miércoles, 15 de mayo de 2013

Un momento crítico


 Manuel Godoy - Cuadro de Goya

 La Guerra de la Independencia Española (1808-1814) constituye el momento más crítico de nuestra historia desde la invasión de los almorávides (1086-1148). Y representa la quiebra de un modelo, el fin de la España imperial.

La coyuntura de aquél histórico momento tuvo la virtualidad de poner en evidencia las miserias de nuestra estructura política. Al igual que en el 711, cuando el estado visigodo se pasó, en buena medida, con armas y bagaje al bando de los invasores musulmanes, en 1808 el Despotismo Ilustrado borbónico hizo lo propio con sus primos de más allá de los Pirineos. La dependencia cultural con respecto a Francia que se había desarrollado durante todo el siglo XVIII, que se apoyó a su vez en la tradicional dependencia intelectual de las clases dominantes españolas durante el último milenio con respecto a los patrones continentales, unida a la servil actitud histórica de nuestros dirigentes con los poderes imperiales europeos y que me llevó a definirlos en su momento como los capataces del Imperio[1], terminaron de hacer el trabajo para el que habían sido programados allá por el siglo XI, que era el de entregar el país a sus señores del exterior. Esa era su misión histórica.

Todo se consumó en 1808. Pero se estropeó en el último momento y, finalmente, nuestro país fue capaz de articular una resistencia al invasor difusa y descentralizada, que rompía todos los esquemas de las guerras convencionales, tal y como se enseñaban en las aristocráticas escuelas militares del siglo XVIII. Los generales napoleónicos se encontraron empantanados en un tipo de conflicto, que no habían sido capaces siquiera de imaginar.

Les pasó algo parecido a lo que, mil años antes, había ocurrido a los invasores musulmanes, aunque de forma mucho más acelerada. Los invasores, en ambos casos, contaron con el respaldo de un sector de las clases dominantes, pero terminaron encontrando una resistencia popular amplia, aunque dispersa y desorganizada, que elevó los costes de la ocupación y los atrapó en un conflicto en el que la posibilidad de someter al adversario se fue alejando día a día, hasta que tuvieron que abandonar el país.

El comienzo de la resistencia armada de los cristianos españoles contra los musulmanes en el siglo VIII terminaría representando el fin de la expansión islámica en el occidente europeo. Los sucesos de 1808 significaron, igualmente, el fin de la expansión francesa en esa misma zona geográfica. En ambos casos la presencia de los invasores liberaría el instinto de un pueblo disciplinado pero fronterizo, y muy independiente. Y la profundidad estratégica de la Península Ibérica terminará haciendo el resto. La supresión de las “formalidades” políticas específicamente españolas tuvo la virtud de desenmascarar a los “traidores” del interior y de volver evidente que todos los discursos acerca de la superioridad de los extranjeros lo único que perseguían era el sometimiento de nuestro país a los proyectos imperiales surgidos en el corazón de la ecúmene europea.

La reacción de los hispanos ante la invasión sorprendió a la intelligentsia pero, sin embargo, no era nueva en absoluto. Fue un movimiento atávico, casi mecánico. Un comportamiento que repetía viejos patrones históricos de nuestro pueblo. Les recordaré algunos párrafos que hemos venido publicando en este blog durante el último año y medio.

Acerca de la Guerra de Sucesión Española (1701-1713) dijimos el pasado mes de octubre:

A finales del verano de 1706 la guerra estaba perdida en todos los frentes, hasta el punto de que Luis XIV le recomendó a su nieto que renunciara a la corona española y reconociera como vencedor al archiduque. Hasta ese momento el conflicto había sido llevado exclusivamente por militares profesionales. Pero ese fue, precisamente, el comienzo de una contraofensiva surgida desde Castilla y Extremadura y desplegada por nuevos ejércitos de voluntarios que van recuperando, de manera sistemática, todos los territorios peninsulares, infligiendo a los aliados derrotas tan rotundas como las de Almansa, Brihuega y Villaviciosa. Durante ese contraataque aparecen nuevas formaciones militares de tipo irregular, llamadas “cuerpos francos”, que son precursoras de las “guerrillas” que un siglo después articularán la resistencia contra el ejército napoleónico.”[3]

Y cuando hablamos de Alfonso X el Sabio (en febrero de 2012):

El rey Sabio, que sucumbió ante los cantos de sirena del sueño europeo, será derrotado por el rey Bravo. No será la última vez –ni tampoco la penúltima- que la bravura derrote a la inteligencia en España, que el corazón derrote a la cabeza. Y la mayor parte de esas derrotas de la inteligencia vinieron siempre por el mismo camino: por la imitación acrítica de modelos extranjeros en el peculiar ecosistema ibérico, que termina provocando reacciones inesperadas en el tejido social. [...] La demostración más clamorosa de lo que decimos fue, precisamente, la derrota estratégica de los musulmanes en la Península a lo largo de la Edad Media: Ellos pusieron la inteligencia y los cristianos la bravura.

