domingo, 12 de agosto de 2012

La Guerra Civil Europea



La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) es el nudo gordiano de la historia europea. Es el momento en el que se rompen de manera definitiva algunas de las ataduras del viejo modelo de relaciones medieval. Representa la cristalización de la gran escisión religiosa entre católicos y protestantes y el arranque de la nueva mentalidad racionalista que ha caracterizado al mundo occidental desde entonces.

Este conflicto, igualmente, es un anuncio de otros que se producirán en el futuro: el de las guerras mundiales del siglo XX que han seguido, a grandes rasgos, el patrón que él trazó. En los tres casos la lucha empezó en alguna zona fronteriza del conglomerado germánico (Bohemia, Serbia, Polonia), participaron la mayor parte de los países europeos y tuvo frentes secundarios en cualquier otra parte del mundo donde soldados de países que militaban en alguno de los bandos enfrentados que esta contienda tenía pudieran llegar a encontrarse. También fue un claro enfrentamiento ideológico: En el siglo XVII católicos contra protestantes, en el XX fascistas, comunistas y demoliberales.

Esta será la última y la más sangrienta de todas las guerras religiosas que se libraron en Europa -a lo largo de los siglos XVI y XVII- como consecuencia de la “Reforma” predicada por Martín Lutero desde 1517.

La historiografía convencional maneja dos fechas alternativas como el final de la Edad Media: la Caída de Constantinopla (1453) y el Descubrimiento de América (1492). Ciertamente estos acontecimientos marcan una línea de no retorno a partir de la cual podemos considerar que las dinámicas y los comportamientos medievales dejan paso a los de la Europa moderna. Pero el Medievo seguía resistiéndose a abandonar de manera definitiva los escenarios del Occidente Cristiano. Los “poderes universales” fueron revitalizados a partir de ese mismo 1517, en el que el primer Habsburgo fuera coronado como rey de España. Las viejas estructuras del Papado y del Imperio vivieron una prórroga de otros cien años en su decadente existencia gracias al injerto de savia nueva procedente del joven tronco español, que acababa de romper los límites de su perímetro medieval peninsular y que, en plena euforia expansiva, se dejó enredar en una política de alianzas europeas fuertemente lesivas para sus intereses estratégicos. El país con más futuro de nuestra ecúmene se alistó en un bando que se precipitaba hacia el abismo, arrastrando consigo a todo lo que se ponía a su alcance.

La hora de la verdad llegó en 1618. A partir de ese momento comienzan a desplegarse, de manera inexorable, una detrás de otra, todas las estrategias que los distintos actores de este drama guardaban en la recámara. Y paulatinamente irán entrando en el conflicto: primero los alemanes, que llevaban ya un siglo en pie de guerra, después todos aquellos que tenían algún compromiso contraído con cualquiera de los contendientes –empezando lógicamente por España, vinculada a Austria por los compromisos dinásticos de los Habsburgo-, los vecinos de Alemania, a los que no les resultaba indiferente –obviamente- el desarrollo de esta guerra y, finalmente, todo aquél que tuviera algo que decir dentro del equilibrio de fuerzas europeo. Y conforme más países se incorporaban a la lucha, la longitud de los frentes se estiraba y se extendía cada vez más lejos de los escenarios originales: los Pirineos, Cataluña, Portugal, el Mediterráneo, Océano Atlántico, Mar Caribe, Brasil…

Alemania se convirtió en un “agujero negro” que absorbía cada vez más soldados, más dinero y más armamento. Donde cada vez moría más gente y la miseria y las enfermedades añadían cada vez más dolor al que la guerra ya produce de por sí. Hasta ese punto nos condujeron -a todos los europeos- los debates religiosos de los siglos XVI y XVII, la política del Papado y del Imperio y la defensa del viejo modelo de relaciones feudales medieval en el seno de un mundo que se hallaba en plena transformación social, mental, económica, cultural…

Entre 1517 y 1618 el protestantismo no dejó de crecer por todo el Occidente Cristiano. Y la reacción de los poderes establecidos fue tan violenta como había venido siendo a lo largo de la Edad Media. Lo que diferenció a este nuevo tiempo del anterior fue la extraordinaria amplitud de la “protesta” (de ahí el nombre de “protestantes”), que impidió la aniquilación de la “herejía” como había sucedido antes con los cátaros, los valdenses o los husitas. La iglesia Reformada, fundada por Martín Lutero, se extendió con rapidez por todo el norte de Alemania, saltando después hacia los países escandinavos. Desde el primer momento contará con el respaldo de príncipes y de reyes, lo que incrementó notablemente la potencia de los disidentes religiosos en comparación con sus homólogos medievales. Poco después aparecen nuevas corrientes evangélicas, como los calvinistas y los anglicanos, extendiéndose así la Reforma Protestante también por Suiza, Holanda, Islas Británicas y algunas zonas de Francia. Es en ese momento cuando estalla la Guerra de los Treinta Años.

Mientras los protestantes hacen su Reforma religiosa en las zonas que controlan, los católicos reaccionan con su “Contrarreforma”, que arranca con el Concilio de Trento (1545-1563). En él se intenta responder, en términos teológicos, al desafío que los evangélicos habían planteado algún tiempo antes.

Desde el primer momento la reacción católica tuvo un fuerte componente militar. Las autoridades intentaron apagar el debate de las ideas con el de los cañones, aunque finalmente tuvieron que rearmar también su discurso teórico para ponerse a la altura de sus adversarios. Es curioso como la orden religiosa que lideró el contraataque católico y que fue fundada expresamente en esa época por un ex militar español –Ignacio de Loyola-, la Compañía de Jesús, se estructura interiormente como si de un ejército se tratara, usando con frecuencia una terminología militar (su máximo dirigente es el “general” de la orden).

No es casual que la Compañía de Jesús fuera fundada por un español, ni tampoco que España estuviera en la primera línea de la nueva cruzada anti-protestante. Durante los siglos XVI y XVII nuestro país era la primera potencia del mundo y el máximo defensor del statu quo europeo (del sistema de los “poderes universales”), por tanto es lógico que se implicara en la lucha desde los primeros momentos ¿Hay algún conflicto en el mundo actual en el que los norteamericanos no estén, de alguna manera, involucrados? Pues la España del siglo XVII era el equivalente, en aquella época, a los Estados Unidos de hoy.

Pero si España era entonces la primera potencia del mundo no era debido precisamente a su empuje demográfico -la población de la Península Ibérica era superada ampliamente por la de Francia, Alemania o Italia (por la de cada uno de estos países por separado). Lo que pasa es que tanto Alemania como Italia estaban divididas interiormente y los españoles lideraban una amplia coalición de estados que tenía enclaves a lo largo de toda la geografía del occidente europeo. Y ese liderazgo había sido posible construirlo porque la España que eclosionó al final de la Edad Media era un país militarizado, fuertemente polarizado mentalmente, con un exceso de anticuerpos -como he repetido ya varias veces-. Era un país de monjes y de soldados, que no rehuía ningún conflicto -ya fuera ideológico, ya militar- y que se movía como pez en el agua en medio de los escenarios bélicos. Si bien los españoles habían sido claramente manipulados por el Papado y el Imperio para convertirse en los guardianes de la fe y del orden social medieval, éstos -a su vez- habían conducido a esas instancias de la superestructura europea hacia su propia lógica militar.

