. Era el comienzo de un nuevo hegemonismo surgido de la alianza dinástica que acababa de producirse y que amenazaba incluso con empeorar más, ya que Felipe de Anjou no sólo era ahora el flamante y recién coronado rey de España sino que seguía siendo todavía el heredero natural de Luis XIV para el trono francés. Si la sucesión en Francia llegara a producirse en el inmediato futuro la alianza se convertiría en la unión de dos estados que eran, además, dos imperios extra europeos (de ámbito mundial en el caso español). Era lógico que se encendieran todas las alarmas y que el resto de países se coaligara contra los borbones en la que se conoce como Guerra de Sucesión Española (1701-1713).

La base fundamental de los Tratados de Utrecht y Rastatt (1712-1715), que pondrían fin a ese conflicto son el compromiso de que ninguna persona en el futuro podría ser simultáneamente rey de España y de Francia, aunque tuviera legitimidad para ello y, en segundo lugar, la pérdida de todas las posesiones extra peninsulares españolas en Europa, que pasaron en su gran mayoría a la soberanía austriaca. Un detalle significativo de los mismos fue la anexión, por parte británica, de dos posiciones estratégicas en el Mediterráneo: Gibraltar y Menorca, que le permitía observar de cerca las posibles intervenciones de sus dos rivales en él y le abría la ruta marítima hacia Egipto, con la clara intención de crear un atajo que uniera en el futuro a la metrópoli con la colonia de la India, la futura joya de la corona en el Océano Indico.

España perdía así dos de los tres imperios que lideraba. Pero aún le quedaba el más vasto de ellos: el Ultramarino. Si hubiera jugado esa carta con inteligencia podría haberse convertido en la gran potencia marítima de la Edad Contemporánea. Pero ese papel lo terminó desempeñando Inglaterra, dado que la nueva dinastía decidió convertirlo en una fuerza auxiliar del francés. El modelo político que los déspotas ilustrados diseñaron para nuestro país era subordinado y galocéntrico.

Se estaba empezando a dibujar, de facto, un reparto de zonas de influencia a nivel planetario entre Francia e Inglaterra que partía del supuesto implícito de la absorción paulatina de los dominios españoles por parte francesa. Era obvio que los ingleses no creían que la separación formal de las dos coronas establecida en los tratados de Utrecht durara mucho tiempo, lo que les obligaba a actuar en las zonas del mundo que habían estado vetadas hasta entonces para los españoles como consecuencia del Tratado de Tordesillas en 1494 con los portugueses, es decir, el Atlántico Oriental, Océano Índico y sureste asiático, las zonas tradicionales de influencia portuguesas y holandesas, dejando a Francia las españolas. Y una vez que los austriacos reemplazaron a los españoles en el Mediterráneo central, el desarrollo lógico de los procesos históricos apuntaba hacia una creciente influencia británica en el Mediterráneo, con el apoyo del que se había convertido en su gran aliado, de facto, en esta zona, el Imperio Austriaco. Era la única manera de parar en esta área a la alianza galocéntrica. Recordemos que España intentó recuperar sus antiguos dominios del sur de Italia durante la siguiente generación:

“En el Mediterráneo [los españoles] pasan al ataque ya en 1717, reconquistando Cerdeña, y en 1718 Sicilia. Las devuelven poco después tras un acuerdo internacional, pero en 1734 retornarán, creando el estado satélite de las Dos Sicilias, que se mantendrá en la órbita española hasta los tiempos de Napoleón Bonaparte.”[5]

En 1756 los franceses conquistan Menorca, que vuelve a manos británicas en 1763. En 1782 son los españoles los que la recuperan, retornando a manos inglesas en 1798 y españolas de nuevo en 1802. Pero, tras la derrota de las fuerzas napoleónicas en Europa los británicos conquistan, en 1814, el archipiélago de Malta, que compensa con creces la pérdida de Menorca, ya que la situación de estas islas es mucho más importante dentro de su estrategia de abrirse paso hacia oriente que la de Menorca.

Vemos por tanto como el Mediterráneo se estaba convirtiendo en una zona caliente en el nuevo equilibrio de fuerzas planetario que se estaba construyendo en ese momento para sustituir al que los pueblos ibéricos habían creado en el siglo XVI y que había estado vigente hasta entonces.

 

La Guerra de la Independencia y sus consecuencias

El desenlace final de este proceso de subordinación estratégica del Imperio español con respecto a Francia tuvo lugar en 1808. Napoleón Bonaparte consideró entonces que el proceso de transferencia hacia la corona francesa tanto del territorio español como de sus posesiones ultramarinas debía completarse a la mayor brevedad posible, dado que el resto de países europeos estaban en ese momento demasiado ocupados como para poderlo impedir. Craso error, como el desarrollo de los acontecimientos históricos no tardó en demostrar. Desde el corazón de Europa la visión que se tiene del resto del mundo es demasiado simple como para poder entender la extraordinaria profundidad estratégica que poseen los espacios geográficos de su periferia (Rusia, España, Hispanoamérica…); las derrotas militares sufridas por los austriacos y los prusianos en el continente cegaron al autócrata, confundiendo el poder real con el nominal. En el desarrollo de una guerra no sólo hay que tener en cuenta el número de soldados y las armas que éstos disponen. También son determinantes los factores geográficos, culturales, la voluntad de resistir de las poblaciones de los países ocupados…

El proyecto galocéntrico que pretendía, en última instancia, liderar la mitad occidental del planeta desde París quebró en las guerras napoleónicas. Napoleón Bonaparte fue el que mató a la gallina de los huevos de oro. Como de costumbre la mató el cortoplacismo y el exceso de ambición. El mundo es mucho más vasto y complejo de lo que los grandes dirigentes son capaces de imaginar.

Y si las ambiciones imperiales francesas se frustraron, las de sus escuderos españoles se hundieron ya de manera definitiva. Un imperio que no tiene un proyecto político propio no puede sostenerse en el tiempo. La desintegración del Imperio Ultramarino español creó un vacío político que sólo los británicos estaban en condiciones de rentabilizar de forma inmediata, pero que excitó también la codicia norteamericana. El nuevo estado aún no tenía músculo suficiente para hacer valer sus intereses a nivel hemisférico, pero la situación que se acababa de crear le abría un camino que le conduciría a definir la Doctrina Monroe y su consecuencia: la construcción de lo que terminarían llamando “el patio trasero”.

 

La reinvención de España

La nueva España que surgió tras las guerras napoleónicas había perdido ya, definitivamente, su estatus de gran potencia. Sólo era un pequeño país de la periferia europea con muchos asuntos pendientes que resolver a nivel interno, así que tuvo que reinventarse a sí misma. Pasar de ser la metrópoli de un imperio planetario a un modesto y relativamente aislado estado que llevaba ya más de un siglo sometido a la influencia ideológica francesa no fue nada fácil, como podemos imaginar. El siglo XIX español fue una época de conflictos internos, de ajustes de cuentas entre las diversas facciones enfrentadas del poder. La lucha entre absolutistas y liberales (conocidos respectivamente como carlistas e isabelinos) no sólo puso sobre la mesa el conflicto histórico entre partidarios y adversarios del Antiguo Régimen, sino que poco a poco fue haciendo aflorar uno más profundo, de carácter estructural, que los borbones habían estado incubando desde 1701 entre centralistas y descentralizadores.

Al reivindicar la vigencia de los viejos fueros los carlistas pretendían dar marcha atrás, de alguna manera, y volver a la España de los austrias. No era un objetivo dinástico de la Casa de Borbón (de hecho llevaban más de un siglo oponiéndose a ellos) sino una reivindicación muy sentida por una parte importante de las oligarquías locales por todo el país. Era la España profunda levantándose contra la uniformidad jurídica y contra el estado centralizado y radial de los déspotas ilustrados y de sus herederos políticos del siglo XIX: los jacobinos.

La influencia ideológica francesa continuó hasta bien entrado el siglo XX, en su versión jacobina. El estado radial de los déspotas ilustrados no sólo se mantuvo, sino que se siguió profundizando en él y la división provincial creada en 1833 era una traslación a nuestro país de las prefecturas francesas que buscaba matar las identidades de los viejos reinos medievales. Ese modelo será cada vez más contestado por todo el país; al principio desde la derecha (por los carlistas), pero más adelante también desde la izquierda (por los federalistas que irrumpen con fuerza en la revolución de La Gloriosa de 1868). Ambas estrategias políticas seguirán evolucionando y terminarán dando lugar a las diversas fuerzas políticas nacionalistas que vieron la luz en el siglo XX.

El estado jacobino decimonónico no sólo era centralista, también era oligárquico. Aunque los absolutistas ya no estaban en el poder y la España isabelina, la de la Gloriosa y la de la Restauración era un estado parlamentario, el sistema de elección fue censitario hasta 1890 y, sobre todo, estaba tan manipulado que, de facto, se hallaba férreamente controlado desde unas estructuras de poder que sólo representaban a unas élites reducidísimas.

