jueves, 28 de marzo de 2013

La implosión europea



Los ejércitos napoleónicos extendieron por Europa el concepto de “nación” decimonónico, que se inspiraba en el modelo revolucionario francés. Ese modelo era reactivo, se desarrolló para romper el cerco que los austrias españoles mantuvieron en torno a Francia y que llamamos "la Camisa de fuerza francesa", procedía del país más centralista del mundo y su interiorización por la población de países que tenían una estructura interna muy diferente de la francesa tenía que provocar, necesariamente, una gran cantidad de desajustes que no se habían producido en el original porque allí se trataba de un proceso endógeno, que respondía a sus propias necesidades y, en el resto, era una solución importada, que no tenía en cuenta suficientemente la naturaleza del estado receptor.

En su día hablamos de las “cinco naciones-estado” europeas originarias (España, Portugal, Francia, Inglaterra y Holanda), surgidas durante los siglos XV y XVI en el contexto del “estado autoritario” que caracterizó a ese tiempo político. Cada una de aquellas “naciones” creó su propio imperio eurífugo (que se extiende hacia el exterior de Europa), dando lugar a lo que se conoce como los imperios ultramarinos.

Pero los libros de historia nos informan también de la aparición, en el siglo XIX, de otras dos grandes “naciones” europeas (Alemania e Italia). Estos dos procesos se desarrollan de una manera muy diferente a como lo habían hecho en los cinco estados citados en el párrafo anterior. Algo que ya ha llamado la atención de una multitud de autores es que, mientras que en la mayoría de países en los que se ha desarrollado un potente movimiento nacionalista, éste ha tenido un signo más bien emancipador (se trataba de afirmar la propia identidad frente a un poderoso enemigo que la amenazaba), pero en los casos alemán e italiano han tenido un carácter fundamentalmente unificador (se trataba de integrar en una estructura nacional a una multitud de pequeños estados desunidos y dispersos). Esa afirmación podría ser matizada, desde luego, porque la España de los Reyes Católicos surge de la unión entre Castilla y Aragón y la posterior anexión de los reinos de Granada y de Navarra. Los reyes franceses, igualmente, tuvieron que pelear bastante durante los últimos tiempos medievales y durante la Edad Moderna para integrar dentro del reino a varios pequeños estados y señoríos que supieron resistir, algunos con bastante tenacidad, las pretensiones anexionistas francesas. Pero claro, esto tiene muy poco que ver con aquella Confederación Germánica que durante buena parte del siglo XIX estuvo integrada por 38 estados, formalmente independientes, que hubo que presionar fuertemente para “convencerlos” de la necesidad de integrarse en la estructura del II Reich.

Esa división alemana, que sobrevivió hasta 1871, es una rémora con la que el país tiene que bregar. Ninguna nación se puede crear a golpe de decreto en el correspondiente Boletín Oficial del Estado, aunque es cierto que había una conciencia nacional que es anterior a esa unificación, y un proyecto político latente nada menos que desde el siglo X. Pero la supervivencia de los diferentes estados alemanes hasta una fecha tan tardía nos está revelando la existencia de resistencias profundas, en el seno de su sociedad, a la creación de una estructura política unitaria. Esa resistencia, que en el caso italiano podemos explicar perfectamente en términos históricos, relacionados algunos con la geopolítica europea, en el alemán, en cambio, tiene razones más profundas, más esenciales, más étnicas.

Para los pueblos de lengua alemana situados entre el Danubio, el Rhin y los mares del Norte y Báltico el II Reich es la primera vez en su historia que han tenido –todos- una autoridad común (si entendemos que las estructuras políticas medievales, de signo feudal, no constituyen un estado verdadero).

¿Por qué los alemanes no vieron la necesidad de crear un estado común hasta una fecha tan tardía? Pues sencillamente porque no lo necesitaban. Podemos hacer cuantas valoraciones nos apetezcan al respecto, pero cualquier juicio que emitamos sobre esto será, en realidad, un pre-juicio, reflejo de nuestra particular posición ideológica. Los procesos históricos tienen su propia lógica interna, que son independientes de las valoraciones que los humanos, individualmente considerados, podamos hacer. No hemos de olvidar nunca que el estado es una imposición, que mientras los individuos puedan vivir sin él, lo harán. Y si es inevitable, pero se puede ir tirando dentro de uno pequeño, será preferible éste a uno más grande y, por tanto, más insensible a las necesidades de sus ciudadanos. El poder que gana el estado lo pierden las personas. Es natural que éstas se resistan a cederlo. Y lo dicho para las personas también vale para los grupos locales, las pequeñas oligarquías, etc.

¿Qué diferencia a Alemania de Francia, de España o de Inglaterra? ¿Por qué en estos países el proceso político unificador avanzó más rápido? Pues por diversas razones, pero una fundamental es que estos países ya formaron parte, en la antigüedad, de una estructura política unida y consistente que se llamó Imperio Romano. La población de estos territorios fue sometida por la fuerza, pero después de los actos violentos que acompañaron a la conquista, de aceptar de mala gana la autoridad del estado y de que éste los pusiera a trabajar al servicio del proyecto imperial, vieron como se hacían carreteras, alcantarillado, presas de agua, acueductos; como se fundaban ciudades, se mejoraban las técnicas agrícolas, se incrementaba el comercio y -con él- llegaban a sus manos productos exóticos que antes era imposible encontrar. También vieron como la población aumentaba y como aparecían nuevas clases sociales interesadas en el sostenimiento de esa nueva y más compleja estructura política.

La estructura imperial, además, unificó la lengua y la cultura de los pueblos que formaron parte de ella, creó un ingente patrimonio de conceptos y de valores compartidos. En definitiva, una civilización. Y esta civilización vino acompañada de una ética ciudadana surgida para hacer posible la vida en una sociedad relativamente poblada. En ese contexto fue en el que apareció el cristianismo, aquél cristianismo primitivo de la época romana mucho más cercano que el de nuestros tiempos a los valores evangélicos originarios. Un cristianismo que había crecido dentro del Imperio y que se había adaptado a él como un guante a la mano de su dueño.

Después, todo aquello se derrumbó, en la Alta Edad Media, y se degradó la vida de las personas a las que les tocó sufrir aquellos procesos  históricos. El pasado imperial romano pasó a ser recordado como una época dorada, como algo que había que recuperar. Así pues, el estado se había ganado a pulso su propia legitimidad, el respeto de los hombres. Respeto que actúa como contrapeso del rechazo que provocan los comportamientos despóticos y las corruptelas de los individuos que ejercen el poder.

En cambio, la falta de tradición estatal estuvo, en el universo germánico, frenando los procesos históricos que conducían hacia la unidad durante siglos. Por otra parte, el clima también ayudó bastante. ¿Recuerdan lo que dijimos sobre el origen de las civilizaciones?

“El punto de arranque de todas las civilizaciones originarias (es decir, no importadas) se dio en lugares donde se concentraba el agua, pero que estaban rodeados por el desierto: Mesopotamia, Egipto… Un gran río que atraviesa un desierto. Por eso los primeros conatos de civilización arrancan siempre en zonas áridas. Es lógico que conforme el proceso va ganando envergadura y las estructuras políticas trascienden los valles originarios, las primeras formas imperiales anden siempre cerca de los desiertos, flanqueándolos.”[1]

Es obvio que el paisaje alemán se parece muy poco al que describimos en su día como el que se da en los lugares donde surgió la civilización. Como dijo Gordon Childe “la lluvia cae sobre el justo y el injusto por igual”. Donde el riego en los campos está garantizado por la naturaleza y los hombres puede ganarse la vida ellos solos, sin ayuda del estado ¿Por qué tendrían que aceptar una autoridad que no les aporta nada? Por eso el estado, en el centro y norte de Europa, se ha ido abriendo paso con lentitud, en comparación con el proceso que se dio en los países mediterráneos.

Pero en el siglo XIX se hizo ya patente, para todos los alemanes, la necesidad de crear una macro estructura política lo suficientemente potente como para poder disuadir a sus temibles vecinos del oeste. Fue Napoleón el que catalizó esa respuesta. Y como la nación alemana era, en realidad, la respuesta a una agresión francesa, se estructuró para poder enfrentarse adecuadamente a esa amenaza.