Ya expliqué en otro artículo[1] como en el proceso de militarización de la fe católica que condujo a las cruzadas, los españoles tuvieron mucho que ver. También expliqué como el “cristianismo español” anterior al siglo XI era, en realidad, una religión que vestía con ropaje cristiano una lógica interna musulmana[2] y que, tanto la “Reconquista” española como las cruzadas de Tierra Santa eran la anti-yihad, es decir, la yihad musulmana a la que se había dado la vuelta en términos ideológicos y se explicaba con categorías conceptuales cristianas. Era obvio que este proceso alejaba al cristianismo de sus valores evangélicos fundacionales y que ese alejamiento ideológico iba vaciando de contenido a una institución como la Iglesia, que se justificaba a partir del mensaje de pobreza y de paz que Cristo predicó. La militarización del mensaje cristiano colocaba a los españoles, de manera natural, en la vanguardia del proceso y viceversa, conforme más protagonismo ganaban los españoles más se militarizaba ese mensaje, en una espiral que terminó replicando en los escenarios alemanes el paisaje humano de la “Reconquista” española, convirtiéndolos en la nueva “frontera”.

Dije hace tiempo que el día que el Papa decidió predicar las cruzadas puso en marcha un mecanismo de relojería que conducía inexorablemente a la Reforma Protestante. Les recuerdo aquél párrafo:

Para el Papa lo esencial debía ser lo religioso y la guerra algo meramente coyuntural e impuesto, derivado de los belicosos tiempos que se estaban viviendo. Pero la Guerra Santa era un salto cualitativo que desnaturalizaba su esencia cristiana. Al ponerse el Papa al frente de los guerreros estaba, de manera implícita, reconociendo la falsedad de su mensaje y poniendo en marcha un mecanismo de relojería que terminaría volviéndose contra él. Cuando convocó a todos los guerreros para la cruzada empezó la cuenta atrás para el inicio de la reforma luterana. Esa fue la venganza de los españoles. Ese fue el boomerang español. Cuando (algunos siglos después) la Reforma Protestante tuvo lugar sólo podían salvar al Papa aquellos bárbaros a los él que quiso domar, y sobrevivirá convertido en rehén ideológico de aquellos pueblos fronterizos que eran formalmente cristianos pero tenían una lógica interna musulmana. Los híbridos de la frontera.”[3]

Pues ídem de ídem. Cuando los luteranos aceptaron el desafío militar católico que desencadenó la Guerra de los Treinta Años cayeron en la “trampa española” y comenzó el proceso de Neutralización de la Reforma Protestante. Los evangelios y la guerra no son muy compatibles como iremos viendo en las próximas semanas.
 
Y la aceptación de ese desafío militar tuvo un efecto atávico. Hizo resucitar el espíritu guerrero de los viejos germanos, hiriendo gravemente al de la reforma religiosa que llevaba un siglo intentando abrirse paso por la ecúmene europea. La agresividad española hizo despertar a la agresividad germana. 
 
La generalización de la guerra religiosa por Europa terminaría consolidando las posiciones geográficas que los protestantes habían ido consiguiendo desde 1517, pero los contuvo de manera definitiva. Es un hecho que desde la Paz de Westfalia (1648) -que puso fin a esta guerra- hasta mediados del siglo XX, las fronteras religiosas entre católicos y protestantes no se han movido en casi ningún lugar de Europa. Desde la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, algo ha comenzado a cambiar debido, en primer lugar, a los importantes movimientos de población que se han producido desde entonces, a la propia dinámica demográfica diferencial de los grupos étnicos implicados (en algunas zonas los católicos presentan una mayor tasa de natalidad que sus vecinos protestantes, lo que ha modificado sustancialmente la correlación de fuerzas entre ambos grupos) y el avance de la secularización, así como la presencia de nuevos grupos religiosos de origen extra europeo. Todo ello está afectando de distinta manera a las dos confesiones tradicionales del Occidente Europeo.
 
Cuando se fijaron las fronteras entre las distintas confesiones, la religión perdió buena parte del dinamismo que había tenido en los albores de la modernidad, y las diferentes iglesias fueron entrando paulatinamente en un proceso de fosilización que veremos otro día. En realidad era algo inevitable. En las tierras de misión el debate religioso es mucho más vivo que cuando cristalizan las diferentes confesiones y éste deja de ser necesario. Las verdades establecidas se vuelven entonces inmutables, y el formalismo, los ritos y los discursos repetitivos terminan devolviendo la autoridad a los especialistas del asunto. Entonces el pueblo se limita a “consumir” el “producto elaborado” que estos le ofrecen.
 
Cuando por fin los cañones cesaron y la paz volvió, la distribución de los luteranos reproducía “casualmente” de manera bastante aproximada la de los germanos de los primeros siglos de la Era Cristiana. Los calvinistas estaban situados en tierras estructuralmente fronterizas, donde la identidad de los grupos étnicos que abrazaron esa fe había sido puesta a prueba de manera reiterada durante las anteriores generaciones. Los anglicanos, un grupo religioso intermedio entre los católicos y los protestantes, eran mayoritarios en un país donde la germanidad y la latinidad se habían entremezclado bastante históricamente. Los católicos reproducían la geografía del Imperio Romano de Occidente (salvo en el caso inglés que ya hemos comentado), a los que se les sumaban los habitantes de países celtas (el caso irlandés) o eslavos (polacos, lituanos…) en proceso de autoafirmación nacional frente a anglosajones o germanos. Muchas casualidades juntas ¿no cree?
 
¿Por qué las regiones de lengua alemana que habían pertenecido al Imperio Romano mil años antes siguieron siendo católicas y las que también hablaban alemán pero no habían sido romanizadas se convirtieron al protestantismo? Le dejo que reflexione sobre el asunto y saque sus propias conclusiones. Aunque debo aclarar que en el mundo islámico también ocurren cosas muy parecidas entre los chiíes y los suníes.
 
Está claro que la religión es uno de los más poderosos marcadores de etnicidad que existen y que los pueblos buscan señales visibles para que todo el mundo perciba con quienes se sienten a gusto compartiendo algo y con quienes no. Por supuesto las clases dominantes siempre intentan manipular los procesos históricos todo lo que pueden, pero hay veces que les resulta más fácil hacerlo y otras en las que el asunto se vuelve mucho más complicado. Lo que queda claro es que quien no conoce la historia está condenado a repetirla.


[1] http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/el-boomerang-espanol.html
[2] http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/la-genesis-de-nuestra-identidad.html
[3] http://polobrazo.blogspot.com/2012/02/el-boomerang-espanol.html

jueves, 2 de agosto de 2012

Familias frente a clanes


Desde hace varios meses vengo hablando de ecosistemas, de la adaptación de los diversos grupos humanos a los mismos, de los procesos de interiorización de circunstancias históricas traumáticas y de su incorporación al subconsciente colectivo, de la existencia de un bagaje histórico, propio de cada pueblo, que aflora en circunstancias nuevas e inesperadas, varios siglos después de que tuvieran lugar los sucesos que justificarían esa reacción. Pero ¿Cómo se transmite esa actitud subconsciente que cada pueblo esconde? ¿Cómo es posible enseñar algo que uno no sabe que existe?

Observe a un niño pequeño. Intente explicarle las razones por las que usted cree que se debe comportar de una determinada manera en una circunstancia concreta. Pregúntele, un mes después, a ver si se acuerda de algo.

Ahora bien, imagine una situación tensa entre adultos con el niño observando. Alguien ha desafiado a una persona que para él es importante: observará cada gesto, cada mirada, la actitud con la que todos y cada uno de los presentes ha reaccionado. Esa imagen quedará guardada en sus recuerdos y aflorará de nuevo cuando sea él el que se encuentre en una tesitura semejante, cincuenta o sesenta años después... Es posible que cuando esto último ocurra haya otro niño mirando y guardándolo igualmente en sus recuerdos infantiles.

Una persona va diciendo quién es en cada cosa que hace. Los adultos solemos pasar por alto multitud de pequeños detalles que, sin embargo, transmiten gran cantidad de información. Tenemos la mente saturada con estímulos de todo tipo y forzosamente tenemos que priorizar, quedándonos con lo urgente, con lo inmediato. Pero cientos de ojos nos observan y algunos de ellos sí son capaces de interpretar esos detalles. Los estados de ánimo, las reacciones caracterológicas, los gestos, las miradas... es algo que sabemos interpretar de manera instintiva, sin que nadie nos lo haya explicado. Es la experiencia genética de nuestra especie, que está más viva que nunca durante los primeros años de nuestra vida.