 

El régimen de la Restauración

Para que veamos hasta qué punto llegó esta manipulación de los procesos electorales basta mostrar el gráfico de los resultados de las elecciones parlamentarias del periodo de la Restauración (1875-1923):


Y su traslación numérica, que vemos en la siguiente tabla:


Como el lector podrá deducir son resultados imposibles en un sistema político sano. 21 elecciones en 48 años (dos años, tres meses y doce días de media por gobierno) y una alternancia casi absoluta (sólo se repitieron gobiernos del mismo color político dos veces (en el periodo 1876-1881 y en el 1919-1923). ¿Cómo se puede explicar, por ejemplo, que los liberales sacaran en las elecciones de 1881 297 escaños, en las siguientes (1884) 67 y las posteriores (1886) 288, mientras se alternaban con unos conservadores que sacaron 318 en 1884, 67 en 1886 y 262 en 1891? ¿Hacia dónde apuntan las posibles explicaciones de este curioso fenómeno?

El asunto es más sangrante todavía si tenemos en cuenta que durante 90 años (durante el periodo 1833-1923) las elecciones fueron ganadas… ¡Siempre! por el partido que las organizó.

Y de esta extraña afirmación se deriva automáticamente la siguiente pregunta: Si el que convoca las elecciones siempre las gana ¿Cómo es posible la alternancia política? No parece tener ningún sentido ¿verdad?

Pues bien, la respuesta es muy sencilla y pone de manifiesto un mecanismo perverso que el Sistema mantuvo todo ese tiempo y que garantizaba que el resultado electoral siempre fuera el que los que dirigían el proceso querían. Cada uno de los presidentes de gobierno que hubo en España durante todo ese periodo fue cesado por el rey o el regente (con la excepción de los que hubo durante la Primera República, desde febrero de 1873 hasta enero de 1874), que nombraba después a alguno de los líderes de la oposición (no necesariamente al que la dirigía en ese momento), éste cesaba a todos los gobernadores civiles y nombraba a los propios para disolver, a continuación, el Parlamento y convocar nuevas elecciones que, invariablemente, ganaba. Cada uno de los nuevos gobernadores recién nombrados recibía instrucciones específicas en las que se le orientaba sobre el sentido del voto que se esperaba en su circunscripción; sentido que, con bastante frecuencia, se había pactado previamente con el líder del principal partido de la nueva oposición. Tanto los dirigentes locales del Partido Liberal como del Conservador sabían, en cada una de las elecciones convocadas, el resultado aproximado que tendrían, antes de hacerse el recuento, lo que convertía el proceso completo en un auténtico ejercicio de ficción política. Ese fue el sistema que sustituyó a la monarquía absoluta en España. Un sistema que no era demasiado diferente del de la carta otorgada que se implantó en Francia en 1814. Como vemos, los jacobinos españoles siempre estaban mirando a Francia. La Constitución española de 1876 (la de la Restauración) comienza con el siguiente texto:

“Don Alfonso XII, por la gracia de Dios Rey constitucional de España. A todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: que en unión y de acuerdo con las Cortes del Reino actualmente reunidas, hemos venido en decretar y sancionar la siguiente CONSTITUCION DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA.”[6]

“Constitución de la Monarquía Española”, toda una declaración de intenciones. Se están rescatando conceptos (rey “por la gracia de Dios”, Constitución “de la Monarquía”) que tienen un evidente sesgo absolutista. La soberanía ya no pertenecía a la “nación española”, como establecía la Constitución de 1869 (la de La Gloriosa), sino al rey que, graciablemente, comparte con las “Cortes del Reino”.

Era evidente la existencia de un divorcio profundo entre la España real y la oficial, que adquirió tintes cada vez más dramáticos a partir de la crisis política de 1898, que fueron alimentados de manera insensata por Alfonso XIII desde que fue coronado como rey en 1902.

Durante el periodo 1902-1923 el régimen de la Restauración entra en un estado de abierta descomposición política, que presenta una serie de hitos que son la manifestación pública de la misma: sucesos del ¡Cu-Cut! (1905), Ley de Jurisdicciones (1906), atentado contra Alfonso XIII el día de su casamiento, en 1906 (con 25 muertos y más de 100 heridos), el arrollador triunfo en Cataluña de Solidaridad Catalana en las elecciones generales de 1907 (41 diputados sobre los 44 posibles), emboscada del Barranco del Lobo en Marruecos, Semana Trágica de Barcelona y caso Ferrer Guardia (los tres en 1909), asesinato del Presidente de gobierno José Canalejas (1912), aparición de la Mancomunidad de Cataluña (1914), de las Juntas de Defensa (1917), conquista sindical de la jornada laboral de ocho horas (1919) tras una oleada de huelgas que duró meses, asesinato del presidente Eduardo Dato (1921), Desastre de Annual (1921) con 11.500 muertos, Expediente Picasso (1922) y, finalmente, el golpe de estado de Miguel Primo de Rivera, con el respaldo del rey, en 1923.

 

La dictadura de Primo de Rivera

Debemos recordar que en 1922 tuvo lugar en Italia la Marcha sobre Roma, organizada por Benito Mussolini, el máximo dirigente del Partido Fascista italiano, que abrió la época de los regímenes fascistas europeos y del Estado Corporativo. Si bien la llegada al poder de Primo de Rivera se ajusta al clásico patrón de los golpes de estado militares presenta, sin embargo, una serie de especificidades que lo vinculan al modelo fascista italiano contemporáneo suyo. Como aquél contó con el respaldo del monarca, convirtiendo al nuevo régimen en una dictadura coronada, que encamina el modelo político en la dirección de crear el Estado Corporativo. El estado liberal conservador de los jacobinos españoles del siglo XIX estaba ya muerto y enterrado, y el nuevo proceso político que se abría se adentraba en las peligrosas aguas de las dictaduras europeas del periodo de entreguerras, unos experimentos políticos que conducían directamente hacia la guerra.

Tres eran los objetivos formales que justificaron el golpe de estado:

1.      Acabar con la Guerra del Rif, es decir, ahogar la resistencia de la población del norte de Marruecos a ser integrada, por la fuerza, en una estructura colonial y, de camino, las repercusiones políticas internas que estaba teniendo (Expediente Picasso y sus consecuencias), que salpicaban directamente a la corona.

2.      Luchar “contra el separatismo”, es decir, acabar con la Mancomunidad de Cataluña y con la vía que abría hacia la descentralización política en nuestro país, que fue disuelta en 1925.

3.      Frenar el avance del movimiento obrero, que dobló el pulso de la patronal y del Estado en 1919, cuando arrancó, a base de luchas, la jornada laboral de 8 horas.

Durante siete años pudo parar los tres procesos citados, con un coste elevadísimo: la desintegración de las fuerzas políticas de la Restauración, buena parte de las cuales se volvieron republicanas (la monarquía había roto todos los consensos políticos sobre los que se había apoyado hasta entonces) y, en una huida hacia adelante que buscaba encontrar una nueva base de sustentación política estableciendo redes clientelares locales por toda España, incrementó notablemente las obras públicas sin tocar la estructura impositiva del estado, alimentando así de forma exponencial la espiral de la deuda pública. Era un sistema insostenible a medio plazo.

La marea republicana terminó arrasando, como un tsunami, lo que quedaba de la monarquía alfonsina en 1931… La Mancomunidad de Cataluña se convirtió en la Generalidad de Cataluña, seis años después de haber sido disuelta, a la que se unió el gobierno vasco poco después (1936), admitiéndose a trámite por las Cortes de la República el Proyecto de Estatuto de Autonomía de Galicia el 15 de julio de 1936. El sufragio universal dejó de ser sólo masculino, haciéndose extensivo también a las mujeres y se decretó de nuevo la libertad sindical, adquiriendo los sindicatos una extraordinaria potencia, entre una multitud de otras transformaciones sociales profundas que cambiaron por completo la fisonomía del país.

A las clases oligárquicas españolas, que llevaban medio siglo enrocándose sobre sí mismas (desde 1874), acostumbradas a manipular el sistema político a su antojo y que, con la ayuda inestimable de Alfonso XIII, habían estado alimentando el militarismo desde 1902 para intentar parar por la fuerza la marea democrática y autonomista que se estaba abriendo paso de manera incontenible en nuestro país, no le quedaba más alternativa que la guerra para recuperar el control de la situación.

 

El Régimen franquista

Esa reacción violenta se vio favorecida por la tendencia totalitaria que se estaba extendiendo en ese momento por toda Europa. El resultado final fue el estallido de la Guerra Civil española (1936-1939), preludio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

La Guerra Civil dio paso a la Dictadura de Franco (1939-1975), que pudo sobrevivir sin problemas durante la postguerra europea pese a su carácter totalitario y a su vinculación histórica e ideológica con los regímenes fascistas que habían sido derrotados en la Segunda Guerra Mundial. Su anticomunismo visceral le abrió multitud de puertas, por todo el mundo, durante las primeras décadas del periodo histórico conocido como Guerra Fría (1945-1989).

La victoria en la Guerra Civil de los militares africanistas, que habían ahogado en sangre el levantamiento de los rifeños en los años 20 no pudo impedir, sin embargo, que ese territorio pasara a formar parte del Marruecos independiente en 1956 ni, tampoco Cabo Juby (1958), Ifni (1969) y el Sáhara español (1976). Tampoco la independencia de Guinea Ecuatorial (1968). Los militaristas españoles, pese a su retórica imperial, fueron incapaces de impedir la pérdida de los territorios africanos en un periodo histórico en el que los imperios coloniales europeos retrocedían por todas partes.