[…]

Este reinado vino a mostrarnos el rumbo que seguiría la España del futuro. Nos reveló hasta que punto nuestras clases dominantes estaban dispuestas a subordinar sus proyectos nacionales a sus sueños europeos para convertirnos así en unos meros auxiliares de las fuerzas imperiales que fueran surgiendo en el continente. [...] El reinado de Carlos I, en particular, y de los cinco habsburgos, en general, discurrirá por esa senda. También lo harán los de los borbones, a lo largo del siglo XVIII.[4]

La política exterior seguida por Carlos IV (1788-1808) y su valido Godoy, coincidiendo con la primera parte del reinado –en Francia- de Napoleón Bonaparte no fue más que una acumulación de despropósitos que apuntaban todos hacia el inevitable desenlace armado con el que se puso fin a la creciente injerencia francesa en los asuntos españoles. Desde la pésima negociación llevada a cabo en torno al territorio norteamericano de Luisiana (2.140.000 km2, el 23% de la superficie actual de los Estados Unidos de Norteamérica) que culminó con el Tercer Tratado de San Ildefonso (1800):

“Los acuerdos incluyeron:

·      La república francesa pondría a disposición del duque de Parma Fernando I de Borbón-Parma, un territorio de nueva creación en la península italiana, sobre el que tendría consideración de rey (no estaba especificado qué territorio, aunque se sugería la posibilidad de que fuera Toscana o las Legaciones de Ferrara, Bolonia y Romaña).
·      Un mes después de la toma de posesión del infante, España haría entrega a Francia de 6 navíos de guerra de 74 cañones cada uno.
·      6 meses después, España entregaría a Francia la colonia de Luisiana, bajo soberanía española desde 1763 por el tratado de París.
[…]
El 15 de octubre de 1802 Carlos IV publicó en Barcelona una Real Cédula por la que se hacía efectiva la cesión de la Luisiana a Francia, disponiendo la retirada de las tropas españolas en la región, a condición de que los religiosos españoles estarían autorizados a seguir en la zona y los habitantes de la colonia mantendrían la posesión de sus propiedades La colonia permanecería poco tiempo bajo soberanía francesa, pues al año siguiente Francia vendió Luisiana a los Estados Unidos, incumpliendo la promesa hecha a España en las conversaciones hechas en torno al tratado de 1801.”[5]

El monarca y su valido habían supuesto que el poderoso estado francés reforzaría ese inmenso territorio con colonos y soldados de su país, que actuarían de tapón y de freno al expansionismo de los Estados Unidos sobre las inmensas praderas del oeste norteamericano, protegiendo así el flanco nordeste del Imperio español en América. No tardaron ni un año en comprobar que su estrategia era justo la contraria: fortalecer el avance de las “trece colonias” por ese territorio para que les crearan frentes alternativos a los ingleses y los españoles allí que les permitieran a Francia emplearse a fondo en Europa contra esas dos potencias atlánticas. Carlos IV entregó la Luisiana española a Napoleón (que tal y como la recibió se la traspasó a los EEUU) a cambio de un pequeño reino títere (Etruria) en Italia ¡¡para un sobrino suyo!!, cuya existencia (la del citado reino) fue exactamente de 6 años (1801-1807).

Las solemnes tomaduras de pelo de Napoleón durante el período 1800-1803 se ve que no fueron lo suficientemente contundentes como para que nuestros dirigentes escarmentaran, y en 1805 vemos a los marinos españoles obedeciendo órdenes del mando francés en la batalla de Trafalgar, lo que les condujo a la peor derrota naval sufrida por nuestra marina desde Préveza (1538). Y como no habían tenido suficiente todavía se pusieron a negociar con Francia el reparto de Portugal y acordaron dividir el vecino país del oeste peninsular en tres trozos: uno para Francia, otro para España y el tercero para Godoy. ¿Se imaginan a nuestros dirigentes permitiendo a los ejércitos napoleónicos rodear España por el norte, por el este y, con su complicidad, por el oeste? ¿No se les ocurrió pensar que no tenía sentido la presencia militar francesa en Portugal más que si el objetivo era someter a España?

Y para hacer esa invasión posible se autorizó al ejército francés a cruzar por tierra nuestro país (¿?) es decir, se les autorizó a invadirnos... pacíficamente. Y una vez dentro nadie de nuestro gobierno, ni de nuestro ejército controló de hecho cuantos franceses había en España, ni dónde estaban situados, ni si tenía sentido su presencia en zonas que no cogen de paso para Portugal. El ejército de ocupación francés en España, que eufemísticamente iba “camino a Portugal”, llegó a triplicar el de los soldados españoles que había en España.

¿Sabe que el 2 de mayo de 1808 había 30.000 soldados franceses situados sólo en los alrededores de Madrid frente a 5.000 españoles? 30.000 soldados franceses en Madrid. Con el visto bueno de las autoridades españolas... En Roma ningún emperador permitió jamás la presencia en la capital de una sola legión de su propio ejército. Los césares tenían muy claro que un ejército en la capital era una tentación demasiado fuerte para los potenciales golpistas. Y de eso hace ya dos mil años.