Igual que los individuos, los pueblos también poseen una personalidad propia que transmiten de mil maneras. Entre ellas el lenguaje ocupa una posición central: el acento, la entonación, el vocabulario, la manera de construir las frases. Cada palabra, cada concepto, tiene un significado y también unas connotaciones que se asocian a él. Estamos emitiendo juicios morales de manera inconsciente continuamente: yo puedo decir que una persona es muy tenaz o bien que es muy terca. Es muy probable que dos interlocutores diferentes utilicen cada uno de estos dos términos para referirse a la misma persona. Está claro que al hacerlo cada uno está haciendo una valoración moral implícita de ella que no va a pasar desapercibida a los posibles oyentes.

La manera de llamar a las personas refleja, igualmente, una actitud vital determinada, una forma de concebir el mundo y de situarse dentro de él.

El nombre propio es algo que marca al individuo e influye significativamente en su particular manera de insertarse en su sociedad, ilustrándonos también acerca de las categorías mentales que el grupo maneja a la hora de estructurarse como tal.

Sobre nuestro nombre poseemos cierto control. Con frecuencia lo modificamos en el uso cotidiano que hacemos de él para hacerlo coincidir mejor con nuestra actitud vital. No es lo mismo que te llamen Francisco, Paco o Curro. Pese a ser tres formas habituales del mismo nombre, cada una de ellas nos está transmitiendo una manera de relacionarnos distinta con las personas con las que compartimos nuestra vida. A veces incluso el mismo individuo usa más de una variante de su nombre, cada una de ella en ámbitos diferentes. Será Francisco en el trabajo, Paco en familia y Curro entre su pandilla de amigos, por ejemplo. Y de esa utilización podemos ya inferir una particular manera de insertarse en esos medios.

Y si bien las distintas utilizaciones que hacemos de nuestro propio nombre nos informan acerca del individuo concreto que hace uso de ellos, la manera formal y estructural de denominar a las personas en un contexto cultural determinado nos ilustra, igualmente, acerca de las categorías mentales que rigen en esa sociedad y de su particular manera de organizarse y de relacionarse con el medio y con el mundo.

Siempre me llamó la atención el fuerte contraste existente entre el sistema de apellidos de los pueblos ibéricos con el que se usa en el resto de la ecúmene europea e, incluso, en el resto de ámbitos culturales de nuestro planeta. Este sistema tan singular que se ha desarrollado en nuestro medio no es casual, sino que cumple una función necesaria dentro de nuestro sistema, que no es tan precisa fuera de él.

Detengámonos un momento a analizarlo y a intentar interpretarlo:

Todos tenemos dos apellidos: el primero de nuestro padre y el primero de nuestra madre. Las mujeres, por supuesto, conservan sus apellidos durante toda su vida. La señora Carmen Pérez Fernández –cuyo nombre es Carmen, su primer apellido, el que ha heredado de su padre, es Pérez, y el segundo, el de su madre, es Fernández- casada con José Rodríguez López –de nombre José, con apellido paterno Rodríguez y materno López- será presentada como Carmen Pérez o como Carmen Pérez Fernández –en caso necesario se aclarará después que está casada con José Rodríguez-, pero jamás lo será como Carmen Rodríguez (La terminología portuguesa es ligeramente diferente, aunque por detrás subyace la misma filosofía básica. Son dos variantes del mismo sistema.), como a veces hacen algunos extranjeros, ignorando al hacerlo que están creando una situación incómoda entre sus interlocutores españoles -tanto como la que pueda sentir un inglés varón casado al que le cambian el apellido sustituyéndolo por el de soltera de su esposa-.

Los españoles tienen dos apellidos porque tienen dos progenitores y no desean ocultar a ninguno de ellos. Es fácil imaginar el estupor de un ciudadano español, poco viajado e ilustrado, cuando aterriza en otro contexto cultural y descubre que el apellido de una señora de elevada posición social, culta, que desempeña un puesto de trabajo de gran responsabilidad y que a lo mejor es hasta feminista, no es el suyo, sino el de su marido (¿?). Que ha tenido que renunciar -para casarse- a su apellido paterno, es decir ¡a sus señas de identidad!, a un elemento identificativo tan importante como este.

El sistema de apellido simple, de origen paterno, que obliga además a la mujer casada a sustituirlo por el de su marido delata, obviamente, un esquema mental clánico, venido directamente del tiempo de las tribus, que encuadra a los hombres de manera inflexible en un grupo humano definido de manera tosca e inarticulada y coloca a la familia materna de la persona en un segundo plano, ocultándola a las miradas del resto de la sociedad.

Para definir la posición geográfica en la que alguien se encuentra son necesarios dos datos: la longitud y la latitud. Si supiéramos solamente uno de ellos seríamos incapaces de determinar ningún lugar preciso, sólo podríamos trazar una línea, de miles de kilómetros, en algún punto de la cual se encuentra aquél al que estamos queriendo localizar. Igualmente, para saber quien es una persona no nos basta saber quién es su padre, porque la relación con él tal vez no haya sido la más estrecha de las que llegó a tener en la infancia. En cada persona se cruzan una infinidad de influencias sociales que la singularizan. Pero es evidente que tanto la familia paterna como la materna están entre las más relevantes. Volviendo al ejemplo anterior consideremos ahora que el matrimonio que les hemos presentado tiene un hijo, llamado Antonio y apellidado, por tanto, Rodríguez Pérez. Él no es un simple miembro del clan de los Rodríguez -como se desprendería de la aplicación del sistema europeo de apellidos- sino la intersección de las familias Rodríguez y Pérez. Sus apellidos por tanto intentan reflejar, de manera simplificada, la complejidad de relaciones de parentesco que existen en la sociedad real.

Este muchacho compartirá algún apellido –y por tanto una parte de su identidad social- ¡con todos sus primos!, parentesco que cualquier observador ajeno a la familia podrá fácilmente detectar. Si, por el contrario, aplicara la terminología continental sólo lo compartirá con la cuarta parte de ellos, en concreto con los hijos de los posibles hermanos varones de su padre, que no tienen por qué ser, necesariamente, aquellos con los que más se relaciona. Ante el mundo se pierde el rastro del resto de conexiones parentales. Es la diferencia entre pertenecer a una familia o de hacerlo a un clan.

Es obvio que una sociedad en la que los individuos tienen dos nombres y un solo apellido está remarcando el valor de la individualidad y del tiempo presente frente a las tradiciones y los valores compartidos. El pasado, representado por su único apellido, aparece subordinado y desdibujado, puesto que sólo nos muestra una fracción de éste, que asume la representatividad del resto. Todo él se mezcla y se confunde como si fuera monolítico. Y así uno es etiquetado como un Kennedy o un Ford, induciendo en el interlocutor la idea de que hay una manera de ser Kennedy o Ford, que luego es matizada por las características individuales de cada uno de sus miembros. Tradicionalmente el padre, que pasaba la mayor parte de su tiempo fuera de casa, ha aportado a la familia el estatus. Pero a la madre le ha correspondido la transmisión de los valores. Por tanto ocultar la influencia de ésta es ignorar uno de los datos fundamentales que van a determinar esas características individuales que matizan “el carácter típico del clan”.