El Pacto de Madrid, con los Estados Unidos, en 1953, permitió a los norteamericanos situar cuatro bases militares en nuestro país, a cambio de sacar a España de la lista de parias internacionales, lo que le permitió entrar en la mayor parte de los organismos que hasta ese momento le habían estado vetados (ONU, Banco Mundial, FMI…), Pero aún permanecían cerradas las puertas del Mercado Común Europeo.

 

La normalización democrática

La España de Franco seguía siendo una dictadura rodeada de estados parlamentarios, lo que le situaba en una posición de debilidad estructural en el contexto geográfico europeo. El retorno a la comunidad de países democráticos era una necesidad histórica que se abrió paso de manera inevitable tras la muerte del dictador. Pero aún quedaban pendientes dos de los tres grandes problemas estructurales que pretendió resolver la Dictadura de Primo de Rivera: la integración de los sindicatos en el sistema político y la construcción de una estructura territorial que permitiera integrarse en él a las comunidades históricas. El primero de ellos fue posible gracias a la consolidación de un potente partido socialdemócrata que trasladó a nuestro país el modelo de concertación social de la Europa central y septentrional; el segundo con la creación del Estado de las Autonomías: Las tres comunidades autónomas que reconoció la Segunda República se convirtieron en las 17 que existen en la actualidad y que cubren ya todo el país. Una guerra civil y dos dictaduras después las aguas terminaron volviendo a su cauce natural.

El retorno de la democracia en nuestro país nos terminó abriendo las puertas de las instituciones europeas que hasta entonces nos habían estado vetadas (fundamentalmente la Unión Europea y la OTAN) y España, poco a poco, fue recuperando la posición estructural que le corresponde en función de su población, de su posición geoestratégica y de su historia. Pero las duras experiencia sufridas a lo largo de los siglos XIX y XX siguen condicionando todavía nuestra relación con el resto del mundo como consecuencia de la debilidad política generada por los enfrentamientos sociales y militares que la acompañaron.

El proceso de integración europea nos ha transformado profundamente durante el último medio siglo y nos ha hecho recuperar buena parte del terreno perdido, pero nuestro papel en él sigue siendo subordinado y periférico. Los dos países ibéricos representan hoy el límite suroccidental del proyecto europeo, y esto convierte a nuestro país en una zona fronteriza y en la puerta de entrada en la Unión de multitud de flujos migratorios (tanto africanos como americanos) los cuales, de momento, siguen presentando un balance global positivo, pero abren importantes incógnitas de cara al futuro.

Nuestro país depende excesivamente, desde el punto de vista económico, del sector turístico, lo que nos puede poner a los pies de los caballos en futuras crisis internacionales, económicas, políticas o sanitarias (cómo pudimos comprobar en 2020 a consecuencia de la pandemia que sufrimos entonces). Somos demasiado vulnerables ante cualquier acontecimiento que altere los flujos de visitantes extranjeros. España necesita, aún, definir el modelo de sociedad que deberá enfrentarse a los grandes desafíos que plantea el siglo XXI: los potentes flujos migratorios que se están desencadenando a escala planetaria como consecuencia de las tremendas desigualdades sociales y territoriales que se dan en él, la transformación de los hábitats como consecuencia del cambio climático de origen antropogénico que está teniendo lugar en todo el mundo y el nuevo tiempo histórico que está sustituyendo al modelo del Hegemonismo norteamericano: el Sistema del Equilibrio Mundial, que está modificando intensamente los roles de todos los actores políticos internacionales.

Los conflictos que están teniendo lugar en el mundo actual están cambiando el paradigma dominante y reconfigurado todo el sistema de relaciones internacionales. En este contexto España debe atender una serie de aspectos que serán determinantes para nuestro futuro: definir el tipo de relaciones que queremos mantener nuestros socios de la Unión Europea, con los países de Iberoamérica y del noroeste africano, ya que la Península Ibérica es la bisagra que conecta esos tres espacios y las soluciones que le vayamos dando a los problemas concretos que genera la interacción entre ellos serán determinantes.

Tanto España como Portugal poseen una extraordinaria exposición atlántica, lo que adquiere una extraordinaria relevancia en el mundo en el que viviremos durante las próximas generaciones. La inmensa mayoría de la población y de la clase política de ambos países es incapaz de calibrar las consecuencias que tiene la pertenencia a nuestros estados respectivos de la mayor parte de los archipiélagos de la Macaronesia (Azores, Madeira, Salvajes, Canarias y Cabo Verde) y de la fuerte vinculación cultural ibérica del resto. Esto coloca millones de kilómetros cuadrados de aguas jurisdiccionales del Atlántico oriental bajo nuestra responsabilidad, lo que desborda probablemente la capacidad actual de supervisión de lo que ocurra en ellos que poseen nuestros respectivos países. Es vital que desarrollemos lazos estrechos de colaboración tecnológica y científica entre los dos estados. Está en juego nada menos que nuestro futuro.

lunes, 1 de abril de 2024

El país de la resistencia

 



Con el artículo anterior cerramos un ciclo que hemos dedicado a abordar la historia de la España contemporánea. La gestión que están llevando a cabo los gobiernos de Pedro Sánchez la abordaremos cuando éstos dejen de formar parte de nuestro presente. En el centenar largo de trabajos que hemos dedicado a contar y a reflexionar acerca de la historia de nuestro país hemos intentado presentar una visión alternativa, situando tanto su historia como su geografía dentro de sus entornos ecológicos y geopolíticos, sin los cuales ambas serían ininteligibles.

Hemos visto como conocemos muy mal todas las épocas de nuestro pasado. La historiografía oficial ha ido olvidando de manera selectiva importantes facetas del mismo sin las cuales éste se vuelve incomprensible y, por el contrario, se ha ido centrando en el anecdotario, en las biografías de los grandes personajes que, al contrario de lo que se nos hace ver, no han determinado el curso de los procesos históricos sino que, por el contrario, han sido arrastrados por ellos y se han limitado a concretar lo que hubiera terminado ocurriendo de todas maneras con ligeras variantes. En cualquier caso la narración que ha terminado llegando hasta nosotros -la historia contada- está bastante manipulada y se ajusta a los típicos sesgos de la propaganda histórica (algo habitual en la narración histórica de todos los pueblos del mundo).

 

El “continente subjetivo”

Los romanos nos conquistaron y nos “romanizaron”. Es cierto. Pero tardaron doscientos años en hacer lo primero y quinientos lo segundo. No les resultó nada fácil desde luego y, por supuesto, sobrevivieron a la conquista multitud de tradiciones prerromanas que supieron adaptarse, cada una a su manera, a la nueva situación, diluyéndose dentro del nuevo “paisaje” cultural que los conquistadores crearon.

Si algo han demostrado los pueblos ibéricos a lo largo de su historia es su extraordinaria capacidad de resistencia a las agresiones exteriores. Varias veces he dicho que hace más de 30.000 años fuimos también el último refugio de los neandertales que, obviamente, tenían un genoma muy distinto al nuestro. Eran de una especie diferente. Luego esa capacidad de resistencia de los hispanos no está relacionada con nuestros genes, sino con nuestro entorno.

La Península Ibérica es un “continente subjetivo”. ¿Por qué afirmo tal cosa? pues porque objetivamente no es muy grande, pero los tiempos históricos que se manejan aquí son equivalentes a los que afectarían a cualquier continente. Los romanos tardaron en conquistar Hispania lo mismo que en construir un imperio de dimensiones continentales. Los musulmanes quedaron empantanados en un conflicto secular que duró nada menos que 800 años… ¡Y perdieron! Cuando Napoleón invadió la Península Ibérica se encontró aquí con una segunda Rusia, un estado de dimensiones continentales.

¿Y por qué la Península (no España) funciona como un continente subjetivo? Pues básicamente por su orografía y, también, por su aislamiento relativo con respecto a los países que la rodean. La Ibérica es una pen-ínsula, no lo olvide, es decir, una cuasi isla. Una cuasi isla atravesada por… ¡Ocho cordilleras!, que se dice pronto pero que la convierten en un caso único en el mundo. En diversas ocasiones he dicho que la presencia o ausencia de una cordillera en un lugar determinado lo cambia todo. El entorno geográfico en el que viven los humanos termina condicionando su comportamiento mucho más que su propia herencia genética. Esa afirmación es especialmente aplicable al caso español por la peculiar estructura que presenta su relieve.

Las barreras que la naturaleza ha puesto sobre el espacio peninsular lo fragmentan y lo convierten en un colchón amortiguador frente a cualquier invasión exterior (humana o no, la regla también es aplicable a los animales y a las plantas). Dominar el espacio peninsular -de verdad, no de forma nominal- lleva siglos. Por eso dije hace mucho que la Península tiene un “tempo” histórico específico, mucho más largo que el de cualquiera de los espacios geográficos vecinos, y actúa como lo haría un condensador -o una batería- en cualquier circuito eléctrico o electrónico. Por eso lo más temible –históricamente- de los ejércitos españoles no han sido sus ataques, sino sus contraataques (que se confunden con frecuencia con los primeros, ya que éstos, a veces, han sido desviados y han acabado impactando en espacios geográficos diferentes de los que originaron la agresión). La situación se vuelve muy peligrosa (para los agresores) cuando la batería está cargada y, en consecuencia, acumula una extraordinaria potencia. Atacarla entonces no suele ser nada recomendable.