Pues lo que era obvio para los emperadores romanos no lo era para los dirigentes españoles a principios del siglo XIX. Eso era entregar el mando del país, lisa y llanamente, al ejército invasor... 

Pero la entereza que el monarca y sus cortesanos no eran capaces siquiera de imaginar la terminó demostrando un pueblo que llevaba grabado en su subconsciente las viejas tácticas de lucha contra el Islam durante un milenio. Y una vez más jugaron, instintivamente, al contraataque: una vez que se dejó entrar al enemigo convirtieron –después- la ocupación en un infierno:

Fueron los españoles los que demostraron la  validez de la frase de Wellington: 'cuanto más terreno tienen los franceses, más débiles son en cualquier punto determinado'. […] Fue esta resistencia continua, por débil que a menudo fuera, la que acabó con la doctrina de Napoleón de la concentración máxima. El Emperador y sus generales no pudieron resolver las exigencias contradictorias de la ocupación y la operación en territorio hostil. 'Si concentro 20.000 hombres -escribía Bessièrcs, en 1811, agotadas sus fuerzas en el Norte- se perderán todas mis comunicaciones y los insurgentes harán grandes progresos. Ocupamos demasiado territorio'[6]

Recordemos que, en la Edad Media, el peso de la lucha contra los musulmanes lo llevaron, durante bastante tiempo, las milicias ciudadanas, reclutadas por pueblos y ciudades en las asambleas abiertas de los concejos municipales. La guerra, en España, era algo íntimamente vinculado a la condición fronteriza del país.

Como la resistencia española contra Napoleón fue dispersa y descentralizada, el efecto que produjo después sobre el tejido social del país fue el inverso que produjeron las guerras napoleónicas en el resto de Europa. Si los alemanes llegaron a la conclusión de que para enfrentarse con Francia “había que tener un estado tan centralizado como el francés”[7], los españoles –en cambio- aprendieron la lección contraria: Para enfrentarte con éxito contra el invasor tienes que pegarte a la tierra, fundirte con ella, diversificando y diseminando la resistencia.

De esta manera los poderes locales salieron fortalecidos, los particularismos culturales, las viejas tradiciones… y los liberales.

Los liberales fueron demócratas, mientras que los afrancesados creyeron en la reforma desde arriba. El liberalismo implicaba la soberanía de la nación, y no simplemente una España dividida en provincias “racionales”, libre de frailes y de la inquisición[8]

La Guerra de la Independencia dejará tocado, ya para siempre, el absolutismo monárquico en España, y abrirá de par en par las puertas de los movimientos independentistas hispanoamericanos.

A comienzos de la Guerra de la Independencia (1808-1814) las revueltas populares se acompañan de la creación de Juntas provinciales y locales de defensa. Estas juntas tienen como objetivo defenderse de la invasión francesa y llenar el vacío de poder (ya que no reconocían la figura de José I). Estaban compuestas por militares, representantes del alto clero, funcionarios y profesores, todos ellos conservadores. En septiembre otorgan la dirección suprema a la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino.

El 19 de noviembre de 1809 las tropas imperiales derrotaron al ejército de la Junta Central en Ocaña, y los franceses tuvieron el paso franco hacia Andalucía. La Junta se retiró a Cádiz y el 29 de enero de 1810, desacreditada por las derrotas militares, se disolvió y dio paso a una regencia, ejercida en nombre de Fernando VII. Para reforzar su posición institucional y adquirir mayor legitimidad, la regencia decidió convocar Cortes y tras un intenso debate acordó que fueran unicamerales, y electas por sufragio censitario (sólo podían votar quienes tuvieran un determinado nivel de renta) e indirecto. Se reunieron por primera vez en Cádiz, en la Isla de León, el 24 de septiembre de 1810.”[9]

Fue en ese contexto de las Cortes de Cádiz donde vio la luz la primera constitución española en 1812:

La Constitución española de 1812, conocida popularmente como la Pepa, fue promulgada por las Cortes Generales de España, reunidas extraordinariamente en Cádiz, el 19 de marzo de 1812. Se le ha otorgado una gran importancia histórica por tratarse de la primera constitución promulgada en España, además de ser una de las más liberales de su tiempo. Respecto al origen de su sobrenombre, la Pepa, no está muy claro aún, pero parece que fue un recurso indirecto tras su derogación para referirse a ella, debido a que fue promulgada el día de San José.