Por el contrario, en una sociedad en la que los individuos tienen un nombre y dos apellidos, lo que se está remarcando son los vínculos que el individuo mantiene con los distintos grupos de procedencia de su núcleo familiar. El pasado no es un todo inarticulado y brevemente sintetizado con un apellido que actúa a modo de adjetivo, sino que nos muestra una parte de su complejidad, de su sistema de contrapesos en el que el Pérez es compensado por el Fernández. Si alguien conoce a las dos familias originales sabe que son diferentes y que, por tanto, su unión marca una línea de compromiso en la que se resaltan los valores comunes a ambas y se diluyen los que las diferencian, marcando así las líneas maestras de la evolución futura de la unión resultante.

El pasado es la base sobre las que el individuo se asienta. Imagínese el lector a una planta que posee bajo tierra un volumen de raíces mayor que lo que nos muestra por encima de la superficie y que, a su lado, hay otra con muchas menos raíces y con un mayor desarrollo aéreo. ¿Cómo cree que evolucionará cada una de ellas? Con toda probabilidad la primera lo hará con mayor lentitud que la segunda. Y con toda probabilidad también veremos a la primera sobrevivir a la segunda. Con toda probabilidad un incendio, un huracán o una inundación harán más daño a la segunda que a la primera y ésta mostrará una capacidad de recuperación ante las adversidades mucho mayor que aquella. Tendrá una mayor “resiliencia”. Pues sencillamente es de eso de lo que se trata.

Es un hecho incontestable que la familia tradicional, en todo el mundo occidental, se ha ido encogiendo hasta transformarse en lo que ha dado en llamarse familia nuclear que, por muy diversas razones, ha ido rompiendo los lazos que antaño la vinculaban con sus parientes. Lo que amortigua, de manera notable, las posibles diferencias previas existentes entre ambos modelos.

Pero en un mundo predominantemente rural, mucho más desplegado en el espacio, sin un Estado del Bienestar protector que supliera la ausencia de parientes y muy jerarquizado desde el punto de vista social, tener o no una red familiar extensa sobre la que apoyarse podía llegar a significar, en los malos tiempos, la diferencia entre la miseria y la riqueza, entre la vida y la muerte. La familia era el primer y más sólido de los apoyos con el que cualquier individuo podía contar. Y la red de relaciones sociales que una familia tenía se heredaba también. Reivindicar los apellidos originales de Carmen era importante no sólo para ella, sino también para su hijo, para sus padres y, llegado el caso, también para el propio marido que, por haberse casado con ella, se le abría toda la trama de relaciones que poseían sus suegros.

Estamos ante un sistema de relaciones fuertemente inclusivo, que abre las puertas de la familia a todo aquél que tenga alguna vinculación con ella y ejerce una función centrípeta muy poderosa. Históricamente ha sido, además, el mayor motor de mestizaje –tanto racial como cultural- que ha existido en el planeta. Las sociedades ibéricas han demostrado, a lo largo del tiempo, una gran capacidad para fagocitar a otros grupos humanos que han estado en contacto con ellas.

Tenemos por tanto dos modelos diferentes: por un lado, una estructura simbólica clánica, pensada para competir, que replica el sistema de reproducción por mitosis, propio de los seres unicelulares y que concibe el crecimiento en términos individuales, sin atender a las posibles necesidades de los grupos en los que se insertan esos individuos y, por el otro, una estructura simbólica más familiar, pensada para resistir, para tejer una malla protectora alrededor de los individuos, que intenta replicar el sistema de reproducción sexual, propio de los seres multicelulares y que concibe el crecimiento en términos colectivos, ubicando a cada individuo en una estructura orgánica compleja que posee una fuerte capacidad de autorregeneración. Es la “resiliencia” española de la que venimos hablando desde hace meses.



Observemos un esquema gráfico de ambos modelos. ¿Qué le parece? El primero nos recuerda, parcialmente, a un árbol invertido, tan utilizado actualmente en los sistemas informáticos. El segundo se parece más a un sistema neuronal... y a la forma de funcionamiento de las redes sociales.



Miren ahora los mapas físicos de Gran Bretaña (es la variante anglosajona la que hemos usado como referente concreto en nuestro ejemplo) y el de la Península Ibérica. ¿Cree que esto ha tenido algo que ver en el desarrollo histórico de estos modelos?



Ahora veamos sendas fotos vía satélite de los mismos países. Pueden ser un buen motivo para la reflexión..

viernes, 13 de julio de 2012

Las otras transversalidades

Hace un par de semanas estuvimos hablando del concepto de transversalidad, aplicado al desarrollo de la estructura imperial española en América, en contraste con la horizontalidad de los desarrollos imperiales anteriores. Hoy matizaremos ambos esquemas, que entonces presentamos como alternativos, y veremos que la realidad es algo más compleja de lo que se deduce de aquél planteamiento original.



Si observamos el mapa físico del complejo continental euroasiático vemos como la mayor parte de las cordilleras que encontramos en él tienen orientación este-oeste. También posee ese sentido el mayor mar interior que existe en nuestro planeta -el Mar Mediterráneo- que se encuentra flanqueado por todas las masas terrestres que forman parte del Viejo Mundo. Este complejo posee, en conjunto, más de 80 millones de kilómetros cuadrados, en su mayor parte atravesado por franjas climáticas horizontales, perfectamente delimitadas por los elementos más característicos de su relieve, que han funcionado históricamente como pasillos que han facilitado el movimiento de los diferentes pueblos en ese sentido horizontal y han dificultado, en cambio, los verticales.



En la composición de mapas que presenté entonces (y que vemos ahora) podemos observar como los dos primeros conjuntos, el Imperio persa y el griego de Alejandro Magno son, en realidad, la misma estructura política, cuya dirección se transfirió tras las campañas del macedonio desde la meseta iraní hasta... Babilonia, en Mesopotamia, por más que nominalmente fueran griegos los que se situaran a la cabeza de esa organización. Era obvio, incluso para Alejandro, que ese imperio no podía dirigirse desde Grecia, como la propia evolución histórica ulterior terminó demostrando. La conquista del Imperio persa por los greco-macedonios fue una operación que sirvió para elevar a éste hasta el Olimpo de los dioses y a convertirlo en fuente de inspiración para literatos y ególatras diversos, pero no era algo que sirviera a los intereses del pueblo griego. Unas conquistas más modestas, desde el punto de vista territorial, hubieran sido más útiles para sus impulsores en el plano estratégico y le hubieran dado a los griegos la centralidad política que finalmente asumirían los romanos.
 
El Imperio persa (incluyendo en él su fase final “alejandrina”) es la culminación de un proceso histórico que empezó mucho antes y que tuvo por protagonistas previos a babilonios, asirios, hititas... Todos estos pueblos actuaron, cada uno en su propio tiempo político, como facciones que pelearon por el liderazgo de una ecúmene suroccidental asiática que, finalmente, se fragmentaría.
 
A la siguiente fase histórica le podríamos llamar “El Imperio Mediterráneo”, por el que estuvieron luchando, durante un milenio, fenicios, griegos, cartagineses y romanos, culminando históricamente con estos últimos. Con Roma la iniciativa política se desplaza desde el suroeste de Asia hacia el centro del Mar Mediterráneo. Cuando este proceso alcanza su punto álgido tiene -necesariamente- que romper al anterior porque hay una importante área de solape entre ambos: todas las tierras situadas al oeste de Mesopotamia. La estructura política persa sobrevivió porque estaba muy alejada de ese eje mediterráneo, pero a la defensiva.

El viejo Imperio persa y el más reciente Imperio romano estuvieron situados en la misma latitud pero, en rigor, no podemos decir que tuvieran el mismo clima aunque ambas zonas eran contiguas, dada la fuerte continentalidad del primero, en contraste con el marcado carácter marítimo del segundo. El Mediterráneo (el “Mare Nostrum”, es decir “Nuestro mar”) es el eje que vertebra toda la estructura política del Imperio romano. De ese mar extrae su fuerza. Sus aguas engrasan toda la maquinaria romana y hace fluir su proyecto de sociedad.