Alemania -antes de 1871- era un país de países. Una estructura confederal de un milenio de antigüedad. Por más que una superestructura nominalmente "imperial" se sobrepusiera sobre esa base política.

Las inercias sociales no pueden desaparecer bruscamente de un día para otro, esa estructura necesitaba tiempo para adaptarse a la nueva concepción del estado. Un tiempo que no tenía, como la vertiginosa sucesión de acontecimientos políticos –desde 1789- no había dejado de poner de manifiesto.

La nación francesa surgió como una rebelión de la sociedad contra el Estado. Una subversión social que igualó a los hombres jurídicamente. Recordemos su lema: “Libertad, igualdad, fraternidad”. Los tres conceptos apuntan directamente a la destrucción de cualquier jerarquía social innecesaria, de cualquier instrumento político que no haya demostrado previamente su legitimidad social, que no se haya ganado a pulso su derecho a existir.

Y sin embargo, el estado que surgió de la Revolución de 1789 era el más poderoso, el más masivo que se había visto nunca en Francia. Nunca antes el estado francés tuvo tantos funcionarios, ni tantos soldados, como el que surgió en ese preciso momento histórico. ¿Cómo pudo ser esto posible? Pues porque la estructura aristocrática del Antiguo Régimen vigente en casi todos los países europeos, empezando por el francés, estaba ya desfasada históricamente. Era ya un freno para el desarrollo económico, social, cultural, político… y saltó por los aires. La “libertad” que pedían los hombres era para reinventar la sociedad, la “igualdad” para poder poner al frente de las instituciones a los más aptos, no a los de más alta cuna, la “fraternidad” buscaba reintegrar en su seno a toda la masa de marginados que aquella sociedad aristocrática había creado. Y empezó a hablarse de instrucción pública, de función pública, de ejército nacional. Todo al servicio de la sociedad. De la sociedad completa. Y de pronto hicieron falta muchos más miles de trabajadores al servicio del estado –es decir, de funcionarios- de los que nunca antes habían sido necesarios. Y la recaudación de impuestos se multiplicó, trasladando el grueso de su carga hacia las clases sociales que podían pagarlos sin poner en peligro su propia subsistencia.

Aquél estado surgido de la Revolución se volvió invencible. No había manera de frenar al ejército “nacional” francés en los campos de batalla. Y, tras la conquista francesa, no había forma de impedir los profundos cambios sociales que la acompañaron.

Cuando por fin Napoleón fue derrotado se había hecho evidente, para todos los europeos, que el Antiguo Régimen había muerto, que su tiempo ya había pasado y que había que transformar profundamente la manera de organizar las diferentes sociedades de la ecúmene para impedir una nueva explosión francesa. Es en ese contexto en el que surge el movimiento nacionalista alemán.

Pero Alemania tenía un problema añadido, a sumar a los asociados a la supervivencia del Antiguo Régimen que compartía con otros pueblos europeos. Ese problema era su propia división política, que le impedía ejercer en Europa el liderazgo que, por su propia demografía y su nivel de desarrollo económico le correspondía. Alemania nunca sería una gran potencia mientras permaneciera dividida. Pero claro, la aparición de una estructura imperial en un lugar que históricamente había estado ocupado por una laxa confederación de pueblos no puede hacerse de manera incruenta, porque altera todos los equilibrios políticos previos. Si Francia era poderosa era, entre otras razones, porque Alemania era débil. Y el asunto no sólo afectaba a Francia (que tenía fronteras directas con Alemania) sino a toda Europa. A Inglaterra, Holanda, España, Italia, Rusia… Les aparecía un potente adversario en retaguardia a todos los imperios eurífugos europeos, todos ellos muy poderosos. Creaba una nueva centralidad europea que eclipsaba a las de la periferia. La Guerra se volvía inevitable. La Guerra con mayúsculas, no una pequeña guerrita para reajustar líneas fronterizas, no. LA GUERRA…

¿Tienen los alemanes derecho a crear un estado unificado, como el resto de pueblos europeos? Por supuesto que sí. Pero claro, la pregunta es: ¿A qué precio? Lo que está claro es que su aparición modifica toda la correlación de fuerzas europeas y, como consecuencia, planetarias (dado que, en el siglo XIX, los países europeos eran prácticamente dueños del mundo).

La emergencia de la nación alemana en el corazón de Europa significa, simplemente, la muerte de Europa. La muerte de la civilización europea como evolución del concepto medieval del Occidente Cristiano. La muerte de la ecúmene europea. De ese mundo de valores compartidos que fueron representando, en sus diferentes fases de desarrollo, el cristianismo medieval, el humanismo, el racionalismo, la ilustración… ¿Y por qué? Pues porque significa la ruptura de todo el sistema de equilibrios sobre el que se ha sustentado. ¿Recuerda cuando dijimos: “El equilibrio de fuerzas es una característica intrínseca de la europeidad”?[2] Ergo, si los equilibrios se rompen, se rompe la europeidad.

¿Y qué sucede entonces? Veamos: Cuando el volcán alemán empieza a rugir, los imperios coloniales europeos están ya en su segunda fase de desarrollo. Prácticamente en su cénit, puesto que los europeos han alcanzado ya los confines de La Tierra y están derribando las últimas fronteras. Alemania llega a tiempo para el último reparto, el de África, en la Conferencia de Berlín (1875). Pero el problema, para el resto de potencias europeas, no está en las posibles aspiraciones alemanas en ultramar, algo relativamente fácil de satisfacer (hubo trozos de tarta hasta para Bélgica, Italia, España o Portugal ¿Cómo no iba a haberla para Alemania? El problema está en sus aspiraciones europeas. Lo que preocupa no es el imperio eurífugo sino el eurípeto[3]. Al aparecer un nuevo imperio en el corazón de Europa, a retaguardia de todos los demás, está obligando a estos a darse la vuelta para cubrir ese nuevo frente, que queda a muy poca distancia de sus respectivas metrópolis, que pone en peligro el núcleo duro de todos ellos. Eso significa replegar poderosos efectivos militares y recursos de todo tipo desde la periferia hacia el centro. Y como consecuencia indirecta hace aparecer nuevos imperios lejos de Europa, que empiezan a preparar el relevo estratégico de los europeos por todo el planeta. Es el momento de Estados Unidos, pero también de Japón. Incluso el comienzo de la recuperación china (un estado de dimensiones continentales, que necesita un tiempo considerable para ponerse en pie, pero que es capaz de desplegar, una vez que lo haga, una potencia superior a todos los demás). Los vientos dejan de soplar desde Europa hacia afuera para hacerlo a la inversa. Se está preparando la implosión europea.


[1] “Las otras transversalidades”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2012/07/las-otras-transversalidades.html

[3] “Los imperios efímeros”. http://polobrazo.blogspot.com.es/2013/03/los-imperios-efimeros.html

miércoles, 6 de marzo de 2013

Los imperios efímeros



Europa ha sido la cuna de varios grandes imperios, algunos de los cuales han sido capaces de pervivir durante mucho tiempo. Pero ninguno de ellos ha sido capaz de integrar a toda la ecúmene dentro de sus fronteras. Y a su núcleo duro nunca más de dos o tres generaciones.

Los imperios más extensos y los más duraderos originados en el ámbito europeo han tenido siempre como núcleo fundacional y como eje a una ciudad o a una región que, dentro del conjunto, era periférica. Y se han expandido desde ese punto hacia el exterior de Europa. Cuando alguno de estos prósperos imperios ha decidido darse la vuelta y volver sus ejércitos hacia el interior, esa decisión no ha dejado de traerle más que desgracias y/o problemas. Ya comenté en su día la presencia, en este espacio geográfico, de una serie de “fronteras intangibles” [1] que nadie ha sido capaz de romper hasta el día de hoy.

Vimos como en la antigüedad y la Alta Edad Media, tanto Roma como Bizancio supieron prosperar en el ámbito mediterráneo, como desde el siglo XV españoles, portugueses, británicos, franceses y holandeses supieron crear cada uno su propio imperio ultramarino y como, por el este, los rusos hicieron lo propio apuntando hacia oriente por las estepas de Asia septentrional. Todos ellos pueden ser denominados imperios eurífugos, porque se expandieron desde Europa hacia el exterior.

