El viejo Imperio persa y el más reciente Imperio romano estuvieron situados en la misma latitud pero, en rigor, no podemos decir que tuvieran el mismo clima aunque ambas zonas eran contiguas, dada la fuerte continentalidad del primero, en contraste con el marcado carácter marítimo del segundo. El Mediterráneo (el “Mare Nostrum”, es decir “Nuestro mar”) es el eje que vertebra toda la estructura política del Imperio romano. De ese mar extrae su fuerza. Sus aguas engrasan toda la maquinaria romana y hace fluir su proyecto de sociedad.
Fue el arqueólogo Gordon Childe quien puso en conexión el confinamiento que se establece en los “oasis” del Próximo Oriente con la aparición del Estado y de la ciudad, a través de su “teoría del oasis”:
Pero conforme la agricultura se fue extendiendo por el área peri-mediterránea, fue desplegando en esa zona una mayor potencialidad, porque el agua abundaba más y permitía, en consecuencia, mayores concentraciones de población. Al final el asunto es una cuestión demográfica: donde hay más habitantes puede haber también más soldados, y el ejército más grande termina derrotando al más pequeño.
Esta área es muy variada y, como vimos en artículos anteriores, marca el límite de las tierras húmedas del norte con las áridas del sur. El Imperio Mediterráneo es un experimento multi-ecológico. Pone en contacto directo a pueblos que viven en hábitats muy diferentes, con formas de vida muy distintas.
Todo esto traerá consigo mejoras tecnológicas, incrementos de población, fortalecimiento de las estructuras políticas, desarrollo urbano, artístico, científico y cultural. Los fuertes contrastes entre los niveles de vida de los pueblos de la zona en sus fases iniciales se irán paulatinamente amortiguando. Las costumbres se irán homogeneizando y la forma de vida romana se expandirá por doquier.
Cuando los españoles avanzaron por esos vastos espacios no hicieron otra cosa que seguir las rutas que la naturaleza ya había trazado hace millones de años y que todos los hombres que se habían desplazado antes que ellos por el continente también habían seguido. De esta afirmación tal vez podríamos inferir que, si de seguir un camino se trata, cualquier otro europeo hubiera valido ¿no? Como antes lo habían hecho los hombres americanos. Los españoles, desde el punto de vista racial, no son muy diferentes a sus vecinos, y buena parte de las poblaciones prerromanas de la Península Ibérica eran celtas, como las francesas, inglesas o italianas del norte.
Pero ni los franceses, ni los ingleses, ni ningún otro pueblo de la ecúmene europea tiene la historia medieval de los españoles, ni el país fragmentado, árido y diverso que constituye su hábitat, ni compartió durante tanto tiempo su condición fronteriza, tanto militar como ecológica, ni sufrieron las agresiones de 250 años consecutivos de oleadas invasoras, ni tampoco vivían en la puerta de la “Autopista de los Alisios” en la Era de la Navegación a Vela.
La conquista de los dos grandes imperios prehispánicos exigió, además, combatir en países muy cálidos y altitudes muy elevadas. No es sólo vivir a 1.000, 1.500, 2.000, 2.500 metros de altitud, es librar una guerra en ese medio y con muy pocos hombres, es sostener la logística necesaria, es asentarse después en el territorio... unos centenares de hombres rodeados de millones de indígenas que –hasta la llegada de los europeos- estaban perfectamente organizados y no los necesitaban, por tanto, para nada; es establecer una hábil política de alianzas con los nativos, hacerse un hueco en esa sociedad, hibridarse con ellos, cambiar las costumbres, la alimentación…
Desde el Estrecho de Bering -en la punta noroeste del continente americano- hasta la Tierra del Fuego -en su extremo sur- se extiende la cordillera más larga que existe sobre la Tierra, cuya línea de cumbres avanza desde el Círculo Polar Ártico hasta el Antártico, en sentido norte-sur, a unos centenares de kilómetros de distancia –por término medio- del Océano Pacífico. Esa cordillera fue el eje del Imperio Español (que ya dije que fue un imperio de tierras altas). Los navegantes se desplazaban hacia el oeste, desde España, hasta alcanzar los dos grandes puertos atlánticos de sus correspondientes virreinatos: Veracruz como puerta de la Nueva España, Portobelo como puerta del Perú. A partir de ahí las comunicaciones avanzaban por tierra hasta el Pacífico, desde cuyos puertos se redistribuían buena parte de las mercancías que habían llegado desde Europa por la mayor parte del Imperio Americano. El Océano Pacífico era el verdadero mar interior de los españoles, su “Mare Nostrum”.
La gran cordillera americana fue el esqueleto del Imperio Español, su reserva estratégica. Y el Océano Pacífico su sistema nervioso y circulatorio. La semana pasada dije que los españoles desempeñaron la función de bisagra que articuló la conexión entre América y el resto del mundo. Esa conexión necesitaba una sociedad todo-terreno, capaz de estructurarse en las Antillas, en los Llanos de Venezuela, en Mesoamérica, la zona andina, los pre-desiertos de los trópicos… Hacía falta la respuesta multimodal española.