Fue el arqueólogo Gordon Childe quien puso en conexión el confinamiento que se establece en los “oasis” del Próximo Oriente con la aparición del Estado y de la ciudad, a través de su “teoría del oasis”:

“Las condiciones de vida en un valle fluvial o en un oasis ponen en mano de la sociedad un extraordinario poder coercitivo sobre sus miembros; la comunidad puede negar al rebelde el acceso al agua y cerrar los canales que riegan sus campos. La lluvia cae sobre el justo y sobre el injusto por igual, pero las aguas de riego llegan a los campos por los canales que la comunidad ha construido. Y lo que la sociedad ha facilitado, la sociedad puede retirárselo al injusto y reservarlo para el justo sólo. La solidaridad social necesaria para los regantes puede así ser impuesta dejando obrar a las mismas circunstancias que la exigen. Y los jóvenes no pueden escapar a la autoridad de sus mayores fundando poblados nuevos si todo en torno al oasis es un desierto sin agua. Así, cuando la voluntad social llega a expresarse a través de un jefe o de un rey, lo inviste no sólo con autoridad moral, sino también con fuerza coercitiva: y puede aplicar sanciones contra el desobediente.”[1]

El punto de arranque de todas las civilizaciones originarias (es decir, no importadas) se dio en lugares donde se concentraba el agua, pero que estaban rodeados por el desierto: Mesopotamia, Egipto… Un gran río que atraviesa un desierto. Por eso los primeros conatos de civilización arrancan siempre en zonas áridas. Es lógico que conforme el proceso va ganando envergadura y las estructuras políticas trascienden los valles originarios, las primeras formas imperiales anden siempre cerca de los desiertos, flanqueándolos. Por eso la ecúmene del suroeste de Asia, que culmina con el Imperio Persa, se extendió desde el Valle del Nilo hasta el del Indo y estuvo limitada por mares, desiertos e imponentes cordilleras.

Pero conforme la agricultura se fue extendiendo por el área peri-mediterránea, fue desplegando en esa zona una mayor potencialidad, porque el agua abundaba más y permitía, en consecuencia, mayores concentraciones de población. Al final el asunto es una cuestión demográfica: donde hay más habitantes puede haber también más soldados, y el ejército más grande termina derrotando al más pequeño.

Esta área es muy variada y, como vimos en artículos anteriores, marca el límite de las tierras húmedas del norte con las áridas del sur. El Imperio Mediterráneo es un experimento multi-ecológico. Pone en contacto directo a pueblos que viven en hábitats muy diferentes, con formas de vida muy distintas.
 
Nos podemos imaginar que el comercio se multiplicó por un espacio tan vasto, diverso y bien comunicado, incrementando los niveles de riqueza material, entendiendo esta como la posibilidad de adquirir bienes exóticos que estaban antes fuera del alcance de la mayor parte de sus habitantes. El deseo de adquirir tales bienes puede actuar de acicate para incrementar la producción de aquellos otros en los que cada cual posee una ventaja comparativa –para potenciar así los intercambios- y también para mejorar las infraestructuras, empezando por las vías de comunicación, siguiendo con la distribución de aguas, etc.

Todo esto traerá consigo mejoras tecnológicas, incrementos de población, fortalecimiento de las estructuras políticas, desarrollo urbano, artístico, científico y cultural. Los fuertes contrastes entre los niveles de vida de los pueblos de la zona en sus fases iniciales se irán paulatinamente amortiguando. Las costumbres se irán homogeneizando y la forma de vida romana se expandirá por doquier.
 
Y en ese proceso llega un momento en el que los pueblos más periféricos alcanzan un punto de madurez histórica en el que la estructura imperial se ha vaciado de contenido, perdiendo su razón de ser originaria. Cuando se ha transmitido a través de sus estructuras todo lo que había que transmitir, cuando se ha difundido todo lo que había que difundir.
 
Hay historiadores que opinan que no fueron los bárbaros los que acabaron con el Imperio Romano, sino que éste -sencillamente- se derrumbó porque ya no había nadie dispuesto a defenderlo. El colapso de Roma fue interno. A su alrededor, por supuesto, había multitud de enemigos, pero eso no era ninguna novedad para ellos, que hasta entonces los habían mantenido a raya en los diferentes “limes”. La novedad era que sus habitantes ya no veían razón para defender el proyecto que Roma encarnaba.
 
Tras la implosión romana se extienden por el área mediterránea los adversarios que hasta entonces no habían podido franquear sus fronteras. Los relevos vienen desde el corazón de los continentes que rodean al Mare Nostrum. Y, como dije en artículos anteriores, fuertemente vinculados con las franjas climáticas de sus países de procedencia: germanos por el norte, árabes por el sur. Nos adentramos así en los tiempos medievales, tiempos de aislamiento, de repliegue, de redefinición moral, de particularismos. Tiempo también de “choque de civilizaciones”. El Mediterráneo dejó de ser un puente para convertirse en una frontera, en un inmenso campo de batalla entre hombres que veían al diferente como una amenaza.
 
En ese contexto surge Europa: un mundo estanco que defiende su diferencia de las oleadas de invasores que se suceden unos a otros. En ese contexto crece el Islam con su “yihad” (su guerra santa) y ese mandato divino que obliga a imponer la religión con la punta de la espada.
 
Y la yihad llegó a España, y los españoles devolvieron el golpe creando su anti-yihad. Observen este mapa físico de la Península Ibérica:


La Península Ibérica posee una gran profundidad estratégica que es hija de su compleja orografía. Tiene varias cordilleras paralelas que discurren de este a oeste. Una que aísla del conjunto al sector más oriental (La Ibérica). Multitud de valles y de mesetas escalonados, que conducen a las aguas y a los vientos cada uno de diferente manera. Observe cómo los valles entre cordilleras van ganando altitud conforme nos desplazamos hacia el norte, amplificando así las diferencias climáticas que ya imponen la latitud y la dinámica atmosférica. Sumen a estos factores la invisible presencia, al oeste, del anticiclón de las azores durante los meses estivales, que actúa como barrera que frena la entrada de los vientos del oeste, dominantes por estas latitudes.
 
Hace tiempo que Hollywood descubrió la mina cinematográfica que hay en España, donde se pueden rodar escenas ambientadas en casi cualquier lugar de la Tierra… y de otros planetas, desplazándose sólo unos centenares de kilómetros. Las escenas siberianas de Doctor Zhivago se filmaron en la provincia de Soria (el “alto llano numantino” de Antonio Machado). Las del suroeste americano, ambientadas en el desierto de Nuevo México se ruedan en el desierto de Tabernas, en Almería. En Lawrence de Arabia vimos a la Plaza de España, de Sevilla, presentada como la ciudad de El Cairo, y después la volvimos a ver como capital del Planeta Naboo en el Episodio II de la Guerra de las Galaxias.
 
Así de diverso es este país. Atacar un territorio de esas características puede terminar convirtiéndose en una pesadilla para el agresor, como amargamente comprobaron los musulmanes y, también, las fuerzas napoleónicas. Cada región reacciona de manera diferente.
 
¿Cómo se fabrica un cristal blindado? Pegando finas láminas una junto a la otra. El cristal es un material muy quebradizo que con un golpe preciso puede quedar hecho añicos. Pero si pegamos diez cristales muy finos, uno junto a otro, comprobamos como el conjunto es capaz de resistir lo que no podría uno sólo que tuviera la misma anchura. ¿Por qué? Porque el golpe quiebra la capa más externa, pero la transmisión del impacto a la siguiente pierde buena parte de su fuerza y el proceso se repite con la tercera. Como siempre hay varias capas que resisten y están pegadas con las primeras, terminan sosteniendo a las que se han roto y al final el conjunto aguanta bastante bien. Algo parecido sucede en España. Cómo cada región tiene una personalidad marcadamente diferente a la vecina, cuando una fuerza exterior ataca al conjunto se encuentra con una respuesta diferida, escalonada y múltiple, que necesita su tiempo para articularse pero que cuando se pone en pie ha integrado una cantidad de facetas y de modulaciones diversas que nadie es capaz de frenar, porque nadie posee la acumulación de elementos diversos en su propuesta original que posee la respuesta española. Paradójicamente este mecanismo sólo funciona como respuesta secundaria a una agresión. No es capaz de articularse sólo sin estímulo exterior, de manera primaria.
 