Sin embargo, esos romanos que fueron capaces de crear un sólido imperio mediterráneo no pudieron, en cambio, consolidar sus posiciones más allá de las fronteras del Rhin y del Danubio.

En la Alta Edad Media será Carlomagno el primero que intente desarrollar un proyecto imperial específicamente europeo. Proyecto que duró sólo un poco más que la vida de su fundador. Después lo intentarán, de forma reiterada, los alemanes, desde los otones (allá por el siglo X) hasta Carlos V (en el XVI). En los siglos XVII y XVIII la empresa será abordada desde Francia, Prusia y Austria, con idéntico resultado.

El intento austro-español de imponer la unidad religiosa en Alemania en la Guerra de los Treinta Años acabó en un baño de sangre que, de alguna manera, fue una especie de anuncio de lo que estaba por venir.

Ya en la Edad Contemporánea se abordará el asunto con mucha más decisión. Primero lo hará la Francia napoleónica, tiñendo de rojo, como una reproducción ampliada de la guerra citada, toda Europa, desde el Cabo San Vicente hasta Moscú.

Y los dos intentos de expansión militar llevados a cabo por parte alemana, en el siglo XX, se transformaron respectivamente en la primera y la segunda guerras mundiales. Creo que después de esto hay poco más que añadir.

¿Qué sucede en el corazón de Europa que no pase cuando nos alejamos de él? ¿Por qué los intentos de crear imperios han cuajado históricamente en la periferia de la ecúmene y, sin embargo, han degenerado en una espiral de muerte y de violencia cuando han tenido lugar cerca de su centro de gravedad?

De entrada advierto que no tengo la llave de la explicación de tal fenómeno. Son preguntas que me vengo haciendo desde hace tiempo y que me llevaron a escribir el artículo que cité al principio, que fue el que abrió (en enero de 2012) la serie que etiqueté como “Dinámica Histórica” y que vengo publicando desde entonces. En los distintos pueblos que habitan esa zona también se han producido reflexiones al respecto ante la contundencia del dato. En Polonia se hacen comentarios -con cierta frecuencia- sobre España, en los que se envidia nuestra posición geográfica y no sólo por razones climáticas. Recuerdo el medio chiste que dice que los españoles tenemos la suerte de estar rodeados por los portugueses, los Pirineos y los peces. Está claro que son tres vecinos con los que resulta más fácil convivir que con los alemanes y los rusos.

Lo que la historia ha dejado muy claro es que todos los proyectos imperiales “eurípetos” han acabado mal. Moderadamente mal cuando se han abordado de manera gradual y estrepitosamente mal cuando lo han hecho con decisión y con fuerza.

Parece como si rodeando a las etnias germánicas hubiera una especie de muro invisible que debe ser atravesado de forma muy suave y consensuada, si se quiere después vivir para contarlo. Cruzarlo viene a ser algo así como entrar en la atmósfera desde el espacio, que hay que hacerlo a una velocidad y con un ángulo de penetración muy precisos si no se quiere morir en el intento.

Y puesto que de lo que estamos hablando es de fronteras invisibles en el seno de las sociedades humanas, es obvio que debe tratarse de verdaderas barreras mentales que separan a determinados pueblos de sus vecinos.

Europa es un mosaico de grupos étnicos diferentes que han sido capaces de mantener su identidad a lo largo de los siglos. No es el único lugar del mundo donde ocurren estas cosas. En su día también puse ejemplos semejantes ubicados en el Próximo Oriente[2]. Entonces expliqué que no es necesario conservar la religión, ni la lengua, ni la cultura, ni las vestimentas originarias para mantener en pie las viejas rivalidades. Los sunitas de Irak probablemente ignoren que su rivalidad con los chiitas de su país es el viejo enfrentamiento de acadios y sumerios de hace cinco mil años, en el que sus protagonistas han cambiado de religión y de lengua varias veces, pero han conservado las rivalidades mutuas.

¿Por qué es esto así? Tal vez la Psicología Social tenga algo que decir al respecto, pero yo vengo hablando, desde el principio, de los “ecosistemas sociales” y de sus nichos internos. Y vengo poniendo el énfasis en el parecido que guardan con los ecosistemas biológicos.

En un ecosistema biológico las diferentes especies que lo componen evolucionan juntas, pero tienden a mantener sus funciones. Digamos que defienden su nicho. No les preguntéis a los individuos por qué lo hacen, ya que, sencillamente, lo ignoran. Preguntadle a un leucocito por qué acude a combatir al virus invasor que acaba de colarse por una herida en el cuerpo del humano que lo alberga y os dará la callada por respuesta. Sencillamente ignora que tal humano exista. Y si alguien se lo explicara y él fuera capaz de entenderlo, ese conocimiento no le serviría de nada. No cambiaría para nada su prosaica realidad. Ese ser vive en un plano de la existencia diferente al que lo hace el hombre que lo contiene. Y ambos pueden perfectamente ignorar la presencia del otro, pese a la íntima relación mutua que guardan entre sí.

Hay realidades que están condicionando nuestra vida, que nos trascienden, que nos superan, que nos arrastran. Una de esas realidades son los procesos históricos, que poseen una lógica interna propia que es distinta de la de las personas que participan en ellos. Los individuos nacen, crecen, se reproducen y mueren integrados en el seno de una estructura que es un ecosistema social. Dentro de él actuamos buscando nuestro propio interés, defendiendo nuestras ventajas comparativas, nuestra posición social. Y al hacerlo estamos sosteniendo la estructura que sostiene el gran edificio que nos alberga. Es algo así como el ejemplo del leucocito.

Ya vimos -en otro de nuestros artículos- como en Europa, cada uno de los grandes países que han sido capaces de mantener su identidad a lo largo del tiempo cumple una función diferenciada dentro de su estructura política[3]. También hablamos de los pueblos que habitan en la ribera occidental del Rhin y de la función de barrera que han desempeñado históricamente[4], de cómo los romanos los estructuraron mentalmente para desempeñar la función de “Limes” y de cómo han mantenido esa función en el tiempo, después de que hubiera desaparecido la estructura política que la creó y en cuyo seno tuvo sentido. Hoy, igual que hace mil años, sigue ejerciendo su función de barrera entre alemanes y franceses, como en tiempos de Carlos el Temerario, de Carlos V, de Napoleón Bonaparte, como en las dos guerras mundiales…

En los albores de la contemporaneidad, a finales del siglo XVIII, tuvo lugar la Revolución Francesa. Como consecuencia de ella se produjo un salto cualitativo en el proceso de estructuración política de la sociedad francesa. Los importantes cambios que se venían gestando desde mucho antes en la base de la sociedad alcanzaron una masa crítica que exigía ya, que necesitaba imperiosamente, otra manera de organizar las relaciones sociales y políticas entre los humanos. Como las viejas estructuras se defendieron de forma violenta, violentamente fueron derribadas, y esa nueva forma de organizar la sociedad, que también se estaba ensayando en Estados Unidos de Norteamérica y, de forma más gradual, en la Inglaterra surgida de la revolución puritana del siglo XVII, situó a estos tres países en un nuevo tiempo político, les dio varios cuerpos de ventaja sobre el resto de sus competidores que aún se mantenían dentro de los esquemas organizativos del Antiguo Régimen.

Estados Unidos estaba ubicado en un continente que era nuevo para los europeos. Frente a ellos un conjunto de pueblos con muy bajas densidades de población y tecnológicamente situados en un incipiente Neolítico. Su rápida expansión hacia el oeste por la inmensa frontera del “Far West” estaba cantada, ante la ausencia de estructuras sociales mínimamente consistentes que pudieran frenar su avance por las inmensas praderas norteamericanas. Sólo cuando se encontraron con los hispanos comenzaron a enredarse en su malla defensiva, frenándose su avance, pero de esto hablaremos otro día.

Inglaterra es, como España, un país periférico dentro del contexto europeo y, en consecuencia, su salto organizativo tuvo más consecuencias fuera que dentro de la ecúmene. Desde este punto de vista su expansión naval conocerá un nuevo impulso, coincidiendo con los procesos revolucionarios que estaban teniendo lugar en Francia. El Imperio Británico -como vimos al principio- figura en la lista de los imperios eurífugos y, por tanto, no tuvo mayor problema para crecer y expandirse por el mundo, convirtiendo a este país en la primera potencia naval del planeta.