La fragmentación del espacio peninsular, que viene dada como ya he dicho por su peculiar orografía y reforzada por las diferentes altitudes de sus cuencas hidrográficas, que crea una multitud de hábitats diferentes en el país, tiene un tremendo impacto -tanto biológico como cultural- y convierte la penetración de cualquier nuevo elemento dentro del sistema en una verdadera odisea, pues se tiene que ir enfrentando en cada uno de los diferentes subespacios a una respuesta diferente, lo que genera una casuística infinita y multitud de situaciones inesperadas. Al final se imponen los individuos o las especies multi-terreno, capaces de sobrevivir en cualquier hábitat posible. Por eso la Península Ibérica ha sido históricamente la tumba de los grandes especialistas: los musulmanes por ejemplo (muy adaptados a los entornos áridos del Próximo Oriente y norte de África) o las fuerzas napoleónicas (especialistas de los entornos continentales europeos). Los romanos, por el contrario -como recordará- fueron capaces de habitar en todos los territorios comprendidos entre el norte de Inglaterra y el Desierto del Sahara y, además, se enfrentaron aquí a una multitud de tribus dispersas que no tenían conciencia de unidad. Aún así, como ya he dicho, se tomaron su tiempo para conquistar el país y, además, se tuvieron que emplear bastante a fondo. La guerra de las Galias (del 58 al 51 AC), por ejemplo, fue un paseo para los romanos si la comparamos con la conquista de Hispania (del 218 al 19 AC). 7 años frente a 199.

Fue, precisamente, esa “respuesta multimodal española”[1] la que permitió a los hispanos construir el primer gran imperio “transversal”[2] de la Historia de la Humanidad, el Imperio Ultramarino español, que poseía todos los ecosistemas que se daban desde la actual frontera norteamericano-canadiense hasta la Tierra del Fuego.

De esta explicación podemos deducir ya algunas características estructurales intrínsecas que posee la Península Ibérica: una extraordinaria profundidad estratégica, que la convierten en el lugar idóneo para estructurar una línea defensiva, y un tempo histórico muy largo. Como dije hace tiempo, el significado de buena parte de los topónimos peninsulares refleja este hecho. Pondré algunos ejemplos:

¿Cómo se llamaba el estado cristiano más poderoso de la Península en la Edad Media? Castilla, que significa el país de los castillos, es decir el país de la resistencia. Hay autores que dicen que la palabra que dio origen a la actual Cataluña tenía el mismo significado. El nombre de León derivó de la expresión latina Legio VII Gemina, el del campamento que los romanos usaron como cuartel general para combatir a los astures. Sus descendientes (tanto de los romanos como de los astures, pues todos se terminaron mezclando al final) se enfrentarían mil años después a nuevas fuerzas invasoras. En Andalucía hay muchos pueblos cuyo nombre tiene después el apellido “de la Frontera”, que nos revela que permanecieron siglos en la línea del frente de un largo conflicto.

Y el país de la frontera o de la resistencia termina transmitiendo las actitudes vitales que se derivan de esa situación a sus propios habitantes como consecuencia inevitable de la consolidación de éstas en el tiempo, independientemente del origen de sus poblaciones. La geografía moldea las vidas de los hombres y selecciona a los más aptos para sobrevivir en ese medio. Ese tempo histórico tan largo del que hemos hablado termina volviendo las vidas de cada uno de los individuos -por muy poderosos que sean- en una mera anécdota, en un simple guijarro atrapado por un torrente que lo va erosionando y moldeando… hasta hacerlo formar parte de una gran obra colectiva que es el resultado de ese proceso.

 

Nuestra larguísima Edad Media

El enfrentamiento secular entre musulmanes y cristianos en la Península Ibérica era, desde mi punto de vista, inevitable históricamente ya que, como he dicho en varios artículos, una vez rota la unidad política del mundo mediterráneo que tuvo lugar durante la primera mitad del primer milenio de nuestra era por obra y gracia de los romanos, fue reemplazada por dos mundos de especialistas: los germanos al norte (procedentes de las húmedas tierras del corazón del continente europeo y fuertemente adaptados a su ecosistema de procedencia) y los árabes al sur (que venían de las áridas tierras del Próximo Oriente y del norte de África y que se encontraban, igualmente, muy identificados con su propio hábitat) el choque entre ambos mundos tenía que ser, por su propia naturaleza intrínseca, muy largo tanto en el tiempo como en el espacio, y el país fronterizo en el que vivimos estaba condenado a convertirse en uno de sus principales campos de batalla.

La Edad Media peninsular solemos verla, desde la distancia, como un todo sobre el que proyectamos los estereotipos que hemos construido a posteriori. Aunque solemos distinguir la época de los visigodos de la de los musulmanes. Sobre la primera damos por supuesto que aquellos se volvieron “católicos” en la época de Recaredo (es decir trinitarios, pues la palabra “católico” tiene sentido si la oponemos a la de sus contemporáneos ortodoxos y protestantes, pero no frente a los grupos religiosos unitarios, anteriores en el tiempo a ambos, que niegan la existencia de la Santísima Trinidad, entre los que se encontraban obviamente los arrianos. Lo correcto es referirse a ellos como “trinitarios”). Mi opinión al respecto, como he sostenido en varios artículos pero, en especial, en el titulado El pacto fundacional de la iglesia española[3], es que no hay tal conversión, sino que debemos ver el III Concilio de Toledo como un congreso de unificación entre ambas facciones. Los arrianos no se hicieron católicos ni, tampoco trinitarios, sino que establecieron con los hispano-romanos un modus vivendi en el que cabían ambas posturas dentro de los esquemas organizativos de una Iglesia que no pasa a ser “romana” sino nacional o, si lo prefiere hispana. Si no lo vemos de esta manera el comportamiento de los hispano-godos cuando se produjo la conquista musulmana (que no invasión) no tiene mucho sentido. Es incomprensible que un pequeño grupo de dos o tres mil soldados conquistaran un reino como el visigodo si no partimos del hecho de que contaron con importantes apoyos nativos, de decenas de miles de hombres, que obedecían a los generales witizanos (tan visigodos como los de Don Rodrigo) y que abrazaron la causa árabe desde antes de que éstos cruzaran el Estrecho.

¿Y por qué hubo tantos y tan poderosos visigodos apoyando a los conquistadores y –después- dispuestos a convertirse al Islam? Pues, de nuevo, el proceso sería incomprensible si damos por válido el discurso oficial que la Iglesia Católica ha ido construyendo desde entonces para ocultar la pervivencia de las viejas creencias en el tiempo. La Península Ibérica es el País de la resistencia ¿recuerda? y esa resistencia no es sólo militar sino, también, ideológica. España resiste, resiste, resiste… Siempre. Es su característica histórica más destacada. Los romanos blanquearon las tradiciones prerromanas (no acabaron con ellas) y el cristianismo hizo lo propio con los elementos culturales que heredó.

En el siglo IV se produjo el mayor cisma teológico que haya tenido lugar nunca entre los cristianos, mucho mayor que la separación entre ortodoxos y católicos o entre éstos y los protestantes. Y el detonante de la ruptura fue el Concilio de Nicea (año 325), en el que se estableció el dogma de la Santísima Trinidad. Ese dogma fue impuesto desde el poder romano (sobre esto recomiendo leer mis artículos “La religión pactada”[4] y “La religión del Imperio”[5]). Fue impuesto por el emperador Constantino, con el apoyo de los Padres de la Iglesia, importando un concepto teológico procedente de la religión de Mitra, muy extendida entonces por todo el Imperio. El dogma de la Santísima Trinidad no aparece en la Biblia por ninguna parte (ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento). Para los cristianos de los siglos I, II y III Jesús era hijo ¡biológico! de María y de José. Era un enviado de Dios, como los profetas del Antiguo Testamento. Una persona muy especial… pero humano. La divinización de Cristo es una consecuencia de la implantación del Misterio de la Santísima Trinidad en el Concilio de Nicea del año 325 como he dicho más arriba. Y ese dogma rompió la cristiandad en dos: los unitarios (que defendían la vieja tradición y decían que el único Dios que existe es el que los cristianos actuales llaman “Dios Padre”) y los trinitarios (que defendían los cambios introducidos en el Concilio).

Y ¿Cómo se vivió esto en el País de la resistencia? pues, obviamente, resistiendo; centenares de miles de personas siguieron defendiendo las viejas tradiciones (siempre pasa lo mismo) con el gran “hereje” Prisciliano (340-385) a la cabeza (el obispo de Ávila) que, finalmente, acabó decapitado y sus seguidores –perseguidos- pasaron a la clandestinidad… organizando peregrinaciones a la tumba secreta de su santo… ¡en Compostela! Poco tiempo después (409) nos invadieron los bárbaros… arrianos, es decir, unitarios también, como los priscilianistas. Y las dos tradiciones unitarias (la antigua y la nueva) empiezan a reconectar.

Pero como en España los enfrentamientos se enquistan, alargándose hasta el infinito y sublimándose ideológicamente después de muy diversas maneras, el duelo entre unitarios y trinitarios se mantuvo hasta que en el 589 se llegó a un “armisticio” entre ambos, que conocemos como el III Concilio de Toledo. Las dos iglesias se fusionaron. Pues si no ¿Qué nombre debemos darle a la “conversión” oficial del monarca (que presidió dicho concilio) y de los 8 obispos arrianos que le acompañaron? Hemos de tener en cuenta además que en ese momento histórico el Obispo de Roma (al que nosotros llamamos Papa) apenas era capaz de hacerse obedecer en su propia ciudad, que era una provincia bizantina y estaba rodeada por los ejércitos lombardos (tan germanos como los visigodos). ¿Por qué aproximadamente por esa misma época se “convirtieron al catolicismo” la mayor parte de los monarcas germanos, de religión arriana? Respuesta: No se convirtieron, se adueñaron de sus respectivas iglesias nacionales trinitarias con todo lo que eso significaba, es decir, reforzaron su poder político dentro de sus respectivos estados, siguiendo el camino que el emperador romano Constantino había trazado dos siglos y medio antes.