La “Reconquista” española forjó el tipo humano -y también la sociedad- que se necesitaba para protagonizar la epopeya americana. La transversalidad de la que hablé en los dos artículos anteriores ya estaba prefigurada en la España medieval y sus elementos también estaban presentes, incluso, en el Imperio Romano, que supo vincular durante siglos a los habitantes de las tierras húmedas europeas con los de las áridas del norte de África y de Asia suroccidental.
 
El Imperio Transversal posee un dinamismo interno muy superior al de ninguna otra formación política anterior, algo que quizá no se perciba con claridad debido a que la presencia física de los españoles en unos espacios tan vastos fue bastante minoritaria dentro del conjunto de la población total americana. Cuando vemos que desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego se habla español estamos contemplando el final de una historia que tiene quinientos años, e inconscientemente proyectamos esta imagen hacia atrás y nos imaginamos que al día siguiente de que llegara Cortés a México o Pizarro al Perú los mexicanos o peruanos ya hablaban castellano. Por eso dije la semana pasada que los españoles heredaron las estructuras políticas prehispánicas y se pusieron a trabajar desde ellas, recalcando el carácter mestizo (Restall dice que era un imperio indio) de esa organización.
 
Pero ahora quisiera mostrarle otro mapa físico: El del Continente americano:



En América, al contrario que en el Viejo Mundo y que en España, la gran mayoría de las cordilleras se extiende siguiendo una orientación norte-sur. Por tanto la transversalidad es algo que forma parte de la íntima estructura del Nuevo Mundo. Es una característica que el medio impone a los hombres, de hecho el Imperio Inca también es un imperio transversal y, además, por partida doble: primero por su gran longitud norte-sur y segundo por las brutales diferencias de altitud que había entre sus diversos territorios.

Cuando los españoles avanzaron por esos vastos espacios no hicieron otra cosa que seguir las rutas que la naturaleza ya había trazado hace millones de años y que todos los hombres que se habían desplazado antes que ellos por el continente también habían seguido. De esta afirmación tal vez podríamos inferir que, si de seguir un camino se trata, cualquier otro europeo hubiera valido ¿no? Como antes lo habían hecho los hombres americanos. Los españoles, desde el punto de vista racial, no son muy diferentes a sus vecinos, y buena parte de las poblaciones prerromanas de la Península Ibérica eran celtas, como las francesas, inglesas o italianas del norte.

Pero ni los franceses, ni los ingleses, ni ningún otro pueblo de la ecúmene europea tiene la historia medieval de los españoles, ni el país fragmentado, árido y diverso que constituye su hábitat, ni compartió durante tanto tiempo su condición fronteriza, tanto militar como ecológica, ni sufrieron las agresiones de 250 años consecutivos de oleadas invasoras, ni tampoco vivían en la puerta de la “Autopista de los Alisios” en la Era de la Navegación a Vela.

La conquista de los dos grandes imperios prehispánicos exigió, además, combatir en países muy cálidos y altitudes muy elevadas. No es sólo vivir a 1.000, 1.500, 2.000, 2.500 metros de altitud, es librar una guerra en ese medio y con muy pocos hombres, es sostener la logística necesaria, es asentarse después en el territorio... unos centenares de hombres rodeados de millones de indígenas que –hasta la llegada de los europeos- estaban perfectamente organizados y no los necesitaban, por tanto, para nada; es establecer una hábil política de alianzas con los nativos, hacerse un hueco en esa sociedad, hibridarse con ellos, cambiar las costumbres, la alimentación…

Desde el Estrecho de Bering -en la punta noroeste del continente americano- hasta la Tierra del Fuego -en su extremo sur- se extiende la cordillera más larga que existe sobre la Tierra, cuya línea de cumbres avanza desde el Círculo Polar Ártico hasta el Antártico, en sentido norte-sur, a unos centenares de kilómetros de distancia –por término medio- del Océano Pacífico. Esa cordillera fue el eje del Imperio Español (que ya dije que fue un imperio de tierras altas). Los navegantes se desplazaban hacia el oeste, desde España, hasta alcanzar los dos grandes puertos atlánticos de sus correspondientes virreinatos: Veracruz como puerta de la Nueva España, Portobelo como puerta del Perú. A partir de ahí las comunicaciones avanzaban por tierra hasta el Pacífico, desde cuyos puertos se redistribuían buena parte de las mercancías que habían llegado desde Europa por la mayor parte del Imperio Americano. El Océano Pacífico era el verdadero mar interior de los españoles, su “Mare Nostrum”.

La gran cordillera americana fue el esqueleto del Imperio Español, su reserva estratégica. Y el Océano Pacífico su sistema nervioso y circulatorio. La semana pasada dije que los españoles desempeñaron la función de bisagra que articuló la conexión entre América y el resto del mundo. Esa conexión necesitaba una sociedad todo-terreno, capaz de estructurarse en las Antillas, en los Llanos de Venezuela, en Mesoamérica, la zona andina, los pre-desiertos de los trópicos… Hacía falta la respuesta multimodal española. 

Hubo otros imperios ultramarinos, hubo otras “transversalidades” simultáneas o posteriores a la española, hubo otras maneras de estructurar imperios multi-continentales protagonizadas por otros pueblos de la ecúmene europea:

En paralelo al imperio español se desarrolló el portugués. Era otro imperio ibérico, que compartió buena parte de la esencia de éste. Los portugueses también sufrieron la “Era de las Invasiones Africanas”, también se estructuraron militarmente para poder romper la hegemonía islamista en la Península e, igualmente, estaban apostados en la puerta de la “Autopista de los Alisios”. ¿Qué los diferencia de los españoles? Primero que son sólo una parte del todo, que la gran variedad de paisajes ibéricos, en su caso, se ve notablemente reducida. Ellos controlan buena parte del litoral atlántico peninsular y las tierras interiores adyacentes. Son un pueblo básicamente litoral, al que le falta la dimensión continental que aporta la meseta. El clima no llega a ser tan extremo. En comparación con España les falta profundidad demográfica y estratégica. Todo esto se vio reflejado después en su desarrollo imperial: Construyeron un imperio litoral, de tierras bajas, intertropical, que evitó los países templados y fríos. Un imperio básicamente comercial que nos recuerda a algunos pueblos de la antigüedad, como los fenicios. Serían los fenicios del Atlántico y del Índico. Los españoles, en cambio, fueron los romanos de América.

Los otros imperios ultramarinos -el inglés, el francés y el holandés- son los de la segunda generación. Mientras que españoles y portugueses están inventando a cada paso su propio modelo, construyéndolo sin referentes previos y lo que les sale, por tanto, es un reflejo de su propia personalidad, de su propia manera de proyectarse sobre los nuevos territorios. Los países de la segunda generación trabajan ya con un guion de referencia y, además, compiten entre sí e intentan arrancarle trozos a los imperios primigenios. Saben que tienen que establecer algún tipo de relación con los nativos de los países de ultramar que les permita entrar en una carrera en la que los ibéricos les llevan varios cuerpos de ventaja, y han interiorizado las formas de la transversalidad.