El caso francés, en cambio, es un ejemplo de imperio eurípeto. Al igual que norteamericanos y británicos tenderá a rentabilizar la superioridad política que había alcanzado sobre sus competidores  en la reciente revolución de 1789. Es en ese contexto histórico en el que se despliega el Imperio napoleónico.

Pero Napoleón apuntó hacia el interior de la zona continental de la ecúmene europea. Sus ejércitos -como ya dijimos- se expandieron desde Portugal hasta Rusia. El suyo fue el más serio y poderoso intento de crear un imperio europeo que había tenido lugar hasta entonces. Cosechó éxitos fulminantes, rotundos, pero efímeros. Es el más claro ejemplo (junto con la Alemania nazi) de imperio eurípeto efímero.

¿Qué fue lo que falló? Fallaron muchas cosas. Primero la propia velocidad del proceso, demasiado rápido para poder consolidarse. Hace algunos meses hablamos del imperio de Alejandro Magno y dijimos:

“El Imperio persa y el griego de Alejandro Magno son, en realidad, la misma estructura política, cuya dirección se transfirió tras las campañas del macedonio desde la meseta iraní hasta... Babilonia, en Mesopotamia, por más que nominalmente fueran griegos los que se situaran a la cabeza de esa organización. Era obvio, incluso para Alejandro, que ese imperio no podía dirigirse desde Grecia, como la propia evolución histórica ulterior terminó demostrando. La conquista del Imperio persa por los greco-macedonios fue una operación que sirvió para elevar a este hasta el Olimpo de los dioses y a convertirlo en fuente de inspiración para literatos y ególatras diversos, pero no era algo que sirviera a los intereses del pueblo griego. Unas conquistas más modestas, desde el punto de vista territorial, hubieran sido más útiles para sus impulsores en el plano estratégico y le hubieran dado a los griegos la centralidad política que finalmente asumirían los romanos.”[5]

La Europa “desde el Atlántico hasta los Urales” (de la que tanto le gustaba hablar a Charles de Gaulle) no puede dirigirse desde Francia si no es con el permiso de Alemania (el equivalente a la Babilonia del imperio alejandrino). Sólo si los alemanes estuvieran dispuestos a aceptar una subordinación estratégica con respecto a Francia (que era lo que pretendía Napoleón) puede ser esto posible. Pero Bonaparte era demasiado autoritario para poder consolidar tal modelo. Y, en cualquier caso, ¿Por qué iban a estar los alemanes dispuestos a aceptar ese proyecto? 

Es obvio que no había ninguna razón que permitiera consolidar el modelo. Las victorias militares no sirven para nada si después no puede articularse un modelo de dominación política viable y sostenible en el tiempo.

La Revolución dio a los franceses una ventaja política sobre sus adversarios como dijimos al principio. El Viejo Topo de la Historia llevaba siglos horadando los cimientos del Antiguo Régimen europeo y sustituyéndolo por un nuevo modelo de relaciones económicas que necesitaba ahora encontrar su reflejo político. Francia estuvo entre las primeras naciones que consiguieron hacerlo (junto con las ya citadas Inglaterra y Estados Unidos). Pero Francia no era una isla, y los procesos sociales de los que estamos hablando estaban teniendo lugar en toda Europa, aunque el resto de países fuera a la zaga de los franceses.

¿Para qué sirvieron las guerras napoleónicas? Pues para difundir el modelo político francés por el resto de la ecúmene. Para extender el salto cualitativo que representa la Revolución Francesa al resto de Europa. Para salvar –en cierta forma- el desnivel -la diferencia de potencial- que se había producido como consecuencia de ella. Pero no para imponer ninguna estructura política nueva, de carácter supranacional.

La lección que podemos extraer de este episodio de la Historia de Europa es que nuestra ecúmene es muy diversa desde el punto de vista cultural, pero está muy igualada desde el tecnológico y presenta elevadas densidades de población hacia donde dirijamos nuestra mirada. ¿Qué pueden ganar los pueblos sometidos dentro de una nueva estructura imperial?



[1] Las fronteras intangibles (http://polobrazo.blogspot.com/2012/01/las-fronteras-intangibles.html )
[2] Ibíd.

martes, 12 de febrero de 2013

El bandolerismo andaluz


 
En Andalucía, como en otros muchos lugares de Europa y del mundo, está documentada, desde la Edad Antigua, la existencia de un gran número de bandidos y salteadores de caminos de diverso tipo. De la época musulmana han llegado hasta nosotros los nombres de las bandas de Coreb, Merwan, Tamacheca, Ocacha y, sobre todo, del “Halcón Gris”1. Ya en la época cristiana, la abundancia de estos delincuentes rurales llevarán a los Reyes Católicos a crear un cuerpo específico para combatirlos: La Santa Hermandad. En 1590 Felipe II enviará al ejército real, Mandado por Gonzalo Argote de Molina, para acabar con la banda del Capitán Machuca, que asolaba la Serranía de Ronda. En el siglo XVII actuarán las de El Blanquillo, El Regatón, los hermanos Borrego, el hidalgo Don Gaspar de YelvesEl Mellizo e, incluso, una mandada por una mujer: Ana García La Brava. En el Siglo XVIII actuarán Juan Espejo, los hermanos Montero, Antonio Gómez, etc.2

Pero en la década de los 70 del siglo XVIII, coincidiendo precisamente con la construcción de la carretera de Andalucía y de las “nuevas poblaciones” de Sierra Morena y de Andalucía, que se suponían iban a acabar con él, se produce un indudable salto cualitativo que nos permite hablar de una verdadera Edad de Oro del bandolerismo andaluz, que podemos enmarcar desde los comienzos de las correrías de Diego Corrientes (1776-1781) hasta el “Indulto General” de 1832.

Lo que distingue a los bandoleros de esta época de sus predecesores y de sus continuadores es la extraordinaria complicidad que llegarán a encontrar entre importantes segmentos de las clases populares del occidente andaluz, en especial de sus áreas rurales, lo que les hará moverse con una impunidad impensable en otros tiempos o en otros lugares. Estos bandoleros tenían espías que les mantenían informados de todo lo que pasaba, tenían refugios seguros, no sólo en la sierra sino, también, en los diversos cortijos y caseríos que se reparten por la región e, incluso, poderosos apoyos y contactos dentro de algunos de los municipios más importantes de la zona.

Esto pone relieve la evidente ruptura de los ya debilitados consensos sociales de las oligárquicas sociedades del suroeste castellano que habían podido sobrevivir hasta ese momento. Es muy significativo que sea durante el reinado de Carlos III cuando se de este salto cualitativo del que hemos hablado, por todo lo que venimos diciendo a lo largo de los últimos artículos. Y muy ilustrativo que algunos de los elementos más representativos de la España más “castiza” –el bandolerismo es sólo uno de ellos- surjan precisamente durante el reinado más “ilustrado” de la Historia de España y como consecuencia directa de la reacción de los sectores sociales más agredidos por ese mundo que, desde París, con escala en Madrid, irradiaba en todas las direcciones. La resistencia contra los ilustrados españoles del siglo XVIII será el ensayo general que preparará las condiciones para la Guerra de Guerrillas que se desencadenará por todo el país como consecuencia de la invasión de los ejércitos napoleónicos.