Oficialmente estuvo en vigor sólo dos años, desde su promulgación hasta su derogación en Valencia, el 4 de mayo de 1814, tras el regreso a España de Fernando VII. Posteriormente se volvió a aplicar durante el Trienio Liberal (1820-1823), así como durante un breve período en 1836-1837, bajo el gobierno progresista que preparaba la Constitución de 1837. Sin embargo, apenas si entró en vigor de facto, puesto que en su período de gestación buena parte de España se encontraba en manos del gobierno pro-francés de José I de España, otra en mano de juntas interinas más preocupadas en organizar su oposición a José I y el resto de los territorios de la corona española (los virreinatos) se hallaban en un estado de confusión y vacío de poder causado por la invasión napoleónica.

[…]

El producto de este intento de revolución fue una constitución con caracteres nítidamente hispanos. Los debates constitucionales comenzaron el 25 de agosto de 1811 y terminaron a finales de enero de 1812. La discusión se desarrolló en pleno asedio de Cádiz por las tropas francesas, una ciudad bombardeada, superpoblada con refugiados de toda España y con una epidemia de fiebre amarilla. El heroísmo de sus habitantes queda para la historia.

La redacción del artículo 1 constituye un claro ejemplo de la importancia que para el progreso español tuvo América. Fue el primero, y por ello, el más importante. Este es su famoso texto:

La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios

La construcción queda definida desde parámetros hispanos. La revolución iniciada en 1808 adquiría, en 1812, otros caracteres especiales que los puramente peninsulares. Aludía a unas dimensiones geográficas que compondrían España, la americana, la asiática y la peninsular. La Nación española quedaba constitucionalmente definida.”[10]

El regreso de su exilio francés del destronado Fernando VII -en 1814- significará el fin de aquella primera experiencia parlamentaria española y la restauración del absolutismo monárquico. Pero por poco tiempo ya, en 1820 el general Riego proclamará de nuevo la vigencia de la Constitución de 1812 (que durará tres años) y en 1836 abrirá ya, definitivamente, el parlamentarismo español contemporáneo.




[1] http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/05/los-capataces-del-imperio.html
[3] “Cambio de rumbo”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/11/cambio-de-rumbo.html
[4] “El rey sabio”. http://polobrazo.blogspot.com/2012/03/el-rey-sabio.html
[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_de_San_Ildefonso_%281800%29
[6] RAYMOND CARR: España 1808-1795. Ariel. Barcelona. 1985.
[7] “El expansionismo alemán”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/04/el-expansionismo-aleman.html
[8] RAYMOND CARR: Ibíd.
[9] http://es.wikipedia.org/wiki/Cortes_de_C%C3%A1diz.
[10] http://es.wikipedia.org/wiki/Constituci%C3%B3n_espa%C3%B1ola_de_1812

domingo, 28 de abril de 2013

Las lecciones de la Historia




El nacionalismo surgió en su día para plantar cara a un adversario exterior poderoso. Cuando cumple bien su papel, puede terminar convirtiendo al grupo que lo utiliza como herramienta en el núcleo dirigente de una gran potencia. Pero en cada región de nuestro planeta sólo hay sitio para un número limitado de estados-nación (variable, además, a lo largo de la historia), más allá del cual esta ideología conduce hacia una atomización política fratricida que puede terminar llevando a sus habitantes a unos niveles de violencia inconcebibles entre personas civilizadas y conducir, tanto a sus agentes como a sus víctimas, hacia su autodestrucción física y hacia la irrelevancia política.

Históricamente ya vimos como la primera fase de este proceso la protagonizaron, en Europa, los cinco estados-nación surgidos en los siglos XV y XVI, cada uno de los cuales dará origen a un imperio ultramarino diferente, de carácter eurífugo como ya dijimos hace varias semanas[1], dándoles a cada uno de ellos un significativo protagonismo político, en una ecúmene que en sus regiones orientales se encontraba mucho más dividida desde el punto de vista étnico.

Durante los siglos XVII y XVIII se van desplegando en Europa Oriental varios imperios multiétnicos (Prusia, Austria, Rusia, Imperio turco), algunos de los cuales poseen un claro perfil eurípeto, que son contagiados en el XIX por el nacionalismo propio de esa centuria que evoluciona desde su originaria ascendencia francesa, volviéndose más corrosivo conforme avanza hacia el este. El nacionalismo alemán, que debía cumplir la misión histórica de situar a su país en la cumbre del liderazgo planetario, fracasó estrepitosamente, empleó unos niveles de violencia nunca antes vistos en Europa y el resultado final fue la exacerbación de una multitud de proyectos nacionales alternativos cuyo proceso de despliegue está aún lejos de haber terminado y que se disputan entre ellos un espacio vital tan limitado que es manifiestamente imposible que pueda ser satisfecho en ningún caso.

Los dos grupos étnicos más potentes de todo este fluido magma de la Europa Oriental son, precisamente, los que marcan sus límites occidentales y orientales: alemanes y rusos respectivamente (los turcos, que constituyeron su límite meridional, fueron expulsados de esa zona a lo largo del siglo XIX). Pero incluso los miembros de estas dos etnias, que son a los que les ha ido un poco mejor en esa lucha, han tenido que pagar un formidable tributo de sangre como consecuencia de los innumerables conflictos nacionales que vienen librándose en esa vasta región desde hace varios siglos. Y están lejos de haber cubierto sus propias expectativas, siquiera fuera en términos de expansión geográfica formal. Todos han tenido que corregir a la baja sus proyectos nacionales, demostrando así de manera práctica que los medios utilizados por las fuerzas nacionalistas no sirven para conseguir sus propios fines.