La Iglesia Visigoda resultante, tras el III Concilio de Toledo, hizo lo mismo que hicieron los anglicanos en Inglaterra mil años después. Se adueñó, también, de la tradición trinitaria y la puso a su servicio. ¿Significa esto que desapareció el viejo conflicto religioso entre unitarios y trinitarios? No exactamente. Sencillamente se situó en otro nivel, más sutil, más ideológico. Se apartó de él al grueso de la población, pero la lucha ideológica siguió entre las élites. Ambas tradiciones siguieron coexistiendo durante más de medio milenio y sirvieron durante el último siglo de la España visigoda para atizar los enfrentamientos políticos entre las facciones visigodas más “romanizadas” (encarnadas a principios del siglo VIII por los partidarios de Don Rodrigo) y las más unitarias (los witizanos).

 

Los árabes

Cuando pensamos en la conquista árabe de la Península proyectamos sobre aquellos musulmanes los estereotipos que tenemos sobre los de nuestra época. Nos los imaginamos con turbante y comportándose de manera parecida a lo que se espera de ellos en los últimos siglos. Pero aquél Islam se parecía muy poco al actual. Hemos de decir que la historia de esa tradición religiosa dio un profundo giro político, social e ideológico cuando llegaron al poder los abasidas en el año 750. Casi 40 años después de su conquista de España en el 711. Los abasidas, como recordará, trasladaron la capital de su imperio desde Damasco hasta Bagdad. Ese “pequeño” detalle tiene una gran importancia histórica. Entre la Hégira (622) y el golpe de los abasidas (750) el mundo islámico estuvo en plena ebullición. Digamos que aún se estaba formando y ensayando todos los elementos que más adelante terminarían definiendo su propia civilización. Pero Damasco –su capital– era una ciudad que había pertenecido al Imperio Romano (primero) y a sus herederos los bizantinos (después), durante casi 700 años, cuando los árabes la conquistaron en el siglo VII, era una ciudad romana oriental, con todo lo que eso significaba. Se hablaba el griego y el latín. Se estudiaba a Aristóteles, Platón, Séneca… y eran cristianosmuchos de ellos unitarios… El conflicto entre unitarios y trinitarios allí también se daba.

Los musulmanes consideran que tanto el cristianismo como el judaísmo forman parte, como ellos mismos, de lo que llaman la tradición “del libro”. Eso significa que consideran que la Biblia también es un libro sagrado, que forma parte de la tradición pre islámica. Y la visión teológica que tienen de Jesús es la misma que los cristianos unitarios pues para ellos es, sencillamente, uno de los cinco grandes profetas: Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma.

El Islam representa un paso más en la evolución de las religiones monoteístas de tronco judaico. A finales del siglo VII y principios del VIII mandaron misioneros a la Península Ibérica, que encontraron muy buena acogida en ciertos círculos aristocráticos, y establecieron una alianza con ellos. Se comprometieron con uno de los dos bandos que, en ese momento, estaban librando una guerra civil. Los witizanos son a la España visigoda más o menos lo que los tlaxcaltecas a la conquista española de México. Los miembros más destacados de la resistencia arriana dentro del mundo visigodo se transformaron en lo que los musulmanes llamaron después muladíes, es decir, en los musulmanes hispanos. Entre ellos cabe destacar a algunas grandes familias, como la del Conde Teodomiro (Todmir para los musulmanes) o del Conde Casio, que controlaba el valle medio del Ebro desde la ciudad de Tudela, cuyos descendientes -los Banu Qasi- acabarán administrando toda la frontera nororiental del Califato de Córdoba.

“Mi antepasado, el jurisconsulto Ali b. Ziyad al-Quti es de la casa de los Banu l-Kuti de Castilla. Nació en la ciudad de Toledo, que los judíos llamaban Toledox, los romanos Tolerum y los árabes Tulaytula.

[…]

“Los hijos de Witiza, antepasado de Ali b. Ziyad al-Quti, ayudaron a los sarracenos a penetrar en la Península Ibérica con la esperanza de que ellos les ayudarían a reconquistar el trono de Toledo que el usurpador Don Rodrigo y los suyos les habían arrebatado. Estos recompensaron a la familia de Ali b. Ziyad al-Quti con algunas tierras y así se deshicieron de la obligación de cualquier otro tipo de ayuda. Los godos se dispersaron. Algunos se retiraron al norte y se reagruparon más tarde en torno a un tal Pelayo; otros, los de la familia de Ali b. Ziyad al-Quti se quedaron en sus tierras que se llamarían, desde ahora, Al-Ándalus, como el resto de la península conquistada por el pueblo de Alá. En principio serán mozárabes, cristianos en tierras musulmanas, después muallads, cristianos conversos al Islam, y finalmente, mudéjares[6], es decir, musulmanes en tierras cristianas.

Los musulmanes no tendrán más que un solo nombre para designarlos, serán para ellos los Banu l-Quti, los godos, y es con este nombre que Ali b. Ziyad al-Quti saldrá solo, condenado al exilio, de una ciudad que fue durante siglos la capital de su familia y su tribu, Toledo. Alfa Mahmud Kati, mi antepasado, cuenta toda esta historia en su obra Tedkiret al-Ihwan, resumida por mis abuelos, Ali-Gao b. Mahmud Kati III y Muhammad Abana b. Alfa Ibrahim b. Mahmud Kati II.”

Este texto, que está sacado del libro Los últimos visigodos. La biblioteca de Tombuctú, de Ismael Diadie Haidara,[7] resume la saga familiar de un grupo de mudéjares que abandonó Castilla en el siglo XV y se refugió en el Valle del Níger, en el reino de Songay y terminó dando origen a una tribu conocida como los Quti que, según ellos, significa los godos, pues dicen descender nada menos que del mismísimo Witiza. Y han ido generando a lo largo de los últimos quinientos años gran cantidad de textos que se encontraban en la Biblioteca de Tombuctú.

O sea, que los “invasores” en realidad no invadieron sino que alguien les abrió la puerta desde dentro y les ayudó después a consolidar la conquista. Para ver más detalles sobre todo esto puede leer el artículo ‘El “santiaguismo” español’[8].

Dijimos más arriba que la llegada de los abasidas al poder en el 750 trasladó la capital del imperio desde Damasco, una ciudad que antes de la conquista musulmana era bizantina, a Bagdad, que antes de su islamización formaba parte del Imperio Sasánida… Otro universo cultural diferente al romano-bizantino. Ese cambio tuvo como consecuencia una profunda orientalización cultural del mundo islámico a partir de ese momento.

Según nos han contado, los califas omeyas de Damasco fueron asesinados por los abasidas, pero uno de los jóvenes de la familia -nuestro futuro Abderramán I- huyó y se refugió en Al-Ándalus, donde encontró partidarios que le ayudaron a separar esta provincia del Imperio y fundar el Emirato de Córdoba. Independientemente de cómo tuvieran lugar los hechos, fuera Abderramán I un auténtico Omeya o no, el resultado final es que cuando el mundo islámico decidió alejarse de la tradición romano-bizantina y orientalizarse un poco más los andalusíes se negaron, se separaron del resto, e iniciaron una nueva vía, musulmana pero –también– hispana, llamada Al-Ándalus.

¿Se convirtieron al Islam todos los arrianos que quedaban en la Península? En absoluto (recuerde: España resiste, resiste, resiste). Durante, al menos, los primeros 300 años de Al-Ándalus la mayor parte de su población siguió siendo cristiana, es decir, mozárabe:

“La segunda rama en la que se bifurcó la tradición arriana de origen germánico fue la de los “adopcionistas”, seguidores del arzobispo de Toledo Elipando (717-808), máxima autoridad religiosa de los mozárabes[9] de Al Ándalus que formula, en un sínodo reunido en Sevilla en el año 785 los términos de esta “herejía”, según la cual Cristo tenía naturaleza humana pero había sido “adoptado” por Dios. Sus afirmaciones serán inmediatamente respondidas desde el reino asturiano por el abad de Santo Toribio de Liébana (Beato de Liébana) y por el obispo fugitivo de Osma (Eterio). Pero pronto se adhieren al bando adopcionista Ascárico (obispo de Braga) y, sobre todo, Félix (obispo de Urgel). La incorporación de Félix a las filas adopcionistas, cuya diócesis queda dentro del reino franco, internacionaliza la polémica y hace intervenir en ella al Papa y al mismísimo Carlomagno. Ambos, de común acuerdo, convocarán para debatir el asunto el Concilio de Ratisbona (792), al que asistirá el urgelitano y, posteriormente el de Francfort (794) del que saldrá el documento de condena de la citada herejía (el Libellus Sacrosyllabus). Durante su estancia en Ratisbona y posterior visita a Roma, Félix será obligado a retractarse, pero de vuelta a España huyó hacia territorio andalusí refugiándose en Toledo. Ninguno de los protagonistas de esta historia modificará sus posiciones de manera voluntaria. La ortodoxia se impondrá sin mayores problemas fuera de Al-Andalus –gracias también al decidido apoyo recibido tanto de los reyes francos como de los astur-leoneses-, pero las autoridades religiosas mozárabes mantendrán sus posiciones heréticas al menos hasta la muerte de Elipando. Después se irán amortiguando los ecos de la querella porque la situación de los cristianos de Al Ándalus no aconsejaba entrar en grandes disputas teológicas.”[10]