Hubo otros imperios ultramarinos, hubo otras “transversalidades” simultáneas o posteriores a la española, hubo otras maneras de estructurar imperios multi-continentales protagonizadas por otros pueblos de la ecúmene europea:
En paralelo al imperio español se desarrolló el portugués. Era otro imperio ibérico, que compartió buena parte de la esencia de éste. Los portugueses también sufrieron la “Era de las Invasiones Africanas”, también se estructuraron militarmente para poder romper la hegemonía islamista en la Península e, igualmente, estaban apostados en la puerta de la “Autopista de los Alisios”. ¿Qué los diferencia de los españoles? Primero que son sólo una parte del todo, que la gran variedad de paisajes ibéricos, en su caso, se ve notablemente reducida. Ellos controlan buena parte del litoral atlántico peninsular y las tierras interiores adyacentes. Son un pueblo básicamente litoral, al que le falta la dimensión continental que aporta la meseta. El clima no llega a ser tan extremo. En comparación con España les falta profundidad demográfica y estratégica. Todo esto se vio reflejado después en su desarrollo imperial: Construyeron un imperio litoral, de tierras bajas, intertropical, que evitó los países templados y fríos. Un imperio básicamente comercial que nos recuerda a algunos pueblos de la antigüedad, como los fenicios. Serían los fenicios del Atlántico y del Índico. Los españoles, en cambio, fueron los romanos de América.
Los otros imperios ultramarinos -el inglés, el francés y el holandés- son los de la segunda generación. Mientras que españoles y portugueses están inventando a cada paso su propio modelo, construyéndolo sin referentes previos y lo que les sale, por tanto, es un reflejo de su propia personalidad, de su propia manera de proyectarse sobre los nuevos territorios. Los países de la segunda generación trabajan ya con un guion de referencia y, además, compiten entre sí e intentan arrancarle trozos a los imperios primigenios. Saben que tienen que establecer algún tipo de relación con los nativos de los países de ultramar que les permita entrar en una carrera en la que los ibéricos les llevan varios cuerpos de ventaja, y han interiorizado las formas de la transversalidad.
El imperio inglés construye una falsa transversalidad. El mestizaje es algo que les repugna íntimamente, aunque saben que tienen que articular algún tipo de relación estable con los nativos de los pueblos colonizados, sobre todo en las áreas tropicales e inter-tropicales, que los vincule con la nueva estructura política que están creando; así que se inventan un modelo de relación por capas. Se trata de establecer una sociedad estratificada tanto desde el punto de vista social como desde el racial. Y montan un modelo de castas o estamentos (al estilo del “Antiguo Régimen” europeo) que conecta bien con algunas aristocracias locales pre-británicas, llegando a un pacto tácito con ellas. Es el principio del “divide y vencerás”. Se trata de encontrar un grupo étnico minoritario en cada lugar -que puede ser nativo o importado- que desempeñe la función de mandos intermedios entre los blancos y el grueso de la población autóctona, estableciendo fuertes sanciones sociales contra el mestizaje (aunque los mestizos antiguos son bien recibidos porque pueden desempeñar esa función intermediaria que hemos citado). Así se utilizan a los brahmanes en la India, los hindúes en Sudáfrica, los judíos en Oriente Próximo... como ese instrumento de dominación, en un ambiente donde los blancos son claramente minoritarios. Este es el modelo en países donde el clima no parece adecuado para organizar un proceso colonizador masivo desde la metrópoli.
Pero en las franjas templadas, tanto del Hemisferio Norte como del Hemisferio Sur, sí se organiza ese proceso colonizador. Estas zonas se convierten así en el punto de destino de los excedentes de población británica, de sus minorías religiosas, disidentes diversos e, incluso, de presidiarios de la metrópoli. Esa franja templada (las trece colonias americanas, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) se estructuran como “nuevas inglaterras”, proyectando sobre ellas, por tanto, un modelo imperial “horizontal”, al viejo estilo de los imperios antiguos.
El modelo global inglés podemos definirlo como: horizontalidad esencial, transversalidad formal. Y denominarlo: “Estructura por capas”. Capas geográficas y capas sociales, perfectamente delimitadas.
Los modelos holandés y francés no son demasiado diferentes a éste. Podemos decir que el francés es algo más suave y el holandés menos extenso y, en consecuencia, menos variado, también podemos detectar en él algunos rasgos mercantiles y de tierras bajas que ya habíamos identificado en el portugués. En los tres casos estamos hablando de modelos reactivos, es decir: “son la respuesta a…” los modelos previos y, por tanto, digamos que juegan con unas reglas con las que no acaban de sentirse totalmente cómodos pero que tienen que aceptar para no dejarle más espacio de ventaja a sus adversarios políticos.
Por todo ello podemos, por tanto, afirmar que los ibéricos marcaron el camino y establecieron las reglas del juego, crearon la dinámica y luego los “especialistas” se subieron al tren, que ya estaba en marcha, con objeto de luchar, dentro ya, para adueñarse de la locomotora.