Y no sirven por algo que vengo diciendo a través de estas páginas desde hace ya casi año y medio: Porque toda sociedad es, en realidad, un ecosistema social, y la diversidad es algo consustancial con ella. Es cierto que es posible avanzar hacia una mayor uniformidad de tipo lingüístico o religioso, como han podido conseguir algunos grandes imperios a lo largo de la historia. El Imperio romano, el árabe o el español lo llevaron a cabo en buena medida (nunca totalmente), pero esto pudo ser posible por varias razones (que no se dan en la Europa contemporánea):

La primera es que en el espacio geográfico por el que se extendieron esos grandes imperios había importantes desniveles tecnológicos entre sus diversos habitantes en el momento en el que construyeron dichos imperios, y que los dominados cambiaron cultura por tecnología. Aceptaron la dominación porque no juzgaron viable sacudirse el yugo de los conquistadores y durante las siguientes generaciones se produjo un proceso aculturador intenso entre las clases medias de la nueva sociedad que se estaba formando que le garantizó a estos últimos los suficientes apoyos sociales como para ir integrando -de manera gradual- a las diversas poblaciones del imperio en el nuevo universo cultural.

La segunda razón que permitió la consolidación de esos poderosos imperios fue que pudieron disfrutar -durante su fase expansiva- de un relativo monopolio de la fuerza en esa extensa región. No había cerca ningún otro imperio que alimentara la disidencia de los dominados.

La tercera es que los conquistadores se movieron en un ecosistema natural relativamente parecido al de su país de origen y supieron desenvolverse en él con relativa destreza, demostrando así ser “la especie mejor adaptada” a ese hábitat natural. En el caso romano el espacio peri-mediterráneo, en el árabe las zonas áridas que flanquean los desiertos del Próximo Oriente y del Norte de África y en el español la transversalidad del continente americano. Detrás de cada imperio hay una idea motriz, que genera un complejo cultural completo del que la religión y la lengua forman parte, además de otra multitud de factores y de costumbres validadas por el tiempo que garantizan tanto el salto tecnológico sobre la fase histórica anterior como su peculiar adaptación al medio al que la citada idea motriz da respuesta.

Nada de esto se ha dado en el contexto de la expansión de las fuerzas nacionalistas por Europa a lo largo de los siglos XIX y XX. Los desniveles tecnológicos y demográficos dentro de Europa no son suficientes como para dejar sin capacidad de resistencia a los dominados y, además, siempre hay alguna potencia rival cerca dispuesta a agudizar todas las posibles contradicciones internas de sus adversarios, lo que termina convirtiendo a toda agresión en el comienzo de un infierno que se realimenta a sí mismo, en una espiral de violencia autodestructiva.

Las guerras libradas en los años 90 del pasado siglo XX en los países que formaron parte de la antigua Yugoslavia constituyen uno de los ejemplos más recientes de lo que venimos diciendo. Y desgraciadamente en toda la región siguen latiendo demasiados deseos de venganza, demasiados conflictos étnicos de mayor o menor intensidad.

La política de limpieza étnica inducida por las diversas facciones nacionalistas no hace más que realimentar la espiral de la violencia, que no podrá ser superada hasta que sus habitantes sustituyan sus escalas de valores por un código ético mucho más integrador e inclusivo. El proyecto de la Unión Europea ha pretendido -durante varias generaciones- construir esa nueva escala, pero ha terminado creando un engendro político que nos recuerda demasiado al Imperio hispano-alemán de los Habsburgo, que condujo a Europa a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Mientras existió el “Telón de Acero”, la Comunidad Económica Europea (precursora de la actual Unión Europea) supo mantener sus equilibrios internos relativos que le garantizaron cierta estabilidad interna, a pesar de encontrarse en un proceso de evolución continua. Pero cuando cayó el Muro de Berlín se inició una nueva carrera de fuerzas nacionalistas compitiendo por la expansión de su propio espacio vital en la Europa Oriental, liderada por los propios alemanes, que posee (la carrera citada) un exceso de resonancias de los grandes conflictos contemporáneos.

El proceso de atomización de los estados-nación que ha ido avanzando por la zona desde principios del siglo XIX, en paralelo (y no por casualidad) al proceso unificador alemán e italiano y el avance del Imperio ruso y sus herederos soviéticos en el Este, ha abierto una Era de enfrentamientos entre grupos étnicos y de continuos reajustes de fronteras que están lejos de haber terminado.