El primero, desde el punto de vista cronológico, de los “grandes” bandoleros fue, indudablemente, Diego Corrientes:

Diego Corrientes Mateos nació en la ciudad de Utrera, del reyno de Sevilla […] desde niño tuvo gran afición a los caballos, que aprendió a domar, y esta afición, el afán de aventuras, el amor al riesgo y también el deseo de ganar dinero que jamás podría soñar trabajando la tierra como su padre, le decidió a meterse a cuatrero, es decir robar caballos y venderlos. Su inteligencia natural le llevó a estudiar detenidamente los lugares donde podía cometer lo robos de caballerías, pero también las vías de acceso a los cortijos y haciendas donde pacían o se guardaban, las posibles vías de fuga en caso de peligro y las vías de salida con los caballos robados, los cuales llevaría a venderlos en Portugal. Igualmente estudió la cobertura que podía obtener, refugios y escondites, personas a quienes igualmente debía pagar para que le tuvieran informado de los movimientos de la fuerza pública” […] “No tenían nada que envidiar a la tropa sus planes de logística, pues llegó incluso a poner los primeros caballos que robó, en determinados lugares para que, cuidados por algún campesino pagado por él, los tuviera siempre a punto, bien alimentados y ensillados, por si tenía que llegar de improviso a dejar un caballo cansado, y utilizar el de refresco, ganando así ventaja a sus perseguidores”
[ … ]

A la dificultad de capturarle por su ligereza y su habilidad, unía la protección de los campesinos pobres, a los que en muchas ocasiones ayudaba con dinero, cuando sabía que estaban a punto de perder sus pobres parcelas, embargadas por los usureros si un año por falta de lluvias perdían la cosecha y tenían que pagar la renta de la tierra, las semillas y los impuestos. Así la fama de Diego Corrientes alcanzó […] a que su nombre corra de boca en boca, en letras de romances, y en coplas de flamenco:

"Así era Diego Corrientes
el rey de la Andalucía
que a los ricos le robaba
y a los pobres socorría.
(Letra conservada por Joaquín Curiel, de Coria del Río.)”

[ … ]

La fama de valiente, y de generoso hicieron que se despertase una extensa oleada de admiración hacia su persona, admiración que se traducía en muchos casos en encubrirle, ampararle y facilitarle refugio o huída, no solo los jornaleros, ni los pequeños agricultores, víctimas de caciques y usureros, sino incluso muchos curas párrocos de pueblos pequeños que presenciaban impotentes numerosas injusticias.”3


Con fecha 22 de diciembre de 1780, la Audiencia de Sevilla emite un edicto de busca y captura en el que “se alude a «salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, y otros graves excesos, insultos a las Haciendas y cortijos»; pero no se hace mención a homicidios ni asesinatos, porque Diego Corrientes no había cometido ningún delito de sangre. Sin embargo se le condena a muerte.”4 Se ofrecía una recompensa “al que entregare muerto al Diego Corrientes un mil y quinientos reales de vellón; y al que vivo la doble cantidad.”

Ninguno de los suyos, ni de las gentes del campo andaluz le asesinaron para cobrar el precio ofrecido, ni delataron por donde andaba escondido.
El día que llegaron los edictos a los pueblos se leyó su contenido a voz de pregonero por las calles y plazas de toda Andalucía, pero nadie presentó ni siquiera una denuncia.
Y cuando el papel del Edicto fue pegado por las paredes en el pueblo de Mairena [del Alcor], Diego Corrientes se arrojó a presentarse en la plaza del ayuntamiento y arrancó con sus manos el cartel, y dejó en su lugar un papel con buena letra y frases jocosas ridiculizando a su Señoría y en la que se burlaba del Oidor y Regente, y de la Sala del Crimen. Don Francisco Bruna, sabiendo que Corrientes pasaba a Portugal a vender los caballos cuarteados ordenó a los Escopeteros que se introdujeran en Portugal y capturasen al bandido. […]5

Diego Corrientes será finalmente capturado en Olivenza y ahorcado en la Plaza de San Francisco, de Sevilla, el 30 de marzo de 1781. Entonces ya era un personaje legendario, pero a lo largo de las siguientes generaciones su figura no dejará de agigantarse, entre otras razones porque el bandolerismo no dejará de crecer y la ulterior guerra contra los franceses terminará otorgándole la legitimidad de la que carecía hasta entonces.

Durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX fueron numerosas las partidas de las que se tiene noticia: Las de “Piñero”, que actuó desde Linares hasta Sevilla, por toda la carretera de Andalucía; la de Bartolomé Gutiérrez, de La Rambla, etc. También se aprovechó, por parte de las autoridades, la existencia de numerosas partidas en todo el occidente andaluz para eliminar a algunos grupos jacobinos que empezaban a proliferar en la región, influidos por las noticias que llegaban desde Francia. El más importante de estos fue, sin duda, el de la supuesta banda de Francisco Matheos, alias El Tenazas, que era en realidad un grupo conspirativo pro-revolucionario, de unos cuarenta miembros, que se reunía en Mairena del Alcor, en la que había incluso nobles, un sacerdote, un militar y un escribano. De éste se ejecutará a cinco de sus miembros, condenando a los demás a penas de prisión, trabajos forzados o destierro.

El contrabando fue uno de los delitos más frecuentes y más perseguidos, y los componentes de sus bandas eran castigados con igual rigor que los bandoleros, lo que les rodeó de un halo de admiración popular y romántica. Ejemplo de ello fue el suceso de Carmen, la cigarrera de Sevilla, que se fue al contrabando y arrastró al pobre sargento don José, quien acabó matándola por celos. El suceso es verídico y la Condesa de Teba, madre de la emperatriz Eugenia, se lo contó a Merimée, quien convirtió la noticia en novela, de la que luego Bizet sacó su magnífica ópera.”6

La invasión de los ejércitos napoleónicos, en 1808, y la desestructuración social que produjo, así como el consiguiente vacío de poder que le acompañó, alteró de manera radical el contexto, dando alas a los diferentes grupos armados que actuaban en las áreas rurales andaluzas, transmutándolos ante los ojos de los campesinos en verdaderos patriotas.

De todas aquellas bandas ninguna alcanzó tal resonancia como la llamada de Los Siete Niños de Écija”7, que ni eran siete, ni eran niños, ni eran de Écija. Esta partida comenzó como un genuino grupo guerrillero, algunos de cuyos miembros continuaron después de la guerra “en el monte”, actuando ya como verdaderos bandoleros.

La partida de Los Siete Niños de Écija comenzó en realidad como una guerrilla para luchar contra los franceses del rey José y del general Dupont. Sus actividades eran atacar los convoyes de municiones franceses, interceptar los correos y atacar las pequeñas guarniciones, o las autoridades francesas desperdigadas por Andalucía para recaudar impuestos o transformar provincias en «prefecturas» según el modelo francés.
Terminada la guerra, expulsados los franceses, la guerrilla se convierte en partida de bandoleros por varios motivos, la falta de adaptación a la vida de la paz, después de años de guerra; la pobreza de algunos de ellos faltos de cualquier empleo; la animosidad y resentimiento contra el rey Fernando VII que no les agradeció su esfuerzo y sacrificio, sino que les persiguió por haber apoyado a las Cortes de Cádiz. Incluso en un caso concreto, el fraile Fray Antonio de Cegama, vasco, quién después de varios años de guerrillero no tenía ya el espíritu para volver a su convento franciscano, en las Vascongadas ni al caserío en una aldea de Guipúzcoa.”8


Aunque en el edicto de busca y captura, emitido en 1817 contra los miembros de este grupo, aparecen seis nombres, se tienen noticias ciertas de hasta 43 individuos claramente identificados que pertenecieron en algún momento a la banda.

Las hazañas o fechorías de Los siete niños de Écija se localizaron en las provincias de Córdoba, Sevilla y Cádiz, en los términos de La Luisiana, Écija, Carmona, Osuna, Lora del Río, El Carpio, La Carlota, y Aguilar de la Frontera”9

Sin duda el golpe más famoso de “los niños” fue el robo de un cargamento de veinte mil onzas de oro procedentes de Méjico, escoltado por veinte soldados de caballería y vigilado por un funcionario de Hacienda. El robo se produjo en la Posada Real de La Luisiana10 y fue recreado en un episodio de la serie de televisión de los años 70 “Curro Jiménez”, aunque ahí se le atribuía al protagonista de la misma, que era “El barquero de Cantillana”, otro bandolero diferente de una época posterior.