Pero los reinos cristianos del norte, al menos, si serían trinitarios ¿no? Pues… No exactamente:

“La tercera línea evolutiva del arrianismo español post-visigodo fue la que denomino “santiaguista”, que se desarrolla en el área astur-leonesa como consecuencia del “descubrimiento” de los restos mortales del apóstol Santiago el Mayor, en Compostela (“Campo de estrellas”). […] En el año 813 de nuestra era se “descubrieron”, en un lugar de Galicia llamado Compostela, los restos mortales del apóstol Santiago. El rey Alfonso II de Asturias decidió levantar en el lugar una iglesia, sobre la que después se construyó la actual catedral, para venerar a uno de los apóstoles más importantes de los que acompañaron a Jesús. […] Santiago era, para los cristianos españoles del siglo IX, literalmente, el hermano de Cristo. Hermano carnal, de padre y de madre. Una tradición que se fue perdiendo a partir del siglo XI. De esta carnalidad podrán ya deducir, de manera clara, la fuerte componente arriana de las creencias de los cristianos españoles altomedievales, contemporáneos de los adopcionistas mozárabes (arrianos versión 2.0).”[11]

 

Polarización versus reconciliación

Antes de continuar veamos cómo se desarrollan los procesos históricos de largo alcance, para que podamos entender su lógica intrínseca y dejemos de focalizar la historia sobre los personajes para mirar hacia el lugar donde, de verdad, se están produciendo los cambios.

En cualquier sociedad que esté viva hay siempre facciones de poder enfrentadas que, a su vez, necesitan reclutar partidarios para poderse imponer sobre sus propios rivales. Los grandes debates ideológicos suministran el argumentario preciso para dirigirse a esos potenciales partidarios. Cada facción se embarca, por tanto, en la construcción de su propia narrativa, que no es otra cosa que una operación de marketing para vender su propio producto. Si hay un relativo equilibrio de fuerzas entre las dos facciones más poderosas la lucha ideológica se vuelve feroz. En ese proceso cada bando intenta buscar el mayor número de apoyos posibles, dirigiéndose a otros grupos más pequeños que tengan reivindicaciones propias impulsándolos a actuar, y va modificando sus propuestas originales para integrar dentro de su propio discurso a esos grupos menores que, con frecuencia, terminan siendo el fiel que inclina la balanza hacia un lado o hacia otro. Cuando se alcanza cierto equilibrio de fuerzas es cuando comienzan los enfrentamientos físicos y la guerra se extiende. Los enfrentamientos (incluso los dialécticos) se vuelven cada vez más virulentos y empieza a producirse un proceso de polarización social y política en el que van desapareciendo de manera paulatina todos aquellos que intentan moderar, contener el debate o buscar vías de entendimiento entre los bandos enfrentados y, por el contrario, salen reforzados los que alimentan el conflicto, volviendo inevitable así al enfrentamiento armado.

Clausewitz dijo que «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Si al frente de los bandos que están combatiendo hay mentes racionales modularán la intensidad del conflicto en función de sus propios intereses con objeto de buscar una posición de fuerza en el proceso de negociación que termine poniendo fin a la misma. Si no es así éste se alargará en el tiempo y en el espacio hasta la destrucción final de uno de los dos bandos enfrentados.

En cada uno de esos grandes enfrentamientos, tanto ideológicos como territoriales, los focos están situados sobre la línea del frente. Cada pequeño movimiento que se produce en ella suele tener un gran eco y multitud de repercusiones. Una persona puede ser condenada por detalles tan insignificantes como cambiar una coma de sitio en una frase. Sin embargo, lejos de esos focos hay mucha más libertad. Los fanáticos de cada bando pueden permitirse el lujo de decir verdaderas barbaridades sin que nadie los juzgue. Nadie suele cuestionar su lealtad al grupo precisamente por su propio fanatismo, ya que los que mandan necesitan carne de cañón y masa crítica que les ayude a neutralizar las fuerzas del bando contrario. Serán tolerados mientras se limiten a hacer de caja de resonancia del conflicto principal. Pero la actitud de los dirigentes con respecto a ellos cambiará si comienzan a trazarse objetivos estratégicos propios y distintos de los del grupo principal.

En las épocas de paz, sin embargo, se vuelve necesario establecer un modus vivendi entre las partes enfrentadas, y los grupos intermedios (los moderados) se vuelven preciosos porque son los únicos que pueden establecer puentes de comunicación entre los dos bandos. Y pueden llegar a ser aún más necesarios si aparecen nuevos bandos en disputa o enemigos venidos del exterior. Todas estas cosas pasaron multitud de veces en la España medieval. Por eso es una de las épocas más ricas y más cargadas de matices de nuestra historia. Por eso es tan incomprensible para las mentes actuales, muy alejadas de los sutiles equilibrios de fuerzas que se dieron entonces.

Entre los cristianos trinitarios, es decir romanos, y los musulmanes abasidas había, durante los primeros siglos del Al-Ándalus independiente, todo un continuum de posiciones ideológicas intermedias: trinitarios-santiaguistas-adopcionistas-musulmanes omeyas-musulmanes abasidas. Toda esa diversidad sobrevivió hasta… el siglo XI. ¿Y qué pasó en el siglo XI? Pues que el proceso de polarización ideológica dio un salto cualitativo y desaparecieron casi todos los grupos intermedios.

 

La Era de las invasiones africanas

Entonces fue cuando se produjo en España la verdadera invasión musulmana, la de los almorávides, en el año 1086. Pero antes habían pasado muchas cosas durante el siglo que precedió a ese momento histórico.

Hasta finales del siglo X los reinos cristianos independientes habían ido avanzando hacia el sur de manera lenta pero inexorable, hasta alcanzar la línea del Duero. El motor de ese avance era puramente demográfico, aunque los historiadores nos distraigan con la descripción de la multitud de batallas que se dieron y los ideólogos con las disputas religiosas que se libraron desde los púlpitos. La razón última siempre es demográfica. Pero claro, el crecimiento demográfico suele deberse a causas económicas, tecnológicas o sociales.

¿Qué fue lo que determinó ese gran incremento poblacional de los reinos cristianos del norte durante los tres primeros siglos de la España musulmana? Pues hubo muchos elementos que influyeron, pero el fundamental fue la llegada de centenares de miles de refugiados mozárabes procedentes de Al-Ándalus, que fueron realojados en la línea del frente y que hicieron descender la frontera hacia el sur. Los cristianos se estuvieron alimentando de disidentes andalusíes durante todo ese tiempo. Al Ándalus creó la némesis que acabó destruyéndola. La mataron, como a casi todos los imperios, sus propias contradicciones internas.

La sociedad andalusí era, probablemente, la más avanzada social, cultural y tecnológicamente de la Europa de su tiempo y una de las más avanzadas del mundo. Pero era muy clasista. Estaba muy estratificada. Era una sociedad esclavista. Si habías nacido campesino lo más probable es que te murieras campesino. Los cristianos -los mozárabes, que eran la mayoría de la población- no eran perseguidos -¿Cómo iban a serlo si le daban de comer al resto? Eran la base campesina de su sociedad- pero estaban discriminados, obviamente.

Todos sabían que en el norte había rebeldes (y subrayo lo de rebeldes) combatiendo a las fuerzas militares del Emirato (primero) y del Califato (después), cuyas incursiones llegaban a veces hasta muy al sur, manteniendo así la leyenda de la resistencia cristiana (recuerde: España resiste, resiste, resiste). Los rebeldes eran cristianos porque los gobernantes contra los que estaban combatiendo eran musulmanes y los conflictos militares, sociales o políticos necesitan siempre un discurso ideológico que los justifique pero, también, obviamente porque la tradición religiosa anterior a la conquista musulmana era cristiana. Estamos ante una rebelión que se apoya en su propia tradición. Son dos elementos universales que se dan en todas las resistencias. Lo sustantivo aquí son los términos “rebelde” y “tradición”, lo adjetivo es la etiqueta ideológica (cristiano en este caso).

Cuando un mozárabe se hartaba de la situación personal en la que vivía sencillamente se escapaba y huía hacia el norte. Con frecuencia esto no era necesario pues en cada una de las incursiones que los astur-leoneses efectuaron sobre territorio andalusí volvían después con mozárabes que habían reclutado por el camino. Era su principal forma de incrementar sus efectivos. Y sospecho que entre los mozárabes se colaron muchas veces musulmanes que también se habían hartado de la situación en la que vivían. En el norte rápidamente se les asignaban parcelas de tierra para que pudieran trabajarlas y autoabastecerse. Así va surgiendo un mundo de pequeños campesinos muy motivados ideológicamente y… muy militarizados.