El imperio inglés construye una falsa transversalidad. El mestizaje es algo que les repugna íntimamente, aunque saben que tienen que articular algún tipo de relación estable con los nativos de los pueblos colonizados, sobre todo en las áreas tropicales e inter-tropicales, que los vincule con la nueva estructura política que están creando; así que se inventan un modelo de relación por capas. Se trata de establecer una sociedad estratificada tanto desde el punto de vista social como desde el racial. Y montan un modelo de castas o estamentos (al estilo del “Antiguo Régimen” europeo) que conecta bien con algunas aristocracias locales pre-británicas, llegando a un pacto tácito con ellas. Es el principio del “divide y vencerás”. Se trata de encontrar un grupo étnico minoritario en cada lugar -que puede ser nativo o importado- que desempeñe la función de mandos intermedios entre los blancos y el grueso de la población autóctona, estableciendo fuertes sanciones sociales contra el mestizaje (aunque los mestizos antiguos son bien recibidos porque pueden desempeñar esa función intermediaria que hemos citado). Así se utilizan a los brahmanes en la India, los hindúes en Sudáfrica, los judíos en Oriente Próximo... como ese instrumento de dominación, en un ambiente donde los blancos son claramente minoritarios. Este es el modelo en países donde el clima no parece adecuado para organizar un proceso colonizador masivo desde la metrópoli.

Pero en las franjas templadas, tanto del Hemisferio Norte como del Hemisferio Sur, sí se organiza ese proceso colonizador. Estas zonas se convierten así en el punto de destino de los excedentes de población británica, de sus minorías religiosas, disidentes diversos e, incluso, de presidiarios de la metrópoli. Esa franja templada (las trece colonias americanas, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) se estructuran como “nuevas inglaterras”, proyectando sobre ellas, por tanto, un modelo imperial “horizontal”, al viejo estilo de los imperios antiguos.

El modelo global inglés podemos definirlo como: horizontalidad esencial, transversalidad formal. Y denominarlo: “Estructura por capas”. Capas geográficas y capas sociales, perfectamente delimitadas.

Los modelos holandés y francés no son demasiado diferentes a éste. Podemos decir que el francés es algo más suave y el holandés menos extenso y, en consecuencia, menos variado, también podemos detectar en él algunos rasgos mercantiles y de tierras bajas que ya habíamos identificado en el portugués. En los tres casos estamos hablando de modelos reactivos, es decir: “son la respuesta a…” los modelos previos y, por tanto, digamos que juegan con unas reglas con las que no acaban de sentirse totalmente cómodos pero que tienen que aceptar para no dejarle más espacio de ventaja a sus adversarios políticos.

Por todo ello podemos, por tanto, afirmar que los ibéricos marcaron el camino y establecieron las reglas del juego, crearon la dinámica y luego los “especialistas” se subieron al tren, que ya estaba en marcha, con objeto de luchar, dentro ya, para adueñarse de la locomotora.


[1] VERE GORDON CHILDE: Qué sucedió en la historia. 1946.

miércoles, 4 de julio de 2012

Los imperios mestizos

“La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.”

El párrafo con el que abrimos nuestro artículo de hoy forma parte del artículo 2 de la actual constitución mexicana en la que, como vemos, reconoce la vinculación entre el actual estado y los pueblos indígenas prehispánicos, quinientos años después de su conquista por los ejércitos que comandaba Hernán Cortés.

A lo largo del siglo XX han ido desarrollándose, por toda Iberoamérica, una serie de corrientes políticas y de movimientos culturales conocidos genéricamente como “indigenistas”, empeñados en recuperar y poner en valor las diferentes tradiciones indígenas, convirtiéndolas en una prioridad política que se integre en el cuerpo normativo de los diferentes estados de esta región.

Estos elementos y otros muchos que también podríamos citar, dibujan un panorama en el que se hace evidente que los elementos indígenas poseen actualmente un extraordinario vigor entre los pueblos de Hispanoamérica que ha resistido todos los procesos de aculturación que se han ido poniendo en marcha a lo largo del último medio milenio. Y si esta es la situación actual es obvio que, a lo largo de los siglos precedentes, la presencia indígena, más o menos visible, nunca ha dejado de formar parte de la manera de ser de los pueblos de esta ecúmene.


Virreinato de Nueva España

La semana pasada les contamos como la presencia de los españoles en la conquista de México significó que 900 de ellos participaron en el cerco a la ciudad, formando parte de un ejército de 75.000 hombres. También explicamos como en el Virreinato de la Nueva España, con una superficie que no debía andar muy lejos de los 7 millones de kilómetros cuadrados, tan sólo vivían un millón de blancos a la altura de 1800. La mayor parte de la población de esa zona era india o mestiza y las cifras de los demás virreinatos españoles nos debían presentar también una proporción de habitantes blancos muy minoritaria, dentro del total de la población general. Esto significa que, por más que disimularan los europeos, en sus relaciones oficiales o en sus comunicaciones internas, la presencia indígena en la parte americana del Imperio Español, éste debe ser considerado, por lo menos, como un imperio mestizo.

Ya explicamos como el núcleo duro de ese imperio se situaba, en realidad, en los lugares que habían formado parte de las dos grandes formaciones políticas prehispánicas (azteca e inca) que los españoles encontraron a su llegada, y como éstos, desde 1492, se dedicaron a buscar adrede, por todo el continente, esas organizaciones imperiales. Su programa político, antes incluso de descubrir al Imperio Azteca, era buscar estructuras políticas y sociales consistentes, someterlas militarmente y expandirse después desde ellas. 

La colonización con agricultores blancos no era algo que quedara descartado a priori pero tampoco constituía, en absoluto, una prioridad. En la España medieval había una gran tradición colonizadora, pero eso no era lo que los conquistadores buscaban en América, porque en España seguía habiendo extensas regiones necesitadas de brazos que las labraran y siguió habiéndolas, por lo menos, hasta finales del siglo XVIII. Ni las autoridades españolas estaban interesadas en potenciar ese tipo de emigración hacia el Nuevo Mundo, ni los campesinos se lo podían –normalmente- permitir porque tenían que pagarse ellos mismos el pasaje que, como pueden imaginar, solía quedar fuera de su alcance. Con lo que el viaje les costaba se podían comprar tierras en España que les permitieran ganarse sobradamente la vida.

El grupo más nutrido de los españoles que fueron emigrando hacia el Nuevo Mundo a lo largo de los trescientos años que duró el Imperio era el de los hidalgos que, por lo menos durante las primeras generaciones, llegaban a América con una mentalidad  semi-feudal y buscaban constituir allí verdaderos señoríos, pretendiendo alcanzar así un estatus social que les estaba vedado en España.

Por tanto los indígenas eran, para ellos, una parte esencial de su proyecto de sociedad. No estaban interesados en su desaparición, no pretendían desplazarlos del territorio conquistado -como harían después otros pueblos europeos- porque los necesitaban para que trabajaran la tierra y sostuvieran todo el sector primario de la economía de la sociedad americana.

Sobre este asunto podemos hacer todas las valoraciones morales que nos apetezcan pero, lo que está claro, es que los conquistadores españoles no pretendían, en esencia, algo diferente a lo que, antes de ellos, habían pretendido los aztecas y los incas, sociedades que estaban fuertemente jerarquizadas y cuya estructura social descansaba sobre la base del trabajo de los campesinos. Desde el punto de vista del agricultor de Mesoamérica o de los países andinos la conquista sólo significaba un cambio de señores, pero los nuevos buscaban básicamente lo mismo que los antiguos y en este sentido no había una razón especial para rebelarse contra los españoles.

Entre los antiguos señores que habían dejado de serlo, en cambio, sí que había motivos para la rebeldía, ya que su mundo se había derrumbado para siempre. Estos, además, eran verdaderos guerreros -a diferencia de sus antiguos súbditos- y podrían haber dirigido a su pueblo en una guerra de desgaste en la que no hubiera sido demasiado complicado expulsar a los invasores, ya que eran pocos, fácilmente reconocibles y no conocían el país. Pero los españoles eran muy difíciles de batir, no sólo en el campo de batalla sino también fuera de él. Tanto en México como en el Perú supieron tejer, con gran rapidez, una hábil política de alianzas que resultó determinante en la consolidación de las conquistas.