La falta de entendimiento entre vecinos que se da en nuestra ecúmene, el exceso de estereotipos a la hora de juzgar al otro y un cierto sentimiento de pueblo elegido de origen evidentemente bíblico que alcanzó a los movimientos nacionalistas a través del protestantismo y la relación subjetiva directa e íntima que se establece -sin mediación alguna- entre Dios y el creyente, sentó las bases para los grandes enfrentamientos armados del siglo XX.

En una Europa Oriental en la que multitud de grupos étnicos convivían en los mismos territorios, los procesos de autoafirmación nacional tenían que conducir necesariamente a un proceso de limpieza étnica, con deportaciones masivas y forzadas de poblaciones entre los diferentes países (turcos por griegos en la frontera greco-turca, expulsión de alemanes en los enclaves rodeados de poblaciones eslavas, de polacos en Bielorrusia, etc.) cuando no de puro y simple genocidio, han dejado una huella profunda en el subconsciente colectivo que no será fácil de borrar en el futuro. Y, desde luego, las actitudes maximalistas germanas han ayudado muy poco en ese sentido.

¿Se imagina a una “Unión Europea” con serbios, croatas, bosnios y kosovares dentro? ¿Se imagina a los burócratas de Bruselas imponiendo en la región la libre circulación de personas y de capitales? ¿Cómo gestionarán esos conflictos los comisarios europeos? ¿Recuerda a los “civilizados” yugoslavos matándose por las esquinas ante nuestras atónitas miradas hace menos de veinte años?

Hay demasiadas heridas abiertas a nuestro alrededor, demasiados antecedentes históricos, demasiadas profecías autocumplidas como para poder dormir tranquilos. Es hora de empezar a reflexionar con un poco de rigor, de aprender las lecciones que la historia, que es cíclica, nos está enseñando cada día.

[1]Los imperios efímeros”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/los-imperios-efimeros.html

miércoles, 10 de abril de 2013

El expansionismo alemán



En el artículo anterior dijimos que “la 'nación' francesa surgió como una rebelión de la sociedad contra el estado”, que fue “una subversión social que igualó a los hombres jurídicamente”. También que “la nación alemana era […] la respuesta a una agresión francesa” que “se estructuró para poder enfrentarse adecuadamente a esa amenaza”. Y que en la mayor parte de los países que han desarrollado un movimiento nacionalista éste ha tenido un carácter, más bien, emancipador, mientras que en los casos alemán e italiano el elemento predominante fue el unificador.

Algunas de estas afirmaciones pueden parecer contradictorias, porque si los alemanes construyen una réplica del concepto francés de “nación” para poderse enfrentar con éxito con él ¿Cómo es que lo que les sale es, sin embargo, tan distinto?

También dijimos que Francia era uno de los países más centralistas del mundo y que cuando su modelo se trasladaba a otros con una estructura política diferente tenía que provocar una serie de desajustes que no se daban en el original.

Durante el período 1789-1815 buena parte de Europa sufrió la agresión francesa,  el ataque de un ejército perfectamente organizado, masivo, nacional e inspirado en los valores de los revolucionarios franceses. La conclusión que sacaron buena parte de los agredidos (excepto los españoles, cuyo caso ya veremos) es que para enfrentarse con Francia había que tener un estado tan centralizado como el francés. Pero en Alemania eso significaba transformar profundamente las estructuras políticas que la habían caracterizado durante un milenio. Los alemanes empezaron a transferir desde entonces un poder inmenso al estado unificado (por más que éste respetara formalmente cierta autonomía regional). Mientras que en Francia el Estado era un villano que había que vigilar de cerca, en Alemania era el instrumento que liberaría a los hombres de sus enemigos exteriores.

El estado francés en el siglo XIX tiene ya un rodaje de varios siglos. Desde la Guerra de los cien años (1337-1453), pasando por el estado autoritario (siglo XVI), el absolutista (siglos XVII y XVIII), las revoluciones de 1789, 1830, 1848 y 1871... es una vieja estructura política, bien conocida, que ha generado en la sociedad un buen número de anticuerpos para enfrentarse con él. No es casual que el país más centralista, el más compacto de todos, sea a su vez el que más oleadas revolucionarias ha sufrido. Es que una cosa acompaña a la otra. Como los ciudadanos saben hasta que extremos puede llegar, han organizado la resistencia, y ésta ha tenido tiempo de ir colándose despacio en sus mentes, ha sido interiorizada. ¿Recuerda aquello de que “el equilibrio de fuerzas es una característica intrínseca de la europeidad”? Pues esto no sólo se aplica en términos geográficos, también lo hace en términos sociales, políticos, ideológicos...

En realidad el equilibrio forma parte de la esencia de la sociedad. De cualquier sociedad. Sólo que éste posee unos márgenes de variabilidad diferentes en contextos culturales distintos. Esto es así porque las sociedades son ecosistemas sociales, y todo ecosistema posee una serie de mecanismos que reaccionan cuando se produce un ataque a la lógica interna del conjunto.