No podía ser de otra manera, puesto que las tierras que les daban eran fronterizas y tenían que saberlas defender. Y, claro, a un campesino que también sabe empuñar la espada nunca se le debe subestimar políticamente. Así pues tenemos en el norte a un mundo de pequeños campesinos que se ha rebelado contra otro de aristócratas y terratenientes, defendiendo cada cual sus propios intereses y que usan la religión como argumento para combatirse mutuamente. Pero las etiquetas religiosas lo que consiguen es ocultar para el que observa los verdaderos motivos que están detrás de esta lenta pero profunda revolución social que se estaba produciendo en la línea del frente: En la Extremadura… En la Frontera.

De esta manera surgieron los concejos municipales que terminaron llenando todas las tierras fronterizas. Las asambleas que crearon las milicias ciudadanas que sirvieron de escuela de guerra para cientos de miles de hombres. La cuna de la democracia municipal española. Una auténtica revolución silenciosa que tuvo lugar en la profunda Edad Media y que el resto del mundo no supo ver en su momento pero que tuvo consecuencias históricas irreversibles que, con el tiempo, terminaron afectando a todo el planeta. Pero no adelantemos acontecimientos.

La facción más militarista de Al-Ándalus, a finales del siglo X, consideró que los reinos cristianos ya se habían extendido hacia el sur más allá de lo razonable. Un caudillo llamado Muhammad Abi Amir (el Almanzor de las fuentes cristianas) dio un golpe de estado, abriendo el periodo histórico conocido como el Régimen de los Amiríes (978-1009). Una durísima dictadura, de cara al interior, y una época de guerra de cara al exterior.

“Este hombre pasaría a la historia como el más implacable enemigo que tuvieron [los cristianos]. Baste decir que en los 24 años que permaneció en el poder lanzaría 55 campañas guerreras contra los reinos septentrionales. Saqueó los núcleos urbanos más importantes del norte de la Península Ibérica, redujo a la esclavitud a decenas de miles de personas, arrasó campos, destruyó lugares de culto, se apropió de cuanta riqueza pudiera ser transportada y dejó un triste recuerdo tras de sí que le sobrevivió durante siglos. Su huella aún se refleja en la toponimia de muchos lugares de nuestro país. […] Su despótico sistema de gobierno debilitó hasta tal punto la estructura de poder del Califato de Córdoba que tornó inviable cualquier intento de vuelta a la normalidad previa, provocando la desintegración del mismo a partir de la Revolución Cordobesa de 1009, que abriría el proceso histórico conocido como “la Fitna de al-Ándalus” (1009-1031), un período de anarquía y de guerras civiles, antesala de los reinos de taifas.”[12]

La época dorada de Al-Ándalus llegó a su fin con los amiríes. Una sociedad próspera y acomodada pero, también, muy fragmentada sociológicamente y rodeada de pueblos mucho más pobres y más guerreros estaba condenada a largo plazo. La Dictadura de los amiríes intentó frenar las consecuencias históricas que ya eran evidentes para todos pero que, obviamente, no podía parar un proceso histórico tan profundo y tan sólido como el que estaba teniendo lugar y lo que hizo en realidad fue acelerarlo.

El Califato de Córdoba se transformó en una veintena de estados independientes conocidos como los reinos de taifas. A partir de ese momento los pequeños estados cristianos del norte peninsular pasaron a convertirse, de un día para otro, en los más poderosos de los reinos hispanos como consecuencia de la ruptura de la unidad política de los musulmanes. No obstante, las tres taifas más poderosas (Badajoz, Toledo y Zaragoza) eran precisamente las que se encontraban situadas en la línea del frente, lo que ayudó a acotar las pérdidas pero que, obviamente, no pudieron invertir el inexorable proceso histórico que estaba teniendo lugar.

Simplificando mucho diremos que desde el año 1009 hasta el 1085 los reinos cristianos crecieron bastante. Rebasaron primero la línea del Duero, después la línea de cumbres del Sistema Central, y sus incursiones militares se volvieron endémicas sobre todo el espacio peninsular, pero especialmente sobre los valles del Tajo y del Ebro.

Mientras tanto, en el norte de África iba surgiendo el gran Imperio de los almorávides cuyo foco inicial estaba situado… ¡a orillas del río Senegal! Efectivamente, venían de muy al sur, desde las tierras que hoy se reparten entre Senegal y Mauritania. Se extendieron por Marruecos y Argelia occidental, llegando a Ceuta en 1084.

Y en 1085 el rey de León y de Castilla -Alfonso VI- conquista la ciudad de Toledo, la antigua capital del reino visigodo. Con ella cae uno de los tres grandes reinos musulmanes que estaban frenando el avance cristiano –el más central y estratégico de todos, la clave de bóveda de la resistencia andalusí- y la alarma cunde por toda la España musulmana, cuyos monarcas lanzaron un grito de auxilio a sus correligionarios del norte de África.

Hemos de decir que mucho antes de que la caída de Toledo tuviera lugar los reinos de taifas habían ido, uno detrás de otro, firmando pactos de vasallaje con el poderoso reino castellano-leonés que les obligaba a pagar tributos (llamados parias) a cambio de “protección” militar. Ese hecho, desde el punto de vista de un hombre medieval de mentalidad feudal, los volvía súbditos del Emperador de las dos religiones, que era el título que usaba Alfonso VI en los documentos oficiales, equiparándose así, dentro de su propia narrativa histórica, al otro Emperador que había en Europa, el del Sacro Imperio Germánico. Hemos de añadir que, desde el punto de vista de las realidades factuales, el “emperador” hispano –aunque no lo coronara el Papa- era mucho más poderoso, tanto militar como económicamente, que el alemán.

Y los almorávides cruzaron el Estrecho. Por primera vez desde el 711 entraba en España -desde fuera- un ejército de decenas de miles de hombres. Era una auténtica invasión que trajo, como consecuencia histórica, el resultado que producen todas las invasiones: una polarización social e ideológica impensable en ningún otro momento anterior, un reseteo social, militar y político. Significaba la desaparición de los moderados y el triunfo de los fanáticos… en los dos bandos. Fue esa invasión la que cerró las puertas a una posible resolución pacífica del enfrentamiento en la Península Ibérica entre moros y cristianos. Aunque, desde mi punto de vista, lo que hizo en realidad fue acelerar un proceso histórico que era inevitable de todas maneras, ya que la pluralidad religiosa (es decir ideológica, pues antes del siglo XVII todas las ideologías se expresaban en términos religiosos) que había en España era una pluralidad de grupos monoteístas… y los monoteístas son intolerantes con las ideologías ajenas por definición, ya que el Dios único y omnipotente es intrínsecamente excluyente, lo que deja pocas salidas a largo plazo a las soluciones pactadas con los que no comulgan con los dogmas oficiales. Toda la “libertad” religiosa que vemos en la actualidad en el mundo es hija de la secularización y del cuestionamiento de los dogmas de las religiones monoteístas.

 

Un equilibrio de fuerzas de cinco generaciones

Tanto los almorávides como sus herederos históricos (los almohades) fueron incapaces de hacer retroceder a los cristianos pero, al menos, los contuvieron durante 126 años: Desde Sagrajas (1086) hasta Las Navas de Tolosa (1212). En Las Navas de Tolosa los cristianos rompieron de nuevo las líneas musulmanas, lo que desencadenó un proceso de acorralamiento militar de los mismos que acabó con el confinamiento de los últimos defensores armados del Islam andalusí en el reino nazarí de Granada cincuenta años más tarde (a finales del siglo XIII). Sus correligionarios norteafricanos intentaron parar entonces el proceso con una nueva invasión, la de los benimerines, que sólo sirvió para obligar a los castellanos (pues la “Reconquista” a esas alturas ya había terminado tanto para los aragoneses como para los portugueses, dado que ellos ya no tenían fronteras terrestres con ningún país musulmán) a distraer buena parte de sus efectivos militares en el frente suroccidental (actuales provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz) lo que alivió el frente granadino, permitiendo a los nazaríes consolidar sus propias líneas de defensa, lo que aseguró su independencia política durante 250 años.

El equilibrio de fuerzas militar que se dio durante cinco generaciones en los campos de La Mancha y la actual Extremadura (mientras los aragoneses avanzaban por el Valle del Ebro) no podía parar de manera indefinida el proceso subyacente porque, desde el lado musulmán, estaba sostenido por fuerzas extranjeras. Los cristianos del norte seguían creciendo y los andalusíes menguando desde el punto de vista demográfico. Cada vez había más norteafricanos y menos andalusíes combatiendo en la línea del frente.

Mientras tanto, en el Próximo Oriente habían empezado las cruzadas, y la narrativa de la lucha contra el Islam se extendía por toda Europa, convirtiendo a la Península Ibérica en el lugar donde se estaba librando la cruzada occidental, lo que atrajo a multitud de voluntarios dispuestos a combatir, a colonizar y a predicar (los monjes cluniacenses, cistercienses y las órdenes militares). Miles de comerciantes y profesionales urbanos de todo tipo ultramontanos (de más allá de los Pirineos) se establecieron en las ciudades del Camino de Santiago, que se convirtió en una especie de Meca para los cristianos europeos (en muchos mapas medievales aparece Galicia con el nombre de Jakobsland, el país de Santiago). También vinieron campesinos buscando convertirse en pequeños propietarios en las tierras conquistadas. La ruptura de las líneas musulmanas era sólo cuestión de tiempo. Eso ocurrió el 16 de julio de 1212. Y el lugar fue Las Navas de Tolosa, al pie del Desfiladero de Despeñaperros, la puerta de entrada, desde La Mancha Oriental, al Valle del Alto Guadalquivir.