Robos como este, asaltos a las diligencias, incluso saqueos de cortijos y aldeas enteras fueron anotándose en la historia de Los Siete Niños que puntualmente iba escribiendo la Real Audiencia de Sevilla, con las denuncias que le llegaban de alcaldes desesperados y propietarios furiosos. A los hombres del primer edicto judicial se van añadiendo los de Diego García El Hornero, Antonio Cariñena, Juan Gómez y Juan Escalera, que han sido aprehendidos y arrastrados y ahorcados y descuartizados.
Diego Padilla, al que se conoce por el mote de "Juan Palomo" cae poco después. La Justicia, apremiada por el gobierno y por el propio rey no solo aumenta los efectivos armados sino que aumenta los premios por captura; surgen cazadores de recompensas, Juan Bautista Núñez y Pablo Rodríguez cobran recompensas de a mil ducados por bandido capturado. El final de la partida de Los Siete Niños de Écija según parece fue el que relatan algunos autores. Tras la muerte de Antonio Gutiérrez El Cojo en la horca de Sevilla el 7 de febrero de 1818 los restantes de la partida, más modernos en ella y con menor experiencia y menos apoyos y confidentes, formaron otra partida que se llamó La Cuadrilla de Montellano, nombre que se le dio porque en el término de Montellano cometieron sus primeros robos. Su actuación duró poco más de un año, y entre sus fechorías se cuenta el de haber enviado cartas a los hacendados pidiéndoles que pagasen una contribución y que si no la pagaban les quemarían las cosechas, y las casas y les harían otros daños. Esto lo hicieron en los términos de Montellano, donde comenzó su actividad la partida, y siguieron por Algodonales, Morón de la Frontera y por otros pueblos.”11
La serie de televisión citada –“Curro Jiménez”- popularizó la figura de “El barquero de Cantillana”, sobre cuya personalidad hay ciertas dudas, pues los historiadores no están seguros de si trata de Francisco Antonio Jiménez Ledesma –que es la versión a la que se adhiere el guionista, y de ahí el nombre de la serie- o, por el contrario, se trata de Andrés López Muñoz. Ambos vecinos de la localidad sevillana de Cantillana. El individuo en cuestión murió en un enfrentamiento armado con la Guardia Civil en 1849, después de…

haber ejercido durante diecisiete años, y en su historial figuraba haber dado muerte al alcalde de La Algaba, Sevilla, y numerosos asaltos a diligencias, viajeros y recuas de transporte en las carreteras de Sevilla a Huelva y Cádiz.”12

El perfil, por tanto, de este bandolero no se corresponde con el del personaje de la serie de televisión porque –según aquella- este individuo participó en la guerra contra los franceses y, después, contra los hombres de Fernando VII. En realidad el de Cantillana empezó a actuar en 1832, poco después de que se produjera el Gran Indulto, y la mayor parte de sus correrías tuvieron lugar durante los gobiernos liberales posteriores a 1833.


De todos los bandoleros andaluces, quizá el que mayor fama alcanzó fue José María El Tempranillo, pero no tanto por sus hazañas delictivas […] sino por la influencia «mediática» en el conjunto de la sociedad, divulgando su nombre y rodeándolo de una aureola de simpatía.
El Tempranillo contó con los mejores agentes de publicidad que haya tenido ninguna marca comercial en España. Estos agentes se llamaron nada menos que Próspero Merimée, francés, y Richard Ford y J.F. Lewis, ingleses. Así el nombre de El Tempranillo figuró en páginas de revistas y periódicos que se divulgaban en todo el mundo, retratos del bandido, en quien estos curiosos e impertinentes viajeros y cronistas personificaban la España folklórica, y pintoresca, mezcla de un romanticismo amasado con claveles, coplas, gitanas y trabucos.
Para estos escritores El Tempranillofue una verdadera mina de pseudoinformación, tanto que Merimée ocultó a sus lectores la muerte de El Tempranillo y todavía varios meses después le mantenía vivo en reportajes, contando supuestas aventuras del personaje media Europa.”13
Nacido en 1805, asesinó a un hombre alrededor de los trece años –no se sabe claramente a quién ni en qué circunstancias, pues circulan tres versiones diferentes incompatibles entre sí-, huyendo a continuación a la sierra, donde se unió a “Los Siete Niños de Écija” sobre 1818. Cuando esta partida desapareció él siguió actuando por su cuenta, liderando una nueva. Parece ser que era huérfano y analfabeto; el apodo de “El Tempranillo” se lo pusieron por la “temprana” edad con que empezó a actuar. El más famoso de sus golpes fue:

El “asalto a un convoy que transportaba gran cantidad de dinero del Tesoro Público, de Madrid a Sevilla, a su paso por el sitio de la Monclova, término de Écija.
La operación que realizó El Tempranillo más que un asalto de bandidos fue una auténtica obra maestra de estrategia y táctica militar […] La descripción de este asalto llenó páginas de los periódicos de Europa, principalmente en París y en Londres, con lo que aumentó la popularidad que ya tenía”14

La escolta que guardaba este convoy era nada menos que de cuarenta soldados de caballería, que fueron dispersados en diversas operaciones de distracción como si de una verdadera batalla se tratase hasta conseguir dejar casi solo al citado Tesoro.

Los asaltos a diligencias eran su operación preferida […] Los asaltos no eran improvisados, sino preparados con utilización de espías para conocer con anticipación quienes viajarían en la diligencia y qué bienes podrían llevar.

El miedo a estos asaltos fue tal, que cada pocos días solía aparecer en la Gaceta de Madrid el relato de algún episodio reciente. Por ello cuando se deslizó sotto voce la noticia de que pagando un impuesto voluntario a los bandidos se evitaría ser robado aunque asaltasen la diligencia, se creó una clientela numerosísima. José María El Tempranillo garantizaba que quienes llevasen el recibo de haber pagado su «seguro» podían viajar tan tranquilamente de Sevilla a Madrid, sin ser molestados.
El seguro se pagaba en uno de los mesones que existían en la calle Mesones, (hoy se llama calle Alhóndiga), y sus factores que cobraban el seguro figuraban como arrieros, ganaderos, viajantes de comercio, y hasta disfrazados de curas.”15

Era conocida su identificación ideológica con la causa de los liberales. En la primavera de 1831 facilitó la penetración desde Gibraltar de un ejército de 150 hombres, dirigido por el general Manzanares, que pretendía iniciar un levantamiento contra el gobierno absolutista de Fernando VII. Este grupo fue derrotado por las tropas realistas en un choque armado que tuvo lugar en la Serranía de Ronda, donde 61 de ellos –con Manzanares a la cabeza- fueron hechos prisioneros y fusilados poco después. El resto de los sublevados huyeron y la partida de El Tempranillo se encargó de facilitar y cubrir la retirada.

La alianza entre liberales y bandoleros, en el occidente andaluz a principios de la década de los 30 del siglo XIX, hizo estremecer al gobierno absolutista y a sus partidarios, que de pronto vieron abrirse el suelo bajo sus pies. La impunidad con la que estos se movían por la zona, su extensa red de informadores y su conocimiento del terreno, puestos al servicio de los liberales, los podía terminar convirtiendo en un temible brazo armado, imbatibles en su propio territorio.

Inmediatamente después de los sucesos acaecidos en la Serranía de Ronda con el grupo de Manzanares el rey mandó plenipotenciarios a Andalucía para negociar con los bandoleros un indulto. Pronto se darán cuenta que la persona con la que tenían que negociar no era El Tempranillo, sino Juan Caballero, que era el verdadero cerebro que se escondía detrás de la nueva alianza que se estaba tejiendo en Andalucía.

Juan Caballero fue, probablemente, uno de los bandoleros con mayor nivel intelectual que haya habido en España. Siempre afirmó que tuvo que tirarse al monte contra su voluntad y de hecho durante algún tiempo estuvo intentando demostrar que los cargos que se le imputaban se basaban en un desgraciado malentendido y que lo estaban confundiendo con otra persona. Nacido en Estepa en 1804 en una familia hidalga y acomodada, nunca pasó necesidad económica hasta que tuvo que huir a la Sierra. Fue a la escuela y su nivel cultural era bastante bueno para su época. De hecho es el único bandolero del que tengamos conciencia que haya escrito sus memorias:

Yo, Juan Caballero Pérez, natural y vecino de Estepa, encontrándome en mi sano juicio, sin maldad de espíritu y con el justo deseo de dejar puesto en claro todo lo ocurrido durante mi juventud en que fui jefe de una partida de caballistas,16 de lo qual fui indultado por S.M. el Rey Don Fernando Séptimo, según es legal y notorio, porque debo dejar bien sentado lo que sí fui autor y limpiar mi nombre de calumnias de crímenes que nunca hize, y también salvar hechos buenos míos que algunas personas atribuyen a otros caballistas. Y por esto he juntado algunas memorias y he comprobado después los nombres y sircunstancias para que todo lo que aquí va escrito sea un todo verdadero. Y no quiero que estos papeles se publiquen impresos por ahora, aunque yo muera, mientras estén vivos los hombres que en este papel se nombran por sus nombres para evitar daños en la fama de algunos, pues no me es propio el hacer daño pudiendo evitarlo.