Pero el estado alemán surgió en 1871. Los alemanes, como europeos que son, estaban perfectamente al día de todos los procesos de evolución culturales, ideológicos, tecnológicos... Desde un punto de vista geográfico, además -unidos o divididos-, están de todas formas en el centro de gravedad europeo. Se sienten, por tanto, el “eje” de la europeidad. Y además son muchos. El pueblo alemán ha sido el que más habitantes ha tenido en nuestra ecúmene, históricamente. Y también uno de los que posee una mayor densidad de población...

Sin embargo, no tenía la tradición estatal de los franceses, los ingleses o los holandeses. Ni tampoco las que acompañan a ésta, sus contrapesos sociales. El resto de la historia es de todos conocido.

Después de llevarse un milenio ensimismados en sus asuntos domésticos, tras la agresión francesa respondieron intentando quemar etapas para hacer en dos o tres generaciones lo que sus competidores habían ido construyendo a lo largo de varios siglos y, al hacerlo, arrastraron al resto de Europa, especialmente a los que también tenían la sensación de haberse quedado atrás. Y el nacionalismo se extendió por toda la ecúmene... El nacionalismo del siglo XIX, que era  más virulento que el que hundía sus raíces en los estados-nación del siglo XVI (las cinco naciones clásicas del Occidente europeo).

Dijo Julián Marías:

el concepto de 'nación' no existe sólo en singular. Las naciones suponen relaciones entre ellas, relaciones de extranjería, y un ámbito dentro del cual coexistan" [...] "ocurre con la palabra 'nación' como con la palabra 'hermano': suponen otros. [...] Las naciones son variedades de lo humano, concretamente de lo europeo: están hechas de Europa, de ese sustrato común; por eso cada una pretende ser la mejor: hay un elemento esencial de rivalidad” [entre ellas][1]

En el siglo XIX asistimos a un proceso de aceleración histórica que tiene mucho de artificial, en la medida en que los móviles que empujan a los hombres a actuar tienen más que ver con los agravios subjetivos -tal y como son percibidos por los distintos grupos humanos- que con sus verdaderas necesidades o con sus propias especificidades. Vemos a estructuras imperiales multiétnicas -como el Imperio austro-húngaro, el turco o el ruso- caer en la trampa nacionalista de corte francés, que procede del estado más compacto, desde el punto de vista cultural, que había en Europa. Pero esa lógica política era la opuesta a la que las superestructuras que ellos encarnaban necesitaban.

No pudieron evitar que los procesos sociales desencadenados por la Revolución francesa los arrastrara hacia el abismo. Todo grupo humano que tuviera unos marcadores de etnicidad fácilmente identificables, de tipo lingüístico o religioso, se sentía obligado a definir su propio proyecto nacional, sin tener clara consciencia de que ese camino, en una Europa central y oriental donde multitud de grupos étnicos se solapaban entre sí, conviviendo juntos en el mismo espacio geográfico, conducía hacia un baño de sangre.

La tendencia hacia el monolitismo cultural que toda “nación” encarna posee una potencialidad explosiva en los espacios geográficos multiétnicos. Ya vimos lo que les sucedió a judíos y moriscos en España, a los hugonotes en Francia o a los católicos en Inglaterra durante la fase de formación de las naciones-estado renacentistas. Y estos eran países donde los grupos mayoritarios poseían una hegemonía bastante clara, los estados estaban ya constituidos y sus fronteras perfectamente delimitadas. Ahora traslade mentalmente las exigencias de ese modelo hacia el “avispero balcánico” por ejemplo, donde no había fronteras consolidadas, ni estados asentados, ni hegemonías étnicas claras en la mayor parte del territorio. Dónde no sólo hay gran variedad de grupos religiosos y lingüísticos entremezclados sino, también, diferentes gradaciones entre los mismos. ¿Dónde acababa –en el siglo XIX- el idioma serbocroata y empezaba el búlgaro? (que, para entendernos, vienen a ser -comparativamente hablando- como el castellano y una lengua intermedia entre el gallego y el portugués, pero cuyos hablantes llevaban varios siglos formando parte del Imperio turco y hablando en turco con los que  les mandaban).

En el Imperio austro-húngaro (cuya lengua oficial era el alemán hasta 1867 y el alemán y el húngaro desde entonces) se hablaba italiano, esloveno, serbocroata, rumano, ucraniano, checo, eslovaco y polaco, además del alemán y el húngaro ya citados.

Este era el panorama general de Europa, al este de Alemania, durante el siglo XIX. Para que se declare un incendio sólo hacen falta tres condiciones: combustible, comburente y chispa. Pues en Europa teníamos el combustible y el comburente ya preparados. Sólo faltaba la chispa, Y ésta la pusieron los movimientos nacionalistas.