En Mesoamérica los aztecas eran odiados y temidos por una gran cantidad de pueblos. Los españoles los reemplazarían en buena parte de los puestos que ellos no podían ocupar directamente -dado su reducido número- por sus grandes aliados los tlaxcaltecas, que vieron sobradamente recompensada su lealtad con exenciones de impuestos y con un trato preferente en la nueva jerarquía de poder que sustituyó a la de los aztecas.

A la llegada de los españoles, se unieron a ellos para poder derrotar al imperio Azteca, el cual mantenía en sitio constantemente a la altépetl de Tlaxcallan.

Su alianza con los españoles para la toma de Tenochtitlan convirtió a los tlaxcaltecas en los principales aliados de los conquistadores, acompañándolos en la mayoría de campañas militares que llevaron a cabo para conquistar a distintos pueblos, por muy diversas regiones de Mesoamérica y Aridoamérica, gracias a lo cual siempre tuvieron buenas relaciones con la corona española.

Por su buena relación con los colonos españoles, los tlaxcaltecas disfrutaron de privilegios y participaron ampliamente en el establecimiento de varias comunidades en el noreste de la Nueva España. […] existe aún la Identidad de los Nahuas de Tlaxcala, aquellos hombres que resistieron el embiste Azteca, y fueron fieles compañeros de armas de las tropas de Hernán Cortés, participando en la creación del futuro México con la fusión entre indígenas y españoles.”[1]




Virreinato del Perú

En el Perú fue directamente una facción de los propios incas la que facilitó la conquista y consolidación del poder español en el antiguo imperio del Tahuantinsuyo. El propio Pizarro y varios de los capitanes se casarían con princesas incas de la más alta estirpe, fundando familias mestizas que formarán parte del núcleo dirigente de la nueva aristocracia peruana desde su origen. Uno de sus miembros, el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), biznieto del Inca Túpac Yupanqui por vía materna se convertirá en un referente literario del Renacimiento español, transformándose probablemente en el ejemplo más conocido y temprano del mestizaje, tanto racial como cultural, que tendrá lugar a escala continental durante los siguientes siglos.

En un mundo donde los españoles blancos constituyen una exigua minoría, los mestizos desempeñan un papel fundamental y decisivo en la formación social que va naciendo y terminan formando un colchón amortiguador que rodea y protege a aquellos, ayudando a crear la estructura de poder que sostendrá al Imperio. El término “mestizo” con frecuencia termina perdiendo su significado biológico originario para terminar dando nombre a una categoría social. Con frecuencia se usa como sinónimo de “clase media”, sustituyendo el viejo significado por el nuevo, de tal manera que puede terminar recibiendo esa denominación una persona que desde el punto de vista racial es indígena pero que vive como español.

El concepto de mestizaje en Hispanoamérica ha calado tan hondo que el día 12 de octubre, en el que se conmemora el Descubrimiento de América, es una fiesta continental, que recibe el nombre de “Día de la Raza”. Si el lector no es hispanoamericano seguramente se preguntará: ¿De qué raza? Porque está claro que esta región en una de las que presentan mayor variedad de tipos humanos y de gradaciones raciales del mundo, donde blancos, indios y negros, con todos los grados intermedios imaginables, conviven en el inmenso espacio geográfico que se extiende desde el Río Grande del Norte hasta la Tierra del Fuego.

Es obvio que la raza a que nos referimos es la mestiza, aunque no sea la de todos si nos ceñimos a las categorías biológicas. El mestizaje al que hace referencia implícita esa denominación es cultural. Aunque no todos lo sean, sí se sienten mestizos porque esta cultura ha sabido integrar dentro de sí las diferentes tradiciones que se encontraron en este vasto territorio para forjar entre todas un mundo nuevo y, como vemos, hay mucha gente que considera que ese encuentro merece ser celebrado y así nos lo recuerdan cada año por las calles y plazas de toda América.

Pero más allá del mestizaje biológico o cultural que los pueblos de Hispanoamérica han podido protagonizar a lo largo de estos últimos quinientos años, hay una faceta que hasta ahora ha pasado desapercibida para la mayor parte de los observadores. El Imperio Español fue un imperio mestizo no sólo porque los blancos se mezclaran con los indios, ni porque hubiera indios que colaboraran con los blancos. También lo es porque su estructura, en realidad, es la de los imperios indígenas subyacentes que recibió un injerto español.

Los españoles no crearon un imperio sino que conquistaron dos y los transformaron. El tronco de esos dos imperios sigue estando ahí, escondido bajo el ramaje del injerto español y son dos, no uno, aunque las ramas de ambos hayan crecido tanto que se hayan entrelazado y desde las alturas no haya manera de distinguir las que proceden de un tronco de las que lo hacen del otro.

Después de conquistar los dos imperios se crearon los dos virreinatos originarios que llegaron, en solitario, hasta el siglo XVIII: El Virreinato de Nueva España, al norte -continuación del Imperio Azteca- y el del Perú, al sur –continuación del Imperio Inca-.

Desde México, aprovechando la vieja estructura del Imperio Azteca que seguía descansando sobre la base del campesinado indígena de Mesoamérica, con el apoyo de sus aliados tlaxcaltecas, los españoles llevaron a cabo un sistemático proyecto de expansión militar que terminará llevándolos hasta el Istmo de Panamá por el sur, la actual frontera norteamericano-canadiense por el norte, el río Mississippi por el noreste y las Islas Filipinas por el oeste, incorporando dentro de esa estructura las Grandes Antillas –Cuba, Española y Puerto Rico- y la Península de Florida. El hecho de que el virrey de México fuera designado por el rey de España y, en consecuencia, estuviera subordinado a él nos puede hacer pensar que, en el fondo, no era más que un funcionario. Pero era un funcionario que tenía más poder que la mayor parte de los reyes de la Europa de su época, claro que por un tiempo limitado, como los actuales presidentes de las modernas repúblicas americanas. El rey de España, tanto en Nueva España como en el Perú, procuraba que las personas que desempeñaran esos cargos rotaran bastante y vieran limitado su poder, que estaba muy vigilado por otros funcionarios que eran enviados para controlarlo. Está claro que el rey era plenamente consciente del inmenso poder que el virrey tenía y que podía llevarlo, si no se le vigilaba estrechamente, a crear un verdadero imperio más poderoso que ninguno de los europeos. 

El Virreinato del Perú incluía dentro de sus fronteras a las actuales repúblicas de Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay. Limitando al norte con el Virreinato de Nueva España, al sur con el Océano Glacial Antártico, al este con el Imperio Portugués del Brasil y el Océano Atlántico y al oeste con el Océano Pacífico.

Los dos virreinatos son, en realidad, la siguiente fase histórica de los imperios indígenas subyacentes y su lógica interna de desarrollo no es europea sino híbrida. Creo que el concepto de “injerto” es la expresión que mejor define su función.

Los españoles, dentro de de esa estructura, actúan como bisagra que articula su relación con el resto del mundo. Esa manera de funcionar hace de este mundo algo único e irrepetible, que conecta espacios y tiempos lejanos y hace fluir la energía de un extremo a otro del Hemisferio y desde las civilizaciones prehispánicas hasta los actuales movimientos indigenistas. Es el espíritu de la transversalidad del que les hablé el otro día. Es el dinamismo que esta estructura imprimió al resto del mundo desde que se constituyó, hace quinientos años, y que nos embarcó a todos en un proceso histórico irreversible, que hoy llamamos “globalización” pero mañana llamaremos –seguro- de otra manera.


[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Tlaxcalteca