También algunos de estos recuerdos los he comunicado con algunos de mis amigos y viejos compañeros para sersiorarme de la verdad de lo que aquí va escrito.

[…] Mi padre se llamaba Luis Caballero Llamas, y venía su descendencia de lo que entonces se llamaba linaje hidalgo […] Yo era el menor de seis hermanos, y como mi padre lo ganaba bien en su negocio de surtidor de reses para Matadero, y mis hermanos mayores le ayudaban fui el más beneficiado, y aunque eran tiempos muy malos de la guerra, me mandaron a la escuela, y aprendí a leer y a escribir y bastante de cuentas, lo qual era mucho en aquel tiempo”17

Así se presenta nuestro hombre en sus memorias. Como tantos otros, tuvo que huir para salvar su vida, acusado de un crimen que él siempre negó. Con 23 años, recién casado, a la vuelta del servicio militar, dedicado al negocio familiar de suministrador de reses para los mataderos, con una posición social, por tanto, acomodada, ese desgraciado suceso vino a truncar una vida que a priori se presentaba próspera y feliz. Joven, religioso, inteligente, bien dotado para los negocios, bien relacionado socialmente, lo último que podía imaginar era que iba a tener que “tirarse al monte” para salvar su vida y convertirse, para usar sus propias palabras, “en un hombre perdido”.

Y en el monte muy pronto se dio cuenta de cuáles eran las reglas que regían, incorporándose a la banda de José María el Tempranillo, de la que se separó, con algunos compañeros, algún tiempo después. Él decía que era “un caballista de campiña”, mientras que El Tempranillo era “de serranía” (se ve que en esto también había especialidades). Y efectivamente, su “partida” se desplegará por la campiñas de Sevilla y de Córdoba, dando sus golpes más sonados en la Carretera de Andalucía -esa que construyó Carlos III para evitar a los bandoleros- y penetrando en las famosas “nuevas poblaciones” con absoluta impunidad, para escarnio de los ilustrados que querían construir un “modelo con que pueden mejorarse todos los [pueblos] de España” (Olavide), replegándose después hacia su santuario de Estepa. Cualquier nuevo individuo que se incorporara a su grupo tenía que hacer el juramento de sus dos reglas:

Mis reglas son dos, la primera obedecer y respetar mis órdenes, pues en ello nos va la vida a todos y la segunda es respetar todo lo de Estepa, lo mismo el pueblo que los cortijos y los caminos de su estado, pues si nos portamos bien con ellos tenemos amigos, y si no estamos perdidos”18

El “estado” de Estepa significaba todos los pueblos del marquesado homónimo, que eran: Estepa, Badolatosa, Casariche, Herrera, Pedrera, Lora de Estepa y El Rubio. En ese territorio los hombres de Juan Caballero eran tan respetados que éste, de hecho, se relacionaba allí con algunos de los prohombres del lugar: el vicario de Estepa (máxima autoridad religiosa), alcaldes, terratenientes, etc. Había un pacto tácito de no agresión entre las autoridades locales y los bandoleros que nunca fue violado por ninguna de las partes y que permitió a los familiares de éstos residir en la zona sin que nadie los molestara.

Los “caballistas de la campiña” de Juan Caballero impusieron su ley por un territorio que tiene una anchura de unos 80-100 kilómetros en sentido norte-sur y algo más, incluso, en sentido este-oeste. Unos 10.000 km2 dentro de los cuales se hallaba el tramo de carretera probablemente más vigilado de toda España, el que va de Córdoba a Sevilla, en la radial de Andalucía, al que habría que añadir el Sevilla-Jerez, que tampoco estaba desguarnecido. Su consolidación en este espacio geográfico terminaría dando profundidad estratégica a las bandas que actuaban en la Sierra de Cádiz, Serranía de Ronda y Cordillera Subbética, las de José María “el Tempranillo”, José Ruíz “Germán” y Frasquito de la Torre. Estas cuatro partidas se coordinaban entre sí y cuando llegaban noticias de que un gran cargamento, bien vigilado, se iba a poner a tiro, se agrupaban y actuaban juntas, como un verdadero ejército capaz de movilizar a 70 u 80 hombres si la operación lo justificaba. Fueron estas acciones conjuntas las que terminaron dando fama internacional al Tempranillo, que era el más conocido de todos y que, por eso, acaparó la atención de los escritores europeos, pero que no se habría alejado tanto de su sierra protectora si no hubiera contado con el sólido apoyo que le brindaban los hombres de la llanura, con su red de informadores, sus refugios, su conocimiento del terreno... en un espacio tan densamente poblado como las campiñas sevillana y cordobesa.

La mutua simpatía que existía entre los liberales y los bandoleros procedía de la alianza tejida entre estos en la Guerra de la Independencia (1808-1814), contra los franceses. Recordemos que el Tempranillo inició su “carrera” en la partida de los Siete Niños de Écija que, en sus orígenes, era un grupo guerrillero que se mantuvo fiel al ideario liberal de las Cortes de Cádiz. Les unía, además, el enemigo común: el gobierno absolutista de Fernando VII.

Desde que Juan Caballero se “tiró al monte” (en 1827) no dejó de ir ascendiendo en el escalafón del bandolerismo andaluz. Era un líder nato que supo imponer su autoridad moral con gran inteligencia y que fue desplegando una estrategia que obligaría, finalmente, a sentarse en la mesa de negociación a los absolutistas de Fernando VII.

Conforme asentaba su autoridad en la Campiña fue elevando, de manera sistemática, el nivel de sus acciones y, ya en la década de los 30, se planteó nada menos que subvertir el orden social en el oligárquico occidente andaluz:

las partidas de Juan Caballero, Germán y otras estaban iniciando en 1832 una nueva táctica de intimidación a los grandes terratenientes, táctica que después va a ser utilizada repetidas veces por los liberales, los anarquistas y las sociedades secretas andaluzas en sus violentas campañas de subversión: el incendio de cosechas o la amenaza de incendio.”19

[…]

En tiempo en que tres partidas de bandidos, la de Juan Caballero, la de José Germán, y otro, llegaron a poner en peligro las haciendas de muchos propietarios, bajo la amenaza de incendiarlas si no pagaban fuertes contribuciones, el Vicario de Estepa gestionó y consiguió el indulto de los citados jefes, cesando aquella alarma.”20

[…]

La coincidencia de estos actos de terrorismo con levantamientos liberales que se suceden ya con rapidez vertiginosa en esos momentos y la proximidad de los grandes movimientos subversivos europeos, justifica sobradamente la política apaciguadora y tal vez de compromiso que el Rey va a desarrollar con el indulto de las “partidas” andaluzas. No se trata tanto de evitar delitos a nivel comarcal, que en ningún momento justificarían un miedo por parte del Rey, como de evitar una situación de terrorismo que tendería a extenderse por todo el territorio nacional.”21


A través de estas citas creo que queda meridanamente claro el salto cualitativo que se estaba produciendo en Andalucía. Se estaban sentando las bases para una insurrección armada, de carácter generalizado, en el occidente andaluz, contra el absolutismo monárquico, que era la cara que presentaba, a la altura de 1830, el ya viejo (porque envejeció muy rápido) centralismo borbónico. ¿Se acuerdan de Pablo de Olavide, de las “nuevas poblaciones”, del tapón de Despeñaperros, del hipotético levantamiento de los andaluces que nunca se produjo pero que los déspotas ilustrados imaginaron como posible? Ese alzamiento no se produjo porque no se dieron las condiciones subjetivas para ello (aunque sí las objetivas). Fue en Andalucía donde se articuló la primera resistencia armada de cierta consistencia contra los invasores franceses, que obligó a éstos a emplear a buena parte de sus efectivos en el frente meridional, aflojando así su presión en otros más septentrionales. Fue en Andalucía donde se produjo el levantamiento de Riego en 1820 y, también, el comienzo del proceso de acorralamiento del absolutismo monárquico, durante los últimos años del reinado de Fernando VII.