Alemania, el estado más poblado de Europa al oeste de Rusia, separaba a las naciones-estado consolidadas del Occidente europeo de las fluidas “naciones” en proceso de construcción de la Europa Oriental. Austria y Prusia, los dos estados germánicos más poderosos, habían crecido precisamente en sus fronteras orientales, en lucha con los pueblos eslavos que les rodeaban y con los imperios turco y ruso, que les habían disputado históricamente la hegemonía sobre ese conjunto.

Tras la invasión de las tropas napoleónicas, que llegaron en su avance hasta Moscú, el relevo lo toman los alemanes. Y el II Reich mira hacia el este y prepara, contemplando ese paisaje, un nuevo proyecto hegemonista que es una réplica actualizada del francés.

Ya hablamos hace varias semanas del fracaso histórico de los imperios eurípetos[2]. Pero es obvio que, a finales del siglo XIX, no se tenía todavía el bagaje histórico que hoy nos permite afirmar que ese proyecto estaba abocado al fracaso. 

La agresión alemana sobre los pueblos del este de Europa en las dos guerras mundiales ha terminado provocando, en ese espacio geográfico, una reacción semejante a la que en su día provocó la agresión francesa sobre Alemania.

Cuando el estado mayor de un ejército planifica una invasión sobre un país enemigo, el porcentaje de veces en las que sucede lo que el agresor había previsto es muy bajo, y alrededor de la mitad de las veces, incluso, sucede lo contrario de lo que ellos pensaban que pasaría.

El gobernante más poderoso que haya en el mundo sólo controla una pequeña parte de los factores que intervienen en un conflicto. El resto los tiene que prever. Tiene que imaginarse cuál va a ser la respuesta tanto del adversario como de los terceros que observan. Y la imaginación no es, desde luego, el punto fuerte de esos personajes, a los que suele resultarle bastante difícil ponerse en el lugar del otro. 

Comparemos ahora los mapas políticos de Europa de 1914 y de 2013:




Mientras que entre los estados del Occidente europeo las fronteras actuales no han variado de manera significativa durante el último siglo, en el este -en cambio- se han transformado bastante. Centrémonos ahora en los dos grandes estados germánicos de 1914: el Imperio alemán (color celeste) y el austro-húngaro (en amarillo). Los dos tenían al alemán como lengua oficial y sus dirigentes eran étnicamente germanos. En Alemania también eran germanos étnicos la inmensa mayoría de la población, en Austria sólo un pequeño porcentaje. Veamos el mapa de las lenguas del imperio austriaco en 1910:



El alemán se hablaba en el actual territorio austriaco y en una serie de enclaves dispersos por todo el imperio. Y por supuesto por las clases dirigentes en todas partes.

¿Cuál es la consecuencia, a día de hoy, del expansionismo germano que tuvo lugar entre 1871 y 1945? Pues un evidente retroceso geográfico. En el caso alemán, las provincias más occidentales (Alsacia y Lorena, ayer alemanas y hoy francesas) siguen manteniendo a las mismas poblaciones, aunque han cambiado de bandera. Eran y son una zona de transición entre Alemania y Francia. Pero vienen siendo educados en francés desde 1918, lo que ha ido reforzando su vinculación con su actual país y debilitando la que tuvieron con el antiguo.

Pero la corrección de fronteras por el este (con Polonia y con Rusia) ha significado la deportación masiva de las poblaciones germanas que vivían en ese territorio hacia el oeste de la línea Oder-Neisse, y hoy sus descendientes se pasean por las calles de Hamburgo, de Berlín o de Munich. Ciudades tan emblemáticas como Dánzig (hoy Gdansk, cuyo “corredor” fue el pretexto que desencadenó la Segunda Guerra Mundial) o Königsberg (hoy Kaliningrado, cuna de Kant y capital de la Prusia Oriental), ciudades (ambas) que fueron orgullo de la germanidad, hoy son netamente eslavas. En la Gdansk polaca vimos en los años ochenta a Lech Wałęsa fundar el sindicato “Solidaridad”, un hito en la historia de la Polonia actual. Y Kaliningrado es -actualmente- el enclave más occidental de la Rusia de Putin.

En cuanto al poderoso Imperio austro-húngaro, sólo Austria sigue hablando alemán -y algunas minorías residuales en algún país fronterizo con ella. Poco queda de las élites dirigentes germano parlantes que se paseaban por las calles de Praga, de Budapest o de Zagreb. Menos aún de los viejos enclaves alemanes, como el de los Sudetes, que sirvieron para justificar la invasión alemana en Checoslovaquia. Y no hablemos ya de la trágica historia de las minorías alemanas de Rusia, en especial de los alemanes del Volga.

La historia va y viene. En una Unión Europea en la que los alemanes hoy imponen su ley, pueden parecer extrañas estas historias. Pero no hace tanto de ellas. Hace setenta años decían que su imperio duraría mil años... Como diría Miguel de Unamuno: una cosa es vencer y otra, muy distinta, convencer.


[1] JULIÁN MARÍAS. 2002. España Inteligible. Madrid. Alianza Editorial.

[2]Los imperios efímeros”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/los-imperios-efimeros.html