 

La Batalla del Estrecho

Mientras los castellanos se lanzaban sobre Andalucía y el reino de Murcia, los aragoneses hacían lo propio sobre la actual Comunidad Valenciana y las Islas Baleares y los portugueses sobre el Alentejo y el Algarve. Decenas de miles de musulmanes huyeron hacia las montañas penibéticas, donde se concentraron en gran número, convirtiendo a los territorios del reino nazarí (actuales provincias de Málaga, Granada y Almería) en una zona superpoblada (en términos medievales, claro). Se estima que llegaron a concentrarse en esa zona alrededor de un millón de personas, mientras en el resto de la Península solo había 6 ó 7 millones. La superpoblación relativa del reino nazarí contrastaba significativamente con la despoblación de los valles cristianos fronterizos con él (Guadalquivir, Guadalete y Segura), lo que ayuda a entender la longevidad histórica del mismo. Fue en esa época en la que los cristianos empezaron a ponerle a muchos pueblos andaluces el apellido “de la Frontera”, cuya distribución, cuando la estudié con cierto detenimiento, me hizo concluir que no estaba haciendo referencia a la línea del frente con los nazaríes (que era mi tesis inicial) sino con la de los benimerines, la tercera invasión norteafricana, ya que no hay ningún pueblo que la lleve en la provincia de Jaén y, sin embargo, hay dos en la de Huelva (Palos y Rosal), concentrándose la mayoría en la provincia de Cádiz. Éste y otros hechos me llevaron a concluir hace tiempo que en la época de los benimerines tuvieron lugar una gran cantidad de choques armados, tanto por tierra (en las actuales provincias de Sevilla Huelva, Cádiz y al área cordobesa de la Subbética) como en el mar. El conjunto de guerras que libraron durante 76 años castellanos y benimerines se conocen con el nombre de “La Batalla del Estrecho” (1274-1350).

 

La eclosión del mundo ibérico

Es entonces cuando se inicia la que hace tiempo llamé “eclosión del mundo ibérico”[13]. Una profunda reorganización social y política en la Península Ibérica de carácter nacionalista que tuvo lugar durante los siglos XIV y XV y que sentó las bases históricas para la “Era de los Descubrimientos Geográficos”.

Una vez expulsados los norteafricanos del reino de Sevilla (actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva) va avanzando con lentitud el proceso de erosión militar y política del reino nazarí de Granada mientras se procede a repoblar los valles fronterizos con él, acumulando fuerzas allí para seguir empujando hacia el exterior a los últimos reductos del Islam peninsular. Los cristianos, durante los 800 años que duró el duelo militar con los musulmanes, sólo movían la frontera cuando tenían colonos con los que pudieran cubrir las zonas conquistadas. Por eso el proceso fue tan lento… y tan inexorable.

La frontera cristiana se había desplazado hacia el sur, alejándose de la Meseta e iniciando un proceso profundo de transformación social en la misma que hizo crecer las ciudades y las actividades económicas asociadas a las mismas. Con ellas se produce una afirmación de la identidad de los grandes reinos cristianos peninsulares (Castilla, Aragón, Portugal) que se traduce en la fijación de sus lenguas nacionales por escrito, el incremento de la presión ideológica sobre los grupos religiosos minoritarios, la fundación de universidades, la creación de multitud de astilleros en las zonas litorales (con objeto de continuar la colonización de nuevos territorios, esta vez fuera de la Península) y la creciente intervención de los ibéricos en los diferentes conflictos europeos y mediterráneos (los castellanos se implican en la Guerra de los Cien años, del lado francés, lo que permitió a éstos lanzar contraataques por mar, que le habían estado vetados hasta entonces y, mientras tanto, los aragoneses conquistan Sicilia y Cerdeña, y sus mercenarios -los almogávares- se abren paso después, por su cuenta y riesgo, en Grecia y Asia Menor).

Ante la clara evidencia de que los conflictos armados terrestres en la Península Ibérica se estaban agotando, y de que la población seguía creciendo, los tres estados se dedican a construir sus respectivas fuerzas navales. Los aragoneses se proyectan sobre el Mediterráneo, mientras castellanos y portugueses hacen lo propio en el Atlántico.

A principios del siglo XV los castellanos conquistan las islas canarias, lo que tiene un gran impacto en la corte portuguesa, que empieza a sentirse acorralada por sus vecinos del este y como respuesta trazan sus propios planes de expansión marítima para intentar equilibrar las fuerzas, lo que trajo consigo la creación de la Escuela de Sagres, la conquista de Ceuta en 1415, el diseño de un plan de acción militar en Marruecos y otro de exploración marítima de las costas occidentales africanas, además del descubrimiento y colonización de los archipiélagos de Madeira (1418) y de Azores (1439).

Desde Las Navas de Tolosa se va abriendo paso la idea, en las diferentes cortes de los reinos cristianos de que una vez expulsados los musulmanes de la Península Ibérica la expansión militar cristiana debía continuar en el Magreb. Es lo que en la de Alfonso X el Sabio llamaban “el fecho de Allende”. Hay multitud de documentos de esa época en la que se habla del asunto e, incluso, se llegaron a nombrar obispos para algunas diócesis marroquíes antes de haberlas conquistado (estaban vendiendo la piel del oso antes de cazarlo). Como a los españoles no nos gusta hablar de las hazañas de los portugueses solemos ignorar que éstos llegaron a controlar buena parte del territorio del actual Marruecos durante el siglo XVI, hasta que nuestros vecinos del sur pudieron expulsarlos de su país como resultado de la Batalla de Alcazarquivir (1578), uno de cuyos efectos históricos fue la incorporación de Portugal a la corona española en tiempos de Felipe II (1580) y, como consecuencia, el paso del bastión portugués de Ceuta a la soberanía española.


Plazas norteafricanas de Portugal. (Fuente: Wikipedia[14])

 

El contragolpe se desvía

La proyección marítima de castellanos y portugueses en el Atlántico, en previsión de una futura expansión ibérica por el Magreb, dio lugar a una enconada rivalidad naval entre ambos estados como acabamos de ver. Cuando los primeros tomaron, finalmente, la capital del reino nazarí, en 1492, los portugueses estaban ya firmemente asentados en Marruecos, lo que los obligaba a diseñar una expansión en la dirección del reino magrebí del Tremecén, el vecino oriental del de Fez (que se estaba batiendo con los portugueses).


Reino ziyánida de Tremecén. Fuente: Wikipedia[15]

La primera fase de ese plan de expansión sobre el Magreb central consistía en conquistar las plazas fuertes costeras de Melilla (1497), Mazalquivir (1505) y Orán (1509), que servirían de cabeza de playa desde donde se debía seguir avanzando hacia el interior. Pero entonces… Colón descubrió América.

Es decir, los españoles descubren el Nuevo Mundo (siempre focalizamos la historia sobre los grandes personajes y nos olvidamos de los procesos históricos): inmenso, verde, exótico y poblado por pueblos neolíticos o, en el mejor de los casos, calcolíticos. Frentes de guerra infinitamente más blandos que los magrebíes y unas tierras mucho más fértiles, y mejor regadas, con una gran variedad de plantas desconocidas para los europeos, que podrían tener una gran salida comercial aquí (cacao, patatas, tomates…) Y yacimientos minerales que nunca habían sido explotados. ¿Qué sentido militar tenía seguir insistiendo en extenderse por la secas y bien defendidas tierras del Magreb una vez conquistados los imperios azteca e inca en unas campañas militares extraordinariamente cortas y con unos efectivos peninsulares insignificantes en comparación con su alternativa norteafricana? La relación coste/beneficio entre ambas alternativas era abismal. América podría absorber durante siglos los excedentes de población peninsulares y satisfacer el instinto guerrero de todos los hidalgos que nos sobraban, así como las ansias de predicación de nuestro clero.

Pero había razones suplementarias que también absorbieron otra parte de las energías que estaba previsto proyectar sobre el Magreb: primero las guerras italianas de Fernando el Católico, que tuvieron como consecuencia la conquista de todo el sur de la península a principios del siglo XVI y, poco después, la coronación, en 1517, de Carlos I, el primer Habsburgo español, que abrió para los peninsulares multitud de frentes de guerra en el continente europeo. Así el golpe que los españoles estaban preparando sobre los pueblos africanos (el contragolpe histórico de la “Reconquista”), se desvió tanto hacia el este como hacia el oeste. Pero eso lo contaremos en nuestro próximo artículo.



[2] Ibíd.

[6] Mudéjar: En la España medieval significaba musulmán en tierra cristiana. Eran las poblaciones musulmanas que permanecieron en su tierra después de la conquista cristiana.

[7] ISMAEL DIADIE HAIDARA: Los últimos visigodos. La biblioteca de Tombuctú. RD Editores. Sevilla 2001. pp. 21-22.

[9] Mozárabe: En la España medieval significaba cristiano en tierra árabe. Durante los primeros siglos de al-Ándalus, siguieron siendo la mayoría de la población. Pero su número no dejará de disminuir desde la invasión del 711. Evolucionarán de dos maneras diferentes: o bien emigrarán hacia los reinos cristianos del norte, disolviéndose en su seno o, por el contrario, convirtiéndose al islam y engrosando, por tanto las filas de los muladíes.

[11] Ibíd.