La política de confinamiento geográfico de los borbones actuó como un boomerang contra ellos, creando un particular ecosistema meridional en el que era posible estar incubando durante años, sin que al norte de Sierra Morena se percataran del asunto, un modelo de sociedad distinto y alternativo al que funciona al norte de la misma. Y es precisamente el carácter marginal, aislado y periférico que se le ha impuesto a la región desde fuera el que terminó convirtiéndola en el desencadenante de algunos de los cambios políticos que han tenido lugar en España desde entonces.

Volviendo al hilo de nuestra historia, vimos como la conexión entre la cobertura que el Tempranillo dio a las partidas liberales del General Manzanares, unida a la creación del “impuesto revolucionario” por parte de las bandas de Juan Caballero y de Germán, encendió todas las alarmas en Madrid. A través del Vicario de Estepa se concertó un encuentro entre el general Manso y el brigadier Antonio Mauri, por una parte, y Juan Caballero, por la otra, en la que se sentaron las bases del acuerdo que ratificaría el rey el 30 de mayo de 1832. Según éste se concedió un indulto general para los miembros de las partidas del Tempranillo, de Germán y de Juan Caballero (que estaban plenamente activas en ese momento), así como las de Francisco Salas y de Paulillo (cuyos jefes habían muerto y sus hombres se habían redistribuido en las tres primeras. Al citarse estas dos bandas expresamente en el indulto se estaba amnistiando también a sus miembros por los delitos cometidos mientras estuvieron en ellas, antes de unirse a las grandes y se extendía su beneficio a los individuos que se habían desligado de ellas, reinsertándose a la vida “civil”, aunque ocultando su condición de antiguos bandoleros).

En la lista de indultados había 185 personas, que entregaron sus armas en el Santuario de la Fuensanta (Badolatosa) el 19 de julio de 1832.

Apenas transcurridos unos días el 15 de Agosto Día de la Virgen me encontraba con mi esposa viendo la prosecion (ortografía del original) quando me dieron aviso de que debía presentarme en el Ayuntamiento como así lo efectué y allí fui informado de la creazión de un Cuerpo Montado de Vigilancia y Seguridad del qual yo debía se el jefe, en las sisrcunstancias y calidades siguientes.

Se llamará Escuadrón Franco de Protección y Seguridad Pública de Andalucía, con setenta plazas montadas. […] En la orden enviada por el Sr. Capitán General de Sevilla se me nombraba Comandante, y por ello tuve que ponerme en seguida a organizarlo contando con la ayuda de mi excelente compañero y amigo del alma Don Luis Borrego con el nombre y grado de Segundo Comandante. Reclutamos a los dos o tres días hasta 40 hombres de las antiguas partidas y a 25 del mismo mes se tenían ya los uniformes y el Estandarte que nos lo bendijo el Sr. Vicario de Estepa y salimos de correría, causando el asombro qe es de suponer en los pueblos y cortijos qe antes nos habían conocido y nos veían alojados en Cuartel y vestidos con uniforme militar.

Solamente estuve dos meses y medio en el servicio pues en el mes de septiembre se me empezó a hinchar el pie derecho del qual no se había podido extraer la bala que tenía dentro y el dolor era insoportable y no podía ponerme las botas de montar, y entonces pedí a mi compadre José María (el Tempranillo) que se hiciera cargo de mandar el Escuadrón con el permiso reglamentario del Sr. Capitán General.

[…] Pasados unos meses José María según me enteré fue avisado de que una conducción de presos que iban de la cárzel de Córdoba al presidio de Alusemas se habían fugado dando muerte a los soldados que los conducían. El 22 de Septiembre de 1833 al amanecer salió José María con su Escuadrón al encuentro de los fugitivos, que se habían amontado en las prosimidades del pueblo de La Alameda y al ver llegar al Escuadrón se parapetaron en unos peñascos; y José María creyendo que su fama sería bastante a reducirlos se apeó y dirigiéndose a ellos sin sacar la pistola les dijo = Entregarse muchachos que yo soy José María el Tempranillo; y parece que esta fue la única vez en su vida que se llamó a sí mismo con ese nombre porque nunca le gustaron los apodos, como a mi tampoco. Pero los fugitivos no hizieron caso y al acercarse José María le disparó uno joven que llamaban el Barberillo pasandole el pecho. José María fue llevado por los suyos al pueblo de la Alameda donde resibió los Sacramentos y murió como buen cristiano al día siguiente y fue enterrado en la Iglesia de Alameda. Cuya muerte cristiana nos la dé Dios a todos. Amén.”22


José María “El Tempranillo” morirá pues, en 1833 (con 28 años), ¡¡en acto de servicio!! Intentando detener a unos presos fugados. Juan Caballero, en cambio, en 1885; convertido ya en un anciano y respetable ciudadano “escrupuloso cumplidor, así como guardador de los ritos sociales”23. Nunca faltó (desde que recibió el indulto) a la procesión anual de la Virgen de los Remedios, “a la que ofrendó joyas y costeó diversos cultos”24. Los “terroristas” de 1830 morirán como personas de orden en aquella España decimonónica que seguiría, no obstante, su propio curso evolutivo con nuevos protagonistas.

El bandolerismo andaluz no acabó en 1832. Aunque esa fecha marca el fin de su “Edad de Oro”. El 29 de septiembre de 1833 morirá Fernando VII y con él lo hará el absolutismo monárquico. Las historias del Tempranillo y de Juan Caballero están ligadas a las del fin del Antiguo Régimen. Ese año llegarán al poder, ya para quedarse, los liberales que en Andalucía habían compartido trincheras con los bandoleros de esa generación. Con los que vinieron después, como “El barquero de Cantillana” y otros semejantes, ya no habrá indultos ni perdones. En 1844 se creará la Guardia Civil, una policía militarizada y rural diseñada precisamente para, entre otras funciones, erradicar el bandolerismo y que a partir de entonces formará parte del paisaje de las áreas rurales españolas.

El último bandolero, Juan José Mingola Gallardo, alias “Pasos Largos”, será detenido en 1917, condenado a cadena perpetua e indultado por el primer gobierno de la II República en 1932. Murió en un enfrentamiento armado con la Guardia Civil en 1934 y fue enterrado en la ciudad de Ronda, la capital de la Serranía que un siglo antes había sido el santuario de la partida del Tempranillo. El kilómetro cero del bandolerismo andaluz.

1 JOSÉ MARÍA DE MENA: Los últimos bandoleros. Almuzara. Córdoba. 2006.
2 Ibíd.
3 JOSÉ MARÍA DE MENA: Los últimos bandoleros. Editorial Almuzara. Córdoba. 2006. Pp. 23-25.
4 Ibíd. p. 28.
5 Ibíd. pp. 28-29.
6 Ibid. p. 52.
7 Ibid.
8 Ibid. p. 53.
9 Ibid p. 55.
10 La Luisiana era uno de los pueblos de colonización habitado por extranjeros y fundado por Pablo de Olavide en la Nueva Carretera de Andalucía para impedir actuar a los bandoleros en los despoblados de Sierra Morena
11 Ibid. p. 56.
12 Ibid. p. 66.
13 Ibid. p. 73.
14 Ibid. p. 77.
15 Ibíd. p. 77-78.
16 A Juan Caballero –y también a otros bandoleros de esa época- le molestaba que se les denominara de esta manera. Ellos decían que eran “caballistas”.
17 “Memorias de Juan Caballero”, en MENA, JOSÉ MARÍA: Los últimos bandoleros. Almuzara. Córdoba. 2006.
18 Ibid.
19 Ibíd.
20 Memorial Ostipense.
21 JOSÉ MARÍA DE MENA: Ibíd.
22 Memorias de Juan Caballero.
23 JOSÉ MARÍA DE MENA: Ibíd.
24 Ibíd.